El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Biografía de Genaro Perugorría escrita por Manuel Florencio Mantilla

Ninguno más digno de figurar a la cabeza de esta modesta galería histórica, que el mártir de 23 años cuya sangre generosa fue la primera que fecundó en el querido suelo de Corrientes los principios imperecederos por cuyo triunfo batalló dicha provincia en gigantesca lucha abnegada, para el bien y la grandeza de la familia argentina(1).

(1) Extraido de Manuel Florencio Mantilla. “Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos” (1986), c/Nota Preliminar de Alberto A. Rivera. Amerindia Ediciones, Corrientes.

Hay un título glorioso que brilla sobre la frente de Corrientes como una diadema de luz inmortal: el legendario héroe de Rio Bamba lo llamó Puehlo Libertador; y la historia ha recogido su juicio y ha demostrado su verdad.

La virilidad, la constancia y el heroismo que han fundado la justicia del título, remontan a los primeros tiempos de nuestra vida de Nación, a las brumas aún espesas de nuestra personalidad autonómica como pueblo incorporado a la comunidad de los Estados independientes del Orbe; y en aquella hora inicial fue la cabeza de Genaro Perugorría la primera que separó de su tronco la mano de la barbarie, abriendo así, entre ella y la civilización, el duelo a muerte que dio carácter a las luchas políticas de Corrientes.

Es, pues, derecho adquirido con su martirio, levantarse antes que ninguno sobre el pedestal de sus hechos.

I

Nació don Genaro Perugorría en la Ciudad de Corrientes el año de 1792, en una de las más honorables familias de la primera clase social. Su padre, don José Perugorría, vasco de origen, desempeñó en distintas ocasiones cargos importantes en el Gobierno de la localidad, habiendo sido uno de los notables convocados el 22 de Junio de 1810 para la elección del diputado que Corrientes debía enviar al primer Congreso General argentino.

Disponía de regulares medios de fortuna y quiso dar al hijo una esmerada educación. A esc objeto fue mandado a un colegio de Buenos Aires a fin de prepararse para estudios más serios que debía emprender en la Ciudad de Chuquisaca.

En aquella época pocos eran los jóvenes de las ciudades apartadas del centro principal de la vitalidad colonial -como Corrientes- que salían de sus hogares para educarse; y los que llegaban a tener esa suerte, no volvían sin el gorro doctoral o la sotana del clérigo, las dos carreras predilectas del tiempo.

El joven Perugorría tenía inclinación pronunciada a la jurisprudencia y su esmerada contracción al estudio y el despejo de su inteligencia durante sus cursos prometían en él un abogado distinguido.

Los acontecimientos políticos de 1810 lo desviaron sin embargo de sus tareas, enardeciendo su alma juvenil, como sucedió a toda aquella brillante generación que abandonó cuanto había sido el objetivo de sus primeras ambiciones, para consagrarse de lleno al servicio de la patria y cosechar en él la gloria inmortal de ser los fundadores de una Nación.

El colegial dejó los libros para ocurrir al lado de su padre en demanda de permiso para abrazar la carrera de las armas.

II

Los peligros que amenazaron a la revolución de Mayo desde los focos de resistencia organizados en Montevideo y en el Paraguay, y en una previsión discreta, causaron la separación del teniente gobernador de Corrientes, capitán don Pedro Fondevila, español, y su reemplazo por el de igual grado (después General) don Elías Galván, correntino, oficial voluntario del “Regimiento de América”, formado y comandado por el fogoso coronel don Domingo French, uno de los caudillos populares del 24 y 25 de Mayo.

El cambio de mandatario no modificó inmediatamente la situación indefensa y triste de Corrientes. Bajo el mando de Fondevila como de sus antecesores, la capital, que representaba el todo de la provincia actual, carecía de soldados y armas; al menos, lo que había con el nombre de tales no merecía tomarse en cuenta.

En el mismo estado continuó con Galván, merced a su desidia, hasta que el esfuerzo individual de los vecinos la dotaron de algo.

En los primeros días de Octubre de 1810, don Angel Fernández Blanco promovió la formación de dos compañías de infantería que se denominaron “milicias patrióticas”, cuyo equipo completo debía ser proporcionado por los ciudadanos que las componían.

En asamblea pública fueron nombrados los jefes y oficiales, quienes recibieron después la efectividad en sus empleos de la Junta Gubernativa, habiendo sido elegido Blanco Comandante de ambas y jefe inmediato de la primera y, teniente de la misma, don Genaro Perugorría que a la sazón tenía diecinueve años.

