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Las campañas de 1754 y 1756 y derrota de los guaraníes

Por el Tratado de Permuta, de 1750, España se comprometió a entregar, a Portugal, todo el territorio formado por el ángulo entre los ríos Uruguay e Ibicuy, en cuya jurisdicción se encontraban siete pueblos misioneros, con una población de casi treinta mil almas. La entrega del territorio debía ir precedida de la demarcación de la nueva frontera, por comisiones mixtas de ambos Estados.

Los portugueses, tradicionalmente, desde la época de las “bandeiras”, se habían constituido en un azote para aquellos indios, por lo que, la perspectiva de caer en manos de los tradicionales perseguidores, les atemorizó, de tal modo, que se dispusieron a resistir la medida, proclamando que, aquellas tierras, eran las suyas, que no querían emigrar ni caer bajo la autoridad de Portugal, e impidieron, en 1753, el paso a las comisiones demarcadoras de lími­tes, reteniendo a los Padres, para impedir que, a falta de estos, fueran violentados por las autoridades civiles y militares.

La reacción, de los funcionarios reales, no se hizo esperar. El gobernador José de Andonaegui, suponiendo la complicidad de los jesuitas, se decidió a actuar rápidamente. En 1754, comenzó la campaña represiva, en la que colaboró una columna portuguesa. Los indios, faltos de preparación militar adecuada y de equipo, fueron batidos, al año siguiente, en Bacacay, Caibaté e Ybabeyú, tras lo cual cesaron la resistencia.

Aunque no se pudo comprobar la participación de religiosos en el alzamiento, quedó subsistente la sospecha que los jesuitas pretendían constituir “un Estado dentro del Estado”. Los restantes pueblos, continuaron su vida pacífica y, una buena parte de la política de límites, pero, además, constituyó otro episodio para malquistar a la Compañía con la autoridad real, mientras se consu­maba el proceso de su liquidación.

- La Guerra Guaranítica

Frustrada la gestión del Padre Visitador, se dispuso la partida, de una expedición militar conjunta, para someter a los rebeldes. El gobernador José de Andonaegui operaría desde el sur -siguiendo la margen izquierda del río Uruguay, rumbo al Ibicuy- mientras los portugueses de Freire de Andrada, lo harían desde el Este. Una barca, surcaría el río Uruguay, para evitar posibles contactos con el resto de los pueblos de las misiones.

Con unos 1.100 hombres, incluidas las milicias de Corrientes y Santa Fe, Andonaegui acampó -en mayo de 1754- en el Rincón de las Gallinas. Su tropa se movió con lentitud, por el frío de la estación, heladas, ríos crecidos, sin pasto para las cabalgaduras, entre otras dificultades.

Llegaron al río Daimán, a principios de julio, y, desde allí, pidió recursos al Cura de Yapeyú; interfirieron, en ello, indios rebeldes, que confiscaron las cartas y, en un incidente, mataron a uno de los capitanes correntinos, Sebastián de Casajús, en el puesto de San Pedro, junto al río Miriñay, en agosto de 1754.

Ante las dificultades crecientes, deserciones y carencia de recursos, el ejército retrocedió, en septiembre, hasta el Daimán. El 3 de octubre, en un choque con una partida de indios, las tropas los derrotaron e hicieron prisioneros. A vez, las tropas portuguesas, en el río Jacuy, se detuvieron y acordaron treguas con las avanzadas guaraníes. También rechazaron con éxito un ataque de los misioneros a su campamento y, desde allí, avisaron a Andonaegui que, en vista de la retirada de sus fuerzas, podría volver a unirse con ellas para obrar, conjuntamente, a partir de marzo de 1755.

A todas luces, la campaña había fracasado. En su desarrollo y epílogo, se habían puesto de manifiesto desacuerdos y críticas de la comisión a la conducción del operativo y, por otra parte, esa retirada lusitana, ilusionó a los guaraníes rebeldes, en su propósito de mantener la resistencia.

El año 1755 transcurrió con nuevos preparativos para la siguiente campaña, ajustada a una marcha conjunta de ambas fuerzas, en dirección al río Jacuy. En Buenos Aires, se reunieron unos 1.660 hombres y un gran tren de campaña salió de Montevideo, a principios de enero de 1756, al mando del gobernador Andonaegui y de su subordinado, José Joaquín de Viana. La marcha no tuvo inconvenientes y, por los indios apresados, se supo que se esperaba una fuerte resistencia, acrecentada por los rumores que exageraban los recursos de los rebeldes.

