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Biografía de Pedro Ferré escrita por Manuel Florencio Mantilla

I

Don Pedro Ferré, como se le llamó siempre, es el correntino cuyo nombre ha sonado más en la República y cuya carrera pública está vinculada a los hechos más notables de su provincia natal y de la constitución del país(1).

(1) Extraido de Manuel Florencio Mantilla. “Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos” (1986), c/Nota Preliminar de Alberto A. Rivera. Amerindia Ediciones, Corrientes.

El vio nacer a la Patria de los escombros del coloniaje; fue obrero infatigable y distinguido de su organización y tuvo la dicha de cerrar los ojos cuando el Pueblo de Mayo había conseguido al fin vivir unido y feliz bajo una sola ley.

De humilde carpintero de ribera llegó a las más encumbradas posiciones políticas, sin haber jamás sacrificado, como tantos, su dignidad ni los intereses públicos. Sus errores políticos, que juzgaremos con imparcialidad, no oscurecen sus méritos como patriota y hombre de bien, porque muchos de ellos, sino todos, fueron inspirados en sentimientos generosos.

Los primeros años de la vida juvenil de Ferré corrieron tranquilos en el seno del honorable hogar paterno, repartiendo el niño su tiempo entre la escuela de primeras letras, sostenida gratuitamente por el convento de San Francisco, y el aprendizage del arte de carpintería de ribera, de que vivía su padre; la necesidad asistida de un buen sentido práctico en éste, daba al niño la educación que hoy proporciona a sus hijos el más acaudalado norteamericano: la escuela y un oficio.

Así, cuando llegó a la edad reflexiva, se encontró poseido del anhelo al trabajo y de la mejor instrucción que podían recibir entonces los niños de Corrientes; y con aquella preparación tan limitada cuan honrosa, entró a ser hombre, fiado únicamente en sus propios esfuerzos.

Inicióse en la vida activa del ciudadano, sentando plaza de soldado en una de las compañías patrióticas que organizó don Angel Fernandez Blanco en Octubre de 1810 “teniendo por compañeros -dice su hijo político el doctor Saravia- a los López, Colodrero, Arriola, Beláustegui, Mantilla y varios otros jóvenes que han hecho un distinguido papel en la revolución”.

Con la marcha de la primera compañía al Paraguay y luego al sitio primero de Montevideo, y la refundición de la mayor parte de la segunda en los “Dragones de San Juan de Vera”, la primitiva organización que se dio a la Guardia Nacional de la capital fue alterada formándose, del elemento decente y afincado de la ciudad, un Cuerpo urbano de funciones locales, que por largo tiempo conservó su denominación de “Cívicos”.

En él continuó Ferré prestando sus servicios, habiendo sido nombrado Capitán de la 3ra. compañía el año 1819.

II

Corrientes cayó en las garras de la federación vandálica con el trágico fracaso de la reacción a cuya cabeza se pusieron Blanco y Perugorría, en 1814. Desde entonces hasta 1821, atravesó un período lastimoso de calamidades, de que no da ejemplo provincia alguna.

Silva, Juan Bautista Méndez, Andresito, el inglés Campbell, Francisco Ramírez, Ricardo López Jordán y Evaristo Carriego, fueron sucesivamente sus verdugos inmediatos con el titulo de mandatarios y, harto hicieron sus hijos logrando vivir, como decía Sieyes, refiriéndose a los días del terror en Francia.

La revolución del capitán Miguel Escobar contra Silva murió en su cuna, ahogada por Casco; y mejor que así hubiera sucedido, pues el “libertador” era más temido y peor sin duda, que Silva y Mendez.

La que debió llevarse a cabo por trabajos del Director Pueyrredón y que tenia comprometido al mismo gobernador Méndez, estalló raquítica y sin plan, por la desmedida ambición de don José Francisco Bedoya el cual, en el deseo de imponerse, se adelantó en hora menguada, desacreditó la causa con sus abusos y atropellos, provocó la famosa invasión de Andresito con sus dos mil misioneros e, incapaz y torpe, hizo sacrificar en el combate de Saladas las únicas fuerzas de la provincia, huyendo él para Buenos Aires mientras el indio guaraní sentaba sus reales en la capital.

Nada era posible hacer para sacudir el yugo. La opresión de Corrientes estaba garantida por Artigas, que había sublevado la Banda Oriental y el litoral del Paraná contra el poder nacional. Y cuando el anarquista bandolero fue anonadado por su teniente Ramírez, después de haber impuesto éste y López a Buenos Aires la ley de vencedores altaneros, la situación de Corrientes empeoró todavía, porque, por derecho de conquista, fue incorporada a la República Entrerriana, de que era Supremo aquel gaucho famoso.

Escapar la vida sin mancha alguna para conservarla, fue la prueba a que se vieron sometidos los ciudadanos de Corrientes que bajo la cuchilla de un verdugo, la aspiración mayor es evitar el golpe con prudencia.

Pero el sufrimiento tuvo su término. Después de la derrota de Artigas, Ramírez ocupó la provincia, llegando hasta la capital. Reforzó su Ejército con unos setecientos correntinos y proveyó su caja de guerra con el producto de contribuciones forzosas y un depósito que el cura de Saladas, doctor Ocantos, habia recibido de Artigas.

Meditaba una expedicion sobre el Paraguay cuando llegó a su noticia que los gobernadores de Santa Fe y Buenos Aires estrechaban sus relaciones, de lo que no esperaba le viniera bien alguno y, estimulado por el turbulento general Carrera, emigrado chileno, corrió a Entre Rios y declaró luego la guerra a Santa Fe y Buenos Aires. Su hermano, Ricardo López Jordán, quedó al mando de Corrientes, sirviéndole de secretario don Evaristo Carriego.

La estrella de Ramírez entraba en su ocaso. Invadió Santa Fe y fue derrotado; huyendo hacia Córdoba, acompañado de una escasa tropa, fue batido y muerto por las fuerzas del gobernador interino de dicha provincia, Francisco Bedoya. Su cabeza, remitida como trofeo al gobernador de Santa Fe, fue exhibida en la Iglesia Matriz de la mencionada provincia, dentro de una jaula de hierro.

Al partir Ramírez a campaña, delegó el mando Supremo en López Jordán; y éste, a su vez, para marchar a Entre Ríos, nombró reemplazante suyo en Corrientes a su secretario Carriego. Muerto Ramírez, Mansilla, uno de sus tenientes, sublevó la tropa del Paraná contra Jordán y, habiéndolo batido, proclamó la libertad del pueblo tanto tiempo oprimido. Antes de un mes, Carriego fue también depuesto en Corrientes.

III

Carriego fue relativamente el mejor de aquellos omnímodos señores de Corrientes. Mas culto que sus antecesores y solo en una provincia extraña, procedió con menos tirantez y procuró tenerse bien con algunos elementos sanos.

En la capital confió a Ferré la Comandancia General de Marina, puesto en que ya lo había hecho servir Méndez en las ausencias de Campbell, y a don Juan José Blanco conservó en el mando de los Cívicos, que lo tenía nominalmente por derecho de antigüedad.

En la campaña, como Ramírez se habia deshecho de los caudillejos locales que representaban la causa de Artigas, los reemplazantes de éstos mejoraron la situación.

Pero Carriego era un intruso y la provincia había perdido de hecho y derecho su autonomía. Bajo el protectorado de Artigas se conservaron las formas al menos de la independencia local y correntinos eran -aunque imbéciles y perversos- los que en apariencia la gobernaban.

El mal, pues, estaba agravado de un otro punto de vista, sin haberse normalizado la condición de las personas y de las propiedades; y era tanto más doloroso aquel estado, cuanto que Corrientes poseía elementos excelentes de Gobierno propio y no podía utilizarlos.

El pronunciamiento de Mansilla en Entre Ríos abrió espacios de esperanzas a los correntinos. Desde que resonó en la provincia aquel grito de libertad, sus habitantes unieron sus votos aunque en silencio -dice Atienza- a los sentimientos de los emprendedores de tan grande obra; y puestos al habla los más conspicuos, y en contacto con el jefe libertador de Entre Ríos, tramaron el plan de la deposición de Carriego.

Don Pedro Ferré desempeñó un papel importante en los preparativos de aquel movimiento, pues recibió la comisión de organizar los elementos de la campaña. El, Blanco y don Nicolás Ramón de Atienza constituían la dirección de la empresa.

La dificultad mayor no era Carriego. Se temía, y con razón, que López Jordán, echado de Entre Ríos, buscara en Corrientes protección y pudiera reproducir un hecho igual al de Basualdo en 1814. Por eso, antes de dar el golpe, aseguróse primero el concurso de los Comandantes de campaña, que esa vez se prestaron con entera decisión.

Mansilla, por su parte, dirigió a Carriego una enérgica Nota:

“Abra Vd. los ojos y elija lo mejor -le decía-. La amistad me obliga a prevenirle que la justicia castigará con severidad a los que tenaces se presentan a seguir los pasos de un Gobierno tan ignorante como torpe.
“La provincia se halla con fuerzas de 2.000 hombres en combinación con las de Santa Fe. Si Vd. no quiere decidirse, manténgase en quietud o neutral”.

Ante una comunicación semejante, Carriego creyó prudente no mezclarse en los sucesos de Entre Ríos, pero en la localidad no cambió de sistema: siguió como si dependiera aún de Ramírez ó de López Jordán y hasta con deslealtad hacia Mansilla, pues retuvo todas las comunicaciones que éste le remitía confiado para los jefes de campaña.

El último dia de su Gobierno consumó un atentado inaudito. Era día de llegada del correo, por el que se esperaban importantes noticias de Entre Ríos. La administración postal estaba en la que hoy es Casa de Gobierno y él vivía en la que hace esquina a las calles Plácido Martínez y Buenos Aires, propiedad actual y habitación de la familia de don David A. Mantilla.

Poco después de mediodía, Carriego, en camisa y calzoncillo y de poncho, fue a la oficina del correo, a cuya puerta había mucha gente agolpada esperando su correspondencia. Se encerró solo, abrió las cartas de la balija y cuando se impuso del contenido de ellas volvió a su casa dejando orden para que las repartieran.

