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Biografía de Genaro Berón de Astrada escrita por Manuel Florencio Mantilla

I

A fines del año 1837 falleció en el Departamento de Curuzú Cuatiá el coronel don Rafael de Atienza, cuarto gobernador constitucional de la provincia de Corrientes. Urgentes asuntos de su política lo habían llevado a disponer personalmente el servicio militar del destacamento permanente de fuerzas sobre la frontera del Uruguay y en él estaba cuando lo sorprendió la muerte(1).

(1) Extraido de Manuel Florencio Mantilla. “Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos” (1986), c/Nota Preliminar de Alberto A. Rivera. Amerindia Ediciones, Corrientes.

La provincia de Corrientes formaba entonces parte de la Confederación Argentina -como se denominaba la monstruosidad política que despotizó Rosas- bajo la Liga del Litoral de 1831 a la que se había adherido durante la tercera Administración del general Ferré, porque sus poderes públicos creyeron que, sometido el país a la federación, era llegado el momento de sancionar la tantas veces prometida Constitución.

Más, aunque federales eran los políticos principales y con ellos el pueblo -si es correcto clasificar de opinión consciente sobre forma de gobierno la que entonces y hoy mismo tiene el verdadero pueblo de la República, que aún se encuentra atrasadísimo- su federalismo era distinto del imperante en el país, al amparo de situaciones creadas bajo el influjo de Rosas, Quiroga y E. López, y que sólo representaban la voluntad omnipotente de sus creadores o la de cada cacique provincial o el desenfreno sanguinario y de rapiña de los que llevaban en el sombrero un cintillo punzó y un puñal en la mano.

El general Ferré había establecido claramente cuál era el federalismo sostenido y anhelado por Corrientes; como representante de su Gobierno, primero, cuando inició la negociación de un Tratado entre las cuatro provincias del Litoral, a fin de organizar la República; y como gobernador, después, cuando desenmascaró a Rosas exigiendo la reunión de un Congreso Constituyente a cuya realización pidió el concurso de los mandatarios y de los políticos bien intencionados.

La federación deseada era la constitucional, no la explotada para encubrir la tiranía y la barbarie. Sin embargo, como el poder de Rosas y de sus aliados era grande y Corrientes gozaba de paz y libertad con sus buenos e independientes Gobiernos locales, no presentándose en parte alguna resistencia cuyas fuerzas pudiera aumentar con las suyas, gobernante y políticos prefirieron contemporizar en las formas con el Estado General, dejando al tiempo, al trabajo de las ideas y a la descomposición de los elementos triunfantes la solución del problema a que ellos no podían llegar por la diplomacia ni por la fuerza.

Así trascurrieron los primeros años de la Administración de Atienza. Pero estalló en la República Oriental una revolución encabezada por el general Rivera contra el presidente Oribe y el gobernador de Corrientes se vio en el caso de acentuar su política a favor o en contra de Rosas -protector de Oribe- porque aquél no consentía que los unitarios pudieran levantarse en parte alguna, y ellos apoyaban a Rivera.

Atienza era un excelente hombre de bien, incapaz de hacer mal; más, de cortos alcances y de ninguna sagacidad política, no se dio cuenta de los sucesos orientales del punto de vista de la influencia bienhechora que tendrían sobre la situación argentina; vio solamente la guerra civil y argentinos mezclados en ella; la temió; temió también el poder de Rosas; y, por salvar su provincia, optó por someterse en todo al gobernador de Buenos Aires.

Al proceder así, hízose el representante de los timoratos, que lo aplaudían; pero fue suya exclusivamente la expansión federal de sus decretos y proclamas contra los “impíos, sacrilegos o inmorales unitarios”, pues en su candorosidad creyó llenar así cumplidamente, sin daño real, los sentimientos del salteador a quien temía.

No aceptaron tan depresora innovación los que habían compartido la responsabilidad de los actos de la última Administración del general Ferré en lo relativo a la cuestión fundamental de la organización del país y, sin chocar directamente con la política gubernativa, la criticaban agriamente y estaban resueltos a reaccionar tan luego como se les brindara la ocasión segura.

Ellos pensaban, y con razón, que las concesiones hechas a Rosas comprometían seriamente la provincia, no sólo contra los que podía considerar partidarios de su causa -los enemigos de la tiranía-, si que también en su propio régimen interno y paz, pues era de esperar quisiera hacer de ella lo que eran los desgraciados Estados sometidos a su voluntad; y los sucesos no eran para tanto, ni la necesidad tampoco.

Además, se presentaba como un hecho evidente que los acontecimientos de la República Oríental, los anteriores de Entre Ríos y algunos que se dibujaban en las provincias del Norte, obedecían a un plan general reaccionario contra Rosas, y si entrar en él de lleno y proclamarlo era atrevimiento audaz, rechazarlo y declararse en contra era todavía peor porque sedaba fuerza y sostén al enemigo de todos: Rosas.

Tal era la situación de Corrientes cuando ocurrió el fallecimiento del gobernador Atienza. Su delegado, don Juan Felipe Gramajo, que servía de reemplazante obligado a todos los gobernadores ausentes, porque su carácter bondadoso e inofensivo le recomendaba como el más adecuado para semejante función, no podía continuar al frente de la Administración, por caducidad de sus poderes y porque no convenía dejar el Gobierno en manos tan inexpertas.

Mientras se convocó al Congreso General, ¿a quién entonces correspondía la elección del primer magistrado? Representación Permanente nombró Gobernador y Capitán General interino al teniente coronel de Granaderos a Caballo don Genaro Berón de Astrada, Comandante en Jefe de las fuerzas que guarnecían la frontera del Uruguay, nombramiento que fue ratificado por el Congreso General el 15 de Enero de 1838 para completar el período de Atienza, ascendiendo al mismo liempo al electo al rango de Coronel.

II

Con la elevación de Berón de Astrada triunfaron los desafectos a la marcha de Atienza, pues si bien llegaba al poder en nombre de la misma política, sus vinculaciones personales, el giro de la guerra en la República Oriental y los actos de Rosas lo inclinaban en contra.

No era un hombre preparado para el manejo de los negocios públicos; carecía de talento y su instrucción no excedía al de la generalidad de las personas cultas; pero tenía más energía que su antecesor, profesaba las ideas nacionalistas del general Ferré -su amigo íntimo- juzgaba los sucesos del dia de diverso modo que Atienza y, como soldado, ambicionaba glorías militares.

Había principiado la carrera de las armas el año 1826, sentando plaza de Subteniente de Artillería y ascendió gradualmente hasta la posición que tenía sin haber hecho ninguna campaña fuera de la provincia, con excepción de la de Entre Ríos, en 1831; carecía, pues, de escuela porque le faltó teatro, y lo que demostraba valer debía tan solo a su dedicación asidua.

Gozaba de simpatías en la tropa veterana y en el pueblo por sus condiciones morales y por lo que de él se esperaba; por su honorable y antigua familia y sus relaciones particulares, estaba en contacto íntimo con la clase distinguida de la provincia, siendo él, Ferré, Joaquín Madariaga y Tiburcio Rolón los únicos que la representaban en la carrera de las armas.

A pesar de su medianía, no había otro en sus condiciones para el Gobierno; Ferré, superior a él, habría provocado inmediatamente la rabia de Rosas y era lo conveniente no darle pretexto para un golpe de mano.

