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Leiva, Manuel

- El “doctor

Coronda, polvorienta aldea que dormita hace siglos, lo vio nacer en 1794, vástago de la ilustre estirpe de don Antonio de Leiva, uno de los siete jefes de la sublevación de 1580. En ese pueblo lleno del tedio de las cosas viejas sin historia y que conserva la gravedad de los tiempos españoles, se deslizó la niñez sin alegrías del doctor don Manuel Leiva.

Serio hasta el aburrimiento, siempre vestido de negro, rasurado el rostro, grave la expresión, solemne el ademán, monótona la voz, Manuel Leiva habría sido en tiempos normales un irremplazable notario de aldea, prudente en las consultas, minucioso para redactar protocolos, reservado con los secretos de familia y trascendental en la lectura de los formulismos profesionales.

Pero nacido en tiempos de revolución, y con marcada inclinación a las intrigas a media voz, aspiró a un destino político y fue ministro de provincia. Ministro en Entre Ríos, en Corrientes o en Santa Fe; indistintamente de Zapata, Ferré, Estanislao López, Domingo Crespo o Urquiza.

Ministro de provincia en sus años juveniles, lleno de ambición y entusiasmos liberales; ministro de provincia a los 70, inclinado por la experiencia y los desengaños a una prudente posición conservadora.

Dejó el comercio y el ejercicio de la abogacía por la política, pero la política no le trajo nada más que ministerios de provincia. Nunca llegaría a gobernador; nunca tampoco a ministro nacional.

El doctor Leiva no tenía su título por Córdoba o Charcas. No hizo otros estudios que los primarios; era doctor porque tenía presencia, atuendo y letra de hombre de leyes. Su carrera forense empezó como dependiente en la tienda de Pedro Aldao en Santa Fe que, como todo comercio provinciano, despachaba indistintamente mostacillas, contratos o medicamentos.

La seriedad y modos graves de Leiva y su caligrafía de mayúsculas bien dibujadas lo especializaron en la redacción de escritos ante los alcaldes legos del Cabildo; algunos viajes a Córdoba para comprar mercaderías favorecieron estas disposiciones: los aires de la docta y las conversaciones en las cercanías de los claustros completaron su educación jurídica.

Emancipado de la tienda de Aldao, establecería su propio negocio donde confeccionó defensas y vendió paños con igual diligencia. Hacia 1818 la tienda del “doctor” Leiva era el estudio de abogado más prestigioso del foro santafesino(1).

(1) Federico Padilla. “Manuel Leiva (Pregonero de la Organización Nacional)” (1946), pp. 20 y sgtes., Santa Fe. Alguien ha escrito que Leiva cursó estudios secundarios en el Colegio San Carlos de Buenos Aires y en el Montserrat de Córdoba. Como lo demuestra Palma, no hay constancia en ninguno de ambos establecimientos. El P. Grenón S. J. informó en 1941 “que no ha visto nada del señor Leiva ni en los papeles del Colegio ni en la Universidad (de Córdoba)”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Político

Debatíase en el Santa Fe de 1818 un grave conflicto entre el gobernador Mariano Vera y los señores del Cabildo; aquél se apoyaba en el sabalaje de las orillas, y los regidores pertenecían a familias que -desde la fundación- desempeñaban el Gobierno de la comuna. Era la lucha entre el elemento popular y el aristocrático, entre la Revolución y la Colonia, como ocurriría luego en todas las provincias, pero que Artigas había precipitado en el Litoral.

Como los regidores no podían despojar a Vera, llamaron en su auxilio al Comandante de Fronteras, Estanislao López, que intervino con sus blandengues. López no era hombre de trabajar para otros; desalojó a Vera, pero se quedó con el Gobierno. Los oligarcas hicieron mal negocio con la revolución militar, porque el nuevo gobernador logró un prestigio mayor que el de Vera: era del pueblo y reveló grandes condiciones de caudillo.

Nadie sino López mandaría en Santa Fe a partir de 1818, y así lo estableció en la Constitución de 1819: “El primer deber del pueblo es elegir a su Caudillo”, que una vez elegido gobernaría con la totalidad de los poderes(2). El Cabildo tuvo que reducirse a distribuir la Justicia vecinal o recontar los propios y arbitrios comunales.