La indignación que el hecho produjo fue unánime y rabiosa. Nadie quería recibir sus cartas o las hacían pedazos arrojándolas al rostro del inculpable empleado que las entregaba. Gritos de protestas y de amenazas contra el violador partían de todos los circunstantes, que no querían retirarse del lugar sin ver castigado al culpable.

Estando en aquella confusión los jóvenes Antonio Mantilla y Rafael de Atienza, invitaron a unos amigos de su edad a pasar a casa del primero, que estaba al frente, para resolver lo que debían hacer. Momentos después concluyó la conferencia y salieron precipitadamente sus miembros para distintos puntos de la ciudad y no pasó mucho que ya se oyó en la población el toque de generala que batían.

Los primeros que ocurrieron a la plaza fueron los del grupo del correo y, tras de ellos, llegaron de todas partes hombres de pueblo y vecinos acomodados. Allí, bajo la impresión del atentado, fue acordada la inmediata deposición de Carriego y eseguida llevada a cabo sin resistencia alguna.

El suceso tuvo lugar el 12 de Octubre de 1821, fecha de la cual arranca la verdadera independencia local de la provincia y, como queda dicho, fue obra de unos jóvenes en cuanto a su producción.

Ferré se encontraba en la campaña. Recibió la noticia en marcha sobre la capital a la cabeza de 800 hombres, acompañado de los comandantes Esquivel, Aquino y Corrales(2).

(2) A pesar de no haber encontrado en documento alguno la confirmación de este hecho, lo consignamos, fiados en la referencia del doctor Saravia que, sin duda, lo habría recogido de labios del mismo general Ferré, su padre político.

IV

El mismo día de la deposición y captura de Carriego, el pueblo reunido en la plaza principal nombró Comandante interino de Armas y encargado de presidir la reconstrucción de los poderes públicos de la provincia, al honorable patriota Nicolás Ramón de Atienza.

La aspiración general era la constitución regular de la provincia. Atienza, Blanco, Cossio, Ferré, Soto, Acosta, Almirón y demás ciudadanos distinguidos, se pusieron a la obra y como la tormenta que se temía de Entre Ríos se disipó con la huida de López Jordán al Estado oriental, los deseos tuvieron realización acababa.

La provincia fue convocada a elección general de diputados para resolver en Congreso los puntos siguientes:

1.- Nombramiento de gobernador;
2.- Constitución política del Estado;
3.- Elección y poderes del diputado que debía ser enviado a la Ciudad de Paraná a fin de ajustar con los representantes de las demás provincias del Litoral un Tratado o Pacto de unión y alianza.

He aquí un hecho que puede fundar orgullo legítimo. Apenas libre de sus opresores, Corrientes pensaba en el Gobierno libre y en la fraternidad argentina.

El Congreso Provincial abrió sus sesiones el 26 de Noviembre del mismo año, habiendo presidido su instalación el señor Atienza. En el día sancionó una ley de carácter provisorio, relativa a las funciones que iba a ejercer, a los límites de la provincia y a la forma del desempeño del poder público, hasta la vigencia de la Constitución; y antes de un mes, es decir, el 11 de Diciembre, fue definitivamente sancionado el proyecto de Constitución que, de antemano, había sido elaborado y estudiado.

Publicado el 13 del mismo comenzó a regir como primera Carta Política de la provincia y primera también de las locales de la República. El “Estatuto Provisorio Constitucional” de 1821, que fue mas tarde -con algunas alteraciones- la Constitución del año 24, tenida por la primera de Corrientes, estableció un Gobierno civil regular en que la independencia de los poderes y las garantías individuales y sociales reconocidas constituían una base sólida de libertad política y de régimen democrático.

Juntamente con la publicación del Estatuto, el Congreso nombró Gobernador y Capitán General de la provincia, por el período de tres años, a don Juan José Fernández Blanco, completando así su tarea de reparación y de orden.

V

Bajó la Administración de Blanco fue cuando don Pedro Ferré comenzó a llamar sobre sí la atención y el aprecio de sus comprovincianos. En aquel período de labor constante y de grandes contrariedades pues, comenzando por los salvajes del Chaco, que en la audacia de su impunidad llevaban sus malones hasta las cercanías del pueblo de Saladas, hasta los detalles más ínfimos de la Administración a formar, el gobernante tenía que ir colocando piedra sobre piedra.

Ferré fue el brazo derecho de Blanco. Como hombre práctico y de trabajo, como ciudadano virtuoso y patriota, en el consejo, en la Administración y en el Gobierno, colaboró eficazmente en favor de su provincia y del mejor desempeño de su amigo y jefe. Su nombre no figura al pie de ninguna de las dos primeras Constituciones, pero las dos deben mucho de su éxito práctico a sus empeños celosos.

La función oficial más elevada que ejerció durante aquel período fue la de Alcalde Mayor, jerarquía distinguida en la magistratura judicial, en cuyo desempeño era asesorado por el ilustrado doctor don José Simón Cossio. No fue peor juez que carpintero de ribera; con su criterio práctico, su rectitud probada y la ciencia en que buscaba consejo, aún ahora podría ser citado como tipo del magistrado.

Al terminar Blanco su meritoria Administración, Ferré fue el candidato único levantado para reemplazarlo y continuar su obra. Nadie mejor que él, pues había demostrado sus cualidades contribuyendo, como en causa propia, en la tarea ruda que llegaba a su término para aquél.

El Congreso General lo eligió Gobernador y Capitán General para el segundo período constitucional.

VI

Al Gobierno de Ferré tocó una época de graves dificultades políticas, tanto en el orden provincial como en el de la nación; pero, afrontando todas en la medida de una conducta discreta, el gobernante supo darse tiempo para encaminar la provincia en progresivo adelanto.

La imprenta era desconocida en Corrientes y fue de sus primeros actos adquirir una pequeña por cuenta del Estado. Ella comenzó la publicación del Registro Oficial, cuyo primer libro lleva la fecha de 1825; sus prensas y tipos imprimieron la famosa “Verdad sin Rodeos” del apóstata agustino Beaudot y, más tarde, “El Pueblo Libertador”, “El Nacional Correntino” y “La Revolución”.

Ora con el concurso legislativo, ora de propio acto del P. E., la Administración de Ferré dejó como rastros de su laboriosidad: reglamentos de aduana, capitanía de puerto, policía, postas y correo, patentes de comercio, auxilios de ganado, extracción de caballos, receptorías de rentas, cementerios públicos, pastoreo en tierras de labranza, alcaldía de cárcel, extracción e importación de productos, recolección de diezmos, justicia de paz, escribanos públicos, arancel eclesiástico, defensoría de pobres y menores; se crearon escuelas públicas de instrucción gratuita y un cuerpo de enseñanza encargado exclusivamente de dirigirla en la provincia; se extinguieron las comunidades parásitas de Itatí y Santa Lucía, secularizándose sus bienes y repartiéndose tierras a sus antiguos miembros, bajo un reglamento bien combinado; se construyeron templos y capillas en la mayor parte de los pueblos de campaña; se fundó Bella Vista, con un reglamento de colonia agraria que bien podrían imitar los del día; se dieron leyes penales sobre el robo y vagancia; se procedió al arreglo y delineación conveniente de la capital, Saladas y otros pueblos; se fomentó la agricultura, protegiendo de mil modos la industria local y estableciendo -dentro de ciertos límites- la obligación de dedicarse a ella; se creó por vez primera una escuela de niñas en la capital; se fijó sueldo a la milicia en campaña; se reglamentó el conchavo de peones; se regularizó la Administración de Justicia; se estableció en la capital una escuela lancasteriana, con aulas de latín, francés, matemáticas y dibujo ... en una palabra, qué largo sería enumerar todo; atendióse los ramos de la Administración Pública en sus necesidades más importantes, con un celo y una competencia altamente plausible.

En el campo de la política, la conducta de Ferré no fue más que el reflejo de la voluntad del pueblo. Corrientes había contribuido a la reconstrucción nacional suscribiendo el primer Tratado Cuadrilátero y fue de las primeras que envió sus representantes al Congreso General Constituyente instalado en Buenos Aires el 16 de Diciembre de 1824.

Consecuente con estos actos, reconoció solemnemente, por una ley, al Cuerpo Legislativo Nacional y la presidencia de Rivadavia, rechazada totalmente por los caudillos anárquicos, fue también aceptada con regocijo:

“Esta elección reanima las esperanzas de la patria -decía Ferré al pueblo al publicar la ley-; y al anunciaros tan gran acontecimiento no puedo menos de congratularme en la firme esperanza de que os distinguiréis, como siempre, en el patriotismo que en todo tiempo os ha caracterizado”.

Estos sentimientos cambiaron sin embargo por la aglomeración de tres hechos importantísimos: la incorporación al Congreso Nacional de representantes directos de Misiones, que Corrientes consideraba parte integrante de su territorio; la federación franca como forma de gobierno, pedida por Corrientes y rechazada por el Congreso; y la federalizacion de Buenos Aires.

El pueblo y sus poderes públicos vieron en ellos una amenaza a los derechos del Estado y retiraron terminantemente su concurso a los trabajos de reorganización emprendidos; declarando, empero, que la “provincia estaba pronta a concurrir con todos sus recursos a la guerra con el Brasil y a sostenerla a todo trance”.

Fue -quizá- un paso ligero o, al menos, de política recelosa; influyó sin duda mucho el estado general del país y no poco la noción vaga que del sistema federo-nacional se tenía. Pero, de cualquier modo, Corrientes obró por inspiración propia y con conciencia de pueblo, no como las demás provincias por la presión de sus caudillos, a quienes no convenía ninguna forma de gobierno.

Ferré estaba muy distante de ser un Bustos, un López y un Quiroga. Su Gobierno revestía todas las formas constitucionales y en el ejercicio de los poderes había la independencia necesaria a la libertad política y civil.

Mezcladas con las cuestiones de organización nacional, nacieron la guerra con el Brasil, la sublevación de Misiones y las hostilidades del dictador Francia contra Corrientes; nubes cargadas de peligro que pasaron sin causar desastre.

En época de facultades extraordinarias, como aquélla, y para momentos difíciles como los atravesados, merece un aplauso la solución que el Poder Legislativo de Corrientes dio a la dificultad. Autorizó al Poder Ejecutivo para tomar y arbitrar las medidas y providencias necesarias a la garantía del orden y de la autonomía del Estado, “pudiendo separar de la provincia a cualquier persona que se hiciera peligrosa a su tranquilidad”. No importa otra cosa “el estado de sitio actual”.