A principios de febrero, una avanzada de los guaraníes, al mando de Sepé Tiarayú, chocó con tropas de Viana, que vencieron a los guaraníes y ocasionaron la muerte de este caudillo. Días más tarde, el 10 de febrero de 1756, en Caibaté, se avistaron con unos 2.000 guaraníes, que les cortaban el paso. El día transcurrió en parlamentos y amenazas, en medio de un intenso calor.

Finalmente, las tropas hispano-portuguesas atacaron y derrotaron a los guaraníes, quienes, carentes de dirección, retrocedieron y se refugiaron en unas zanjas, donde fueron masacrados, con la pérdida de 1.511 muertos y cantidad de prisioneros. Entre las armas y bagajes perdidos, se contaron ocho cañones, de cañas tacuara, retobados con cuero. Las tropas atacantes tuvieron pocas bajas, lo cual dá idea del carácter que tuvo el combate.

Después de esta acción, se sucedieron otras escaramuzas con los guaraníes, pero, el 17 de abril, las tropas llegaron al pueblo de San Miguel, que hallaron parcialmente incendiado y sin gente. A partir de entonces, los guaraníes se rindieron y otros pueblos, como San Juan y San Lorenzo, fueron ocupados.

En este último, Viana se incautó de documentación, que, más tarde, fue utilizada para inculpar a los jesuitas. En los meses siguientes, la tropa ocupó el resto de los pueblos y el gobernador Andonaegui quedó allí, a la espera del Marqués de Valdelirios, para formalizar la entrega de los pueblos a Portugal.

- Gobierno de Cevallos y evacuación de los guaraníes

A fines de 1756, había llegado, a Buenos Aires, Pedro de Cevallos, para reemplazar a su antecesor, Andonaegui. Era un militar prestigioso y llegaba con tropas e instrucciones para proceder en la cuestión de las misiones.

Desde un comienzo obró con cautela, tomando distancia de las facciones en pugna y manejándose con independencia de juicio frente a los problemas y personas que actuaban en su jurisdicción. En Buenos Aires, se entrevistó con Valdelirios y, más tarde, en marzo de 1757, pasó a las misiones, y se hizo cargo del mando del ejército. Despidió a Viana a Montevideo y a Andonaegui a Buenos Aires. Desde allí, éste y el Padre Altamirano, regresaron a España.

Otra etapa se abría ahora, y, en ella, ocupaba el primer lugar la evacuación y traslado de los guaraníes, como consecuencia de la derrota sufrida en Caibaté. Estos serían trasladados al otro lado del río Uruguay y alojados, temporalmente, en el resto de los pueblos de las misiones, a la espera de su localización definitiva, en nuevos asentamientos.

Según las cifras de la estadística que llevaban los jesuitas, a fines de 1755 residían, en los siete pueblos, 6.613 familias y 30.702 habitantes. Según esos mismos Informes, a fines de 1756, después de la derrota, sólo quedaban en ellos, 3.092 familias y 14.284 habitantes.

Población de los siete pueblos orientales

Pueblos 1755 1756 Deserción
S. Angel 5.692 2.531 3.161
S. Juan 4.059 3.347 712
S. Miguel 6.460 1.035 5.425
S. Lorenzo 2.321 1.459 862
S. Luis 4.121 3.828 293
S. Nicolás 5.031 416 4.615
S. Borja 3.018 1.668 1.350
Totales 30.702 14.284 16.418

 Si bien, todos los pueblos se vieron afectados, las mayores deserciones se produjeron en San Miguel, San Nicolás y Santo Angel. En ese primer momento, la deserción alcanzó a más de 16.000 almas. Las condiciones en que se hallaba la población guaraní, a ser transferida, a los restantes pueblos, eran penosas.

Una carta, redactada en Candelaria, el 26 de diciembre de 1756, por el Padre Superior Antonio Gutiérrez, al Padre Vicecomisario Alonso Fernández, refiere lo difícil

que es socorrer a gente tan desvalida y pobre, necesitada de todo, sin tener un bocado para comer y muchos sin un trapo de qué vestirse (...) porque los españoles, sin darse cuenta del apuro en que nos hallamos, nos oprimen con sus peticiones inconsideradas".

