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Seguí, Juan Francisco

- Gratitud

No era muy firme la castidad de este joven seminarista, maestro de Primeras Letras del Colegio Clarmont de Buenos Aires; había tomado por vocación religiosa la crisis mística producida por la soledad y los ayunos de los años escolares. Sentía encendérsele la sangre y no podía resistir la tentación del pecado.

En noches de desfallecimiento, “arrollándose la sotana, cruzaba el famoso callejón de Ibáñez, camino de San Isidro, lugar de interioridades y exterioridades amorosas”(1), a fin de satisfacer en secreto las urgencias de su carne débil. Una noche fusilaría los hábitos, cansado de la lucha estéril(2).

(1) Lucio Victorio Mansilla. “Retratos y Recuerdos”, pp. 104 y siguientes.
(2) Quesada dice equivocadamente de Seguí: “Había sido clérigo y dejó los hábitos” (“Memorias de un Viejo”, p. 221). En el mismo error incurre Pelliza: “Había recibido Ordenes sacerdotales, pero su espíritu inquieto y su carne indómita lo arrastraban fuera de las austeridades monacales y ahorcó los hábitos” (“La Organización Nacional”, p. 63). Seguí no llegó a ordenarse sacerdote.
// Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Corría el año 1846, y Juan Francisco Seguí “se echó por los trigales de la vida alegre”, dice Mansilla. No eran fáciles esos tiempos que castigaron con la muerte la pasión sacrílega de Camila y la apostasía romántica del cura Gutiérrez, para que el ex seminarista pudiera abrirse camino en la sociedad porteña.

Desde luego tuvo que dejar las clases del Colegio Clarmont que hasta entonces habían provisto, mezquina pero seguramente, su subsistencia cotidiana. Debió buscarse otra manera de vivir.

Recitó en el Teatro de la Victoria y publicó en los diarios oficiales elocuentes odas y sonetos con acrósticos de clásica erudición en homenaje a Rosas:

“En Maratón, Termópilas, Platea,
Leuctra y la famosa Mantinea”(3),

(3) La función del Teatro de la Victoria se dio el 25 de Mayo de 1846 en plena intervención anglo-francesa. Seguí recitó su Oda a continuación de un drama de circunstancias, “El fénix de la amistad” o “Terribles efectos de una intervención extranjera” (R. H. Castagnino. “El Teatro durante la Epoca de Rosas” (1945), p. 410, Buenos Aires). Los versos citados los transcribe Lucio Victorio Mansilla (“Retratos y Recuerdos”, p. 89). // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En ninguna parte había lucido un héroe como Rosas. Agobió el álbum de Manuelita con dificultosas rimas:

“Hermosa guirnalda corone esa frente
do el astro del día vertió su fulgor.
Tu cándido pecho respire el ambiente
que exhala en la aurora purísima flor”(4).

(4) J. A. Solari. “Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza en 1851)” (1951), p. 128, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No dejó de inspirarse ante ningún miembro de la familia del gobernante(5).

(5) Lucio Victorio Mansilla, en “Retratos y Recuerdos”, menciona un libro de poesías titulado “La Bolcamelia” que Seguí habría dedicado a su madre Agustina Rosas de Mansilla. Pero los recuerdos del ameno excursionista a los ranqueles no son muy claros; en sus “Memorias” posteriores atribuye “La Bolcamelia” al ingeniero Carlos E. Pellegrini. En realidad este libro (cuyo título correcto es “La Volkamelia”) fue escrito por Rivera Indarte en los tiempos en que era federal y mazorquero. Seguí se limitó a componer sonetos y acrósticos para el álbum de doña Agustinita. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Algo anduvo tirando con todo eso: consiguió terminar sus estudios de Derecho Canónico e iniciar el curso de Derecho Civil. Cuando los acrósticos producían poco, escribía a don Juan Manuel para implorarle

“... la magnanimidad del hombre ilustre...; vengo a implorar la benéfica protección de V. E. en favor de un joven..., ese joven soy yo, Excmo. Señor, cuyo nombre, aunque oscuro, ha tenido el honor de suscribir algunas lineas en defensa y loor de la gloriosa causa con que V. E. ha dignificado su heroica Administración y asegurado el porvenir luminoso de la República...
“Yo me arrojo en los paternales brazos de V. E. y muy fundadamente espero una mirada generosa de su parte en favor de mis circunstancias...
“Dos años bastarán para que yo pueda recoger el fruto de mis afanes literarios, entonces bendeciré como hombre la generosidad de V. E. después de haber admirado como ciudadano el brillo siempre puro de su radiante gloria” (30 de Junio de 1849)(6).

