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Zavalía, Salustiano

- Preocupaciones de un constituyente

En una de sus causeries, el general Mansilla se detiene en el recuerdo de una boca y unas manos que lo impresionaron en su adolescencia: “boca fina de labios carmíneos, boca dulce, amorosa, picaresca, manos pulcras y atrayentes; manos que hacían pensar en el dicho de Teófilo Gauthier: ce que j’adore le plus entre toutes les choses du monde c’est une belle main. Si tu voyais la sienne!” (“lo que más me gusta de todas las cosas en el mundo es una hermosa mano. ¡Si has visto la suya!”).

Desconcierta el viejo experto en belleza femenina, pues agrega que esa boca amorosa y picaresca está “limpia de bigote por coquetería varonil”, esas manos atrayentes y pulcras “no estarían mejor cuidadas que si fueran de mujer” y todos esos encantos, además de una “tez delicada de terso cutis” y “un andar acompasado” que lo turbaban, pertenecían al cincuentón constituyente por Tucumán, doctor don Salustiano Zavalía(1).

(1) Lucio V. Mansilla. “Retratos y Recuerdos” (1894), pp. 127, 130 y 131, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Quesada comparte, con algo más de juicio, la admiración de Mansilla por la bella presencia del representante tucumano: “Suave, casi petimetre, bien peinado siempre -narra las preocupaciones del ilustre hombre público- tenía tan extrema atención en todo que nunca atravesó la plaza sin impedir que el sol tostara sus mejillas blancas y sonrosadas...; era coqueto..., se perfumaba y gustaba mostrar en público su pañuelo blanco y oloroso”(2).

(2) Víctor Gálvez (Vicente Quesada). “Memorias de un Viejo” (1942), p. 224. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Sarmiento, que tratará a Zavalía de más de 60 años como senador por Tucumán, lo llama “El Caballero de la Relamida Figura”(3); el discreto Zuviría, secretario del Congreso, no puede ocultar que “alguna afectación llegaba a sombrear sus maneras”(4).

(3) Domingo Faustino Sarmiento. “Obras Completas”, tomo L, p. 198.
(4) José María Zuviría. “Los Constituyentes de 1853”, p. 69. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero detengámonos aquí. Salustiano Zavalía fue “un cumplido caballero en toda la extensión de la palabra”, aclara felizmente Mansilla. Su afición a realzar los atractivos que pródigamente le había dado la naturaleza, era una consecuencia inocente de su temperamento artístico.

Cuidaba su persona con la misma meticulosidad que ponía en elegir la frase precisa y el tono de voz apropiado en sus discursos; “tenía la dicción acicalada como el traje” anota Quesada; se escuchaba al hablar y se observaba en el ademán largamente estudiado.

Era la suya un alma sensible en desarmonía con la época y el medio. Un buen artista, un excelente músico, a quien los azares de la política empujaron al austero recinto del Congreso, pero no tenía en realidad verdadera vocación política.

Pasó por la vida tocando la guitarra, preocupado de la corrección de su peinado y el almidón de las camisas de plancha, más que de la felicidad constitucional de la República.

Hizo política llevado por las circunstancias, pero no ambicionaba el mando ni la gloria administrativa; figura de penumbra en el recinto del Congreso, encontraba en cambio su ambiente junto al aljibe de los Zavalía, cuando la dueña de casa ponía entre sus manos la guitarra tradicional y el coro de niñas se apretaba alrededor del constituyente para no perder una nota de su boca picaresca y amorosa(5).

(5) Salustiano Zavalía también tuvo (como Juan María Gutiérrez y Luciano Torrent sus compañeros en el Congreso) un romance en Santa Fe. Casó, en segundas nupcias, con Julia López, niña de la sociedad santafesina. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Nacido en Tucumán, el 9 de Junio de 1810, hizo sus primeros estudios en las escuelas conventuales de Catamarca, para terminar a los 19 años en Córdoba como Doctor en Derecho. De inteligencia curiosa y atractivas maneras, integrará con Marco Avellaneda y Brígido Silva el grupo de leones tucumanos, que reflejaban la inspiración de su paisano Alberdi y los mayos porteños de 1838.

