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Carril, Salvador María del

- El enigma

Alto, solemne, desdeñoso, “con ojos negros que penetraban en el alma como una sonda, apretando la boca para que no se escaparan sus secretos”(1), Salvador María del Carril dejó en Santa Fe la impresión de una extraña personalidad: “Era el que más sabía”, dicen unánimemente los biógrafos del Congreso; “este viejo vale mucho”, lo pondera -cosa rara- el Padre Lavaisse(2).

(1) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 197.
(2) “Este viejo vale mucho. Todos lo documentos públicos y actos importantes del Congreso los debemos a él. Es su principal autor” (Lavaisse a Taboada, agosto 28 de 1853, en Gaspar de Taboada. “Recuerdos Históricos: los Taboada” (1929-1947), tomo III, p. 93, (cinco volúmenes), Buenos Aires. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La tradición quiere verlo -en tan hermética figura todo son tradiciones- como un erudito en Derecho Público norteamericano enseñando el Evangelio de Filadelfia a los diputados constituyentes. Pero debió ser en el diálogo apagado de las antesalas o el recato de las correcciones subrepticias, porque jamás se oyó en el recinto el tono de su voz ni quedó en los archivos muestra alguna del tipo de su letra.

José María Zuviría, el secretario del Congreso, lo describe “calculador, frío y reservado, pero apto para el hábil manejo y la diplomacia del silencio”(3); Mansilla, que fue en Paraná su secretario privado, cuenta cómo “prefería la penumbra a la exhibición teatral” y confiesa “no redactó como vicepresidente nada, ni después como Ministro de la Corte Suprema borroneó una sola cuartilla ni fundó un voto en disidencia por escrito”(4); Sarmiento, en su áspera carta del 50, le dice: “Permítanos el señor Carril que, no habiendo oído nunca su voz ni leído jamás una página suya sobre cuestiones argentinas, busquemos en otra fuente que en su juicio propio las ideas que presenta a los pueblos bajo su firma”(5).

(3) José María Zuviría. “Los Constituyentes del 53” (1889), p. 77.
(4) Lucio V. Mansilla. “Retratos y Recuerdos” (1894), p. 40.
(5) Domingo Faustino Sarmiento. “Obras Completas”, tomo XVII, p. 89. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Ceremonioso e inaccesible, Salvador María del Carril sentía correr por sus venas la sangre de bronce de las estatuas. Se sentaba en las poltronas del Congreso con apostura de prócer de plaza pública en su escaño de granito. No descendía jamás al nivel de los demás mortales, y cuando las exigencias lo obligaban a dar la mano, condescendía con desdeñoso ademán: el agraciado “sentía frío al tocar esas manos, frío que venía de muy adentro”(6).

(6) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 197. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Era el unitario típico de la descripción dejada por Sarmiento en “Facundo” que no daba vuelta la cabeza ni aunque se desplomara un edificio: “Caminaba -dice Quesada- con aire pretencioso, como agobiado por la profundidad del pensamiento”(7).

(7) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 198. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Y cuando hablaba -nunca en público- lo hacía en sentencias enfáticas y breves, acompañadas de terminante ademán. Pero no habló jamás en los debates de la Constitución; entre tan inexorables oradores como los del 52 debió parecer una lechuza muda y atenta perdida en una bandada de parlanchinas cotorras.

Tampoco escribió mayormente; la poca correspondencia suya que nos ha llegado tiene carácter de reservada y su publicación ha sido una infidencia. Sus contados artículos periodísticos son de los años jóvenes. No escribió nunca un libro; no dictó jamás una cátedra. ¿Qué clase de enigma fue Carril? ¿Un hombre de genio, pero sin coraje para actuar? ¿Un escéptico que no creía en nada en nadie y buscaba solamente conveniencias personales? ¿Una eminencia gris moviéndose en las sombras sin comprometerse en público? ¿O su talento sería como aquel enorme de Alves Pacheco, el personaje de Queiroz, que nunca encontró ocasión de revelarse pero todo Portugal admiraba en la prestancia arrogante y el prudente silencio?

Tenía 54 años en 1852, pero venía de muy lejos: de los viejos tiempos de Rivadavia. Treinta años de historia argentina -¡y qué treinta años!- se escondían en los pliegues de su frente ancha y abovedada. Había vivido todo: la Reforma rivadaviana, la Carta de Mayo sanjuanina, la Presidencia, el 1 de Diciembre, la Comisión Argentina, la Nueva Troya, la proscripción en Río Grande. Si no protagonista principal, desde luego, había sido la figura más importante de segundo plano en la tragicomedia unitaria.

- El “reformista

La aldea natal había cambiado mucho cuando el joven Salvador María volvió a ella en 1823 con su flamante título de abogado. Ahora San Juan era nada menos que una provincia -una “República” decían los papeles oficiales- que necesita gobernadores, ministros, jueces, diputados pero, sobre todo, necesitaba un programa de acción, ya que los magistrados del nuevo Estado no iban a seguir con el recuento de los propios y arbitrios comunales o el otorgamiento de permisiones o licencias como en los tiempos coloniales.

San Juan ofrecía muchas facilidades a la ambición del joven letrado: era un Carril, emparentado por rama materna con los Larrosa y los Godoy de antigua raigambre lugareña, lo que casi le permitía tutearse con los Jofre y los Cano de Carvajal, troncos de la hidalguía cuyana.

Eso era muy importante en la aristocrática ciudad que mantuvo más que otra su distinción andina entre caballeros y rotos. Además llegaba de Buenos Aires donde se había codeado con los hombres de las luces y trabajado -aunque en modesta esfera- en el porvenir maravilloso que cotidianamente daba Rivadavia en los decretos del Registro Oficial.

Tenía 25 años, pues nació el 5 de Agosto de 1798 del matrimonio de Pedro Vázquez del Carril con Clara Larrosa “pertenecientes a la primera nobleza de San Juan de la Frontera, católicos viejos, sin nota de mala raza”, testimoniaron Juan Cano y Pedro José Echegaray -próceres sanjuaninos avecindados en 1818 en Buenos Aires- en la Sumaria Información que el joven Salvador María levantó en la ciudad porteña para ingresar a la Academia de Jurisprudencia y optar al título de abogado(8).

(8) En el archivo inédito de Carril (Archivo General de la Nación ). Carril se había doctorado en Córdoba, pero efectuó la práctica de tres años -necesaria para obtener el título de abogado- en la Academia de Jurisprudencia de Buenos Aires, al mismo tiempo de desempeñar un cargo en la Administración. Recibiría la licencia para abogar en Noviembre de 1820. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Ante esos títulos, el gobernador Urdininea despachó a su ministro -cierto Narciso Laprida que había sido presidente de un Congreso en Tucumán- para dejarle lugar al joven Carril que tanto prometía. ¿Qué hacer en esa ciudad de largas siestas y de interminables comadreos?

Su pariente Larrosa, delegado de San Martín en 1817, había abierto calles, plantado árboles, construido caminos, fundado pueblos y muchas otras cosas; tampoco había sido escasa la contribución sanjuanina al Ejército de los Andes.

Pero, justamente por eso, sus comprovincianos, cansados de trabajar y pagar impuestos, lo habían echado a empujones por tirano. Con instinto alerta, el joven Carril se concretó a darles un atracón de literatura burocrática a sus paisanos.

Hacer el porvenir maravilloso por decretos tenía mayores ventajas, no molestaba a nadie, no exigía expropiaciones ni contribuciones y además el ministro sentaba fama de inteligente.