(6) “El Archivo Americano” (Nro. 21, p. 162) publicó esta carta a poco del Pronunciamiento. Seguí en “La Regeneración” de Entre Ríos aclaró:
“Los elogios que he dedicado a Rosas se explican por táctica, intrigantes manejos y órdenes opresivas con que se procede en Buenos Aires.
“La carta que Rosas publica, lejos de ser un documento contra mí, es una prueba de su estupidez y de su odio a la inteligencia. Supongamos que esa carta hubiera sido sinceramente escrita y no con la intención de probarle, con el resultado, que lejos de proteger a la juventud estudiosa la hostiliza y siente no poder degollarla en la misma cuna.
“Supongamos -digo- que efectivamente hubiera yo buscado su protección para concluir mi carrera; el objeto era santo y los medios loables, porque me encontraba en aptitud de prestar servicios al país sin mancharme con hechos indignos como otros ciudadanos que, aunque pocos, viven en Buenos Aires, detestan a Rosas y observan buena conducta.
“En prueba de que mis intenciones eran loables, aún en la hipótesis de esperar algo de Rosas, pude presentir el hecho de haber sido solicitado por el Jefe de la primera Oficina de su Administración y halagado con un destino lucrativo en ella, que rehusé aceptar por no asociarme a su desconceptuada opinión entre la gente decente de Buenos Aires.
“Por lo demás, las frases laudatorias que han aparecido con mi firma, pertenecen a Rosas como causa y a los mazorqueros como instrumentos; no me era posible resistir a tantos bandidos juntos”.
Juan Antonio Solari en su libro mencionado transcribe la balbuceante excusa y olvida la carta a Rosas que la motiva. Disculpa a Seguí “porque debe tenerse en cuenta el medio en que actuaba y sus pocos años”, y se pregunta: ¿Podía acaso sospechar el mozo poco más que veinteañero derivaciones políticas para su pluma llamada en breve a redactar importantes documentos de la historia del país, en la que llegó a ejercer funciones de singular responsabilidad? Inquieto y expansivo, sus sentimientos eran los de todo joven y estaba, por cierto, lejos de todo cálculo”. (“Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza en 1851)”, p. 125). // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Juan Francisco, provisto de algún dinero, pudo concluir estudios de Jurisprudencia. A principios de 1851, la ruptura de relaciones con Brasil y la dudosa posición de Urquiza, Comandante en Jefe del Ejército argentino, hacían fácil el vaticinio de la pronta caída de Rosas y posible elevación del gobernador de Entre Ríos.

Seguí gestionó de Evaristo Carriego una carta de recomendación para Urquiza. Llegó a San José sin conseguir por el momento que lo recibiera; pero esperó paciente en antesalas. La oportunidad lo ayudaría; el secretario de Urquiza, Nicanor Molinas, fue enviado al Paraguay y Seguí logró interinamente su reemplazo(7).

(7) Dr. Nicanor Molinas. “Apuntes y Documentos Históricos Confederación Argentina” (1894), p. 4, Buenos Aires. Según la “Memoria” de Seguí, después de esperar en antesalas desde de la tarde hasta la noche, fue introducido a la presencia de S. E. que “lo único que me dijo fue que me parecía a mi madre”. Pese a tan desconcertante resultado, insistió en hacer antesalas hasta lograr lo que buscaba (J. A. Solari. “Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza en 1851)”, p. 149). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Se enteró de la marcha de la intriga antirrosista y, antes del plazo de dos años, cancelaba su deuda de gratitud con Rosas escribiendo el 22 de Abril, con el visto bueno de Urquiza, una carta a su pariente el comandante José Rodríguez, de Santa Fe:

“Es llegado el momento de mejorar la precaria situación de esa patria querida a que ambos pertenecemos. Gobernada por un imbécil que no tiene una sola idea grande en la cabeza ni una chispa de patriotismo en el corazón”(8).

(8) “Archivo Americano”, Nro. 21, p. 162. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Y el 1 de Mayo, cuando el canciller Paulino exigió de Urquiza un “pronunciamiento claro, positivo y público”(9), Seguí redactó y firmó (refrendando la firma del gobernador) el documento que significaba la derrota de la Confederación y la caída del ingenuo protector del ex seminarista.

