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Gutiérrez, Juan María

- Vocación

“Se necesitaba un calculador y fue un bailarín el que prefirieron en el destino”, recordaba Sarmiento la frase de Fígaro a propósito de la exclusión de Alberdi e inclusión de Juan María Gutiérrez en el elenco del Congreso Constituyente(1).

(1) Domingo Faustino Sarmiento. “Congreso Constituyente de Santa Fe”, en “Obras”, tomo XV, p. 252. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La cita es injusta porque la presencia de un literato en la Comisión Redactora del proyecto constitucional -y que supiera inglés-(2) era tanto o más necesaria que la de un jurista para la tarea de traducir la Constitución norteamericana al idioma que hablaban los argentinos.

(2) Había traducido las biografías de Benjamín Franklin y de George Washington. Dice en ellas que “los Estados Unidos han llegado a darse leyes dignas de ser imitadas”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Por otra parte, Gutiérrez era el amigo íntimo de Alberdi, el compañero juvenil de “La Moda” y de los felices tiempos de Montevideo, el camarada del Edén y el viaje a Italia, el confidente cotidiano en los días maduros de Valparaíso; su amistad sería la única que el amargado tucumano conservaría hasta lo muerte.

Ambos habíanse influido mutuamente, pues Gutiérrez corrigió -en parte- las deficiencias de estilo de Alberdi y éste trató de guiar a aquél por lecturas filosóficas y políticas; la ausencia del autor de “Bases” en el Congreso de Santa Fe estaba compensada con la presencia del laureado poeta del Canto de Mayo.

Dice Groussac que Gutiérrez “es, en política, el hombre que se ocupa de cosas para las que no ha nacido”(3).

(3) Paul Groussac. “Estudios de Historia Argentina”, p. 298. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No solamente en política. Toda su vida fue una constante rectificación de vocaciones: agrimensor primero, dejaría las matemáticas por el estudio del derecho, para abandonar las leyes tras las especulaciones filosóficas de Coussin y Lerminier; convertido luego en el rey de los leones de la calle Potosí (como decía Alberdi) daba lecciones de elegancia masculina y femenina en las archifrívolas páginas de “La Moda”; de allí iría a poeta; de poeta a ingeniero 1ro. del Departamento Topográfico; después a conspirador en los años románticos de los mayos; involuntario soldado en el Cuartel de Santos Lugares; periodista proscripto en las alegres horas de Montevideo antes del sitio; turista en Europa durante las angustias de la Nueva Troya; después Director de una Escuela Naval en Chile; político activo en los años que siguieron a Caseros; ministro de Gobierno en Buenos Aires; de Relaciones Exteriores en la Confederación; diputado por Entre Ríos al Congreso Constituyente de Santa Fe; diputado por Santiago del Estero al Congreso de la Confederación en Paraná; poeta laureado, comerciante, periodista, abogado, inspector de Bancos en Rosario, rector de la Universidad de Buenos Aires, historiador, polemista, redactor de revistas de modas, Juan María Gutiérrez envejeció sin poder encontrar el rumbo definitivo de su vida(4).

(4) Alberdi dice de Gutiérrez: “Es un gran hombre de Estado ... que no ha nacido para hombre político”. Juan Bautista Alberdi. “Escritos Póstumos” (1895), tomo VI, pp. 14 y 22. Groussac se pregunta: “¿Qué puede ser un gran hombre de Estado que no ha nacido para político?”. Paul Groussac. “Estudios de Historia Argentina”, p. 298). // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Este cúmulo de vocaciones es, precisamente, el intocable pedestal de su prestigio. Juan María Gutiérrez fue, para los políticos, un poeta perdido involuntariamente en cosas ajenas; para los poetas, un político que componía versos en los ratos de ocio. Sarmiento considera que “el señor Gutiérrez es un literato conocido por largo tiempo, más consagrado a medir y confeccionar versos que a las cuestiones públicas(5); en cambio, Ricardo Rojas, elogia sus dotes de conspirador y de constituyente, pero le parece que “la obra literaria de Gutiérrez tan sólo puede fundamentar una gloria relativa ... es uno de nuestros literatos más cultos, pero también de los menos originales. Carece de imaginación creadora, de pensamiento sintético, de emoción comunicativa”(6).

(5) Domingo Faustino Sarmiento. “Obras”, tomo XV, p. 251. En “Los Emigrados” califica a Gutiérrez de “hablista, poco dado a la política”.
(6) Ricardo Rojas. “La Literatura Argentina” (1925), tomo II, pp. 1.054-1.055. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Este cúmulo de vocaciones dará un carácter particular a su producción; ignoro si sus alegatos jurídicos -si alguno redactó- tuvieron la frialdad de los informes matemáticos; pero sus pericias de agrimensura poseen el brillo de convicción de las piezas forenses, sus versos la gravedad de los códigos constituyentes y su paso por el Congreso de Santa Fe dejaría en los artículos constitucionales la armonía y el ritmo de los poemas literarios(7).

(7) Los correctos decasílabos del artículo 29 (artículo 20 en la numeración de 1949) son un ejemplo de poesía constitucional:

‘‘La vida, el honor o la fortuna
queden a merced de los Gobiernos.
Los formulen, consientan o firmen:
infames, traidores a la patria”.

Si no hubiera estado Gorostiaga en la Comisión Redactora -espíritu prosaicamente jurista- es muy probable que la Constitución habría salido íntegramente en verso. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Ambiente

Buenos Aires era, en los años jóvenes de Juan María, una gran ciudad. No por sus 60.000 habitantes, calles empedradas, alumbrado profuso y la multitud abigarrada en la Recoba o elegante en los anocheceres de la calle del Cabildo iluminada de tiendas(8).

(8) La calle del Cabildo (Hipólito Yrigoyen) se llamaba oficialmente “De la Victoria”, pero familiarmente no había perdido su nombre colonial. Una crónica de Alberdi en “La Moda” la llama así. Potosí , es la actual Alsina. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Buenos Aires era una gran ciudad porque tenía un alma; sus casonas solariegas del centro, umbrosas quintas del sur y del oeste, carretas del bajo y circos de gallos de las orillas, mostraban una personalidad que se traslucía también para el viajero en el señorío sin afectación y la hospitalidad sencilla de los porteños de entonces.

Pero Juan María se encontraba desterrado en Buenos Aires. Lamentaba el destino que lo hizo nacer en una aldea pequeña, sucia, chillona, demasiado criolla para ser europea, y todavía muy española para ser “civilizada”.

Tal vez la miraba inconscientemente desde el río, como viajero imaginario que llegara de Europa. Y Buenos Aires era fea desde el río: casas de azotea encimadas en la barranca alrededor de las venerables antiguallas de la Fortaleza y la Convalescencia. La primera visión decepcionaba a los extranjeros; había que convivir un tiempo para que el fuerte espíritu los sujetara para siempre, como una garra invisible, al suelo porteño.

Pero si era insignificante desde el río, era grandiosa al entrar por la calle de las Torres o la Larga de Barracas (bordeadas de quintas frondosas que presagiaban las maravillas del centro), después de atravesar una pampa árida, sin árboles, toda horizonte y soledad. Solamente podía amarse a Buenos Aires como metrópoli de una campaña, habitación y esparcimiento de hombres rústicos. Tenía sentido desde la tierra y no lo tenía desde la rada.

No es mera casualidad que aquél fuera el camino de Rosas y, en cambio, por el puerto llegara Rivadavia para ser ministro en 1821 o presidente en 1826.

Juan María no se sintió atraído por la aldea de su nacimiento; menos aún por la tierra que la circuía. Buscaba el horizonte desde la Alameda en ilusión de cosas mejores. No era culpable; a lo menos no era el culpable exclusivo de esa actitud; el despego venía de muy lejos, tal vez lo habían traido los funcionarios afrancesados de Carlos III; tal vez se remontara más allá.

Gutiérrez, como casi todos los jóvenes “decentes” lo absorbió en el hogar, en la calle, en las gacetas públicas y, por último, en el Colegio de Ciencias Morales. Había crecido y se había educado en los tiempos rivadavianos, donde la cantilena Europa, Progreso, Civilización se repetía hasta el cansancio, como base imprescindible para administrar las “ciencias morales” a los jóvenes criollos.

Aprendió con (Jeremy) Bentham que lo bueno era lo útil; con (Étienne Bonnot de) Condillac que el hombre era un ser de sensaciones; y con Benjamín Constant que las Constituciones son una panacea que curan los males y logran la felicidad de los pueblos(9).

(9) Por eso los rivadavianos habían creído posible cambiar todo el ser de la Nación importando una Constitución. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

De esa educación le quedó como resabio una mezcla de antiespañolismo, ateísmo y fe absoluta en el progreso indefinido, conjunto que él llamaba “civilización” y oponía a la “barbarie” que lo rodeaba.

Después estudió matemáticas hasta recibir el título de Agrimensor. Conoció a través de ellas un mundo ideal en que todo era perfecto, como la República soñada por el señor Rivadavia. No tenía definida vocación por los números y, después de conseguir un cargo técnico en el Departamento Topográfico, se matriculó en la Facultad de Derecho, la carrera de todos.

Tampoco le gustaba la jurisprudencia, pero no se sentía con fuerzas para prescindir del título de doctor. Distrajo su aburrimiento en las clases de Casagemas o de Diego Alcorta componiendo Cantos Epicos de corte clásico; hasta llegó a trabajar una tragedia en cinco actos, felizmente inconclusa, en versos endecasílabos a la manera del doctor Juan Cruz Varela.

- El rey de los leones

En 1830, Esteban Echeverría (Estevan, como firmaba) volvió a la ciudad después de una estada de cinco años en París, que no por forzosa le resultara menos grata(10). El vasquito de las orillas, dicharachero y simpático, hábil en guitarreadas e improvisaciones, llegaba de Francia profundamente transformado.

(10) Echeverría no fue a Europa a estudiar. Su familia se encontró obligada a poner tiempo y distancia entre el poeta y un suceso de índole policial. Algunos biógrafos (entre ellos José Luis Lanuza. “Esteban Echeverría y sus Amigos, p. 17) creen que la historia de amoríos, puñaladas, muertes y desmayos de “La Guitarra”, es una glosa de la aventura juvenil que le permitió conocer París. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Con monóculo de oro, amplio pantalón de género escocés, ceñido frac de ribetes de seda, melena ondulada a tenacilla y amanerados modales, nada quedaba del compadrito de los bailes del Alto, pronto para el cuchillo y que enamoraba mozas por sus arrestos viriles. Bien es cierto que pocos advirtieron este cambio, porque no volvió con sus compañeros del suburbio.

