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Lavaisse, Benjamín

- El ilustre Mariscal

En 1817 llegaba a Buenos Aires Jean Joseph D’Auxion, barón Borcouignan de la Vayesse, de antigua nobleza hugonote, Mariscal de Francia, oficial de la Legión de Honor, Jefe de Estado Mayor del príncipe Eugenio de Beauharnais.

Héroe de Egipto, diplomático y guerrero en Haití, estratega de la campaña de Italia de 1815, el barón de la Vayesse debió ser alguien en la epopeya napoleónica para alcanzar el bastón estrellado de Turena, y para que un militar tan consciente como el príncipe Eugenio lo sentase a la cabecera de su Estado Mayor.

Puesto a media paga por Luis XVIII y borrado de la lista militar después de los Cien Días, había emigrado a los Estados Unidos, tal vez para retomar en el Nuevo Mundo la carrera de sus gloriosas aventuras. Allí lo encontró José Miguel Carrera y lo trajo como General en Jefe del Ejército que debería cruzar los Andes y vengar la derrota de Rancagua.

Con mala suerte. Apenas llegado a Buenos Aires supo que un oscuro teniente coronel del regimiento de Murcia (con el que probablemente se encontró en Bailén en campos opuestos) acababa de cumplir la hazaña reservada para el ilustre Mariscal. Pero ya no quiso volverse: entrevió un porvenir fácil en estas tierras donde la guerra se hacía interminable y cuyos generales ignoraban -en su mayoría- los rudimentos del arte bélico.

Pidió carta de ciudadanía (otorgada a Juan José Dauxion Lavaisse) y solicitó su incorporación al Ejército argentino; por encontrarse cubierta la plana de Brigadieres Generales (el grado más alto del escalafón) tuvo que resignarse con las insignias de Coronel Mayor.

Fue dado de alta en el Ejército del Norte mandado por (Manuel) Belgrano; y allá marchó el mariscal napoleónico, veterano de Wagram y la Moskowa, héroe de veinte años de combate en los campos de Europa, a recibir órdenes de un abogado, improvisado militar en los ejercicios dominicales de la milicia porteña.

Belgrano no supo qué hacer con este presente griego. Dispuso, por lo pronto, que enseñara los secretos de la estrategia de alta escuela a los jóvenes oficiales. Pero la academia dirigida por el jefe imperial resultó un fracaso: una cosa era la guerra en las llanuras del Danubio y otra en las quebradas del Norte; el conductor de grandes masas disciplinadas se encontraba impotente ante un puñado de gauchos díscolos y burlones: “Un mariscal de Francia no sirve ni para sargento en América”, había dicho San Martín con burlona razón.

Fue a esconder su fracaso en Santiago del Estero; allá vivía en 1820, casado burguesamente y ganando un sueldo como secretario de la Legislatura local, resignado al parecer a una felicidad provinciana modesta y honorable.

Pero la sangre aventurera corría en las venas del inquieto mariscal. A poco dejó su mujer y sus hijos para tentar en Chile otros rumbos de vida; se hizo periodista, redactó panfletos agresivos contra la Iglesia y escritos favorables al partido pipiólo. La caída de éste lo arrojará a la pobreza y completa oscuridad. Descendió a los extremos más lamentables. Acabó por suicidarse en 1829(1).

(1) Jacinto R. Yabén. “Biografías Argentinas y Sudamericanas”, tomo III, p. 375. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El diputado

De este extraño personaje y de una piadosa matrona santiagueña -doña Tránsito Isnardi- era hijo el doctor Benjamín Lavaisse (o Lavaysse), párroco de Tulumba en Córdoba y diputado por Santiago del Estero al Congreso de Santa Fe.

Por eso, tal vez, su espíritu fue tan contradictorio: de su madre vendríale la mansedumbre y la prudencia; de su padre, la inquietud y el afán de destacarse. Porque Lavaisse fue al mismo tiempo amable en el recinto y agresivo en antesalas; oficialista en público y opositor en privado; piadoso sacerdote en su curato rural y partidario denodado de la libertad de cultos en el Congreso Constituyente.

Treinta años tenía cuando llegó a Santa Fe. No era un simple cura rural y había concluido en 1850 y 1851, respectivamente, los estudios de Doctor en Teología y Doctor en Derecho Canónico en la Universidad de Buenos Aires.

