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Olivera, Ricardo Luis "Lucho"

Guionista y dibujante, Ricardo Luis “Lucho” Olivera nació en Corrientes, el 25 de Mayo de 1943(1). Fue un brillante historietista. Dibujó numerosas series para la Editorial Columba, entre ellas Nippur de Lagash, uno de los personajes estrella de la compañía.

Olivera nació en la Provincia de Corrientes.El mayor dibujante nacido en esta tierra fue un correntino visceral, desde el primero hasta el último de sus días. Alumno de la Escuela “Manuel Belgrano”, de Curuzú Cuatiá(2), y el Colegio Nacional “José Francisco de San Martín”, de Corrientes. Además de Bachiller Nacional, Olivera estudió en la Academia de Bellas Artes “Josefina Contte”, donde estudió dibujo y pintura con el maestro Rubén Vispo(3).

Según él mismo relata en un reportaje efectuado por Ariel Avilez(4), por unos problemas con su padre, se irá a trabajar de hachero al Chaco y a la selva paraguaya.

A los 20 años dejará Corrientes para trasladarse a Buenos Aires. Nuevamente será el padre quien esté involucrado, que ya se había establecido en esa ciudad y mandó llamar a su hijo para entrar a trabajar en la Editorial Vea y Lea, como cadete y ayudante de otros dibujantes(5).

Paralelamente, estudiará en la Escuela Panamericana de Arte, donde conocerá a Gerardo Canelo y García Durán, y donde los profesores eran Hugo Pratt, Alberto Breccia y Leopoldo Durañona. PorPratt, Olivera sentía admiración(6).

El dibujante correntino es presentado por Avilez como “un hombre alto, de suaves modales y voz firme”. Al periodista le llamó la atención lo mucho que Olivera “se parece a sus personajes: nariz larga y recta, mentón breve y redondo, labios finos, ojos ovalados”. El departamento donde vivía estaba situado en un tercer piso: “suelo de parquet y un agradable desorden de artista, consistente en pilas de libros, revistas y papeles dispersos aquí y allá, en los sillones, en las mesas, en los muebles, en el piso”, reconociéndose “la firma de Lucho Olivera en algunas pinturas que cuelgan de las paredes y en otras que están apoyadas contra ella, aún sin enmarcar”.

Olivera publicaría sus primeros dibujos en Vea y Lea y Leoplán, mientras estudiaba en la Escuela Panamericana de Arte con Pratt y Breccia; su estilo, cargado y detallista, influido por Breccia, pero también reminiscente de la obra de John Buscema o Frank Frazetta, atrajo la atención de la editorial de Héctor Germán Oesterheld, para cuyas revistas: Frontera y Hora Cero ilustraría varias portadas en los años siguientes.

Pronto se sumaría también al equipo de Misterix, donde en 1964 publicaría la primera obra con guión propio, Legión Extranjera.

“Un buen día nos fuimos todos a la casa de Pratt, en Acasuso, donde nos recibió; nos hizo un asado y todo. Eramos como veinte muchachos. Inclusive nos bocetó algún Ernie Pike; hizo dibujos para todos... Fue él, años después, cuando regresó a la Argentina y empezó a trabajar en Misterix, quien me dio mi primer trabajo: empecé a hacer Legión Extranjera”, dirá Olivera, no sin olvidar que “antes había hecho ilustraciones para revistas como “Vea y Lea”, “Leoplán”, “Damas y damitas”..., ilustrando, además, cuentos clásicos, de Borges, de Mujica Láinez...(7)”, pero a Olivera, le tiraba la historieta...

Para Olivera, como para casi toda su generación, será un shock ver lo que era Pratt cuando comenzó a salir “Hora Cero”, porque evidentemente era un hombre fuera de serie, para muchos, el mayor historietista del siglo XX. “Nosotros estábamos locos con él y después con Breccia; cuando Breccia hizo el Mort Cinder, todos nos sentimos conmovidos por semejante despliegue de calidad: era una cosa alucinante. A mí Breccia me influenció mucho, creo que más que a su hijo, Enrique. Breccia llegó a trascender la barrera del género”, dirá Olivera(8).

El salto a la fama para él vendría, sin embargo, con su colaboración en las revistas de la Editorial Columba, en cuya publicación principal, D'Artagnan, aparecería por primera vez en 1967, Nippur de Lagash, centrada en las aventuras de un hosco exiliado sumerio.