Como toda la generación romántica, los jóvenes tucumanos parecían de acuerdo con los Gobiernos federales y colaboraron entusiasmados en la dictadura mansa de Alejandro Heredia. El “indio” Heredia, como tantos caudillos federales -el desconfiado Rosas entre las excepciones- creía en 1835 que los unitarios habían comprendido, después de la dura lección de la Ciudadela, la inutilidad de querer imponerse a un pueblo que tan elocuentemente los rechazaba.

Suponía advenidos los tiempos de fraternidad y conciliación previstos por el Pacto de 1831 para reunir el Congreso Federativo, y en esa creencia el “indio”, ingenuamente conciliador, olvidaba o perdonaba las calaveradas unitarias de los jóvenes de familia.

Invitados a colaborar con su Gobierno, ingresaron en las filas federales. Heredia atribuyó a su prédica constante y a su bonhomía hacia ellos, que los jóvenes “decentes” acabaran por comprender la realidad americana y cargaran la insignia punzó en el sombrero y la solapa. Los hizo sus diputados en la Junta, les dio ministerios, becas, todo lo que pidieron; tenía debilidad por los castellanos.

Al fin y al cabo su matrimonio con una Fernández Cornejo, de Salta, si no fueran suficientes sus méritos de General de la independencia y Doctor en Teología por Córdoba, le permitían disimular su color subido y condición de caudillo de la chusma federal.

Los mayos recibieron su estímulo preferente y generosa amistad: Zavalía y Avellaneda fueron diputados en la Junta, y Alberdi pudo hacer el dandy en Buenos Aires gracias a una inacabable beca que pesó por años en el Presupuesto de la provincia su despreocupación feliz de estudiante crónico(6).

(6) Los compañeros de Alberdi recibieron el grado entre los 20 y 22 años, lo habitual entonces. Alberdi llegó a los 28 (en que se expatrió) sin terminar sus estudios, lo cual le permitió cobrar por años la asignación de la beca. Alguna vez, ante la paternal queja de Heredia, dio un examen en Córdoba, previa recomendación del caudillo federal a los examinadores (A. Martínez Paz. “Notas y Documentos para la Bibliografía de Alberdi”, en “Revista de la Universidad Nacional de Córdoba”, Marzo 1916, p. 113). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Fue Salustiano Zavalía, como presidente de la Junta tucumana y en uso de facultades extraordinarias, quien redactó la famosa ley del 20 de Abril de 1836, premiando:

“Los eminentes servicios rendidos a la causa nacional de la Federación por el brigadier, Gobernador y Capitán General de la provincia de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas”(7) con el título de “Restaurador de las Leyes” a nombre de Tucumán. 

(7) Reproducida en “Rasgos Biográficos de la Vida Política de Rosas” (1838), pp. 108/109. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No obstante, Rosas llamó la atención a Heredia por estas amistades. Escribía a Heredia que esa “numerosa perrada unitaria” lo “halagaba para después sacrificarlo”.

“Mientras se mezclen unitarios enmascarados con caras de hombres de bien y de patricios honrados en las relaciones de los federales entre sí, jamás podrán guardar éstos buena armonía”(8).

(8) Rosas a Ibarra, de Abril 13, 1839. Reproducida por Julio Irazusta. “Vida Política de Juan Manuel de Rosas”, tomo II, p 296, (ocho tomos). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El “indio” suponía excesivos los recelos del Restaurador. A su juicio, la guerra con Bolivia y el conflicto con Francia habían consolidado definitivamente la unión sagrada de los argentinos.

Pero, consternado, se enteró un día que sus protegidos simpatizaban con Santa Cruz y Leblanc y estaban en correspondencia con Montevideo. Supo que se jactaban de manejarlo a él, a Tucumán y al bloqueo de provincias norteñas -donde era decisiva su influencia- como cosas que giraran a su antojo validos de la influencia en su persona.