Ninguna particularidad ofrece el Gobierno de Berón de Astrada como Administración progresista y de iniciativa; el Registro Oficial de su época es pobrísimo, sin documento alguno importante, como la mayor parte de los correspondientes a los cuatro años que gobernó Atienza. La atención del mandatario y de sus amigos se concentró en la política; y aún en ella, poco fue lo hecho en el primer tiempo.

Hacía años que los unitarios emigrados trabajaban con empeñosa constancia por conjurar elementos contra Rosas; más, ya porque la impaciencia les hiciera olvidar la discreción y la reserva, o porque eran realmente inhábiles sus prohombres para dirigir una reacción, sus planes fallaron siempre: en Entre Ríos por el fracaso de la revolución de López Jordán; en Buenos Aires por la caida del poder de los “lomos negros”; y en Santa Fe porque Estanislao López, descubierto por Rosas y urgido a pronunciarse, frustró las esperanzas que hizo concebir.

Aunque Corrientes no había sido teatro de ninguna de las combinaciones desgraciadas, el tirano temió siempre que abrazara la causa contraria a su despotismo y puso sobre ella y su Gobierno la vigilancia activa del instrumento ciego que tenía en Entre Ríos: Echagüe.

Con aquéllos antecedentes, los compromisos públicos contraidos por Atienza y el espionaje del gobernador de la provincia vecina, fue imposible llevar a cabo un cambio inmediato y radical de política, ni preparar con holgura su terreno; y por necesidad se continuó dispensando confianza y sumisión al Encargado de las Relaciones Exteriores.

Dos hechos importantes ocurridos en el curso del año 1838 modificaron la penosa situación de la política correntina y ejercieron poderosa influencia en los destinos del Río de la Plata: nos referimos al bloqueo francés y al triunfo definitivo del movimiento insurreccional del pueblo uruguayo.

III

Berón de Astrada prestó su conformidad a los actos de Rosas en la cuestión con Francia y a la protección armada que dio a Oribe “en razón -dice su Manifiesto del 28 de Febrero de 1839- de que no podía dejar de contemporizar con él por el estado de la provincia y, de “negarse a la condescendencia se aventuraba a hacerla sufrir todo el peso de una guerra desastrosa”.

Pero, Estanislao López no se encontraba en su caso; tenía poder e influencia en la Confederación de la época y estaba habilitado para oponerse a lo que otros gobernadores aceptaban por necesidad.

El mandón santafesino no aprobó la resistencia de Rosas que produjo el bloqueo francés a todos los puertos argentinos y, aunque agobiado de enfermedad incurable que tocaba a su fin, reasumió el Gobierno que había delegado en su ministro don Domingo Cullen, para enviarle en comisión ante aquel a fin de inclinarlo a un arreglo inmediato con el jefe de la Escuadra bloqueadora y, en caso contrario, notificarle la separación de Santa Fe de su política en consecuencia de lo cual debía el comisionado tratar directamente con el almirante francés para dar garantías al comercio de los pueblos que estaban en paz con Francia.

Cullen se trasladó a Buenos Aires e, impotente para vencer la tenaz negativa del dictador, abrió correspondencia con el jefe bloqueador, según sus Instrucciones. Pero antes que la negociación estuviera en vias de arreglo, falleció López, y tuvo que suspenderla para volver a Santa Fe a ejercer el Gobierno a que fue elevado.

Todos los gobernadores reconocieron la elección de Cullen, menos los de Buenos Aires y Entre Ríos, estrechamente ligados bajo la dirección del primero; y tenía más importancia el silencio de ellos dos que la aquiescencia de los once restantes, porque significaba claramente la mala voluntad del que entonces tenía en sus manos la vida de los gobernadores.

No fue la misión desempeñada por Cullen lo único que le acarreó la enemistad de Rosas. Desde el asesinato de Quiroga, Rosas lo consideró el autor de las fluctuaciones de López y el inspirador de las ambiciones del cacique santafesino a prescindir de él o suplantarlo, y al rencor que semejante sospecha produjo, se agregó el paso audaz de la intimación última, que también le fue atribuido.

La caida del heredero de López era por consiguiente un hecho fatal anunciado por la actitud de Rosas, a pesar de su prestigio personal entre los servidores de aquél y de la decisión de éstos. Hoy, con cuarenta y tres años más de vida y bajo un Gobierno revestido de “formas” constitucionales, se palpa diariamente que ningún gobernador de provincia puede sostenerse en el poder contra la voluntad y la fuerza de los presidentes que gobiernan “federalmente”, porque ni la opinión pública ni las leyes orgánicas son respetadas por las bayonetas; y de ello puede inducirse cuál debió ser la inminencia y la magnitud del peligro para Cullen, teniendo sobre su cabeza la mano airada de Rosas.

El gobernador amenazado comprendió perfectamente lo difícil de su situación y se propuso conjurar la tormenta ganando de mano a su enemigo con otra levantada sobre él. Al efecto, conociendo cuál era el sentimiento verdadero de Corrientes, despachó en misión reservada cerca de Berón de Astrada a don Manuel Leiva, ex ministro del general Ferré.

La sola marcha de Leiva, en aquellos momentos, intranquilizó a Echagüe, pues conocidas eran las ideas del personaje, pública su estrecha amistad con los políticos correntinos y no mala su relación con el gobernador de Santa Fe; pero, como carecía de datos seguros, se limitó a dar aviso a Rosas y a redoblar su espionaje.

Razón había para sospechar del viaje. Leiva iba en procura de la alianza de las dos provincias a fin de propender, cómo defensa, a un cambio de política o de situación en la de Entre Ríos, para que las tres y Córdoba, cuya adhesión se contaba obtener, impusieran a Rosas otra marcha o resistieran su dictadura.

El enviado recibió la mejor acogida imaginable a su propósito, y lo informó así a Cullen; pero su correspondencia fue tomada y violada por Echagüe y remitida a Rosas como prueba irrecusable de la trama preparada. En Corrientes se había tratado el asunto con impenetrable secreto y a no ser la doble felonía del gobernador de Entre Ríos tal vez habrían dado resultados los trabajos. Descubierto el plan, Rosas y Echagüe apuraron la anarquía y el desquicio en Santa Fe: Juan Pablo López (a) “Mascarilla” se levantó en armas protegido de ellos y Echagüe alistó fuerzas para invadir la provincia.

Cullen se creyó perdido y abandonó el Gobierno y fugó al Interior de donde fue llevado más tarde a Buenos Aires, engrillado, para ser fusilado en Arroyo del Medio por el edecán de Rosas, Pedro Ramos, y por orden de él.

La lucha que se produjo en Santa Fe a consecuencia de la caída de Cullen, en la que tomó parte activa Echagüe por colocar en el mando a un hermano, favoreció a Corrientes, porque se prescindió momentáneamente de castigar en Berón de Astrada un “crimen” parecido al de Cullen, en cuyo intervalo triunfó definitivamente el general Rivera en la República Oriental, con él el partido que llevaba la dirección de la resistencia al tirano, y el gobernador de Corrientes tuvo nuevos aliados naturales con quienes podría entenderse.

