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Los pueblos - su distrito y su estructura urbana

Los pueblos de las misiones poseyeron una serie de rasgos comunes en lo que hace a sus distritos y trazado urbano. Pese a su semejanza, no fueron idénticos, como se ha creído alguna vez(1).

(1) Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

La documentación sobre este aspecto es variada y corresponde a diferentes épocas. Ella proviene de actuaciones de los propios Padres de la Compañía y de funcionarios reales, y comprende tanto piezas documentales, como planos, y mapas, descripciones e inventarios.

La expulsión de los jesuitas, en 1768, y la asignación de los pueblos a gobernadores y tenientes, administradores y curas de otras Ordenes religiosas, dio lugar a la multiplicación de esa información.

Por una parte, corresponde señalar que los pueblos, además de su sitio urbano, poseían jurisdicción sobre un distrito rural muy amplio. Ya al mencionarse la creación de las estancias, se ha aludido a ello. Pero también debe saberse que los límites de cada uno de esos distritos habían sido asignados, tanto en la fundación como en actos jurídicos posteriores.

Con respecto a los pueblos del Uruguay, el oidor Juan Blázquez de Valverde, al empadronar a los indios de las Misiones, en 1657, consideró necesario que “cada pueblo (...) tuviese divididas y señaladas las tierras que ha menester, así para labranzas y chacras como para estancias de sus ganados, para excusar las discordias que,con la confusión de no saber cada año los que le pertenecen, pudiera haber entre ellos(2).

(2) En cuanto a la estructura de los pueblos, puede ampliarse en el “Atlas histórico y urbano del Nordeste  argentino (pueblos de indios y misiones jesuíticas” (1994), IIGHI, Resistencia, de Ernesto J. A. Maeder y Ramón Gutiérrez. En este caso, la información ha sido ampliada con datos tomados de los Inventarios de los cuatro pueblos, posteriores a la expulsión, que se hallan inéditos en el Archivo General de la Nación. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

En esa oportunidad, se asignaron los límites precisos de varios pueblos, entre ellos, San Carlos y Santo Tomé. Respecto de La Cruz, sus límites se determinaron en 1688, por el Padre provincial Tomás Dombidas y el cura Domingo Rodiles. De Yapeyú también se conocen documentos que aluden a su jurisdicción y que se tuvieron presentes en ocasión del inventario de 1768. Miguel de Lastarria, secretario del virrey Avilés, refiere que en Yapeyú

tienen dibujados algunos planos, y que rehúsan muchísimo soltarlos de su poder, aunque los manifiestan; no obstante, el teniente de gobernador de Yapeyú, Francisco Bermúdez, llevó para que viese el marqués de Avilés un plano del vasto territorio de dicho pueblo, formado sobre un pergamino de todo el cuero de una vaca, con los nombres de los parajes, de los ríos, etc. Y con varias notas en lengua guaraní, y aunque no estaba sujeto a escala, ni sus colores bien manejados, nos pareció una copia bastante fiel”.

La previsión de fijar límites para evitar discordias, no resultó ociosa, pues tanto en la época jesuítica como en la posterior, no faltaron litigios entre los pueblos por la posesión de algún lugar o la determinación de límites precisos.

Uno de los casos más conocidos lo constituyó el pleito que mantuvo Yapeyú con La Cruz, iniciado en 1695 y resuelto en 1704 por los jesuitas. Pleito que se reabrió después de la expulsión y fue zanjado definitivamente por el gobernador de las Misiones, Francisco Bruno de Zavala, en 1769.

Cada pueblo guardaba celosamente la documentación que acreditaba sus dominios rurales. Sus Cabildos conservaban los títulos y mapas que testimoniaban la legitimidad de sus dominios. Buena parte de esos documentos se perdió luego de la secularización de las misiones.

Algo semejante puede decirse del casco urbano de los pueblos. Planos, diseños e inventarios también nos hablan del trazado y de la distribución de los edificios en esos lugares. A ello se añade que, en muchos casos, se han conservado buena parte de las ruinas de los edificios principales, como en los casos de San Ignacio Miní, San Miguel o Trinidad, lo cual permite, incluso, visualizar sus dimensiones, el porte majestuoso de sus iglesias y la distribución de las viviendas.

