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Rosas, Juan Manuel de

BIOGRAFIA I

- Algunos parientes de Rosas

Antes de abordar este tema, declaro formalmente que no me creo historiador, sino sólo un humilde periodista que lee Historia. No tengo fuentes propias, más allá de mi biblioteca. Intento despertar la curiosidad del lector sobre la figura de Juan Manuel de Rosas que gobernó la provincia de Buenos Aires y dominó a toda la Nación, desde 1829 hasta 1852(1).

(1) Citado por Rolando Hanglin, para el diario “La Nación” de Buenos Aires, publicado el 31 de Enero de 2012. Algunos libros consultados por el autor fueron: “Rosas y su Tiempo”, de José María Ramos Mejía; y “Rosas”, de John Lynch.

Algunos lo consideraron -en su tiempo- un monstruo sanguinario. Otros, lo veneraron como a un padre bondadoso, incluyendo al cacique ranquel conocido como Cachul, quien dijo: “Todos mis indios y yo daremos la vida por don Juan Manuel. Ese hombre nunca nos mintió”.

Palabras de otro cacique, el legendario Cipriano Catriel:

“Nuestro hermano Juan Manuel, indio rubio y gigante que vino al desierto pasando a nado el Samborombón y el Salado y que jineteaba y boleaba como los indios y se loncoteaba con los indios y que nos regaló vacas, yeguas, caña y prendas de plata.
“Mientras él fue Cacique General, nunca los indios malones invadimos, por la amistad que teníamos con Juan Manuel. Y cuando los cristianos lo echaron y lo desterraron, invadimos todos juntos”(2).

(2) Citado por Julio A. Costa en “Roca y Tejedor”. Aclaramos que el “loncoteo” -de allí el verbo loncotear- era un deporte de lucha individual en el cual los dos rivales se aferraban por los pelos, entre pampas y araucanos. // Referenciado por Rolando Hanglin, para el diario “La Nación” de Buenos Aires, publicado el 31 de Enero de 2012.

Más tarde, el propio Rosas redactaría una “Gramática de la Lengua Pampa”, que aún hoy resulta útil. Y el apunte es especialmente válido si tenemos en cuenta que Rosas realizó -en 1830- la primera campaña del desierto junto a Facundo Quiroga y José Félix Aldao, medio siglo antes de Roca, con saña feroz.

Las crónicas relatan la captura de ochenta indios “extranjeros” (sin duda, araucanos chilenos) que fueron remitidos a Buenos Aires y fusilados en el Retiro, en tandas de diez. Otros prefieren recordar su orden escrita a oficiales en combate:

“Si se capturan cuatro o cinco indios, no es preciso tomar prisioneros a todos. Conviene dejar que la tropa se adelante, luego llevarlos a un monte cercano y allí fusilarlos en caliente, como corresponde. Con dejar vivos a uno o dos, para que declaren, es suficiente”.

Se afirma que el “Restaurador de la Ley” pretendió -hasta 1840- empujar a la indiada hacia la Patagonia para liberar de malones a la pampa fértil y, de esa fecha en adelante, firmar pactos con los caciques, para asimilarlos paulatinamente a la civilización argentina, sea esto bueno o malo.

Palabras del general unitario Juan Lavalle, derrocado por Rosas en 1929:

“Mi honor y mi corazón me imponen remover por mi parte todos los inconvenientes para una perfecta reconciliación...Y, sobre todo, ha llegado el caso de que veamos, tratemos y conozcamos de cerca a Juan Manuel de Rosas, como a un verdadero patriota y amante del orden”.

En su tiempo, dijo el general Justo José de Urquiza, que lo venció en Caseros (1852):

“Rosas fue un valiente. Yo lo vi conducir a sus tropas en la primera línea de fuego”.

Otro testimonio interesante es el de Charles Darwin, que lo conoció personalmente en plena Campaña del Desierto. Ambos conversaron en el Cuartel General del Restaurador, a orillas del río Colorado.