Y allá fue el Registro Oficial de Buenos Aires adaptado a las modalidades cuyanas: suprimió el Cabildo -institución anticuada y reaccionaria- y sus integrantes pasaron a formar la Honorable Junta de Representantes con idénticas atribuciones y misma elección; suprimió los Alcaldes que distribuían justicia ignorando el Derecho y en su lugar estableció los Jueces de primera instancia que por el momento serían los mismos vecinos legos; extinguió la milicia comunal; resabio de los tiempos coloniales que compulsaba a cruentos ejercicios y, en cambio, formó la Guardia Provincial donde los ciudadanos acudirían gustosos a manejar las armas en los ejercicios dominicales; abolió el oscurantista diezmo eclesiástico, reemplazado por un impuesto del 10 % destinado al sostenimiento del culto.

Tan contentos quedaron los sanjuaninos con el porvenir maravilloso, que a la renuncia de Urdininea -llamado por San Martín- Carril fue elegido gobernador por unanimidad de la Junta.

Su primer decreto fue para dar lustre al cargo, ordenando que la Guardia le sirviera de escolta en sus paseos por la ciudad.

- El liberal

Tres episodios caracterizaron el Gobierno de Carril: la concesión de las minas provincianas a la Mining Association, compañía de capital inglés cuyo directorio presidía Rivadavia; la Carta de Mayo, que trajo la libertad a San Juan; y la tentativa de tomar preso a San Martín (que estaba en Mendoza de regreso del Perú) por las dudas de que se le ocurriera a este soldado afortunado aspirar al Gobierno Nacional en perjuicio del partido unitario(9).

(9) Así lo solicitó Carril del gobernador de Mendoza, pero éste, desentendiéndose de la solicitud, mostró la carta a San Martín (Puente Candamo. “San Martín y el Perú (Planteamiento Doctrinario)”, p. 198, trae la carta de San Martín a Guido de abril 6 de 1829, donde refiere el episodio, por otra parte relatado por el Libertador en diversas ocasiones a O’Higgins, Castilla, etc.). El 8 de Abril de 1829, San Martín escribía a Guido: “Parece que duda de los planes que él (Tagle) ha dicho a usted había formado la pasada Administración (Rivadavia) contra ese malhechor y enemigo de la América (el propio San Martín).
“No, amigo mío, no debe usted dudar un solo momento. Afortunadamente, una piadosa alma de la misma Administración dio aviso a tiempo; Dios se lo pague, y esto me sirvió para precaverme.
“Mas diré a usted que después de haber pasado el chubasco y a mi regreso a Buenos Aires para embarcarme para Europa, López (Estanislao) en el Rosario me conjuró a que no entrase en la capital argentina.
“¡Más aquí de Don Quijote! Yo creí que era mi honor no retroceder y al fin esta arriesgona me salió bien, pues no se metieron con este pobre sacristán”.
Manuel Somoza, en su tesis doctoral: “San Martín y la Política Argentina a partir de 1823”, aclara la intervención de Carril en este episodio poco grato. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Libérrima fue la Carta de Mayo que dio la Junta sanjuanina en 1825, por inspiración del gobernador: “bill of wrights que se adelantaba a su tiempo”, dice Vedia y Mitre(10), que daba a los sanjuaninos todos los derechos posibles, aun algunos que escaparon a las declaraciones del Capitolio de Virginia o de la Legislatura francesa, como la libertad “de pensar y callarse sus pensamientos”.

(10) Mariano de Vedia y Mitre. “Estudio Constitucional sobre la Carta de Mayo”, p. 7. Correctamente sería Bill of Rights (declaración de derechos). Tal cual lo escribe el doctor Vedia y Mitre quiere decir anuncio (bill) de artesanos (wrights). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Así el artículo 4to. otorgaba seriamente “la libertad de pensar, formar juicios y sentir libremente”, sin otra limitación que la capacidad intelectual de los ciudadanos que no eran “responsables a nadie de sus pensamientos’’. Ese derecho de pensar según su capacidad intelectual estaba acompañado de la correspondiente libertad absoluta para callarse sus pensamientos (art. 4to., in fine).

La libertad del individuo era sagrada en San Juan:

“Todo hombre en la provincia de San Juan en el único dueño y propietario de su persona; nadie puede venderse a sí mismo”, decía el artículo 2do., impidiendo prodigalidad tan peligrosa; “nadie es esclavo en San Juan” añade a renglón seguido, y “esta primera libertad no padece excepciones sino en los esclavos negros y mulatos que aún existen” (artículo 2do.).

Nada más claro; todos eran libres menos los que no eran libres; como todos tenían el derecho de pensar menos los que no tuvieran capacidad de hacerlo; y derecho de callarse, siempre que su silencio no pusiera “en impotencia a los que tienen alguna parte de autoridad o poder público”, caso en que caería sobre ellos todo el peso de la ley (artículo 10mo.).

La democrática Carta de Mayo -el término va por cuenta del doctor Vedia y Mitre- afirmaba en su artículo 1ro. que “toda autoridad emana del pueblo”, amplio principio, ratificado en el 11mo.: “La ley en la provincia es la expresión de la voluntad general”. Pero, claro, esa voluntad general sería “manifestada solamente por los hombres libres y aptos” (art. 11mo.). Es decir, por las veinte familias de la aristocracia lugareña.

La prudente Carta que declaraba todos los derechos y libertades posibles sin tocar la realidad colonial, tropezó impensadamente con el escollo de la incomprensión religiosa. Pocos sabían que el Tratado con Inglaterra del año anterior había permitido el ejercicio de los cultos disidentes y, por lo tanto, la disposición del art. 17mo. de la Carta de Mayo tolerando ese ejercicio, era redundante e innocua.

Redundante porque la provincia no podía otorgar lo que ya había dado la Nación; innocua porque el único disidente de San Juan -el boticario norteamericano Aman Rawson- leía tranquilamente su Biblia evangelista los domingos sin que a nadie se le ocurriera provocarle conflictos religiosos.

Pero el grito de las sacristías ante la mezquina tolerancia de cultos, exagerada como diabólica libertad religiosa que daba el artículo 17mo. de la Carta, fue amplio y resonante. Inútilmente Carril trató de contener la marea, agregando a la Carta que “la religión Santa, Católica, Apostólica y Romana se adopta voluntaria, espontánea y gustosamente como su religión dominante; la ley y el Gobierno pagarán como hasta aquí, o más ampliamente, a sus ministros” (artículo 16to.).

Inútil que asistiera diariamente a Misa; inútil que fundara un periódico, “El Defensor de la Carta de Mayo”, para demostrar el ningún alcance práctico de la discutida disposición. La campaña de novenas y rosarios ganó a las señoras de la aristocracia pueblerina y entre un revoleo de faldas y sotanas el joven gobernador tuvo que renunciar al tiempo que su Carta de Mayo era quemada en la plaza por mano del verdugo.

La misma Junta de Representantes que la había sancionado así lo dispuso solemnemente. Carril se fue a Mendoza, donde el fraile Aldao lo protegió y consiguió reponerlo con las milicias federales. Pero los sanjuaninos exigieron nuevamente su renuncia y Rivadavia solucionó el problema político surgido en la oligarquía sanjuanina ofreciéndole el Ministerio de Hacienda nacional.

- El financista

A fines de 1824 los caudillos habían depuesto sus recelos contra Buenos Aires y enviado los correspondientes diputados al Congreso. Fue la obra de Las Heras que, como Encargado del Poder Ejecutivo Nacional, preparaba con habilidad y tino la reconquista de la provincia Oriental incorporada por Brasil en 1822, mientras Rivadavia estaba muy ocupado con sus reformas administrativas.

