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Héroes Civiles

Por Decreto del 3 de Febrero de 1931, el intendente municipal de la ciudad de Corrientes dio el nombre de Héroes Civiles a la prolongación de la calle La Rioja, desde la Avenida 3 de Abril al Sur(1).

Lo hizo en memoria de los médicos, practicantes, farmacéuticos, religiosos y demás ciudadanos que secundaron en la acción de sacrificio al doctor José Ramón Vidal, personaje central del drama urbano durante la epidemia de fiebre amarilla, de 1871.

Consideró en tal carácter, de Héroes Civiles, a las siguientes personas:

* señoras, Luisa Pujol de Gallino, Justina A. Pintos, Josefa B. Recalde, Magdalena B. de Fainardi;

* doctores Facundo Fernández, Federico Cossio, Emilio Tabares de Oliveira, Francisco Gutiérrez de Casto o Castro, Juan E. Martínez, Luis Augusto de Peret o de la Peretta, Carlos Fossatti, Alberto Fainardi, José María Mendía, Gerardo Cunha, Francisco Salvador Cardin, Juan A. de los Santos, Tiburcio Gómez Fonseca, Pedro Igarzábal, cirujano del ejército, N. Moyano;

* farmacéuticos: Popolizzio, Campana, Santiago Besseguer, Sebastián Sastre; y

* señores: Tomás B. Apleyar, Augusto A. Meyer, Manuel Mayo, Luis Baibiene, Federico Roibón, Manuel Canevaro, Juan Bautista Rojas, Angel Llopard, José Riera, Gervasio González, Antonio López, Lino Balcasas. Juan Perffetti, Vicente Martínez, Mateo Barberán, Juan Alsina, José Buscio, Torcuato Villanueva, Ildefonso Durand, Félix Obregón, Antonio Lana, Juan Achinelli, Felipe Costa, Bernardino Queirolo, Manuel Cavia, Juan Cruz Molina, Benigno Gómez, Carlos Harvey, Enrique Durand de Cassís, presbítero Camilo Mesa y R.R. P.P. de la Merced.

Dispuso que en esta nónima se incluyeran, oportunamente, los nombres de aquellas personas que la investigación histórica que se realizaría indicase como de justicia.

A ese efecto, ordenó al doctor Hernán F. Gómez redactase una monografía histórica sobre esos sucesos, encargo que fue cumplido editándose, con el título de “Heroísmo de una generación. Crónica de 1871 que la Intendencia municipal de la ciudad de Corrientes encomendó a Dr. Hernán F. Gómez y que pone en manos de la población escolar, como homenaje a los héroes que lucharon contra la epidemia de aquel año, para estímulo de las nobles virtudes de la sociabilidad”.

El Decreto municipal, incluyendo en el grupo de los Héroes Civiles a aquellos otros que se individualizaron en el expresado estudio histórico, aún no fue dado, pero su lista consta en el folleto de referencia.

La pluma realista del doctor Gómez ha reflejado aquellas horas trágicas en todo su dolor. Tomamos de su interesante evocación uno de los capítulos centrales:

“En cuanto el Gobierno nacional consideró ‘infestado’ al puerto de Corrientes y a pesar de lo resuelto por la Junta de médicos locales, de continuar las cuarentenas, concedió permiso al vapor Guarany para el desembarque de pasajeros y la prosecución de su carrera a Buenos Aires. Los puertos de abajo se cerraron para el buque ‘fantasma’ que fue a completar su aislamiento en ‘Martín García’, pero su arribo a Corrientes, el 11 de Enero a las 4 de la tarde y el desembarco de los pasajeros, fue para los vecinos la certeza de horas de horror.

"Corrientes quedaba librada a sus propias fuerzas; pertenecía a la zona de la epidemia; no era ella la que cerraba sus puertas a la hospitalidad dudosa, era el resto del país, el Litoral todo, quienes se alejaban de la ciudad infestada y la eludían.

