El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

La ganadería, principal recurso de los pueblos del Uruguay

Uno de los problemas principales que debieron afrontar los jesuitas al reunir a los guaraníes en pueblos grandes, fue asegurar la regularidad de su alimentación. Para ello no bastaban las antiguas prácticas de los indios, basadas en la caza, la recolección, la pesca y los cultivos temporarios, aplicables a pequeñas aldeas, espaciadas entre sí(1).

(1) Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

La concentración de centenares de familias y millares de habitantes en pueblos como Santo Tomé o La Cruz, requería contar con otras formas de aprovisionamiento, que cubrieran las necesidades diarias de la alimentación y se desarrollaran en forma organizada.

La agricultura retornó los cultivos nativos, como el maíz, los porotos, zapallos y mandiocas, pero incorporó nuevas técnicas de labranza, otros cereales y frutos, herramientas de hierro y arados y medios de transporte conducidos por bueyes.

Los cultivos fueron distribuidos en lotes pequeños, para la subsistencia familiar y en campos comunes para el pueblo en general. A los primeros se los denominó “avambae” y a los segundos, “tupambae”. En estos últimos, la gente del pueblo atendía por turnos y según sus edades, las distintas etapas del cultivo, desde la siembra hasta la cosecha. En ellos se cultivaban, además de algunos cereales y hortalizas, principalmente el algodón y la caña de azúcar y, más tarde, montes de frutales y de yerba mate, plantados cerca de los pueblos.

Así, por ejemplo, en San Carlos, el “tupambae” o también “chacarería del pueblo”, contaba con dos cañaverales grandes, tres trigales, un cebadal, dos arrozales, 12.000 plantas de algodón cultivadas en seis lugares diferentes y cuatro yerbales chicos, con casi 14.000 plantas.

Una de las innovaciones más importantes de los jesuitas fue la introducción de la ganadería en las misiones. Animales como los caballos, vacunos, ovejas y cabras y asimismo las mulas, eran desconocidos para los guaraníes, que rápidamente se adaptaron a ellos para diferentes usos(2).

(2) El tema de la ganadería puede ampliarse en el artículo de Natalio Abel Vadell, incluido en “La gloria de Yapeyú”, recopilación publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano en 1978, Buenos Aires, pp. 109-120; y en Ernesto J .A. Maeder, “Expansión y contracción del espacio misionero (las estancias de los pueblos guaraníes. 1700 - 1810)” (1990), en: GAEA, Buenos Aires. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

Los jesuitas llevaron a las primeras misiones pequeños arreos de estos animales que, como ya se señaló en el caso de Yapeyú, pronto se multiplicaron y dispersaron en el vasto escenario de la cuenca del río Uruguay.

Para los pueblos del Paraná y, en cierta medida, los del Uruguay, el aprovisionamiento de ganado dependía, a mediados del siglo XVII, de las vaquerías en tierras correntinas. Si bien para ese entonces el territorio ocupado por los correntinos no se extendía más allá de los ríos Santa Lucía y Corriente, los conflictos de jurisdicción que se plantearon entre los vecinos de la ciudad y los guaraníes de las misiones comenzaron a multiplicarse y provocaron cuestiones que llegaron a la sede del Gobierno provincial en Buenos Aires.

En 1706, dicho Gobierno limitó la jurisdicción de las misiones en el oeste, a la costa izquierda del río Miriñay. Pero antes de esa fecha, el Padre provincial Lauro Núñez, había dispuesto, en 1694, que los pueblos de las misiones evitaran vaquear en Corrientes. Ello era coincidente no sólo con el visible agotamiento de las cimarronadas en ese distrito, sino con la paralela expansión de la ganadería misionera hacia el Este del río Uruguay, en el territorio del actual Río Grande y la Banda Oriental.

Cuando los jesuitas decidieron repoblar aquellas tierras, entre 1685 y 1707, tuvieron en cuenta los animales dispersos que quedaron en aquellos territorios después del éxodo de 1639. Una parte de ellos fue localizada hacia 1673, al sudeste de la Banda Oriental, en la cuenca del río Cebollatí. Se la llamó la Vaquería del Mar, por alusión a la laguna de Merim, en donde desagua el río aludido.

De esa masa de animales cimarrones se hicieron sucesivos arreos que permitieron a Yapeyú formar sus primeras estancias en el Oriente del río Uruguay. En 1692, se creó la estancia de Santiago; en 1694, otra en la rinconada del río Cuareim, llamada San José; y, más tarde, otras que se denominaron San Marcos, San Lucas y San Pedro.

A fines del siglo XVII, Yapeyú contaba con seis estancias en esa región. Esas estancias estaban principalmente dedicadas al ganado vacuno y sus existencias oscilaban entre 68.000 y 80.000 cabezas a fines del siglo XVII.

Los conflictos con los charrúas, agudizados entre 1700 y 1702, crearon inestabilidad y desbande de animales en esas estancias. En razón de ello se hizo, en 1705, un gran arreo de vacunos desde la Vaquería del Mar, con el objeto de formar con ellos una gran reserva ganadera en el nordeste del planalto de Río Grande, al norte del río Jacui. En ese lugar, que hoy recuerda el topónimo Vaccaría, se formó la Vaquería de los Pinares.

Sin embargo, los vacunos allí concentrados fueron finalmente descubiertos y saqueados. Las depredaciones de minuanes y otros marginales al servicio de los portugueses de San Pedro de Río Grande, pusieron en peligro la existencia de dicha vaquería.

