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Derqui, Santiago

- La siesta intermitente

Era la suya la inmovilidad de los contemplativos. Su vida fue una larga siesta mientras el destino urdía a su alrededor el capítulo más intenso de la historia de la Confederación. Alguna vez representó el papel protagónico sin que se despabilaran sus ojos dormidos o turbara la calma extraordinaria de su carácter.

Santiago Derqui era orgánicamente incapaz de un esfuerzo cotidiano que fuera más allá de los deberes imprescindibles de convivencia. Durmió la mayor parte de su vida y no dejaba la cama ni en sus pocas horas de vigilia; pasaba el día acostado, leyendo novelas, sorbiendo mates o fumando cigarros paraguayos.

Cuando impostergables obligaciones lo obligaban a levantarse, caminaba despacioso, agobiado, entrecerrados los ojos como si extrañara la luz del sol. Si hubiera nacido en Oriente habría prescindido con facilidad de los débiles vínculos que lo ataban a la tierra, y alcanzado el Nirvana, el supremo paraíso donde no se sienten ambiciones, ni odios, ni deseos: su reputación habría sido la de un santo y tal vez hubiera logrado la veneración. Pero, nacido en Córdoba el 19 de Junio de 1809, la fama occidental de Santiago Derqui fue la injusta de holgazán.

A pesar de sus inclinaciones soñadoras, tuvo ambiciones de subir y a ellas consagró sus pocos esfuerzos. Era cordobés y no podía dejar de hacerlo. Pero actuó a impulsos intermitentes, a ráfagas de actividad lentamente maduradas en largos reposos; se lanzaba entonces al trabajo con vértigo febril, como si pagara con pocas horas una deuda de muchos años. Y, tranquilizada la conciencia, volvía a sus novelas, a sus mates, a su cama.

Fuera de estos raptos de exultación periódicos, Santiago Derqui rehuía los esfuerzos físicos o intelectuales que no llevaran a un inmediato fin político. En 1852 no ojeaba ni sus libros de Derecho; dormitaba (¡y de qué manera!) en los laureles de un lejano prestigio universitario.

- Los doctores del cuadernito

Había hecho en su juventud estudios brillantes y conseguido el grado doctoral a los 22 años. Poco después atendía, con prestigio efectivo, una cátedra en la Universidad de Córdoba.

Gobernaba entonces la provincia José Vicente Reinafé, apoyado en la energía de su hermano el coronel Francisco y, sobre todo, en el predominio santafesino de Estanislao López. La calma federal había sustituido a las turbulencias unitarias; el escamoteo de Paz en El Tío y la derrota de Lamadrid en Ciudadela, terminado aparentemente con la guerra civil.

El joven Derqui se puso la divisa encarnada e inició su vida política en el bando de los vencedores, con tanto entusiasmo que Ferré lo acusará, años después y excesivamente, de rosista(1).

(1) Pedro Ferré. “Memorias” (1921), p. 151, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No fue rosista; no era un misterio para nadie que los vencidos de 1832 rodearon con sincronización sospechosa a los vencedores y fueron los más entusiastas del sistema federativo y del Congreso Federal previsto por el Pacto de 1831. Algunos caudillos (López, Heredia, Latorre, Ibarra y, por un momento, Quiroga) se dejaron alucinar momentáneamente por esta prédica insistente.

Pero el desconfiado Rosas recelaba de los doctores del cuadernito que hablaban de la impostergable reunión de un Congreso -por supuesto integrado por ellos- y temía fundadamente que se alzasen con la autoridad suprema como en 1826 y costase sangre volver las cosas a su lugar.

Derqui, como todos los jóvenes de clase pudiente cordobesa, jugó a la carta de los Reinafé: es diputado al Congreso Provincial y en 1832 encargado del recurso de fuerza contra el obispo Lascano, en conflicto con el gobernador. Fallaría por el destierro del prelado, que huyó a La Rioja en busca del ala protectora de Quiroga.

De allí lo fulminaría con una terrible excomunión, que al parecer no le hizo mella, tal vez porque previsoramente había ingresado en la masonería junto con el gobernador José Vicente.

