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Gorostiaga, José Benjamín

- La voz lacrimosa

A poco de Caseros, Sarmiento encuentra en la Residencia de Palermo a un “joven estimabilísimo, de aspecto manso y suave, su voz revela la ternura y la blandura del corazón”, que se le quejó, en la complicidad de la antesala, del uso obligatorio de la divisa punzó impuesta por Urquiza y, con voz lacrimosa, le preguntaba “si debía resistirla”.

Era José Benjamín Gorostiaga que en toda su vida no había usado otra cosa y hasta el día anterior a Caseros (Sarmiento no lo sabía) redactaba la “Gaceta Mercantil”, el diario oficial de Rosas.

Poco después, el afligido visitante, con divisa en la solapa y el sombrero, llegaba ante el vencedor y éste (sigue Sarmiento) “no tardó en aficionarse a ese joven tímido y benévolo. Yo tuve ocasión de apreciar la influencia que tienen en política estas voces lacrimosas y aquellas almas de caucho; el doctor Gorostiaga fue, sin saber cómo, uno de los instrumentos más dúctiles y maleables de Urquiza por su blandura de rama de mimbre, de que puede hacerse cestos o lo que uno quiera”(1).

(1) Domingo Faustino Sarmiento. “Campaña del Ejército Grande”, en “Obras Completas”, tomo XIV, p. 240. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Fue rápida, en verdad, la carrera política del ex periodista de Rosas. No obstante sus pocos años, Urquiza lo señalará como ministro de Hacienda a Vicente López; serviría de lazo de unión entre el caserón de Rosas de la calle San Francisco (donde había quedado instalado el Gobierno Provincial) y la Residencia de Rosas de Palermo, habitada por Urquiza.

Como Gorostiaga “tenía el arte de hablar a cada uno su lenguaje” atinó a mantener una doble armonía: con el cenáculo de viejos y nuevos federales de Palermo, y el núcleo de nuevos y viejos unitarios que empezaba a formarse alrededor de Valentín Alsina(2).

(2) Domingo Faustino Sarmiento. “Campaña del Ejército Grande”, en “Obras Completas”, tomo XIV, p. 247: “El joven Gorostiaga era el intermediario entre Urquiza y el nuevo Gobierno, y Urquiza empezó a aficionarse a este joven simpático, tímido, benévolo”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Gorostiaga había nacido en Santiago del Estero en 1822 pero, desde la niñez, residía en Buenos Aires. Aquí se educó en el Colegio de los Jesuitas donde fue un “alumno famoso”, dice Quesada. En 1844 recibía de la Universidad de Buenos Aires el grado de Doctor en Leyes, previo juramento de federal impuesto por Rosas(3); y a los tres años, terminada la práctica de jurisprudencia, obtenía el diploma de Abogado.

(3) Después de prestado el solemne juramento de sostener y defender en todo tiempo y circunstancias y por cuantos medios estén a su alcance la libertad e independencia de la Confederación bajo el régimen representativo, republicano, federal y único imperio de la ley” (Del diploma de Gorostiaga como Doctor en Derecho Civil de la Universidad de Buenos Aires, del 10 de Diciembre de 1844). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Con eficaz prestigio de seriedad y versación, el joven letrado buscó su porvenir en la profesión y la política; abrió su bufete al tiempo de amontonar méritos federales en la “Gaceta Mercantil”.

Después de Caseros dio la media vuelta de todos. Fue bien recibido por los federales de Palermo donde nadie, y menos Urquiza, preguntaba cosas que era mejor olvidar. Pero también los emigrados unitarios lo tuvieron por uno de los suyos, ya que sus parientes del numeroso clan norteño de los Frías (Félix Frías era su primo hermano) militaban en primera fila del campo celeste; y, tal vez, porque la “Gaceta” no publicaba la lista de sus redactores.

En Palermo frecuentó a Urquiza y a sus cotidianos visitantes; los había habituales desde los días de Rosas y otros que paseaban por primera vez a orillas del lago artificial sombreado de sauces. Conoció a los hombres que rodeaban a Urquiza, lo conoció a éste, y acabó por conocerse a sí mismo.