Al mismo tiempo, como el presidente de la República habia delegado provisoriamente en el gobernador de Corrientes el mando de las tropas de dicha provincia y encargádole de la defensa del territorio hasta que el General en Jefe del Ejército Nacional dispusiera lo conveniente, el Congreso Legislativo declaró que estando garantidas las instituciones provinciales por la ley nacional del 23 de Enero de 1825, y siendo por ellas el gobernador Capitán General de sus fuerzas, le correspondía de propio derecho el comando de ellas.

El presidente no podía desconocer el reclamo justo entablado en consecuencia y dejó a Ferré una acción amplia en la provincia.

La actividad del mandatario proveyó sin tardanza a la defensa del Estado. Se levantaron tropas en número suficiente y se remitieron contingentes para el Ejército y la Marina Nacional. En Bella Vista fue situado el Campamento General y campo de instrucción, colocándose sobre la frontera del Uruguay una columna permanente de guarnición, al mando del teniente coronel Nicolás Arriola.

Ferré repartía su tiempo entre la Administración y el Comando del Ejército, habiendo marchado contra Bentos Manuel cuando este general brasileño invadió las misiones.

Unas cien familias, a lo mas, de indios misioneros ladrones y bárbaros habían sido reunidas en San Roquito por un antiguo ex Comandante Militar de Yaguareté Corá, Félix Aguirre, titulado de cuenta propia gobernador de Misiones. Dichos indios, aprovechándose de la guerra con el Imperio, hacían excursiones vandálicas al territorio brasileño reproduciendo, en cuanto podían, los robos y las matanzas que los portugueses habían hecho en Misiones.

El lucro del robo llevó a San Roquito una porción de negociantes aventureros que en sociedad con el gobernador levantaron allí una factoría de ladrones. Para destruir aquel nido de pícaros, Bentos Manuel atravesó el Uruguay con una división de seiscientos hombres y los dispersó sin dificultad. Ferré se encontraba a la sazón en Curuzú Cuatiá y antes que el general imperial ganase terreno, corrió a su encuentro a la cabeza de la columna permanente de frontera. No logró sin embargo batirlo, porque repasó inmediatamente el Uruguay al saber el movimiento de los correntinos.

Misiones fue luego el teatro del crimen. Los indios vivieron en permanente anarquía, matándose y robándose mutuamente. Partidas de ellos se internaban en Corrientes haciendo fechorías iguales a las del Brasil. Los de San Miguel y Loreto solicitaron su anexión a Corrientes y el gobernador Aleustia, por su parte, reclamó desde su prisión el auxilio de Ferré.

La Legislatura autorizó al Poder Ejecutivo para sofocar la anarquía desbordada en Misiones, poniéndose de acuerdo para ello si lo creyera conveniente, con la provincia de Entre Ríos. Un Tratado de Alianza fue celebrado con ésta; las misiones fueron ocupadas y los pueblos de Loreto y San Miguel se incorporaron a Corrientes por Pactos expresos.

Las amenazas del Paraguay no pasaron de tales. El sombrío dictador no dio paso que provocara un conflicto, cuando vio la disposición de Corrientes. Ferré buscó celebrar con él un Tratado de Paz y Comercio, pero se negó, por innecesario.

También a los indios del Chaco les tocó figurar en los actos benéficos de aquel período. La fundación de Bella Vista, en el punto mismo por donde hacían sus invasiones, púsolos a raya; luego, con agasajos y pactos, consiguió captarse la voluntad de los chinipis y de los vilelas, a punto de comenzar entonces su comercio de leña y de pasto con la capital y de no hostilizar a los trabajadores de maderas en el Chaco.

Así, resumiendo esta rápida noticia administrativa y política: Corrientes gozó de paz, prosperó económicamente y arraigó el Gobierno civil; su Erario Público, a pesar de los Gastos extraordinarios ocasionados por la situación difícil, tuvo un excedente sobre las erogaciones y, sin sacrificio, pudo hacer un empréstito a Entre Ríos, además de las armas que costeó para regalárselas.

La confianza depositada en Ferré no fue fallida. Digno continuador de la obra de Blanco, llegó al fin de su período con la satisfacción del deber cumplido y el orgullo legítimo por los aplausos de sus conciudadanos. El único Gobierno superior al suyo, de los habidos hasta entonces en las provincias, fue el célebre del general Martín Rodríguez; y no por superioridad de carácter y de sentimientos, sino por el asombroso genio de Rivadavia, que todavía es el primero de los estadistas argentinos.

VII

Ferré siguió al frente del Gobierno un año más del de su período. El tercer Congreso General elegido para nombrar el nuevo gobernador y para reemplazar al anterior, juzgó necesaria su continuación en el mando y como también investía el carácter de constituyente, derogó el articulo 10, Sección Sexta de la Constitución, que marcaba a cada período gubernativo el término de tres años, sin reelección, y reeligió a Ferré por un segundo.

El rechazó dos veces el nombramiento pero, estrechado, cedió a su pesar. Al año, cuando desaparecieron las causas en que el Congreso fundó su actitud, reiteró su renuncia y le fue aceptada, lo que prueba que declinó verdaderamente el mando en las anteriores excusaciones y no, como Rosas, que renunciaba para que le instaran a continuar y la vez que se le complació no tuvo palabras bastantes con que expresar su rabia.

Otra distinción más le hizo el Congreso. Premió sus servicios administrativos y políticos con el empleo de Coronel Mayor que, en verdad, no lo merecía, porque entonces ni después fue soldado, habiendo caído en la debilidad de aceptarlo. Habría sido más honroso para él continuar siendo sólo maestro de ribera; Sarmiento, sin embargo, le ha dado la razón: él también ha optado por ser General, y no don Domingo F. Sarmiento sólo.

En el cuarto año de mando, Ferré mantuvo el rumbo trazado a su conducta. La presidencia, la Constitución y el Congreso Nacional habían sucumbido ante la reacción de los caudillos, alentados por el coronel Manuel Dorrego; la guerra con el Imperio continuaba en pie y en lugar de un cuerpo unido que la mantuviera, la República ofrecía el espectáculo de la anarquía; la política vencedora había llevado su venganza al seno mismo del Ejército Republicano, que acababa de agregar la palma inmortal de Ituzaingó a la ya gloriosa historia militar del pueblo argentino.

El país atravesaba una situación crítica y desesperada. Dorrego envió a las provincias emisarios que negociaran Pactos aislados de alianza, por los cuales pudiera encaminar la reconstrucción del Gobierno General, solicitando intertanto de los caudillos la representación provisoria de la República en los negocios exteriores.

A Corrientes fue destinado el canónigo Pedro Pablo Vidal, pero el Tratado que celebró con el ministro general Eusebio A. Villagra no llegó a tener ejecución por haber sido rechazadas por el Congreso las modificaciones con que lo ratificó el Gobierno de Buenos Aires. No obstante, una ley especial de la provincia declaró: “que estaba dispuesta a cooperar a la guerra con el Brasil y que sus tropas quedaban expeditas para marchar adónde y a las órdenes de quien lo exigiera el interés nacional”; y, por otra, estableció claramente que si la Convención Nacional que debía instalarse en Santa Fe admitía en su seno la representación de la pretendida provincia de Misiones, no concurría a ella, sin que por esto se excusase de cumplir las obligaciones que tenía respecto al interés nacional.

La aetitud de Corrientes fue discreta. Sin embanderarse en las pasiones del día y sin olvidar un solo instante sus deberes como parte componente de la familia argentina, se conservó en el terreno patriótico de sus derechos y de sus aspiraciones. Es que la federación que deseaba no consistía en la federación triunfante con la caida de Rivadavia; era su ambición el orden garantido por la justicia y el derecho de los pueblos y no podía seguir la corriente destructora.

En el régimen interno, el impulso administrativo siguió su curso benéfico. Las capellanías laicas y eclesiásticas fueron adscriptas a los fondos del Estado; se reglamentó los derechos de fábricas, de curtiembres, hornos de ladrillo, casas de alquiler y construcciones navales; se legisló sobre la propiedad territorial, clasificando los títulos particulares; se reglamentó la mensura de los campos; el comercio con la provincia de San Borja fue materia de un detenido y liberal decreto; se dio una ley de pensiones para las viudas e hijos de los militares muertos en servicio y para los inválidos por la misma causa; se erigió la Columna Conmemorativa de la fundación de la capital.

El general Ferré puso en posesión del mando a su sucesor, don Pedro Dionicio Cabral, el 25 de Diciembre de 1828; y cinco días después, el 30, fue sometido al juicio constitucional de residencia, cuyo juez especial fue don Marcelino Denis. A los dos meses quedó terminado el juicio, conforme lo había dispuesto la ley, resultando completamente aprobada su conducta.

El maestro de ribera volvió entonces a su taller abandonado y como en los días primeros de su oficio gimieron nuevamente las maderas mordidas por los instrumentos que manejaba con habilidad y entusiasmo.

VIII

El Gobierno de Cabral confió a Ferré dos misiones diplomáticas: la primera, con el propósito local de garantir la tranquilidad de la provincia, alarmada por la situación anárquica y la actitud amenazante de Entre Ríos; y la segunda, con los altos y elevados fines de la paz y de la constitución del país.

Aquélla fue relativamente sencilla. Entre Ríos estaba unida a Corrientes por Pactos solemnes, que sólo la anarquía engendrada por algunos militarejos pudo hacer olvidar, y le debía los servicios importantes que la Administración de Ferré le prestó. El enviado halló buena voluntad en el gobernador Solá y el objeto de su misión quedó llenado.

La segunda estaba en otro caso. Habia que romper diplomáticamente la situación de guerra civil reabierta después del fusilamiento de Dorrego y, en el estado de los negocios de entonces, era difícil la acción tranquila de la diplomacia. El representante de Corrientes debia, por lo menos, atraer a las provincias del Litoral a un Pacto de unión que las sustrajera a la guerra.

Ferré lo buscó, comprometiendo a Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos por Tratados Preliminares que garantían aquel resultado. Era una de las estipulaciones expresas de todos ellos, la inmediata reunión en Santa Fe de delegados de las cuatro provincias, para el ajuste definitivo del Pacto General que regiría como ley común.