Así estaban las cosas cuando Quiroga cruzó la provincia para interceder en el conflicto entre Salta y Tucumán que, en violación al Pacto Federal, se movían mutua guerra. Llevaba una carta de Rosas que prevenía a los federales del Norte contra las intrigas unitarias, denunciando el verdadero objeto de la agitación por un Congreso Constituyente.

En Santiago del Estero supo que el gobernador de Salta y el coronel Aguilar habían sido asesinados por los unitarios y resolvió su regreso a Buenos Aires.

- La jugada trágica

El 16 de Febrero ocurre la jugada trágica de Barranca Yaco. Quiroga, en viaje de regreso, cae a pocas leguas de Córdoba ultimado por una partida esfumada en el misterio.

El Gobierno delegado de Córdoba (José Vicente se ha ido con licencia la noche anterior) ordena al capitán Santos Pérez, de las milicias de Tulumba, salir en persecución de los culpables. El capitán no encuentra a nadie y todo parece quedar en la nada.

Córdoba está de fiesta y Paz, preso en la Aduana de Santa Fe, advierte con extrañeza que la ciudad ha sido iluminada como en un regocijo. José Vicente, sin ocupar el Gobierno, escribe a su hermano Francisco que espera “el bostezo de los pueblos sobre el acontecimiento del finado general Quiroga, el que creo que quede en papeles”(2).

(2) Los documentos de este material han sido tomados de Ramón J. Cárcano. “Juan Facundo Quiroga” (1931); y Pedro de Paoli, “Facundo”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero en el resto de la Confederación y sobre todo en Buenos Aires, la eliminación de Quiroga repercute hondamente. Los federales la unen con la muerte de Latorre y Aguilar en Salta y la de Villafañe en la cordillera y ven el cumplimiento del plan unitario de “sangre y de escándalo” denunciado por Manuel Moreno dos años atrás.

La eliminación de Quiroga, la columna más fuerte del federalismo en el Interior, les parece el presagio de otra guerra unitaria; Rosas profetiza que “ahora la sangre argentina correrá en porciones” y solicita, o poco menos, el Gobierno que meses antes había rehuido. La Junta de Representantes se apresura a dárselo y el pueblo le ratifica, en unánime plebiscito, la suma del poder público.

Rosas toma en sus manos la aclaración del hecho. Santos Pérez, en el sumario instruido por el crimen, afirma que los matadores de Quiroga han venido de Santiago del Estero: Rosas pide aclaraciones a Ibarra y el santiagueño indignado trasmite, en Circular a todas las provincias, la voz popular en la frontera de que el autor del crimen es el mismo Santos Pérez.

Estanislao López protesta contra Ibarra, porque la acusación de un capitán de milicias es insinuación velada contra el Gobierno de Córdoba y los Reinafé, “atenta la comunicación de S. E. el señor gobernador de Santiago del Estero”, disponen un sumario contra Pérez; nada encuentran en su perjuicio, lo absuelven y en desagravio lo declaran benemérito.

Pero han perdido la cabeza: en este nuevo sumario, Pérez se desdice de su primera declaración y rectifica que los rastros de los matadores de Quiroga van “como para Santa Fe”. Rosas lo hace notar a Estanislao López y el santafesino se indigna contra los Reinafé por el “parapeto que han querido buscar en mí”.

Las cosas se ponen feas para el clan gobernante de Córdoba. Rosas descubre por denuncia del fraile Aldao, gobernador de Mendoza, un vasto plan revolucionario de los Reinafé, que dicen contar con Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, la Banda Oriental y, por supuesto, el partido unitario. Parece el plan denunciado por Moreno en 1833.

En Abril estallan algunas insurrecciones en el Interior, que fracasan. Rosas exige a López una absolución de posiciones categórica. ¿Está o no está con los conjurados? ¿Ha sido por su orden que los Reinafé mandaron matar a Quiroga?

El 23 de Junio, Rosas conmina a López que ha de anunciar públicamente “hallarnos usted y yo conformes en que los unitarios son los autores y los Reinafé los ejecutores de la muerte de Quiroga”.

López guarda silencio y el 29 Rosas hace la acusación en forma de ultimátum al Congreso Provincial de Córdoba: antes de los 30 días deberán entregar a los cuatro hermanos Reinafé, Santos Pérez y los integrantes de su partida “para ser juzgados por la autoridad que designen las provincias confederadas”.