Ahora, con la mirada ausente tras el monóculo, desdeñosa la boca, llamativo el traje y afectado el andar, paseaba sus nostalgias de desterrado del Quartier Latin por las mañanas de la Alameda, que llamaba “caminatas de extramuros”; o los atardeceres de la calle de la Catedral: estrafalario desconcierto de un dandy inglés injertado en un incroyable francés.

Llamó mucho la atención (¿no habría de llamarla?) pero, como les ocurre a todos los precursores, no le fue fácil imponerse. La reacción de los todavía sencillos porteños fue de risa y lo zahirieron cruelmente: sería el loco para las niñas, el guarango para la gente mayor(11).

(11) “Días pasados -escribe Echeverría a Gutiérrez, el 5 de Julio de 1836- me encontré en un gran salón donde había más de veinte muchachas de la flor porteña. Apenas puse el pie en el recinto, una dijo: es E.; otra, no; otra, él es; y todas moviéndose y bullendo de curiosidad me observaban con tan ahincados ojos que a poco rato salí de ahí, huyendo y renegando de la reputación. Ahora pienso que tal vez entre ellas estaba la que me tiene por loco. Días hace también que tuve el honor de recibir en mi pobre retiro tres damas, acompañadas del Sr. Mendeville, su secretario y el caballero Lisboa, y estoy por creer que vinieron a ver al loco o al reputado. Condenado estoy a hablar siempre de mí y, por consiguiente, a lo que más he detestado o detesto”.
Guarango se decía, y se dice, en el habla porteña, de las personas que imitan y, por supuesto, imitan mal. Generalmente estrepitosa en su traje y maneras. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El árbitro de la elegancia romántica, de un romanticismo muy personal, recibía el despectivo porteño aplicado a los “quinteros” que aspiraban a confundirse con los señores; Estevan fue, en el Buenos Aires de 1830, el superlativo guarango de una especie todavía poco conocida: el compadrito que ha vivido en París y ya no puede ser compadrito. Sus resentidos compañeros del Alto lo llamaron cajetilla (la brutal palabra se impuso como una definición), y habrían rehuido su trato si él mismo no se hubiera adelantado en hacerlo. Se vengó de ellos describiéndolos, y describiéndose, en “El Matadero”.

Ambicionaba ser alguien entre la gente del centro y sobrellevó las pullas con paciencia. Algo más que el traje, el monóculo y la afectación había traído de París: componía versos románticos publicados, con éxito relativo, en la “Gaceta Mercantil”(12).

(12) El 8 de Julio de 1830 (a los diez días de su regreso) la “Gaceta Mercantil” publicó las dos primeras composiciones de Echeverría: “Regreso” y “En Celebración de Mayo”. Equivocadamente las llamó “obras de uno de los jóvenes llegados de Europa adonde había sido enviado por el Gobierno a continuar sus estudios de medicina”. Probablemente fue el doctor José María Fonseca -compañero de viaje de Echeverría- quien gestionó su publicación a Nicolás Mariño y produjo la confusión. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La novedad ganó a Juan María Gutiérrez, ya cansado de los moldes clásicos del doctor Varela y de don Vicente López, que buscó su amistad y por él supo de los nuevos ídolos de París: Víctor Hugo, Lamartine.

Gutiérrez fue el primero de los discípulos de Echeverría y hasta superó al maestro como árbitro de la “paquetería” de nuevo cuño; tenía mejor gusto que el precursor y no ofrecía las resistencias de éste.

Llegó a ser el rey de los leones románticos, a despecho del desplazado. Copió sus sombreros altísimos, sus corbatas a lo loco, su capa negra, el género escocés de los pantalones; se atrevió a todo, menos al monóculo. En literatura dejó los largos poemas clásicos para publicar delicadas “Odas al Desamor”, a una Rosa, a un Jazmín, a la Aurora, en la “Gaceta” y en el “Diario de la Tarde”.

También tomó de Echeverría el aire ausente e incomprendido y rehuyó como éste las peñas de café; en cambio frecuentaba los saraos con música de valses, o las animadas conversaciones con señoras y niñas en las calles de tiendas.

Gutiérrez arrastró hasta Echeverría a su amigo Juan Thompson, el hijo de Mariquita Sánchez. El “petiso” significó el espaldarazo mundano para el antiguo compadrito del Alto, pues Mariquita le abriría su salón famoso y su amistad constante. Poco después, el tucumano Juan Bautista Alberdi se plegaba al grupo.

Y no tardaron las calles del centro en llenarse de pálidos leones a géneros escoceses, que paseaban con expresión de sufrimiento sus melenas románticas, largas corbatas negras y el corte de sus capas confeccionadas por Dudignac; se saludaban a grandes sombrerazos cada vez que se topaban y unían a su conversación las frases francesas dificultosamente aprendidas en los libros de Laserre. Los viejos tertulianos unitarios de Catalanes o de Marcos los vieron pasar con tristeza, signo indudable de la nueva ola “de hoy” con tan poca dignidad y hombría.

Gutiérrez, que traducía del francés en “El Museo Americano” de (César Hipólito) Bacle y escribía “El Recopilador” con Thompson y Echeverría, cuidó que las lecturas extranjeras no perjudicaran la pureza de su castellano. Esmerado en escribir como en hablar y vestirse, sorteó con habilidad los galicismos y puede considerársele, sin disputa, el mejor purista de su generación. No es un elogio porque no mataba puntos altos.

Fue más allá de la literatura y, guiado por Alberdi, leyó en lo de Santiago Viola o en la trastienda de Marcos Sastre los últimos libros franceses de filosofía y de política. Conoció, sin emocionarse, el historicismo de segunda mano de (Juan Luis Eugenio) Lerminier y el sansimonismo, un tanto menguante, de (Gastón Louis Alfred) Leroux y la “Revue Encyclopédique”(13).

(13) “Faltábale -confiesa Gutiérrez de Echeverría- completar sus estudios de Economía Política y Legislación, que había emprendido en la Universidad de París de una manera formal” (Introducción al “Dogma Socialista”). No hay más huella de la manera formal que unos cuadernos de resúmenes con lectura tan dispares como Montesquieu, Watel, Sismondi, Guizot, Vico, Chateaubriand, etc.
“Echeverría y Gutiérrez -escribió Alberdi en su “Autobiografía”- propendían, por sus aficiones y estudios, a la literatura; yo, a las materias filosóficas y sociales. A mi ver, yo creo que algún influjo ejercí sobre mis doctos amigos en este orden. Yo les hice admirar las doctrinas de la “Revista Enciclopédica” en lo que más tardé llamaron el “Dogma Socialista”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Echeverría, atiborrado sin método durante su larga estada en París, lo acompañó en estas excursiones donde la presuntuosa suficiencia de Alberdi servía de piloto.

La política y el socialismo no eran el fuerte de ambos poetas. Pero si los estudios “serios” no dejaron mayores huellas en Gutiérrez, en cambio Echeverría, tenaz y resuelto, se empeñó en formar sus convicciones filosóficas con ingredientes tomados del sansimonismo, el neocatolicismo de (Hugues-Félicité Robert de) Lamennais, el nacionalismo liberal de (Giuseppe) Mazzini y algo del romanticismo alemán de (Georg Wilhelm Friedrich) Hegel y (Johann Gottfried von) Herder, colado a través de Lerminier; de ese conjunto discorde brotaría, años después, el “Dogma Socialista”.

- Rosas y la “joven generación”

Juan Bautista Alberdi, el “filósofo” del grupo, paseaba por Buenos Aires -gracias a una beca del Gobierno tucumano- su despreocupación feliz de estudiante crónico: a los 28 años no había concluido los tres de Derecho; había sido mal estudiante del Colegio de Ciencias Morales y no lo era mejor en la Universidad(14).

(14) Alberdi llegó a Buenos Aires en 1825, a los quince años, con una beca gestionada para el Colegio de Ciencias Mórales. Estuvo poco tiempo; se cansó de los estudios y se empleó en la tienda de su comprovinciano Moldes. Allí fue encontrado por su primo, José María Aráoz, quien debió valerse del prestigio del general Heredia (por entonces diputado de Tucumán al Congreso) y de Florencio Varela para lograr su readmisión en el Colegio. En 1830 ingresa en la Facultad de Derecho. Los estudios comprendían tres materias (Civil, Canónico y Derecho de Gentes) dadas en tres años; se egresaba con el título de Doctor en Jurisprudencia. Después de tres años más de práctica en la Academia (controlada por la Cámara de Apelaciones), los doctores obtenían autorización para abogar.
Ignoro dónde y cuándo Alberdi recibió el título de doctor. En sus recuerdos personales dice que en 1834 fue a Córdoba para “tomar un grado”. Pero no el de abogado (que no era grado universitario), ni menos el de doctor; previa recomendación de Heredia al gobernador de Córdoba, se le facilitó un examen de “bachiller en leyes” con tanta bonhomía que el mismo Alberdi sonríe ante el recuerdo. Según Martínez Paz pronunció las palabras rituales en tan deplorable latín que el rector Baigorri lo cumplimentó: “Feliz usted que ha prestado juramento en frases que no entiende, lo cual deja su conciencia en plena tranquilidad” (Notas y Documentos para la bibliografía de Alberdi en la Revisya de la Universidad de Córdoba, Marzo de 1916, p. 113).
En Montevideo obtuvo de los Tribunales orientales la facultad de abogar en mérito al diploma cordobés de “bachiller en leyes”, tenido por la Academia oriental como título suficiente. En Chile leyó en la Facultad de Leyes una Memoria sobre la conveniencia y objetos de un Congreso General Americano para obtener, en 1844, el “grado de licenciado”; lo publicó titulándose “abogado de la República del Uruguay” (Obras Completas, tomo II, p. 387).
Supongo que en alguna parte debió recibirse de doctor, porque varios trabajos profesionales los firmó así: p.e. “Defensa de ‘El Mercurio’” por el doctor Dn. Juan Bautista Alberdi (Obras Completas, tomo II, p. 475); Discurso pronunciado por el doctor Dn. Juan Bautista Alberdi, miembro honorario de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires en la colación de grados de 1880 (Obras Completas, tomo VIII, p. 155).
La primera puede ser una errata de la publicación; pero la segunda no: el honor de recibir a los nuevos doctores debe hacerlo exclusivamente un doctor. La confusión sube de punto por cuanto otras veces se tituló simplemente “abogado Juan Bautista Alberdi” o “J. B. Alberdi, abogado en las Cortes de Chile y Uruguay” (Obras Completas, tomo II, p. 21; tomo III, pp. 5, 141, 243, 343).
En su correspondencia particular se llamó o se dejó llamar Doctor Dn. Juan Bautista Alberdi. Bachiller en Córdoba, abogado en Montevideo, licenciado en Santiago de Chile, ¿en qué universidad habrá obtenido su título doctoral? Dejo planteado el problema histórico para que otro lo resuelva. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero, paradoja corriente, suplía con una ecuménica curiosidad sus defectos de disciplina y la constante ligereza de sus conclusiones.