(2) Estatuto Provisorio de Santa Fe del 26 de Agosto de 1819. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Leiva es, en 1821, Alguacil Mayor del Cabildo, que equivalía a Jefe de Policía; en 1823, presidente de la Junta de Representantes. Pero no olvida su origen hidalgo y añora los tiempos sin caudillos ni sabalaje.

En 1824, junto a otros jóvenes, conspira para devolver el poder a la clase decente; cuentan o creen contar con el apoyo de Buenos Aires; y descuentan ingenuamente el pronunciamiento unánime de la provincia “harta de tiranos”.

¡Hacerle una revolución a López! Seguramente no turbaban el sueño del caudillo las andanzas de los jóvenes de familia. Estaba enterado de sus propósitos y cuando llegó el momento le bastó con asegurarlos en la Aduana. Como ninguno -y menos Leiva- era peligroso, se limitó a exiliarlos en Entre Ríos, previa una amonestación verbal.

- Diplomático

En Paraná reabriría su tienda de exhortos y alegatos y se agencia un empleo para vivir; en 1826 es secretario del Congreso del Continente Entrerriano, eufónico nombre de la Legislatura local. Pero vuelve a reincidir en las conspiraciones: es ministro en 1827 del fugaz Gobierno revolucionario de Zapata, que dura exactamente veinte días. Fue el primero y el más breve de sus Ministerios provinciales.

Vencido Zapata, debe escapar y vuelve a Santa Fe. López no es rencoroso y no solamente lo admite, sino recomienda como secretario de la Convención Nacional de 1828. Niega su extradición pedida por los enterrianos; desde entonces Leiva lo servirá con lealtad, porque era agradecido.

En adelante López aprovechará las buenas condiciones del doctor. Terminada la Convención, lo emplea como pieza importante de su ajedrez político que colocará indistintamente en Santa Fe, Entre Ríos o Corrientes para reforzar su hábil juego de influencias en el Litoral.

Ministro unas veces, diputado otras, sirviendo en las tres provincias al mismo tiempo y poderoso señor, Leiva llegó a reunir un caudal importante de experiencia política que lo hizo el técnico indiscutible del derecho diplomático interprovincial.

Hombre de papeles y de protocolos, meticuloso y cumplidor, no habría pacto, ni acuerdo del Litoral sin que -de alguna manera- por esta provincia o por aquélla, no estuviera presente el insustituible doctor. Su gravedad, formulismo y reserva lo hacían indispensable para conducir los “negocios exteriores” en esas quisquillosas soberanías de campanario.

- Momentos peligrosos

Su provinciano recelo a Buenos Aires, su lealtad a López o sus esperanzas de desempeñar un papel preponderante en la política nacional, lo llevarán otra vez a las movedizas arenas de las conspiraciones.

En 1832, vencida la revolución unitaria, se esperaba la reunión del Congreso General Federativo prometido por el Pacto de 1831. Tres influencias poderosas se mueven al frente de los federales: López, Quiroga y Rosas.

Leiva, miembro de la Comisión Representativa creada por el Pacto, trabaja para hacer de la Comisión y del futuro Congreso un baluarte de resistencia a Buenos Aires. Desgraciadamente, una imprudente carta a los catamarqueños, donde intriga contra los porteños, cae en manos de Quiroga(3); el “Tigre de los Llanos” que buscaba sinceramente la unión nacional o quería apartar a Rosas de López, armará una tremolina impresionante contra Leiva y el diputado por Córdoba, Marín, que había escrito en el mismo sentido.

(3) Decía Leiva a Tadeo Acuña: “Buenos Aires es quien únicamente resistirá a la formación del Congreso porque perderá el manejo de nuestro Tesoro y se cortará el comercio de extranjería que es el que más le produce...
“Nosotros debemos trabajar en sentido contrario al de Buenos Aires. Interponga su influencia para que venga el diputado por esa provincia y cuya misión sea contribuir a los objetos indicados”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La más suave de sus advertencias era que una “simple esquela (suya) podría hacerle amanecer ahorcado”.