Y agrega:

"¿Cómo hacer para mantener a los indios que van llegando de la otra banda, si la poca comida existente para ellos se la lleva para sí el ejército acampado de los españoles? (...) Son tantos, los millares de vacas consumidas por los españoles, que, hasta el propio general portugués, se admira ante el gasto o destrucción de tanto ganado, visto que, cuando el ejército portugués consume 3.000 reses, el español alcanza a más de 12.000(1).

(1) Juan Escandón -1983-, "Historia da Transmigraçao", en: "Pesquisas", 23, Sao Leopoldo, pp. 428-430. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

A esto, añade el Padre Superior que, los emigrantes, llegan en pleno verano, cuando no es posible sembrar. Describe los problemas de instalación de esa gente, en medio de la confusión y el abatimiento en que se hallan, hasta que se los pueda empadronar y saber de qué pueblo es cada uno, si casado o soltero, reclamando por su mujer o por sus hijos.

Mientras se arbitraban esas medidas, el gobernador Pedro de Cevallos dispuso la búsqueda de los dispersos. Dicha operación se realizó en la primera mitad de 1757. Como resultado de la misma, Cevallos comunicó, al ministro Ricardo Wall, que había recuperado unos cuatro mil guaraníes, y los había concentrado en los pueblos de San Nicolás, San Lorenzo, San Miguel y Santo Angel.

Allí los proveyó de lienzo, alimentos, caballos y carretas, y dispuso que, a partir del 15 de agosto, se los condujera a la otra banda, con “blandura”, pero acompañados de la tropa, para su vigilancia. Ese contingente llegó el 18, a Ihuyguasu, y, el 21, al Paso de Concepción, donde cruzaron el río Uruguay, en tres embarcaciones. Cumplido ese cometido, la tropa regresó a sus acantonamientos, el 26, al tiempo que los jesuitas distribuían a los guaraníes recién llegados, en diferentes pueblos.

Cevallos añade que, otros mil guaraníes, de San Miguel, fueron destinados a la otra banda del río Ibicuy, al igual que otros tantos procedentes de San Nicolás. A fines de 1757, las estadísticas de los jesuitas indican que ya se habían trasladado, al occidente del Uruguay, y distribuido en veinte pueblos, unas 4.463 familias y 20.350 almas.

El alojamiento se distribuyó en veinte pueblos, en proporciones acordes a sus posibilidades. Sólo quedaron exentos, de recibir huéspedes, los pueblos de Yapeyú -atiborrado de gente, con 7.597 habitantes-, La Cruz y Santa Ana. La suma de los dispersos, recuperados por la gestión de Cevallos, alcanzó a 6.072 guaraníes, cifra muy cercana a los 5.685 que le adjudicó el Padre Juan Escandón en su relación.

No hay duda que, una parte considerable de los dispersos, no fue recuperado, ya sea por haber perecido o haberse disgregado en diferentes destinos. En algunos casos, esa suerte es conocida. Así, por ejemplo, los portugueses, siguiendo una política de acercamiento, habían captado unos 761 guaraníes y los habían transferido a su campamento del río Pardo.

Las gestiones que hizo Cevallos, para recuperarlos, recibieron siempre negativas de sus captores. Más tarde, los llevaron a Viamao y, ya en 1762, los portugueses formaron, con ellos, a Nova aldeia dos Anjos, en el río Gravataí. En 1780, la matrícula del pueblo, registraba 2.619 guaraníes.

En una escala menor, José Joaquín de Viana regresó, desde las misiones, a Montevideo, el 16 de agosto de 1757, llevando consigo siete familias de guaraníes, de San Miguel y San Lorenzo, que destinó para poblar Maldonado. Es muy probable que, ese desgranamiento, se diera en toda la frontera y que incluyera la incorporación de guaraníes a los grupos charrúas.

La distribución de los guaraníes, emigrados en los pueblos occidentales, llevó su tiempo y se prolongó más allá de lo previsto. La indefinición en que quedó la entrega de los pueblos y la negativa a recibirlos, por parte de los portugueses, constituyó una fuente de incertidumbre para los jesuitas y para las autoridades españolas. La anulación del Tratado y el retorno de los pueblos a su jurisdicción anterior, desde 1761, sorprendió a los jesuitas con los pueblos aún ocupados por los emigrantes.