“Desde entonces, la capital correntina quedó aislada. Los vapores cruzaban a su vera sin dejar ni llevar pasajeros, cargas, víveres o correspondencia. La prensa local, entre protestas, llenó sus columnas de cuántos informes se obtenían, para contrarrestar esa situación de abandono, y abundaba en las noticias de la guerra civil, en las operaciones militares, en los pequeños choques de la frontera.

“El doctor Juan Lagraña, con el pseudónimo de “Martes”, escribía desde los campamentos, con pluma ágil y detallista, como para que las veladas dolientes de la ciudad tuvieran ese venero de energía y de sacrificio.

“Alejadas las familias pudientes en su casi totalidad y aislados a su vez, por las medidas defensivas de otras localidades, los vecinos de la ciudad capital debieron permanecer en ella, mientras la epidemia clavaba sus garras cada día más fuertemente. El miedo adquirió caracteres de demencia. El orden, la justicia, el desarrollo normal del Derecho, fuéronse quebrando, para dar paso a la licencia y a la fuerza.

“El sentimiento cristiano del pueblo y la índole un tanto idólatra de las clases inferiores, quiso encontrar en las prácticas de la religión un refugio y un áncora.

"Los viejos Patrones de Corrientes: San José, San Sebastián, María de las Mercedes y la Santa Cruz Milagrosa, de los días de la fundación, furon objeto de un culto continuo. Los templos llenos de fieles, por la mañana y por tarde, elevaban, aislados o en procesiones, al cielo, sus plegarias suplicantes y las campanas clamaban la misericordia divina con sus redobles.

"Pero la Comisión Central de Salud Pública intervino: Suspendió la novena que se seguía en el templo de la Merced, e hizo silenciar las campanas; desde ese instante no se dobló por nadie, y los días fueron, como las noches, silenciosos.
“Al principio hubo como conformidad en los espíritus; se afrontó el peligro con sentimientos de unión y de concordia; los cadáveres eran sepultados con decencia; hubo hasta visitas de duelo, y se distribuía a los pobres enebro y vinagre. Después, cuando ni los ruegos ni las medidas sanitarias generales tuvieron éxito, empezó a disiparse de las almas todo sentimiento que tuviera algo que ver con la compasión y el auxilio al prójimo.

"Cada uno pensaba para sí, enfermo era como el enemigo común, y si alguien caía en la calle, las puertas no se abrían. De casa en casa, la nueva llegaba al hogar familiar y eran suyos quienes traían al enfermo la ayuda de la medicación y la asistencia.

“El pueblo clamaba su terror. El gobernador delegado, Pedro Igarzábal, con sólo un empleado que continuaba consecuente a sus deberes, asistía a la Casa de Gobierno y paseaba por la soledad de sus oficinas. Unidas las manos a la espalda, como enjaulado en la vieja casa, desde la que los gobernadores correntinos hicieron la Provincia, era victima de la impotencia y del desconsuelo.

"Descendiendo de familia patricia, de aquel diputado de Corrientes que fue, en 1828, a la Convención Nacional de Santa Fe a sostener crónicamente enfermo los derechos provinciales, y que murió en su sillón de representante, amargado por las pasiones que chocaban preparando la tiranía, no podía ausentarse.

“Sin jefe de Policía, porque Federico Roibón, designado el 4 de Enero, estaba atacado de la epidemia; sin ministro de Hacienda e Instrucción Pública, porque el joven abogado, doctor Juan Esteban Martínez, el titular, sufría las alternativas de la fiebre amarilla; y sin ministro de Gobierno, porque el doctor Lisandro Segovia había huido de los primeros, al pueblo de San Luis del Palmar, sentía su soledad y la amargura de las horas.

“Un único sostén moral encontraba el gobernador para su sacrificio y sus pesares. Era el doctor José Ramón Vidal, senador por Corrientes al Congreso de la Nación, personalidad política afirmada desde la presidencia de la Convención que reformó la Carta Orgánica de la Provincia en 1864, y en varias subrogancias como presidente legislativo, de los gobernadores correntinos.

