El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Campillo, Juan del

- La Misa cotidiana

Nacido en Córdoba en 1812, su vida habíase deslizado plácidamente sin otras preocupaciones que cumplir las modestas labores y cobrar los menguados estipendios de un empleo subalterno en la Contaduría de la provincia. Allí debieron nacer sus mejores facultades; una letra bien perfilada y la facilidad de congraciarse con todo el mundo, sobre todo con los superiores.

Tenía el arte de sonreír. Al halago o al castigo. “Su figura -dice Quesada- era burguesa hasta el extremo. Su cara era carnuda, sus ojos pequeños, usaba gafas de oro. La papada le caía en rollizas arrugas; había algo de frailesco en su modo y en su cara”(1).

(1) Víctor Gálvez (Vicente G. Quesada). “Memorias de un Viejo” (1942), p. 220. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Como no pudo ser fraile, fue oficinista. Hizo versos, pero de sus andanzas con las musas nos ha llegado solamente la indiscreta afirmación de Quesada de que “prefería aquellas escapadas del Parnaso y tentadoras de los pobres mortales”.

Entró a la Administración cordobesa en 1830 por designación de Paz, Supremo Poder de la revolución unitaria. Supo conducirse con tino y conservó su empleo después de la derrota. Estuvo con el Gobierno federal “desteñido” de los Reinafé y el federal “neto” de López “Quebracho”.

No tenía otras ambiciones que la de guardar su cargo y lo retuvo sin ascensos ni mejoras durante veinte años. Su existencia la llenaba la Misa cotidiana del alba, oída con fervorosa asiduidad, la Contaduría por la mañana, la amplia siesta de la tarde y, en los anocheceres, las tertulias en invierno o la retreta de la Plaza Mayor en verano.

Un día de 1850 (tenía 38 años) se le despertó la ambición. Dejó el enchufe de la Contaduría por una aleatoria banca en la Legislatura. Por consejo de Calixto María González, ministro de “Quebracho”, quiso terminar también sus estudios de Derecho dejados en la clase de “filósofos” del Monserrat. Dos años después, al tiempo de Caseros, recibía su grado doctoral y lograba de Alejo del Carmen Guzmán una de las bancas cordobesas en el Congreso Constituyente de Santa Fe(2).

(2) Junto con José Barros Pazos, catamarqueño y vecino de Buenos Aires, señalado por Urquiza. Barros Pazos renunció al producirse la revolución del 11 de Septiembre y lo sustituirá Regis Martínez, urquicista vecino de Entre Ríos. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Hasta Caseros había sido rosista y antiurquicista. La ley cordobesa del 28 de Noviembre de 1851, que dice entre sus considerandos:

“Que el loco, traidor, salvaje unitario aspirante Justo José de Urquiza se ha rebelado escandalosamente contra el Gobierno General de la Confederación;
“Que ha desertado indignamente a la causa de la Confederación Argentina, ligándose con infamia a los salvajes unitarios que existen en Montevideo sostenidos por el elemento extranjero;
“Que se ha degradado hasta venderse al Gobierno brasileño;
“Que, animado del perverso designio de trastornar el orden y las instituciones de la Confederación y de despedazar la nacionalidad argentina, y no pudiendo realizar sus planes inicuos con elementos nacionales ... se ha prostituido hasta servir de avanzada al gabinete brasileño;
“...Y que por estos crímenes atroces se ha constituido el salvaje unitario Urquiza en un bandido protervo, enemigo de la patria y de América, a cuya causa jamás perteneció con lealtad...”(3), lleva al pie la firma de Juan del Campillo.

(3) “Archivo Americano”, 2da. Serie, Nro. 29, p. 129. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Nada de eso obstó para darse vuelta la chaqueta cuando las cosas cambiaron. No habría de ser Alejo del Carmen Guzmán (que cojeaba del mismo pie)(4), quien se sonrojara de su pronta conversión al urquicismo.

(4) Alejo del Carmen Guzmán había sido ministro de López “Quebracho”. La Legislatura (es posible la intervención de Del Campillo y esto explicaría su designación como constituyente) quitó del medio al gobernador y lo eligió. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

A fines de Agosto partió para Santa Fe en un carruaje habilitado por Guzmán. Cedió al Padre Lavaisse -que estaba en Córdoba gestionando su transporte- un asiento del coche. Agradecido Lavaisse, escribe desde Córdoba a Manuel Taboada:

“Dentro de poco debo partir acompañado del diputado Juan del Campillo, que va por esta provincia. ¿Qué le parece, amigo, este nombrato..?
“Efectivamente, amigo, son nombramientos éstos (Campillo y Gondra) que a un hombre honrado ruborizan al tener que suscribir mi nombre puro y honrado con el de estos avechuehos tan desacreditados”(5).

(5) B. Lavaisse a Manuel Taboada (21 de Agosto de 1852). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No había para tanto; Del Campillo no era ni mejor ni peor que los demás. La poca firmeza de sus convicciones políticas era un mal de los tiempos y no podía desacreditarlo. Por otra parte, el exigente cura de Tulumba también había andado por los caminos del Restaurador, como tomaría por cualquier otro iluminado por el sol que más calentara: “Yo soy puramente gubernamental -se definiría alguna vez en un rapto de sinceridad- no pertenezco a persona ni a partido alguno”(6).

(6) B. Lavaisse a M. Taboada (15 de Junio de 1852) en Gaspar Taboada. “Recuerdos Históricos: los Taboada” (1929-1947), tomo III, p. 71, (cinco volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- La forma definitiva

Del Campillo no era hombre de hacerse enemigos y debió conquistar a su difícil compañero de viaje, porque las expresiones contra el cordobés no se repitieron en las temibles cartas de Lavaisse sobre sus colegas del Congreso.