Les hizo saber enérgicamente, como caudillo federal del Norte y General en Jefe del Ejército de Operaciones, que hacían mal en tomar su benevolencia por debilidad de ánimo u olvido de sus deberes, y declaró la solidaridad de las tres provincias del Norte (Tucumán, Salta y Jujuy) con la de Buenos Aires, así como el inquebrantable apoyo de su Ejército al Jefe de la Confederación.

Desde ese momento quedó dispuesta la eliminación del “tirano”:

“En una tarde de Noviembre
por una boscosa senda,
en su galera viajaba
el gobernador Heredia.
No lleva escolta a su lado,
que en su vanidad ingenua,
cree que lo escolta su fama
de héroe de la Independencia.
Doctorcitos unitarios
lo mandaron a matar,
mal hicieron los doctores
y caro lo pagarán.
Cabezas de esos doctores
de las picas colgarán.
No era malo el indio Heredia
que sabía perdonar.
Que lo diga si no Alberdi
que lo diga Marcos Paz
y hasta el mismo Avellaneda
lo podría atestiguar”(9).

(9) Romance popular (recogido por Juan Alfonso Carrizo. “Cancionero de Tucumán”). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Es el 12 de Noviembre de 1838. La Junta de Representantes convocada inmediatamente por Avellaneda, hará gobernador al respetable e innocuo don Bernabé Piedrabuena. Avellaneda, demasiado comprometido en la muerte de Heredia, se va por un tiempo prudente a Catamarca(10); por su indicación, Zavalía ocupa el Ministerio de Gobierno.

(10) Cubas a Ibarra (Enero 16, 1839) : “Es verdad que él (Marco Avellaneda) llegó en esos días (Noviembre de 1838) a Catamarca, antes de mi marcha, y según me decía no tenía otro objeto que el salvar de los compromisos en que estaba expuesto en Tucumán en aquellos días terribles de convulsión”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

“Han buscado -comenta Rosas a Ibarra a propósito de Piedrabuena- vecinos que serán muy buenos padres de familia, y honrados, pero que no tienen ninguna versación en el manejo de negocios públicos, ni conocen los juegos ni maniobras de la intriga política, y que serán conducidos como ciegos por donde los quieran llevar los perros de oreja que los llevan”(11).

(11) Rosas a Ibarra, de Abril 13, 1839. Reproducida por Julio Irazusta. “Vida Política de Juan Manuel de Rosas”, tomo II, p 296, (ocho tomos). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Con este crimen se abre el período trágico de la historia tucumana llamado Coalición del Norte.

- La Coalición del Norte

Los gobernadores que respondían a la influencia de Heredia fueron desplazados de inmediato; a los cuatro días de la muerte de Alejandro, su hermano Felipe -gobernador de Salta- es depuesto y sustituido por el respetable don Manuel Solá, primo del igualmente respetable Bernabé Piedrabuena y controlado por los mayos locales Pío Tedín y Benigno López.

Pablo Alemán, gobernador de Jujuy, debe ceder el cargo a Mariano Saravia que, por negarse más tarde a integrar la Coalición del Norte, sería sustituido en definitiva por el joven Roque Alvarado, corresponsal de Avellaneda.

Alberdi redactaba “El Nacional” de Montevideo desde Noviembre de 1838. Había saludado con evitable alborozo la “eliminación del abominable tirano, Alejandro Heredia” y quedó constituido en vínculo de unión entre los mayos norteños y el almirante francés, dueño virtual de Montevideo. El 28 de Febrero de 1839 escribe a Brígido Silva, Salustiano Zavalía y Marco Avellaneda para anunciarles:

“... el inmenso papel que el gran drama de la revolución americana ha colocado en nuestras manos... La Francia está dispuesta, el Estado Oriental está dispuesto. Yo lo prometo, yo lo juro...
“Ustedes no necesitan más por ahora (que quitar las Relaciones Exteriores a Rosas); todo será hecho acá. Aquí hay de todo: plata, hombres, cañones, buques ... ¿Por qué temen..?
“Ustedes propongan lo que gusten, pidan lo que quieran en la inteligencia que saldrán en todo contentos. Estoy facultado cuanto es posible estarlo, para hablar así...
“Háganos chasques hasta aquí o hasta Buenos Aires, que aquí serán pagados como quieran”(12).