Los delegados se reunieron el 20 de Julio de 1830. Previo canje de su poderes, fueron encargados de redactar el proyecto de Tratado, Ferré y el diputado por Buenos Aires, don José María Roxas y Patrón. En el estudio y discusiones particulares que tuvieron, nada se pudo acordar, porque Roxas se oponía terminantemente a tratar los puntos siguientes:

1.- formación de una representación de las provincias aliadas, hasta tanto se organizase la nación;
2.- que dicha representación debía propender a la organización general del país;
3.- que dicho Cuerpo legislase sobre el comercio extranjero y la navegación de los ríos Paraná y Uruguay.

El diputado por Corrientes sostuvo con firmeza que eran cuestiones esenciales de que no podía prescindir según sus Instrucciones y los términos de las Memorias presentadas a la Comisión por los de Santa Fe y Entre Ríos y, sobre todo, porque Corrientes no habia hecho la invitación con el único objeto de propender a sus intereses, sino para que todo cuanto se hiciese tuviera una tendencia general en favor de toda la nación (Informe de Ferré).

Roxas no cedió y el acuerdo fue imposible. Entónces, a propuesta de Roxas convinieron presentar respectivamente a sus cólegas un Memorándum y un proyecto de tratado, a fin de que fuera aceptado el que mayor opinión tuviera.

Roxas presentó el suyo, sin firma y sin proyecto; pero Ferré cumplió lo prometido sometiendo un trabajo completo, bien meditado y, sobre todo, de altísima importancia como base para la constitución del país. Sería largo detallar su obra; basta decir que era una verdadera Constitución Política para los cuatro Estados del Litoral.

Los representantes de Santa Fe y Entre Ríos aceptaron el proyecto del de Corrientes, con pequeñas modificaciones de forma pero, a pesar de esto, Roxas insistió en su tenaz resistencia, exponiendo razones que es mejor pasarlas al silencio, dice Ferré.

Era ya Rosas que empezaba a poner trabas a la constitución del país. El Tratado General fracasó, por consiguiente, cuando ya no era posible temer ese resultado ante los Pactos Prelimináres que lo habían asegurado; y fracasó por Roxas, agente de Rosas, contra el noble empeño del representante correntino.

Ferré previno a sus cólegas que no podía continuar en una situación semejante, obra bastarda de una deslealtad notoria y se retiró a su provincia, a cuyo Gobierno informó de su conducta. Desencantado con lo que había palpado y viendo imposible, al menos por el momento, el logro de su patriótico anhelo, pidió su exoneracion del cargo distinguido que había desempeñado con cívica lealtad.

Había comprendido perfectamente que la verdadera política de Rosas consistía en fomentar la guerra civil en el Interior, dominado por el general Paz después de las derrotas de Quiroga en La Tablada y Oncativo, y en provocar la de las provincias litorales contra dicho General, a cuyos efectos únicamente y no a los de la paz y la organización; quería hacer servir la alianza propuesta por Corrientes.

Su provincia natal, su Gobierno y él mismo estaban en otra corriente de ideas, y no queriendo derramar sangre, que no ofrecería en la victoria compensación, negóse a prestar cooperación a los propósitos de Rosas, con tanta mayor razón cuanto que en el Interior habían celebrado un Tratado de Unión Córdoba, Catamarca, San Luis, Mendoza y La Rioja, estableciendo como causa común la Constitución del Estado y la reorganización de la República, siendo Encargado el general Paz de la convocatoria a las demás provincias, con incitación previa a los Gobiernos de Buenos Aires y Santa Fe para que llenasen los compromisos que tenían por el Tratado de Paz y Amistad del 27 de Octubre de 1829.

Aquella misión es una de las páginas más meritorias de la carrera pública de Ferré. Demostró en ella patriotismo, un sentimiento elevado de nacionalidad y vistas claras de hombre de Estado. Bien que el éxito de sus trabajos no coronó su aspiración, quedó probado cuáles eran los sentimientos de Corrientes y le evitó mezclarse en la guerra civil.

IX

La provincia eligió a fines de 1830 el cuarto Congreso General, y siendo Ferré uno de los que merecieron la confianza del mandato público, fue nombrado Presidente de la Asamblea. Días después, tuvo que abandonar las tareas legislativas para hacerse cargo del Gobierno a que nuevamente fué llamado a pesar de sus excusaciones.

La política nacionalista de Ferré escolló contra el ya respetable poder de Rosas; pero es timbre de gloría para él y su provincia haber sido el primero que desenmascaró al tirano que se incubaba y haber reclamado con energía la reunión de un Congreso Nacional Constituyente.

Después de las conferencias de Santa Fe, Rosas y Estanislao López se pusieron de acuerdo para llevar adelante el plan del primero. Quiroga fue recibido en triunfo por Rosas. El terrible “tigre de los Llanos”, humillado y vencido con figuras de contradanza, era el llamado a dar brío y pujanza a la empresa, y bien merecía la pena de agasajarlo como a un guerrero esclarecido y un ciudadano preclaro.

A la invitación del general Paz para el envío de representantes a Córdoba, Rosas y López respondieron con preparativos bélicos. Las tropas de Buenos Aires y Santa Fe fueron alistadas para entrar en operaciones contra Paz, siendo Comandante en Jefe de ellas Estanislao López y, Quiroga, Jefe de Vanguardia.

La lucha se inició con la invasión de éste a Córdoba y sus triunfos sobre los coroneles Pringles y Videla Castillo. Para disculpar dicha actitud y mejor engañar a los pueblos, Buenos Aires y Santa Fe celebraron el Tratado del 4 de Enero de 1831 sobre las bases que Roxas había rechazado en las conferencias con Ferré.

La guerra tuvo un desenlace inesperado; un tiro de bolas puso fin a la Alianza del Interior. Prisionero el general Paz, y sucesivamente disueltas por la anarquía, o derrotadas, las fuerzas que mandó, el país entero cayó en manos de Rosas, López y Quiroga.

Corrientes fue entonces la única provincia de Gobierno regular y civilizado; sólo en ella imperaban leyes y se respiraba libertad.

En tal situación, Ferré se adhirió al Tratado del 4 de Enero de 1831, como su primer iniciador, con toda aquella previsión -dice el mismo- que una bien mediada desconfianza le hizo presentir los resultados que desgraciadamente vio realizarse después. Por ese camino buscaba la constitución de la Nación, ya que el triunfo de los que la habían prometido solemnemente la facilitaba.

Don Manuel Leiva recibió la alta misión de representar a Corrientes en el seno de la “Comisión Representativa de los Gobiernos de las provincias litorales de la República Argentina” instalada en Santa Fe. Pero, no bien se dio principio a los trabajos tendientes a la reconstrucción política del país, cuando el representante por Buenos Aires, Olavarrieta, se opuso tenazmente a ellos, mientras Rosas hacía circular en el Interior cartas numerosas, aconsejando (y ello importaba un mandato) se postergara el asunto por falta de oportunidad.

Leiva era impotente para contrarrestar aquella influencia pero, ciudadano amante de su patria, buscó cooperacion en los hombres que juzgó bienintencionados y de influencia en el Interior.

Sus comunicaciones en dicho sentido fueron denunciadas como la obra pérfida de un traidor, y Rosas, en nota directa al Gobierno de Corrientes, y Angelis, Roxas y el doctor Pedro Feliciano Cavia -en la prensa y en panfletos- pusieron el grito al cielo contra el diputado. “La conducta del diputado de Corrientes -decía Rosas- constituye un delito atroz”.

Ferré tomó sobre sí la responsabilidad del proceder de Leiva, y encaró a Rosas la falta de cumplimiento del Tratado del 4 de Enero:

“¡Hasta cuándo -le decía entre otras cosas- se quiere apurar el sufrimiento de los pueblos, pretendiendo que los ofendidos con tan abierta oposición, cierren los labios y cedan a la injusticia con que se desatienden sus reclamos!
“Veintidós años de revolución y otros tantos de persecución, contrastes y miserias han sido bastantes para justificar la decisión de los pueblos por la constitución del país.
“¿Qué ventajas puede producir la paz, si ella mediante, no se trata de arribar a tan importante objeto? Preciso es no olvidar que llegará un día en que temblarán los ambiciosos con la justa indignación de los pueblos.
“El Gobierno de Corrientes no dista ya de creer que el de Buenos Aires quiere infringir su solemne compromiso, a pretexto del incidente de que se trata; pero esto no es justo, por criminal que sea la conducta del diputado.
“Quiera V. E. economizar la sangre argentina tantas veces vertida por innobles pasiones. El diputado de Corrientes no ha desviado sus deberes; ha secundado la opinión bien marcada de sus comitentes y de su Gobierno, el cual tiene la satisfacción de que si hoy es mirada con indiferencia su opinión, los amigos del país y el recto tribunal de la posteridad le honrarán a su tiempo con la justicia que corresponde”.

Nadie, hasta entonces, ni después, habló a Rosas con tan franca energía. Más, no fue la nota que tales conceptos contenta la que irritó al futuro tirano de la República; Ferré habia cometido directamente el mismo crimen atroz que el diputado Leiva.

El 13 de Abril de 1832 despachó una extensa Circular a los gobernadores de provincia, denunciando los manejos de Rosas contra la organización nacional y pidiéndoles su concurso para la reunión de un Congreso Constituyente.

En ese documento, doblemente notable por el patriotismo nacional que respiraba y las nobles ideas emitidas, vació Ferré el pensamiento y la aspiración de su provincia, la única en aquella época que pensaba en la unidad de la patria. “El estado de aislamiento -decia- sólo puede producir ventajas a la provincia que se ha hecho árbitro del Tesoro Nacional”.

Rosas declaró “traidor” a Ferré e impartió orden a sus escritores asalariados para que lo ultrajasen y combatieran sus anárquicas ideas. Un Manifiesto del gobernador de Corrientes a los pueblos argentinos sobre las cuestiones nacionales del dia, puso definitivamente de relieve la política de Rosas, levantando aún más la figura patriótica de su autor; y aunque en los hechos quedó victorioso aquél, ante el patriotismo pudo reclamar Ferré los honores cívicos que la historia tiene el deber de acordarle.