IV

Noticias particulares que de Corrientes llegaban a los emigrados argentinos en la República Oriental y oberturas hechas desde la provincia, decidieron a aquellos a enviar, en calidad de representante cerca de Berón de Astrada, al doctor Salvador María del Carril, ex ministro de don Bernardino Rivadavia.

El comisionado llegó en momentos que los trabajos subversivos y las amenazas de Echagüe tenian agitada y dividida la opinión de los políticos y fue un contingente de ilustración y de fuerza real para el gobernador, que de ningún modo quería rendirse a los miedosos.

Tal como en Santa Fe se preparó la ruina de Cullen, se propuso Echagüe, de acuerdo con Rosas, voltear a Berón de Astrada. Despacho a la provincia emisarios insignificantes pero adictos, para corromper la fidelidad de los jefes y de la tropa y hacer propaganda hostil a la situación; y tras de ellos mandó al presbítero Higinio Falcón y Suárez en carácter de representante público, so pretesto de la cuestión francesa, con la misión verdadera de disponer el terreno de la convulsión.

Tanto en la capital como en los pueblos de campaña que pisó, Falcón y Suárez no hizo otra cosa que buscar prosélitos y estimular a la revuelta, propalando voces alarmantes sobre la necesidad de cambiar de mandatario pues, de no hacerse, Entre Ríos invadiría a ese objeto y protegería al que se sublevase, porque era acordado con el “Restaurador de las Leyes” concluir con el “traidor” Berón de Astrada; aseguraba, también, tener instrucciones de llevar consigo a los jefes y oficiales que desearan abandonar sus puestos, para darles mejor colocación.

Los acontecimientos ocurridos en Santa Fe eran la demostración evidente de lo que esperaba a Corrientes con aquellos trabajos y el terror dominó a algunos. Entre los mismos allegados al Gobierno quiso Echagüe introducir la discordia. Mandó dos expresos al general Ferré proponiéndole una conferencia sobre la política del dia y los medios de modificar la situación de Corrientes, haciendo llegar -por otros conductos- a sus oidos que su pensamiento y el deseo de Rosas era que el General ocupase el Gobierno; y al coronel don Vicente Ramírez, Jefe de Frontera, trató de sobornar y sublevar por intermedio del comandante Ramón Góngora.

Pero ni Ferré ni Ramírez eran hombres de traicionar sus principios y sus compromisos, y Berón de Astrada fue impuesto de todo. Hechos numerosos de otro orden, depresivos de la dignidad del Gobierno de Corrientes, tales como la detención del correo, la colocación de fuerzas sobre el Guayquiraró y el Mocoretá, intimaciones atrevidas e insolentes sobre actos de sus atribuciones exclusivas, se agregaron por Echagüe a los fundados motivos de irritación de Berón de Astrada contra él y Rosas.

Todo aquéllo coincidió y siguió a la escandalosa violación de la Liga del Litoral, en Santa Fe, habiendo reclamado inútilmente, el gobernador de Corrientes, el respeto a los Pactos existentes.

En semejante estado, ¿cuál debía ser la actitud de Corrientes? ¿Debía perder su libertad, sus leyes y su honor, destruyendo su propio Gobierno o prostituyendo su dignidad por la abjuración de sus principios o reacción completa contra su política, para aplacar la ira de Rosas y servirle a su gusto, con tal de conjurar la guerra? ó, por el contrario, ¿debía defender aquellas conquistas, exponiendo los bienes materiales presentes con la esperanza de hacerlas predominar no sólo en la provincia sino en la República entera?

Este era el problema a resolver entre partidarios de los dos extremos, cuando llegó a la capital el representante de la emigración argentina. Berón de Astrada estaba por la resistencia; Carril llevaba esa misión: y como la objeción principal que los partidarios de la paz hacían era la inutilidad de la guerra estando sola Corrientes, y el comisionado ofrecía el concurso de los emigrados argentinos y garantía la alianza de la República Oriental, triunfó la solución de guerra; la más dura, sin duda, pero la más noble, la más digna y la más gloriosa.

He aquí el gran título de Berón de Astrada, eternamente consagrado por su martirio. Sin la energía con que sostuvo su resolución en el terreno firme del patriotismo y del deber elevado; sin el noble desprendimiento con que despreció por sus principios y la tradición de su provincia, el inmenso poder del asesino que tenía bajo su puñal al gran pueblo que fue el alma de la redención de un continente; Corrientes no se hubiera revelado como pueblo viril, no hubiera sido el ariete de acero de la libertad argentina, no se hubiera levantado entre esplendores de gloria la protesta de la dignidad humana ultrajada y de la patria esclavizada, y quién sabe hasta cuándo hubiera tiranizado Rosas; porque levantamiento de Corrientes contra la dictadura fue la señal y el ejemplo de la heroica guerra que salvó el porvenir de los Estados del Río de la Plata.

¡Qué importa que Berón de Astrada no luciera por su talento ni por su ilustración, si tuvo corazón y tuvo fibra para acometer la redención del suelo argentino!

V

Resuelto cuál sería la actitud de Corrientes, quedaba por disponer el alistamiento de tropas, celebrar la alianza con la República Oriental y vencer la mala voluntad de los partidarios de la paz, que disponían de buen número de asientos en el Congreso Provincial.

Como todo había pasado casi en reserva, y en las exterioridades se continuaba guardando acatamiento a Rosas, aprovechó Berón de Astrada las órdenes del tirano sobre vigilancia de la frontera del Uruguay para reunir, en el Campamento de Abalos, las tropas veteranas y las milicias que formarían el Ejército Libertador.

El militar de más escuela y más competente con quien contaba era el coronel de la Independencia, don Manuel Olazábal, y fue él quien dirigió en todo la organización y disciplina de las fuerzas.

Los jefes y oficiales de la provincia, tanto veteranos como de milicia, no tenían más que instrucción teórica limitada, y los soldados, excepción hecha de los veteranos, eran totalmente ajenos a la educación y vida militar, como que no habían tenido ocasión de entregarse a ella durante la larga paz en que vivieron consagrados al trabajo.

La generación que tomó las armas en la lucha por la Independencia, desde 1810 hasta 1814, se perdió casi por completo en las guerras de Artigas, y los que entonces fueron niños y crecieron en la paz eran los de armas llevar en 1838. Con ellos contaba sin embargo Berón de Astrada, y ellos fueron los que inmortalizaron el heroismo y el valor correntino desde Pago Largo hasta Caseros.

La escasez y la mala clase del armamento disponible igualaba al estado de los milicianos, pues no había con qué alistar regularmente un Ejército numeroso. Superando como fue posible los inconvenientes, en Noviembre de 1838 se encontraron reunidos en Abalos de cuatro a cinco mil hombres.

Los Comandantes Militares de los Departamentos, hombres civiles y distinguidos por su familia y por su fortuna, los más, concurrieron a la cabeza de los regimientos de cada uno, y de la capital y pueblos se formó la infantería con la mejor juventud.

No fue posible ocultar que de algo muy grave para los intereses de Corrientes se trataba, y un pueblo como el suyo no necesitó más que las disposiciones gubernativas para prestar animoso todo su concurso.