Como ministro dejó la impresión de su modestia laboriosa, sin provocar los celos o la envidia de nadie; como contertulio de Urquiza nunca fue más allá de la discreción y ninguno de los monopolizadores de la gracia soberana se sintió desplazado. Procedió con el acierto de no entusiasmarse en las alturas y la conciencia de pisar un tramo de la escalera.

Había visto caer a quienes brillaron espectacularmente un momento, como Vicente Fidel López, y aprendió a escarmentar en el ejemplo ajeno. Fue modesto en palabras y moderado en acciones. Comprendió, en fin, que el gran arte de tener talento está precisamente en saber disimularlo.

- El constituyente

Después del Acuerdo de San Nicolás, le fue preciso definirse. Quedó como urquicista, pero con tanto tino que los antiurquicistas lo disculparon por su poco carácter e imaginaron, como Sarmiento, que Gorostiaga había seguido al Libertador “sin saber cómo”.

Fue diputado al Congreso por Santiago del Estero, donde gobernaban los Taboada, parientes suyos. No se sintió ligado con ellos y quedó ajeno a las intrigas del situacionismo local y a las rivalidades de los Taboada con Celedonio Gutiérrez.

Era diputado por Urquiza y con Urquiza había llegado a Santa Fe a bordo del “Countess of Londsdale”; con los urquicistas formaría el “círculo” (Del Carril, Gutiérrez, Seguí, Zavalía, etc.) destinado a manejar al Congreso.

No fue popular en Santa Fe. No hizo tampoco mucho por serlo. Quesada reconoce la corrección de sus maneras, pero le atribuye un ‘‘carácter áspero y tal vez altivo”. Contrasta este juicio con la ternura y blandura que le encontrara Sarmiento en Palermo; pero Quesada era un empleado subalterno y Sarmiento una de las esperanzas de la política vencedora cuando ambos conocieron a Gorostiaga.

No iba a reuniones sociales que dejaba a la vanidad oratoria de Zuviría o al gusto de Gutiérrez o Zavalía por las tertulias de señoras. Pasó el tiempo en su cuarto de los altos de Merengo ocupado en corregir el proyecto de Alberdi y bosquejar el texto definitivo de la Constitución(4).

(4) Entre sus papeles -que se conservan en la Biblioteca Nacional- hay un proyecto de Constitución (lleva la mención: 1852, Nro. 14.079) y varios esbozos de discursos. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Era estudioso y retraído, tal vez algo tímido, pero los santafesinos atribuyeron a desprecio su ausencia constante de veladas y saraos, falta imperdonable en un mozo soltero, de su figuración y porvenir.

Lo hicieron víctima de anónimas y pesadas venganzas, como aquélla que cuenta Aldao de sahumarle una noche el pasamano de la escalera “y no con diamelas”. Poco le importaba esta malquerencia lugareña; sus vistas estaban en Buenos Aires.

- La Constitución

Paul Groussac en su peyorativo estudio sobre Alberdi dice que...

“... no ha sido escrita la historia del Congreso de Santa Fe, no mereciendo en modo alguno ese título la homilía gerundiana del secretario Zuviría, y por eso no ha sido puesta en realce la figura de Gorostiaga que desde el principio al fin domina la situación parlamentaria.
“Si fuera lícito admitir que tenga un autor la Constitución federal que rige la República, debería aparecer como tal Gorostiaga y no Alberdi”(5).

(5) Paul Groussac. “Las Bases de Alberdi y el Desarrollo Constitucional” en “Estudios de Historia Argentina”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

De los diputados que tomaron parte en el proyecto y debate de la Constitución, Gorostiaga ocupa el primer lugar. Fue el único en trabajar con constancia. Desde el día mismo en que se creó la Comisión de Negocios Constitucionales (24 de Diciembre) se puso a la tarea de enderezar el proyecto de Alberdi.

La labor de la Comisión puede reducirse en definitiva a su obra personal. Gutiérrez se limitó a enmendar frases y armonizar períodos, sin que sus correcciones fueran más allá de la sintaxis y estableciera el sentido de un derecho o aportara el criterio de una garantía.

Gorostiaga fue el miembro informante y el peso del debate en las diez históricas noches en que se discutió, recayó sobre él; Gutiérrrez se limitó a intercalar algunos retóricos discursos y dejó a su joven colega la explicación de los artículos controvertidos.