Músico de salones, filósofo de saraos, “paquete” de andanzas vespertinas por las tiendas de la calle del Cabildo poseía, bajo el frivolismo, la inteligencia más despierta de su generación(15).

(15) “Con la misma soltura que imitaba a Larra o a Lerminier, competía con Esnaola en gimoteos sentimentales (¡Fuese el hechizo del alma mí-í-ía!), disfrazándose de Figarillo por la mañana, de filósofo por la tarde y, a la noche, de pianista y cancionero de salón. Desempeñaba esta calamidad: el aficionado universal” (Paul Groussac. “Estudios de Historia Argentina”, p. 275). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No obstante su desaplicación en Ciencias Morales, algo le llegó de la ética de Bentham, del sensacionismo de Condillac, del constitucionalismo de Constant y, sobre todo, de la cantilena Europa, Progreso, Civilización.

Pero un día tropezó con un libro en la trastienda de Marcos Sastre: el de Lerminier, expositor francés del historicismo de Savigny, en cuyas páginas vibraba el gran soplo romántico alemán. De Europa misma le llegaba la negación de lo aprendido; el hombre no era un ser aislado sino un ente formado por la historia y las Constituciones nada significaban cuando no eran expresión de una nacionalidad(16).

(16) “Abrí a Lerminier y sus ardientes páginas hicieron en mis ideas el mismo cambio que en las suyas había operado el libro de Savigny. Dejé de concebir el Derecho como una colección de leyes escritas. Encontré que era nada menos que la ley moral del desarrollo de los seres sociales” (Fragmento Preliminar, Obras Selectas, tomo 5). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Descubrió que el romanticismo era la valoración de lo propio, la exaltación de la historia, la comprensión de la nacionalidad. Las nuevas ideas europeas rechazaban lo artificioso, lo importado, lo perimido: era una Europa viva imponiéndose a una Grecia y a una Roma ya muertas.

Manejó palabras que cobraron en su pluma eco de definiciones: lo propio y lo ajeno, los hechos americanos y las posibilidades europeas, la “plebe” y la clase aristocrática; lo federal y lo unitario; en fin, la antinomia que llevaba y traía nuestra historia se le presentó diferente -Lerminier en mano- al egresado de Ciencias Morales; le habían enseñado la excelencia de lo europeo y el romanticismo; la última novedad europea era la defensa encarnizada, erudita y racional de lo criollo.

Con imaginable desconcierto encontró que los federales eran tan románticos como los jóvenes de París e, inesperadamente, descubrió en Rosas un discípulo de Lerminier(17).

(17) “Hemos debido suponer en la persona grande y poderosa que preside nuestros destinos públicos una fuerte intuición de estas verdades”, dice en “Fragmento...” (p. 25). La suma del poder y la concepción política federal “no es otra cosa que el sentimiento de la verdad, profundamente histórica y filosófica” (p. 26). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En cambio, el señor Rivadavia con sus constituciones, su europeísmo, su “civilización”, era puro clasicismo pasado de moda; una “reliquia aristocrática” con ideas que nadie tenía ya en Europa. De su asombro surgió un libro: “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”. Un libro que causó sensación y que nadie entendió. Ni él tampoco.

El error de los unitarios, dice el prefacio de “Fragmento...” había sido elaborar una sociedad americana en imitación de la europea, como “si la vida social pudiera plagiarse como los escritos”. Pero “la sociabilidad es adherente al suelo y a la edad, y no se importa como el lienzo y el vino; ni se adivina ni se profetiza”.

No tuvieron en cuenta a la sociedad y llamaron pueblo exclusivamente a su círculo o a su clase; pero el “pueblo no es una clase, un gremio, un círculo; es todas las clases, todos los círculos, todos los roles”.

Invocado imprudentemente, llegó un día en que el pueblo tomó su lugar en la historia argentina y con él vinieron los caudillos; el partido unitario “minoría privilegiada” fue barrido por “la mayoría popular que algún día debia ejercer los derechos políticos de que había sido habilitada”.

El triunfo de los federales significó “la abdicación de lo exótico por lo nacional; del plagio por la espontaneidad; de lo extemporáneo por lo oportuno; del entusiasmo por la reflexión”. Y lo que Rosas y los federales habían hecho en política, “es llamada la juventud a ensayar en el arte, en la filosofía, en la sociabilidad”; es decir, es ‘llamada la juventud a investigar la ley y la forma nacional del desarrollo de estos elementos de nuestra vida americana, sin plagio, sin imitación y solamente en el íntimo y profundo estudio de nuestros hombres y de nuestras cosas... No más tutela doctrinaria que la inspección severa de nuestra historia próxima”.

La juventud tenía un inmenso papel. Debería discernir por el estudio de “nuestros hombres y de nuestras cosas” esa sociabilidad americana y señalársela a los caudillos.

Porque era muy probable que Rosas no hubiera leído ni meditado a Lerminier, ni reflexionado sobre la tradición histórica, y “advertido exclusivamente por su razón espontánea de no sé qué de impotente, de ineficaz, de inconducente que existía en los medios de gobiernos practicados precedentemente en nuestro país”, habría desalojado a los unitarios.

La juventud debería enseñarle por qué lo hizo; construirle su programa de gobierno y ayudar a cumplirlo. Rosas solo no podía atinar con el americanismo, con tanta mayor razón porque todavía no existía; “no tiene una forma propia y adecuada, ya es tiempo de ... vestirlo de formas originales y americanas ... a nosotros nos toca la conquista de una forma de civilización propia: la conquista del genio americano...; la política americana, la filosofía americana, el arte americano, son otros tantos mundos que tenemos que conquistar”.

“Una nación no es una nación -había escrito Lerminier- sino por la conciencia profunda y reflexiva de su tradición histórica”. El conocimiento reflexivo de la historia argentina (la historia posterior a Mayo de 1810) daría -para Alberdi- la clave para descubrir la sociabilidad americana. Había que empezar por alejar todo lo exótico venido a América con España, a quien “hemos vencido con las armas, pero nos posee todavía por muchos conceptos ... cien habitudes, cien tradiciones intelectuales, morales y materiales que se mantienen aún entre nosotros ... aceptar la tradición de España es una insensatez”.

Tampoco se podía adoptar la indígena, que racial y culturalmente nada tenía que ver con los argentinos: la Patria de Mayo no era ese antiguo esplendor, que revivía en el ardor de los huesos de los incas del que hablaron los hombres de Mayo.

Claro está que por desechar la española y la indígena, la América de Alberdi amenazaba quedarse desnuda de tradiciones históricas. Y aquí estaba la genialidad “de la joven generación”. Venía a salvarla Mayo, nuestra “verdadera tradición, la historia posterior a 1810: “el día que dejamos de ser colonos acabó nuestro parentesco con España; desde la República somos hijos de Francia”.

La originalidad americana estaba pues en dejar de ser españoles para empezar a ser franceses; a fuerza de tal debería reemplazarse el idioma castellano, “importación absurda de una legitimidad exótica” que no se encontraba en “armonía íntima con nuestro pensamiento, más simpático mil veces con el movimiento rápido y directo del pensamiento francés que con los eternos contoneos del pensamiento español”(18).

(18) "Mayo", en el concepto de Alberdi (y Echeverría estaba en lo mismo), significaba el abandono de lo español y la recepción de lo francés.
Por eso ambos hablarán, más tarde, del espíritu colonial opuesto a Mayo de Rosas, que se había ensarzado en un conflicto con Francia. No deja de tener su gracia que de esa idea estriba la línea Mayo-Caseros de nuestros extranjerizantes. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La ligereza, el constante defecto del genial tucumano, no le permitía reflexionar que ese historicismo futurista, ese casticismo descastado, esa tradición sin siglos, esa patria sin patres, eran la cosa más alejada que podía darse del romanticismo. Alberdi escribía por ráfagas geniales y, por lo tanto, inajustadas a un rigor excesivo; no importaba mucho porque tenía la facilidad de olvidarlas apenas escritas.

Pero en 1837 (fecha del “Fragmento...”) los alberdistas -y Juan María Gutiérrez en primera fila- esperaban muy convencidos que “la persona grande y poderosa que preside nuestros destinos públicos” llamara a colaborar “a la joven generación que parece caracterizada por una reflexiva y profunda obsecuencia a los poderes consagrados por el pueblo”.

Le traían a Rosas nada menos que la justificación filosófica del federalismo y, de paso, aportaban su apoyo inteligente para ayudarlo en la tarea americanista, hasta entonces meramente intuitiva. Los gauchos (“poder de las masas”) y Rosas (“gobernante que considerado filosóficamente descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo”) estaban en la obligación de abrir sus brazos a los jóvenes que acababan de descubrir América en los libros que Marcos Sastre hacía venir de París.

Pero Rosas quedó impasible. No se conmovió por la “profunda obsecuencia” de los románticos ni pareció importarle mucho que, por puro pálpito, gobernaba de acuerdo a las últimas novedades de la cátedra francesa. Esa república de gauchos hablando en francés, con los cajetillas como mentores debió producirle, si alguna vez se enteró de “Fragmento...”, un estrepitoso acceso de hilaridad(19).

(19) En su “Autobiografía”, Alberdi dice que Rosas recibió informes de su libro “amenazantes para mi seguridad. Supe que don Pedro de Angelis me daba por perdido. Don Felipe Arana informó al dictador en mal sentido sobre la índole política de mi libro. Lo supe por conducto de Nicolás Mariño, mi camarada de Ciencias Morales, que redactaba la ‘Gaceta Mercantil’.
“Yo escribí a Rosas pidiéndole una audiencia. Más tolerante que sus consejeros, me dispensó de ella, mandándome palabras calmantes por medio de Mariño”.
Todo esto, como tantas otras cosas de la “Autobiografía”, deben ser creaciones de un anciano imaginativo. Alberdi, en 1854, sospechaba que Rosas jamás había oído hablar de él ni de sus libros: “Yo he combatido a Rosas desde niño (escribe en 1877); se lo recordé a él mismo en Londres por si lo ignoraba” (transcripto por I. Oyuela. “Juan Bautista Alberdi, p. 191). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Los “mayos

Alberdi, Gutiérrez y Echeverría esperaron todo el año 1837 el llamado de Rosas. Para distraer su impaciencia fundaron, los dos primeros, “La Moda”, “gacetín de música, poesía, literatura y costumbres” donde Alberdi componía minués y valses (“Extranjero sin patria ni hogar, vine al mundo tan solo a llorar”) y, con el seudónimo de “Figarillo”, fustigaba las sencillas costumbres criollas de acuerdo al diapasón que daba el tono en el París de Luis Felipe.