- Hacia la anulación del Tratado

A pesar del tiempo transcurrido, y los esfuerzos realizados, la aplicación del Tratado de Límites se hallaba, en 1757, en una situación crítica. Se habían vencido las resistencias de los guaraníes y se procuraba su traslado a la otra banda del Uruguay; se había encendido un fuerte enfrentamiento con los jesuitas, iniciado las tareas de demarcación por las comisiones respectivas, pero se hallaba en suspenso la ocupación de los siete pueblos por los portugueses y, paralelamente, la devolución de Colonia a los españoles. La demora y las reticencias, en cumplir estas condiciones, hacía sospechar un cambio de política en la monarquía lusitana.

Así era, en efecto. El ministro de Negocios Extranjeros, del rey José I (1750-1777), Sebastián de Carvalho e Melo, más tarde, Marqués de Pombal, quien sucedió en el cargo a Alejandro de Gusmao, orientó secretamente ese cambio. Carvalho nunca se convenció que la plaza de Colonia fuera de un valor equivalente a las tierras de Río Grande, y supuso que, dicho enclave comercial, le permitiría ventajas en el Río de la Plata, superiores a las que se podían esperar de los siete pueblos de guaraníes.

En razón de ello, dio Instrucciones secretas a Gómez Freire de Andrada, para favorecer la política antijesuítica, demorar la ocupación de las Doctrinas y negar, con subterfugios y eventuales adiciones al Tratado, la entrega de Colonia. En su correspondencia, a Gómez Freire de Andrada, del 10 de febrero de 1756, Carvalho le expresa su deseo que:

se acabe esta conquista / de los siete pueblos / y que cada uno quede con lo que poseía, visto que se ha conseguido el fin más esencial del Tratado, que es la demarcación, y evitar una guerra de conquista de los pueblos, y muerte de tantos inocentes(2).

(2) Instituto Río Branco, Río de Janeiro -1953-, "Alexandre de Gusmao e o tratado de Madrid". Río de Janeiro, capítulo V, pp. 267-268. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)”, Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto, 2013.

Su comisario, se atuvo a esta regla. El propósito de Carvalho apuntaba a separar la demarcación de los límites, de la permuta de Colonia por las misiones, hecho que, creía equivocado, para los intereses de Portugal, que priorizaba su permanencia en el Río de la Plata, aunque con ello se violentara la letra del Tratado. Estas dilaciones, fueron advertidas por el gobernador Cevallos y denunciada, en más de una oportunidad, a los ministros Ricardo Wall y Julián de Arriaga.

Su actitud, en defensa de los derechos territoriales de España, era una réplica a la política seguida por el Marqués de Valdelirios, quien se mostraba siempre complaciente con las explicaciones de su contraparte portuguesa. Esta discrepancia se fue acrecentando, cuando Cevallos, se mostró inclinado hacia la posición de los jesuitas, en coincidencia hacia la política portuguesa.

Ese enfrentamiento con Valdelirios se prolongó hasta 1760. La cuestión de las misiones y la presunta culpabilidad de los jesuitas en el alzamiento guaraní, constituyeron un tema principal de ese enfrentamiento. En sus Instrucciones, del 31 de enero de 1756, Cevallos había recibido la orden de investigar la responsabilidad de los jesuitas en el alzamiento y procesar a los responsables.

Se le incluyó una nómina de once presuntos culpables, dejando en sus manos el procedimiento, y, además, se le indicaba proceder al reemplazo de los Curas jesuitas en las Doctrinas por el Clero secular, de acuerdo con el obispo de Buenos Aires. Cevallos se tomó su tiempo para proceder. La acusación se fundaba en el sumario que, Nicolás Patrón y Centellas, Teniente de Gobernador de Corrientes, había instruido, en febrero de 1756, conforme a lo dispuesto por el gobernador Andonaegui. A ello se añadían cartas y papeles incautados en la toma del pueblo de San Lorenzo.