El doctor Luis Roque Gondra lo llama “cura politicastro” y encuentra en él “una evocación de esos clerizontes y capellanes de campamento, como el Víctor Ibraím y Coronel inmortalizado en un episodio galdosiano”; también dice que pronunciaba “discursos erróneos, llenos de argucias e inexactitudes”(2).

(2) Luis Roque Gondra (“De la tiranía de Rosas a la libertad (Vida del Dr. Adeodato de Gondra)” (1944), p. 277. Ed. Claridad, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Es posible que la manifiesta enemistad de Lavaisse a Adeodato de Gondra haya influido en el juicio del nieto, pues si Lavaisse había hecho en Tulumba política a las órdenes de López Quebracho, no le impedía servir con sinceridad a los vencedores de Caseros:

“Yo soy puramente gubernamental -se define en una carta- no pertenezco a partido o persona alguno”(3).

(3) Carta del 15 de Junio de 1853 de Lavaisse a M. Taboada, en Gaspar Taboada. “Recuerdos Históricos: los Taboada” (1929-1947), tomo III, p. 71, (cinco volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los hombres y las facciones cambiaban, pero él seguiría con entusiasmo y lealtad a los gobernantes. Tampoco es justo calificarlo de charlatán y ver argucias e inexactitudes en sus palabras; era un hombre joven que poseía dos veces el grado doctoral y sus palabras en el recinto santafesino tienen lógica y buen sentido.

Si es cierto que su afán por destacarse lo hace incurrir, a veces, en algunas actitudes alejadas de la prudencia, ni fue el único en hacerlo ni tampoco se valió de argucias para ello.

José María Zuviría retrata su lado “La Vayesse”: “genio arrebatado, imaginación desbordante, tumultuosas y exageradas ideas, más ruidoso que profundo, inspirándole en la acción más bien esfuerzos aventurados que útiles servicios, tranquilo juicio y razonado trabajo”.

Pero lo suaviza con la influencia Isnardi: “espíritu patriótico y sincero, de piedad evangélica, se hizo querer por todos”(4).

(4) José María Zuviría. “Los Constituyentes de 1853”, p. 106. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Libertad de cultos

No era un “politicastro”: era un político, que no es lo mismo. Su fino olfato lo orientaba infaliblemente hacia el buen lado y generosamente indicaba el rumbo a sus amigos: “Que no hesite en venirse -escribía a Antonino Taboada (el General) inclinado a la revolución del 11 de Septiembre- que ha de simpatizar mucho con el general Urquiza y éste con él”.

Y si el poderoso torcía los favores, aconsejaba paciencia y prudencia: “No se aflija mucho mi amigo -la carta es a Manuel Taboada (el gobernador)- porque vea al general (Urquiza) dar algunas costaladas”(5).

(5) Agosto 23, 1853. Gaspar Taboada. “Recuerdos Históricos: los Taboada” (1929-1947), tomo III, p. 93, (cinco volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Su mansedumbre no iba más allá de las actitudes públicas. Ampliamente se desquitaba en las cartas reservadas al gobernador Taboada donde menudea en faltas de ortografía y fuertes calificativos: Segura (el gobernador de Catamarca) es un “invécil”; Mauro Carranza, “pavo y sopenco”; Celedonio Gutiérrez, el “guaso peludo”.

No se detiene en los opositores de la situación santiagueña; también sus colegas del Congreso merecen apóstrofes contundentes: a Ferré, posiblemente porque Lavaisse no fue una excepción en los inevitables rozamientos del correntino, lo define “una de esas añejas reputaciones que se levantan sin saber cómo”; Campillo y Adeodato de Gondra son “avechuchos desacreditados”; Alvarado (diputado ausente, pero titular por Salta) un “general de pésimos recuerdos, que al mismo tiempo que le mandaba chismecitos a Urquiza, escribía o se vendía a Buenos Aires”; el Padre Centeno, su hermano de religión y venerable diputado por Catamarca, “bandido clérigo, vicho vivoresco, clérigo fanático afrailado”, “muy digno órgano del Gobierno frailuno de Catamarca”.

Pero el gran blanco de sus calificativos fue Facundo Zuviría, “viejo palangana, boliviano y apologista de sí mismo”, “mozo (¿?) que las echa de vivo”, “nuestra paciencia ha de tener un límite”, “hideputa salteño”... Menos mal que en una carta aclara que “todos, todos (los diputados) somos amigos”. De no serlo, ¡qué no diría!