La utilización de la piedra, los ladrillos y los materiales cocidos, han facilitado su perduración, aunque en la mayoría de los casos han resultado ineficaces ante la depredación o la utilización de esos mismos materiales para otros usos.

Infortunadamente, de los pueblos del Uruguay es poco lo que se ha conservado. En razón de ello, la reconstrucción de sus estructuras urbanas ha de ser imaginada a partir de planos urbanos similares y ajustados a los datos precisos que nos brindan los inventarios correspondientes.

De los cuatro pueblos del Uruguay, sólo se conserva un plano de San Carlos, realizado en 1818 por un oficial portugués; otro plano más esquemático, también posterior a esa fecha, y un croquis superficial, incluido por Leopoldo Lugones en 1904, en su libro El Imperio Jesuítico.

A su vez, el relevamiento que en 1899 se hizo del pueblo de Yapeyú por el agrimensor E. Schulte, deja ver, por debajo del amanzanamiento moderno, las líneas de edificación antigua.

De La Cruz y de Santo Tomé no se conocen planos urbanos. El sitio principal en torno del cual se ordenaba el pueblo, era la plaza. Era el lugar destinado a las celebraciones públicas, procesiones, festejos, ejercicios militares y todo tipo de reuniones.

En general, era de forma cuadrilonga. En ninguno de los inventarios, ni aun en el plano de San Carlos, se hallan datos de sus dimensiones y de eventuales complementos, como cruces, Rollo de justicia y capillas, que eran habituales en la generalidad de los pueblos.

En cambio, las noticias sobre las iglesias son mucho más completas. En Yapeyú, según el inventario de 1768, el templo poseía cinco altares Con sus retablos, cuatro confesionarios, órgano, púlpito y en el baptisterio una pila de piedra. El Padre Jaime Oliver anotó que, pese a sus adornos y ser de dimensiones competentes, “es inferior a las de otros pueblos(3).

(3) Sobre las iglesias, puede verse el libro de Bozidar D. Sustersic, “Templos jesuíticos guaraníes (la historia secreta de sus fábricas y ensayos de interpretación de sus ruinas” (1999), Ed. por el Instituto de Teoría e Historia del Arte Julio E. Payró, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires; “Las instituciones y las actividades de los pueblos” (1913), del Padre Pablo Hernández, Barcelona, en los capítulos de los Padres Antonio Sepp y José Cardiel, incluidos en “La gloria de Yapeyú” (1978), recopilación publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano, pp. 53-70 y 73-107. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

En 1784, un incendio la afectó, y para 1798 se hallaba en ruinas y a punto de caerse. Debió ser reemplazada, y en 1801 ya se menciona un galpón que sirve de iglesia.

La iglesia de La Cruz era de tres naves, y según Oliver, de “mucho adorno y pinturas. Tiene sieteretablos con muchas y buenas estatuas y un presbiterio adornado”. Se mantenía razonablemente bien, según el inventario de 1790.

Al referirse a la iglesia de Santo Tomé, el Padre Oliver dice que “es una de las mejores; tiene cinco altares, el mayor con un magnífico y hermoso retablo medio ochavado y bellamente dorado con seis estatuas. Los colaterales son buenos, más no están aún dorados”. Y sobre el templo de San Carlos, comenta que “con sus tres naves es bastante capaz y los cinco altares dorados corresponden a la iglesia, que está decente y aseada”.

En este último caso, puede verse en el plano que la torre del campanario se hallaba alejada del edificio y probablemente fuera de madera.

El edificio principal de todos los pueblos, además de la iglesia, era el llamado colegio. Esta denominación, generalizada en los inventarios, se refería a la gran casa de dos patios que servía de residencia a los Padres misioneros, de depósito y escuela en el primer patio y de talleres para los artesanos en el segundo patio. Este edificio se hallaba adosado a la iglesia y generalmente ubicado hacia la derecha, en ocasiones a la izquierda o también hacia atrás, como en el caso de San Carlos.