Seguro ya de una masa respetable de tropas y satisfecho del espíritu reinante en la provincia, Berón de Astrada informó oficialmente al Congreso, el 7 de Diciembre, del estado de las relaciones con Rosas y Echagüe, y pidió la competente autorización para declararles la guerra, previa reasunción de la soberanía plena del Estado. Pero, como demorase el despacho del asunto, no quiso perder tiempo y acreditó cerca del presidente de la República Oriental al coronel don Manuel Olazábal, en clase de Ministro Plenipotenciario.

Olazábal partió el 13 de Diciembre y el 31 del mismo firmó, en Montevideo, un Tratado de Alianza ofensiva y defensiva entre Corrientes y la República Oriental “contra don Juan Manuel de Rosas y su Gobierno”. El Tratado tenía por causa, para Corrientes:

* “haber Rosas desunido las provincias y fomentado los odios civiles; haber establecido una tiranía degradante y espantosa y mantenido en perpetua inquietud y desconfianza a los Estados limítrofes, impidiendo al mismo tiempo la organización y la tranquilidad definitiva de la República”; y para el Estado Oriental:
* “los repetidos actos de hostilidad contra su situación política”.

Las partes contratantes se comprometían a declarar la guerra a Rosas a un mismo tiempo, después de ratificado el Tratado; y mientras no derrocasen al tirano, por ningún motivo ni pretexto disolverían la Alianza ni harían la paz.

Las demás estipulaciones disponían:

* que la República Oriental pondría en campaña un Ejército de 2.000 hombres, equipados, armados y sostenidos por ella; y Corrientes otro de 5.000, al mando de Berón de Astrada, sostenidos por el Tesoro Provincial;
* que ambos Ejércitos obrarían en combinación, bajo la dirección del general Rivera;
* que derrocado Rosas, las tropas aliadas se retirarían inmediatamente a sus respectivos territorios;
* que el Tratado se conservaría secreto hasta publicarse los manifiestos de la declaración de guerra;
* que el general Rivera negociaría la cesación del bloqueo de los puertos correntinos y el libre paso de su bandera.

Fuerte resistencia hubo que vencer en el Congreso Provincial para obtener de él la necesaria autorización que dio a los actos de Berón de Astrada un correcto carácter constitucional. Los partidarios de la paz, en uso de su legítimo derecho, sin duda, pero dominados del miedo, se opusieron seriamente a los pedidos formulados en el Mensaje del 7 de Diciembre.

Cuestión tan grave no era para andar de prisa y por sorpresa, por más que urgieran los momentos; y en discusiones, en arreglos y empeños corrió la mayor parle del mes de Enero de 1839.

El gobernador dejó a su ministro general, don Pedro Díaz de Colodrero, la obra de allanar las voluntades y salió a ponerse al frente del Ejército. Por fin, el 22 de Enero, el Congreso acordó las facultades pedidas y votó un empréstito de cincuenta mil fuertes, quedando sin embargo algunos con sus ideas de paz ¡con Rosas!

En consecuencia: el 2 de Febrero ratificó Berón de Astrada el Tratado de Alianza que lo estaba ya por Rivera desde el 2 de Enero, introduciendo en él una pequeña modificación; aceptada la innovación por el presidenta oriental y hecho el canje de sus ratificaciones por el representante de Corrientes, coronel Félix María Gómez, Rivera, desde su Cuartel General en Durazno, el 24 de Febrero, y Berón de Astrada, desde el suyo en Abalos, el 28 del mismo mes, declararon solemnemente la guerra a Rosas, dando cada uno el correspondiente Manifiesto de causas.

VI

El mercenario escritor italiano, don Pedro de Angelis, defendiendo al tirano, acusó a Berón de Astrada, después de sacrificado, de infidencia y deslealtad por el Tratado con la República Oriental; y, más lejos que él, ha ido en nuestros días un joven escritor que se ha constituido panegirista voluntario del dictador, afirmando que “hizo “ causa común con el enemigo extranjero y traicionó el sentimiento argentino por medios y bajo auspicios indignos del nombre que llevaba”(2).

(2) Pedro de Angelis. Nació en Nápoles, el 29 de Junio de 1784, y falleció en Buenos Aires el 10 de Febrero de 1859. Fue uno de los primeros historiadores de la Argentina. Constituye una de las figuras principales de la ciencia histórica argentina, a la vez que es la más discutida y polémica.

En Angelis era lógica y natural la acusación; para denigrar y escarnecer a los patriotas recibía buena paga de Rosas; pero sorprende que haya recogido y acentuado su invento, quien solicita un puesto entre los hombres de letras del país en nombre de su ciencia y de su imparcialidad como historiador. Es cuestión de ligereza y de extraviado criterio.

Desde luego, hay que descartar de la cuestión a Francia, porque no es exacto que el Tratado se firmara bajo la protección de dicha nación, ni que el cónsul Martigny fuera quien concertó sus bases, como lo asegura el doctor Saldías en su “Historia de Rosas”.

Argentinos bien relacionados con el general Rivera y los ministros del gabinete oriental, prepararon el terreno de la negociación antes del envío del coronel Olazábal, porque a ello volvió comprometido el doctor Carril; y para el buen éxito, antecedente suficiente era el interés positivo e inmediato del General en cualquier convenio que robusteciera su situación.

Nuestras investigaciones sobre este punto nos autorizan a decir que no se exhibirá ningún documento concluyente que demuestre la intervención atribuida al cónsul francés.

En el mismo Tratado y en el libro a que nos referimos, tenemos hechos contrarios. Si la Alianza hubiera sido celebrada “bajo la protección de Francia y sobre bases concertadas por el cónsul Martigny”, se habría hecho referencia en ella a la protección, como es de uso universal, y alguna concesión se hubiera consignado para Francia; pero nada de esto consta, en vista de lo cual hay verdadera ligereza en garantir la supuesta intervención.

Por otra parte, si todo pasó por manos del cónsul francés, no hay explicación que dar al hecho de haber quedado pendiente la cuestión del bloqueo, pues interesando mucho su cesación a Corrientes y no menos al cónsul francés el reconocimiento de los derechos reclamados para sus nacionales, era la ocasión de solucionarla aquélla en que el cónsul, se dice, intervino; y menos explicable que eso es aún la facultad dada por Corrientes a Rivera para “negociar” la cesación del bloqueo, y la “negativa solemne” de Mr. Baradere a concederla, “después de ratificado el Tratado”, hecho que cita el doctor Saldías(3).

(3) Adolfo Saldías. “Historia de Rosas”, tomo 2, capítulo XXXI. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos” (1986), c/Nota Preliminar de Alberto A. Rivera. Amerindia Ediciones, Corrientes.

No; ningún representante francés tuvo parte en la negociación, y lo que de la afirmación contraria se deduce para reprochar una falta a Berón de Astrada, es caprichosamente injusto.

La acusación tiene apariencias de razón en cuanto a la Alianza en sí, porque el Tratado es un hecho innegable; pero sólo “apariencias”, pues los acontecimientos de la época y lo que entonces era la República Argentina no autorizan la condenación fulminada.

Berón de Astrada no traicionó a su patria, no se alió al extranjero contra ella, no manchó en lo más pequeño su titulo de argentino; por el contrario, poseido de noble patriotismo y encarnando el sentimiento realmente nacional, se levantó contra el “único enemigo” de ella: Rosas, enemigo también de todo hombre y todo país civilizado; salteador puesto fuera de toda ley escrita y moral.