Fue así cómo, en la década de 1730, se constituyó la gran estancia de Yapeyú y, más tarde, las de La Cruz, Santo Tomé y San Borja. Estas estancias, en realidad vastos campos para la cría de vacunos, reemplazaron a las antiguas vaquerías en el aprovisionamiento de los pueblos.

Las estancias se organizaron según el modelo tradicional del Río de la Plata. Los campos de cada pueblo estaban divididos por ríos y arroyos que separaban las distintas estancias y puestos de una misma jurisdicción e identificados cada uno con nombres de santos u otras advocaciones religiosas.

Así, los pueblos de Yapeyú, La Cruz o Santo Tomé contaban con varias estancias cada uno de ellos, con sus puestos, corrales, capillas y ranchos para la vivienda de los capataces y peones. A su vez, en cada uno de esos lugares se criaban vacunos de rodeo, caballos y yeguas, ovejas y carneros y mulas, según la aptitud de los campos y necesidades de cada pueblo.

De esas vastas estancias cuidaban generalmente hermanos estancieros y, eventualmente, algún sacerdote. Las peonadas estaban integradas por guaraníes y, en algunos casos, los capataces fueron criollos o españoles.

La cartografía jesuítica y aun la posterior, ha proporcionado mapas que muestran la ubicación de las estancias en la margen oriental del río Uruguay y, en algunos casos, el detalle particular de las mismas, como ocurre en los casos de Yapeyú y Santo Tomé. A su vez, los Inventarios que se hicieron en cada pueblo, en ocasión de la expulsión de los jesuitas, han dejado valiosa información sobre este patrimonio rural y sus características.

Yapeyú poseyó los campos más extensos. Sus estancias estaban ubicadas al Oeste y el Este del río Uruguay. Las primeras comprendían el territorio que se hallaba entre los ríos Miriñay y Uruguay, teniendo por límite Norte el pueblo de La Cruz. Hacia el Este, había cinco estancias, distribuidas en la costa del río Negro; trece sobre la costa del río Uruguay; otras cinco, sobre el río Ibicuy; y seis más sobre el Ibirapitá. Totalizaban veintinueve estancias en el territorio oriental.

A su vez, en el occidente, según registros más tardíos, había al menos otras doce, denominadas, de norte a sur, San Felipe, San Jorge, San Joaquín, Santa Ana, San Francisco de Asís, San Pedro, la Merced, San Gregorio, Salto Chico, el Yeruá, El Rosario y San Marcos. Parte de ellas pueden ser ubicadas en uno de los dos mapas de época que acompañan este texto. Todas estas últimas poseían capillas y cierto número de puestos, cada uno con sus ranchos para la peonada.

El pueblo de La Cruz también poseía campos al Oeste y Occidente del río Uruguay. Un mapa de 1784, seguramente basado en datos de la época jesuítica, describe minuciosamente los alcances de su territorio al Oeste y el Este del río Uruguay.

La gran estancia del oriente tenía siete puestos y once capillas. Algunas, como las de Santiago, Santo Cristo, San Francisco Javier y Niño Dios, estaban construidas con paredes de piedra, mientras que las restantes, al igual que los ranchos, eran de tapia y techo de paja.

Hacia el oeste, La Cruz disponía de otras estancias, ubicadas sobre el río Miriñay, e incluso en las márgenes del río Corriente, dotadas también de puestos y nueve capillas, algunas de ellas bien construidas en piedra y techumbre de tejas cocidas.

A su vez, el pueblo de Santo Tomé también había extendido sus estancias en ambas márgenes del río Uruguay, aunque en menor dimensión que los otros pueblos. También en este caso, un mapa de 1784 permite conocer la ubicación de las mismas, además del detalle que proporciona el inventario de 1798.

Las estancias occidentales estaban circunscriptas a las tierras ubicadas entre los ríos Uruguay y Aguapey. Se llamaban San Isidro del Coay, San Isidro del Boyrucay, Nuestra Señora de la Candelaria y Nuestra Señora de la Concepción, con sus capillas de San Estanislao, San Lorenzo y San José de Caazapá.

A su vez, al oriente del Uruguay y lindando con los campos del pueblo de San Borja, se hallaban las estancias de San Marcos, San José y San Antonio, con sus respectivas capillas y puestos.

San Carlos, ubicado más al interior, contó con dos estancias: San Miguel y El Rosario; la primera, con once puestos y sus respectivas capillas.

La existencia de vacunos y equinos en estos campos era cuantiosa. Pero las crisis provocadas por el Tratado de Madrid de 1750 y la guerra guaranítica que se desencadenó en los campos orientales, desorganizó el sistema, que quedó expuesto a depredaciones y abusos, favorecidos por la ocupación portuguesa de los siete pueblos orientales.

Si bien esas tierras se restituyeron al dominio de las misiones después de 1761, la recuperación ganadera no fue total. Los inventarios realizados en 1768, revelan que los tres pueblos del Uruguay contaban, en total, con casi cien mil cabezas de ganado vacuno. En ese año, las existencias ganaderas de Yapeyú se distribuían de la siguiente manera: vacunos de rodeo, 48.119 cabezas; vacas lecheras, 6.596; bueyes mansos, 5.700; mulas de diferentes edades, 340; caballos, potros, yeguas y burros para el procreo de mulas, 5.774; ovejas y carneros, 46.118.

Un cuadro semejante ofrecen los inventarios de los restantes pueblos, aunque con cifras más modestas.

Información adicional