Cevallos, espíritu independiente, no tardó en darse cuenta que los problemas de la aplicación del Tratado, como las acusaciones contra los jesuitas, merecían otro análisis, y que, así, había que hacerlo ver en la Corte. Por una parte, corrigió la indisciplina del ejército, y puso distancia frente a las intrigas y propaganda antijesuítica, fomentada por los comisarios y sus oficiales, acusando, al Marqués de Valdelirios, como responsable principal de ese clima.

A esa altura, comenzaron a evidenciarse las dilaciones portuguesas y a surgir controversias. El ministro Carvalho alentaba esa política y advertía, a Gómez Freire de Andrada, de sus planes para negociar un nuevo Tratado y retener Colonia. Estas dificultades se prolongaron a lo largo de 1757, y hallaron motivo aparente para continuar en 1758, alentadas en el ámbito de la demarcación, por discusiones técnicas, acerca de las nacientes del río Ibicuy. De hecho, el estancamiento se hizo manifiesto cuando, Gómez Freire de Andrada, regresó a Río de Janeiro, a comienzos de 1759, dejando a cargo al brigadier José Custodio de Sa e Faría.

Por esos mismos años, Cevallos, acampado en San Borja, hizo iniciar el proceso contra los jesuitas, colocando, a cargo del mismo, al Auditor del ejército, Diego de Salas, tras la renuncia de otros letrados. Esas extensas actuaciones se cerraron el 30 de noviembre de 1759. De los testimonios de los guaraníes de los siete pueblos, de los testigos del proceso anterior y de los oficiales del ejército, quedó en claro que los acusados no habían tenido parte en la sublevación.

Tampoco removió a los jesuitas en las Doctrinas ya que, consultado el obispo, se acordó con él, no “removerlos ni en todo ni en parte”, por carecer de clérigos en cantidad suficiente para ello. A partir de estas decisiones y de la duplicidad que advierte en el comisario portugués, Cevallos orienta su correspondencia al ministro Ricardo Wall, responsabilizando, al Marqués de Valdelirios, por las falsedades transmitidas, así como su inadecuado manejo de las gestiones con el comisario portugués. Esto permitió deslindar, al menos por el momento, la responsabilidad de los jesuitas, aprovechar su colaboración en las misiones orientales y reafirmar la actitud a seguir frente al incumplimiento portugués de la permuta.

En Madrid también se había modificado la situación. El rey Fernando VI había fallecido, en 1759, sin sucesión. Su hermano Carlos, rey de Nápoles y de las dos Sicilias, fue llamado al trono y proclamado rey de España, en septiembre de ese año. La prevención, del nuevo monarca, hacia el Tratado de Madrid, era conocida. Plantada la situación y explorada la posibilidad de convenir su anulación con Portugal, se halló eco favorable en el ministro José de Carvalho.

Se iniciaron las consultas, a fines de 1760 y, el 12 de febrero de 1761, se firmó la anulación del Tratado. En el preámbulo de ese documento se expresaba que

se han hallado tales y tantas dificultades que, sobre no haber sido conocidas al tiempo que se estipuló, no sólo no se han podido superar desde entonces hasta ahora (...) y que, el referido Tratado de Límites, estipulado sustancial y positivamente para establecer una perfecta armonía entre las dos Coronas y una inalterable unión entre sus vasallos, por el contrario, desde el año 1752, ha dado y dará, en lo futuro, muchas y muy frecuentes motivos de controversia y contestaciones opuestas a tan nobles fines(3).

(3) Pablo Pastells y Francisco Mateos, "Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay (Argentina, Paraguay, Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil)", en 8 tomos y 9 volúmenes. Según los documentos del Archivo General de Indias (1912-1949), Sevilla, España, VIII, Primera Parte, p. 71. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

En consecuencia, se anulaba el Tratado y todo volvía a la situación anterior a 1750. El error español, de incluir las misiones orientales, y la negativa portuguesa a entregar Colonia, fueron los vicios fundamentales que llevaron al naufragio el proyecto de 1750.

- El papel de los protagonistas en este conflicto

La dimensión y complejidad que adquirió este conflicto fue muy grande y requiere, además del seguimiento de su desarrollo, considerar el papel que asumieron sus protagonistas en cada uno de los sectores y escenarios en que les correspondió desempeñarse. Por una parte, tanto los jesuitas como los guaraníes, tuvieron una participación principal, en la cual cabe distinguir responsabilidades y matices.