(12) Juan Bautista Alberdi. “Escritos Póstumos”, tomo XIII, p. 336. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Ante llamado tan expresivamente patriótico, los mayos resuelven que Tucumán es el “sepulcro de los tiranos”; ya habían empezado con Heredia. La causa de la libertad mostraba sus promisorias esperanzas desde Monteviedo donde había “de todo: plata, hombres, cañones, buques”.

Pero se hacía necesario andar con cautela para no echarlo todo a perder. Zavalía disimula y se pone a escribir cartas para convencer de su celo federal. Pero Rosas no es precisamente un ingenuo:

“Ese don Salustiano Zavalía -escribe a Ibarra- no sólo reputado por unitario, sino que manifiesta ser un hombre escaso, con mucha presunción y ninguna moralidad, delicadeza y honor, cualidades que han distinguido siempre a los unitarios”(13).

(13) Rosas a Ibarra, de Abril 13, 1839. Reproducida por Julio Irazusta. “Vida Política de Juan Manuel de Rosas”, tomo II, p 296, (ocho tomos). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Mientras llegaba la plata que Alberdi prometía desde Montevideo o se pagaban los misteriosos chasques “hasta aquí o hasta Buenos Aires”, Zavalía se pone a vender, sin que el gobernador lo sepa, los efectos de la Comisaría y Ejército del Norte que eran bienes nacionales facilitados por Rosas para la guerra contra Bolivia.

Marco Avellaneda, vuelto de Catamarca, los compra para revenderlos en su tienda; negocio que acaba por producirle un grave rozamiento con Zavalía:

“Se me acusa de haber influido para que se vendan los efectos de la Comisaría y del Ejército” -escribe Avellaneda a Pío Tedín, el 7 de Junio de 1839-.
“¡Mienten..! Esta venta se ha hecho por Zavalía y sin noticia ni consentimiento de Piedrabuena. Yo no he sabido nada de ello sino cuando leí los carteles en que se incitaba a hacer postura.
“Hice la mía como uno de tantos; fue la mejor y se aprobó por ese mismo Zavalía, que tan sumiso y leal le ha sido siempre”(14).

(14) Marco Avellaneda a Pío Tedín, Junio 7, 1839 (reproducida, entre otros, por el Instituto Juan Manuel Rosas de Investigaciones Históricas. “La Coalición del Norte y Marco Avellaneda, llamado el Mártir de Metán” (1941), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

A Rosas le hizo poca gracia que en Tucumán se dispusiera de pertenencias militares de la Confederación sin estar concluida la guerra con Bolivia y en pleno conflicto con Francia y con Rivera. Lo manda a (Gregorio Aráoz de) Lamadrid -que en Buenos Aires se atiborraba de brindis federales- para que, de acuerdo a su inveterada costumbre se apoderase del Gobierno, sacándolo de manos tan sospechosas.

Lamadrid fue al Norte tan indignado que en el viaje dio salida a su agresividad con inspiradas vidalitas:

“¡Perros unitarios!
Nada han respetado,
a inmundos franceses,
ellos se han aliado”.