Fue la hora más difícil en la carrera de Leiva, sacrificado por López a la armonía con Quiroga y Rosas. Pero Ferré, el gobernador de Corrientes, que no se amedrentaba ni perdía ocasión de polemizar, lo apoyará con su vigor acostumbrado(4).

(4) Ferré hizo publicar una larga Exposición de Leiva explicando los términos de su carta, a la que añadió como epílogo un “Memorándum del Gobierno de Corrientes a los Pueblos de la República” (Corrientes, Octubre 29 de 1832). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Del episodio sacó Leiva, a la par que una gratitud perdurable hacia Ferré, la conciencia de que Rosas no lo olvidaría. En lo que no se equivocaba.

Se disolvió la Comisión Representativa, “semillero de intrigas” como aprovecha Rosas para calificarla, y Leiva es recogido otra vez por López “para vigilarlo y hacerlo bueno”, explica el caudillo a Rosas su actitud(5).

(5) Rosas a Ibarra en carta citada por Antonio Abraham Zinny en su “Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas”, tomo IV, p. 164. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La muerte de aquél en 1838 arrojará a sus amigos por caminos opuestos: Echagüe, con Entre Ríos, se va con Rosas; el ministro Cullen -heredero de Santa Fe- ya había jugado la carta de la intervención francesa. Santiago del Estero, que completaba la zona de influencia lopista (Córdoba se había perdido después de Barranca Yaco) quedaba a la espera de que aclarara.

Leiva no dudó en su antiporteñismo; su lealtad a Cullen y la conciencia del perdurable rencor de Rosas lo llevaron al bando de la intervención extranjera, sin pensar tal vez que allí se jugaba algo más grave que el derrocamiento de su enemigo o el predominio de Buenos Aires.

Su patriotismo no es cuestionable, pero parecía consistir exclusivamente (a lo menos en 1838) en una firme adhesión a las pequeñas comunidades litorales a las que servía.

Este plenipotenciario de Salas Capitulares, que llamaba Patria -con mayúscula- a la provincia donde estaba empleado, llegó a creer con sinceridad que entre Francia y Buenos Aires era preferible la alianza con el extranjero lejano y desconocido que con el próximo y odiado.

- Misión a Corrientes

En esa política fue a Corrientes. Motivaba la misión la frase incidental de una Nota del gobernador Berón a Cullen:

“El Gobierno de Corrientes se lamenta de los males de la Confederación y tiene el remedio para esos males”. Cullen, que desesperaba por su comprometida posición, creyó leer la promesa de una ayuda contra Rosas.

En parte era así; el remedio de los males propuesto por los correntinos era efectivamente una ayuda contra Rosas, pero dialéctica y amistosa. Berón y su ministro Díaz Colodrero querían convencer a Rosas con memoriales de haber llegado el momento de reunir el Congreso Federativo del Pacto.

Inútilmente argüyó Leiva que la famosa cláusula Quinta del Pacto condicionaba la reunión del Congreso a la “tranquilidad y libertad” de la Confederación y no eran esos momentos, con el bloqueo y la amenaza de una intervención armada, los mejores para convencer a Rosas de que se estaba en libertad y tranquilidad.

El ministro Colodrero (Berón no era hombre de letras y no asistía a las conferencias) acabó por darle la razón en esto y en otras cosas, pero se negó en absoluto a aliarse con Santa Fe en una guerra contra Rosas. Nada se habló de una posible Alianza con Rivera y los franceses, pues el comisionado no encontró propicio el terreno.

Leiva informó a Cullen de su fracaso. Pero el prudente diplomático tenía la fatalidad constante de perder su correspondencia más comprometedora. La misiva cayó en manos de Rosas y obró como prueba cierta de la traición de Cullen y las decididas opiniones adversas de Leiva.

Pero, inesperadamente, produjo otro resultado: Berón y Colodrero -no obstante su inocencia- se creyeron comprometidos con Rosas y se lanzaron a una guerra defensiva innecesaria.

Hubo voces que los indujeron: algunos (como los partidarios de Ferré y Atienza) para hacerles perder el Gobierno; otros, como los de Olazábal y demás unitarios emigrados, para tratar de pescar en una “cruzada por la libertad”; y, finalmente Leiva, por enemistad a Rosas, amistad a Ferré, o innato amor de la intriga.