Pasan los treinta días y, como nada hacen en Córdoba, Rosas cierra la frontera (31 de Julio) y obliga a todas las provincias, incluso Santa Fe, a tomar igual medida.

El Congreso de Córdoba, a pedido del propio gobernador, “da por terminado el mandato de José Reinafé” (7 de Agosto). Elige a Pedro Nolasco Rodríguez, de antecedentes unitarios, suegro de uno de los Reinafé y alto empleado de la Administración depuesta.

Acto seguido se disuelve y da paso a un nuevo Congreso presidido por Santiago Derqui, que hace saber a Buenos Aires que “Córdoba ha designado conjueces para juzgar a los Reinafé” y ordena con gran estrépito la captura de los presuntos culpables.

Pero Rosas llega a enterarse de que la partida encargada del coronel Francisco lo ha escoltado hasta Rosario, donde embarcó para la República Oriental; también que Guillermo, comandante de Tulumba y jefe inmediato de Santos Pérez, está refugiado en la sierra donde la policía no lo encuentra. José Antonio, el menor y menos significante, ha escapado inexplicablemente a Bolivia.

El único detenido es José Vicente (el gobernador), que se entrega “por no haber estado en el Gobierno cuando ocurrió el accidente al finado general Quiroga”. Santos Pérez, capturado un primer momento, ha escapado misteriosamente.

Rosas se queja de que el nuevo Congreso Provincial está “formado en su mayor parte por unitarios”; tampoco el gobernador Rodríguez le parece el hombre para el momento.

Pide que las cosas se lleven seriamente y manda a Córdoba un escuadrón de caballería a fin de traerse los presos. Rodríguez, en un intento último de salvar a sus parientes, entrega la instrucción de un tercer sumario al coronel Sixto Casanova, también unitario, a quien supone amigo de los Reinafé.

Pero Casanova es más amigo de la verdad, o quiere congraciarse con Rosas, y se niega a jugar a una carta perdida. Consigue hacerse de pruebas terminantes para condenar a Santos Pérez, y a Guillermo y Francisco Reinafé. Rodríguez, entonces, se apresura a renunciar, haciéndose dar precavidamente un voto de indemnidad por el Congreso.

Desde Montevideo, Francisco acusa a José Vicente y protesta su inocencia; a su vez, José Vicente, detenido en Córdoba, dice que lo de Quiroga son cosas de Francisco, en las que él se negó a participar.

Rosas, con la anuencia de López, ordena al Congreso Provincial que elija gobernador al coronel Manuel López (alias “Quebracho”), caudillo rural de Pampayasta y amigo de Estanislao López, sin serlo de los Reinafé; y Derqui, sin rechazar abiertamente el candidato, hace votar al Congreso una curiosa minuta, “difiriendo al voto de las provincias” la designación de gobernador.

El expediente no resulta y entonces hace elegir a Mariano Lozano, vecino de Buenos Aires y hombre de la amistad personal de Rosas. Se propone crear un conflicto entre Estanislao López y Rosas o congraciarse con el porteño haciéndose más rosista que él. Pero se necesitaba mayor habilidad para ganarle el juego a Rosas, quien denuncia a Estanislao López que la elección de Lozano es una “maniobra de los unitarios e intrigantes de Córdoba para crear celos y desconfianza entre nosotros dos y dividirnos”. Consigue la renuncia del electo e insiste perentoriamente con Manuel López.

Mientras tanto Casanova, entusiasmado por los elogios que su diligencia ha merecido de Rosas, se apodera del Gobierno “para garantizar a los federales”. Derqui protesta y, ante la imposibilidad de desalojarlo, intenta sugerirle un Ministerio.

Como Casanova se niega, hace que el Congreso lo despoje y por decreto lo asume él (8 de Noviembre). Pero se descuida: Casanova disuelve el Congreso y declara que “gobierna con la suma del poder público” (11 de Noviembre).

Sigue haciendo méritos; su policía encuentra el refugio de Guillermo en las sierras y José Antonio es sacado de Antofagasta por una partida tucumana que invade territorio boliviano. De nada sirve a Casanova; seis días después López “Quebracho” se instala como gobernador y apresura las cosas: Santos Pérez se entrega y confiesa el crimen, ejecutado por orden de Guillermo que le aseguró impunidad, por ser “una cosa convenida entre el coronel y los señores López y Rosas”.