Y Gutiérrez escribía consoladoras gacetillas sobre las “Ventajas de las Feas”, o daba la pauta de la elegancia masculina en comentarios tan trascendentes como éste:

“Los géneros escoceses ya no son del gusto del día. El azul-violeta, el pan-quemado son ahora los colores favoritos de la paquetería para andar por la calle”(20).

(20) “La Moda”, Nro. 1 (18 de Noviembre de 1837). Todo el tono del gacetín se desliza a idéntica profundidad. En su prospecto dice: “Este papel contendrá noticias continuas del estado y movimiento de la moda (en Europa y entre nosotros) en trajes de hombres y de señoras, en géneros, en colores, en peinados, etc., etc.”. En sus páginas (aún en las crónicas del ágil “Figarillo”) campea exclusivamente una ansiedad de “paquetería” masculina y femenina: “nuestras modas -como se sabe- no son por lo común sino una modificación de las europeas, pero una modificación artística ejecutada por hombres inteligentes, según testimonio de los cuales vamos a presentar aquí las más generales y nuevas entre los elegantes”. A continuación indica el fraque de faldones “un poco anchos”, talle corto, cuellito alevitado, etc. En modas de señoras, el redactor (probablemente Gutiérrez) se extasía con el modelo que vio lucir en el Retiro a la Srta. M. A. B.: “vestido mordoré oscuro; cuerpo, cuello y mangas de levita; cuellito blanco, liso, enteramente liso, asegurado por una corbata negra, baja, mostrando toda la garganta a lo Byron. Sombrero de hombre sin gacilla, chico, colocado como gorra, casi en la nuca; en fin, una belleza perfectamente sansimoniana” (¿?).
Ignoro qué valor político encuentran algunos a estas frívolas chácharas de barbilindos. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

“La Moda” murió en Mayo de 1838 por falta de oxígeno y de suscriptores(21).

(21) Será inútil, por supuesto, aclarar una vez más que “la tiranía” nada tuvo que ver con la desaparición de “La Moda”. Esta cesó (como lo anuncia el “Diario de la Tarde”) el 27 de Abril de 1838 por “una considerable deserción de suscriptores”; en los últimos números del gacetín se hacen angustiosos llamados a los remisos en el pago de las cuotas.
La lógica empleada para afirmar que Rosas clausuró el periódico es significativa: “Sin duda a Rosas no le gustaba el gacetín. Sin duda se lo expresó a su edecán, el general Manuel Corvalán. Y sin duda el general se lo expresó a su hijo, el joven Rafael J. Corvalán, editor responsable de ‘La Moda’”, dice J. L. Lanuza. “Echeverría y sus Amigos, p. 72. Sin duda Lanuza debe estar en lo cierto: a don Juan Manuel no debió gustarle el gacetín de paqueterías masculinas y femeninas; cuesta imaginarlo asiduo lector de las croniquillas de Gutiérrez. Si alguna vez lo leyó, debió extrañarse, sin duda, que el hijo de un hombre tan viril como Corvalán fuera editor responsable de una revista de modas femeninas. Sin duda se lo dijo, y sin duda el viejo compañero de San Martín le pegó cuatro gritos al hijo, y sin duda el hijo retiró de la circulación el periódico. Esto puede suponerse sin duda porque el joven Corvalán anunció que reemplazaría “La Moda” por “El Semanario de Buenos Aires”, “puramente literario y socialista”, sin ninguna frivolidad.
El grupo juvenil -como hace notar Irazusta- “era tan poco sospechoso en Buenos Aires que, ya declarado el bloqueo por los franceses, el anuncio de “El Iniciador” con su dirección montevideoana apareció el 26 de Abril de 1838 en el “Diario de la Tarde”, oficioso rosista” (Alberdi, verdadero y único precursor de la claudicación, en Rev. J. M. Rosas, Nro. 2). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pasó como todas las modas, sin dejar ni la huella de las valsas de Alberdi o de las gacetillas desconcertantes de Gutiérrez. Juan María volvió a publicar en el “Diario de la Tarde” o “La Gaceta” versos a La Aurora, A Una Diamela o delicadas estrofas al baño de las señoras:

“Id, agraciados versos, a las plantas
de las hermosas ninfas de mi río...”

Aunque por el río andaban desde principios del año (“además de las hermosas ninfas” aclara Juan Pablo Oliver) las fragatas francesas del almirante Leblanc, sin indignar la musa épica del idílico poeta(22).

(22) Revista J. M. Rosas, Nro. 6, “Crítica bibliográfica al libro ‘Juan María Gutiérrez’” de Schwestein de Reidel. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Todo lo contrario. Tal vez por sentirse “hijos espirituales de Francia”, la aventura imperialista de Luis Felipe contra su patria se les antojó a los jóvenes mayos, “el conflicto de la Civilización contra la Barbarie” y “simpatizaron con la causa del Derecho que el Despotismo hollaba”(23).

(23) Explicación de Juan Bautista Alberdi en su “Biografía de Juan María Gutiérrez”, en “Escritos Póstumos”, tomo VI, p. 116. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Además todo concurría en 1838 a abominar de Rosas; él ningún caso que el rústico Juan Manuel había hecho de los jóvenes del Salón Literario, las duras condiciones del bloqueo con la consiguiente rebaja de los sueldos de la Administración y, por fin, la inminente caída del Restaurador por persistir en no allanarse a la pretensiones de los franceses.

El federalismo de los románticos ya no era muy ortodoxo, cuando la llegada de Domingo Cullen a Buenos Aires, el 25 de Mayo, les advirtió la existencia entre las provincias de una agitación en pro de los franceses y contraria al bloqueo. A esto se agregó a fines del mes siguiente la noticia del triunfo de Rivera en Palmar(24)Decididamente, la joven generación debería apresurarse si no quería quedar fuera de los acontecimientos.

(24) Alberdi cuenta en su “Autobiografía” el alborozo que le produjo la noticia de Palmar, sabida en el baile que daban las señoritas de Matheu una noche primaveral de Octubre de 1838. Lo de Octubre y primavera es un trocatinta, pues la batalla se libró el 15 de Junio. El anciano autobiógrafo confunde evidentemente dos recuerdos alborozados, el de Palmar y el de la caída de Oribe: uno a mediados de Junio y otro a fines de Octubre. Entre ambos se sitúa la corta historia de la Joven Argentina. La noticia de Palmar habría dado origen a la fundación de la Joven; la de la caída de Oribe habría sido la señal de la emigración a Montevideo. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El 15 de Junio (1838) se dio la batalla de Palmar, cuya noticia los conmoviera. Inmediatamente pusieron los cimientos de la Joven Argentina, llamada “Asociación de Mayo” por sus iniciadores en el trocatinta retrospectivo de 1846 y previsoramente antidatada en un año(25).

(25) Echeverría y Gutiérrez dicen que la Asociación de Mayo se fundó el 23 de Junio de 1837. Ni “Asociación de Mayo” ni “1837”: ha sido aclarado debidamente que el nombre de la agrupación debió ser “Joven Argentina”, y su fundación ocurrir, si ocurrió realmente, a mediados de 1838. Confunde Echeverría, voluntaria o involuntariamente, el Salón Literario con la Joven.
El trastrueque tiene su importancia: en 1837 no había conflicto con los franceses. En realidad nada se sabe con precisión ni de la Joven Argentina ni del Salón Literario. ¿Cuándo se inauguró este último? Ni Echeverría ni Gutiérrez dan fechas: Vicente Fidel López lo coloca “antes de 1834”, confusión evidente con el Gabinete de Lecturas de Sastre. La generalidad de los autores da el 23 de Junio de 1837. La Historia de la Academia y Alberto Palcos, el 26 de Junio de ese año.
Se sabe que fue un domingo, “probablemente” del invierno de 1837. Pero el 23 de Junio de 1837 cayó en viernes y el 26 en lunes. Me arriesgo a conjeturar una transacción: habrá sido el domingo 25 de Junio.
El Salón Literario no tuvo veleidades políticas. Que a Rosas le disgustara, es una suposición con poca base; si así hubiera ocurrido, Marcos Sastre lo habría clausurado inmediatamente. Que el gobernante hiciera decir por medio de Maza a don Vicente López y Planes “ése no es su lugar”, no tiene otro asidero que el muy tachable de Vicente Fidel López, historiador imaginativo. Que Rosas, para mostrar su disgusto, hiciera pintar con la policía unos junquillos federales en las proximidades de la librería, tiene la mar de gracia: seguramente no habría andado con tantas delicadezas, ni su policía adoptado medio tan indirecto para terminar con unas reuniones sospechosas. Para R. Piccirilli los junquillos habrían sido pintados en las proximidades del “local de la Asociación de Mayo”. ¡Curiosos carbonarios serían éstos con local y curiosa policía que los perseguía pintando junquillos! (“Diccionario Histórico Argentino”, artículo: “Asociación de Mayo”).
A Marcos Sastre no le fue bien con su negocio y debió vender sus libros “por el precio que tiene el papel de envolver”. Por eso, y nada más, acabó el Salón Literario. Sastre, bibliófilo, naturalista, periodista y maestro de primeras letras, no compartió las veleidades de los leones ni en política, ni en filosofía, ni en literatura: “Gutiérrez no puede ser amigo sincero de Sastre -escribe Florencio Balcarce a Félix Frías en Octubre de 1837-. Sastre se ríe de los escritos de Gutiérrez, no puede oír nombrar las poesías de Echeverría y sigue la opinión general con respecto a Alberdi”. Don Marcos fue, sin duda, el hombre más consagrado a la enseñanza primaria que tuvo nuestro país, por lo menos en esa época. Pero la posteridad no le agradeció debidamente; el hombre culto quedó eclipsado por dos o tres snobs; el maestro sustituido por periodistas que solamente estuvieron al frente de un grado escolar mientras no encontraron un empleo mejor remunerado. El rosismo de Marcos Sastre hasta 1851 debe haber influido en esta tergiversación. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En un “vasto salón” se reunieron numerosos jóvenes para “asociarse y ser fuertes, fraternizando en pensamiento y acción”. Los carbonarios iniciaban una sociedad secreta a la luz del día, con una concurrencia que colmaba un “vasto salón”. Más tarde continuarían la fraternidad oculta en banquetes públicos y con la redacción de manifiestos distribuidos “profusamente”.