Antes de un mes, la primera compañía estaba perfectamente equipada y regularmente adiestrada. Blanco no permitió que ningún soldado gastara lo mas mínimo; los zapatos, las mochilas y los correajes correspondientes se construyeron de su cuenta, de los mismos cueros preparados en su gran curtiembre, de que era peón el después famoso inglés Pedro Campbell, y los uniformes y el armamento se compraron también de su peculio.

En desprendimientos de este género insumió ese patriota, poco conocido, más de treinta mil duros, tan sólo en favor de la expedición de Belgrano al Paraguay.

Cuando el mencionado General resolvió pasar al territorio enemigo, pidió a Galván el envió de la infantería comandada por Blanco más, aquél dispuso que marchara inmediatamente la primera compañía, única que estaba en condiciones de entrar en campaña pero sin su jefe; Blanco fue dejado en la capital en desempeño de comisiones importantes para el Ejército, yendo Perugorría en su reemplazo por ser el oficial más activo e inteligente de la tropa.

La segunda compañía -mandada por González- y un plantel de artilleros de ochenta pardos, pasaron de la ciudad al campamento del teniente gobernador, situado en las Ensenadas Grandes. No fue aquella la única fuerza correntina que recibió la misión de llevar la bandera redentora al seno de la provincia rebelde.

Milicias de caballería incorporadas ya al Ejército y seiscientos hombres que tenía Galván como reserva, colocados en el punto ya indicado, por orden de Belgrano, representaban también el concurso de Corrientes. Pero la infantería constituía la mejor tropa y la más necesaria para la campaña y confianza -que puede enorgullecer a un joven de diecinueve años- fue, sin duda, ponerla al mando de Perugorría.

Desgraciadamente, el general Belgrano cometió el error de no esperar la incorporación de todas las fuerzas que habia pedido pues, juzgando fácil la empresa por el entusiasmo del ligero triunfo obtenido frente a Candelaria, se lanzó sobre el Paraguay con su pequeño Ejército. Por ello, los infantes de Perugorría y la división del coronel Rocamora no compartieron de la campaña, sirviendo únicamente para rehacer el Ejército patriota, retirado después de las jornadas de Paraguarí y Tacuarí.

III

El Ejército del Norte desvió su acción para dirigirla sobre Montevideo y en él marchó Perugorría con su pequeño Cuerpo. Llevóse también Belgrano 400 hombres de las compañías de milicias regladas por el marqués de Sobremonte durante su Gobierno.

Durante los diez primeros meses del primer sitio de aquella plaza, Perugorría no abandonó un solo dia la línea patriótica, cumpliendo siempre su deber de soldado pundonoroso y bravo. Su acción mas notable, entre las muchas que llevó a cabo, fue el famoso asalto nocturno y ocupación de la Isla de Ratas, situada en el corazón mismo de las posiciones enemigas.

En la mencionada isla tenían los españoles una guarnición y alguna cantidad de armamento, que buena falta hacía a los patriotas. El lugar parecía garantido contra todo ataque y lo habría sido en verdad sin la audacia del valor temerario. El 15 de Julio de 1811, a eso de las diez de una noche oscura, setenta patriotas armados de sable y uno que otro fusil, al mando de Perugorría la mitad, se lanzaron a sorprender la isla en frágiles embarcaciones...

Cayeron de sorpresa sobre la guarnición desprevenida, acuchillando a los que, pasado el primer instante, intentaron resistir. Como era imposible ser protegidos una vez que el enemigo los sintiera en semejante lugar, clavaron los cañones, amarraron los prisioneros y con parte de estos y todo el armamento volvieron a sus botes, amaneciendo el 16 en su campo con aquellos trofeos.

El Gobierno declaró a los audaces expedicionarios servidores de la patria en grado heroico.

IV

En Enero de 1812 el teniente Perugorría solicitó su separación del Ejército sitiador, renunciando a favor del Estado todos sus haberes; su petición fue despachada favorablemente, en términos honrosísimos, el 15 de Febrero. La actitud amenazadora de los portugueses y el riesgo inminente que corría Corrientes como fronterizo de las posiciones de aquéllos, engendraron su resolución, pues quería defender la patria en el mismo suelo de su nacimiento.

A su llegada a la capital, el incansable Blanco se ocupaba en organizar un regimiento de línea, que se denominó Dragones de San Juan de Vera, para cuyo equipo envió el Gobierno General doce mil duros. Perugorría pidió una plaza cualquiera en sus filas y fuele confiado el mando de la segunda compañía, que era de fusileros. El Cuerpo constaba de 300 hombres, siendo su jefe el teniente gobernador Galván.