El gran científico inglés hizo una serie de apuntes que están contenidos en sus cartas a Carolina Darwin, fechadas el 20 de Septiembre de 1833, luego publicadas en el libro “Charles Darwin and the voyage of the Beagle” (Londres, 1945). Algunos apuntes:

“Rosas es un hombre de extraordinario carácter y tiene en el campo una gran influencia que seguramente empleará para hacerlo progresar. En este país se desarrolla ahora una sangrienta guerra de exterminio contra los indios.
“Si finaliza con éxito, es decir si todos los indios son liquidados, se ganarán grandes extensiones de campo para la producción de ganado vacuno. El campo quedará en manos de los salvajes gauchos blancos, en lugar de los indios cobrizos.
“Algo superiores los primeros en cuanto a civilización, así como inferiores en materia de virtudes morales.En fin, quedé absolutamente complacido de mi entrevista con el terrible general. Es digno de verlo, ya que se trata decididamente de la personalidad más prominente de América del Sur”.

Muchos años después, Darwin y Rosas volverían a encontrarse personalmente, pero esto fue ya en Southampton, Inglaterra, donde el Restaurador se había exiliado y gobernaba su granja inglesa.

No conocemos comentarios sobre esta segunda entrevista, aunque sabemos que Rosas fue, hasta los 83 años, un hombre enérgico y educado, en quien se percibía “el aire de un gran señor”, aún envuelto en la soledad y la rabia de su derrota.

Rosas era de familia noble. Los Ortiz de Rozas y los López Osornio habían venido directamente de España al Río de la Plata. Los Ortiz de Rosas fueron y son hijodalgos de nobleza certificada desde el siglo XVIII. De esta época data la solicitud de Bartolomé Ortiz de Rosas -tío abuelo del Restaurador- que pidió su admisión en la Orden Militar de Santiago.

La familia de la madre de Rosas era López Osornio. Menos conocida en Buenos Aires, pero pródiga en gobernadores, virreyes y capitanes generales en las distintas épocas de la América española. El abuelo materno de Rosas, Clemente López de Osornio, terrateniente y oficial de milicias, fue muerto a lanzazos por los indios en 1783, defendiendo su propiedad con las armas en la mano.

El padre de Rosas, llamado León Ortiz de Rozas (aparentemente, fue Juan Manuel quien decidió cambiar la “z” por una “s”, aunque nadie lo afirma con certeza) siguió la carrera de su propio padre, Domingo Ortiz de Rozas, llegado desde Burgos en 1742. Don León fue capitán del regimiento de infantería de Buenos Aires. Cayó prisionero de los indios y lo mantuvieron en los toldos durante cinco meses, pero sobrevivió y terminó sus días como estanciero. Se lo retrató como a un hombre amable.

En cambio, toda la fiereza de los López de Osornio estaba concentrada en el carácter de Agustina, madre del Restaurador. Heredó de su propio padre una rica estancia: “El Rincón de López”. Tuvo veinte hijos, de los que sólo sobrevivieron diez. Se la describe como despótica y altiva.

Dicen que el eficiente Juan Manuel (a los 17 años) administraba bien los campos de sus padres, pero un cambio de palabras con doña Agustina lo impulsó a abandonar la casa paterna. Era muy joven, pues, cuando se independizó, y trabajó de estanciero hasta los 83.

Cuando la primera invasión inglesa (1806) Rosas tenía 13 años y fue ayudante de municiones junto a otros niños, a las órdenes de Santiago de Liniers, a quien el Restaurador idolatraba:

“¡Liniers! Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad, sin olvidarlo jamás”.

Aparentemente, Juan Manuel sentía más inclinación por el orden hispánico que por la revolución de Mayo, que mandó ejecutar al francés. “Los tiempos actuales no son los de quietud y tranquilidad que precedieron al 25 de Mayo. Entonces, la subordinación estaba bien puesta. Había unión. Todavía no nos abrasaba el fuego devorador de las guerras civiles”.

Puede entenderse a Liniers como un “padrino espiritual” de Rosas y, por lo tanto, uno de sus parientes más entrañables.

