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Curúmias

Allá por 1537, Juan de Ayolas permaneció tres días en el caserío de los curúmias, situado en la banda norte de un río, cuyo nombre no se dá, pero que el historiador Manuel Florencio Mantilla da como probablemente, fue el Pindoy, llamado hoy Riachuelo, y antiguamente, de las Palmas.

“Allí encontramos -dice el cronista alemán Ulrico Schmidl, soldado de aquella expedición-, muchísima gente (que se llaman) “Kueremagbeis”, que no tienen más de comer que pescado y carne y pan de San Juan ó cuerno de cabra (algarrobo), de lo que hacen vino; esta gente, nos trató muy bien, y nos proporcionó cuánto nos faltaba. Son altos y corpulentos, así hombres como mujeres. Estos hombres se horadan las narices, y en la aberturita meten una pluma de papagayo; las mujeres se pintan la parte inferior de la cara con unas rayas largas de azul, que les duran por toda la vida, y se tapan las vergüenzas con un pañito de algodón desde el ombligo hasta las rodillas”.

Esta misma gente, a la que se refiere Schmidl, Mantilla presume sea la misma que, 43 años después, el Padre Juan de Rivadeneyra encuentra en cercanías del paraje “Siete Corrientes”. El sacerdote dijo de ellos que en cercanías del citado paraje existían caseríos de indios agricultores, inofensivos y amigos”.

Dice Mantilla: “Sospecho que este nombre (curúmias) no fue bien tomado por Schmidl, porque su significado es depresivo, y el cronista no cuenta que haya visto en los indios las particularidades que motivasen la denominación; pero no acierto con el que fuera verdadero. Curú, sarna, tolondrón; myá, bubas”.

Bibliografía:

Material extraído de la obra “Crónica histórica de la Provincia de Corrientes”, del doctor Manuel Florencio Mantilla, editado en Buenos Aires, 1972, dos tomos.

 

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En guaraní moderno, se escribe: kuru (s), sarna, lepra, llaga, grano, eczema, viruela; no se pudo definir mya.

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