Galván marchó a Misiones con sus dragones y milicias de la campaña hasta el número de trescientos, estableciendo su Campamento en el pueblo de La Cruz, como avanzada del Ejército patriota. Aquel núcleo de fuerza puso a raya la insolencia portuguesa en sus avances y malones sobre los pueblos misioneros, de cuyos ganados se proveía el lusitano atrevido por el pillaje y el asalto. Allí permaneció hasta el nombramiento de Galván para Comandante General de Entre Ríos.

Perugorría continuó prestando sus servicios en el Cuerpo de que formaba parte, en Arroyo de la China, residencia del Comandante General de Entre Ríos. Cuando Galván fue reemplazado y el regimiento se disolvió por una sublevación, pasó con otros compañeros de armas a las órdenes del teniente coronel don Hilarión de la Quintana.

V

Contrabandista, primero; perseguidor tenaz e implacable de sus compañeros, después; soldado de la resistencia española en Montevideo, un poco más tarde; pasado a las banderas de la patria, enseguida; caudillo anárquico, sanguinario y altanero, omnímodo por carácter e indomable como un potro salvaje; el llamado en la historia “el Patriarca de la Federación”, José Artigas, llegó a ser en nuestro pasado la encarnación de una clase tosca y selvática y el campeón feroz de una época lúgubre.

Pero, antes de convertirse en descarado bandolero político, prestó servicios a la patria y tanto por ellos como por los apuros de la situación general del país, el Gobierno pretendió conjurar su perniciosa influencia con larguezas y concesiones que más bien dieron altanería al caudillo.

Los mismos generales y distinguidos jefes del Ejército de Línea fueron más de una vez desairados por no irritarlo. Artigas, a pesar de sus maldades, fue tenido y tratado como patriota hasta su franca declaración de guerra al Poder Nacional.

De aquí que muchos jefes y oficiales, que en manera alguna participaban de sus sentimientos y miras, se vieran envueltos en los primeros sucesos desarrollados por su odio; porque, militando en las filas puestas a su cargo, ya por equivocada elección propia, ya por mandato superior, tuvieron que seguir en ellas hasta poderse librar sin peligro. Uno de tantos fue el capitán Genaro Perugorría.

Cansado de la inacción de la pequeña tropa de observación al mando del teniente coronel don Hilarión de la Quintana, pidió incorporarse a las fuerzas de Artigas, entre las cuales habían restos de la expedición correntina que marchó con Belgrano. Artigas tenía entonces el principal papel en la guerra contra los portugueses y en ella veía el ardoroso joven un horizonte de hechos brillantes para su carrera. No iba a servir a Artigas sino a la patria.

VI

Durante los cuatro primeros años de la revolución de Mayo continuó mandando en Corrientes un teniente gobernador nombrado por el Gobierno General. Los buenos, como Luzuriaga y Valdenegro, duraron poco tiempo; y bajo las Administraciones ineptas de los demás, tomaron cuerpo las pasiones bastardas proclamadas como doctrina salvadora por Artigas.

Nada extraño es que hubiera sucedido así en un territorio extenso, mal poblado, sin Gobierno y, más que todo, de población ignorante. El último de aquellos mandatarios fue el teniente coronel José León Domínguez, soldado negadísimo, autoritario y de repulsivo carácter. Su conducta imprudente, por una parte, y los secretos trabajos de Artigas, por otra, precipitaron su caída, abriendo para Corrientes el afrentoso periodo de la dominación artiguista.

Dos familias había entonces en la capital, cuyos miembros -fuesen hombres o mujeres- pretendían avasallar todo erigiéndose en árbitros de la localidad. El crimen mismo no había repugnado a una de ellas, siendo víctima del puñal asesino el honorable, aunque empecinado sarraceno, don Félix de Llanos.

Puestas de acuerdo para derrocar a Domínguez, lograron sobornar al teniente Juan Bautista Méndez, jefe de una compañía de dragones, única guarnición de la ciudad, y en la noche del 9 de Marzo de 1814 lo depusieron -sin efusión de sangre- desterrándolo después a Buenos Aires.

En la lógica de las ideas de ese tiempo y, tal vez más, ante las ambiciones de los revolucionarios y sus compromisos con Artigas, toda actitud hostil contra un representante de la autoridad nacional importaba romper con ella y echarse en brazos del caudillo oriental. Así, tras del movimiento, fue solicitado y luego declarado el Protectorado de Artigas, incorporando vergonzosamente a Corrientes al bagaje de anarquía que devoraba sin piedad el seno de la patria naciente.