“A Columba llegué allá por 1965 y allí viví muchos buenos momentos, porque se nos dio mucha libertad... se me dio mucha libertad hasta como escritor para hacer Gilgamesh”, confesará el dibujante(9). Ahí se reencontró con Robin Wood, a quien conocía desde cuando eran muchachos. A Nippur lo crearon los dos: Wood le puso el nombre y Olivera la figura. “Fue un personaje muy conversado. Al principio iba a tener la cara de Jack Palance, pero después opté por hacerle una cara más clásica, que fue la que quedó.  Y por supuesto, Robin tenía un talento monstruoso”, dirá Olivera(9).

La historieta, basada libremente en el canon mitológico mesopotámico, fue el resultado de su amistad con el (en ese momento) novel guionista paraguayo, Robin Wood, con quien Olivera compartía su afición a la sumerología, y que aportaría densidad narrativa a la historieta, incorporando material histórico e imprimiéndole una característica continuidad a las historias. Resultó un éxito rotundo desde los primeros números, aparecidos en Mayo de 1967; los primeros siete episodios fueron historias unitarias, narrando el exilio de Nippur de su ciudad natal y la adopción de una vida de aventurero errante.

“En esta época se lee menos(10),  hay menos tiempo para leer, pero en aquellos tiempos era una época más tranquila, menos apremiante, por eso Nippur tiene tanto texto. Todas las características de Nippur son muy orientales, muy árabes... La verdad, fui muy feliz dibujando la parte que me correspondió. Tenía unos libros sobre Babilonia, Sumeria, impresionantes; bueno, esos los usé como documentación.  También nos íbamos al Museo de Armas y al Museo de Ciencias Naturales. Recuerdo que a la mujer de Nippur teníamos pensado hacerle el rostro de Jacqueline Bisset”, recordará Olivera(11).

A partir de 1972, Nippur apareció en formato de comic-book independiente; Olivera y Wood exploran en él la juventud del personaje e historias amorosas, mientras que el dibujante Sergio Mulko, admirador de Olivera, relevó a éste en las páginas para D'Artagnan. Del comic-book aparecerían 27 números; al fin de éste, Olivera volvió a alternar con Mulko en el dibujo para D'Artagnan.

Después de dejar de trabajar con Wood -quien viajará por Europa, llegando incluso a Rusia-, Olivera efectuó también viajes al Viejo continente. Hizo cuatro viajes a Europa. Visitó el Peloponeso en el Expreso de Oriente, que  lo tomó en Milán; cruzó la ex Yugoslavia, fue a Tesalónica y después a Atenas. Ahí seguirá dibujando a Nippur, “mientras veía las ruinas griegas en directo”, dirá. Desde allí enviaba los originales a Columba.

“Estuve un año en Nápoles, trabajando también: parte para Argentina, parte para Italia”.  Después volverá.

Cuando Olivera dejó de dibujar la serie, la continuaron durante años varios colegas. “De los dibujantes que me sucedieron me gustó mucho Leopardi, que tenía un estilo exuberante”, confesará el dibujante correntino.

Mientras tanto, y desde Junio de 1969, había comenzado a dibujar con guión propio una historieta sobre Gilgamesh, el inmortal, en la que trasladaba al héroe sumerio a un entorno de ciencia ficción postapocalíptica. El guión, de mayor fantasía y ambigüedad moral que el de Nippur, permitió a Olivera desarrollar un estilo atípicamente tenebrista.

“Arranqué más o menos en 1970 con Gilgamesh, dado que en esos años la película 2001: Odisea del Espacio, fue un verdadero boom. Fue una cosa que irrumpió en la ciencia ficción de una manera casi metafísica y, a mí, verdaderamente, me trastornó la cabeza por su creatividad.  Yo no sé cómo la MGM le dio tanta libertad a los creadores: es una indagación sobre el futuro del hombre, sobre la evolución de la especie humana.  El 99 % de nuestro ADN es el mismo que el de un chimpancé, pero el hombre ha avanzado a tal punto que puede destruir el mundo en menos de 20 minutos. Creo que esa preocupación constante por el destino del hombre está en Gilgamesh”, señalará Olivera. “Y fíjese qué coincidencia: de Irak sale Gilgamesh y de Irak sale Nippur, y hoy (2003), ahora, a Irak le están dando con todo. Todo lo que fue Sumeria está siendo arrasado con bombas en este mismo segundo”(12).