La esposa de Rosas perteneció también a la clase patricia de Buenos Aires. Se llamó Encarnación Ezcurra y Arguibel. La boda se celebró contra la voluntad feroz de doña Agustina, madre del novio.

La personalidad de Encarnación Ezcurra es bastante conocida: fue una mujer de gran inteligencia, que actuó como socia política de su marido, tejiendo y destejiendo alianzas en Buenos Aires mientras Juan Manuel administraba campos o combatía a los indios. Por otra parte, la antigua familia Ezcurra sigue existiendo en el país y ha dado varios hombres de letras.

Por el lado de su madre, Rosas era primo segundo de los hermanos Juan José, Tomás Manuel y Nicolás Anchorena, con quien tuvo negocios rurales. Aunque sus socios más firmes -a lo largo de los años- fueron Luis Dorrego y Juan Nepomuceno Terrero. También familiares.

Juan Manuel y Encarnación tuvieron dos hijos: Juan y Manuelita. Ambos lo acompañaron al exilio en Inglaterra, pero Juan volvió pronto a la Argentina y tuvo muy poca relación con su padre. Algo pasó, no sabemos qué ni cuándo. Juan se volvió “con su familia” (dice el historiador británico John Lynch) y sólo quedó Manuelita junto a su padre.

A continuación, los datos que hemos podido obtener sobre Juan Bautista Pedro Rosas:

* Hijo de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra.
* Nació el 29 de Junio de 1814, en Buenos Aires.
* Fue bautizado el 30 de Junio de 1814 en la Basílica de Nuestra Señora de La Merced.
* Sus padrinos fueron Juan Ignacio Ezcurra y Teodora Arguibel.
* El 9 de Septiembre de 1835 se casó con María Mercedes de los Dolores Eustaquia Fuente Arguibel en la Basílica de San Nicolás de Bari, de Buenos Aires. Se casó, pues, “dentro” de la familia.
* María Mercedes Fuente Arguibel nació el 24 de Agosto de 1815 y falleció el 23 de Febrero de 1907, en La Plata.
* Tuvieron un solo hijo, llamado Juan Manuel León Ortiz de Rosas o Rozas, quien murió en 1913 mientras ejercía la gobernación de la provincia de Buenos Aires como dirigente del Partido Autonomista Nacional (conservador) fundado por Adolfo Alsina. Es decir, llegó a ocupar el mismo cargo de su ilustre abuelo, aunque sin la misma trascendencia histórica.
* Juan Bautista, por su parte, murió el 3 de Julio de 1870, en Buenos Aires. Sobre su hijo, don Juan Manuel León y su descendencia posterior, no tenemos otras noticias que las ya mencionadas.

Evidentemente, el joven Juan Bautista Rosas sufrió el típico complejo de “hijo de famosos o poderosos”, que vale tanto para los descendientes de Bin Laden como para los de Fred Astaire. Abrumado por el poder del padre, el hijo (sobre todo si es varón) busca el anonimato e incluso el exilio. Tal vez este haya sido el cuadro psicológico de Juan Bautista Rosas

No se debe confundir a Juan Bautista con el “otro hijo de Rosas”, Pedro Rosas y Belgrano, que tuvo actuación política a pesar de sus dos padres notorios: Manuel Belgrano y Juan Manuel de Rosas.

Repasemos los datos familiares: Juan Manuel de Rosas se había casado con Encarnación Ezcurra en 1813. El casamiento se realizó a pesar de la oposición de la madre de Rosas, quien consideraba que su hijo era muy joven (21 años) para contraer matrimonio, pero finalmente aceptó cuando le hicieron creer que Encarnación estaba embarazada.

En realidad, quien estaba esperando un hijo era la hermana de Encarnación, María Josefa Ezcurra, que era casada -aunque su marido se había vuelto a España- y el hijo que esperaba era realmente de Manuel Belgrano.