(9) Instrucciones del ministro de Relaciones del Imperio del Brasil (Paulino José Soares de Souza) al Encargado de Negocios brasileños en Montevideo (Rodrigo de Silva Pontes) de 11 de Marzo de 1851 para ser llevadas a Urquiza:
“... O Governo Imperial esta pronto a entenderse com os generaes Urquiza é Garzón para realização desse plano. E’ preciso pórem, primeiro que tudo, que Urquiza se declare, e rompa con Rosas de uma maneira clara, positiva e publica...
“He preciso muita brevidade e decisão em tudo isso” (conf. J. M. Rosa. “La Caída de Rosas”). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Así empezó su vida política Juan Francisco Seguí(10).

(10) La firma de Seguí en el Pronunciamiento del 1 de Mayo levantó en contra suya una considerable campaña periodística. Los recuerdos que había dejado en Buenos Aires no eran precisamente gratos. Miguel Navarro Viola, en estilo humorístico, diseña su figura en la “Gaceta Mercantil” (Nros. del 18 de Diciembre y sgtes.), dándole el apodo de “Cacabuzonda”. Adeodato de Gondra hace una evidente referencia a Seguí y a Terrada, “dos muchachos de malas costumbres arrojados de Buenos Aires”, en la carta a Rosas transcripta en este libro. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Retrato físico y moral

Hijo de un excéntrico, dice Mansilla...

“su padre le había dejado como sola herencia el recuerdo de sus genialidades que influyó de manera mórbida en el hijo, y por eso vivió deplacé (desalojado), padecía, tenía algo oculto, se reía solamente a carcajadas ficticias, especie de mímica auxiliar de retórica.
“Su sangre estaba envenenada; también mosquito o pulga que lo picara moría”(11).

(11) Lucio Victorio Mansilla. “Retratos y Recuerdos”, p. 106. Las citas de Mansilla pertenecen a esta obra. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Había sido un notable latinista en el Colegio de los Jesuitas en Buenos Aires, pero en 1852 tenía abandonado todo esfuerzo intelectual: “viva inteligencia que por desgracia no estaba nutrida de sólida y conveniente instrucción”, dice del constituyente el secretario Zuviría(12).

(12) José María Zuviría. “Los Constituyentes de 1853”, p. 152. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Mansilla lo llama “hombre de siesta, que no seguía el movimiento de las ideas del mundo moderno, con interés al menos”; Quesada: “habían penetrado poco las raíces del saber en aquella naturaleza impresionable y fecunda, viva y ardiente”(13).

(13) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 153. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Sin embargo, ¡qué alto concepto de sí mismo tenía este extraño personaje! Zuviría habla de su “excesivo amor propio y desmedida vanidad”; Mansilla lo describe “hablando como se movía, con prosopopeya, y hablando mucho, siempre en voz alta, como se concibe, con animación, con brillo; en aquel medio santafesino era un tribuno sin pueblo”; Carlos Aldao cuenta que recorría a caballo las calles de Santa Fe para advertir a los vecinos “que deberían enorgullecerse de tener un paisano de tanto fuste”(14).

(14) Carlos A. Aldao. “Errores de la Constitución Nacional”, p. 244. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Su fatuidad llegaba a extremos lamentables; escribe a su joven esposa que desde Gualeguaychú le pedía que la visite: “¡ Abandonar mi puesto de gloria inmarcesible y renunciar al homonaje puro de la gratitud de los pueblos...!”, que perdería si dejaba Santa Fe por un fin de semana(15).

(15) J. A. Solari. “Juan F. Seguí, Constituyente del 53 (Un Episodio Romántico en la Vida del Patricio)”, en el diario “La Prensa”, (Buenos Aires), del 18 de Octubre de 1942. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pálido, “de una palidez letal”, cuenta Mansilla que sus manos “transpiraban un sudor frío y se roía las uñas continuamente”, brillaban sus ojos como con fiebre, tenía la nariz muy larga, de caballete deprimido y torcida excesivamente hacia la izquierda.

Su voz -dice Quesada- “era desapacible y ronca”. Nunca se preocupó por las buenas maneras; Zuviría anota “que carecía de modales cultos”, y Quesada que “comía metiéndose el cuchillo en la boca”; Aldao lo describe “durmiendo con un gallo de riña que hacía pértiga del respaldo de los pies”.

Rehuía la sociedad; era solitario y agresivo. Sus pasiones fueron terribles y sus rencores lo llevaron a las venganzas más crueles; después de Caseros obtuvo de Urquiza que le entregase rendido y maniatado a Santa Coloma, con quien tenía que saldar una vieja historia de amoríos. El héroe de la Batería del Quebracho fue degollado por su orden y es tradición en Santa Fe que mutiló el cadáver.