X

En medio de las atenciones que los negocios generales suscitaban, Ferré castigó la insolencia del dictador Francia, que lanzó sus tropas sobre las misiones, no satisfecho todavía con la usurpación hecha por el Paraguay del distrito de Curupayty, propiedad inmemorial de Corrientes.

Una división del Ejército de la provincia marchó sobre los paraguayos adueñados del territorio argentino situado entre el Paraná, el Uruguay y la Laguna Iberá, obligándolos a evacuarlo; y los tuvo a raya en la línea del Paraná durante el período de Ferré.

También los asuntos internos recibieron nuevo impulso progresista. La educación pública alcanzó un desarrollo importante; se establecieron nuevas circunscripciones eclesiásticas y se construyeron nuevos templos; cuarteles y casas de seguridad, fueron levantados en muchos pueblos de campaña; en Bella Vista y Esquina se edificaron aduanas y resguardos; en la capital se terminó el Mercado, y se dio principio a obras de defensa en el puerto; la agricultura, el pastoreo y el comercio en general prosperaron al amparo de garantías verdaderas para la vida y la propiedad; el Ejército de Línea y las milicias recibieron una organización esmerada; la Hacienda Pública excedió siempre a las necesidades del Estado; se reglamentó sabiamente la ley de enfiteusis; se dieron leyes económicas proteccionistas; se reglamentó el corte de maderas en los bosques fiscales; se dio una ley especial sobre los límites de la provincia; se permitió el beneficio de la yerba mate bajo una reglamentación general; se abrieron caminos vecinales en Lomas; se prohibió en toda la provincia el bárbaro juego de máscaras (kambá-raangá); se reformó la ley electoral.

La segunda Administración de Ferré fue tan laboriosa y fecunda como la primera, y superior a ella en las proyecciones brillantes de su política nacional.

El quinto Congreso quiso confiarle nuevamente el poder, pero él lo rechazó de una manera absoluta. Las instancias fueron estériles; entonces, premiando sus servicios, fue ascendido a Brigadier General. Aceptó el título de honor y renunció el sueldo de mil quinientos pesos anuales, inmediatamente, a beneficio de las urgencias del Estado; y para siempre, en el de los establecimientos de educación pública donde los hijos de la provincia puedan adquirir los conocimientos precisos para llenar algún día los deberes de ciudadano.

Con este patriótico desprendimiento más coronó el general Ferré su segundo período gubernativo.

XI

Don Rafael Atienza, sucesor de Ferré, probó en el Gobierno la profunda verdad con que habló al renunciar su nombramiento. El había dicho:

“Mis aptitudes son ninguna para el alto destino que se me prepara; inexperto y sin los conocimientos precisos para poder discernir y uniformar la marcha del Gobierno en tan graves circunstancias, me considero digno de vuestra compasión y alto miramiento”.

Esta franqueza fue desoida; no se la creyó o no se la quiso creer; fue gobernador e incurrió en fatales errores. La historia, sin embargo no puede atribuirle exclusivamente la responsabilidad de los actos que llevan su firma al pie; para ser justa, tiene que fulminar su principal condenación sobre los instigadores y cooperadores que tuvo.

El Gobierno de Atienza entró de lleno en la política de la federación de Rosas, y Corrientes vistió la librea del gobernador de Buenos Aires, sin necesidad y por simple torpeza. La sangre del pueblo tuvo que lavar esa vergüenza.

Ferré no podía tener papel en aquella escena; la ojeriza de Rosas pesaba sobre él. Retirado en su casa y trabajando para vivir, sólo fue ocupado en la redacción de un Código e Instrucción Militar, asociado al coronel de la independencia Manuel Olazábal y al sargento mayor Tiburcio Rolón. La reacción contra Rosas lo hizo reaparecer.

XII

Por muerte de Atienza recayó el mando gubernativo en el teniente coronel de granaderos a caballo, Genaro Berón de Astrada. Los vejámenes recibidos de Rosas eran ya intolerables; ninguna consideración guardaba a la provincia, pareciendo más bien que hacía gala de su omnímoda y arbitraria conducta.

La inmensa mayoría estaba irritada, bien que no faltasen algunos que estuviesen contentos, a condición de la paz. La reacción contra semejante situación tenía simpatía en todos los corazones.

La elección de Berón respondía al sentimiento general; y como Ferré era, puede decirse, el centro de aquel movimiento, volvió a figurar en primera línea. Electo diputado al Congreso del año 1838, obtuvo la Presidencia de dicho Cuerpo.

La provincia tenía encima la vigilancia de Echagüe, cuyos agentes le tenían al corriente de los detalles más mínimos de la política. Supo así lo que pasaba, y transmitióle inmediatamente a Rosas. Con esto, quedó decidida la suerte de Corrientes, pues Echagüe recibió orden de hacerle la guerra para reducirla a lo que eran Santa Fe y Córdoba.

Berón de Astrada se adelantó a los enemigos. El doctor Salvador M. del Carril -primero-y el coronel Manuel Olazábal -después- sirvieron de agentes diplomáticos para inteligenciar los elementos de guerra contra Rosas, en una y otra orilla del Uruguay.

La provincia puso sobre las armas sus más y sus mejores hijos, aquella juventud dorada del tipo brillante de Tiburcio Rolón. Cinco mil hombres esperaban impacientes en el campamento Abalos, la reproducción del grito glorioso de redención que Genaro Perugorría lanzó, cuando -como entonces- era preferible la muerte a la vida esclavizada.

Expresamente autorizado por el Congreso, Berón de Astrada declaró solemnemente la guerra a Rosas, el 28 de Febrero de 1839, desde su Campamento General en Abalos e hizo circular en el Ejército, en la provincia y en la República el Manifiesto de sus causas. Pero, fuera de Corrientes, donde el pronunciamiento fue festejado y victoreado, en la inmensa extensión del territorio argentino, no se levantó un eco unísono con aquel valeroso ejemplo de heroica abnegación patriótica.

Corrientes, sola, echó sobre sí la empresa y sola recogió la palma del martirio en los campos de Pago Largo. Mil novecientos cadáveres en el campo de batalla; ochocientos prisioneros degollados; la piel del gobernador de Corrientes arrancada a su cadáver para hacer de ella una manea que Urquiza conservó hasta su muerte; y la provincia pisoteada por Echagüe, pusieron término a la protesta armada de un pueblo generoso.

“Desde entónces, la provincia de Corrientes, el nombre de su gobernador y mártir, Berón de Astrada, y la jornada de Pago Largo, ocupan la página más memorable, más gloriosa y más triste de la historia de la libertad argentina” (Bartolomé Mitre).

La noticia del desastre conmovió profundamente la capital, pero sin quebrantar la fe patriótica en la causa abrazada. El Congreso llamó al poder al general Ferré y éste lo aceptó gustoso para continuar la lucha.

“La salvación de la patria nos llama al campo de batalla -decía en su Proclama del 2 de Abril-; marchemos a recoger en él las coronas que nos inmortalizarán”.

Desgraciadamente era imposible la lucha. Toda la actividad y el entusiasmo del gobernante se estrellaron en la ocupación de la provincia por el vencedor, que la dominaba a sangre y fuego y amenazaba todavía hacer más horrible su triunfo si no se sometía conformada a su capricho.

Entonces, a la energía sustituyó el sacrificio de lo más caro en la vida. El mismo Congreso que sancionó la autorización gloriosa para hacer la guerra a Rosas, creyó que, condescendiendo con las exigencias de Echagüe, evitaría males mayores; y afrontando la severa crítica de la historia, sacrificó su nombre por salvar a Corrientes. Declaró a Berón de Astrada decaido de los honores con que fue investido a su ingreso al mando y la nulidad de todos los actos de la Administración. Echagüe lo había exigido. Ferré se asoció a la inmolación, promulgando la ley.

Entregar el nombre y la honra política a la maldición de los presentes y tal vez al terrible anatema de la posteridad, tan sólo por ahorrar lágrimas y sangre fue, sin duda, un desprendimiento magnánimo de altísimo patriotismo.

Pero, con todo, fue una debilidad. Si al hombre no puede exigirse siempre heroismo, aquél era un momento que lo pedía a todos los correntinos. En los hechos humanos hay situaciones en que sólo es permitido triunfar con honor o caer con grandeza; y Corrientes era más gloriosa saqueada y asesinada por el vencedor, pero cantando himnos de honor a la sublime inmolación de sus hijos, que próspera y feliz, tal vez, maldiciendo su memoria.

El martirio de miles de correntinos, cuya sangre estaba aún fresca sobre el campo de la matanza salvaje, debió pesar más en la resolución de los sobrevivientes, que los objetos acariciados. Sacrificio por sacrificio, el del martirio no tiene igual; y pues él había ya dado a Corrientes un título inmortal, el consumado después quedó para atestiguar tan sólo que ni el Congreso ni Ferré supieron conservarse a la altura excelsa del heroismo.

Hechos inmediatos, impuestos también por Echagüe, demostraron la esterilidad de la humillación; pero Ferré no tuvo ya la desgracia de asociar a ellos su nombre. Retirado del poder el 9 de Mayo, miró impotente desde su hogar el cuadro de ruina que presentaba Corrientes.

Echagüe insinuó su captura y remisión a Buenos Aires; más, fue feliz en no haberse consumado el hecho, por súplicas extrañas que atendió aquél generosamente.

XIII

Tan luego como el Ejército entrerriano evacuó la provincia, el sentimiento público volvió a despertar síntomas de reacción. Don José Antonio Romero, gobernador impuesto, era un simple espantajo que no podía desviarlo; sin prestigio personal y sin las cualidades del hombre de acción, estaba en el aire.

Para derrocarlo no había para qué conspirar; la conspiración constituia el pensamiento común. Oportunidad, era el nudo único de la situación. Y ella llegó. El general Juan Lavalle invadió Entre Ríos al frente de una legión de valientes y derrotó completamente al gobernador Zapata en Teruá. Las tropas de Echagüe y Urquiza operaban en el Estado Oriental contra el presidente Rivera, y no podían abandonar la campaña.

Con los enemigos alejados y un posible aliado próximo, los correntinos sacudieron sus cadenas. El 6 de Octubre de 1839 fue depuesta en toda la provincia la artificial Administración de Romero. El no estaba en la capital sino en su campamento de San Roque; y su mismo delegado puso él cúmplase a la ley de su destitución.