En los años siguientes, y tras el retiro de José Luis Salinas, dibujaría los guiones de Alfredo Julio Grassi para Dick el artillero, una serie de tema deportivo sindicada en el King Features Syndicate y publicada internacionalmente en varios periódicos.

“En los '70 empecé a trabajar también para Estados Unidos, para la King Features, haciendo una historieta de fútbol, nada que ver con lo que hice luego, pero bueno, me interesaba trabajar para aquel país.  Se llamaba Dick, el artillero, en la que yo sucedí al gran maestro José Luis Salinas, padre de Alberto. No gané mucho dinero porque no se distribuyó bien; era para el mundial de fútbol de 1974”, subrayará el dibujante.

Ya en la década del ‘80, vuelto al país y a Columba, Olivera siguió haciendo Gilgamesh, el sobreviviente y, más adelante, Gwendolyn. Nippur quedaría en manos de otros dibujantes, en especial Ricardo Villagrán.

También en los '80 trabajó en Editorial Record. “Estaba muy encerrado en esas épocas, trabajaba mucho. Recuerdo con mucho cariño Límite Exterior; después algunos unitarios, con Mazzitelli y con Slavich, que son dos genios. También había otro gran guionista del que se habla muy poco y que se llama Emilio Balcarce, que me hizo Pantanal, para Skorpio. Entre los dibujantes, al que veo como el gran dibujante joven es a Gómez y, por supuesto, el gran Quique Alcatena; la verdad que lo admiro, porque Alcatena es un coloso. Hay que mirar sus dibujos con lupa para darse cuenta de todo lo que ese muchacho sabe, de todo lo que ha estudiado; es increíble. Y Gómez, que no sé si tiene treinta años, tiene un dominio extraordinario de la figura humana; me hace acordar a los cuadros de Fortuny, de la gran escuela española del dibujo clásico. Gómez fue formado por Lito Fernández, otro grande, un hombre que sigue la línea de Frank Robins. Hace una historieta 100 % historieta, algo que pretende gente como Durañona, como yo: la idea es narrar, contar, que cualquiera pueda entenderla”(13).

Para Ediciones Record desarrollaría historias de ciencia ficción (Galaxia Cero, Yo Ciborg, Planeta Rojo) y aventura heroica (Ronar), en las que el uso de la sombra volvería a ser protagónico, dándoles un tinte de film noir atípico en el género.

El mismo Olivera cuenta sobre sus influencias artísticas: “El primero de todos, Alberto Breccia. Después, Hugo Pratt y Frank Miller. Zaffino también me gustaba mucho. Pero fue Breccia el que más me marcó, con su Mort Cinder especialmente. El llegó a límites increíbles en sólo 220 páginas. Después comenzó un período abstracto cuando adaptó obras de Lovecraft... Él no se quedaba quieto, buscaba cosas artísticas, no se encasillaba...”.

Olivera leyó muchas historietas, las que le gustaban mucho, y también dibujarlas. Gustaba de la pintura, aunque le pesaba la escasez de tiempo. Aficionado de siempre a la pintura, produjo muchas telas en sus últimos años. “Estoy leyendo cosas de Font -dirá a su interlocutor hacia el 2003-; estoy repasando clásicos, porque en Europa hay una vuelta a lo clásico, a lo fácilmente legible y lo fácilmente entendible.

“Si se fija por ejemplo en los dibujos de Font, cuando se dibujan 20 trineos, cada trineo tiene 20 perros y se vuelven a repetir en cada cuadro los mismos 20 perros del cuadro anterior... Un dibujante argentino haría la silueta de los perros. Pero este trabajo es impresionante: los paisajes, el color; eso es lo que se llama la Escuela Europea. Acá nunca tuvimos una escuela, una academia que marcara pautas; hubo mucha libertad. Pero así y todo, si había que elegir una, acá se dibujaba más al estilo europeo. Al dibujante argentino no le gusta generalmente la historieta que se hace en Estados Unidos y no se siente cómodo trabajando para ese mercado”.