Tenía opiniones terminantes y generales de quienes no eran santiagueños o cordobeses: “todos los salteños son unos grandísimos maulas”; “los catamarqueños todos las echan de hombres duchos en su política frailuna y frailunamente franciscana”; “los porteños son unos malhechores todos”.

Claro está que rodeado de esa gente “he de vivir en el Congreso -dice a Taboada- con la vilis ecsaltada y haciendo esfuerzos por conducirme con mesura y templanza”(6).

(6) Todos estos calificativos se encuentran en las cartas de Lavaisse a M. Taboada recopiladas por Gaspar Taboada en su obra mencionada (tomo II, pp. 103, 137, 139, 141; tomo III, pp. 34, 66, 76, 81, 86, 87, etc.). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Estas opiniones, exclusivas de cartas reservadas, no le impedían buscar y frecuentar el trato de sus colegas ni asistir amable y sonriente a las fiestas que se daban en Santa Fe. Cura mundano, Sarmiento asegura que “no rehuía ninguna invitación a convites”(7). Le placía lucirse en las tertulias donde tropezaba con la imbatible vanidad de Zuviría. De allí su enemistad hacia el salteño.

(7) Domingo Faustino Sarmiento. “Obras Completas”, tomo XV, p. 256. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Incorporado en un principio al grupo católico-federal, buscó la amistad de Manuel Leiva; pero no tardó en darse cuenta que las simpatías de Urquiza estaban con el círculo liberal de Del Carril, y lo integra con entusiasmo y decisión.

Admira al ladino ex ministro de Rivadavia (“este viejo vale mucho”) y es en sus manos un instrumento dócil; alguna vez confiesa haber separado amistades por pedido de Del Carril: “He jugado mi amigo (la carta es a Manuel Taboada) esta intriguilla leal aconsejado por el viejo avezado Carril...”(8).

(8) Lavaisse solicitó el apoyo de Manuel Taboada para la candidatura de Del Carril a vicepresidente. Pero Santiago del Estero no pudo tomar parte en las elecciones de 1854 por su estado de guerra con Tucumán. En Gaspar Taboada. “Recuerdos Históricos: los Taboada” (1929-1947), tomo II, p. 104, (cinco volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Vota con el círculo liberal (califica de “montoneros” a los ancianos opuestos a la Constitución) y por votar con el oficialismo lo hace también por la libertad de cultos, disculpando su conciencia con el propósito de “predicar el Evangelio a los herejes”. Pero aboga por la catolicidad del presidente y sus palabras producen una reacción violenta de Seguí.

- Muerte temprana

Con tales condiciones iniciaba una prometedora carrera política, cuando murió inesperadamente en el camino de Salta a Jujuy a las 9 de la mañana del 7 de Enero de 1854. Había ido al Norte a cumplir una misión del Congreso; y tan extraña pareció su muerte a los 31 años y en plena salud aparente, que el Gobierno levantó una información para deslindar responsabilidades.

Lavaisse se sintió mal en forma repentina y resultaron inútiles los cuidados de sus compañeros. Probablemente un ataque de apoplejía, tal vez de herencia específica (¡esa campaña de Haití!), facilitado por el desayuno fuerte, el calor del verano, la altura y la “vilis ecsaltada” por discusiones de viaje.

¿Qué habría sido del ambicioso cura de Tulumba si la muerte no le llegara tan temprano.. ? ¡ Qué diputado, qué senador para los futuros congresos de Urquiza, Mitre, Alsina o Roca (“yo soy puramente gubernamental”...) se perdió en el fogoso Lavaisse! ¡Qué ministro para Sarmiento!

Habría ocupado el Gobierno de su provincia en algún intervalo que dejaran los Rojas, Gorostiaga, Palacio y demás familiares del clan Taboada. O disputado, tal vez, con éxito una silla episcopal a los frailes frailunamente franciscanos de Catamarca que, con Mamerto Esquiú y el Padre Achával, gobernaron la Iglesia argentina; no le faltarían padrinos en el Gobierno, ni aplausos en la prensa liberal, ni mucho menos el apoyo oculto pero decisivo de las logias.

O ¿por qué no?, recogido a ejercer piadosamente su ministerio en el anónimo de su curato rural, macerado en penitencias y expiaciones, porque allá en su juventud lo había tentado el demonio de la vanidad y se había unido con los enemigos de la religión.

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