A la verdad que de los tres diputados que más se destacaron trabajando en el proyecto: Gutiérrez, a cuyo cargo estuvo la redacción; Gorostiaga, responsable de su unidad jurídica; y Campillo, que lo caligrafiaria en el Libro de Oro “dando forma final al trabajo común”(6), el mérito mayor debe otorgarse en justicia al santiagueño.

(6) Lucio Victorio Mansilla. “Retratos y Recuerdos” (1894), p. 97. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Eso no quiere decir que Gorostiaga hiciera la Constitución, mérito que nunca reclamó en su larga vida. Tampoco fue obra de Alberdi, aunque éste sí lo reclamara.

Ni el tucumano ausente ni el santiagueño presente dispusieron algo realmente original; fuera de la igualdad de extranjeros con nacionales y la proliferación de la ciudadanía -en que Alberdi vertió su gobernar es poblar- lo restante de su proyecto era una adaptación muy objetable de la Carta norteamericana.

La obra de Gorostiaga consistió en corregir los errores de la traducción por medio del original (made in Philadelphia) que tenía a mano y salvarlos en algo así como una fe de erratas incorporada al texto. Tal vez su mérito fue limitar algunas de las exageraciones de Alberdi sobre régimen de extranjeros.

- Argentinidad de la Constitución

En el siglo pasado (siglo XIX) a nadie se le ocurrió (fuera de Alberdi, celoso de su imaginaria gloria de Licurgo criollo) que la Constitución de 1853 fuera una obra original. Todo lo contrario; la calidad de importada se tenía como señal indudable de su perfección y no se detenía mucho en los parches y remodelaciones necesarios para adaptarla.

Algunos se quejaban del desteñido o encogimiento que el clima de América del Sur producía en los perfectísimos protocolos de los sabios de Filadelfia, y otros -como Carlos A. Aldao- creían a fines del siglo llegada la hora de completar el espíritu del ‘53, sustituyendo el deficiente texto de Santa Fe por una esmerada y correcta traducción de la Carta norteamericana.

Tuvo que empezar la corriente nacionalista, con sus primeras y liberales manifestaciones de principios de siglo (XX), para que se exagerasen las diferencias y, al buscarle un autor a la Constitución, dieran unos con Alberdi, otros con Gorostiaga.

A este último le hubiera consternado esa responsabilidad. En los debates del Congreso dijo claramente que el “proyecto está vaciado en el molde de los Estados Unidos”(7); Gutiérrez corroboró “que había sido tomada de Norteamérica, única federación digna de ser imitada”.

(7) En la Sesión del 20 de Abril y en la Minuta de Declaración del 3 de Mayo. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

 

Para que no hubiera duda alguna diría Gorostiaga años después desde su sitial de la Corte, que “el sistema que nos rige no es una creación nuestra; lo hemos encontrado en acción, probado por largos años de experiencia, y nos lo hemos apropiado”, al fundar el voto que adoptó la jurisprudencia norteamericana a los casos constitucionales argentinos(8).

(8) In re Lino de la Torre (Fallos de la Suprema Corte de Justicia Nacional, tomo XIX, p. 236. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Era un gran admirador de Estados Unidos por entonces (luego lo sería de Inglaterra). En 1853 había regalado su ejemplar del proyecto al ministro norteamericano Pendleton, que lo remitió a su Gobierno y hoy se encuentra en la Secretaría de Estado de Washington, donde “está mejor que en ninguna parte” dice, sin ironía, Clodomiro Zavalía(9).

(9) “La Nación”, Mayo 1 de 1943. La Nota del ministro Pendleton que acompaña el proyecto es significativa: “Esta Constitución es casi (almost) la nuestra”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Gorostiaga no podía ser el hacedor de una Constitución original, no por falta de conocimientos teóricos o condiciones intelectuales, sino porque tenía una incapacidad total para comprender y desde luego expresar las cosas argentinas.

No es un cargo, pues de idéntico mal padecieron sus contemporáneos. Vivió en admiración constante de las cosas extranjeras y al servicio inconsciente o no de los intereses foráneos. Ministro de Hacienda de la provincia en el ‘52, permitió la libre exportación de metálico (que Rosas había prohibido el ‘37), medida en beneficio del comercio de importación inglés que se llevó en poco tiempo el oro y la plata acumulados durante la tiranía.