El “caos del año veinte” puso fin a la unidad política de la República, representada hasta entonces por los Gobiernos Generales sucedidos desde 1810 en el ejercicio de la soberanía interna y externa de la nacionalidad; en su lugar quedó solamente en.pie la unidad territorial, para el extranjero y dentro de ella catorce Estados plenamente soberanos e independientes, cuyos poderes públicos no tenían superior.

Todos los habitantes de dichos Estados se titulaban argentinos; pero a semejante desorden no puede llamarse “Nación” en el sentido del Derecho Público, sino negación de ella, porque si bien el conjunto era dueño de un territorio dado, cada una de sus parcialidades ejercía poderes soberanos, sin leyes y sin autoridad que a todas gobernasen de un centro superior que simbolizara la unidad e indivisibilidad de la patria común.

La Constitución orgánica que se trató de dar al país en 1826, escolló en la resistencia de los mandones omnímodos que estaban adueñados por la fuerza de la independencia absoluta de las provincias. Las alianzas interprovinciales celebradas después de la desaparición de la presidencia no comprometieron de ningún modo dicha independencia en favor de la unidad política que constituiría la nacionalidad “única”.

La “Liga” del Litoral de 1831, el más formal de aquellos Pactos menguados y al que se adhirieron todas las provincias por la imposición de la barbarie que dio en llamarse “Federación”, tampoco proveyó nada en beneficio de la unidad nacional: su base fundamental, consignada en el artículo 1, fue el reconocimiento de “la libertad, independencia, representación y derechos” que las provincias contratantes habían ejercido sin que pueda interpretarse como una expresion de nacionalismo “la paz firme, amistad y unión estrecha y permanente” en que debían mantenerse, porque estas declaraciones son usuales en todo Tratado de Alianza, y aquél tuvo por objeto crear una “Liga ofensiva y defensiva contra el extranjero o cualquiera de las provincias de la República que agrediera a las contratantes”.

La disolución nacional continuó pues, predominante, dejándose como hecho secundario para cuando las provincias gozasen de “plena libertad y tranquilidad”, invitarlas a mandar representantes a un Congreso General federativo qüe “arreglase la Administración General del país, su comercio interior y exterior, su navegación, el cobro y distribución de las rentas generales”, todo lo cual importaba la unidad política de la patria, que caracteriza una nacionalidad.

Y no pudo ser otra cosa el Tratado de 1831, dado su origen y la resistencia que sus autores opusieron al proyecto constitucional provisorio que antes las sometió el general Ferré. Por eso fue que después de la “Liga”, las provincias continuaron en la misma independencia soberana que asumieron en 1820, corriendo por manos de ellas, dentro de sus respectivos límites, todos los asuntos de carácter nacional, siendo completamente ilusoria y de simple nombre, “en los hechos”, la “Nación”.

Las delegaciones que dichos Estados soberanos hicieron en el gobernador de Buenos Aires, desde 1827, para el mantenimiento de las Relaciones Exteriores, no establecieron la personalidad jurídica y pública de que carecía el conjunto y que necesitaba para ser una “Nación”, tal como la ciencia política lo determina; porque continuó faltando “la unidad y organización en Estado único”, con leyes y Gobierno General, que son las fuerzas vitales indispensables a la existencia de aquélla.

En semejante situación desquiciada y monstruosa, Corrientes, como las demás provincias, tenía dos compromisos: la “Liga” de 1831 y la autorización provisoria dada al gobernador de Buenos Aires para la representación exterior.

Ninguno de ellos era eterno y menos incondicional, ni tampoco fueron contraidos con la “Nación”, sino con Estados de igual poder e independencia. La “Liga” del Litoral estableció mutuos e iguales derechos y obligaciones para sus contratantes y los que en adelante se acogieran a ella; y la investidura para la representación exterior fue un hecho transitorio, espontáneo y personal, mientras se constituyera la República.

Alzado Rosas con la suma del poder público por el triunfo de la “federación” a lanza y cuchillo; atropellados y destruidos totalmente por él los deberes que le imponia la “Liga” del Litoral y los derechos y libertades asegurados a las provincias; erigido en el más encarnizado enemigo de la organización nacional, convirtiendo en arma de su tiranía su titulo de Encargado de las Relaciones Exteriores, todas las provincias quedaron en perfecto derecho de retirar su adhesión a un Tratado escarnecido y su delegación en el gobernador de Buenos Aires; mejor dicho, de hecho cesaban sus compromisos y quedaban en pleno ejercicio de su soberanía interna y externa, porque el violador no podia ser más favorecido por sus atentados que los burlados y sacrificados.

Además de esta razón general, Corrientes tenía las especiales que apuntamos ya en otro lugar. Cuanto hicieron, pues, su Legislatura y su gobernador no fue deslealtad sino consecuencia lógica de los actos de Rosas, en virtud de un derecho inconcuso. No rompía con la “Nación”, porque políticamente no existia; no renegaba de la patria común a que pertenecía por el suelo, la tradición y el sentimiento de sus hijos, porque no levantó la bandera de segregación territorial ni desconoció sus vinculaciones históricas.

Servía, sí, los intereses de la nacionalidad destruida, y verdadero patriotismo la movía, negando su apoyo al salteador que todo había degradado y que nada permitía se hiciese para formar las provincias una nacionalidad verdadera. La circunstancia accidental de estar Rosas empeñado en un conflicto con Francia, no podía modificar el derecho de Corrientes, ni dar a su actitud carácter de hostilidad a la patria común; porque la cuestión francesa se originó a causa de una “ley provincial” de Buenos Aires que el tirano explotó en odio a los extranjeros y para fines de su dictadura, contra la doctrina reconocida por un Tratado “nacional” con Inglaterra, el cual, si bien no podía ser invocado por Francia como base de un derecho propio, establecía un principio contrario al aplicado a sus nacionales y, por su carácter “nacional”, estaba arriba de la ley local.

Por otra parte, Corrientes no se alió a Francia, ni pactó con ella nada, ni se lanzó a la guerra para que predominaran sus exigencias. Que de su actitud se beneficiara indirectamente, era posible; más de ello no puede arrancarse su falta de derecho, porque aplicada la doctrina a Rosas conduciría a sostener que su tiranía debió ser acatada pues tenía al frente poderes extranjeros.

Libre Corrientes de compromisos, como Estado soberano estaba habilitado para celebrar sin deshonra Tratados y Alianzas con cualquiera potencia, ya a los fines de su conservación política, ya a los más elevados y grandes de la organización y unidad de los pueblos argentinos; y fue con ese derecho y teniendo por objetivo el bien de la “patria grande”, que se alió al Estado Oriental “contra el tirano usurpador Juan Manuel Rosas”, con la salvedad categórica de que “en ningún caso se entendería formada la Alianza contra la Confederación Argentina, ni contra ninguna de sus provincias”.

La declaración de guerra hecha por Berón de Astrada y la del general Rivera, dieron todavía mayor fuerza a la estipulación del Tratado anteriormente transcripto. El primero decia:

“Declaro la guerra a las personas de los brigadieres Juan M. Rosas y Pascual Echagüe, porque lo único que puede salvarnos en el estado en que se han puesto las cosas, es constituir la República bajo la forma federal, con buenas leyes fundamentales, y ellos dos, no los pueblos, lo impiden y son los autores de nuestras desgracias”.