El pueblo de la capital, pronunciado en reacción la mañana del 6 de Octubre, convocó extraordinariamente la Legislatura y operó el cambio por órgano de los poderes constituidos. Ferré fue colocado en el Gobierno.

Entre Ríos no respondió al llamado de Lavalle; prefirió guardar fidelidad a Rosas. En vista de ello, la legión libertadora se dirigió a Corrientes y, desde su Cuartel General en Curuzú Cuatiá, el General ofreció sus servicios a Ferré “porque era deber de los argentinos ponerse a las órdenes del Primer Magistrado del pueblo que había interpretado el voto unánime del país y conquistado con heroismo el titulo de Pueblo Libertador”.

El gobernador corrió al encuentro del ilustre soldado para concertar con él la salvación de la patria. El 25 de Octubre decretó -en Curuzú Cuatiá- en virtud de las facultades de que estaba investido, la formación de un Ejército “destinado a libertar la República de la horrorosa opresión del déspota Juan M. de Rosas”, nombrando a Lavalle su General en Jefe; Ejército que regó después con su su sangre y llenó con sus cadáveres la vasta extensión del suelo argentino, en la más grandiosa cruzada de redención que recuerda la historia.

La Legión Argentina sirvió de base al Segundo Ejército Libertador. Acampada a orillas del arroyo Ombú, engrosaba diariamente sus fílas con los contingentes entusiastas enviados de los Departamentos. Cuantiosas contribuciones voluntarias en dinero, caballos, vacas, víveres, ropa y demás artículos necesarios, ayudaban los escasos medios del Estado.

¡A la lid! era el grito eléctrico que partía de todos los pechos, y la canción guerrera que lleva ese nombre, como la Marsellesa en Francia, hace derramar aún lágrimas de entusiasmo a los veteranos de aquella falange de héroes.

El General en Jefe se ocupaba todavía en dar organización a los contingentes cuando invadió la provincia Juan Pablo López (a) “Mascarilla”. Sin elementos para resistir a tres mil hombres de fuerzas regulares, Lavalle emprendió retirada al Interior, desprendiendo sobre el invasor partidas ligeras que lo molestasen. La única tropa de alguna consideración que “Mascarilla” venció por la sorpresa, fue la del bizarro comandante Maciel, situado en la frontera. López se retiró sin haberse atrevido a pasar el río Corriente y Lavalle volvió a ocupar su campamento en Ombú.

En menos de tres meses, Enero de 1840, el Ejército contó ya más de tres mil soldados; la provincia estaba en relaciones cordiales con la República de Río Grande y con el Estado Oriental, circunstancias que su Gobierno pensaba utilizar para el mejor éxito de su empresa; Entre Ríos no ofrecía grandes dificultades teniendo sus tropas comprometidas en la guerra contra Ribera y habiendo sido vencidas por éste en Cagancha.

En consecuencia, el 1ro. de Enero volvió Corrientes a declarar la guerra a Rosas, preparándose el Ejército para entrar en campaña. El 27 de Febrero de 1840, el clarín bélico puso en marcha las huestes libertadoras en número de cuatro mil combatientes. No corrieron más gallardos y animosos que ellas, al campo del honor, los famosos republicanos franceses del pasado siglo, ni las legiones patrias de la Revolución de Mayo llevaron nunca en las puntas de sus bayonetas una causa más santa.

A la sombra de la bandera que paseó triunfante a través de un continente, “nadie temía cobarde la muerte”, iluminados por su esplendor glorioso; “guerra, guerra al cobarde tirano”, era el juramento universal del Ejército.

La dualidad Ferré-Corrientes dio aquel Ejército. Sin ella no habría tal vez recogido la historia ese refuerzo gigante y memorable. El pueblo tenía en su gobernante toda la energía y el patriotismo que necesitaba para realizar su noble anhelo y el mandatario tenía en el pueblo la virilidad y la grandeza requeridas para la redención del país. Por eso cubre a Ferré y a Corrientes la misma luz de gloria arrojada por aquel foco.

XIV

El general Lavalle combinó una expedicion sobre Santa Fe, por el Chaco, al mando del coronel Mariano Vera. Ferré fue opuesto a ella, pero no pudiendo disuadir al General, facilitó a la empresa los elementos que pudo, en dinero, armas, caballos, vacas y vestuarios, menos tropas, que desde un principio negó redondamente.

El lamentable resultado que tuvo dio la razón a Ferré.

Para guarnecer la provincia después de la marcha del Ejército Libertador, se organizó una división de reserva de 600 hombres al mando delgeneral Vicente Ramírez, tropas que, sin perjuicio de su especial destino, fueron también puestas a las órdenes del general Lavalle pero que, no habiéndolas admitido por el momento, llenaron su primer objeto.

La lucha de Corrientes sola contra Rosas, dominador del país entero, era superior a las fuerzas de la provincia. Pensando en el éxito, buscó Ferré cooperadores fuera de ella. Por el Chaco se puso al habla con los gobernadores del Interior de la República, invitándolos a secundar su política.

De los agentes franceses consiguió levantaran el bloqueo de los puertos y dieran protección al comercio. Los republicanos riograndenses le ofrecieron elementos de guerra y el presidente Rivera prometió armonizar su política y sus operaciones con el director de la segunda regeneración política de la República.

La Comisión Argentina, establecida en Montevideo, declaró también que tomaba como causa propia la de Corrientes. El general Paz, recientemente fugado de su prisión, recibió invitación del Gobierno de Corrientes para incorporar el valiosísimo contingente de su genio militar al Ejército Libertador o de ir a ella a encargarse de levantar un tercero y, desairado por el general Lavalle, según sus “Memorias Póstumas”, se dirigió a la provincia al segundo objeto.

Estas circunstancias propicias y los triunfos del general Lavalle en Entre Ríos, hacían concebir la esperanza de que el tirano sucumbiría al empuje del torrente desbordado sobre él. Pero cuando Ferré creía más asegurado el éxito de sus esfuerzos, recibió el Parte de la batalla de Sauce Grande, y el aviso, a la vez, de Lavalle, de su resolución de abandonar Entre Ríos y pasar el Paraná para llevar la guerra al dictador en su propia provincia.

Esto ocurría cuando habia hecho incorporar al Ejército la división de reserva del general Ramírez.

Como militar y como político, el general Lavalle comprometió la causa con su resolución. Dejar a sus espaldas todo Entre Ríos compacto en contra y con un Ejército regular y Santa Fe inconmovible, para atacar a Rosas en el centro principal de su prestigio y de sus recursos, con un Ejército alejado del único punto que podia servirle de apoyo, era arrojo militar que sólo un prodigio podia hacer feliz.

Y politicamente, alzándose él de cuenta propia con la dirección suprema de la cruzada, contra las órdenes expresas del mandatario de quien dependía como soldado y como hombre de honor, rompía en un instante desgraciado los vinculos establecidos para el mejor logro de la aspiración común.

Mucho se atacó entonces al gobernador de Corrientes por haber declarado al general Lavalle desertor de la provincia, por la defección contra sus deberes y compromisos solemnes como militar y como hombre.

El doctor don Julián S. de Agüero escribió un folleto especial en defensa de Lavalle, y Sarmiento clasificó a Ferré de localista en “Facundo”. Era la atmósfera política apasionada del tiempo. Cuarenta y tres años han podido restablecer la serenidad necesaria al juicio histórico y, en nombre de la imparcialidad, Ferré debe ser absuelto.

Lavalle por ser Lavalle, no era el Gobierno de Corrientes. General del Ejército Libertador por nombramiento del Gobierno de Corrientes y dependiente de él, estaba sometido a la obediencia del soldado. La causa cuya defensa le fue entregada era la del pueblo argentino, que le imponía no jugarla a los entusiasmos caballerescos de su alma ardiente.

¿Qué menos pudo hacer el Gobierno burlado que condenar su conducta, clasificándola con la prudencia máxima de la ordenanza militar vilipendiada?

No fue el pasaje del Paraná, ni la guerra llevada a Buenos Aires lo que provocó la actitud de Ferré; no fue su localismo, bien desmentido por sus hechos de entonces y de antes. Fue la desgraciada usurpación de facultades y la inmoral insubordinación, hechos que hoy, como entonces y como siempre, no podría tolerar un Gobierno digno.

Más aún. La situación era tal, que todo desprecio impune por la autoridad pública podía engendrar la altanería anárquica y el desorden desquiciador, en momentos en que más que nunca se requería uniformidad de acción, fundada en la obediencia legitima; y Ferré no podía patrióticamente comprometer el depósito sagrado que había recibido, silenciando un hecho por lo menos depresivo de los altos atributos del Gobierno.

Sensible fue, sin duda, el paso y otros que con igual objeto tuvo que dar; pero absolutamente necesario. Por lo demás, consideró siempre el Ejército Libertador “un ejército de correntinos patriotas y de valientes soldados, que marcharon a combatir y combatieron contra la tiranía; y sus votos fueron por su felicidad, que era la de la patria y el honor de Corrientes”.

XV

Corrientes quedó en la boca del lobo, sin soldados, sin armas y sin recursos. Echagüe y Urquiza, con sus hordas hambrientas de matanza, tenian el camino franco para dominarla a tambor batiente. Su desesperada situación inspiraba la compasión de los mismos estrenos.

“Es necesario salvar a toda costa a Corrientes”, decía “El Nacional” de Montevideo.
“Perezca todo y sálvese ella. Si Corrientes perece, la libertad argentina tendrá que arrastrar un eterno luto y seria una pérdida que ninguna felicidad podría reparar; un crimen que ninguna hazaña, que ninguna virtud, podría hacer perdonar”.

Las primeras medidas de Ferré fueron: ordenar un nuevo reclutamiento de milicias y enviar a don Juan Baltazar Acosta en procura de una alianza con el Estado Oriental. El 5 de Agosto de 1840 delegó el mando gubernativo para salir a presidir la organización de las fuerzas. En aquellos momentos, llegaba el general José M. Paz, con un pequeño cuadro de jefes y oficiales.

El eximio táctico y tal vez primer General de América, fue inmediatamente nombrado Comandante en Jefe de todas las fuerzas correntinas que debían formar el Tercer Ejército Libertador, llamado Ejército de Reserva. Veinte días después, el plenipotenciario Acosta celebraba en Paysandú un Tratado complementario o adicional al del 31 de Diciembre de 1838 y la provincia tenía ya un núcleo respetable de fuerza regularmente disciplinada, armada y con elementos de movilidad. Corrientes estaba salvada.