Don Manuel había sido funcionario del Consulado en el Río de la Plata desde 1790. Belgrano fue la primera familia patricia de origen italiano (salvo que aparezca algún descendiente del virrey Bucarelli) así como los primeros irlandeses en el grupo de fundadores de la patria fueron Guillermo Brown (su flota intervino en la Vuelta de Obligado) y Domingo Cullen, negociador santafesino de Rosas en tiempos del bloqueo anglo-francés.

Al niño Pedro se lo anotó como hijo de Juan Manuel de Rosas, para evitar los comentarios sobre su cuñada Josefa.

Por un lado hay documentos que lo dan como nacido el 29 de Junio de 1814 en Buenos Aires y bautizado el 30 de Junio de 1814 en la Basílica de Nuestra Señora de La Merced. Otros documentos fechan el nacimiento de Pedro Rosas en un pueblo cercano a Santa Fe, el día 30 de Julio de 1813.

María -la segunda hija de Rosas- nació en 1815, pero murió a los pocos años. Y Manuelita nació el 24 de Mayo de 1817.

Se ha descripto al primogénito de Rosas, Juan Bautista, como a un joven lánguido, amante de los placeres, los caballos y las mujeres. Todo el furor de su padre aparecía, tal vez, a los ojos de Juan Bautista, como algo gratuito. En esto no se diferencia de otros hijos varones de hombres terribles.

Ahora, veamos la historia de la principal hija mujer: apenas seis meses después de llegada a Inglaterra, Manuelita Rosas se casó con Máximo Terrero, hijo del antiguo socio de su padre. Para Rosas fue un abandono, una traición y acusó a Manuelita de “inaudita crueldad”, aunque parece ser que al cabo de los años la perdonó y aceptó a Máximo, que fue un fiel y afectuoso hijo político.

Rosas tuvo también otra mujer. Se llamó María Eugenia Castro. Era la hija del comandante Juan Gregorio Castro, que nombró a Rosas su albacea y tutor de su hija mayor. Cuando la niña tuvo 13 años, Rosas la llevó a su casa de Palermo como doncella de compañía de su esposa. A la muerte de Encarnación, Eugenia pasó de criada a amante. Tenía 15 años, contra 47 de Rosas.

Tuvieron cinco hijos: Nicanora, Angela, Justina, Joaquín y Adrián. Otros testimonios hablan de ocho hijos, aunque Eugenia había tenido otra hija antes de Rosas: Mercedes Costa, fruto de sus amores con un familiar del Restaurador.

Se entiende, de todos modos, que Eugenia era la pareja de Rosas en el momento de producirse su derrocamiento en la batalla de Caseros. De cualquier manera, hay interesante información sobre esto en el libro de Rafael Pineda Yáñez: “Cómo fue la vida amorosa de Juan Manuel de Rosas”, que yo cito de segunda mano pues sólo dispongo del texto de Lynch.

Eugenia escribió una carta por año a Rosas entre 1852 y 1855, al parecer quejándose de su pobreza y el abandono de sus hijos. Respondía Rosas:

“Quise traerte conmigo, según te lo propuse en dos cartas que no olvido. Si hubieras venido, no habrías sido desgraciada. Así, cuando hoy lo sos, debes culpar solamente a tu maldita ingratitud”.

Rosas escribió su última carta a Eugenia Castro en 1870, recalcando su absoluta pobreza. No podía ayudarla en nada. El Restaurador no firmaba sus cartas como “Juan Manuel”, así como no firmó “Papá” al escribirle a su hija Angela. Firmaba como “tu afectísimo paisano” y, en la carta final para Eugenia, “tu afectísimo paisano y patrón”.

¿Cuál fue el destino de aquellos hijos de Rosas, seguramente portadores del apellido Castro? Hasta donde hemos podido averiguar, Joaquín fue peón de campo en la provincia de Buenos Aires y su hermano Adrián pocero, en Lomas de Zamora.

Eugenia hizo lo que pudo: fue lavandera, sirvienta, formó una nueva pareja, parió dos hijos más, cuyo apellido desconocemos, y después murió. Sus siete o diez hijos fueron, casi todos, analfabetos. Este dato no es muy seguro, porque sabemos que Rosas, desde Southampton, se escribió con su hija Ángela Castro.