El desenlace era previsible: dos mil caídos en Pago Largo, Berón muerto en la retirada, Díaz Colodrero alzado en los montes de Santa Lucía y Ferré en el Gobierno por unos pocos días.

El ganancioso en definitiva fue Manuel Olazábal que se quedó con varios miles de francos mandados por los franceses.

- Ministro de Ferré

Manuel Leiva, refugiado en la casa de Ferré, no fue molestado por los vencedores; todavía la guerra no era implacable como lo sería después. En casa de Ferré le llegó la noticia del fusilamiento de Cullen, “extranjero traidor a la tierra que lo acogió”, ocurrido en el Arroyo del Medio, el 22 de Junio de 1839.

También la nueva de la proximidad de Lavalle con su Ejército “libertador” en 1840.

Ferré sería gobernador nuevamente al acercarse Lavalle e hizo a su huésped Ministro General. Cumpliría con laboriosidad y conciencia el difícil cargo; no era fácil ser ministro de Ferré, pero nadie se llevó mejor con el testarudo calafate que Leiva, tal vez la única persona del mundo con la cual Ferré no se atrevía a discutir.

La sedante y monótona voz de Leiva, la considerable dimensión de sus tiradas oratorias y, sobre todo, su habilidad para escaparse de compromisos, imposibilitaban toda polémica por agotamiento del adversario.

Apegado a los formulismos y extenso en sus escritos y discursos, Leiva era un ministro laborioso y leal. Los dos años del turbulento y último Gobierno de Ferré permaneció inalterablemente a su lado: lo ayudó a remontar el “Ejército Libertador” de Lavalle y más tarde los escueleros del “Ejército de Reserva” de Paz, hasta 1842, en que el desengaño de Arroyo Grande lo arrojaría otra vez a la emigración, ahora en Brasil y la República Oriental.

- Consejero de Urquiza

Esperó resignado en la República Oriental que la memoria de Rosas fuera debilitándose y cuando lo consideró oportuno se acogió, junto con Ferré, a la amnistía del Restaurador.

Este les impuso una sola condición: no residir en sus provincias natales. Se fueron a Entre Ríos: Ferré a La Paz, donde instaló su carpintería de ribera; mientras Leiva, por recomendación del general Galán ante Urquiza, lograba un subalterno cargo en la Receptoría de Rentas de Concepción del Uruguay. Más tarde sería Juez de primera instancia en Paraná.

Parecía resignado al nuevo orden. Anteponía a sus cartas las iniciales V. L. C. A. - M. L. S. U. (Viva la Confederación Argentina - Mueran los Salvajes Unitarios) y, al parecer, no quería mezclarse más en aventuras políticas.

El 22 de Marzo de 1851 Urquiza lo mandó llamar desde el Palacio San José para que confeccionase el documento “pronunciándose contra Rosas” pedido desde Montevideo; pero Leiva no se apura a ir; aún el 9 de Abril contesta al gobernador desde Paraná “que ha suspendido el viaje hasta principios de la semana entrante”(6).

(6) Ambas cartas de Leiva a Urquiza (del 9 de Abril y 25 de Abril de 1851), en Archivo Urquiza, en el Archivo General de la Nación. Citado en José María Rosa. “La Caída de Rosas”, pp. 404 y 408. // Referenciado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Sin la pluma mesurada de Leiva, Urquiza debe valerse de la adjetivante de Nicanor Molinas para redactar la Circular del 3 de Abril, primera y secreta forma del “Pronunciamiento” (que solamente llegó a Montevideo, Río de Janeiro y Corrientes, en forma reservada).

Al insistir los brasileños en un pronunciamiento “claro, positivo o público” con la misión de Antonio Cuyás del 7 de Abril, Urquiza volvió a llamar a Leiva (que sigue en Paraná) para comisionarlo a Montevideo ante el ministro brasileño Silva Pontes y arreglar el Tratado de Alianza de la provincia argentina con el Imperio enemigo.

