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Ayacucho, Batalla de

Se libró el 9 de Diciembre de 1824, en la pampa de Ayacucho, Perú.

Las fuerzas independentistas, comandadas por el general colombiano Antonio José de Sucre, derrotaron a los ejércitos realistas, al mando del virrey del Perú, general José de la Serna.

Con este triunfo quedó consolidada la emancipación de América del Sur.

Las tropas patriotas estaban integradas por colombianos, pe­ruanos y chilenos; también participó casi un centenar de oficiales y soldados del Regimiento de Granaderos y de otras fuerzas del Ejército de los Andes.

Eran en total 5.800 hombres. La bata­lla duró varias horas; al final, la victoria del ejér­cito independentista fue arrolladora. Los realis­tas perdieron 1.400 hombres y más de 2.000 fueron hechos prisioneros, entre ellos, el propio De la Serna y el grueso de sus oficiales.

El virrey tuvo que firmar la capitulación y reconocer la independencia del Perú.

- Antonio José de Sucre

En 1825, Simón Bolívar escribió un sentido homenaje a la obra y vida del mariscal Antonio José de Sucre, donde dice:

“La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana y la obra de Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta y su ejecución, divina.

"Sucre es el padre de Ayacucho, es el redentor de los hijos del Sol: es el que ha roto las cadenas”.

- La acción que terminó con el dominio español

El 9 de Diciembre de 1824, en las sierras de Ayacucho, se desarrolló la batalla que consagró la disolución del Imperio español en América del Sur.

La batalla tuvo lugar en las sierras del Sur del actual Perú. Sin embargo, las tropas realistas provenían del Alto Perú (la actual Bolivia), el reducto más sólido de la resistencia contra las revoluciones americanas.

Allí, una élite que temía sobre todo a la sublevación de la muy numerosa población indígena, ató su destino como grupo dominante a la defensa de la causa realista.

Desde sus inicios, luego que la invasión napoleónica abriera la crisis, las guerras revolucionarias fueron un asunto casi exclusivamente americano. Americanos fueron los hombres y mujeres que lucharon, como así también buena parte de los siempre escasos recursos utilizados.

Recién en 1820, Fernando VII pudo organizar una poderosa expedición de 20.000 veteranos de las guerras napoleónicas, una cifra que impresiona, si se toma en cuenta que en Ayacucho los combatientes de ambos bandos no alcanzaban esa cifra.

Pero su comandante, el general Riego, prefirió usar sus tropas para marchar contra el rey absolutista y obligarlo a reponer la Constitución liberal de 1812. El destino más probable de esa expedición era el Río de la Plata.

La guerra revolucionaria trastornó la política y la sociedad americanas. En principio modificó las bases del poder, asociadas ahora con la capacidad de desplegar fuerzas armadas. Pero también cambiaron las élites, ya que los jefes militares se convirtieron en los detentadores de la autoridad.

La guerra también introdujo a una parte importante de la población en una actividad política que, hasta ese momento, le era casi completamente desconocida.

Los grupos populares, que formaron los ejércitos patriotas y realistas, aprendieron la política en medio de la movilización militar. Naturalmente, muy pocos estaban preparados para una situación que no reconocía antecedentes, y por eso las opciones no siempre fueron tan claras como las versiones de la historia de corte patriótico nos informan.

No era extraño que quienes combatían en un bando, lo hicieran para otro apenas unas semanas después. Las deserciones constituyeron un problema irresoluble. El propio José de San Martín despertó sospechas en Buenos Aires, ya que había peleado en España contra las tropas napoleónicas; sospechas que sólo pudo eliminar luego del combate de San Lorenzo. No fue este un caso excepcional.

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