Con respecto al comic de supérheroes estadounidesne, Olivera dirá que le gusta, pero que nunca tendrá la oportunidad de trabajar en es género. “Pero fuera de él me gustaba mucho un dibujante rebelde de los ’60, que se llamaba Robert Crumb. Actualmente me gusta Frank Miller... Eso es lo que tiene de bueno Estados Unidos, es un país tan grande que permite el surgimiento de vertientes para todos los gustos. Hay mucho trabajo y se trabaja mucho en equipo, hay lapicistas, entintadores...”.

En dilatada carrera, Olivera tendrá muchos ayudantes. Jorge Heufemann será uno de los que estuvo más tiempo con él. “Es un muy buen dibujante y tiene un gran sentido estético, y su dibujo es menos retorcido que el mío, es más simple.  Últimamente me andan criticando que yo, por ahí, no cuento bien, sino que divago, que pongo cosas extrañas.  Entonces me propuse seguir la línea clara que hacen los dibujantes belgas: me tengo que adaptar al público; ese es el problema que tengo que resolver ahora. El dibujante nunca “llega”, siempre tiene que estar pensando, creando, experimentando... que es lo que Breccia a mí me enseñó. Ahora es todo producción en equipo, yo ya renuncié a trabajar solo porque hay que cumplir con fechas de entrega estrictas”, señalará.

La agonía de Editorial Columba fue una experiencia dura para Olivera. Allí trabajó hasta el final y después, coincidiendo con la caída, comenzó a trabajar para una editorial de la Provincia de Río Negro, haciendo historietas de dinosaurios. Para un periódico rionegrino dibujó y guionó -a finales de la década del '90-, Pepe Moreno, las aventuras de un paleontólogo preocupado por las depredaciones del patrimonio arqueológico nacional.

La tira Pepe Moreno comenzó a hacerse a partir del éxito de “Parque Jurásico”, la película.  Cuatro años trabajé allí, haciendo esas historietas, con ayuda de varios asistentes. Es que Olivera tenía que cumplir también con Eura Editoriale de Italia y estaba recargado de trabajo.  Para Italia, hizo fantasía heroica, con guiones de Eduardo Mazzitelli. Generalmente eran miniseries unitarias de cinco capítulos. También hizo bastantes policiales y hasta lleguó a hacer los guiones de una miniserie acerca de la Guerra Civil norteamericana.

Olivera dibujó hasta sus últimos días. “Nosotros los dibujantes, para vivir, tenemos que trabajar todos los días. No sólo hago historietas: hago ilustraciones para diarios de afuera. Y me gusta mucho, también, hacer retratos; yo me especializo en retratos, que es lo que más me gusta”, dirá dos años antes de morir.

Enfermo de cáncer, trabajó hasta poco antes de su muerte, acaecida en Buenos Aires el 11 de Noviembre de 2005.

Al conocerse su muerte, Norberto Lichinsky(14), quien fuera entre el 2001 y 2005 subsecretario de Cultura de Corrientes, dijo de él: “Los personajes sobreviven a sus autores y los superan en fama. Surgidos en alguna intersección de la fantasía y el trabajo, el soplo de la inspiración y el conocimiento, las criaturas se adueñan del centro del tablado y menguado protagonismo consienten a sus padres.

“En los cafés de Corrientes, pocos recuerdan a Lucho Olivera. Todos, en cambio, se reconocen deudores de Nippur de Lagash. Hombretones canos, profesionales de maletín y corbata, taxistas y bancarios, retornan entre suspiros a la errancia del guerrero sumerio, la reverberación de la arena y las desventuras de la traición. Quizás las capitulaciones de la crónica cotidiana hallen su revancha en el credo sin dobleces de nuestro héroe. Quien afronta los más siniestros albures en pro de un ideal que no declina, asume por cierto las banderas de quienes fuimos débiles, venales. Y pecamos. Nippur sigue, implacable y colorido, en las retinas de los muchachos de mi clase. Allí estará por los años de las generaciones, recordando (inmutable) que fuimos jóvenes, idealistas y sensibles.

“Pero Lucho Olivera ya no está. El monumental artista, el padre de “Nippur de Lagash”, “Gilgamesh el Inmortal” y “Pepe Moreno”, dejó esta tierra monocorde de asfalto y estaciones que se suceden inexorables, secuenciales. Se fue. Lo doloroso es que su patria no lo conoce.

“Muy joven lo encontró la fama asociado a Robin Wood y dibujando algunos de los mas grandes éxitos de la Editorial Columba. Nippur, como Gilgamesh, Jackaroe, Saverese, Dax, eran referencias mayores de la cultura joven y urbana en la Argentina de los ‘70.