Guillermo lo desmiente y José Vicente asegura que no conoce a Rosas ni de vista. Insiste en que son “cosas de Francisco”, pero confiesa que supo la trama del crimen y por eso se alejó del Gobierno. Con eso firma su sentencia de muerte.

La cárcel de Córdoba está llena de ex gobernadores presuntamente complicados. “Quebracho” los remite a Buenos Aires; allá van Derqui, Casanova, Roque Funes, los dos Rodríguez (Pedro Nolasco y Calixto), junto a los tres Reinafé habidos, Santos Pérez y los integrantes de la partida ejecutora. Los va a juzgar el mismo Rosas.

Derqui consigue salvarse -arañando- de complicidad en el crimen, pero calificado de “salvaje unitario” se debe alejar del país. Así termina la primera etapa de su penosa vida política.

- Corrientes

En la República Oriental se pliega, naturalmente, al partido de la civilización que lucha contra la barbarie. Tal vez puso mayor necesidad que entusiasmo al aceptar el cargo, ofrecido por Rivera, de secretario o escribiente del campamento de Durazno; sus faltriqueras están vacías y en Durazno rebosaban los francos provistos por el cónsul francés.

Asiste a los interminables preparativos del caudillo oriental, mientras el dinero francés va a parar a sus amigos. Tal vez Derqui fue el más desinteresado y se limitó a aceptar la comisión a Corrientes para concluir una alianza con Ferré.

Así, con plenipotencias de diplomático oriental, llegaría el calmoso cordobés a Corrientes. No volvió a la República Oriental. Le ganará la tierra guaraní con sus largas siestas y sosegada existencia.

Para vivir busca el calor del ala protectora de su comprovinciano Paz, no tan generosa, pero más segura que la de Rivera: será su secretario, Auditor de Guerra y finalmente ministro del efímero Gobierno de Entre Ríos.

También hizo de periodista en Corrientes y Entre Ríos. Fue mucho su valimiento mientras la estrella de Caá Guazú brilló firme en el Litoral; hasta aprovechó su cuarto de hora para birlarle románticamente la novia a Juan Madariaga, aventura que la poderosa familia correntina no habría de perdonarle jamás.

Arroyo Grande lo arrojaría a Brasil por un tiempo(3).

(3) José María Paz. “Memorias Póstumas”, tomo III, pp. 202 a 206. Ed. Cultura Popular. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En Abril de 1852 vuelve a la vida pública después de Caseros; Urquiza lo manda a Asunción para reconocer la independencia del Paraguay y esta plenipotencia -o el hecho de haber tomado Madariaga el partido de Buenos Aires- lo hizo separarse de su jefe y amigo Paz, ahora porteñista. Se quedó con Urquiza, que habría de premiarlo con la banca en el Congreso, vacante por renuncia de Barros Pazos.

Recogiendo el Acta tirada por un rector deseoso de conservar su puesto, iniciaría una tercera etapa política, que habría de llevarlo a la presidencia de la Confederación.

- Presidente de la República

Cuarenta y tres años tenía Derqui cuando llegó a Santa Fe. Zuviría habla de su fría languidez y lo describe lento y hasta inerte(4).

(4) José María Zuviría. “Los Constituyentes de 1853”(1889), p. 126. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No tomó parte en el debate de la Constitución por encontrarse en Corrientes; pero firmaría, autorizado por sus colegas, el Libro de Oro con el original caligrafiado. Más tarde sería presidente del Congreso. Habló poco en el recinto porque no era orador; “se expresaba con laconismo y su voz era desapacible” recuerda Quesada(5).

(5) Víctor Gálvez (Vicente Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 213. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

“Era perezoso -lo describe el mismo Quesada-, leía novelas y gustaba permanecer en cama hasta muy tarde y a veces días enteros ... cometía excesos durmiendo. Fumaba con exceso y tomaba mate de un modo incansable”. Mansilla recuerda que en Paraná no se levantaba ni para ir a la oficina presidencial; “recibía en la cama como Guillermo ‘el Taciturno’”; se hacía llevar el despacho, “firmándolo todo sin ver, echando apenas ojeadas furtivas sobre lo que no era de trámite...; leía novelas como Bismarck”(6). Saldías habla también de su “conocida afición para las novelas”(7).