Ibase a la guerra contra el Imperio, pero había seguridad de terminarla victoriosamente; la República unida, la sublevación oriental de 1825, sus resonantes triunfos en Rincón y Sarandí y el fuerte Ejército de Observación formado con oficialidad experta y tropa veterana, aseguraban este optimismo. Además acababa de llegar el empréstito Baring, cuyos tres millones y pico bastaban para los primeros Gastos de la guerra. En cambio, Don Pedro I tenía que contratar mercenarios en Alemania y difícilmente se sostenía ante las sublevaciones republicanas y localistas de Pernambuco y Minas.

La guerra con Brasil estaba ganada antes de declararse. Pero los unitarios -que no Las Heras- llevados por el excelente propósito de unificar más a la República, se dedicaron a voltear las situaciones provinciales con los propios reclutas que los gobernadores mandaban para reforzar el Ejército Nacional.

A fines de 1825, Lamadrid se apoderó del Gobierno de Tucumán e intentó eliminar de sus provincias a Quiroga, Bustos e Ibarra; pero éstos -con falta de patriotismo- provocaron la guerra civil al resistirse. En Enero del 26 la guerra con Brasil quedaba formalmente declarada mientras Las Heras, en un intento para contener la guerra civil, desautorizaba a Lamadrid.

El Congreso solucionó el conflicto en Febrero con la eliminación de Las Heras por don Bernardino Rivadavia, acabado de llegar de Europa.

“Para dar una conducción más eficaz a la guerra”, quitaba de en medio al General de los Andes y héroe de Chile, que había preparado el Ejército de Observación, sustituyéndolo por el más grande hombre civil de la Argentina.

Otra medida de importancia bélica había tomado el Congreso en el mes de Enero, apenas iniciada la guerra: a fin de “entretener productivamente” los tres millones del empréstito, fundó un Banco -el Banco Nacional- con directorio británico, tal vez como prenda de confianza hacia Inglaterra, secular aliada y protectora de Portugal y Brasil, y como medida de economía para impedir que se despilfarrara el dinero en Gastos militares.

Graves cuestiones embarcaban el ánimo de Rivadavia al hacerse cargo de la Presidencia. No se trataba de la guerra con Brasil, precisamente. Poco antes de su elección, escribía a Londres:

“Mi negocio que más me ha ocupado, que más me ha afectado y sobre el cual la prudencia no me ha permitido llegar a una solución es el de la Sociedad de Minas ... con el establecimiento de un Gobierno Nacional todo cuanto debe desearse se obtendrá”(11).

(11) Carta del 6 de Noviembre de 1825. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Ahora que es Gobierno Nacional espera obtener lo que desea; y por eso manda a Lamadrid a apoderarse del Cerro Famatina.

Rivadavia trajo a Carril como ministro de Hacienda, solucionando el conflicto entre los unitarios de San Juan. Esta designación fue un acierto: el ministro había nacido y gobernado una provincia minera y, por lo tanto, se descartaba que entendería de oro y de plata; además había sido el único gobernador que, sin preocuparse de mezquinos intereses locales, puso las minas de su provincia a disposición de la sociedad minera que Rivadavia presidía.

La Presidencia inició su gestión financiera con la Ley de Consolidación de la Deuda, medida protectora de los acreedores del empréstito, cuya garantía se extendió “a todas las tierras y demás bienes inmuebles provinciales”, porque no se juzgaba suficiente la tierra pública y renta de Aduana de Buenos Aires otorgadas al contratarse el empréstito.

Probablemente no hay en la historia financiera una ley más altruista que ésta: el deudor graciosamente se obligaba con mayores garantías de las convenidas con el acreedor. Además, estas tierras y demás bienes inmuebles serían administrados por la Nación y por lo tanto el Famatina entraba en la jurisdicción de Rivadavia. Alborozado el presidente escribe a Hullet Brothers: ‘‘Las minas son ya por ley propiedad nacional y están exclusivamente bajo la Administración del presidente de la República”(12).

(12) Carta del 14 de Mayo de 1826. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Y Bernardino Rivadavia, presidente de la República, pone en posesión a Bernardino Rivadavia, presidente de la Mining Association de la concesión del Famatina. Pero Quiroga se negó a reconocerlo. Fue un alzamiento contra la autoridad nacional imperdonable en tiempo de guerra. Y el Banco, que no daba recursos para la guerra internacional, facilitó en cambio dinero para armar a Lamadrid y al Ejército presidencial del Interior(13).

(13) Son muchas las referencias a esta financiación de la guerra civil por la propia Presidencia. Las notas del ministro Agüero y de José Miguel Díaz Vélez, transcriptas en “El Tribuno”, volumen II, pp. 221 y 241. El rescripto de Quiroga devolviendo el ejemplar de la Constitución que le mandaba Vélez Sarsfield: “No quiere tratar con un poder que le hace la guerra”. La Nota de Tezanos Pinto sobre su comisión a Santiago del Estero:
“El gobernador (Ibarra) dijo que el presidente de la República era el que hacía la guerra a las provincias. El comisionado (Tezanos Pinto) contradijo una aserción tan falsa como maliciosa y exigió las pruebas al gobernador...
“Este abrió un cajón y presentó los libramientos girados por los Gobiernos de Salta y Tucumán contra la Tesorería Nacional”.
A mayor abundamiento, existe la confesión de Lamadrid en sus “Memorias”. Pero, por supuesto, nada de eso impide que el señor Piccirilli y el doctor Vedia y Mitre sigan afirmando que el presidente era ajeno a la guerra civil. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero, a pesar de las letras de cambio y de los famosos colombianos de López Matute pagados con ellas, Lamadrid será derrotado y la Compañía de Minas no le quitó el Famatina a Quiroga.

Otra gestión financiera de la Presidencia quedó famosa: fue la ley canjeando los billetes del Banco por lingotes de oro y plata “cuando estén confeccionados” (curiosa manera de disponer el curso forzoso, sin canje metálico).

Ante la grita de los opositores, el Congreso aprobó el proyecto defendido por el ministro de Gobierno Agüero, pues Carril -presente en la Sesión- apenas si musitó dos palabras. A Carril le quedará el remoquete de Doctor Lingotes aplicado entonces, y para siempre, en los periódicos federales(14).

(14) Juan Manuel de Rosas escribía a Quiroga en la Carta de la Hacienda de Figueroa (Diciembre 20 de 1834) :
“¿Habremos de entregar la Administración General a ignorantes, aspirantes, unitarios y toda clase de bichos? ¿No vimos que la constelación de sabios no encontró más hombre para el Gobierno General que a don Bernardino Rivadavia, y que éste lo hizo venir de San Juan al Doctor Lingotes para el Ministerio de Hacienda, que entendía de este ramo como un ciego de nacimiento de astronomía?”
“La Ley de los Lingotes -observa Vicente Fidel López, “Historia de la República Argentina (su Origen, su Revolución y su Desarrollo Político hasta 1852)” (1883-1893), tomo X, p. 287, (diez tomos)- es lo más absurdo que se haya conocido y lanzado en país alguno”.
Una de sus tantas curiosidades es que el canje de los lingotes se haría por la tercera parte de los billetes presentados; nada dice sobre las otras dos terceras partes, que es de suponer podían volver a canjearse al día siguiente, obteniéndose una tercera parte de las dos terceras partes de lingotes, y siguiéndose así hasta la suma total. Esta observación, hecha por Vidal al discutirse la ley, quedó sin respuesta. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Mientras el oro se esfuma, la guerra civil -no obstante las letras de cambio- gana todo el Interior y las provincias anárquicamente van desconociendo una tras otra a las autoridades nacionales.

Pero el Congreso afronta la terrible crisis debatiendo en luminosas Sesiones una Constitución unitaria: Valentín Gómez, Manuel Antonio Castro y Manuel Bonifacio Gallardo agotan la literaria política y demuestran irrebatiblemente que el régimen centralizado a lo Benjamín Constant es el desiderátum “para lograr la felicidad de los argentinos”.