Fue, pues, por la traición y buscando el poder a precio de la esclavitud y de la deshonra, que apareció por vez primera en Corrientes esa maldita federación de horca y cuchillo que aún recurre a los mismos medios para reinar sobre un cementerio.

VII

Juan Bautista Méndez era un ignorante ambicioso y sin honor. Viéndose dueño de la situación por su calidad de jefe de las fuerzas, dejó de pensar en sus sobornadores para elevarse él. Reunió el Cabildo y con sus dragones a la puerta hizo que le nombrara Gobernador Intendente. ¡Hasta en esto se conserva igual el sistema federal de elegir gobernadores!

Los desairados llevaron su queja hasta el Protector, así como también Méndez sus cumplidos y abyectos ofrecimientos. En la dificultad que semejante desacuerdo produjo a Artigas, vio el capitán Perugorría una ocasión feliz que se le brindaba para volver por el honor de Corrientes.

El caudillo le había cobrado cariño. Se empeñó y obtuvo que lo enviara en calidad de representante a fin de restablecer la armonía entre los elementos del nuevo orden de cosas y organizar convenientemente el Gobierno. Perugorría marchó sin pérdida de tiempo con una pequeña escolta de blandengues al mando inmediato de Gregorio Aguiar, llegando a la capital el 26 de Mayo de 1814.

Su investidura, sus cualidades personales y sus numerosas relaciones le ofrecían ancho campo en todas partes, estimulando cada vez más en él el desarrollo del plan que meditaba. Los adictos al orden imperante, desde Méndez, se disputaban complacerlo, jugando todos su interés propio.

Púsose luego al habla, guardando las reservas del caso, con el elemento sano y patriota, cuya personalidad más acentuada era don Angel Fernández Blanco, su antiguo jefe, para llevar a cabo un cambio de situación que reincorporase a Corrientes a la unión nacional.

El plan convenido fue comunicado a Buenos Aires, con manifestación expresas de que al lado del sentimiento nacionalista había la aspiración de que fuera Corrientes elevada legalmente a la categoría de provincia independiente, y solicitóse esta declaración del Supremo Director y el pronto envío de tropas, prometiendo preparar las cosas para la debida oportunidad.

Intertanto, Perugorría tuvo que proceder aparentemente al lleno de su comisión, a fin de inspirar mayor confianza y apoderarse del Gobierno. Al efecio concentró en su persona el mando activo reduciendo a Méndez a la impotencia y se puso en contacto directo con la campaña; hizo elegir diputados para el primer Congreso General Constituyente de la provincia, atribuyéndose él la presidencia a fin de guiarlo según su política; devolvió al Cabildo el rango que había ocupado en la Administración local anterior a la deposición de Domínguez, como una garantía de la población; repuso en sus puestos las autoridades de campaña destituidas por Méndez, escudándose en la necesidad de ganar voluntades a la causa y desarmar enemigos; en una palabra, aquel joven de 23 años procedió con el tino y el pulso de hombre maduro.

VIII

Sucesos inevitables precipitaron desgraciadamente el movimiento, colocando a Perugorría en la necesidad de afrontar solo el empuje poderoso del poder de Artigas.

Blas Basualdo había pasado al territorio de Entre Ríos con una división de mil doscientos hombres de las tres armas, para hacer la guerra al Directorio en combinación con caudillos locales como Hereñú, y tenientes suyos, como Antoñazo, bandoleros de Mandisoví, Curuzú Cuatiá y otros puntos hoy fronterizos de Corrientes y Entre Ríos, capitaneados por un Casco, se adueñaron del sur del río Corriente, sembrando en todas partes el asesinato y el robo. El pillaje y el robo han sido siempre el premio ofrecido por la federación a sus leales servidores.

Para destruir aquella irrupción vandálica, Perugorría tenía que declararse contra Artigas, pues eran los suyos y que cumplían su programa, los enemigos que iba a combatir. El terreno, no obstante, no estaba aún preparado para ello y quiso aplacar la tormenta amigablemente.

Se dirigió a Casco y Antoñazo en términos suaves, ordenándoles evacuaran el territorio o cesasen sus fechorías; pero ellos continuaron peor. El noble patriota despreció entonces los peligros notorios que lo rodeaban, lanzando su grito de guerra al Protector.