Y Rivera se expresaba en los términos siguientes:

“ Invocando los testimonios más sagrados, el pueblo oriental protesta que él no pelea contra el benemérito pueblo argentino, su glorioso hermano, su natural aliado, su antiguo compañero de armas, cuya nacionalidad es inviolable y santa a sus ojos.
“Es al tirano del pueblo inmortal de Sudamérica a quien buscan y sobre quien se dirigen nuestras armas”.

La guerra, como se vé, fue eminentemente personal, como tantas de que dá cuenta la historia y que el Derecho Público reconoce como legítimas por parte de Corrientes, no como la que sostuvimos con España, ni como la de secesión en los Estados Unidos de Norteamérica, como no fue de conquista ni depresora de la dignidad de los pueblos argentinos por parte de la República Oriental.

Para desconocer el derecho que asistió a Corrientes en su actitud, fuera necesario demostrar que Rosas era la “Nación” y la “Patria”; absurdo que no por haberse incrustado en el cerebro de los “federales” y de ser indirectamente aceptado por su panegirista, merece menos burla y desprecio.

Sólo partiendo de una monstruosidad tal, alterando los hechos históricos y desconociendo el estado político de las provincias argentinas en aquel desgraciado tiempo, puede injuriarse la memoria de Berón de Astrada, precisamente por el acto más noble, más generoso, más patriótico y más legítimo que salvó en tierra argentina la dignidad de todos los pueblos y que ha esculpido su nombre en el recuerdo imperecedero de las generaciones agradecidas.

VII

La declaración de guerra no tomó de sorpresa a Rosas ni a Echagüe. Desde que Santa Fe normalizó federalmente su nueva situación, preparaban ambos elementos para caer sobre Corrientes, redoblando su actividad cuando conocieron algunos de los actos de Berón de Astrada y sospecharon de otros.

No se habían movido ya, sólo por no estar listos. Aparentaban, sin embargo, una sistematizada indiferencia hacia ella, y procuraban persuadir que el movimiento de fuerzas en Entre Ríos y las medidas alarmantes que allí se tomaban, tenían por único objeto atacar o defenderse del Estado Oriental; en la tropa era ésta la convicción, pues Berón de Astrada decía en una de sus cartas (4 de Febrero de 1839):

“Ninguno de los desertores que diariamenente vienen de Entre Ríos dice que la alarma en que está, es contra Corrientes; todos confirman habérseles hecho entender que su plan (de Echagüe) es pasar a la Banda Oriental”.

En ello había un fin político. Los dos malvados desconfiaban de la lealtad del pueblo entrerriano y temían que agregados a los frescos recuerdos de los sucesos de Santa Fe hechos aún más graves contra Corrientes, él y algunas provincias pudieran fraternizar con la amenazada, lo que sí no se evitaba, al menos se dificultaba con el engaño mantenido hasta el último instante.

Con todo y a pesar de que el pronunciamiento de Berón de Astrada los presentaba como agredidos a los ojos de los engañados, en vez de agresores pérfidos cual eran en verdad, ningún síntoma popular probó que la guerra era simpática.

En Corrientes se reservó también al principio, por otras causas, el objeto de la formación del Ejército, pero se hizo público desde fines de Diciembre de 1838, época en que el gobernador delegó el Gobierno en don Juan Felipe Gramajo para marchar a tomar el mando de las tropas. Lejos de modificarse el sentimiento público manifestado, aquel pacífico pueblo de entonces vigorizó la actitud de su gobernante con un pronunciamiento importante, digno de la causa.

No fue su movimiento artificial y automático, engendro de la presión gubernativa; fue espontáneo y consciente. La provincia no habia sufrido los estragos de la guerra civil. Desde el año 1821, en que fue depuesto Carriego, mandón irresponsable que le impuso López Jordán, y en que fundó su Gobierno constitucional, gozó de paz y libertad, desarrollándose al amparo de tan plácida situación sus rudimentales industrias, su comercio y sus instituciones y adquiriendo sus habitantes un pronunciado apego al trabajo y una noción clara de su personalidad política; era rica y feliz, estaba satisfecha de su suerte y, en comparación a las demás provincias, la razón pública tenía elevado nivel moral.

Sus infortunios durante las guerras de Artigas habian sido una enseñanza aprovechada sensatamente por sus buenos hijos, para asegurarle un desenvolvimiento tranquilo bajo la garantía del derecho y de la justicia. Tal era y así vivía el pueblo que Rosas deseaba subyugar, sin pensar, como todo tirano, que es más fácil domesticar una fiera que dominar por la fuerza un pueblo inerme pero dueño de sí y consciente.

La ira del dictador ponía en peligro cuánto los correntinos poseían y amaban. Los pueblos todos postrados a los piés de aquél, iban a caer sobre Corrientes; sus degolladores harían correr ríos de sangre; los feraces campos cultivados serian arrasados; y las populosas estancias destruidas; el Gobierno, hasta entonces libre y paternal en su acción oficial, se trocaría en servil instrumento de un perverso cebado en crímenes; las instituciones desaparecerían para levantarse el despotismo; en una palabra: el estrago y la ruina en todo se presentaba claro ante la vista de aquellos pacíficos agricultores y pastores que se consideraban únicos dueños de su suelo natal y solos habían labrado su bienestar; y con sangre de una raza valerosa en sus venas, penetrados de sus derechos, con amor a la familia, con legítima altivez por su propiedad, no podían inclinar mansamente el cuello por cobardía y dejar destruirse el fruto acumulado de años de felicidad.

Y más allá de los horizontes de la provincia, en el vasto teatro de las pasadas e inmortales glorias que cubrían a todos los argentinos, veian también que estaba la única garantía permanente de sus queridas conquistas, en la constitución de una patria común regida por leyes justas y gobernada por hombres honrados; y a ella no podían llegar sin hacer pedazos el trono del crimen desde el cual tiranizaba Rosas. ¿Cómo entonces no levantarse, dominados de febril entusiasmo, si jugaban en la empresa toda su vida y todo su porvenir?

De esa carne y del alma que animaba ese cuerpo surgió esta patria ingrata para la noble cuanto desgraciada Corrientes. La declaración de guerra fue recibida con aclamaciones de júbilo; todas las poblaciones se disputaron superar en las manifestaciones de su alegría; y las fiestas se sucedían en ellas cual si celebraran ya la coronación de la gigantesca empresa.

Aquellos correntinos de carácter manso y al parecer refractario a las conmociones nerviosas del entusiasmo, se transformaron en ardientes y fogosos propagandistas; y en los pueblos, en el Ejército, en las “estancias” y en los ranchos diseminados en la inmensa campaña, todos vivían en la atmósfera de fuego del patriotismo exaltado y frenético.

Juventud, familia, bienestar, intereses, todo era dejado por el honor de figurar entre los futuros libertadores del país; y llegaban de todas partes al Campamento en Abalos: padres que con sus hijos pedían un puesto de combate; hacendados que llevaban generosamente sus caballadas; madres y esposas que iban a retemplar el valor de los suyos con su animación y entereza espartana.