En el Congreso habló de continuo, sin detenerse, rubricando sus períodos con ademanes enérgicos. Cuando no aceptaban su opinión, increpaba a sus colegas en violentos accesos de furor. Al discutirse la catolicidad del presidente se opuso porque

“... se analizaba la Constitución como si fuese una cartilla de escuela, y se hacían los más absurdos comentarios sobre principios y verdades políticas muy superiores a la capacidad de los improvisadores analíticos y estadistas de la calle.
“Que él había consagrado quince años al cultivo de su inteligencia, y sin embargo sabía muy poco sobre las altas materias que se discutían...”(16).

(16) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 533, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Dice el Acta que “a petición de varios señores diputados se pasó a cuarto intermedio”. Allí, el fogoso e intemperante constituyente debió ser calmado o refrescado, porque al reanudarse el debate la catolicidad del presidente quedó aprobada por unanimidad, Seguí inclusive.

Transcurría de esos accesos de furor a las bromas más torpes. Arrojaba víboras en el recinto, pues andaba con ellas en los bolsillos, para reír con destempladas carcajadas de la sorpresa y el terror de los ancianos sacerdotes Pérez y Centeno(17).

(17) Esta extraña referencia la traen Quesada y Aldao. “En el Congreso de Santa Fe sus bromas eran echar por sorpresa las víboras que domesticaba con facilidad, y las llevaba en el pecho y los bolsillos, sólo para reírse con el susto de quienes no vivían en fraternal consorcio con tan asquerosos reptiles” (Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo”, p. 154). “Del doctor Juan Francisco Seguí, mi comprovinciano, temperamento vehemente e inteligencia brillante; sé que andaba con víboras vivas en el bolsillo, dormía con un gallo de riña y que hacía pértiga del respaldo de los pies” (Carlos A. Aldao. “Errores de la Constitución Nacional”, p. 44). // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Agréguese que era egoísta: “poco daba -dice Mansilla- ni cigarrillos negros”, y tendremos el retrato físico y moral de Juan Francisco Seguí.

- "El corazón de fuego y la cabeza valiente"

Con todo fue en el Congreso el portavoz de Urquiza, y por eso muchos lo toleraron y hasta disputaban su amistad. ¿Qué vio don Justo en este estrafalario para entregarle su privanza? Porque la verdad es que fue el niño mimado (hijo pródigo a veces) del adusto Libertador: “el corazón de fuego y la cabeza valiente de 1851” lo llama en una carta(18).

(18) J. A. Solari. “Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza)”, en el diario “La Prensa”, (Buenos Aires), del 29 de Enero de 1939). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Tenía gran debilidad por él, que Seguí aprovechaba para sacarle lo que podía. Sin dejar por eso -recuerda Mansilla- de “perder ocasión para murmurar contra Urquiza. Era un bienaventurado que no creía en la Santa Madre Iglesia”.

Supone Mansilla que se enganchó tras la suerte de Urquiza para conseguir un tangible provecho. Cuenta su curioso procedimiento para urgirle dinero: elogiaba a grandes voces las hazañas de su protector:

“¡Qué hombre Urquiza tan extraordinario! ¡Cuántos sacrificios le cuesta la organización del país!
“Cada árbol tiene un rubro; aquí lo fusilaron a Juan, allí lo ahorcaron a Pedro, más allá degollaron a éste, más acá lancearon a aquél... y (Urquiza), al saberlo, algo hacía para tapar esa boca de bando”(19).

(19) Lucio Victorio Mansilla. “Retratos y Recuerdos”, p. 111. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Después del Congreso fue diputado en Paraná. Pero Urquiza lo señalaría a José María Cullen como ministro de Gobierno de Santa Fe, y allá estuvo como hombre de confianza del poderoso dueño de la Confederación.

Tuvo sus inconvenientes con Cullen, solucionados mediante una revolución de Juan Pablo López. Por supuesto hecha con apoyo y conocimiento de Paraná, y Seguí continuó en el Ministerio.

Desde Santa Fe se trababa con sus periódicos “El Pueblo” y el “Nacional Argentino”, en agresivas polémicas contra los diarios porteños. Urquiza, por descontado, pagaba largamente las tiradas: “Recibiendo esa subvención de manos de un amigo -escribe a Seguí- se ensancha la órbita de sus pretensiones. No me afloje a los salvajes y apoye vigorosamente al patriota Gobierno de que forma parte”(20).