A veces interrumpen sus discursos los cañonazos de Brown que defiende el río contra las fragatas imperiales. Finalmente se sanciona la Constitución, que el Congreso dispone remitir a los caudillos federales con delegados encargados “convencerlos”. Vélez Sársfield, delegado ante Quiroga, no se anima a ir y la manda por correo; Tezanos Pinto se llena de horror porque Ibarra lo recibe en calzoncillos y le devuelve el librito sin leer(15).

(15) La recepción de Tezanos Pinto por Ibarra fue curiosa. El delegado del Congreso apenas llegado a Santiago del Estero le pide audiencia solemne al gobernador. Este le contesta: “pase cuando guste”. Tezanos Pinto fija su recepción para las dos de la tarde del día siguiente (29 de Enero) y, vestido de frac, se dirige con cuatro edecanes, el ejemplar de la Constitución y un discurso preparado a la Casa de Gobierno. Le extraña encontrar la puerta cerrada y que no estuviera formada la guardia. Ante su llamado, abre una china en chancletas que sin ceremonia alguna lo lleva ante el gobernador que estaba “en un traje inapropiado para las circunstancias, semisalvaje, una forma que choca al pudor y a la decencia, en calzoncillos y con la camisa abierta”. Debe convenirse que en Santiago del Estero, a las dos de la tarde de un 29 de Enero el traje de Ibarra era más apropiado para las circunstancias que el de Tezanos Pinto.
La conversación entre el delegado del Congreso y el gobernador -relatada por el propio Tezanos Pinto en su Informe- no tiene desperdicio. El delegado habla de la Constitución y de la gran obra legislativa del Congreso; Ibarra no tiene objeción que hacer a lo escrito, pero dice “que se legislaba de un modo y se obraba de otro, pues el presidente de la República le hacía la guerra a las provincias”. Tezanos Pinto exigió indignado “pruebas de esa aserción tan falsa como maliciosa”, e Ibarra se limitó a abrir un cajón y mostrarle las libranzas tomadas a Lamadrid que eran pagadas por la Tesorería Nacional de Buenos Aires. Tezanos Pinto se enreda en las cuartas: explica “que el Presidente no había hecho sino cumplir con la más esencial de sus obligaciones” al eliminar las situaciones federales del Interior que le eran adversas; pero, dándose cuenta lo difícil que era convencer a Ibarra que era justo financiar una guerra contra Santiago del Estero, opta por retirarse a su casa. Al llegar lo alcanza un soldado: “De parte de S. E., que se ha olvidado eso”, y le entrega el ejemplar de la Constitución. Antes de las 24 horas volvía a Buenos Aires a dar cuenta del desafuero. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Como, a pesar de todo, Dios es criollo, se gana en Febrero del 27 Ituzaingó y Juncal, y en Abril, Pozos. Pero no hay plata para pagar al Ejército ni a la Escuadra, que no cobran desde el año anterior. No importa: se hacen dispendiosas fiestas para el 25 de Mayo, se crean muchos cargos burocráticos y se proyecta erigir en la Plaza de la Victoria una fuente de bronce.

En Mayo va García a Río de Janeiro a pedir “la paz a cualquier precio” para que vuelva el Ejército y haga la unidad, a palos, como quiere evangélicamente el Padre Agüero. La obtiene al precio de perder la guerra, pero el pueblo de Buenos Aires no interpreta el Tratado García y pide a gritos la renuncia del presidente.

Inútilmente Rivadavia desautoriza a García, y el Congreso rechaza el Tratado. Dorrego le dará el golpe de gracia publicando en “El Tribuno” del 26 de Junio la documentación del negociado de minas, que acaba de conocer por la quiebra de la sociedad londinense. Rivadavia renuncia al día siguiente en medio de un caos indescriptible y el Congreso unitario se disuelve a la espera de momento más propicio para hacer la unidad a palos.

Vicente López se hace cargo interinamente de la Presidencia el 9 de Julio (Rivadavia se ha retirado el 3) y el meticuloso Tomás Manuel Anchorena lo acompaña como ministro de Hacienda. Comprueba que no queda en Tesorería ni una onza de oro, ni un peso de plata ni un billete de Banco.

No hay nada, absolutamente nada; hasta los muebles de la Casa de Gobierno se los ha llevado Rivadavia. Solamente deudas; al Ejército no se le paga desde 1826; al Banco se le deben once millones; hay letras protestadas por más de dos millones; se deben los últimos servicios del empréstito.

Y comprueba que Carril, después de la renuncia de Rivadavia, ha librado previsoramente contra el Banco por millón y medio de pesos; el Banco no ha pagado todavía, y Anchorena anula la operación póstuma. También suspende los trabajos públicos y suprime la mitad de los empleados de Gobierno. Es la “tiranía federal” que empieza(16).

(16) “Fuera de estos cargos concurría también como millón y medio de pesos fuertes en letras giradas por el señor Carril desde el 3 de Julio (la fecha debe notarse, pues es la de la separación del señor Rivadavia) contra la Tesorería del Banco” (V. F. López, “Historia...”, tomo X, p. 325).
Respecto a los muebles de la Casa de Gobierno, la referencia es también de López (tomo X, p. 326): “Hasta la Casa de Gobierno había quedado desmantelada y sin menaje; sus piezas estaban reducidas a paredes desnudas y deterioradas, pues resultaba que todo lo amueblado, hasta el del despacho presidencial, había sido de propiedad del señor Rivadavia traído de Europa; y que antes de dejar el poder había trasladado todo a su nueva habitación, conociendo la insolvencia del nuevo gabinete para abonarle su valor”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El moralista

Dorrego, gobernador, trata con duros términos las gestiones de Rivadavia y Carril. En su Mensaje del 13 de Septiembre de 1827, a propósito del asunto de las minas, denuncia “la conducta escandalosa de un hombre público del país, que prepara esta especulación, se enrola en ella y es tildado de dividir su precio”.

Rivadavia y Carril intentan su defensa en una Respuesta al Mensaje de poca habilidad y que da lugar a una Refutación a la Respuesta de 200 páginas donde, según López “con una prolijidad maligna” se transcriben los detalles de la operación(17).

(17) Vicente Fidel López. “Historia de la República Argentina (su Origen, su Revolución y su Desarrollo Político hasta 1852)” (1883-1893), tomo X, p. 351 (nota); José María Rosa. “Rivadavia y el Origen del Imperialismo Financiero”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero en 1828 Lavalle hará la ansiada unidad a palos con el Ejército. La noche en que se conoce en Buenos Aires la prisión de Dorrego -12 de Diciembre- Carril escribe a Lavalle una larga carta porque teme que el jefe revolucionario no obre como corresponde a la hora histórica; le recuerda que es un “hombre de genio y debe tener firmeza para prescindir de los sentimientos”.

Es necesario que “las víctimas de la batalla de Navarro no queden sin venganza”, porque la culpa la tiene exclusivamente Dorrego por resistirse a la revolución; por otra parte, “una revolución es un juego de azar en el que se gana hasta la vida de los vencidos”; le aconseja “que aborde la cuestión a sangre fría”. Lavalle lo fusila a Dorrego inmediatamente.

La noticia no llega a Buenos Aires hasta el 14, y Carril -entretanto- teme que Lavalle, a pesar de su genialidad, no lo haya comprendido. Vuelve a escribir llamando las cosas por su nombre: “Hemos estado de acuerdo con la fusilación de Dorrego antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla”; en las anteriores revoluciones se había procedido con demasiada dulzura: “ahora hay que ensayar un nuevo modo, hay que innovar, porque entre los que han combatido por el poder, ninguno ha sido socrificado hasta ahora”; los amigos de Buenos Aires “esperan una obra completa que si no viene de la omnipotencia de la espada, la omnipotencia de Dios no se dignará hacerlo”.