(6) Lucio V. Mansilla. “Retratos y Recuerdos”, p. 82.
(7) Adolfo Saldías. “Historia de la Confederación Argentina” (1892), tomo III, p. 375, en nota. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Este formidable haragán hizo, sin embargo, una brillante y rápida carrera política culminada con el honor de la Presidencia y la gloria de unir Buenos Aires con el resto de la República.

Fue el primer Presidente de la Nación Argentina en el hecho y en el título, ya que promulgó la reforma de 1860 y gobernó de acuerdo a ella. El caso Derqui es menos explicable porque tampoco fue orador, don precioso que suple muchas deficiencias.

Pero era un hombre bueno, capaz de ser diligente si no se trataba de su propia persona. Hizo favores a muchos y llegó al sacrificio personal sin pedir nada en retribución. Urquiza, que lo apreciaba, lo llevó al Ministerio de Instrucción Pública primero; del Interior después, contraponiendo su influencia con la declinante de Del Carril.

Entre el círculo -cordobés en su mayoría- que rodeaba a Derqui y los alquilones porteños (y aporteñados) que seguían a Del Carril, se libraría la escaramuza palaciega exageradamente llamada contienda electoral de 1860.

Ambos temperamentos opuestos tenían necesariamente que rehuirse; el viejo ladino, aprovechado y activísimo, era la contrafigura de este niño grande indolente e ingenuo. Cuando llegó el momento de la elección, Urquiza falló en favor del ministro, receloso tal vez de la insatisfecha apetencia del vicepresidente.

Así llegó Derqui a la cumbre ante el asombro de todos y sorprendido más que nadie de su inesperada fortuna. Eran momentos delicados porque había de cumplirse el Pacto del 11 de Noviembre; y trató de exigirse en un intermitente esfuerzo, verdaderamente meritorio, de actividad y tino político.

Colocado entre Urquiza y Mitre (entre los federales de la Confederación y los liberales de Buenos Aires), estaba obligado con aquéllos, aunque simpatizaba con éstos, sus viejos camaradas de la causa unitaria. Las cosas de la política lo llevaban inexplicablemente a ceñirse la escarapela punzó, pero era orgánicamente unitario: en su gravedad magistral, en sus pocas y solemnes palabras, en su grado doctoral, en su constante ausencia de la realidad.

Buscó la unión de todos, pero la unión no era posible; treinta años de historia argentina le gritaban desde el Pacto de Cañuelas hasta el de San José de Flores. O triunfaban definitivamente los federales o los liberales se imponían para siempre. Derqui creyó en la unión y trató en vano de impedir una nueva guerra. Quiso ser leal con todos y fue para todos traidor.

Quiso justificar los federales ante los liberales y a aquéllos ante éstos y al final, liberales y federales, le echaron la culpa exclusiva. Nadie lo justificaría a él. Su serenidad fue tomada por frialdad; su equilibrio por reptación.

Fracasó. Pero ¿fue suya la culpa? Elegido por Urquiza, huésped en la provincia de éste ¿qué venía a ser realmente Derqui? Sin duda Presidente de la República, Jefe Supremo, Capitán General decía la Constitución de 1853. Mas sus ministros habían sido nombrados por Urquiza.

Gobernaba en Paraná pero, desde el Palacio San José llegaba el visto bueno ineludible a todo acto administrativo. Sin embargo quiso sentirse Presidente y fue el único en creer en su papel constitucional; pretendió obrar como si tuviera poder e influencia, pero ni los ministros lo tomaban en serio ni el Congreso hacía caso de sus indicaciones. Como vivía soñando, no se daba cuenta.

- Pavón

Las cartas entre Derqui, Urquiza y Mitre demuestran el divorcio entre los sueños y la realidad que perfilan el año y medio del angustioso Gobierno del primer Presidente de la República. Menudea las cartas para demorar un choque que no está en su poder evitar; y es contestado con cortesía, pero sin interés.