Sin perjuicio de volver a sus viejos amores con los “perros unitarios” apenas llegado a Tucumán, y aprovechar la fuerza dada por Rosas para pronunciar la provincia contra Rosas. En lo más álgido de la lucha con Francia (7 de Abril de 1840), mientras la Escuadra invasora ocupa el río Paraná, y Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental están bajo control de los franceses; Tucumán, Salta y Jujuy, y luego el federal Brizuela de La Rioja y el no menos federal Cubas de Catamarca, forman la Coalición del Norte que hace pública su simpatía por la causa de los franceses. Ibarra, invitado por Solá, no quiso plegarse:

“Bien podía usted tener la opinión que quisiese -le escribe a Solá (Mayo 26, 1840)- pero esto no lo autorizaba a llamar a los extranjeros a profanar el suelo de la patria.
“Porque, desengáñese usted, ése es el verdadero motivo de su pronunciamiento... Todos estamos dispuestos a perecer antes que suscribir a la degradación de nuestra patria. No diga usted que sostenemos al gobernador de Buenos Aires ni a ningún otro, porque sostenemos únicamente la independencia nacional y la santa causa de la Federación.
“Si estamos unidos al general Rosas es porque él está defendiendo con firme valentía lo mismo que nosotros”(15).

(15) Ibarra a Manuel Solá, Mayo 26 de 1840. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El derrumbe

Las plateadas ilusiones de Alberdi no llegaron a cumplirse. Los franceses, hartos de la apetencia de Rivera y de la Comisión Argentina, y cansados de una guerra que costaba millones y no parecía terminarse nunca, acabaron por mandar al almirante Mackau a hacer la paz.

A Tucumán no llegó ni la plata, ni los hombres, ni los buques, ni los cañones. Lo único que llegó fue el heroico, pero diezmado y famélico Ejército de Lavalle, vencido hasta la extenuación en Córdoba, La Rioja y Catamarca. Y tras él los férreos y disciplinados escuadrones de Oribe que no daban cuartel ni tenían misericordia.

“Vendrá de lejos Lavalle,
para más lejos morir,
y otra vez los tucumanos
se irán tras de Lamadrid,
tendrá el héroe otra derrota
y otra nueva cicatriz”(16).

(16) Romance popular (recogido por Juan Alfonso Carrizo. “Cancionero de Tucumán”). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La Coalición del Norte se diluyó como nube de verano. Brizuela, que había trocado sus laureles de teniente de Facundo por el título nominal de Director Militar de la Coalición, se hace matar en Sañogasta después de haber perdido la hacienda y la honra en la aventura.

Piedrabuena y Solá se retiran de unos Gobiernos que los quemaban; nadie quiere aceptar el mando y Avellaneda se encuentra obligado a montar el potro de Tucumán por delegación de Lamadrid, que ha ido a pelear a Cuyo.

Miguel Otero, a quien mucho debía San Martín por la campaña del Perú y ayudó a Sucre en las horas de Ayacucho, fue designado gobernador de Salta. Era unitario, pero...

“en ningún verdadero patriota -escribía muchos años después (1872)- podía caber hesitación para elegir entre los federales, que sostenían la independencia rechazando al enemigo, y los unitarios que se aliaban a éste contra su patria.
“Me confesaron (los diputados de la Junta de Representantes de Salta) que no podían obtener mayoría para ninguno de sus candidatos, y que sólo presentándome yo la elección sería general...
“Les hablé con formalidad y con mi natural franqueza, manifestándoles que la pasión los cegaba, que no veían el rol que estaban jugando, que fuera de la República Argentina todo el mundo reprobaba la guerra que hacían al defensor de la Nación, calificando de traidores a los que se habían unido a los franceses, y que no podía entrar a representar este papel.
“Me dijeron que conocían el error que habían cometido en declarar la guerra al Encargado de las Relaciones Exteriores, que estaban deseosos y resueltos a concluirla de cualquier modo y que yo, por mi larga ausencia de la provincia de 26 años, era el llamado a iniciar proposiciones de paz...
“Bajo ese concepto me presenté a admitir el Gobierno para salvar la patria y a ellos mismos y sus bienes... Fue un error muy grande; no había patriotismo, no había buena fe”(17).