El Tratado con el Estado Oriental es una de las desgracias de Ferré. Si bien es verdad que solo a esa condición había ofrecido Rivera auxiliar a Corrientes y la auxilió realmente con los elementos militares que necesitó para armar el Ejército de Reserva, también lo es que fue una de las causas de los desacuerdos posteriores a Caá Guazú y el origen de la catástrofe de Arroyo Grande.

Las salvedades hechas por el Gobierno de Corrientes lo ponen a cubierto de la acusación injusta, pero acusación en fin, que los partidarios de Rosas han hecho a sus enemigos, del punto de vista de sus deberes como argentinos.

“El Gobierno se reserva -decía un artículo adicional al Tratado- el ejercicio pleno de todos los actos anexos e inseparables a la soberanía de la provincia y declara que la Convención no debe afectar en manera alguna los derechos que competen a la Nación Argentina, de que Corrientes es parte integrante”.

Pero ellas no lo podían librar de las consecuencias de las concesiones hechas por necesidad. Teniendo en cuenta las circunstancias desesperadas que dieron origen al Tratado, la resistencia de Rivera a suscribirlo sin la aceptación de las condiciones peligrosas que exigía y apreciando con equidad los objetivos patrióticos de Ferré, más que error, propiamente fue una fatalidad ineludible, de las muchas que suelen presentarse en épocas extraordinarias.

Había rechazado con enérgica prudencia las condiciones de Rivera, mientras Rivera no fue una necesidad indispensable; pero cuando el general Lavalle, con su conducta, lo puso en esa ventajosa posición, ínter dejaba a Corrientes “en las astas del toro”, Ferré fue ya impotente para resistir. La culpa no fue suya; era, como dice el doctor Vicente Fidel López, la lógica inquebrantable de la fatalidad que, ensortijando los sucesos, impone sus conclusiones con una fuerza de hierro.

Más, si hay justicia en explicar así aquel hecho por muchos atacado, sería altamente parcial juzgar con el mismo criterio los actos políticos internos de Ferré durante el segundo término del año 1840. Ellos fueron verdaderos errores, que engendraron abusos.

El Congreso General Cconstituyente instalado en Noviembre de dicho año se componía de ciudadanos patriotas, de probada adhesión a la causa contra el tirano; pero, al mismo tiempo, eran hombres independientes, no dispuestos a sacrificar el cumplimiento del mandato popular a consideraciones personales. Su elección respondía a un doble objeto: cooperar en su esfera a la acción ejecutiva para la vigorización de la guerra; y detener las extralimitaciones deplorables en que había incurrido el Gobierno -sin necesidad- y que causaban descontento general.

El ejercicio continuado del poder suele tentar los caracteres más puros, en épocas difíciles sobre todo, haciendo que el gobernante llegue a persuadirse de la legitimidad de actos impropios, pero que conducen a un objetivo superior, común a todos. Esto pasó a Ferré.

Subordinando todo al triunfo, apasionado por la causa de la libertad y satisfecho de la estima en que tenía el pueblo sus servicios, quebrantó barreras institucionales y derechos inalienables, perdió la serenidad que debe caracterizar al gobernante para no ser injusto ni herir por ofuscación y guióse de su propia inspiración tan solo. Todo ello, empero, no encerraba maldad; eran errores que tenían la disculpa, si bien no la justificación, de la época.

El Congreso quiso restablecer el equilibrio alterado. En la contestación al Mensaje de apertura de sus sesiones, manifestó sus vistas políticas con exquisita prudencia y para comprometer al gobernador en el orden de sus ideas, sancionó las célebres leyes del 16 y 17 de Diciembre de 1840, la primera de las cuales basta para fundar la reputación de patriotas en sus autores.

Ferré se irritó y contestó descomedidamente. El Congreso disponía sólo de influencia moral para hacerse respetar; pero, ni ella pudo ser ejercida, porque al discutirse el punto generador del conflicto se produjo un desórden tal en su seno, por abandono que hicieron de sus asientos los diputados adictos en todo al gobernador, que la mayoría estimó prudente cerrar las sesiones para evitar mayores males.

De ello se aprovechó Ferré. Puestos en juego los resortes oficiales, diez secciones electorales revocaron espontáneamente los poderes de once diputados, nombrando otros en reemplazo de ellos, y el Congreso volvió a funcionar a satisfacción del Gobierno.

De allí nacieron los síntomas de descomposición del gran partido de resistencia a Rosas, en Corrientes, y las desgracias de no pocos patriotas, algunos de los cuales expiaron con la vida la franca manifestación de sus ideas independientes, bajo pretextos que en ninguna parte pudieron hacerles merecer el patíbulo.

La situación de guerra fue el tronco del mal.

XVI

Además de las atenciones de la guerra, Ferré se preocupó de los intereses comerciales de la provincia, de la Instrucción Superior y de otras materias de importancia notoria.

La muerte del dictador Francia puso al Paraguay en condiciones de romper el sistema de su opresor y los cónsules Alonso y López encaminaron su política en este sentido. Habiendo recibido satisfactoriamente las insinuaciones preliminares que les hizo el Gobierno de Corrientes a favor del comercio, fueron acrcditados ante ellos -en calidad de plenipotenciarios- don Gregorio Valdez y don Juan Mateo Arriola, quienes celebraron un Tratado de Amistad y Comercio, necesario ya a los dos Estados, y uno Provisorio de Límites.

Los puertos de la provincia se abrieron a todos los pabellones, pero las mercaderías ultramarinas fueron sometidas a un derecho uniforme de importación, sobre su aforo al corriente del valor de plaza, al por mayor. La industria yerbatera mereció la protección de ser reducido a la mitad el derecho fiscal a que estaban sometidos sus productos, desde 1832.

Como la provincia era el paso necesario para las mercaderías y artículos que el Paraguay negociaba, ya importando, ya exportando, dióseles una franquicia denominada de tránsito: los efectos o frutos podían introducirse en la capital, en calidad de depósito, por el término de noventa dias, y gozaban del tránsito libre por la provincia al destino que tenian, sin más derechos que el 21/2 % de estibaje.

Para la Instrucción Superior, una ley autorizó la erección de una Universidad, con el título de Universidad de San Juan Bautista, e independiente de ella, una otra destinó el local del extinguido Convento de los Mercedarios y las propiedades a él anexas, a la fundación de un Colegio de Educación Secundaria.

Establecióse en la capital una Casa para la conservación y propagación de la vacuna, bajo la dirección del doctor Tiburcio G. Fonseca; institución que fracasó desgraciadamente después de funcionar con éxito, por los sucesos políticos posteriores.

El edificio que habia servido de convento a la extinguida comunidad de Dominicos fue destinado para hospital público, siendo capellán dé él Fr. Vicente Carballo. La guerra, por consiguiente, no hizo descuidar las ramas de la Administración que no tenían conexión con ella, y pudo hacerse en ellas mucho provechoso.

XVII

La República oprimida y la emigración argentina tenian puestos los ojos en Corrientes. El Ejército Libertador de Lavalle y la Liga del Norte habían hecho proezas de valor, sucumbiendo al fin sin resultado alguno. El tirano, omnipotente, paseaba sus legiones exterminadoras por todo el territorio, menos Corrientes, que las esperaba de pie con su gran batidera al viento; y ¡asombraba tanta fortaleza y daba esperanzas tanto valor!

Iniciadora de la noble empresa, era todavía la única gallarda y viril para sostenerla, cual si la tierra hubiese brotado legiones sin fin al fecundo riego de la sangre de sus mártires.

Echagüe se arrojó sobre ella con un Ejército doble del que pensaba destruir; tenía tropas aguerridas y bien preparadas para la campaña, pues abrió sus operaciones después de haberse dado el tiempo necesario a un apresto completo.

El Ejército correntino era una improvisación del patriotismo del pueblo y de la pericia militar de su General en Jefe; inferior en número, en armamento y en instrucción, superaba, sin embargo, al enemigo en el genio de su General y en su entusiasmo; y estas circunstancias le bastaban para creer segura la victoria.

Paz condujo hábilmente a Echagüe, como llevado de la mano, hasta encerrarlo en el Rincón de Moreira, y allí le disputó los pasos del río Corrientes, para detener su invasión, y los del Pay Ubre, para evitar su retirada. Mes y medio duró esa posición respectiva de los dos Ejércitos, aprovechándose de ella el correntino, que era bisoño, para adiestrarse en la pelea y cobrar mayor aliento con los triunfos seguidos alcanzados.

Cuando Paz hubo fatigado a Echagüe y hechole perder casi toda su caballada, resolvió tomar la ofensiva, contando la victoria suya. A las barbas del Ejército federal atravesó el río Corrientes en la noche del 26 de Noviembre y el 28 libró la sin rival batalla de Caá Guazú, en que Echagüe fue completamente derrotado.

Ningún General argentino triunfó antes ni ha triunfado después en un hecho de armas igual. La gratitud de los pueblos no bendijo jamás a los libertadores en trasportes más delirantes, ni los bardos cantaron nunca con inspiración más entusiasta los triunfos guerreros, que las bendiciones y los himnos de gloria que de todas partes llegaban a refrescar las sudorosas y ennegrecidas frentes de los vencedores de Caá Guazú.

El tirano tembló en su cueva de Palermo. Y mas fue su terror cuando el Ejército de Reserva dominó Entre Ríos y Ferré, Paz, Pablo López y Rivera prepararon la Alianza que debía echar sobre él las tres provincias del Litoral y el Estado Oriental. Pero la intriga política del tiempo; el carácter omnímodo, despótico y absorbente de Paz; las pretensiones de Rivera; la torpeza de Pablo López; la intransigencia de Ferré, tal vez, esterilizaron la gran victoria.

Paz fue nombrado gobernador de Entre Ríos para luego salir huyendo; Rivera repasó el Uruguay; el Ejército correntino volvió a la provincia; y Juan Pablo López quedó en brazos de su nulidad. El general Paz ha recriminado a Ferré por aquel resultado, presentándolo como autor único del desacuerdo. No es verdad; todos tuvieron su parte de culpa.