¡Ah! Si los hechos humanos correspondieran siempre a la magnanimidad y a la grandeza de los sentimientos de un pueblo, aquel movimiento admirable de Corrientes no habría sido ahogado momentáneamente en sangre!

¿Le temió Rosas? Tal vez; más Corrientes no temió al tirano. Doscientas expediciones sobre el Chaco, las posesiones portuguesas y las misiones, durante el período de la conquista y de la colonia, que fue para él un batallar sin tregua, habían hecho resonar su nombre como pueblo esforzado, desde la Colonia del Sacramento hasta las fronteras del río Pardo y desde éstas hasta el Valle de Calchaquí; sus dos pronunciamientos famosos contra la opresión jesuítica a que servian de instrumentos sus mandatarios, secundando en la primera la desgraciada revolución de Antequera y lanzándose solo, después, a la reconquista de sus derechos hollados, habían probado su carácter viril; y su participación importante en la guerra de la Independencia, hasta su cautiverio en 1814, no desmintió su tradición colonial.

Poco le importaba, pues, que no tuviera en aquel momento la estructura férrea de los pueblos guerreros, si tenía antecedentes de tales, energía de raza y voluntad inquebrantable de luchar por sus derechos y ello le bastaba para vencer o sucumbir admirado.

¡Nadie secundó en tierra argentina aquel levantamiento valeroso! Ninguna provincia tuvo el coraje de imitar a Corrientes y el Manifiesto de Berón de Astrada cayó en el vacío hecho por el terror y mantenido por la cobardía.

Parecía que el nombre y la dignidad de los argentinos se habían borrado del recuerdo de los pueblos y que toda la altivez, toda la virilidad y toda la grandeza que demostraron con brillo en la epopeya de la Independencia habían huido avergonzadas de ellos para refugiarse en Corrientes y hacer de su pueblo el apóstol armado, el héroe y el mártir de la libertad constitucional de la República.

VIII

Berón de Astrada llegó al Campamento en Abalos y asumió el mando del Ejército el 31 de Diciembre de 1838. Su primera Proclama nos revela la entereza de su noble espíritu, su anhelada aspiración y sus patrióticas esperanzas.

- Proclama impresa en Corrientes, datada en el Cuartel General en Abalos, el 20 de Enero de 1839

EL GENERAL EN JEFE A LOS SOLDADOS DEL EJERCITO CORRENTINO
¡VIVA LA FEDERACION ARGENTINA!

“SOLDADOS:
“Me tenéis ya a vuestro frente y desde este instante el genio de la discordia no podría más asestar sus tiros contra nuestra cara patria.
“Decidido, como el que más, a sostener su integridad, su dignidad y su honor, os protesto cambiar los goces más preciosos de la vida por mil sacrificios que dependan de mis esfuerzos.
“Me basta a este respecto el pronunciamiento de la provincia para allanar los escollos que pudieran oponerse a la justa causa, que hoy os obliga a empuñar las armas. Ella contiene la defensa de vuestros más caros intereses, amenazados próximamente por la ambición desmedida; ella es el sostén de la más sólida y perfecta Confederación, porque os habéis pronunciado el año de mil ochocientos veintiséis; y ella es -en fin- el de la libertad e independencia de que sois dignos defensores.
“Al reunirme, pues, con vosotros a salvar la patria del amago espantoso en que se ve, he advertido con la mejor satisfacción el irresistible entusiasmo que manifestáis por este ídolo tan sagrado; él, y ese patriotismo admirable que con dulce fuerza han reunido a todas las clases de la sociedad, a ofrecer recursos de todo género para poner a cubierto los sacrosantos derechos del pueblo correntino, me presagian desde luego un resultado feliz.
“Recibid por ello la más grata felicitación; y dispuesto a marchar, si fuese necesario hasta el fin del mundo a dar una lección práctica de que, si bien sois amigos de la tranquilidad pública, no lo sois de la indiferencia, cuando aquélla se trata de atacar impúnemente.
“Permitidme por último el desahogo, que en estos momentos me inspira el noble entusiasmo, para pronosticar a la provincia de Corrientes que su Ejército compuesto de cinco mil hombres bien equipados que tengo la honra de mandar, le presentará muy en breve un día de gloria, a días en que, destruidos sus enemigos, volverá a gozar de la quietud objeto terminativo de su política y entonces, entregado todo a la deliciosa efusión de su espíritu, se tributará las enhorabuenas vuestro mejor amigo”.

Genaro Verón de Astrada
Cuartel General en Abalos, Enero 20 de 1839

Las tropas a quienes hablaba en este sencillo y patriótico lenguaje subían a cinco mil hombres de pelea, de los cuales cuatrocientos eran de infantería y cincuenta y tantos de artillería, para tres piezas de cuatro. Mandaba éstas el coronel Tiburcio Rolón, el tipo más distinguido de todo el Ejército, por su hermosura, su gallardía, su educación y su fortuna; las caballerías tenían por jefe superior al coronel Manuel Olazábal.

En general, la instrucción militar dejaba mucho que desear, no tanto por el limitado tiempo de enseñanza que tuvieron los ciudadanos alistados, como por la falta de jefes y oficiales entendidos.

El material de guerra era malo y escaso, predominando como arma típica la lanza de cuchillo y de tijera de esquilar enastado en una caña tacuara, recurso de que echaron mano los Comandantes Militares de los Departamentos para no presentar sus cuerpos desarmados, arma que -a pesar de su tosca apariencia y primitiva forma- ha hecho su papel y tiene su digna historia en las luchas por el Gobierno libre desde Pago Largo hasta Ifrán.

En los dos meses que el Ejército continuó acampado en Abalos, no hizo mayores progresos en su organización; ordenada la tropa en su comportamiento, obediente y sumisa a la ordenanza, empeñosa toda ella en adquirir cualidades marciales, prometía buenos soldados pero no los tenía en rigor.

Una novedad introdujo Berón de Astrada en el Ejército y aunque insignificante, la recordamos porque es el origen de la popularidad que tiene en Corrientes el color celeste (hoy proscripto) como símbolo de la causa liberal.

Atienza había hecho obligatoria la divisa punzó y como ninguna disposición oficial derogó su acto, la llevaban los soldados. Por una Orden General fue reemplazada por la celeste y blanca, sola o con la inscripción “Ejército Libertador”; el General en Jefe usaba en lugar de ella -en el kepi- un escudo bordado en hilo de oro sobre paño blanco y celeste, con las armas de la provincia y el lema declarado últimamente oficial: “Constitución en Federación”.

La medida tenía el doble objeto de dar un distintivo a fuerzas que no vestían uniforme y devolver su puesto de honor a los colores de la bandera argentina. La divisa pasó del Ejército al pueblo, del soldado al ciudadano; fue empapada en la sangre de los primeros mártires; lució en las victorias de sus vengadores; y es todo un programa de política para el mas humilde e ignorante gaucho correntino.

El 4 de Marzo de 1839 levantó Berón de Astrada su campamento de Abalos, permaneció algunos días en el Chañar y avanzó a fines de dicho mes hasta el Mocoretá, sin salir del territorio de la provincia, porque Echagüe se había movido en dirección a ella y también le pedían muchos de Entre Ríos se aproximara a la frontera a fin de pasársele, hecho que no llegó a efectuarse por el precipitado e inesperado desenlace de la campaña.