(20) J. A. Solari. “Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza en 1851)” (1951), p. 356, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Más tarde ocuparía interinamente el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Confederación, en ausencia del elegante Juan María Gutiérrez: “Ese no era su lugar -clama Quesada- un gauchi-político con manías de juglar, era un anacronismo (¿?) al frente de la Cancillería argentina”.

Sería también miembro de la Cámara de Justicia de Paraná y redactor de la Constitución Provincial de Santa Fe. En 1860 integra la Convención Reformadora. Fue su última actuación: el Juan Francisco balbuceante del 60 no recuerda al fogoso constituyente del 53; no tenía cuarenta años, pero su organismo estaba quemado.

No obstante no perdió su infalible brújula política. En vísperas de Pavón se trataba afectuosamente con los hombres de Buenos Aires; si no fuera por su falta de dinero dejaría la Confederación (como Gorostiaga, Del Carril y Gutiérrez) para irse a Buenos Aires.

Escribe el 9 de Abril de 1861 a Gutiérrez:

“Estoy lleno de hijos y todo mi haber se reduce a esta casa. Estoy, pues, ligado a esta tierra hasta que pueda enajenar lo único que poseo y que es el fruto de mis años de trabajo”(21).

(21) J. A. Solari. “Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza en 1851)” (1951), p. 398, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Después de la derrota de Urquiza se instaló en la ciudad vencedora. Tuvo una desilusión porque no fue recibido como esperaba por sus amigos. Aun Del Carril, Gutiérrez y Gorostiaga, que antes buscaron su trato, ahora lo rehuían ostensiblemente. No pudo sobrevivir al desengaño y el 29 de Diciembre de 1863 moría en Buenos Aires Juan Francisco Seguí(22).

(22) Su muerte provocó una reclamación de la provincia de Entre Ríos a la Nación, por cuanto Urquiza había adelantado (con fondos provinciales, se entiende) todas las dietas de Seguí como diputado constituyente y éste no las había reintegrado (Archivo del Gobierno de Paraná, Tomo LXI, pp. 173 y sgtes.). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Diagnóstico

Una personalidad tan extraña, ¿puede considerarse normal?

Lombroso, al describir a los enfermos paranoicos dice en su libro “Medicina Legal”:

“Nótase en ellos un egoísmo más o menos acentuado que los aisla del mundo.
“La inteligencia, así en las manifestaciones delirantes como en las normales, sigue siendo agudísima, cuando menos formalmente.
“En sus manifestaciones delirantes sobresale siempre la tendencia a converger todas las cosas a su morbosa personalidad”(23).

(23) César Lombroso. “Medicina Legal” (trad. P. Dorado, Madrid), tomo I, pp. 351-352. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Y Krafft-Ebing:

“Esos enfermos (los paranoicos) son, en ciertos casos, muy hábiles para disimular su delirio; conservan, en su mayoría, el buen sentido aparente y continúan, al menos en general, deduciendo y juzgando conforme a las leyes de la lógica, pudiendo temerse por consecuencia que esos enfermos, aunque profundamente trastornados, no sean considerados como locos”(24).

(24) R. von Krafft-Ebing. “Medicina Legal” (trad. Moreno Barutell, Madrid), tomo I, pp. 217-218, 242, 264-265. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Describe este autor de “Medicina Legal” los síndromes del paranoico:

“Desde el punto de vista nervioso: estados neurasténicos, síntomas de hipocondría, tendencia al delirio. Desde el punto de vista del carácter se observan anomalías del humor y del temperamento (irritabilidad anómala), imperfección en los sentimientos, juicios y reflexiones, y anomalías en los actos; favoreciendo a menudo el desarrollo insidioso de la enfermedad una tendencia a la desconfianza y un delirio religioso por tendencia particular del carácter.
“Desde el punto de vista somático son importantes las deformaciones craneanas”.

Agrega que “la disposición morbosa tiene a menudo un origen hereditario”, y aconseja a los efectos del diagnóstico fijarse en

“la ligereza de las palabras y de los actos, la infidelidad de la memoria en la reproducción de los hechos, las asociaciones ilógicas de ideas, la naturaleza patológica del razonamiento jurídico, la hojarasca de los discursos y el aceleramiento e impulsividad que presenta toda la persona de estos desgraciados, a la vez que la poca reflexión, la ignorancia de los perjuicios verdaderos causados por sus acciones, la inflexibilidad delirante, la exageración patológica del sentimiento del yo, la manía de escribir y la extensión del delirio persecutorio y de las alucinaciones, permitirán establecer el diagnóstico en el curso de la enfermedad”.