El secreto no era necesario, porque la Joven no asumió, como entidad, una franca posición antirrosista; ni alguno de sus integrantes manifestó, a lo menos hasta Julio de 1838, ideas definidas en ese sentido. Más bien deja la impresión de que sus creadores quisieron agrupar a la juventud romántica de Buenos Aires en una entidad política para esperar el resultado del conflicto: si Rosas (como muchos lo pensaban y los unitarios entre ellos) acababa arreglándose con los franceses, la oferta de la colaboración romántica seguiría en pie, robustecida ahora por la existencia de una asociación reglamentada y un programa concreto de acción.

Si Rosas persistía en su ceguera y continuaba estrellándose contra los franceses, serían los jóvenes románticos “hijos espirituales de Francia” y no los unitarios, opuestos a la intervención, quienes tendrían el apoyo y la simpatía de los vencedores.

Echeverría, Alberdi y Gutiérrez quedaron encargados de redactar el Manifiesto de la Asociación. Para conservar la unidad de estilo, los dos últimos delegaron el trabajo en el primero. Todavía el redactor no había concluido el encargo cuando la Joven volvió a reunirse el 8 de Julio a fin de prestar juramento de “guardar fielmente los principios del dogma a costa de cualquier sacrificio(26).

(26) J. M. Gutiérrez. “Introducción al ‘Dogma Socialista’”, p. 37. Ed. Claridad. Echeverría en la “Ojeada Retrospectiva sobre el Movimiento Intelectual en el Plata desde el Año 37” no da la fecha en la cual se designó la comisión (Alberdi, Gutiérrez y él), encargada de redactar el Manifiesto, pero se desprende que fue posteriormente a la reunión del 8 de Julio; para Gutiérrez, la designación se hizo el 23 de Junio y la aprobación del Manifiesto o Palabras Simbólicas, el 8 de Julio. No es posible. Encomendada su redacción a Echeverría, éste hizo un viaje al sur de Buenos Aires que le llevó veinte días y “después presentó a sus compañeros la redacción que le habían encomendado”. Estos (Alberdi y Gutiérrez) la aprobaron en todas sus partes. Se invirtió una noche en leerla ante la Asociación. Después se resolvió considerar y discutir por partes, que ... “nos ocupó varias sesiones. Quedó sancionado y se resolvió mandarlo imprimir en Montevideo para desparramarlo después en toda la República”. Todo ese proceso no puede comprimirse en los escasos quince días que van del 23 de Junio al 8 de Julio. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La fórmula era la misma de la Joven Europa y la adoptaron sin reflexionar que todavía no se conocían los “principios del dogma”, aún no redactados por Echeverría.

El día siguiente, 9, realizaron un banquete público: Echeverría, su presidente (Juan María Gutiérrez era vicepresidente), brindó “porque bajo los auspicios de la Federación lleguen a realizarse las esperanzas de Julio y el gran pensamiento de la revolución de Mayo”(27).

(27) Nota a la Introducción de Gutiérrez, en “Dogma Socialista”, p. 37. Ed. Claridad. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En Agosto o Septiembre, Echeverría debió concluir las palabras simbólicas, al parecer aprobadas con leves modificaciones(28).

(28) Paul Groussac ha dicho que si quitaran al Dogma todo lo que pertenece a Leroux, Mazzini, Lamennais, etc., sólo quedarían “las alusiones personales y los solecismos”. Ingenieros, que “lo más del texto es glosa de escritos europeos en que la palabra Europa está reemplazada por América, Francia por Argentina, Revolución del 89 por Revolución de Mayo”. Orgaz, que Echeverría “se apoderó de las ideas (del sansimonismo) y a veces de las expresiones” y con la pesadumbre de “tener que arrancar una y aún muchas hojas del consabido gajo de laurel”, confronta doce párrafos del Dogma con sus fuentes (tomados a la letra) de la Revue Encyclopédique, Foi et avenir, la Joven Suiza de Mazzini y los estatutos de la Joven Europa.
“La Creencia”, compuesta de apóstrofes bíblicos, ha sido inspirada en las “Palabras de un Creyente” de Lamennais. Juan Thompson la reproduce en su diario íntimo el 13 de Octubre de 1838. Por lo tanto, Echeverría no la pudo escribir mucho antes, aunque por inveterada costumbre de antedata (Agosto de 1837) al publicarla en 1846. No tiene nada de original y Alberdi no la publica en el “Iniciador” en 1839.
Las “Palabras Simbólicas” carecen de unidad y de originalidad. Necesariamente tuvieron que ser contradictorias por las diversas fuentes usadas en su redacción. En la 1ra., Asociación, ésta es a veces la agrupación juvenil, a veces la patria. En la 12da., Organización de la patria sobre la base democrática, se define a la democracia como “el régimen de la libertad fundado en la igualdad de clases” (tomado de Tocqueville), para agregar a continuación, que “la soberanía del pueblo sólo la ejerce la parte sensata y racional de la comunidad social” (tomado de Guizot). En la 14ta. precisa que “el sufragio universal es absurdo”, cuando en la 3ra. había dicho (por seguir a Saint-Simon) que “todo privilegio es un atentado a la igualdad; no hay igualdad ... donde cierta clase monopoliza los destinos públicos”. En la 7ma., que “el principio de la omnipotencia de las masas debió producir todos los desastres que ha producido”, pero dos líneas más abajo: “la turba, el populacho, antes (de Mayo) sumergido en la nulidad, en la impotencia, se mostró entonces en la superficie de la sociedad, no como espuma vil, sino como una potestad destinada por la Providencia para dictar la ley y sobreponerse a cualquier otra potestad terrestre”. En la 2da. “la nacionalidad es sagrada” (Mazzini) que repite en la 11ma., sin perjuicio de expresar otra cosa en la “Ojeada Retrospectiva...”: “nadie es extranjero en la patria universal ... la patria es el universo”. En la misma 2da., “La Europa es el centro de la civilización de los siglos y del progreso humanitario” (de la Joven Europa). La “nacionalidad sagrada” consistiría en ponerse al nivel de Europa; pero en la 11ma., que se denomina “Emancipación del Espíritu Americano”, la “nacionalidad sagrada” está en emanciparse de las tradiciones europeas... Para cada sí de Echeverría hay un no de Echeverría. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Aún puede discutirse si las Palabras fueron realmente aprobadas o no pasaron de proyecto, porque nada se sabe en concreto de la suerte posterior de la Joven(29).

(29) Para Vicente Fidel López “todo lo que hicimos en ese sentido (La Joven Argentina) ... se redujo a simple propaganda de medios y de fines”. (“Autobiografía”, en La Biblioteca, tomo I, p. 348). Dice que Echeverría “se comprometió a elaborar el programa, las bases, el objeto y el Dogma por el cual íbamos a trabajar”, pero no asegura que cumpliera la promesa ni la asamblea discutiera y aprobara su proyecto.
Toda conjetura es posible en este capítulo tan nebuloso. En concreto, solamente puede afirmarse que el 1ro. de Enero de 1839 Alberdi publicaba en el “Iniciador” de Montevideo un “Código o Declaración de Principios que constituyen la Ciencia Social de la República Argentina”, que fundamentalmente se asemeja al “Dogma Socialista de la Asociación de Mayo” impreso en 1846 por Echeverría y que dice confeccionado en 1837. Alberdi añadió una nueva palabra (la 15ta.) y varió el texto original de Echeverría, con la sola conformidad de éste y de Juan María Gutiérrez. Tales correcciones individuales no habrían sido posible si el texto hubiera sido discutido y aprobado en una asociación.
La Asociación de Mayo (dice Echeverría) “resolvió mandarlo imprimir en Montevideo, para desparramarlo después por toda la República”. Si esto fuera exacto, no se explicaría el alborozo de Gutiérrez ante la noticia de su próxima publicación: “¿Es sueño o realidad lo que usted me dice? ¿Las utopías de un grupo de jóvenes oscuros y su eco se han convertido en realidades y son la base de una política práctica?” (Gutiérrez a Alberdi, 7 de Diciembre de 1838). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En Octubre, las últimas esperanzas de un arreglo entre Rosas y los franceses se esfumaron: sangre argentina había caído en Martín García y Rivera entrado triunfante en Montevideo, desde entonces base de operaciones de la escuadra francesa(30).

(30) Hasta 1838 alentó en los jóvenes la esperanza de una colaboración con Rosas. Después se tornaron en los enemigos más acérrimos del Restaurador. Echeverría no perdonó jamás ese desprecio y muestra en el Dogma su despecho entre imprecaciones al tirano: “Si Rosas ... hubiera comprendido su posición ... habría llamado y patrocinado a la juventud y puéstose a trabajar con ella en la obra de organización nacional ... Hombre afortunado como ninguno, todo se le brindaba para acometer con éxito esa empresa. Su popularidad era indisputable: la juventud, la clase pudiente y hasta sus enemigos más acérrimos lo deseaban, lo esperaban cuando empuñó la suma del poder, y se habrían reconciliado con él y ayudádole viendo en su mano una bandera de fraternidad, de igualdad y de libertad. Así Rosas hubiera puesto a su país en la senda del verdadero progreso; habría sido venerado en él y fuera de él como el primer estadista de América del Sur; y habría igualmente paralizado sin sangre ni desastres toda tentativa de restauración unitaria” (“Dogma Socialista”, p. 80. Ed. Claridad).
Alejandro Korn cree que “el divorcio entre la tiranía y la intelectualidad argentina fue su culpa más grave (de Rosas) y su sanción moral”. “Influencias Filosóficas en la Evolución Nacional, p. 167. Ed. Claridad. Me parece exacto, exactísimo. Rosas no dejó discípulos y por eso fue posible la sanción moral que durante cien años le dio la historia colonial. No iban a continuar su obra ni a defenderla los venales o mediocres que mantuvo a su lado. Su popularidad, aun en el momento de caer derrotado, era inmensa, pero no se prolongaría más allá de una generación. Los hijos de los admiradores de Rosas fueron enseñados a odiar a Rosas en las escuelas de los enemigos de Rosas.
La colaboración entre los intelectuales europeizados y el Restaurador americanista no era fácil, ni toda la culpa debe achacarse a Rosas. Pero la verdad es que nada hizo para atraerse a los jóvenes, al fin y al cabo no muy difíciles de convencer. Eran los dueños del mañana y por lo tanto los jueces definitivos de su política. Alguien dijo que “Rosas fue un Octavio que no llegó a Augusto”; un hombre solo, por mayores condiciones que tenga, no basta para consolidar una política. No basta con la popularidad, que es cosa del presente; es necesario contar con el apoyo de los intelectuales, que son los dueños del futuro.
¿Qué habría sucedido de haberse unido al Restaurador toda esa juventud tan bien dispuesta hacia él y hacia el federalismo? Resulta curioso imaginarlo. Resulta curioso pensar a Sarmiento escribir en un imposible “Facundo” que la civilización argentina está en las campañas, y la barbarie cosmopolita habita las ciudades; a Alberdi proclamar en unas “Bases” imaginarias que gobernar es salvar la nacionalidad; a Vicente Fidel López admirar en un inexistente tomo undécimo de su “Historia...” las admirables figuras de Artigas y Rosas; y a Mitre completar su inconclusa trilogía de la “Historia de Belgrano” e “Historia de San Martín” con una obligada Historia de Rosas. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El pálido proscripto