Derqui nada tiene que ver en la polémica que llevará a Pavón; el verdadero debate lo sostienen Mitre y Urquiza; Buenos Aires y San José. El iluso de Paraná interfiere en el diálogo con promesas que no alcanza a cumplir o decisiones que nadie acata. Promete a Mitre que formará un Gobierno exclusivamente con hombres del partido liberal; pero debe nombrar los ministros ordenados por Urquiza.

Se indigna por el fusilamiento de Aberastain y asegura a Mitre que no lo autorizará “y antes dejará el cargo”(8); pero autoriza el fusilamiento y se queda en el cargo. Afirma a Buenos Aires que el Congreso aprobará los diplomas de esta provincia, “no obstante la oposición de Urquiza”(9); pero el Congreso rechaza los diplomas. Dice muy seriamente que no habrá guerra. Hay guerra.

(8) 29 de Enero de 1861. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo VII, p. 76, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires.
(9) 27 de Febrero de 1861. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo VII, p. 78, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Lo curioso es que Derqui cargará con la culpa de esta guerra que no comprendió, que trató inútilmente de impedir. El inexorable Sarmiento ve “el aturdimiento de un estúpido abrumado por su propia obra”(10); Mitre llega a decirle: “Mejor es que alguno triunfe y que alguno mande, así no se puede vivir”(11). Urquiza lo llamará traidor(12).

(10) 2 de Febrero de 1861. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo VII, p. 76, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires.
(11) 19 de Abril de 1861. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo VII, p. 98, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires.
(12) Julio Victorica. “Urquiza y Mitre”, p. 240. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Rotas las hostilidades, Mitre le propone el apoyo de Buenos Aires para eliminar la influencia de Urquiza y de los federales; así, Buenos Aires no aparecería rebelándose contra el orden constitucional sino, por el contrario, sosteniéndolo contra un caudillo insurgente: le ofrece mantenerlo en la Presidencia con el mando efectivo del Ejército y el poder implícito al cargo -que hasta entonces no tuviera- y además “gloria imperecedera y las bendiciones de los pueblos”(13).

(13) 1 de Julio de 1861. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo VII, p. 103, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Es para Derqui la consolidación de su Gobierno y el triunfo de sus ideas liberales. Pero quiso quedar leal a Urquiza. A despecho del mismo Urquiza. Se jugó con éste y con los federales, a quienes íntimamente rechazaba. Puso a Urquiza al frente del Ejército y voluntariamente se quedó en segundo plano. Fue a Córdoba a apresurar el envío de las milicias provincianas.

En su ausencia, el vicepresidente Pedernera y el ministro González prepararon un curioso acuerdo de gabinete otorgando, a despecho de la flamante Constitución, la suma del poder a Urquiza con la facultad de hacer la guerra y la paz a su arbitrio. Acuerdo que no tuvo vigor, porque a Urquiza le pareció demasiado(14).

(14) Nicanor Molinas. “Apuntes” (1897), pp. 80 y siguits., Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Derqui nada sabía de este Acuerdo de su gabinete y su vicepresidente; lo enteró el ministro inglés más sabedor, por supuesto, de las cosas del Gobierno que el titular del Ejecutivo. Vuelve de Córdoba para la conferencia con Mitre y Urquiza a fin de evitar la guerra si era tiempo aún; iba tan dormido que olvidó en la galera una chapona con cartas de amigos cordobeses.

Dos de éstos, Mateo Luque y Eusebio Ocampo, le aconsejaban desprenderse de Urquiza contrarrestando su prestigio militar con el de Juan Saá. Por supuesto Urquiza se enteró de ellas antes que Derqui las echara de menos; no tenían mayor importancia, por cuanto no se desprendía el asentimiento de Derqui a ese plan pueril. Pero Urquiza lo creyó o simuló creerlo(15).

(15) Julio Victorica. “Urquiza y Mitre”, p. 241. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Llega el 17 de Septiembre de 1861. las tropas federales de Urquiza se adueñan del campo de Pavón, pero el general había resuelto perder la batalla y ordena a sus divisiones que se retiren como si hubieran sido derrotadas.