“Ya es tarde para descubrir la inserción suprema de los grandes del comics en el mundo de las artes plásticas. Los nombres de Hugo Pratt, Steve Ditko, Harold Foster, Francisco Solano López, Milo Manara, Russ Manning, Jordi Bernet, Alberto Breccia (entre tantos), están integrados a la galería visual de la humanidad. La crítica más estricta asumió que en los cuadros de los fanzines se consumó una de las mayores revoluciones artísticas del siglo XX. No se habla sólo de ventas, de impacto y de alcance, sino ya de consagración académica.

Allí, en ese territorio, el nombre de Lucho Olivera es venerado. Allí, los quilates de este paisano taciturno, huraño y tierno son plenamente respetados. El atrevimiento de sus encuadres, la versatilidad en la interpretación temática, el desparpajo y la erudición para abordar complejos universos históricos o ficcionales, le granjearon la reverencia de los analistas.

“Lo extraño es que eso sucedió en nuestro país (proliferan sus seguidores en la red global...) pero fue abrumador en el extranjero. Recorrer los “sitios Olivera” en italiano remite a fenómenos tan inasibles como la devoción tanguera de los japoneses o el culto matero de los drusos, una suerte de colonialismo involuntario y prepotente.

“La figura de Lucho se agiganta cuando uno compara su Nippur con aquellos de los dibujantes que lo sucedieron en la misión de acompañar los guiones de Robin Wood. La mirada de artistas prestigiosos como Enrique Villagrán, Sergio Mulko o Ricardo Ferrari se torna pueril frente a la potencia del trazo y la energía del correntino, siempre a punto de desbordar los límites del recuadro que encierra al guerrero de Lagash.

“¿Cuál fue el gatillo de la simbiosis entre Lucho y la cuestión sumeria? Marta (su hermana, mente lúcida hasta la clarividencia) no lo duda: la condición mesopotámica. Tal vez un rasgo inmanente que condiciona a los nacidos en la tierra abrazada por los ríos, tal vez la visión distante del otro, en aquel confín allende la ribera. Hay una química del montañés y un hábito del hombre del valle y un estoicismo de las arenas; el muchacho del Taragüí y el tuerto errante y el sabio inmortal se alineaban en un orden magnético homólogo, se atraían en la extraña polaridad emanada por el encierro fluvial.

“El Tigris y el Paraná, el Eufrates y el Uruguay, el dibujante de la tierra de los gauchillos alzados, de los indómitos justicieros devenidos al santoral correntino, veía quizás en Nippur una transmutación de Aparicio Altamirano, Olegario Alvarez, Isidro Velásquez huyendo-combatiendo al poder infame, a la partida y los mercenarios hititas.

“Las virtudes de los personajes no adornarán a sus autores. A Lucho le fue negada la vida eterna o, aunque más no fuera, la voluntad superviviente. Nippur no ceja ni lo hará, pero Olivera abandonó su módico vagabundeo por los boliches de calle Agüero para ser cenizas. Y lo pidió: ser cenizas en el torrente bermejo que besa las playas de la patria que no lo reconoce y se va. Mandato de Olivera: vas a tener que andar mucho para ganarle a mis sueños”.

 

Notas

(1) El periodista Ariel Avilez le efectúa reportaje a Olivera en la mañana del 3 de Marzo de 2003, en el departamento situado en el tercer piso de calle Austria al 2200, de la ciudad de Buenos Aires. Avilez dice que nació en 1943. Hay otras fuentes informan que fue en 1942.

(2) Este dato lo proporciona Norberto Lichinsky, en ese entonces subsecretario de Cultura de la Provincia de Corrientes, en una nota titulada “Nuestros creadores - El Inmortal”, publicada en el diario “La República”, el 27 de Noviembre de 2005.

(3) Lichinsky. Nota citada.

(4) Avilez. Nota citada.

(5) Avilez. Nota citada.

(6) Avilez. Nota citada.

(7) Avilez. Nota citada.

(8) Avilez. Nota citada.

(9) Avilez. Nota citada.

(10) Avilez. Nota citada.

(11) Avilez. Nota citada.

(12) Avilez. Nota citada.

(13) Avilez. Nota citada.

(14) Lichinsky. Nota citada.  

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