El Tratado con Rivera, de que no podía prescindir Ferré sin felonía, y la gobernación del general Paz, tan desgraciada en sus resultados como en sus causas, aparte de otras circunstancias que tocaban al Ejército y de las cuales era responsable Paz fueron, por parte de Ferré, los motivos de su desacuerdo.

El provincialismo, de que tanto ha sido acusado, cuando fue el primer nacionalista de su época, no es verdad fuera la barrera que impidió el pasaje del Paraná al Ejército de Reserva.

“Iremos contra Rosas -decía- pero no como Lavalle, dejando enemigos detrás y comprometida nuestra base de operaciones. Mientras Entre Ríos se muestre refractario a la libertad, será una imprudencia culpable que los correntinos pasen el Paraná”.

Esto era pensar con patriotismo y con sensatez. Las aún inéditas “Memorias” de Ferré(3), comprobadas por una documentación abundantísima, restablecen la verdad histórica alterada en este punto y el testimonio de muchos actores principales en los sucesos de entonces confirma su palabra.

(3) El libro “Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos” se editó en Buenos Aires en la Imprenta y Librería de Mayo de C. Casavalle en 1884, en 317 páginas. “Esta obra fue elaborada en parte durante el exilio del doctor Manuel Florencio Mantilla en tierras paraguayas y con la misma intentó ‘... sacar del olvido injusto en que están los nombres de beneméritos comprovincianos cuyos esfuerzos por la libertad y la organización constitucional del país honran y enaltecen la causa que constituye la religión política de aquel noble pueblo’. Bajo estos objetivos le dedicó Mantilla lo mejor de sí”, dice Alberto Rivera en la Nota Preliminar de la edición de 1986. La “Memoria del Brigadier General Pedro Ferré” fue editada 37 años después, en 1921, en la Imprenta y Casa Editora “Coni”, Buenos Aires.

XVIII

Rosas concentró en la provincia de Entre Ríos todas sus fuerzas bajo el Comando en Jefe de Manuel Oribe, para llevar la guerra a Corrientes y al presidente Rivera. Todo el poder militar del tirano estaba allí, en número de nueve mil veteranos.

Rivera y Ferré provocaron nuevamente un Acuerdo con Paz y Pablo López, gobernadores titulares de Entre Ríos y Santa Fe, poseídas ya por Rosas, a fin de organizar un plan general que tuviera por base la unión estrecha de los que combatían al tirano.

Habiendo sido aceptada la invitación, se llevaron a cabo las conocidas conferencias en Paysandú, en Octubre de 1842. Pero estériles también aquéllas como las anteriores del Paraná, Paz se retiró del escenario y el Ejército correntino fue puesto a las órdenes de Rivera. El desastre de Arroyo Grande dio luego el triunfo de las armas del dictador.

El gobernador Ferré emigró al Brasil. Quedar en poder del vencedor era entregar el cuello a la cuchilla federal de los degolladores de Pago Largo; y pretender resistir a tres mil hombres con solo el batallón Guardia Republicana, era locura. Los hechos se le impusieron.

El último acto administrativo de su Gobierno fue la organización e instalación de la magistratura judiciaria en condiciones casi iguales a las del dia, trabajo en que prestó el contingente de su ilustración el doctor Juan José Alsina, uno de los magistrados más notables del país después de la Constitución de la República.

Al cabo de diecisiete años de una vida pública activa, fecunda y gloriosa, Ferré tomaba el camino de la proscripción, sin llegar a vislumbrar en los horizontes de la patria el dia anhelado de su libertad.

XIX

Todavía se conserva en el pueblo brasileño de San Borja, sobre el puerto, la casa en que vivió Ferré los cinco años de su emigración, y su nombre es recordado aún con afectuoso respeto.

El hombre público desapareció completamente bajo el traje de trabajo del carpintero de ribera que desde el alba hasta la puesta del sol no abandonaba su taller. A su lado y con su ejemplo, se educaron los brasileños y correntinos que desde entonces proveyeron de embarcaciones la navegación del Uruguay y el arte aquél, poco apreciado, tomó un desarrollo notable con un obrero tan distinguido al frente.

Sin haber sido extraño a la cruzada libertadora del ilustre Joaquín Madariaga, se mantuvo alejado de los acontecimientos políticos desarrollados en Corrientes y no volvió a la vida pública sino después de la caida de Rosas.

Después de Vences, la gratitud lo comprometió. Sometida la provincia de Corrientes a la Confederación de Rosas con el triunfo de Urquiza, fue de los primeros empeños del vencedor, con aquél, que el general Ferré volviera tranquilo al seno de la patria. Urquiza, que en la célebre negociación de Alcaraz había ya significado claramente al general Madariaga su pensamiento de levantarse contra Rosas, no hacía acto violento interponiendo espontáneamente sus merecimientos en favor de Ferré; era el principio de la política que produjo al fin el pronunciamiento del 1 de Mayo de 1851.

Rosas prestó su aquiescencia y el proscripto volvió al suelo argentino, estableciéndose en el reciente pueblo entrerriano de La Paz, cuyo adelanto inicial debe mucho a su infatigable espíritu progresista. Cuando el Ejército Libertador de Caseros abrió campaña, Ferré fue el encargado de preparar el pasaje del Paraná en el Diamante y rindió con inteligencia y empeño aquel último servicio a la causa contra el tirano. Bajo su dirección se construyeron las balsas o puentes flotantes que trasladaron de una a otra orilla las tropas y los pertrechos de guerra, quedando así vinculado a la gran empresa hasta su arte de carpintero.

XX

La Confederación de Urquiza fue sin duda un progreso institucional sobre la Confederación de Rosas. Los crímenes cometidos a su nombre no bastan para borrarla de la escala ascendente hacia el perfeccionamiento de la organización del país. Fue el período de transición del despotismo a la libertad.

En ella figuró Ferré a la par de muchos patriotas que buscaban corregir los males por la acción constante de la moderación, pero sin haber comprometido su nombre en los hechos vergonzosos.

El, mejor que nadie, comprendía el carácter de la época. Nombrado diputado a la Convención Constituyente de 1853 por Catamarca, habia sido expulsado del seno de ella porque desconoció en la Asamblea la facultad legislativa que se abrogó para aceptar los Tratados sobre libre navegación de los rios pues, en su opinión, y era la verdadera doctrina, no tenia otra misión que la de dar la Constitución. Con este antecedente, cuidóse muy bien de abandonar la línea invariable de sus principios, en la cual cosechó el respeto en que siempre fue tenida su independencia.

Corrientes, Santa Fe y Catamarca eligiéronlo Senador Nacional en 1854, habiendo él optado por la representación de la última provincia. En 1855 fue reconocido en su alta jerarquía militar por los poderes de la Confederación. En el siguiente año recibió la importante comisión de inspeccionar las Aduanas fluviales y proponer las reformas necesarias al mejor manejo de ellas.

En 1858 formó parte, como ministro, de la Administración Provincial de Santa Fe, presidida por el coronel Rosendo María Fraga. Fue el único Senador de la Confederación que levantó su autorizada palabra contra el generalato de Juan Saá; y asociado a su colega por Jujuy, don Plácido Bustamante, presentó un Informe al Senado declarando inculpable al senador doctor Marcos Paz, encadenado y preso en un calabozo por el crimen de sus simpatías hacia Buenos Aires.

El general Ferré supo sacar ileso su nombre de aquella Confederación que tantas reputaciones hizo pedazos.

XXI

La República Argentina se constituyó por primera vez en el régimen de la libertad política, formando todas sus provincias un verdadero Cuerpo Nacional, después de la batalla de Pavón.

A ese hecho contribuyó inmediatamente Buenos Aires con el triunfo de sus armas y Corrientes, enseguida, con la reconquista de sus derechos. Urquiza tenía sobrados elementos para resistir la reorganización del país sin su influencia dominadora y sin su sistema corrompido, pero Corrientes se levantó en masa contra su hechura, el clérigo Rolón, que la oprimía y, puesta a retaguardia de Entre Ríos, le obligó a capitular.

El general Ferré y el doctor Luciano Torrent fueron los agentes que el gobernador de Buenos Aires envió ante el de Corrientes, don José Pampín, para uniformar la conducta política de ambos mandatarios a los fines del nuevo orden de cosas que debia abrir a la patria los horizontes felices de la vida constitucional.

La comisión hace comprender por sí sola cuál era el orden de ideas de Ferré y el grado de confianza que inspiraba su invariable patriotismo. Poco después, el Gobierno de Santa Fe le llamó a desempeñar la presidencia de la Cámara de Justicia, puesto del cual le sacó su provincia natal para investirle con su representación en el Senado de la Nación.

El constante anhelo de su alma estaba por fin realizado y podía morir tranquilo. Era el único que llegaba al término de la jornada sin rastros vergonzosos que sentir. Y cuando él no podía ya inmolarse en servicio de la patria, pidió al último de sus hijos cumpliera ese deber. El Paraguay habia insultado el honor argentino; los federales de Corrientes se habían plegado al enemigo; los vencidos en Pavón esperaban tan solo los triunfos del invasor vandálico para levantar su bandera.

Ferré significó a su hijo José el deseo de que su nombre figurara, en él, entre los defensores de la patria y el animoso joven complació al generoso patriota. Le esperaba la gloria. En el célebre combate de Cuevas, donde solo “El Guardia Nacional”, de la Armada Argentina, sostuvo el honor de las escuadras aliadas, José Ferré y un hijo del comodoro Py sucumbieron al pie de sus baterías.

Dos torpederas argentinas llevan hoy sus nombres gloriosos.

Poco sobrevivió el general Ferré a la muerte de su hijo. La edad, el dolor y una enfermedad penosa apuraron sus dias. Falleció en Belgrano a últimos del año 1867. El Poder Ejecutivo de la Nación y el Senado de que formaba parte, decretaron los honores fúnebres correspondientes a su alto rango.

¡Felices los que dejan como él en la historia surcos dignos e indelebles! Mientras haya gratitud en los pueblos, su memoria no será olvidada en Corrientes ni en la República; porque si gran correntino fue, argentino mejor, no habrá.

Ver:

Ferré, Pedro Juan

Biografía de Pedro Ferré escrita por José María Rosa

Genealogía de Pedro Juan Ferré

Incertidumbres para establecer el lugar y fecha de nacimiento de Pedro Ferré

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