En Yapeyú, la distribución interna de las dieciséis habitaciones que daban al primer patio, servía de vivienda, refectorio, armería, botica, escuela de primeras letras y de música, ropería para los danzantes y la gente del Cabildo. En el segundo patio, se hallaban otros depósitos, en este caso con sal, sebo, velas, yerba, tabaco y lugares para el taller de los plateros, herreros, carpinteros, torneros, rosarieros, zapateros, tejedores, panaderos y cocineros.

En 1799 ya se indica que el segundo patio amenazaba ruina y, en 1802, parte del mismo fue reedificado. En las habitaciones de los antiguos jesuitas, residieron más tarde los tenientes de gobernador de ese Departamento.

En La Cruz, “la casa principal o colegio”, tenía 30 varas de sur a norte, y otras 31 de este a oeste. En el primer patio se hallaban dos cuadrantes de piedra o relojes de sol.

Sus corredores en circuito, con pilares de piedra por los tres costados, y en el (lado) de la iglesia, de madera. Ocho viviendas (o piezas) miran al Norte, y de ellas, cinco con ventanas de rejas de hierro y vidrieras, las dos que sirven de refectorio y anterefectorio, con su sótano, y la otra de almacén”.

Al este había otros seis cuartos y otros tantos al sur. Las dimensiones del segundo patio eran de 45 varas por 79, también con sus corredores, habitaciones y puertas. En Santo Tomé, la disposición era similar, según el inventario de 1792.

En San Carlos contaban con once aposentos en el primer patio y otros once en el segundo. En todos los casos, el primer patio parece haber sido de mejor construcción y ornato que el segundo. Como complemento trasero del edificio principal se hallaba la huerta y hacia el otro lado de la iglesia, el cementerio. La primera, además del recreo, brindaba sus frutales y plantas medicinales.

En Yapeyú se menciona una huerta “cercada de piedra y bien cultivada y provista de diferentes cuadras de naranjas dulces y agrias e higueras”.

Mayor detalle proporciona el Inventario de La Cruz, que brinda las medidas de la misma: 145 varas y media de sur a norte y 211 y tres cuartos de este a oeste, “cercada toda de pared de piedra y, dentro de ella, dos cuartos, alto y bajo, con corredores de madera”, para el hortelano.

Allí había, en 1790, unas 411 cepas viejas y 311 nuevas de vid; 60 árboles de naranjas chicas y 55 de naranjas dulces; 16 limoneros y un centenar en almácigos; 60 limoneros sutiles, 16 limas, 100 manzanos, 8 higueras, un monte de durazneros, plantas de piñas, 22 tunas, 26 guayabas, 3 olivos y 2 granadas. Un testimonio de 1732, del Padre Antonio Sepp, recuerda que

las viñas en la huerta del Padre son más seguras, y aunque fuesen pequeñas, rinden lo que basta para lo que necesitan dos Padres. Pues en 14 años que estuve en el pueblo de La Cruz, nunca nos faltó vino, ni una vez envié a La Candelaria por vino; antes, me sobraba para regalar a los Padres vecinos”.

En San Carlos sólo se menciona la huerta de la casa principal con sus frutales, mientras que en Santo Tomé se señala la existencia de un cerco de piedra tosca, de 238 varas de longitud y “una hermosa calle de manzanos que la divide en dos hileras hasta el centro, con 62 árboles”.

Sigue luego el listado de 106 naranjas chinas, 99 agrias, 1 de toronjas, 5 limoneros, 14 algarrobos dulces, 18 cepas en parral, 12 plantas de piñas, un rosal y un tablón de habas.

No hay referencias al cementerio en ninguno de los Inventarios. Por los planos de otros pueblos y por el de San Carlos en particular, éste se hallaba al lado de la iglesia, al igual que en los demás pueblos.