La noticia de la fusilación llega el mismo 14. ¡Este bárbaro de Lavalle había fusilado a Dorrego por su orden apelando tontamente a la historia! Rápidamente Carril escribe por tercera vez:

“Es conveniente que recoja Ud. un acta del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase redactado con destreza será un documento muy interesante para su vida póstuma...
“El señor D. J. A. (¿don Julián Agüero?) y don B. R. (¿Bernardino Rivadavia?) son de esta opinión y creen que lo que se ha hecho no se completa si no se hace triunfar en todas partes la causa de la civilización contra el salvajismo”.

Es el gabinete presidencial en pleno que aconseja el fusilamiento civilizador, previa un acta en que conste el salvajismo del fusilado. Pero Lavalle no entiende. Si era patriótico fusilarlo a Dorrego, ¿por qué retacearle la gloria de hacerlo por su orden?

Carril vuelve a insistir en carta del 20 en un último intento de convencer a esa espada sin cabeza de no apelar al juicio de la historia sin tomar precauciones:

“Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad ... la posteridad consagra y recibe las deposiciones del fuerte o del impostor que venció, sedujo y sobrevivió...
“Yo no dejaría de hacer algo útil por vanos temores. Si para llegar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos”.

Lavalle sigue sin comprender, y carga por su gusto, con la responsabilidad exclusiva del fusilamiento. ¡Qué se las arregle solo ante la “historia”!(18).

(18) Las cartas de Carril y Varela fueron publicadas en 1881 por primera vez por Angel Justiniano Carranza en “La Nación”, en vida de Carril. En 1886 las recopiló en un volumen: “El general Lavalle ante la Justicia Póstuma”. Esta publicación tuvo ribetes de escándalo porque todos ignoraban la participación del presidente jubilado de la Suprema Corte en el fusilamiento de Dorrego. El crítico Adolfo Decoud comentó la publicación:
“Es una responsabilidad que el pasado tenía reservada a uno de los hombres que se conservan todavía, como cómplice y testigo en el sacrificio de Dorrego.
“¿Qué dirá en presencia de ella el doctor Del Carril? No lo sabemos ni queremos averiguarlo tampoco” (Angel Justiniano Carranza. “El general Lavalle ante la Justicia Póstuma” (1941), 2da. edición, Apéndice, p. 217).
Lavalle había mostrado estas cartas a Rosas en su entrevista de Cañuelas (y además otra de Julián Segundo de Agüero que Carranza no publicó); y, según la afirmación de Rosas “lamentando amargamente su funesto y gravísimo error, quejoso y enfurecido contra los hombres de la lista civil que lo habían impulsado al motín de Diciembre y aconsejado la ejecución del ilustre Jefe Supremo del Estado”. Así lo escribió Rosas en el margen de una carta de Roxas y Patrón de Septiembre 2 de 1869 (Adolfo Saldías, “Historia de la Confederación Argentina” (1945), tomo II, p. 80. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Transcurre el año 29 en el que debió lograrse la unidad a palos, y los revolucionarios asisten impotentes a la ruina de sus ilusiones. Inútilmente caen -tras la de Dorrego- las cabezas de Cano, Mesa y tantos más; inútilmente Rauch y Estomba en la campaña, y la Comisión Especial (designada por Carril) en la ciudad, establecen el terror como método de triunfo. 1829, el año de Gobierno unitario, será el único en la estadística demográfica de Buenos Aires en donde las defunciones superaron a los nacimientos(19).

(19) Ver Eliseo F. Lestrade. “Rosas. Estudio Demográfico sobre su Epoca”, en Rev. del Inst. J. M. Rosas, Nro. 9). Hubo en 1829 -año de Gobierno unitario- 4.658 defunciones, cuando en 1828 sólo había habido 1.788; y en 1827: 1.904. Debe tenerse en cuenta que en las solas elecciones del 26 de Julio, en la pequeña ciudad de entonces, murieron 43 de muerte violenta, además de innumerables heridos graves. En la demografía de la prolífica Buenos Aires, fue ese año del Gobierno unitario el único en que el número de fallecidos sobrepasó al de nacimientos. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los caudillos no se aterrorizan y la dialéctica de Carril falla. Quiroga se indigna contre el gobernador intruso disponiéndose a vengar la muerte de Dorrego, y Estanislao López -apoyado por Rosas- apresta sus montoneras.

Sucede lo inexplicable: los veteranos de Ituzaingó son corridos por las milicias gauchas. Estomba enloquece después de cometer horrores con los pacíficos vecinos de la campaña (ha llegado a atarlos a la boca de los cañones y dar la descarga en presencia de sus familias), y Rauch queda vencido y muerto en Vizcacheras por los indios que pasean su cabeza en lo alto de una pica. El terror genera el terror; al de arriba sucede el de abajo.

Después de la derrota de Vizcacheras, el Gobierno revolucionario ordenó el estado de asamblea (7 de Abril) y convocó las milicias urbanas. Los extranjeros afincados o casados en el país, que integraban estas milicias, formarían un regimiento especial llamado Amigos del Orden, destinado a engrosar el Ejército que se preparaba a resistir el choque con las fuerzas federales de López y Rosas.

Protestan los cónsules extranjeros por cuanto las milicias podían convocarse para cuidar el orden o combatir a indios y bandoleros, pero de ninguna manera obligarlas a tomar parte en una guerra civil.

El ministro Díaz Vélez contesta a los cónsules que no se estaba ante una guerra civil “sino ante una invasión de salvajes mandados por caciques que no respetaban ley ni principios”(20); pero, previsoramente ordena la libertad de los ingleses y norteamericanos retorciendo el texto del Tratado de 1824 para los primeros y sin dar explicación alguna por los segundos.

(20) Ricardo Levene. “El Proceso Histórico de Lavalle a Rosas”, p. 33. Comenta el doctor Levene con su habitual ponderación: “Esta teoría del doctor Días Vélez tenía algún fundamento, pero no era del todo aplicable en el caso en cuestión por los antecedentes de esa verdadera guerra civil” (¿?). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Quedan los franceses, los más numerosos. Su cónsul, Mendeville, responde a Díaz Vélez que su interpretación de la ley de milicias era injusta y parcial y además su concepto del partido federal no tenía otro valor que el de una opinión personal y apasionada:

“El Ejército que marcha contra la ciudad es una tropa organizada que maniobra con un objeto político y no es una banda de ladrones” (Nota del 7 de Abril)(21). Díaz Vélez vuelve a sostener (el 15) que no había guerra civil sino exclusivamente una incursión de “bárbaros que amenazan la propiedad y la vida de los habitantes de la ciudad”.

(21) Ricardo Levene. “El Proceso Histórico de Lavalle a Rosas”, p. 35. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Esta Nota sienta, según el internacionalista doctor Levene, la “verdadera teoría sobre la materia”(22).

(22) Ricardo Levene. “El Proceso Histórico de Lavalle a Rosas”, p. 35. Probablemente este autor no ha advertido que dos páginas atrás retacea (“algún fundamento”, “no del todo aplicable”, etc.) la original tesis del ministro unitario. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los franceses son llevados a combatir en Puente de Márquez en favor de los unitarios y contra el Ejército federal. Triunfa este último y Lavalle se encierra en la ciudad; el 4 de Mayo cambia de gabinete y nombra a Carril ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores.