El Congreso fue disuelto y la provincia reincorporada a la unión nacional; en una Proclama viril y entusiasta llamó al pueblo a las armas para reconquistar su libertad y sus derechos; el Gobierno fue organizado provisoriamente, encargándose Perugorría del poder militar y Blanco del civil; y se despacharon urgentes comunicaciones a Buenos Aires por conducto de don Luis Colodrero.

La situación creada era en extremo crítica. No había armas ni soldados. Los escasos recursos militares de Corrientes se habían agotado con los valiosos contingentes de tropa que dio a los Ejércitos Nacionales en los cuatro años que iban corridos de guerra. Por otra parte, la federación artiguista había infestado; las fuerzas nacionales situadas en Entre Ríos no podían dar protección, no tanto por el estado anárquico de dicha provincia cuanto por la interposición de Basualdo; y Mateauda, teniente gobernador de Misiones, no podía distraer fuerza alguna de sus 400 hombres, por el servicio de observación que hacía sobre los portugueses y aun sobre los mismos artiguistas.

Perugorría no ocultó con farsaicas declamaciones la apurada realidad en que estaba; al contrario; en sus oficios del 5 y del 26 de Septiembre, pintóla al Supremo Director con subidos colores, reclamando urgentísimamente su protección en favor de “este inocente pueblo -decía- que sólo el influjo de un hombre pertinaz y poco amante de la prosperidad nacional, cual es Artigas, pudo haber hecho con sus amenazas e intrigas, que cayese en una gran fragilidad.

“Persuádase V. E. -repetía- que si se retarda la tropa de esa capital no tendré más remedio que sostenerme a toda costa en medio de los grandes contrastes que se me preparan en la campaña.
“Si tengo hecho sacrificios en obsequio de mi patria, prometo en esta ocasión, sin hipérbole, que sabré cumplir mis deberes de patriota y de soldado”.

IX

La reincorporación de Corrientes a la unión nacional en aquella época de general desquicio, fue un notable ejemplo de patriotismo y un hecho de alta enseñanza. Del pueblo más abandonado, ya desde entonces, llegaba la voz de aliento por la causa del orden hasta el Supremo Director de la nación, reclamando sólo de él lo menos que tenía derecho a pedir: protección.

Posadas no podía mirar con indiferencia aquel suceso de cuya vigorosidad dependía el triunfo de la causa nacional en el litoral del Paraná, y quizás en el país entero. Garantidas la libertad y el orden en Corrientes, podía operarse con éxito sobre los secuaces de Artigas en Entre Ríos, é impidiendo con esto el pronunciamiento de Santa Fe, quedaba apagado el fuego de anarquía que trastornó el Interior, disolviendo después hasta los Ejércitos de Línea.

“Hoy nada podemos -decía Blanco a Posadas- porque esta provincia carece de recursos; pero si V. E. la socorre se restablecerá la tranquilidad y, con las fuerzas que puede levantar, tendrá la patria soldados como los mejores, con que hacer la gran obra que tanto deseamos ver concluida”.

Posadas hizo cuanto pudo y prometió cuanto por el momento no era posible realizar. Asi, aún antes de conocer el pronunciamiento, pero como prenda de lo acordado, expidió el conocido decreto del 10 de Septiembre de 1814, elevando a Corrientes y Entre Ríos a la categoría de Provincias independientes; y tan luego como tuvo noticia del suceso, confirmó la organización provisoria del Gobierno y, en el deseo de dar una “prueba nada equívoca de los sentimientos del Gobierno hacia los distinguidos y meritorios patriotas”, confirió a Blanco el empleo de Teniente Coronel de los Ejércitos de la patria y a Perugorría el de Sargento Mayor.

Además, deseando poner a la cabeza de la resistencia de Corrientes un militar de notoria competencia, que pudiera en cualquier caso comandar un Ejército formal, nombró Gobernador Intendente de ella al coronel Eusebio Valdenegro, ordenando al de igual clase de Entre Rios, Viamonte, pusiera a sus órdenes 200 veteranos con los que debía inmediatamente marchar a su destino. Impartió igualmente órdenes a Viamonte y Mateauda para que protegieran a Perugorría.

El mismo Perugorría había solicitado medidas como el nombramiento de Valdenegro. En su noble alma no había ambición bastarda en perjuicio de la causa de la patria y aunque capaz de conducir la empresa, en su modestia, declinaba dicho honor.