Pero el doctor no quiere ir; el 25 de Abril -ya Urquiza debió prescindir de Leiva y valerse del mismo Cuyás- contesta al General que “suspendió” su viaje “por la enfermedad de Angelita”(7). Curioso motivo en tan históricas circunstancias.

(7) Ambas cartas de Leiva a Urquiza (del 9 de Abril y 25 de Abril de 1851), en Archivo Urquiza, en el Archivo General de la Nación. Citado en José María Rosa. “La Caída de Rosas”, pp. 404 y 408. // Referenciado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Llegó Caseros, y ahora como pieza fuerte del tablero urquicista irá a Santa Fe a ejercer una vez más su profesión de Ministro provincial. Poco después está en Palermo redactando los Protocolos de Abril que darán a Urquiza el manejo de las Relaciones Exteriores. En San Nicolás interviene en la preparación del Acuerdo que refrendarán los gobernadores. Es la cumbre de su carrera.

- Constituyente

¿Por qué, después de San Nicolás, la figura de Leiva se esfuma en la penumbra? No era hombre para indicar rumbos y en 1852 no se podía seguir por el trillado camino de los Acuerdos interprovinciales.

Volverá a su Ministerio de Santa Fe a la espera de la reunión del Congreso Constituyente; fue el único diputado que tuvo representación doble, porque lo designó su provincia natal y la lejana Catamarca donde conservaba amigos desde los tiempos de la Comisión Representativa.

Renunció la banca catamarqueña en favor de Ferré, su viejo amigo, que no había conseguido la representación de su Corrientes natal.

Espíritu serio, el más serio del Congreso, Leiva formó en el grupo de ancianos (Zuviría, Ferré, Colodrero y los Padres Pérez y Centeno) que la joven impetuosidad de Lavaisse llamaba “montoneros” por oponerse a la Constitución. Esa postura le hizo perder, en favor de Seguí, las inclinaciones preferentes de Urquiza.

Como orador no lo destacaba ninguna cualidad. Hablaba como escribía, de manera igualmente cansadora; era meticuloso en la exposición y tenía el arte de no infundirle interés:

“Su palabra monótona, igual, eterna, abrumadora -dice José María Zuviría- si como arma de obstrucción podía ser formidable, como instrumento de convicción era deplorable”(8), y en este solo sentido la empleaba, ingenua y lealmente. Nadie escuchaba sus larguísimos discursos, sin pausas ni tonos, en los que una misma idea volvía y se repetía como una obsesión.

(8) José María Zuviría. “Los Constituyentes de 1853”, p. 155. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Cuando los debates se prolongaban más allá de las doce de la noche, los oficiales de Sala tenían que vigilar la doble impresión que la sedante voz de Leiva y los cómodos sillones de damasco punzó producían a los eternamente somnolientos diputados por Jujuy, Manuel Padilla y José de la Quintana.

Una noche -el 25 de Abril de 1853- se durmió hasta el secretario y olvidó tomar nota en actas de la aprobación de tres artículos(9).

(9) Son los artículos 11, 12 y 13. El Acta del 23 de Abril concluye con la aprobación del artículo 10. La del día siguiente -24- empieza con el debate del 14. No hay constancia alguna de la aprobación de esos tres artículos.
No son las únicas disposiciones constitucionales omitidas en las Actas; tampoco figuran ni debatidos ni aprobados los artículos 63 y 83, inciso 7; del 64, inciso 10 consta el debate, pero no figura su aprobación o rechazo.
Es ésta una de las más graves irregularidades de la Constitución de 1853.
// Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Urquicista leal, aunque postergado por los nuevos favoritos, Leiva se ató a la suerte del Libertador con la fidelidad que antes tuviera con López y con Ferré(10).