El cónsul Mendeville pide sus pasaportes en tono amenazador y Carril se los otorga, afrontando valientemente las responsabilidades. Pero la noche del 21 de Mayo el comandante francés Venancourt, de estación en Montevideo, se apodera de los barcos de Lavalle que están frente a Buenos Aires, entre otros, del pontón “Cacique”, depósito de prisioneros federales a quienes pone en inmediata libertad.

La conmoción entre unitarios es enorme. Carril se doblega; el 25 de Mayo (¡lindo día para achicarse!) capitula ante el agresor y deja en libertad a los milicianos franceses. Encantado, el comandante entrega los barcos a los unitarios, no obstante reclamar Rosas que se devuelvan al Gobierno legal (la Convención Nacional de Santa Fe) o, por lo menos, “se guarden cerca y en seguridad” a las resultas de la guerra(23).

(23) R. Levene, en su mencionado trabajo, se hace eco de la genial tesis de un estudiante francés (Roland Latreyte. “Les blocus du Rio de la Plata sous le regne de Louis Philippe” (1947), París, sobre un posible “designio oculto”. Francia habría procedido contra la Argentina en 1838 y en 1845 “tal vez porque Rosas debió prometerle” una compensación por la ayuda que casi le prestó en 1829 al secuestrar durante unos días los barcos unitarios. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Una vez devueltos los barcos, Carril informa para la Historia este suceso “tan extraordinario como imprevisto”.

Se dirige al Consejo de Gobierno (que hacía las veces de Legislatura de facto) para que arbitrara, después de haber capitulado el 25 de Mayo, “la clase de reparación que debe pedirse a S. M. Cristianísima por un insulto tan grave, tan contrario a las leyes de neutralidad y a los principios del derecho de gentes” (4 de Junio). Patriótica indignación (que no hace pública con instinto alerta) y merece los elogios del doctor Levene(24).

(24) Ricardo Levene. “El Proceso Histórico de Lavalle a Rosas”, p. 51. Este autor elogia la actitud de Carril “que en todo el curso de los sucesos fue sincero y leal consigo mismo” (¡!). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El 24 de Junio, Rosas, quien aún cree (contra la opinión de San Martín) en una posible concordia de ambos bandos enemigos, hace en Cañuelas la paz con Lavalle.

No habría responsabilidades ni persecuciones; se elegiría un nuevo Gobierno comprometiéndose ambos jefes de partido a llevar a los comicios una lista común de legisladores. Escogen los candidatos entre vecinos apartados de la política y Lavalle y Rosas se ponen de acuerdo en llevar al Gobierno a don Félix de Alzaga, que no es unitario ni federal.

Los unitarios reciben alborozados, en un primer momento, la nueva de su salvación cuando todo parecía perdido. No se les exigirá cuentas por la política de terror, ni por las expropiaciones, que han menudeado. Pero llega a poco otra inesperada noticia: Paz ha vencido a Quiroga en Tablada el 23 de Junio. Renacen las esperanzas del triunfo de la revolución y se piensa en que el tonto de Lavalle se ha apurado en tratar con Rosas y convenir un Gobierno neutral.

Las elecciones han sido fijadas para el domingo 26 de Julio; poco antes, Rosas tiene informes precisos de que el ministro Carril, lejos de cumplir lo pactado en Cañuelas, hará votar una lista íntegramente unitaria, y además impedirá a los federales votar la convenida en Cañuelas. Gestiona ante Lavalle que anule la maniobra:

“Horroriza a mi amigo (la carta es a Félix Alzaga), el cuadro que presentará nuestra patria, si la fe de los pactos se destruye la confianza se pierde.
“Todo será desolación y muerte y se dejará escapar la mejor ocasión de afianzar para siempre los destinos y la prosperidad de nuestro suelo”(25).

(25) G. F. Rodríguez. “Contribución Histórica y Documental”, tomo II, p. 431. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Rosas posterga los comicios en la campaña y deja en descubierto la maniobra en la ciudad. Las elecciones son sangrientas: hay 43 muertos; en todos los atrios, el Ejército de Línea ha impedido a los federales, o a los simplemente independientes, votar la lista convenida. Rosas escribe a Estanislao López: “no hay más que combatir nuevamente”(26).

(26) F. Barreto. “Papeles de Rosas”, p. 172. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero Lavalle no quiere o no puede combatir. Anula las elecciones y Carril -en un gesto altivo- renuncia al Ministerio (7 de Agosto). Poco después, Lavalle y Rosas convienen en Barracas entregar el Gobierno a Viamonte y cumplir las garantías dadas en Cañuelas a los unitarios (24 de Agosto).

Lavalle, “para poner a cubierto de la adversidad” a quienes lo acompañaron en la patriada, reparte, en un decreto, el dinero disponible de Tesorería, que no se podrá reingresar porque la amnistía de Cañuelas (ratificada en Barracas) cubre todos los actos del Gobierno revolucionario. Pero la vida se le hace imposible a Lavalle en Buenos Aires y tiene que irse a la República Oriental. Carril ya está allí.

- El patriota

En 1838 empieza el bloqueo francés. El almirante Leblanc necesitado de una base de operaciones contra Buenos Aires, exige del presidente Oribe le facilite el puerto de Montevideo. Este se niega. Leblanc quita a Oribe de la presidencia y lo sustituye por Rivera, previo compromiso de facilitar el puerto y lo que quiera el almirante para su lucha contra la Confederación.

El Gobierno francés no ha declarado oficialmente la guerra a la Argentina. Pero el almirante subsana el inconveniente haciéndolo por Rivera, a nombre de la República Oriental, mediante los francos necesarios para la invasión y la ayuda naval correspondiente. Al mismo tiempo prepara una guerra civil interna en la Confederación: Berón de Astrada, en Corrientes; Cullen, en Santa Fe; el complot Maza; y los estancieros del sur en Buenos Aires; los gobernantes que han sustituido a los Heredia en el Norte.

Agentes del almirante recorren el país y distribuyen dinero y preparan mañosamente los hilos de la trama. Los complicados pertenecen al partido liberal y los unitarios claman -en un primer momento- contra los “traidores unidos al agresor extranjero”. Carril no es el menos indignado: el 22 de Septiembre escribe a Lavalle una larga carta de censura a los franceses con cálidos elogios a la actitud de Rosas por resistir la agresión(27). Lavalle, a su vez, aplaude la valentía del joven comandante Costa que se ha batido en héros en la defensa de Martín García, dando a los franceses una bella lección de coraje criollo(28).

(27) Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires. “La Campaña Libertadora del general Lavalle. 1838-1842” (1944), p. 8, La Plata (introducción de Enrique M. Barba).
(28) Adolfo Saldías. “Historia de la Confederación Argentina” (1881/1883), tomo IV, p. 220. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero el almirante acaba por fijarse en los hombres de Montevideo, mucho más capacitados que los federales disidentes para formar un Gobierno argentino en el exilio. Rivera le está costando muchos millones y sospecha que el taimado caudillo se burla donosamente de Francia.

El 20 de Diciembre se constituye en Montevideo la Comisión Argentina encargada de entenderse directamente con los franceses y, por supuesto, Carril la integra. Ha cambiado de opinión debido a que Agüero trajo de Río de Janeiro la voz de orden de Rivadavia, entusiasta de la colaboración.

Lavalle todavía se muestra reacio y ha tenido el gesto de devolver 3.500 pesos enviados “para que se preparase a la lucha contra la tiranía”(29); el 16 de Diciembre todavía escribe a Chilavert que “si llega el caso de que los pabellones francés y oriental lleven la guerra a nuestra patria, entonces haremos nuestro deber”(30).