Cuando contestó la comunicación del secretario Viana anunciándole la ratificación hecha por el Director de su nombramiento como gobernador militar, decia:

“Mis sacrificios en obsequio de la patria no han sido con las miras de que mis fatigas sean recompensadas, depositándose en mi persona la dirección de las armas de esta naciente provincia.
“Pero, no pudiendo prescindir del precepto que me impone cumplir las órdenes de S. E. y que mis débiles fuerzas son incapaces del llenar el gran vacío que queda a mi voluntad, siento no poder expresar cual deseo mi reconocimiento por la confianza con que se me ha distinguido y, a la vez, mi sincero deseo de ser cuanto antes reemplazado por quien tenga mayores títulos y competencia; que suficientemente recompensado estoy con poder sacrificar mi existencia por la patria”.

Era de esperar que los acontecimientos tuviesen un éxito feliz. Desgraciadamente, los cálculos fallaron; la protección ofrecida no llegó, y el Litoral se perdió, preparándose el camino del terrible año 20.

X

Con la poca tropa regular de que pudo disponer Perugorría y la que llevó de escolta, marchó en Octubre a establecer su Cuartel General en San Roque, como punto más central para la incorporación de las milicias cuya reunión habia ordenado. Mas, eran tantas las dificultades de pobreza y de mala voluntad en la campaña, que el 1 de Noviembre sólo tenía ciento treinta hombres.

Con ese puñado de valientes resolvió abrir operaciones sobre Casco y Antoñazo, acampados en Curuzú Cuatiá, con una división de cuatrocientos y tantos hombres. Habiendo vadeado sin dificultad el río Corriente, se puso en movimiento el 3 de Noviembre y el 4, a las 3 a. m. se apoderó del pueblo, que habían evacuado los artiguistas temerosos de comprometer combate con fuerzas que suponían mayores.

Allí volvió a intentar medios pacíficos. Dio una Proclama ofreciendo amplio indulto y mandó ante los cabecillas al mismo individuo que dejaron encargado de la plaza. La contestación que obtuvo fue ser atacado.

A la una y cuarto a. m. del día 5, Casco y Antoñazo cayeron sobre el pueblo a la cabeza de todas las fuerzas, corriendo las patrullas de Perugorría y ocupando toda la población. Perugorría quedó reducido a su Cuartel. Rodeado completamente, se inició el combate con encarnizamiento de parte a parte pero, a medida que los asaltantes perdían terreno y raleaban sus filas por la derrota y la muerte, el joven caudillo ensanchaba su radio de acción.

En vez del enemigo dormido que pensaron sorprender, se encontraron los bandoleros con valientes que supieron vencerlos:

“A pesar del número, a las 5 a. m. ya conseguí destrozarlos -decía en su Parte al Cabildo- poniéndose en fuga vergonzosa y dejando sus muertos, muchos heridos, lanzas, fusiles y caballos ensillados”.

En ese hecho de armas fue mortalmente herido el “benemérito” teniente Juan Gualberto Esquivel, vecino de Caá Catí, uno de los oficiales fundadores de los “Dragones de San Juan de Vera”.

El vencedor tuvo el buen criterio de no debilitar su pequeña fuerza lanzando partidas perseguidoras tras la banda fugitiva pues, a más de la inutilidad de semejante medida, dada la superioridad numérica del enemigo y la clase de sus montados, había el peligro de ser nuevamente atacado. Quedó, pues, en su posición; pero, en previsión de lo que pudiera ocurrir por la facilidad de que Casco y Antoñazo fuesen auxiliados, se atrincheró en la plaza y pidió protección a Mateauda, acampado sobre el Miriñay.

Este jefe, no obstante su contestación favorable, no adelantó un paso, y más bien, poco después propuso a Perugorría buscara su incorporación. Esta circunstancia y la de haber pasado el Uruguay unos 300 hombres en auxilio de los bandoleros, sin que Perugorría recibiera ninguno, le decidieron a emprender retirada hasta la costa del Batel, estancia de Colodrero, para hacerse de más fuerza y no comprometer el éxito de la causa en una acción desigual.

XI

Blanco y Perugorría hicieron esfuerzos supremos para aumentar las tropas y las armas. ¡Lucha estéril! El Campamento del Batel no llegó a contar más de 200 hombres. Los contingentes de los pueblos y distritos de la campaña se reunían con notable dificultad; ni el gran prestigio de Añasco podía dominar la resistencia; el artiguismo tenía prosélitos numerosos en el gauchaje; los vecinos de Ensenadas, encabezados por José Piris, Godoy y otros oficiales, se sublevaron a los gritos de “¡Viva Artigas!”; en la capital se agotaron las armas de fuego, las blancas y la pólvora.