En los debates de Santa Fe se expresaba con menosprecio por nuestro valer y argumentaba con “los poderosos barcos y cañones” de Inglaterra para imponernos el cumplimiento del Tratado de 1825, lo que motivó la réplica del viejo Díaz Colodrero: “¡A esas poderosas naciones, Rosas nos ha enseñado a perderles el miedo!”

Palabras justicieras en boca de un ex ministro de Berón de Astrada; debió de ser esa noche que Gorostiaga encontró “sahumado el pasamano de su escalera y no con diamelas”(10).

(10) “Errores de la Constitución Nacional”, p. 244. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Con el fuego y con el agua

Sería ministro del Interior en Paraná. Algo no aclarado bien le sucedió con Urquiza y debió volverse al poco tiempo (1855), silencioso y mohino. Será ahora hombre del Estado de Buenos Aires, desengañado de la Confederación.

En cartas particulares trasunta su rencor contra Urquiza y Derqui, sus compañeros de poco antes(11).

(11) “¿Qué quieres que te diga de nuestra situación política? Si es cierto que los Gobiernos hacen a los pueblos a su imagen y semejanza, ¿qué será de nosotros el día en que Urquiza y Derqui concluyan la obra en que están de asimilarnos completamente a ellos?” (Carta de Gorostiaga a Félix Frías del 13 de Marzo de 1861. Archivo inédito de Gorostiaga en la Biblioteca Nacional, Nro. 9.367). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En el ‘60 es convencional antiurquicista para votar las reformas propuestas por Buenos Aires a la misma Constitución que informara siete años atrás.

Después de Pavón, Mitre lo llevará a la Suprema Corte. Sarmiento, que en carta particular le achacaba “su pésima conducta política que sería en Ud. estar bien con el fuego y el agua y hablar a cado uno su lenguaje”(12), y en 1852 le había dicho tantas cosas fuertes, lo hace en 1868 su ministro de Hacienda.

(12) Archivo inédito de Gorostiaga en la Biblioteca Nacional, Nro. 14.011). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Tal vez había apreciado “la influencia que tienen en política esas voces lacrimosas y aquellas almas de caucho”(13).

(13) Domingo Faustino Sarmiento. “Obras Completas”, tomo XIV, p. 247 (ya citado). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Está unos años con Sarmiento, pero después vuelve a la Corte; en el 74 es presidente de ésta, cargo que desempeña con corrección y sabiduría dedicado a leer y aplicar los tomos de la jurisprudencia norteamericana.

Había aprendido inglés como condición indispensable para ocupar el alto sitial, lo cual le facilitaría la dirección de compañías extranjeras concesionarias de servicios públicos, que desempeñara al tiempo que la presidencia de la Corte(14).

(14) En 1880 era miembro del Directorio de la compañía inglesa “Telegráfica del Río de la Plata”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En 1887, (Miguel) Juárez Celman lo jubila por una ley especial con una justiciera mención encomiástica.

En sus últimos años se fue inclinando hacia el catolicismo por influencia de su primo y cuñado Félix Frías. Pero escondía prudentemente su fe para no chocar tal vez con la euforia laica del Gobierno; hay una carta de 1886, de monseñor Aneiros, donde lo incita a comulgar “en público”(15).

(15) Archivo inédito de Gorostiaga en la Biblioteca Nacional, Nro. 13.957). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Debió haber cumplido porque ese año el bullicioso grupo católico: Estrada, Goyena, Achával Rodríguez, lleva su nombre como candidato a la presidencia de la República en oposición al liberal de Juárez Celman. Este breve episodio, acallado con una prudente renuncia, sería la culminación política del antiguo informante de la libertad de cultos.

Tuvo, como pocos, el arte de “armonizar el fuego con el agua” como le dijo Sarmiento. Estuvo con todos los Gobiernos, de Rosas a Pellegrini. Hizo fortuna como comprador de tierras que se valorizaban solas y accionista de compañías concesionarias de servicios públicos.

Lo mismo que su compañero en Santa Fe y Paraná, y colega de la Corte, Salvador María del Carril, “moriría millonario y convertido al catolicismo”. Lo enterraron el 4 de Octubre de 1891, entre alabanzas discretas de los diarios y protocolares discursos del ministro de Justicia y Presidente de la Suprema Corte.

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