(29) general Tomás de Iriarte. “Memorias” (1962), tomo V, p. 253. Ed. Compañía General Fabril, Buenos Aires.
(30) Adolfo Saldías. “Historia de la Confederación Argentina” (1881/1883), tomo IV, p. 220. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero en Febrero (1839) la Comisión ha disipado los últimos escrúpulos del veterano; “ni Francia ni la República Oriental tienen intenciones territoriales”, declaran formalmente Rivera y el cónsul francés; lo único que se proponen es hacer triunfar el derecho contra el despotismo. Una vez quitado el tirano, la Comisión Argentina, es decir, cuanto de ilustrado, patriota y honesto cuenta la Argentina, ocuparía el Gobierno.

Lavalle se convence de que los franceses son más patriotas que los argentinos y, diciendo que “una vez más la patria lo reclama”, acepta formar el Ejército Libertador.

Se necesita dinero, pero los francos abundan, y ahora en lugar de ir a los bolsillos de Rivera servirán para la patriótica obra de libertar a Buenos Aires. La Comisión Argentina recibe dinero para girar a Lavalle, pero el general (José María) Paz asegura que muchos francos se quedaron en el camino:

“Mucho se ha dicho de los provechos y sórdidas especulaciones que hicieron algunos exaltados patriotas en Montevideo, tanto con los caudales que suministraron los franceses como con el producto de las cuantiosas erogaciones y empréstitos que se contrajeron.
“Se ha asegurado que el almirante Dupotet (sucesor de Leblanc) lo creía y lo decía así, y como él otros, bien que en la universal corrupción de Montevideo esto no debiese causar escándalo.
“Jamás se ha tratado de exigir ni dar una cuenta, una razón, una satisfacción cualquiera de la inversión de tan ingentes caudales”(31).

(31) General José María Paz. “Memorias Póstumas”, tomo II, p. 411. Ed. Cultura Argentina. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Carril dejó Montevideo a bordo de la fragata francesa “Bordelaise” en Febrero de 1840. Como representante de la Comisión Argentina iba de “comisario de abastecimientos” para proveer al Ejército Libertador. Su cometido descontentó a algunos escrupulosos; el general Iriarte cuenta que vio en Punta Gorda (hoy Diamante) a:

“... más de veinte embarcaciones mercantes que conducían, entre otros artículos, harinas y el señor Carril impidió su venta para monopolizar este artículo en su provecho y con perjuicio del Ejército.
“No permitió a los cargadores que la vendiesen al precio de veintiocho pesos la barrica porque decía que era muy alto; él la compró, por fin, para expenderla a cuarenta pesos. Estaba prohibido vender aguardiente para que la tropa no se embriagase, sólo el señor Carril y Bolón, su asociado, gozaban del derecho de vender el que tenían y al precio que más le convenía, etc.
“Carril no cesaba de ponderar el sacrificio que hacía de estar en las aguas del Paraná desde el mes de Febrero, pero él sacaba muy buen partido sin correr su persona el más ligero riesgo...
“Este manejo clandestino se sabía en el Ejército con publicidad y, por consiguiente, el General en Jefe no podía ignorarlo.
“Por mi parte pude observar lo bastante para cerciorarme del fundamento con que se criticaba la conducta irregular del señor Carril”(32).

(32) General Tomás de Iriarte. “Memorias” (1962), tomo VI, p. 325. Ed. Compañía General Fabril, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Todo siguió bien hasta el Tratado Mackau en Octubre de 1840, que significó la retirada de la fragata “Bordelaise” y de la ayuda francesa. En Febrero de 1843, cuando Oribe se presenta ante Montevideo, Carril no quiere exponerse en la heroica pero insegura Nueva Troya: se instala en Santa Catalina (Brasil), como abastecedor de carne a la plaza de Montevideo.

La intervención anglofrancesa de 1845 comete la descortesía de no llamarlo como comisario de abastecimientos de la escuadra; los europeos andan con mezquindades y aducen que los 40.000 francos mensuales para mantener a Montevideo y el subsidio al “Comercio del Plata” de Varela significan bastante erogación.

¡Qué clase de guerra era ésa! ¡Si daban ganas de ponerse a las órdenes de Rosas!(33).

(33) Guizot (leyendo las Instrucciones dadas por Thiers a Mackau):
- “Estaréis en presencia de auxiliares que no habrán querido o no habrán podido cumplir sus promesas, para cuyo éxito han pedido y recibido de nosotros socorros, sin retribuirnos, ni aún en leve proporción, los servicios que han recibido de nosotros”.
Thiers (interrumpiendo la lectura):
- “Eso se dirigía a Lavalle...” (Sesión de la Cámara de Diputados francesa, del 29 de Mayo de 1845. Transcripta por el Archivo Americano, Nro. 16).
Thiers (en la misma Sesión):
- “El honorable Mr. Guizot puede ponerse perfectamente de acuerdo con el presidente anterior, porque los dos millones de que ha hablado ayer, imputados a Ministerio en 1840, y que se creía haber sido gastados para los grandes sucesos de Oriente, esos dos millones han sido gastados en gran parte en Montevideo y he dado esos dos millones según las órdenes del señor, mariscal Soult, para esa política de intervención que consistía en ganar aliados en Montevideo” (Archivo Americano, Nro. 16).
// Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El federal

Después de Caseros se puso la divisa punzó en la solapa -porque el ex ministro de Rivadavia y de Lavalle confesó haberse “convertido al federalismo leyendo ‘La démocratie en Amérique’ de (Alexis de) Tocqueville”- y se hizo infaltable a las reuniones de Urquiza en el caserón de Palermo.

Ya no rezaba con él “ese renombre odioso de salvajes unitarios que perturbaron la tranquilidad de la patria y comprometieron su independencia” de la Proclama de Urquiza del 21 de Febrero que obligaba el uso del cintillo punzó. En los salones de Palermo era escuchado, aunque diríase que con relativo respeto:

“Sentencioso en el hablar, enfático en la acción y de aspecto imponente -así lo ve Quesada- cuando no se hallaba en presencia del general Urquiza parecía la estampa de un hombre de estado, de un repúblico eminente.
“Pero toda esa gravedad magistral se convertía en dúctil cera en presencia de Urquiza. Yo me sentía avergonzado de esa perpetua aquiescencia para todo lo que decía el general; sumisión en el fondo y en la forma, especie de servilismo.
“Era un carácter débil para los poderosos, petulante para con los infelices, infatuado de su valer y desdeñoso del ajeno”(34).

(34) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 198. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Urquiza lo hizo Consejero de Estado junto a Nicolás Anchorena y Felipe Arana -los grandes amigos de Rosas- y más tarde diputado por Buenos Aires al Congreso de Santa Fe. Reanudaría -ahora con una cinta punzó en la solapa- el itinerario de doce años atrás en la “Bordelaise”.

Se embarcó con Urquiza en el “Countess of Londsdale” el 9 de Septiembre; el 11 estallaba la revolución. Carril se quedó de a pie, pues una de las primeras medidas de los revolucionarios fue anular su acta “por haberse realizado la elección sin concurrencia de pueblo”.

Pero estaban vacantes las bancas de San Juan. Benavídez había anulado la elección de Sarmiento, cuya ruptura con Urquiza obligó a su exclusión del Congreso. Y Carril, venciendo su repugnancia por dirigirse a una “de las cabezas de hidra del caudillismo”, escribe a Benavídez una larga carta (4 de Octubre) sobre la necesidad de nombrar en San Juan “constituyentes dignos y de experiencia”, que termina con un sugestivo “tengo el gusto de ofrecerme”(35).

