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Fernández Rudaz, Evaristo

EVARISTO FERNANDEZ RUDAZ

De acuerdo con los datos obtenidos de trabajos publicados por Wenceslao Moore y Pablo Alcides Pila, escritores goyanos, señalan que Fernández Rudaz nació en la zona de “Montiel Entrerriano” (Provincia de Entre Ríos), el 26 de Octubre de 1899.

En forma intuitiva y como una vocación o destino, el denominado “El Pibe Fernández” recorre los caminos del Chaco santafesino, portando su guitarra y cantando sus propias composiciones musicales. En estas giras recorre los “puestos” de los obrajes, parajes perdidos en la selva, y bosques, llevando su mensaje de juglar.

Fernández Rudaz actuaba en las proveedurías, boliches o bailantas, y era el mensajero de los sucesos populares que, en forma literaria y musical, transmitía, de pago en pago, transformándose en un verdadero “compuestero” famoso en las décadas del ’20 al ’40.

En 1923, forma dúo con Juan Carlos Almirón, e intenta fortuna viajando a Santa Fe, Rosario y Buenos Aires. Graba en el sello “Mac Lhuman” -luego “Odeón”- pero sin repercusión.

Dice Pila:

“Siempre caminante de los pueblos del Interior del Norte provinciano, continuaba rastreando hechos históricos, personajes populares, anécdotas significativas, paisajes escondidos, sucesos, mitos, supersticiones, leyendas, para transformarlos en canciones, relatos y versos”.

Después de recorrer los quebrachales, Fernández Rudaz se instala en la ciudad de Goya (Provincia de Corrientes), entre los años 1942 a 1956, regresando a la ciudad de Reconquista, hasta el día de su muerte, acaecida el 28 de Enero de 1992, en la citada ciudad santafesina.

Su obra discográfica, muy escasa, fue grabada en el sello “Odeón”, en el año 1950, dejando un número reducido de su cuantiosa obra, de la que solamente recordamos: “Ajhá Potama”, “La Creciente”, “6 de Enero”, “Milonga del Yarará”, “Concierto del Yasí Retá”, “Hoy Como Ayer”, “Chaco”, “El Matrero”, “La Cruz López”, “Bajo la Isleta”, “Tamboreando la Puerta”, “El Mondayé”, “Inconclusa”, “Rondando ...”, “Las Huellas del Adiós”, “El Sargento Sapo”, “El supuesto sepulcro de Jacinto Arauco”, “El Lobizón”, y otras muchas que han quedado como testimonio de su caminar juglaresco, que enriqueció el folclore musical del Nordeste argentino.

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