El Cabildo decia a Posadas: “Imploramos el auxilio de V. E. a fin de que el comandante Perugorría sea protegido. Esos hombres (los artiguistas) están respirando odio y venganza contra esta provincia y sus miras son talarla y destruirla.
“Nuestros recursos están concluidos y no podemos hacer más”.

Blanco apuraba al Comandante General de Misiones, Gregorio Rodríguez, para que enviara cien o doscientos hombres al Campamento del Batel, pero Rodríguez temía desprenderse de un solo soldado porque la actitud de la fuerza paraguaya en Candelaria le hacía sospechar su connivencia con Artigas, hecho que no tardó en hacerse público y que causó el triste fin de los pueblos misioneros.

En tal situación, dificultades surgidas en Entre Ríos, que no fueron allanadas con tino, cerraron completamente la puerta de salvación a Corrientes.

La invasión de Basualdo y los pronunciamientos locales alarmaron tanto a Viamonte, que resistió facilitar a Valdenegro la tropa necesaria para marchar a su destino, pretendiendo insensatamente destruir primero allí al enemigo para enseguida acudir en protección de Corrientes.

El gobernador Valdenegro le reclamaba el cumplimiento de las órdenes del Supremo Director, pero sin resultado:

“V. E. sabe bien -le decia- el estado de aquellos pueblos; la falta de una fuerza importante aumenta los desórdenes, amenazándolos con las eonsecuencias más funestas; y los intereses de aquellos pueblos y de estos son uno, son los del Estado.
“Por eso creo indispensable y urgente mi marcha, tanto más cuanto que aumentada hoy suficientemente la fuerza, mi detención aumentará considerablemente los males en que desgraciadamente están envueltos aquellos pueblos y, en forzosa consecuencia, será luego más difícil la consecución del órden que reclamamos”.

En vez de ceder a las observaciones justas de Valdenegro, Viamonte le ordenó saliera a campaña sobre Basualdo, sin dejar el territorio entrerriano. Era ante todo soldado, y debia obedecer. Con actividad recomendable marchó sobre el caudillo artiguista y lo derrotó en los Pós-Pós, tomándole casi toda la artillería. Después del triunfo, volvió a exigir su marcha a Corrientes.

“Basualdo se ha ya recostado hacia el Mocoretá; oficiaba a Viamonte; los pueblos de Misiones están convulsionados y tal vez extiendan su acción sobre Corrientes, que está desarmada.
“Para salvar esta provincia se necesita protegerla inmediatamente con una división compuesta de 250 hombres de infantería, 100 dragones y dos piezas de artillería de las tomadas al enemigo en Pós-pós.
“El Gobierno debe suponerme en la provincia de mi mando y V. S., como interesado en el mejor servicio de la patria, creo gustará convenir en que me halle expedito para cumplir con la comisión que él ha fiado a mi desempeño”.

Viamonte encarecía a su vez al Director Supremo la conveniencia de que Valdenegro no abandonara Entre Ríos; y Posadas, envuelto en un círculo de fuego, oyólo, abandonando a Corrientes.

XII

Cuando más tirante se hacía la situación de Pcrugorría y tanto más esperaba confiado la prometida protección, recibió una Nota del secretario de Posadas concebida en estos términos:

“Luego que llegó la noticia de la energía y esfuerzo con que había reanimado Vd. el espíritu del pueblo de Corrientes, dispuso S. E. que el coronel Valdenegro partiese a su destino por Entre Ríos, llevando la fuerza de línea necesaria para poner esa provincia a cubierto de las incursiones de los insurgentes; pero habiendo variado notablemente la situación de dicho territorio, ha sido preciso primero ocurrir allí a batirlos.
“Esto ha demorado la marcha de Valdenegro. Pero, confiado en la firmeza de Vd., S. E. me encarga le diga mantenga el entusiasmo de la tropa hasta que el Entre Ríos se encuentre despejado y pueda Valdenegro marchar”.

¡Así se trataba a Corrientes! Sólo un alma de temple de acero como la de Perugorría podía resistir aquel desencanto, que tan palpable hacía a su vista su perdición segura. No perdió su entereza ni se apocó su valor. Quedaba solo en la escena, y solo afrontó el peligro.

Habiendo prometido vencer o sucumbir al pie de su bandera, ya no pensó en sí sinó en su nombre y en su honor.

XIII

Basualdo, derrotado en los Pós-pós, se retiró hacia el Mocoretá. Casco y Antoñazo le informaron del estado de Corrientes y de su debilidad y se resolvió a invadirla. Ningún obstáculo encontró en el sur, dominado por aquéllos desde la retirada de Perugorría.