(17) Miguel Otero. “Memorias” (1946), pp. 166/168, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La causa de la libertad ya no está gananciosa y Salustiano Zavalía se apuró a irse al Perú antes de saber el resultado decisivo. ¿Para qué esperar la definición de Famaillá?

Cuando Marco Avellaneda era juzgado y sentenciado en Metán por la parte que le cupo en la muerte de Heredia, y Lavalle sucumbía misteriosamente en una casa de Jujuy, ya Zavalía se había refugiado en Lima y vivía tranquilo y despreocupado en la aristocrática Ciudad de los Reyes.

- El insumergible

No pasó mucho tiempo en Lima, no obstante el atractivo de su culta sociedad. Cuando el recuerdo de la Coalición del Norte se borró de la memoria de Rosas, pidió pasaporte para volver a Tucumán encabezado con el “mueran los salvajes unitarios” de rigor.

El gobernador federal, Celedonio Gutiérrez, y el ministro Gondra -emparentado con él- le devuelven los bienes de su mujer embargados en 1840 y Zavalía puede consagrarse dulcemente al cultivo de la caña de azúcar. En 1849 es uno de los más fuertes industriales del azúcar, ramo considerablemente desarrollado bajo el Gobierno tranquilo y progresista del “peludo” Gutiérrez, y la protección de la ley de aduana de Rosas de 1835.

En su fundo le llega la noticia de Caseros. Empezaban tiempos nuevos para exhumar sus méritos juveniles en la heroica lucha contra la tiranía. Como pronta providencia será diputado provincial de Gutiérrez, acomodado al nuevo orden.

Más tarde, cuando el delegado Espinosa aprovecha la ausencia del “peludo” en San Nicolás para birlarle la gobernación, Zavalía corre a ponerse a sus gratas órdenes.

Espinosa pensó que el elegante amigo de Alberdi era el indicado para congraciarlo con Urquiza y lo despacha a San Nicolás con ese objeto. Zavalía se porta admirablemente; no hace mucho por la estabilidad de Espinosa (Gutiérrez volverá al Gobierno), pero consigue la imperativa recomendación de Urquiza para una banca constituyente.

Es un nombramiento acertadísimo. Fuera de Rosas, que lo tuvo por “escaso”, todo el mundo creía en su talento:

“No hay más que dos cabezas con capacidad en Tucumán para concebir una idea y formar un raciocinio: el Padre Pérez y Zavalía”(18), había escrito Marco Avellaneda en 1839 cuando aún era su amigo.

(18) Marco Avellaneda a Pío Tedín, Febrero 5, 1839. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Y el Padre dominico Manuel Pérez y el doctor Salustiano Zavalía fueron precisamente los constituyentes por Tucumán en el Congreso de Santa Fe.

Poca fue su intervención en los históricos debates, aunque su desempeño no sería de los peores. En realidad no había nacido para las inquietudes políticas y el azar lo llevaba y traía sin que los sinsabores alteraran lo correcto de su atuendo, el perfume de su cabellera y de su pañuelo o la suave melodía de sus endechas musicales.

Después de Santa Fe ... seguiría mansamente -como insumergible corcho- las encontradas corrientes de la época, orientándose infaliblemente hacia donde hubiera plata, hombres, cañones, buques. Sería urquicista con Urquiza, senador del partido federal en la Confederación, ministro en Paraná y gobernador en Tucumán en 1861 al producirse la guerra entre la Confederación y Buenos Aires.

Con prudencia renunciará indeclinablemente cuando las cosas se ponen bravas y queda a la espera del resultado de Pavón. Gana Buenos Aires y Zavalía será mitrista con Mitre y senador en Buenos Aires por el triunfante partido liberal.

En 1868 pierde, inesperadamente, la brújula. Ha jugado a la candidatura oficial de Elizalde e imprevistamente gana Sarmiento. Debe hacer entonces el opositor en el Senado, con tanto disgusto, que se morirá de pesar a los 63 años.

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