Al igual que sus hermanos, esta niña fue criada en la gran casona de Rosas, en Palermo (luego confiscada por los “unitarios” de Caseros) sin que don Juan Manuel los reconociera formalmente, pero contando con su protección y afecto.

Después de Caseros, Rosas quedó muy disgustado con sus primos, los Anchorena:

“¡Esos Anchorena! Y muy especialmente el tal don Nicolás. ¡Qué hombre tan malo, tan impío, tan hipócrita y tan bajo, tan asqueroso e inmundo!”.

Al parecer, Rosas no pudo digerir el hecho de que sus parientes y socios le dieran la espalda a la hora de la derrota. Tal vez le pasó lo mismo que a Perón, a Frondizi, a Raúl Alfonsín, a Domingo Cavallo y a tantos hombres de poder: no aceptan que los negocios sigan funcionando cuando el príncipe pierde su trono. Sencillamente, hay que besar la mano de otro príncipe. No es tan raro. Pasa hoy. Y pasará mañana.

Resulta paradójico que el Restaurador, hijo de una dama terminante como Agustina, quien detestaba todo lo “gringo” y calificaba cualquier cosa de mal gusto como “una gringada”, haya terminado administrando una granja en Inglaterra: la “Burgess Street Farm”, en Swaythling, a unos pocos kilómetros de Southampton.

Rosas pagaba una renta anual de 190 libras al propietario, Mr. John Fleming, de Stoneham Park. Allí vivió Juan Manuel durante 25 años, haciendo como que estaba en las Pampas: a caballo, con lazo, poncho y boleadoras, gritando órdenes a sus peones (que eran sólo tres, y conchabados por el día) en un inglés fatal pero fluido. En las noches de calor, Rosas sacaba el recado al patio y dormía sobre la tierra, al modo del campo argentino.

Pocos amigos tuvo Juan Manuel en esta mala hora. Uno fue Lord Palmerston, el ex premier inglés, a quien admiraba. Se visitaron mutuamente. Otro fue su vencedor, Justo José de Urquiza, con quien se carteó seguido.

Urquiza terminó lamentando la confiscación de todos los bienes de Rosas (honestamente ganados con el trabajo de una vida y esto incluía varias estancias) ofreciéndole una cierta suma de dinero: “Tal vez anual, si esto no lo ofende”. La operadora de estas difíciles gestiones en Buenos Aires fue la señora Josefa Gómez, quien no era rosista, pero sí leal amiga del Restaurador.

La suma que finalmente envió Urquiza a Rosas resultó de mil libras esterlinas, en 1865, según atestigua Lynch.

Rosas pasó su largo destierro y su vejez con rabia, desmoralizado y celoso hasta de su hija y su yerno: “No consideran lo que he sido, lo que soy”. Por momentos se preguntaba si no estaría “verdaderamente loco”.

En su obituario del 15 de Marzo de 1877, el diario “The Times”, de Londres, describió a Rosas como un hombre que “sólo era feliz cuando montaba a caballo y daba órdenes a sus subordinados”.

Seguramente, a este señor de las pampas infinitas le debe haber quedado chica aquella granja con 18 caballos, 3 toros, 60 vacas, 20 vaquillonas y 34 chanchos. Todo muy mezquino, para la generosa escala del campo argentino.

Aquí termino, pues, estos apuntes sobre algunos parientes de Rosas. Hay más, mucho más, escrito y publicado, sobre este notable personaje. Seguramente, un lector entendido hallará errores en mi resumen y otros puntos dignos de mención.

Por ejemplo: el viajero inglés William Mac Cann encontró a Rosas, en 1842, agradable y accesible:

“Su hermoso y rubicundo rostro y su aspecto fornido, le dan la apariencia de un caballero de la campiña inglesa”. Y sin embargo, obstinadamente, furioso, en su “farm”, Juan Manuel sembraba zapallos argentinos y tomaba mate amargo, mientras maldecía a los traidores de Buenos Aires.

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