En algunas formas especiales de paranoia

“el punto de partida se halla constituido por los estados de exaltación religiosa de la pubertad”, durante los cuales los
“períodos de depresión, acompañada de ideas de castigo, alternan con períodos de esperanzas, de exaltación y de excitación erótica”.

¿No es el completo retrato psíquico de Juan Francisco Seguí?

De acuerdo, pues, a la psiquiatría, el constituyente presenta el cuadro de un enfermo paranoico con los síndromes del delirio sistemático; el padre “excéntrico”, la crisis religiosa de la juventud, las perturbaciones eróticas de la pubertad, la exaltación enfermiza de su yo, el carácter huraño y egoísta, la extraña anomalía de sus acciones como tirar víboras vivas en el Congreso, el desarreglo de su conducta, la manía de escribir, la ferocidad de sus venganzas, la infidelidad de la memoria, la impulsividad que lo conducía a proferir agravios en el Congreso.

Hoy estaría en una clínica médica, pero en 1852 logró meterse en el Congreso Constituyente Juan Francisco Seguí.

- Precocidad

Su panegirista Antonio Sagarna desconcierta al asegurar que Seguí traía al Congreso:

“La historia viva de las luchas y del Derecho interprovincial del Litoral, que verdaderamente nace o se concreta después de la primera Cepeda y se perfecciona con el Tratado del Litoral del 4 de Enero de 1831”(25).

(25) A. Sagarna. “Juan María Gutiérrez y la Organización Nacional” (1937), p. 19, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Otro, Juan Antonio Solari, en una loable biografía de 125 páginas: “Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza en 1851)”, repite palabras de Sagarna que describen el constituyente en la Sesión del 20 de Abril de 1853:

“Joven aún, inteligente, ilustrado, combativo, valeroso, hidalgo, federalista convencido y apasionado, Seguí corrió todas las aventuras de la Organización desde ‘El Pilar’ al Acuerdo de San Nicolás y, en los caminos de sus andanzas, adquirió las experiencias del dolor y del fracaso, que a las almas y corazones pusilánimes achican y aniquilan, pero a las grandes reaniman, consolidan y enseñan nuevas vías y métodos, al par que les dan a veces la pátina del héroe o del apóstol.
“Dentro o fuera de la patria, Gutiérrez y Zavalía, Gorostiaga y Derqui, Campillo y Lavaisse, Zapata y Huergo, no conocieron bien de cerca el drama y la tragedia de treinta y dos años de afán organizador. Seguí sí los conoce, y a fondo; participó en los Acuerdos, supo las inquietudes y las zozobras de Estanislao López; fue confidente, acaso, del infortunado Cullen; compartió con Manuel Leiva el peregrinar lleno de peligros en busca de adeptos del Pacto del 31; fue secretario de Urquiza...”(26).

(26) J. A. Solari. “Juan Francisco Seguí (Secretario de Urquiza en 1851)” (1951), p. 205, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

¡Qué precocidad debió ser la de Seguí (que tenía 30 años en 1853) para traer “la historia viva de las luchas y del Derecho interprovincial” o conocer a fondo “el drama y la tragedia de treinta y dos años de afán organizador”!

Pues la primera Cepeda se libró el 1 de Febrero de 1820; la aventura del Pilar ocurrió el 23 del mismo mes y año y Juan Francisco nacería después, el 16 de Noviembre de 1822.

Imaginarlo “confidente, acaso, del infortunado Cullen” cuando el precavido canario fue fusilado el 22 de Junio de 1839, a los dieciséis años de edad del futuro constituyente, es llevar lejos la conjetura.

Tenía quince años a la muerte de Estanislao López (el 15 de Junio de 1838) y a esa edad supongo que le habría interesado más remontar pandorgas en el Campito de Santa Fe que oír las “inquietudes y zozobras” del Patriarca de la Federación. Y debió compartir con Manuel Leiva “el peregrinar lleno de peligros en busca de adeptos al Pacto del 4 de Enero de 1831” a la edad demasiado juvenil de ocho años.

¿No habrán confundido ambos historiadores al constituyente de 1853 con su padre, ministro de Estanislao López desde 1818, que actuó en tiempos de la “primera Cepeda” y del Tratado del Pilar y fue contemporáneo del “infortunado” Cullen.

Como era homónimo de su hijo, pues también se llamó Juan Francisco Seguí...

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