"Alto, delgado, irreprochable en la levita recta de la época, el doctor Vidal fue, en esos momentos un exponente de las virtudes de la humanidad.

"La ciudad enarenada en todo su perímetro, o de suelo gredoso en la zona del Nordeste, de los bañados, obligaba al uso del caballo. La silueta del ilustrado político y generoso corazón era inconfundible para su pueblo. ¡Si se lo amaba!

“Por asistirlo no había aceptado las bien rentadas canongías del hospital, durante la tragedia de la Guerra de la Triple Alianza, y fue el médico de los pobres y de los humildes. No obstante, sus horas fueron también de los heridos, cuando la enorme faena obligaba a jornadas dolorosas.

“Se hablaba, por ejemplo, de uno de los episodios más fantásticos de esta gesta. En uno de los acorazados brasileños, la caldera, sujeta a trabajo intensivo, había estallado; lleno de soldados, fueron centenares de heridos y un clamor de agonía, los hombres quemados por el agua hirviente.

"El hospital, organizado en el teatro, frente al hogar del médico, fue durante días un infierno de imploración. El doctor Vidal envió a los suyos a su quinta, sobre el río Paraná, y veló, incansable, sobre las victimas de la escena del acorazado.

“- Descanse, doctor...

“Pero, las bocas imploraban, y el médico reanudaba su gira, lenta, afable, enhebrando el corazón de sus enfermos rugientes, como fieras.

“Si esto hiciera por otros, ¡qué sacrificio brindaría a su pueblo! Y desde el amanecer hasta las horas de la noche, siempre correcto, de impecable levita y galera alta, visitaba los hogares. Sus dos caballos, usados alternativamente, bien conocidos, eran como el faro para los desconsuelos.

“- Por allá pasó el doctor...

“- Vaya y mire; ha de estar su caballo en alguna puerta...

“ Y tras ése, otro, otros, y mil.

“‘La Esperanza’, que había reducido a dos ediciones semanales su tiraje, consignaba desde el principio de la epidemia, como ejemplo, la potencia moral de esta personalidad. El doctor Vidal, decía, es incansable en asistir al desvalido; él mismo prepara los remedios a la cabecera de sus enfermos, cuando ellos escasean o no existen.

“El 15 de Enero, una disposición novedosa de la Comisión de Salud Pública puso su nota de vida en la ciudad sola y moribunda. Situáronse en las esquinas, en el centro del cruce de las calles, cuarterolas con alquitrán, para fumigar el ambiente, y no bien puesto el sol cálido, de ocaso breve, se les dio fuego.

"La ciudad callada, apenas si sabía en esos momentos del alumbrado a kerosene, despertó con la ola de luz. De las casas modestas, de la gente del pueblo, uno a uno fueron desfilando los chiquillos, semidesnudos, ateridos de terror, a quienes
se encerraba como oro amonedado en los cuartos oscuros.

"El tesoro, de alegría, que duerme en el fondo del corazón del niño, brilló junto a la fogata en damero de la ciudad, hacía pocos instantes silenciosa.

“Tomados de la mano, saltaban con el ritmo de sus cantos simples; cada sol de alquitrán tenía su corona de alegres mariposas. Y hasta tarde, hasta muy tarde, los gritos poblaron el ambiente, ahí donde las casas mejores, de las clases acomodadas, eran lóbregas en abandono y en silencio.

“A fines de Enero se suspendieron estas quemazones en medio de las protestas de la opinión y de la prensa. No era economía; habíase concluido la existencia del alquitrán. El jefe de Policía buscó sustituir los elementos con pasto y ramas verdes, pero el esfuerzo fue inocuo; faltaban brazos. A los días de horno en que los estragos de la fiebre amarilla veíanse en el movimiento de cadáveres y en el empaque característico de miedo, siguieron las noches calladas y las luces modestas, en las casas donde se velaba una vida en agonía”.

Nota

(1) Material extraído del libro "La Ciudad de Corrientes", de Hernán Félix Gómez, editado en 1944.

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