La parte más extendida de los pueblos era la que correspondía a las viviendas de los indios. Para ello se había adoptado el sistema de casas largas, subdivididas en varias habitaciones independientes y dotadas de aleros exteriores. Dichas hileras o tiras de casas se agrupaban en lo que podrían ser barrios o sectores ubicados a uno y otro lado de las calles principales de acceso. En todas las casas, el ordenamiento se halla trazado a cada uno de los lados de la plaza, como puede verse en los planos urbanos de los pueblos.

No conocemos la disposición de los mismos en Yapeyú. Allí había cuarenta aceras (o hileras) de casas “todas techadas de teja” y una de ellas, “la que mira de norte a sur, con nueve cuartos y una sala y con sus corredores de una banda y otra y techados de buenas maderas”.

En 1798, las filas de casas eran sólo 18, y en 1801 ya se anota que el pueblo está “enteramente arruinado” en sus edificios.

La Cruz tenía 38 cuadras de casas “pared de piedra y ladrillo, techos de teja”. San Carlos contaba con veinte filas de casas con 174 viviendas y Santo Tomé, con quince hileras, que el Inventario de 1798 describe una por una. Cada hilera con siete habitaciones, con sus corredores exteriores, con pilares de piedra, y otros de urunde’y, y las casas con paredes de piedra y otras de adobe. Entre ellas se hallaba la casa destinada al Cabildo.

Es de interés señalar que el uso de la piedra o del adobe no siempre satisfizo a los indios. En 1722, el Padre provincial, en su visita general, recomendó que al hacerse casas nuevas, las paredes “no han de ser de piedra, sino de tapia francesa, por haberse experimentado ser éstas más saludables para los indios”. La pared francesa está hecha con cañas y barro.

Las disposiciones de los Padres Provinciales de 1714 y de 1722 dispusieron que se construyeran casas especiales para las viudas y las huérfanas, conocidas como casas de las recogidas o kotiguasu. Dichas casas poseían habitaciones separadas para muchachas solteras, separadas de las viudas y de las casadas con maridos ausentes. Si bien se conoce la ubicación y disposición de dichas casas en otros pueblos, como San José, donde el kotiguasu se agrandará, “cayendo la puerta principal a la plaza” o, en Trinidad, donde poseía “dos patios y corralitos y con su división, para que las viudas vivan separadas de las solteras”, ninguno de los Inventarios de los cuatro pueblos de Uruguay menciona este edificio, ya fuera porque después de 1768 cayó en desuso, o el mismo fue aplicado a otros fines.

En la misma planta urbana y en la periferia de los pueblos también existían capillas. En Yapeyú había tres cubiertas de teja e inmediatas al pueblo, dedicadas a San José, San Isidro y Santa Bárbara. En Santo Tomé sólo una, de adobe crudo y techo de paja, llamada de Santa Bárbara. En San Carlos, la capilla era nueva, con pilares de madera y corredor.

También había sitios apropiados para diversas faenas y depósitos y en algunos casos, dada la cercanía del río, servicios fluviales. Así, por ejemplo, Yapeyú mantenía, en 1784, un bergantín, dos barcas, dos champanes y dos botes para la atención del puerto, que no aparecen mencionados en otros Inventarios.

En San Carlos, se anotaba en 1786 un obraje de barcos en el Paraná. Pese a tener acceso fluvial, nada se dice de ello en los inventarios de La Cruz y de Santo Tomé. En cuanto a otras instalaciones, el registro es menos específico. Yapeyú contaba con un galpón para la construcción de carretas, horno de carbón y galpones para tejas y ladrillos, y una construcción que oficiaba de guardia o cárcel.

La Cruz, por su parte, contaba con galpones para carpinteros y herreros, y también para tejas y ladrillos. Los registros también anotan en este pueblo dos relojes de sol y un lugar para los enfermos de peste. Esos lugares se repiten en Santo Tomé: una tahona, corralón para carretas y, en San Carlos, los consabidos galpones y hornos para tejas y ladrillos, tratamiento de cueros y también para el almacenaje de cereales.

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