A su vez, las autoridades provinciales y eclesiásticas, así como los comisionados y oficiales de la demarcación y del ejército, también poseyeron diverso grado de participación y responsabilidad. A la distancia, gravitaron en el conflicto, las autoridades metropolitanas de ambos Reinos, inmersas en sus propias urgencias internacionales y en el clima ideológico que, por entonces, prevalecía en ambas Cortes.

La actitud, asumida por los guaraníes, ante la forzada traslación impuesta por el Tratado, puso de manifiesto, tras una inicial vacilación, un rechazo a la medida, así como una decisión que superó las prevenciones iniciales de la Corte e, incluso, desbordó a sus pastores jesuitas. Esa resistencia significó un alto costo, tanto para España como para la Provincia Jesuítica del Paraguay.

La resistencia se hizo notoria, en varios aspectos. Las cartas de los Cabildos, de 1753, expresan la sorpresa, de los guaraníes, por lo que creían una medida impuesta al rey por sus enemigos, así como las contradicciones que esa orden implicaba para su condición de cristianos y de vasallos leales y pobres.

Pero, más allá de esos documentos, en los cuales pudiera sospecharse alguna influencia de sus Curas, los hechos hablan por sí mismos respecto de la espontaneidad y dimensión de la crisis vivida en los pueblos. Si al principio parece haber sido aceptada la obligación de mudarse, poco después, la opinión de los Cabildos y Corregidores comenzó a ser cuestionada; las opiniones se dividieron y los tumultuarios desobedecen y expulsan a los más sumisos, en algunos casos con violencia -como en San Nicolás y San Miguel-.

Ese sentimiento de impotencia, para controlar la situación, por parte de los Cabildos guaraníes, está expresado por uno de los líderes moderados, como el Corregidor de Concepción, Nicolás Ñeenguirú, quien escribe al gobernador:

Te he escrito, Señor, las palabras de los indios, que son verdaderas. Nosotros, los del Cabildo, no tenemos más palabras para hacerlos callar, ni para oponerles cuando se enojan(4).

(4) Francisco Mateos -1949-, "Cartas de Indios Cristianos del Paraguay". Madrid, en: "Missionalia Hispánica", tomo VI, p. 572. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

El desarrollo de la insubordinación, no tardó en traducirse en una militarización del conflicto, con la consiguiente secuela de violencias, apelación a las armas, despliegue de espías, intercambio de mensajes y vigilancia sobre el territorio, a la espera de las tropas coloniales.

El incidente de Santa Tecla, en el cual sobresale la figura del caudillo Sepé Tiarayú, Corregidor de San Miguel, es reflejo de esa actitud de rebeldía, claramente hostil hacia los portugueses que integraban la comitiva de demarcadores. En cuanto a sus dimensiones, el conflicto estuvo circunscripto, inicialmenle, a los siete pueblos, y radicado, sobre todo, en San Nicolás y San Miguel. Pero, en breve, se advirtió el riesgo de contagio a los otros pueblos del Uruguay.

A principios de 1754, el Padre Félix de Urbina escribió, al Padre Roque Ballester, que todo el Uruguay está sublevado o agitado, mientras que los del Paraná están quietos o sosegados hasta ahora”. Simultáneamente, las antiguas enemistades que tenían con los guenoas y charrúas, parecían superadas, ya que, ahora, los guaraníes mantenían con ellos contactos y agasajos. Sin embargo, no llegaron a concretar, con ellos, una alianza.

En cuanto al desarrollo de la guerra, los esfuerzos de las milicias guaraníes sólo fueron eficaces en acciones limitadas, sobre los convoyes, las caballadas o pequeñas partidas, y fracasaron totalmente en acciones campales, donde faltó la dirección -tal como se hizo manifiesto en el combate de Caibaté o en el asalto al Fuerte portugués del Jacuy-.

Luego de la derrota, sin perjuicio de efímeras resistencias, se generalizó la sumisión, de las autoridades comunales, ante la ocupación gradual de los pueblos, por ambos ejércitos. Cabe destacar que, en el levantamiento, no se llegó a la apostasía, como en algunos momentos se temió. Los guaraníes mantuvieron su fe cristiana, expresada en banderas, ceremonias y vocabulario empleado, así como también en su dolida lealtad al rey de España.