López Jordán cree en un error del General en Jefe. ¡Si nunca hubo triunfo más completo! El Ejército federal está victorioso en la derecha y en la izquierda, pero Urquiza sigue imperturbable su retirada; llega a Rosario y de allí se embarca a Diamante. Mitre es invitado gentilmente a que venga a hacerse cargo del campo de batalla; no se hace rogar y recoge los laureles de su primera y única victoria militar.

¿Qué pasó en Pavón? Todas las conjeturas son posibles: que Urquiza creyó en una traición de Derqui y se arregló con Mitre por un misterioso norteamericano que fue y volvió entre ambos campamentos; que tuvo el temor de correr la suerte de Rosas y perder su inmensa fortuna; que intervino la masonería y transigió el pleito a favor de Buenos Aires, sin que Urquiza pagara las costas (las pagaron sus amigos)...

Todo es posible, menos la explicación sincera de su Parte a Derqui del 20 de Septiembre, según el cual no pudo menos que retirarse del campo vencedor, “enfermo y disgustado al extremo por el encarnizado combate”. ¡El curtido veterano de tantas hecatombes con desmayos de niña clorótica!

Tal vez la explicación sincera esté en las entrelíneas de la postdata: “Excúseme de volver. Mi salud no me lo permite y otras consideraciones que aún son superiores para mí”(16).

(16) León Rebollo Paz. “Derqui, el Presidente Olvidado”, p. 115. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Derqui no entiende o no pudo hacer nada. Contesta el 24 con votos ingenuos por el “pronto restablecimiento” del sensitivo guerrero, para que “vuelva cuánto antes a ponerse al frente del Ejército”(17).

(17) León Rebollo Paz. “Derqui, el Presidente Olvidado”, p. 115. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Cuarenta días después de Pavón, espera todavía el restablecimiento; el 27 de Octubre lo invita a “reasumir el mando si su salud se lo permite”(18).

(18) Vicente Fidel López. “Historia de la República Argentina (su Origen, su Revolución y su Desarrollo Político hasta 1852)” (1883-1893), tomo VIII, p. 50, (diez tomos). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Entretanto, las divisiones porteñas han llegado a Rosario y van limpiando el terreno de todo hombre que esté en edad de combatir: ‘‘No ahorre sangre de gauchos -aconseja Sarmiento a Mitre- es lo único que tienen de humano”(19).

(19) “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo IX, p. 360, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Parecieran vueltos los años de Rauch y Estomba con su terror saludable, el solo y gran medio para imponer la minoría sobre la mayoría. Procedíase como en 1829, pero afortunadamente para el partido de las luces ni Mitre era Lavalle, ni Urquiza era Rosas. Así pudo cumplirse, en 1861, la unidad a palos, fracasada en 1829.

A principios de Noviembre, Derqui empieza a extrañarse por la inercia de Urquiza. Es entonces que el ministro Molinas, hombre de la confianza de Urquiza, le hace saber el incidente de la chapona. Derqui se niega a creer que Urquiza haya dado importancia a esas misivas y por ellas sacrificado la Confederación.

Escribe por última vez a Urquiza. Ante el silencio de éste, resuelve eliminarse; lo habría hecho antes de Pavón, si Urquiza se lo hubiera insinuado. En un último gesto de lealtad hacia el poderoso que le regaló la Presidencia, pide a Pedernera que siga la guerra; se puede ganar si Urquiza quiere, pues el Ejército federal está intacto.

El se irá a Montevideo y de allí mandará la renuncia al Congreso. El 5 de Noviembre se embarca en un buque inglés; el constante buque inglés de nuestra historia siempre dispuesto a llevarse a los vencidos.

- El chivo emisario

Pedernera se hace cargo de la Presidencia. Nada hace, pues Urquiza se ha arreglado con Buenos Aires; Del Carril (¡cuándo no!) ha sido el gestor; Entre Ríos haría un Pronunciamiento, otro 1 de Mayo, “reasumiendo su autonomía”; después delegaría en Mitre las facultades de Gobierno Nacional Provisional. En recompensa, Mitre dejaría a Urquiza en el Gobierno Provincial y el goce de su fortuna(20).

(20) “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo II, p. 360, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Para Urquiza -había dicho el ingenuo de Sarmiento- “o Southampton o la horca”. Ni uno ni la otra; quedará en su Palacio de San José, no perderá una sola de sus vacas y seguirá gobernando Entre Ríos como siempre, pero ahora sin la divisa punzó. El partido federal estaba eliminado y todos los argentinos deberían estar “del mismo color”. Pedernera declara “en receso” al Gobierno Nacional.