(10) Leiva votó contra la Constitución y expresó su opinión terminantemente:
“Las discusiones han sido fuertes -escribe a Angel Elías el 30 de Abril, el mismo día de terminarse el debate- pero hablándole con toda franqueza la mayoría del Congreso se presentaba como una gavilla, que ha irritado a esta población de un modo sensible, porque con esto no se gana...
“Ud. sabe cuánto deseo la organización del país, cuánto he trabajado en ese sentido y cuántas esperanzas debí concebir en San Nicolás; pues bien, hablando a Ud. y asegurándole como caballero, le declaro hoy que estoy en la convicción de que la Constitución va a tener el triste resultado de la de 1826. ¡Ojalá me equivoque!
“Pero no es esta opinión sola mía, sino de varios diputados y sujetos de este pueblo.
“Creemos que en el proyecto de Constitución no se consulta nuestra actualidad física, moral ni política, ni nuestras necesidades, ni nuestras tendencias; tampoco consulta nuestro pasado.
“Todo lo violenta y esto no es lo que hemos venido a hacer. El proyecto es lindo pero irrealizable”. (J. A. González Calderón. “El general Urquiza y la Organización Nacional”. Transcribo esta carta cuyo original corre en el Archivo de la Nación, Sección Urquiza; también lo hace Federico Palma en su mencionado libro. “Manuel Leiva (Pregonero de la Organización Nacional)” (1946), p. 145, Santa Fe. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Siempre fue agradecido y no olvidaba favores; sería diputado y más tarde senador urquicista en el Congreso de Paraná. Quesada lo conoció allí y lo retrata “laborioso y con toda conciencia de su valer por su larga vida pública. Era un excelente ciudadano aferrado a sus ideas, muy localista, muy santafesino”(11).

(11) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 263. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Fiel hasta más allá del fracaso, cuando muchos después de Pavón abandonaron a Urquiza, Leiva quedó a su lado. En recompensa lo hizo su ministro en Entre Ríos en 1862; era el destino invariable de Manuel Leiva.

No fue ministro mucho tiempo. En 1864, el nuevo gobernador, José Domínguez, se quejó a Urquiza porque la tarea se hacía insoportablemente pesada junto a Leiva. Tuvo que volver a Santa Fe para abrir (¡a los setenta años!) su tienda de abogado. La edad había gastado sus facultades y su letra era trabajosa y difícil. No acudieron clientes.

Estaba muy pobre y gestionó del Gobierno santafesino un puesto para poder vivir. Su antiguo colega del Congreso, Juan del Campillo, era ministro del gobernador Oroño y lo nombró Receptor de diligencias judiciales, que equivalía a Oficial de Justicia; con la levita raída y la galera de pelo sin lustre, anduvo por las calles de Santa Fe diligenciando oficios y mandamientos.

Solamente algunos contemporáneos se detenían a echar un párrafo sobre los tiempos de don Estanislao o los años de Congreso. En la provincia, que iba agringándose, no interesaba otra cosa que el precio del maíz o el alza del trigo.

En 1868 pidió a Urquiza un empleo más cómodo; pero éste no contestó: ya no le era útil Manuel Leiva. En 1869, Simón Iriondo, ministro de Cabal, no quiso que con sus setenta y cinco años corriera las calles de Santa Fe: lo ascendió modestamente a Fiscal para que al menos tuviera una silla y una mesa.

El foro santafesino se quejó sin piedad por el retardo de sus dictámenes y el ministro le sugirió que gestionara el retiro mediante una pequeña pensión graciable. Como la Legislatura se opuso -“la provincia no es un asilo de inválidos”- debió seguir en el cargo trabajosamente, sin pulso y casi sin vista.

En 1872 Iriondo, ya gobernador, logró vencer la resistencia legislativa -“la provincia tiene deudas de gratitud”- y el ex constituyente pudo retirarse a descansar por primera vez en su vida.

Tenía ochenta años y fue a pasar sus últimos días a Paraná. Allá moriría el 28 de Agosto de 1879 en una modesta casita de la calle Industrias. Algunos parientes lo acompañaron al cementerio local: “Si no murió olvidado, poco faltó para ello”, dice el historiador santafesino Ramón Lassaga(12).

(12) Ramón Lassaga. “Tradiciones Santafesinas”, p. 52. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El periódico de Paraná dio la noticia del tránsito del “estimado vecino”; el de Santa Fe mencionó que había sido “socio del Club del Orden y que era nativo de esta provincia, donde tiene parientes y relaciones”. Nada más sabían de Manuel Leiva.

Ni el Gobierno Nacional, ni los de Santa Fe, Entre Ríos o Corrientes se acordaron de asociarse al duelo.

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