Respecto de los jesuitas, es innegable que la Orden se hallaba en una situación comprometida, tanto al nivel de la curia generalicia como en la Provincia paraguaya. En el primer caso, no se dudó en prestar acatamiento a la voluntad real. La designación del Padre Comisario, con la suma de facultades para atender in situ al cumplimiento del Tratado, por los Padres del Paraguay, es prueba de ello, y respondía al propósito de desvincular, a la Compañía de Jesús, de cualquier oposición a la voluntad real, en esa cuestión.

En su gestión, el Padre Lope Altamirano incurrió en una intransigencia desmedida, que lo enfrentó, tanto con los guaraníes, como con los Curas de los pueblos. La responsabilidad principal del traslado recayó en los jesuitas de la Provincia, afectados por una medida que los sorprendió, y cuya aplicación afectaba a las Reducciones de guaraníes y, simultáneamente, a los intereses territoriales de España en la región.

Entre ellos, y por sobre el espíritu de cuerpo y la proverbial disciplina de la Orden, caben distinguir actitudes y responsabilidades diferentes. El Padre Provincial se vio limitado en sus facultades, pese a lo cual no declinó su responsabilidad; el Padre Superior y los Curas afectados directamente, en los siete pueblos, se hallaron en el centro del conflicto, y padecieron las agitaciones de los guaraníes y las sospechas de las autoridades.

Por último, el resto de los jesuitas de la Provincia, alejados de ese escenario, se mantuvieron -en su mayoría-, ajenos al problema y abocados a sus ministerios específicos. No obstante, la misma Provincia no omitió expresar, tempranamente, sus reparos, en una meditada relación, fechada en Córdoba, el 12 de marzo de 1751, dirigida al virrey y avalada por el Provincial del Perú, Padre Baltasar de Moneada. Entre los firmantes, se hallaban los Padres Ladislao Oroz, Rafael Caballero y Pedro Lozano, de vasta experiencia en el tema.

El Padre Provincial José de Barreda, aunque proveniente del Perú y ajeno a la Provincia, comprendió, pronto y mucho mejor que el Padre Comisario, el dilema que se les presentaba, y renunció a las Doctrinas cuando creyó imposible conciliar la función de los curas, tironeados entre la obediencia al soberano con la lealtad a sus feligreses guaraníes, y, más de una vez, abogó para evitar lu guerra que se avecinaba.

Los Padres Superiores, como Bernardo Nusdorffer, Matías Strobel y Jaime Passino, así como los Curas y compañeros de los pueblos afectados, varios de ellos individualizados como presuntos culpables en la nómina real, fueron quienes llevaron las mayores dificultades en todo el conflicto. Ellos debieron enfrentar las decisiones locales, la búsqueda de nuevos lugares para radicarse y organizar las evacuaciones.

En ese ámbito, percibieron el desorden introducido en la vida comunal, pérdidas materiales, la gradual resistencia y la caída de la reverencia y el respeto, así como la insubordinación y el agravio. A todos les tocó vivir, en diferente medida, el desacato de sus feligreses y, por otra parte, padecer la desconfianza y las admoniciones con que los urgía el Padre Comisario, así como las calumnias y sospechas que se tejieron, contra ellos, entre los demarcadores, por haber prohijado una insubordinación, que no pudieron impedir.

A título individual, también hubieron diferentes posiciones entre los jesuitas. Alguno, como el Padre José Cardiel, expresó, imprudentemente, que no era menester saber más que el Catecismo cristiano, para saber que, lo que planteaban los reyes, en la línea demarcatoria, era injusto”. Más tarde, y ya en 1758, continuó, en otro tono, su labor esclarecedora, rebatiendo un folleto portugués, la "Relaçao abreviada da República, que os religiosos jesuitas das provincias de Portugal e Espanha estableceran nos dominios ultramarinos das duas monarquías, e da guerra que neles tem movido e sustentado contra os exércitos espanhois e portugueses (1757)", que comparaba la similitud de actitudes de los jesuitas del Paraguay y del Brasil contra ambas monarquías.

Si bien se hallaba amparado en el anonimato y apañado por el Gobierno del ministro Carvalho, la enorme difusión que el folleto alcanzó, a través de varias traducciones, la inclusión de algunos documentos incidió en la opinión, sobre todo europea, en una visión negativa de la actuación de los jesuitas en este conflicto.