El 25 de Noviembre Alberdi emigraba a Montevideo. No se fue ni exiliado ni perseguido; salió tranquilamente por la aduana con sus papeles en regla y el cintillo punzó en la solapa. Le habían ofrecido una plaza bien rentada en “El Nacional” de Montevideo, e iba a ocuparla. Claro es que para redactar el diario de Rivera, subvencionado por la intervención francesa, tuvo que tirar a las aguas del río el cintillo punzó; en Montevideo haría -según propia confesión- “propaganda antiamericana y antipatriótica”(31) pagado por los interventores.

(31) “Emigrados espontáneamente, sin ofensas ni odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía ... Nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo ninguno personal. Ni a la persona, ni a la Administración del señor Rosas tenemos que dirigir quejas personales de injurias que jamás nos hicieron” ("Escritos Póstumos", tomo XIII, p. 478). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Echeverría se fue a la estancia de su hermano en San Andrés de Giles. No habrá sido para escapar de los “esbirros del tirano”, como románticamente se dijo alguna vez; irse a la campaña donde el prestigio de Rosas era absoluto para escapar a éste, hubiera significado meterse en la boca del lobo.

No debieron preocuparle mucho los “esbirros del tirano”, si juzgamos por las terribles apreciaciones sobre Rosas que escribía a Mariquita Sánchez. La policía del tirano debió ser muy deficiente, pues jamás se le ocurrió abrir una carta suya ni molestarlo por la campaña de sus amigos en los diarios de un Gobierno en guerra con la Confederación Argentina.

Juan María tampoco emigró. Ya no era rosista, pero lo disimulaba bastante bien; en Agosto de 1839 el vicepresidente de la Joven Argentina felicitaba a Rosas “por la feliz terminación de los complots de Cullen y Berón de Astrada y por haber salvado la vida de la conspiración de los Maza(32).

(32) “Gaceta Mercantil”, Nro. 4.840. ¿Quién le diría a Gutiérrez que iría a casarse años más tarde con una hija de Cullen? // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Había jurado en la Joven “guardar fielmente los principios a costa de cualquier sacrificio”, pero el Ingeniero 1ro. del Departamento Topográfico no comprendía entre los sacrificios a los empleos de la Administración.

No tomó parte en la conspiración de Maza, que envolviera en el mes de Junio a tantos amigos suyos. El dulce “Brian”, como firmaba sus composiciones poéticas, se limitaba a pedirle a los redactores de “El Nacional” que no descuidaran la “quinta columna” de Buenos Aires en cartas privadas:

“Ustedes deben de apoderarse de cuantos lleguen; darle a cada uno su misión; introducirlo y repetir que aquéllo es una muestra leve de lo que hay aquí escondido”(33).

(33) Reproducida (entre otras) por J. L. Lanuza. “Esteban Echeverría y sus Amigos”, p. 96. Las citas que continúan son de este libro. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Aconsejaba a Alberdi que dejara de lado afectos y agradecimientos personales, porque “la muerte de Heredia no debe pasar en silencio”; tal vez por eso Juan Bautista dio cuenta del asesinato del tirano en las páginas de su diario con manifiesto regocijo. Informaba también minuciosamente sobre las cosas de Buenos Aires:

“De ocho días a esta parte hay muchos individuos presos y a muchos otros se buscan; de manera que el espanto es general al calcular la suerte que espera a medio pueblo, atendido el lenguaje de la Gaceta.
“Todo es incertidumbre; la calma francesa, la oscuridad que envuelve la anunciada expedición... Se asegura que Rosas está desesperado y hasta su familia teme sus iras”.

Conspiraba -en pleno conflicto internacional- con Lavalle aprestándose en Martín García, o invadidas ya las provincias de Entre Ríos o Corrientes. Evidentemente Rosas tenía muy mala policía. Hasta que en Marzo de 1840 los policianos acabaron por incautarse de la comprometedora correspondencia.

Corrían los días trágicos del terror mazorquero y nada le valió al ingeniero 1ro. del Departamento Topográfico “su ignosensia, ni sus amistades influyentes”, como escribe Mariquita Sánchez indignada contra Rosas(34).

(34) “Mucho va a sorprenderte el saber que Juan María está preso con una barra de grillos en la cárcel, sin que le haya valido su ignosensia (sic). Juzga de la aflicción de su familia y de la Wilson (Carmen Belgrano), que era su solo consuelo” (Mariquita Sánchez a Juan Thompson, 19 de Marzo de 1840).
“Te incluyo varias de nuestra amiga la Wilson. Esta infeliz tiene mi suerte; padecer por ser compasiva. Ha sido la que ha tomado interés como gente de corazón por nuestro pobre J. M., del que si más tardan hubieran sacado el cadáver, según lo que padece... El 21 me dicen iba a salir dando diez personeros, los que cuestan mil o mil quinientos pesos cada uno... ¡Qué estímulo para la juventud virtuosa!” (ídem, 31 de Marzo de 1840).
“El pobre J. María salió de prisión después de haber dado diez personeros... De nada le ha servido su ignosensia y su discreción para no tomar parte en la lucha actual... Nadie sabe, según costumbre, por qué ha padecido. Todo lo que sabemos a ciencia cierta es que es injusta su prisión.
“Se hacen empeños para su pasaporte, pues su empleo se lo quitaron, y esto de escaparse ya sabés que no está en su modo de ver. Por consiguiente, se interesan algunas personas para ver si consiguen su licencia” (idem, 8 de Mayo de 1840).
“¡Cuánto será tu contento cuando sepas que Juan María está aquí (Mariquita Sánchez escribe de Montevideo), venido con pasaporte conseguido por un santo de mi devoción! Hace cuatro días llegó y aún no lo he visto sino dos instantes” (idem, 28 de Mayo de 1840).
Gutiérrez no estuvo en “prisión”. Mariquita llama así al Cuartel de Santos Lugares donde lo destinaron como soldado de línea. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El “arbitrario tirano” lo castigó dejándolo cesante en su puesto “por no ser acreedor a la confianza del Gobierno” y con refinada crueldad lo destinó “al servicio de las armas” en el Ejército que se preparaba en Santos Lugares para luchar contra la invasión francesa(35).

(35) Original en poder de Dardo Corvalán Mendilaharzu (citado por Schwestein de Reidel en su mencionado libro “Juan María Gutiérrez”, p. 60). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los cuarenta y tres días que el rey de los leones pasó en el Cuartel fueron horribles; los rudos sargentos de Rosas lo obligaban a dormir con grillos (probablemente como otros “voluntarios”) y compartir la zafia tumba cuartelera. Esto le provocó una neurastenia y una comprensible repugnancia de estómago(36).

(36) Juan Bautista Alberdi. “Biografía de J. M. Gutiérrez”, en "Escritos Póstumos", tomo VI, pp. 118 y sgtes.). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Angustiada su madre y sus amigas (Mariquita Sánchez y Carmen Belgrano, novia ésta de Juan Thompson), acabaron por conmover a Rosas y lograron su baja del Ejército y un pasaporte para irse tranquilamente a Montevideo. Rosas accedió siempre que Gutiérrez consiguiera “diez voluntarios para reemplazarlo en la defensa de la patria”; ¡en tanto estimaba sus condiciones militares y tan poco le importaba su oposición periodística!

A Montevideo fue Gutiérrez, “ilustrada su memoria (dirá Alberdi) por el honor de un martirio que sus amigos tenían el derecho de envidiarle”(37).

(37) Juan Bautista Alberdi. “Escritos Póstumos”, tomo VI, p. 118. Tanto conmovió el martirio de Gutiérrez por las hordas mazorqueras, que Sarmiento -años después- escribiría: “Tiéneselo (a Gutiérrez) por el escritor más castigado de aquellos tiempos sin pensamiento” (Obras, tomo XIV, p. 378). Es exacto, exactísimo; ningún otro (ni Sarmiento, ni Alberdi, ni Echeverría, ni el mismo Rivera Indarte) consiguió matarle el punto a Gutiérrez. En cuanto a Mármol, ahora se sabe que su corta detención, exclusivamente como medida de seguridad personal, la pasó en las propias habitaciones del Jefe de Policía (Rev. J. M. de Rosas, Nro. 9). Aquéllo de “como hombre te perdono mi cárcel y cadenas...” fue una figura exigida por la tiranía de la rima, que no por otra. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los pálidos proscriptos de la tiranía, que conocían los terrores de la Mazorca a través de las descripciones espeluznantes de Rivera Indarte, ahora tenían con ellos una víctima de esos horrores. En Montevideo contribuyó a defender la plaza en certámenes poéticos y redactó periódicos de propaganda política. Aunque luego, más conforme a sus gustos, fundó “El Talismán”, “periódico de modas”.

Compuso también el “Canto de Mayo”, primer premio de juegos florales y son de esta época feliz y despreocupada los versos más legibles de su antología.

Cuando Oribe -después de Arroyo Grande- estrechó el sitio de Montevideo, los proscriptos se encontraron ante la realidad de una guerra que había sido aceptable desde los cafés de la calle Sarandí. Gutiérrez y Alberdi, “no queriendo exponerse” -dice el segundo- a los cañones del Cerrito, se apresuraron a desertar la gloriosa pero insegura plaza y huyeron una noche de fiesta disfrazados de marineros franceses(38).