En los debates no fue mucha la actuación de Del Campillo pero, dueño de un finísimo talento de pendolista, pasó a la historia por haber caligrafiado el Libro de Oro, con el texto definitivo de la Constitución, para lo cual laboró toda la noche entre el 30 de Abril y el 1 de Mayo.

Apremiaban desde San José para que se firmara la Constitución el aniversario del Pronunciamiento y el Congreso estaba pobre y no tenía un escribiente con letra pasable. Dice Mansilla:

“Fue él (Del Campillo) quien dio forma definitiva al trabajo común, y éste es el motivo por el cual los originales de nuestro Código Fundamental están escritos de su puño y letra, con caracteres claros, redondos, iguales, algo pequeños, con puntos y comas en su lugar, y la mejor caligrafía y ortografía corriente entonces”(7).

(7) Lucio Victorio Mansilla. “Retratos y Recuerdos” (1894), p. 97, Buenos Aires. Quesada, impermeable al carientismo de Mansilla, protesta porque Del Campillo “no fue miembro de la Comisión de Negocios Constitucionales que es la que dio forma definitiva al trabajo común” (“Memorias de un Viejo”, p. 220). La gracia está en que Del Campillo fue miembro de la Comisión -por renuncia de Derqui- desde el 24 de Febrero. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Igual a su letra, el doctor Juan del Campillo era pequeño, claro, redondo, con puntos y comas en su lugar y untuosamente cumplido. No era hombre de lucha y pese a su catolicismo formó en el grupo liberal porque siguió las simpatías de Urquiza.

Debe reconocerse que lo hizo con eficacia para el catolicismo, ya que consiguió la aprobación de la catolicidad del presidente propuesto por Lavaisse. No podía dudarse, según sus palabras, que un país católico elegiría a un presidente católico, pero éste “podría variar de creencias y causar graves perjuicios”.

Consideró redundante la condición para senadores y diputados (“tan innecesaria -dijo- como exigirles constitucionalmente probidad, honradez y patriotismo”) ya que el cambio de sus convicciones religiosas los perjudicaría a ellos, pues sus electores “no habrían de reelegirlos”(8).

(8) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 533, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

“Noble, fino y cortés en sus maneras”, dice Mansilla(9), supo ganarse las simpatías de todos. Era la discreción en persona y el grupo “mazorquero” lo saludaba como a uno de los suyos al encontrarlo cotidianamente en la Misa del alba.

(9) Lucio Victorio Mansilla. “Retratos y Recuerdos” (1894), p. 97, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En ocasiones la alcanzaba después de una juerga con Seguí o con Huergo, o de un sarao con Gutiérrez o Zavalía, pero esto no trasuntaba en su actitud devota.

- Ultima vuelta de chaqueta

Plegado a la fortuna política de Urquiza, sería ministro de Hacienda de la Confederación; luego de Culto, Justicia e Instrucción Pública. Como financista lo ayudó “su experiencia de antiguo empleado en la Contaduría de Córdoba”, cree seriamente su descendiente y biógrafo Eduardo Mota del Campillo(10). Puede afirmarse que fue meticuloso y mesurado con las escasas rentas paranaenses.

(10) Eduardo Mota del Campillo. “Ensayo para la Biografía del doctor Juan del Campillo” (1938), en el “II Congreso Internacional de Historia Americana”, tomo II, p. 367, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero su verdadero lugar era el Ministerio de Culto, para el que tenía vocación y prestancia; resolvió el difícil problema de las relaciones con el Vaticano (interrumpidas oficialmente desde 1810) y en premio fue el primer Enviado argentino ante la Santa Sede. Es el momento culminante de su carrera: los amigos, numerosísimos, lo despidieron a él y al secretario de la Legación, José María Zuviría, con un banquete en Paraná que hizo época.

Franklin Bond Rosas improvisó allí el brindis famoso:

“Que no les vaya tan mal
y puedan regresar un día;
Campillo de cardenal
y de obispo Zuviría”.

En Europa pasó inadvertido y feliz. La vida en Roma era plácida a condición de no enredarse en la sutil diplomacia del Vaticano. Por su gusto se hubiera quedado indefinidamente en esa ciudad de viejas iglesias y magníficas mujeres, pero la caída del partido federal en Pavón lo arrojó, momentáneamente, fuera del Presupuesto.

El nuevo orden de cosas lo tomaba en el extranjero y no había podido, como Del Carril, Gorostiaga, Gutiérrez, en fin todos los amigos, tomar las providencias para salvar los indumentos del naufragio.

Vuelto al país, buscaría la manera de colarse en las filas vencedoras. Lo consiguió (¡no habría de conseguirlo!). Encontró un claro en Santa Fe donde el gobernador Oroño necesitaba un ministro de militancia católica para capear la tormenta de su prematura ley de matrimonio civil. Campillo aceptó; era poco un ministerio provincial, pero algo.

Se dio vuelta la chaqueta una vez más e integró el liberalísimo Gobierno de Oroño. No habrían de molestarlo sus convicciones religiosas; nunca le molestaron las convicciones de ninguna clase.

Fue ministro liberal y al tiempo fervoroso católico; alternó el despacho con la Misa cotidiana, en un equilibrio para el que se consideraba con la suficiente baquía.

Repartió sonrisas y golpes de pecho en un juego difícil, porque alguno de los altos poderes (el de la tierra o el del cielo) podría resentirse y darle el cedulón de la cesantía.

Una mañana, el 10 de Mayo de 1866, el ministro oía su Misa diaria en la Iglesia Matriz. Repentinamente lo fulminó un ataque de apoplejía.

Información adicional