¡Llevaba más de mil hombres sobre el valeroso joven que lo esperaba con doscientos!

El 17 de Diciembre cayó sobre el Campamento del Batel con la insolente altanería de quien se considera invencible. Perugorría no contó el número de sus enemigos; mientras tuviera soldados y cartuchos pensaba disputarles el terreno a sangre y fuego. Para compensar la desproporción enorme del número de combatientes, se aprovechó del edificio y corrales del establecimiento de Colodrero, atrincherando en ellos su pequeña tropa.

Allí peleó ocho días seguidos, sin descansar ni por la noche, sufriendo el hambre y la sed más espantosas. Salidas desesperadas mandadas por él en persona, buscando la muerte gloriosa en el campo del honor, llevaban el terror y el desorden a las filas sitiadoras. ¡Era la lucha heroica del titán de la fábula amarrado a la roca del Caucaso!

Agotadas las municiones, diezmadas las filas y postrados los soldados, sometió a sus compañeros de armas la propuesta de capitulación con los honores de la guerra que le había hecho Basualdo el segundo día del combate. El valor había llegado hasta la temeridad, y en aquel estado ni la temeridad era ya posible.

La capitulación fue aceptada y comunicada al enemigo. Basualdo se mostró complacido del hecho y fue consumado. El infame indio se proponía aprovecharlo para su venganza.

Apenas abandonaron su posición y entregaron sus armas, Perugorría y sus compañeros fueron maniatados como bandidos. Todos los oficiales, sargentos y cabos fueron pasados a degüello en presencia de su jefe, prevenido de suerte igual, martirizándose a los demás con azotes y sablazos. ¡Ni el valor inspiró respeto a aquellas panteras!

Perugorría esperaba por momentos su último instante, sereno como en los días anteriores al frente de sus bravos. Sin embargo, su vida fue respetada en la masacre. Era poco para su delito asesinarlo ya; sufrimientos atroces debían hacerle espiar su crimen.

Amarrado a un caballo desensillado, como un fardo cualquiera asegurado sobre el lomo del animal y atado éste a la cola del montado de un soldado, fue remitido a Artigas en medio de una partida de tiradores.

¡Así terminó aquella audaz resistencia a la barbarie!

XIV

El desastre se conoció en Corrientes dos días después, el 26. Huir, salvarse, fue la voz de orden; pero como Antoñazo se había adelantado con doscientos hombres como vanguardia de Basualdo, no pudieron escapar ni los mismos que se embarcaron de los primeros.

Blanco, el doctor Cossio, Martínez, Latorre y muchos más cayeron en poder del bandolero; sus casas fueron completamente saqueadas; Añasco, el noble Añasco, fue fusilado en la plaza de San Cosme; y Blanco y Cossio remitidos al Protector.

El primero, que era uno de los hombres más ricos de Corrientes, no tuvo cómo pagar su rescate de 4.000 pesos fuertes, habiéndolo hecho por él su hermano, el doctor don José Vicente; tal era la indigencia a que lo dejó reducido Basualdo. Más, al fin, tuvo la dicha de salvar la vida.

No así Perugorría. Llegado al campamento de Artigas, fue mantenido encadenado y atado del cuello como un perro, sufriendo los más horribles tratamientos, hasta que la piedad del Protector ordenó su fusilamiento el 17 de Enero de 1815.

El gobernador de Corrientes, Silva, publicó por Bando la ejecución del generoso patriota, encabezando la nota- comunicación de Artigas con un cúmulo de ignominias; hubo festejo federal e iluminación obligada en la ciudad.

Perugorría murió a los 23 años. “Si Artigas le hubiera perdonado -dice un contemporáneo suyo en un modesto trabajo histórico sobre Corrientes- habría sido en la edad madura un hombre de Plutarco”.

Había abrazado con celo y decisión los principios de la revolución de Mayo; era generoso, inteligente y bravo; su corazón no obedecía a otro impulso que al engendrado por un ardiente amor a la patria; y en la edad en que otros sueñan con grandezas superiores a las propias fuerzas, él, que las tenía notables, aspiraba únicamente a la satisfacción íntima que produce el cumplimiento del deber.

Su inmolación heroica espera todavía una recompensa póstuma del suelo que lo vio nacer y cuya primera gloria cívica es. Su apellido está extinguido; no hay quién pueda levantar con orgullo la frente para decir: llevo el nombre glorioso del primer mártir de Corrientes.
Hónrese, al menos, su memoria, inspirándose el pueblo en su patriotismo.

Información adicional