(38) Juan Bautista Alberdi. “Escritos Póstumos”, tomo VI, p. 23. Gutiérrez ocultó este poco marcial episodio. La estratagema, cuidadosamente relatada por Alberdi que tenía -sobre la gloria y el valor- ideas muy personales (leer “Las Bases”), se debió a que el ministro oriental Pacheco y Obes impedía la desesperada evasión de “proscriptos” de Montevideo. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Anduvieron por Europa un tiempo para acabar estableciéndose en Chile; allí, Gutiérrez conseguiría el remunerado cargo de Director de una Escuela Naval en Valparaíso, mientras Alberdi abría un jugoso bufete de abogado. No parecía importarle ya la política al sensible poeta del “Canto de Mayo”.

Escribe a Mitre, desde el fundo del Aguila: “Estoy dedicado a la más profunda haraganería de espíritu y de cuerpo... ¡ Qué fortuna el que no me importe un pito la lucha que sostienen ustedes!”(39).

(39) “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo XXI, p. 145, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires; y Rivero Astengo. “Hombres de la Organización Nacional” (1937), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El constituyente

Volvió a Buenos Aires después de Caseros para fundar la más consecuente de sus vocaciones: una tercera revista de modas y costumbres con el suave título de “La Brisa”; actividad desconcertante para un cuarentón glorificado por el martirio y el destierro. Pero muy pronto lo tomaría el vértigo político: integró el partido de Urquiza con gran descontento de los otros proscriptos que veían una reedición del tirano en el novel Libertador.

Al inaugurarse el Club del Progreso el 25 de Mayo de 1852, Gutiérrez -ya urquicista y ministro- pronunciaría un deplorable brindis poético que disgustó a sus amigos, antiurquicistas en su totalidad:

“Al capitán feliz entrerriano,
al guerrero que nos dio una patria;
Alce su gratitud un himno al ‘Justo’,
y al pronunciar de Urquiza el apellido,
el egoísta, el cobarde y el bandido,
la frente escondan de vergüenza y susto”.

Mármol, su antiguo compañero en los certámenes de Montevideo, contestó la adulación con su famoso brindis:

“Recojo de tus labios
la inspiración y brindo:
por los lejanos días
de nuestra juventud...”.

Donde amonesta al ministro ex proscripto su posición política y su falta de gusto poético:

“Gutiérrez: aún tenemos
un voto hecho ante Dios;
debemos de ser siempre
para la tiranía,
proscriptos y poetas.
¡Tal es nuestra misión!”(40)

(40) Por esta réplica, Gutiérrez le cobraría a Mármol tan profundo odio que llegará, catorce años después, a excluirlo de su “Antología de Poetas Sudamericanos” (1866), Buenos Aires, no obstante haberlo incluido antes del episodio en su “América Poética”, y prologado los “Cantos del Peregrino”. Martínez Villergas, en la famosa polémica con Gutiérrez, le hace cargo por esta pequeña venganza.
Es curioso que Ernesto Morales, comentarista de “Las Cartas de un Porteño” (1940), Buenos Aires, de Gutiérrez, salga sesenta años después de la polémica a levantar el cargo: “Martínez Villergas está muy mal informado.
Mármol fue un gran amigo de Gutiérrez. Al regresar a la patria después de Caseros se encontraron en un banquete donde se celebraba la caída de Rosas y, a los brindis, ambos lo hicieron saludándose con sendas improvisaciones en versos.
“La de Mármol puede leerse en el tomo II de sus ‘Armonías’, Don Juan María, que desdeñaba la improvisación en arte, no recogió la suya” (“Las Cartas de un Porteño” (1940), p. 160, en nota firmada E. M.). Quiero corregir algunos pequeños deslices: ambos poetas no se encontraron en un banquete celebrando la caída de Rosas, ni Gutiérrez saludó a Mármol en su brindis, ni se perdió su improvisación (que cito en el texto) y es extraño que precisamente el incidente de la ruptura sea la prueba que encuentre Morales para demostrar la “gran amistad” de ambos poetas.
// Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Seguiría mansamente la suerte de Urquiza. Fue su ministro en Buenos Aires, luego su constituyente en Santa Fe, más tarde su canciller en Paraná. Para mantenerse en el favor soberano usó recursos un tanto discutibles: a Groussac le parecen “afíigentes ciertos panegíricos a Urquiza, que no se detienen ante el encomio de sus atractivos físicos”(41).

(41) Paul Groussac. “Estudios de Historia Argentina”, p. 299 (en nota). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero al fin y al cabo cada uno se afirma con las uñas que tiene y es comprensible que un poeta de revistas de moda componga sonetos a los ojos verdes o rime endecasílabos a los venerables labios del poderoso que distribuye favores.

Tenía 43 años cuando llegó a Santa Fe como representante de Entre Ríos, suelo que hasta entonces no había pisado(42).

(42) Nada obstó -por supuesto- para que el propio Gutiérrez firmara el Preámbulo con la calificación un poco excesiva: “Nos, los representantes del pueblo...” // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Un tanto displicente con el pueblo, como anota Quesada, “era impopular en el Congreso y fuera de él, aunque todos reconocían su talento, que lo ejercitaba poco en sus funciones oficiales”(43).

(43) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 214. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Quiso ser el verbo vivo de Alberdi en el recinto y en la Comisión de Negocios Constitucionales, cuyo proyecto publicara en folletín del “Nacional Argentino”. Se encontraba identificado con el “gobernar es poblar” desde los años jóvenes del Canto de Mayo:

“...Y todos los hombres
vendrán a nosotros atraídos
por esa ley que la virtud dimana.
Inflamando los pechos con su llama
vendrá del polo el hombre endurecido
y el rudo ‘habitador’ de la montaña...”.

Según propia confesión se propuso, al igual de Alberdi, “reparar con instituciones fundamentales los errores que, al par de las costumbres, nos inocularon los conquistadores españoles”(44).

(44) Citado por Agustín Rivero Astengo. “Hombres de la Organización Nacional”, capítulo: “Juan María Gutiérrez”, p. 172. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Este antiespañolismo entusiasma a su amigo Alberdi: “Gutiérrez es un europeista convencido”, dirá años después en su biografía póstuma; “Gutiérrez vivía en Europa en su propio país”, porque vivir fuera de la realidad le parecía el mejor elogio para un constituyente; a “su influencia se debió, en parte, que el elemento europeista predomínase en la Constitución de Mayo de 1853”(45).

(45) Juan Bautista Alberdi. “Escritos Póstumos”, tomo VI, pp. 12, 37 y 55. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Europeista no es lo europeo por contraposición a lo americano, sino lo francés a lo sajón (lo de “afuera” en fin), oponiéndose a lo nuestro o a lo español; europeista, en el vocabulario de Alberdi, era la Constitución norteamericana; bárbaras las costumbres criollas de raíz española.

Ese antiespañolismo de Gutiérrez, tan exacerbado como el de Alberdi y el de Sarmiento, lo llevaba a negar y rechazar todo lo hecho por España en América.

Tenía por axioma que “las autoridades creadas por las leyes de Indias para administrar justicia a los americanos, eran prevaricadoras, ignorantes, arbitrarias por educación y carácter”; la acción de la Iglesia Católica en América no pudo ser más pervertida y miserable: “Los curas de almas fueron piedras de escándalo por la sordidez y liviandad de que hicieron gala”, asegura seriamente el ex redactor de “La Moda”(46).

(46) Juan María Gutiérrez. “Las Restauraciones Religiosas”, en “Escritos Históricos y Literarios de Juan María Gutiérrez” (1934), p. 86, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Con todo: ¿Fue tan importante la influencia de Gutiérrez en el texto constitucional aprobado en Santa Fe? En realidad no pasó de un corrector de pruebas, “vertiendo (al decir de Gorostiaga) a un lenguaje llano los trabajos abstractos del doctor Alberdi”(47).

(47) “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 504, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Gutiérrez estaba plenamente identificado con las ideas de Alberdi, en primer lugar, y además la tarea de verter a un “lenguaje llano” el texto constitucional de Filadelfia, adaptado muy a la ligera por Alberdi de una deficiente traducción de García de Sena, no deja de ser elogiosa.

Es indudable que lo poco hecho en la Comisión fue obra de Gorostiaga y la actividad del estudioso e inteligente santiagueño oscurece la labor puramente literaria de Gutiérrez. Debe disculpárselo a éste, porque su temperamento sentimental lo distrajo de las graves funciones(48).

(48) Las cartas de Gutiérrez de esta época nada dicen de sus tareas constitucionales, pero mucho en cambio de los jazmines y diamelas de Santa Fe y los encantos juveniles de su novia. Pues Gutiérrez conoció, al llegar a Santa Fe, a Geromita Cullen, cuyos quince años tenían justificadamente absorbido al más que cuarentón diputado. No es extraño, pues, que su correspondencia trasunte emoción romántica y no meditaciones en la Ciencia Política y Constitucional: “Geromita, Geromita: ojos divinos, tez divina y una tonada santafesina que me suena a música de Bellini”, dice en una carta; en otra “Santa Fe es el país de los naranjos y de las diamelas; de entre estos fragantes vegetales saqué a mi mujer” (ambas citadas por Schwestein de Riedel); y Carlos Aldao, en su inestimable “Errores de la Constitución Nacional” (1928), p. 243, Buenos Aires, trae una poesía de Gutiérrez compuesta en las largas y aburridas Sesiones del Congreso y que por lo mala puede dar la pauta de la intensidad de su sentimiento:

“No me enamoró tu trato,
ni tu semblante perfecto,
sino un simpático afecto
que nació, tal vez, en mí”.