Según el plan combinado con Rivera, las fuerzas correntinas y orientales debían operar simultáneamente para estrechar a Echagüe y ponerse a cubierto de un contraste. La situación del Ejército correntino lo habilitaba en todo momento para las operaciones; no así la del oriental, que debia aproximarse a la costa del Uruguay y pasar a Entre Ríos.

Por eso, Berón de Astrada pidió con repetición a Rivera pusiera sus fuerzas en las condiciones requeridas y sólo por las causas ya indicadas y para hacer acto de presencia se colocó en la línea divisoria de las dos provincias.

El 30 de Marzo acampó Echagüe en el arroyo Basualdo, a pocas leguas de su enemigo. En las posiciones que los dos Ejércitos tenían, era inminente una batalla: cualquiera de ellos que adelantase terreno, la producía. Berón de Astrada se mantuvo quieto confiando aún en que Rivera llamaría la atención de los federales por retaguardia, y se redujo a desprender 1.500 hombres de caballería en observación sobre el enemigo. ¡Desgraciada esperanza!

El aliado había declarado la guerra y echádose a descansar; ni pensaba moverse; y era su inacción la causa de la marcha de Echagüe. Este se condujo -en efecto- con habilidad, sacando inmenso partido de la conducta de Rivera. Estaba amenazado de enemigos que lo tomarían entre dos fuegos si cayeran sobre él en combinación y ni su posición ni sus fuerzas eran para resistirlos a un mismo tiempo, esperando la iniciativa de ellos; al paso que si los tomaba aisladamente podía esperar la victoria, porque sus tropas eran superiores de Ejército a Ejército.

En tal situación vino admirablemente a favor suyo la inacción de Rivera, pues antes que de él hubiera que temer, sobrado tiempo tenía para definir la cuestión con Berón de Astrada, con probabilidades de triunfo siendo activo. Se aprovechó por consiguiente de la ventaja que su mismo enemigo le daba, abriendo campaña sobre Corrientes.

El 31 de Marzo de 1839, el Ejército federal en número de 6.000 hombres de las tres armas se movió del arroyo Basualdo, marchando en tres columnas paralelas al respectivo mando de los generales Justo José de Urquiza, la derecha; Servando Gómez, el centro; y Pascual Echagüe, la izquierda.

A corta distancia dio con la fuerza de observación que sobre él tenía Berón de Astrada, la cual, no pudiendo ofrecerle combate ventajoso, se retiró hacia el Campamento General con alguna precipitación y desorden. Echagüe siguió tras ella a marcha acelerada y a las tres leguas afrentó con el Ejército correntino formando en linea de batalla en una llanura del distrito de Pago Largo.

Detúvose a prudente distancia para desplegar sus tropas en el mismo orden de colocación que habían llevado, hecho lo cual, acortó distancia. Los correntinos no esperaron el ataque; impacientes por entrar en fuego y destruir cuánto antes, como creían, aquel enemigo provocador, tomaron la iniciativa con bríos, cuidándose poco -desgraciadamente- de conservar su organización y de pelear en orden.

Tropas nuevas como eran, fiaban más en el entusiasmo y el valor de que se sentían animadas que en el poder de la disciplina. El empuje fue detenido; durante algunos minutos se batieron de ambos lados con igual empeño, dominando sin embargo con sus fuegos el centro libertador, formado por la infantería, la artillería y los granaderos a caballo; allí estaba Berón de Astrada.

La cobardía de un jefe que abandonó su puesto -dicen unos-; la superioridad militar de Urquiza y el orden de sus tropas -decimos nosotros- produjo la derrota de la izquierda libertadora a la que luego siguió la de la derecha. El centro no se conmovió empero; continuó la pelea con imperturbable energía contra todo el Ejército federal, y sucumbió, muertos o prisioneros sus defensores, después de una valerosa resistencia.

Berón de Astrada fue muerto en el combate, a lanza, y Tiburcio Rolón degollado en el acto de caer prisionero. Sobre el campo de batalla y en la persecución perecieron “mil novecientos correntinos” y “ochocientos” más, prisioneros, fueron después degollados en acción de gracia al demonio de la “federación”.

Del cadáver de Berón de Astrada se sacó una lonja para manea, al uso de los indios salvajes en sus guerras y, dando crédito a la veracidad de personas serias, la manea se trabajó, fue regalada a Urquiza, muchos la vieron y la conservó su dueño como un recuerdo glorioso de aquel espantoso día de bárbara y sin igual carnicería.

Cual las hordas de Atila, desprendidas en torrente destructor sobre el mundo romano, penetraron en Corrientes los vencedores, y nueva sangre derramaron y el violo y el saqueo y el incendio a que se entregó su frenética ferocidad, redujeron la mitad de la provincia a un páramo cubierto de cadáveres insepultos y de escombros.

Y lo que salvó de la irrupción cayó bajo la mano del General vencedor, que dispuso a su antojo de las propiedades, impuso contribuciones forzosas, fraccionó el territorio del Estado y exigió como indemnización de guerra setenta mil pesos fuertes, ochenta mil cabezas de ganado vacuno y cincuenta mil de yeguarizo.

¡Sólo los horrores de la intervención de 1880 se aproximan a aquéllos! Pero revolcándose en su propia sangre en medio de tanta ruina, el pueblo vencido se contemplaba más grande que nunca ante la glorificación de su causa por el martirio de sus hijos; y. allí, bajo el reinado del crimen, su patriotismo se convirtió en pasión violenta anhelosa de venganza, y nuevos campos de batalla, nuevos sacrificios y nuevas matanzas ansiaba desafiar, antes que deshonrarse adjurando sus principios. ¡Corrientes no se rindió jamás a la desgracia!

Genaro Berón de Astrada tiene un puesto de honor en la historia argentina, al lado de los más esclarecidos patriotas, porque su levantamiento fue de los que caracterizan una época y deciden de los destinos de un país.

Audaz en su empresa y grande y pura su aspiración, porque tuvo el coraje de luchar contra una dictadura poderosa para organizar constitucionalmente la República, fue el primero que tradujo en hechos el sentimiento comprimido de los argentinos. El despotismo imperante no podia caer por la diplomacia ni por la intriga, sino por la guerra; y él se lanzó a.la guerra sólo con su pueblo y su entusiasmo.

El unitarismo puro, era irrealizable; la confederación, era la anarquía; sólo el sistema federo-nacional llenaba las exigencias de los pueblos; tenía de su lado la juventud que se levantaba con el “Dogma Socialista” y los políticos honrados aleccionados por la experiencia; y lo abrazó y lo proclamó.

Tras de él vinieron a la lucha con su misma bandera, Lavalle, Ferré, Paz, La Madrid, Avellaneda, Madariaga, Urquiza mismo, a lo último, y fue su causa la que triunfó en Caseros, y es la organización política que buscó la que nos rige ahora.

Por su generoso sacrificio, por sus ideas y por las sanción del tiempo pues, deja de ser una gloria de Corrientes tan solo, porque lo es de la República Argentina regenerada y de sus hijos libres de las pasadas y de la presente generación.

Ver:

Berón de Astrada, José Genaro

Genealogía de José Genaro Berón de Astrada

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