Por otra parte, el texto de Cardiel, "Declaración de la Verdad contra un Libelo Infamatorio", redactado en San Borja, el 13 de noviembre de 1758, no llegó a publicarse, por disposición de las autoridades de la Orden. En Santa Fe, el Padre Manuel Arnal redactó, en 1754, en latín, un extenso y fundado alegato, titulado "Injusticia de la causa paraguaya", en el cual dice:

por doble título se prueba la injusticia de esta orden: primero, porque todos los indios de la nación guaraní, de éstas y demás reducciones, se ven expuestos al peligro cierto de la propia vida temporal y eterna. Y, lo segundo, porque la sobredicha expulsión o traslación de los indios es, en sí, absolutamente injusta(5).

(5) El texto en: Juan Baltasar Maziel -1988-, "De la Justicia del Tratado de Límites de 1750". Estudio preliminar de José María Mariluz Urquijo. Buenos Aires, Archivo Histórico de Madrid, p. 187. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

En Buenos Aires, se vivía un enfrentamiento ideológico entre quienes apoyaban el Tratado y acusaban a los jesuitas de estorbar su aplicación, con aquéllos que defendían a la Compañía. Entre los primeros, se contaba el Marqués de Valdelirios, los Oficiales de la demarcación y el gobernador de Montevideo, Joaquín de Viana, y, entre los eclesiásticos, el obispo de Asunción, Manuel Antonio de la Torre, y el canónigo Baltasar Maziel.

Este último redactó un extenso estudio sobre "La Justicia del Tratado de 1750", que concluyó, a mediados de 1760. El mismo resultó tardío y asaz inoportuno, ante las gestiones que ya se hallaban en marcha, acerca de la anulación del Tratado. Uno de los demarcadores, Atanasio Sainz de Varanda, también se ubicó en esa postura, y ofició como cronista de estos hechos, a través de una extensa "Miscelánea histórico-política", que narra, unilateralmente, los sucesos vividos, en clara adhesión a las ideas dominante en el círculo del Marqués.

También formó parte, de ese sector, el jesuita Bernardo Ibáñez de Echavarri, llegado a Buenos Aires, en 1755, talentoso y de genio veleidoso, quien se acercó al séquito del Marqués. El Padre Provincial lo destinó, por ello, a Córdoba, e Ibáñez se rebeló y dimitió en 1757, pasando luego a ser Capellán de la primera partida demarcadora. En esa comisión se informó sobre las misiones y escribió varias obras críticas sobre las misiones que, a su hora, sirvieron para acumular acusaciones, cuando se dispuso, en España, la expulsión de la Compañía de Jesús.

El doctor José María Mariluz Urquijo, quien ha estudiado y difundido algunos de los textos aludidos, ha expuesto, con claridad, el sentido de ambas corrientes de pensamiento. Afirma que, para interpretar esa desinteligencia, basta tener en cuenta la diferente concepción que, cada uno de los sectores, tenía respecto de los mandatos del soberano:

Al objetar en Tratado y poner dificultades a su ejecución, los jesuitas creían defender no sólo a sus pueblos y a sus indios, sino los verdaderos intereses del Imperio, comprometidos por una política equivocada, adoptada por ignorancia del soberano, de modo que, demorara las operaciones hasta que el rey fuera debidamente informado era servir a España; / y, a su vez, / los valderinianos, en cambio, entendían que, si se deseaba asegurar un orden justo, basado en el acatamiento de la autoridad legítima, era indispensable el sometimiento ciego a la voluntad del Príncipe y el castigo a los inobedientes, que, en este caso, eran los jesuitas(6).

(6) Atanasio Varanda -1993-, "Miscelánea Histórico-Política". Estudio preliminar de José María Mariluz Urquijo. Buenos Aires, Archivo Histórico de Madrid, p. 20. // Citado por Ernesto J. A. Maeder. “Misiones del Paraguay (construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. 1610-1768)” (2013), Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Conicet, Resistencia. Ed. ConTexto.

En esas dos posiciones, están concebidos los textos aducidos y las convicciones con que actuaron, unos y otros, en aquel doloroso conflicto.

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