Schwestein de Riedel relata cuidadosamente el episodio de los amores del constituyente en el momento de elaborarse la Constitución. Describe cómo Gutiérrez, “que paraba en el Colegio de los Jesuitas, conoció a Geromita, hija del entonces gobernador José María Cullen, en el gran baile que en homenaje a Urquiza y a los constituyentes se dio en lo de López”.
Como pequeña e intrascendente erudición corrijo que Gutiérrez no vivió en el Colegio de los Jesuitas sino en los altos de la alfajorería de Merengo (3 de Febrero y San Gerónimo); que no había tal Colegio de los Jesuitas en 1852 y en su solar estaba el Convento de La Merced; que Geromita no era hija sino hermana de José María Cullen; que José María Cullen no era gobernador de Santa Fe; que ninguno de los generales López se hallaba en 1852 ¡posibilitado de dar un baile, pues Estanislao había muerto en 1838 y Juan Pablo estaba preso en Paraná por una intentona sediciosa; que el mencionado baile se dio en lo de Crespo, en ese tiempo gobernador de Santa Fe.
Más seriamente objetable es la parte histórico-constitucional del libro: “Se aprobó, después de trabajosas y prolijas discusiones, el meditado Preámbulo de la Constitución, obra de Gutiérrez”, dice Schwestein de Riedel apoyándose en la autoridad del doctor Sagarna.
El Preámbulo no se discutió ni trabajosa ni prolijamente; se aprobó en silencio. No fue obra de Gutiérrez, pues fue tomado casi a la letra del proyecto de Alberdi.
Tal vez Reidel o el doctor Sagarna confundan el Informe de la Comisión (que sí es de Gutiérrez) con el Preámbulo. Pero tampoco el Informe pudo “discutirse” (lo que se discutió fue el proyecto) y menos “aprobarse”. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El porteño

Más tarde iría a Paraná, como ministro, primero, como diputado después. La prolongada ausencia de Buenos Aires tenía afligido al elegante porteño, mal resignado a la llaneza y rusticidad de la vida provinciana.

Cuando la “unión nacional” de 1860 gestionaría un cargo en Buenos Aires; el 22 de Marzo de 1861, Gorostiaga (que vivía en Buenos Aires desde el 55) escribe a Félix Frías a propósito de las aspiraciones de Gutiérrez: “Este amigo aún no está empleado, pero parece seguro que pronto será nombrado rector de la Universidad”(49).

(49) Archivo Gorostiaga, Doc. Nro. 9.367 inédito (Biblioteca Nacional). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El 3 de Abril fue nombrado rector de la Universidad. Para mantenerse en el puesto debió felicitar a Mitre por la victoria de Pavón: “¡Abajo brutos!” -dice de los vencidos, sus compañeros de Paraná, a quienes califica de perversos también- ¡.. nosotros los porteños..!”(50).

(50) “Archivo del general Mitre”, tomo XXI, p. 177 (veintiocho volúmenes), Buenos Aires; citada también (con errores) por Martín Ruiz Moreno. “La Presidencia del doctor Santiago Derqui y la batalla de Pavón” (1913), prefacio, capítulo IX. Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Lo dejaron en el puesto; se perpetuaría hasta jubilarse.

Desde entonces vivió en Buenos Aires sin meterse en aventuras políticas. En la librería de Casavalle o en la tertulia de Olaguer Feliú, el viejo ex proscripto pasaba las tardes de su ancianidad contando episodios heroicos de su lucha contra la tiranía.

Era escuchado por los jóvenes con respeto, pero sin mayor convicción; era un “maestro sin prosélitos”, dice Quesada. Su alto concepto de sí mismo y de su obra fue aumentando con la edad y los honores universitarios; el desmelenado poeta de la Libertad acabaría, metamorfosis corriente e inconsciente, en solemne y voluntarioso tiranuelo de claustros universitarios cuidando que no se expandieran otras luces que las menguadas de los años en que era joven.

La Universidad vivió bajo su égida encerrada en un dogmatismo liberal ajeno al movimiento de ideas del siglo XIX. Gutiérrez se consideraba un progresista, pero este progresismo fincaba exclusivamente en combatir a España y a la Religión Católica; su ateísmo fue tornándose agresivo y sus frases tomaron el tono de las de un monsieur Homais porteño. Destaca Menéndez y Pelayo “su aversión a España y empedernido volterianismo, que rayaba en fanática e intolerante manía”(51).

(51) Marcelino Menéndez y Pelayo. “Antología de Poetas Hispanoamericanos” (1895), tomo IV, p. 180, Madrid; Ernesto Morales. “Cartas de un Porteño”, p. 159, comenta el volterianismo de Gutiérrez: “Era la ideología más avanzada de la época”. ¡Voltaire avanzado para 1876! // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Esta fobia lo llevaría a actitudes desairadas. En 1875 rechaza el nombramiento de Miembro Correspondiente de la Academia Española, porque los argentinos como liberales y republicanos no debemos “escalar los siglos en busca de modelos y de giros castizos en los escritores ascéticos y publicistas teólogos de una monarquía sin contrapeso ... hablarles (a los argentinos) de pureza y elegancia de la lengua les tomaría tan de nuevo, como les causaría sorpresa recibir una visita con la capa y el sombrero perseguidos por el ministro Esquilache”, escribe muy seriamente a los académicos de Madrid, devolviendo las insignias del cargo.

La tarea de fijar y pulir el idioma se le antojaba reaccionaria y clerical: “¿Estará en nuestro interés crear obstáculos a una avenida (la adopción de modismos extranjeros) que pone en peligro tal vez la gramática, pero que puede ser fecunda para el pensamiento libre?” agrega en la renuncia para meditación de la Real Academia.

Aprovecharía la gran ocasión Juan Martínez Villergas, vestal del culto a la Madre Patria -que ya había descosido a dentelladas algún cuero descastado- para lanzarse implacable sobre el renunciante. En las páginas mordaces del “Antón Perulero” el temible polemista español tomó en burla al rector, que creía tal vez haber completado el Acta de la Independencia con su original renuncia.

Obligado por los alfilerazos de la prensa y las pullas de sus contertulios en la librería de Casavalle, Gutiérrez debió defenderse. En “La Libertad” y bajo el seudónimo de “Un Porteño”, salió al desigual combate tratando de equilibrar con jocosidad el gracejo de su formidable antagonista.

Empieza sus “Cartas de un Porteño” sentando que “la Academia se propone esclavizar lo único que quedaba libre en España: el idioma”. Tras esta espiritualidad, toma un tono grave para decir que a España le debemos solamente los crueles conquistadores y lujuriosos frailes, que nos enviara para nuestro mal a poco del descubrimiento.

Se sonríe de los literatos ibéricos tan horros de inteligencia, que aún creían en las mentiras del oscurantismo; menciona, con ironía, a los civilizados Capitanes Generales de Cuba, que (según las agencias noticiosas norteamericanas) estaban “volcando más sangre que azúcar hay en la isla” y, con discutible caballerosidad, subraya “la honestidad de Doña Isabel II” y llama borboncito al rey Alfonso XII.

No pudo mantener mucho tiempo ese tono: la chispeante frase de Martínez Villergas y el análisis que hace éste de su labor literaria e histórica, acabaron por sacar de sus casillas al venerable rector. Terminó el debate a los capazos: payaso, arlequín, incompetente, ingenio volatilizado en el vacío, “castellánico”, mala ralea, hombre de estrecho saber, envidioso con la más negra de las envidias, es lo menos que dice al periodista español; y muy dignamente corre a encerrarse con dos vueltas de llave en el recogimiento de su casa. No le quedaron ganas de meterse otra vez a libertador del idioma(52).

(52) Esta polémica, acompañada de deliciosas notas de Ernesto Morales, fue reimpresa en 1940 con el título de “Cartas a un Porteño”, que llevaban las réplicas de Gutiérrez en “La Libertad”. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La polémica se sostuvo en los meses de Febrero y Marzo de 1876. Buenos Aires rio sin piedad de Juan María. En Junio, el Senado de la provincia no lo eligió Director General de Escuelas, cargo a que aspiraba, prefiriendo a Sarmiento. En otros momentos lo hubiera tomado con filosofía, pero sus nervios estaban excitados y había perdido la dulzura de su carácter.

Quitó el saludo a todos los senadores; a Miguel Navarro Viola (también senador), que le envió una esquela para participarle su casamiento, se la devolvió bajo sobre. Era una ofensa gravísima que en aquellos tiempos se pagaba con un duelo, pero Navarro Viola respetó la edad y situación de espíritu de Gutiérrez. Se limitó a escribirle:

“Parece mentira que una cabeza vieja que debiera buscar consideración siquiera para sus últimas canas se empeñe en acabar de desconceptuarlas...
“¿De dónde tanta susceptibilidad, tanto melindre porque el Senado le haya rechazado en silencio? ¿Dónde está su proverbial paciencia..?
“¡Triste privilegio el que la Providencia le acuerda de haberlo hecho vivir lo bastante para que usted mismo destruyese su reputación! ¡ Cómo castiga Dios a los que se creen pequeños dioses sobre la tierra y en qué fetiches tan feos convierte a los presuntuosos fetiches de sí mismos!
“Triste vejez la suya de descreído... Empiece a ocuparse de su mejoría moral; no escriba para enseñar tanto a los otros, haciendo de farol en la calle y de oscuridad de su casa... “Restitúyase a sentimientos más apacibles, hasta recobrar la tranquilidad de ánimo y reconciliarse con la humanidad”(53).

(53) Miguel Navarro Viola a Juan María Gutiérrez (9 de Junio 1876) en Agustín Rivero Astengo. “Miguel Navarro Viola” (1947), p. 408, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Gutiérrez contestó furioso:

“Su sarcástica dialéctica no tiene igual entre nosotros, salvo Sarmiento. Si su carta hubiera aparecido en alguno do los Antones Peruleros con quien parece usted simpatizar, en pijotero yo contestaría...
“Sus alusiones me convencen de que Voltaire no exageró cuando dijo que hay bilis más acres en el organismo humano que el veneno de una serpiente.
“Perdone usted esta referencia que no es maligna, en gracia de la mal correspondida amistad que algún día le profesé”(54).

(54) Gutiérrez a Navarro Viola (10 de Junio de 1876), en Agustín Rivero Astengo. “Miguel Navarro Viola” (1947), p. 410, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Se había convertido en un viejo irascible. Nadie le podía hablar de nada y acabó por no salir de su casa y abandonar hasta la librería de Casavalle.

Moriría a poco de estos trances, el 26 de Febrero de 1878. Acababa de presidir las fiestas del centenario de San Martín, por el cual, al contrario de muchos de sus amigos, mantuvo una constante admiración. En su entierro se pronunciaron cuatro discursos.

Desde París, su amigo Alberdi, sempiterno resentido con los hombres y las cosas de América, escribiría su elogio fúnebre, encontrándolo superior a San Martín y Bolívar y casi tan grande como Washington y William Wheelwright(55).

(55) Juan Bautista Alberdi. “Biografía de Gutiérrez”, en “Escritos Póstumos”, tomo VI, pp. 6 y sigtes. Para comprender la desconcertante escala de valores proceres usada por el genial tucumano, debe tenerse en cuenta que para él, y así lo explica en esta Biografía, San Martín y Bolívar habían luchado solamente por la “libertad exterior”, en cambio Juan María lo hizo por la “verdadera libertad que es la interior”, como Washington en la República norteamericana y Wheelwright al explotar el Ferrocarril Central Argentino.  // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

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