La Confederación había muerto, pero los federales vivían. Venancio Flores recibe la rendición del grueso del Ejército en Cañada de Gómez y cuidadosamente lo pasa a cuchillo; los federales mueren con el grito de ¡Viva Urquiza! en los labios y apretando en su pecho la roja cinta partidaria.

Todavía se oirá el ¡Viva Urquiza! entre los llaneros del “Chacho” y, algunos años más tarde, en los levantamientos de Varela y Saá. Que viva Urquiza aunque mueran los federales; y Urquiza vive.

(Ambrosio) Sandes, (Pablo) Irrazábal y (Venancio) Flores proceden conscientemente a limpiar de gauchos el país. Sarmiento los aplaude con desbordante emotividad: “Mate gente -dice a Sandes-; son animales bípedos de tan infame condición que no creo se gane nada con tratarlos mejor”(21).

(21) S. López. “Estudio de ‘La Vida del Chacho’ de José Hernández”, p. 55. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Hasta que no haya uno, ni se vea la roja cinta de la infamia, ni se oiga más el ¡Viva Urquiza! Este, mientras tanto, vota al presidente Mitre y luego recibirá al presidente Sarmiento en su magnífico Palacio de San José.

Sin comprender el misterio de Pavón, Derqui se había ido a Montevideo. Pudo haberse llegado a Buenos Aires a congratular a Mitre como lo hicieron Del Carril, Gutiérrez, Seguí, Huergo, Zavalía, Ferré, Gorostiaga, Godoy, Llerena, en fin, todos sus compañeros sobrevivientes del Congreso de Santa Fe.

Pudo hacerle llegar (Mitre al fin y al cabo le debía su ascenso a Brigadier) algún correveidile de confianza como lo hizo Urquiza. No quiso. Cargó con la responsabilidad de todos, él que jamás respondió de nada, ni siquiera de la seguridad de las cartas confiadas a su custodia.

Fue chivo emisario por su propia inercia. Los vencedores eran sus amigos y le hubiera sido fácil gestionar su benevolencia, o cantarles la palinodia; pero aceptó su destino con indolencia. Tal vez con satisfacción.

Del Carril, millonario y lleno de honores, era Senador Nacional, más tarde, ministro de la Corte; Gutiérrez llegaba a rector de la Universidad; Urquiza mantenía su palacio y su Gobierno; y Derqui quedó tirado en Montevideo en la miseria de un tugurio del puerto.

En 1864, Rufino de Elizalde oye decir que está “viviendo en una fonda, de limosna y ya son muchos los meses que no paga” y, condolido, le pide a Mitre que le mande algo. Aclara que Derqui no le ha pedido nada, ni siquiera lo ha visto, “pues no sale de su cuarto”(22).

(22) 27 de Junio de 1864. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo XXVII, p. 194, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No podía comprender que Derqui gozaba por fin -inesperada faceta de la ingratitud- la suprema felicidad de poder quedarse todo el día en cama sin que políticos marrulleros o postulantes cargosos vinieran a turbarle su bien ganado paraíso terrenal. Es de creer que el buen fondero, fiador de la pieza, completaba su gesto prestándole novelas, yerba y cigarros.

Amnistiado por Mitre, pudo volver ese año a su querida Corrientes. No quería nada ni buscó nada, pero la política le salió inexorablemente al paso. Corrientes fue ocupada por los paraguayos en 1865, y el mariscal López le pidió una colaboración, exclusivamente nominal, en la guerra “contra Brasil y Mitre”. No quiso hacerlo, pero pagaría más tarde con algunos meses de cárcel la posibilidad de haberlo hecho. Salió sin rencores, pero ya no dejaría su casa.

Un día -el 5 de Septiembre de 1867- se quedó dormido hasta muy tarde. No extrañó a los suyos pero, pasado un tiempo, advirtieron que había muerto. Estaba tan pobre, tan extraordinariamente pobre, que su cuerpo quedó algunos días insepulto porque la familia no tenía dinero para pagarle el entierro.

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