(35) Esta carta y otras figuran en la publicación, en “Serie de Cartas Particulares, Notas Oficiales, etc., cambiadas entre S. E. el Gobernador de San Juan y los Diputados al Congreso Constituyente” (1853), Imprenta Oficial, San Juan. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Benavídez le remite a vuelta de correo un Acta de diputado, para cuya elección había tenido que reformar la ley de la provincia que exigía la condición de vecindad en los electos.

- El prócer

Después del Congreso, su carrera política y su fortuna personal tomaron un camino de franco ascenso. Encargado Provisional del P. E. Nacional en 1854, vicepresidente de Urquiza en ejercicio de la presidencia casi todo el período, jefe indiscutido del grupo de porteños que disputaban a la facción cordobesa de Derqui el favor de Urquiza y el manejo de la Confederación, la vida de Carril en Paraná fue una austera consagración a la Patria:

- “¿Qué hacía Carril en tiempos de Urquiza?-se pregunta Mansilla parodiando a Sieyes-; vivir ... y aumentar su caudal”.

La vejez se acercaba y la suerte de la política -lo sabía por experiencia- era muy variable. “Volvía de la emigración -dice Quesada- con la resolución decidida que no ocultaba a sus íntimos de no emigrar otra vez con los bolsillos vacíos.

“Emigrado y pobre vivía en modestísima situación...; todos hemos conocido aquí (Buenos Aires, 1885) al señor Del Carril que ha muerto muy anciano, millonario y convertido al seno de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana después de haber profesado teorías volterianas y aún ateas”.

José María Zuviría, secretario del Congreso, en su ditirambo de los constituyentes del 53, se extraña de que el antiguo unitario acabara “por perder de vista el punto honesto de partido” y hubiera “modificado un tanto las altas ideas de probidad y entereza de carácter (¿?) para lanzarse en las rutas extraviadas de un vulgar y apasionado anhelo por alcanzar a cualquier costa bienes de fortuna que lo salvasen en lo futuro del trabajo y la pobreza del pasado”.

Su indiscreto secretario privado Lucio Mansilla le oye decir -en un rapto de sinceridad- ante la casa de Urquiza frente a la plaza de Paraná:

“¡He estado emigrado tantos años! He pasado tantas miserias (ni he podido educar a mis hijos debidamente) que tengo horror a la pobreza ... ¡y estoy en manos de esa fiera..!”(36).

(36) Lucio V. Mansilla. “Retratos y Recuerdos”, p. 41; Vicente G. Quesada. “Memorias de un Viejo”, p. 196; José María Zuviría. “Los Constituyentes de 1853” (1889), pp. 74-75. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Aguantó todo a Urquiza, pero quedó al lado de Urquiza. Intervino en los empréstitos contratados por Buschental y posiblemente en las otras operaciones financieras de la Confederación. Urquiza lo dejó hacer, aunque a veces estallara contra Carril en alguno de sus violentos accesos de cólera, que el vicepresidente aguantaba con filosofía.

En alguno Urquiza debió haberlo zaherido con mayor crueldad y tal vez expulsado del Gobierno, pues Carril -baqueano para estas cosas- le escribía el 5 de Abril de 1859:

“V. E. me acusa de cobarde, si no de algo más; los otros me acusan de débil, si no de algo menos...
“Tenga la razón cualquiera; el hecho es que hoy soy un hombre viejo, indefenso, aislado y perdido. Todos pueden abusar de esta situación.
“V. E. me ha prometido que me haría salir del puesto con honor ... He perdido toda mi importancia personal y si V. E. me permite le diría que se la he sacrificado toda...
“Tengo una familia que depende de V. E. para su subsistencia, pues todavía está en su poder. Tengo una vida que debe de ser corta e inútil. Todo esto puedo sacrificárselo si V. E. lo quiere...”(37).

(37) Archivo inédito de Carril en el Archivo General de la Nación. En la misma carpeta constan los borradores de la ley que legitima los hijos naturales de Urquiza por rescripto principiis. Puede saberse así que esta ley fue redactada por el vicepresidente. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En 1860 quiso ser presidente, pero el favor de Urquiza se inclinó ante el sencillo y modesto Derqui. Al poco tiempo, el círculo de Carril supo indisponer al nuevo presidente con el poderoso castellano de San José.

La crisis do Pavón no lo tomaría inadvertido -¡qué habría de tomarlo!- y fue Carril quien negoció con Mitre la caída de la Confederación y la salvación de Urquiza. En premio, Mitre lo llevará a la Suprema Corte en 1863, jubilándose con sueldo íntegro en 1877 durante la presidencia de Avellaneda(38).

(38) Vicente Fidel López. “Historia de la República Argentina (su Origen, su Revolución y su Desarrollo Político hasta 1852)”, (diez tomos) (1883-1893): “Después de muchos años de pobreza en la expatriación, el señor Carril se adhirió al servicio del general Urquiza. Algún tiempo después regresó a Buenos Aires con una pingüe fortuna y pidió jubilación con sueldo íntegro por haber sido presidente de la Corte Suprema de Justicia” (tomo X, p. 440, Nota).
Fue en la Corte un entusiasta defensor de los intereses foráneos. El “Standard” al informar sobre su muerte dijo: “Fundó confianza para los extranjeros en ese Tribunal (la Corte) como no la tuvo ninguna otra Institución” (número de Enero 12/883). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Rosas acababa de extinguirse, pobre pero nunca amargado y siempre muy argentino, en su exilio de Southampton; Derqui había muerto en Corrientes, tan extraordinariamente pobre que el cadáver quedó insepulto porque no había con qué pagar el entierro. Solamente sobrevivía Carril, como único testigo de esa época heroica y desinteresada.

En los últimos años rectificó algunos errores de su juventud rivadaviana. No era hombre de ir contra la corriente y con la misma resolución que cargara el cintillo punzó para quedarse junto a Urquiza, se adhirió a los festejos del centenario de San Martín, ya que un enemigo de los tiempos de San Juan era ahora tenido unánimemente por el prócer máximo del país.

El 14 de Abril de 1877 se suscribió con 5.000 pesos por él y 10.000 por cada uno de sus hijos para los gastos de traslación de los restos del General de los Andes a Buenos Aires; y aceptó, de paso, administrar los fondos recaudados a ese objeto. Había contribuido a su expatriación en 1824 (lo que nadie sospechaba), pero ahora contribuía a su repatriación. Era justicia(39).

(39) Archivo inédito de Carril en el Archivo General de la Nación. Obra en el mismo repositorio la carta de agradecimiento que Carril dirigió a Avellaneda -22 de Septiembre de 1877- por su jubilación con sueldo íntegro como Presidente de la Corte. No obstante ser enormemente rico agradece “... la benévola piedad que ofrece al anciano septuagenario un báculo para que se apoye en su camino desde la Corte Suprema al lugar de su último reposo”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Moriría el 10 de Enero de 1883 casi nonagenario. Sarmiento, su coterráneo y enemigo, habló en el entierro y allí, sin que nadie se asombrara, reconoció, en otras de sus genialidades, que “a Carril debemos ser hoy argentinos” -dijo borrando la Carta de Yungay, la polémica con Alberdi, el Ministerio con Mitre, la misma batalla de Pavón-; “en 1852 tomó el camino que le indicaban su mayor experiencia y sus vistas de hombre de estado”(40).

(40) Domingo Faustino Sarmiento. “Obras...”, tomo XVII, p. 89. El discurso fúnebre figura como Nota a la áspera carta de Sarmiento contra Carril de 1856.
La piedad filial levantó un monumento al prócer en la Recoleta. El amor de sus comprovincianos les hizo erigir una estatua en una de las plazas de su ciudad natal. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Su muerte fue un duelo general; los diarios enlutaron sus páginas y la bandera nacional quedó muchos días a media asta.

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