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Instituciones y actividades en los pueblos

La vida interna de los pueblos de las misiones se caracterizó por la sencillez. Sus instituciones eran semejantes en todas las doctrinas y el servicio del culto ocupaba el centro de la vida comunal(1).

(1) Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

El Gobierno de los mismos estaba en manos del corregidor y del Cabildo. Dicha institución estaba legislada en las Leyes de Indias y en las Ordenanzas de Alfaro. El Cuerpo era presidido por el corregidor, una suerte de teniente de gobernador, dos alcaldes y cuatro regidores, además de algunos otros cargos, como el Alcalde de Hermandad para la campaña, alguacil, mayordomo y alférez. Dichos cargos se renovaban anualmente y la nómina, visada por el Padre cura, era remitida al gobernador de la provincia que, generalmente, la confirmaba.

Los cargos solían recaer en los caciques, y también en indios de experiencia y conducta probada. Ellos tenían, entre sus obligaciones, la recepción de los visitantes, el recuento de la hacienda, compras y ventas de bienes, la investigación de los hurtos, rescate de los fugados, asignación de viviendas a las nuevas familias y visita a los enfermos y moribundos. Disponían de sitios de preeminencia en los actos y vestimentas acordes a su rango.

A su vez, el Corregidor, que era al mismo tiempo jefe político y militar, presidía el Cabildo, revistaba a las milicias, aplicaba las penas y castigos y otras medidas de orden interno.

La participación de los Cabildos fue siempre activa y si bien la presencia de los Padres misioneros ejercía una indudable influencia en sus decisiones, el peso de la gestión cotidiana recaía en ese Cuerpo. En tiempos excepcionales, como ocurrió entre 1752 y 1756, hubo graves tensiones entre los corregidores, cabildos y caciques alzados contra las reales órdenes, particularmente en los pueblos de Yapeyú, La Cruz y Santo Tomé.

En orden a la defensa, había en los pueblos hasta ocho compañías de milicias, entrenadas en el uso de las armas, con sus correspondientes oficiales, como capitanes, tenientes, alféreces, sargentos, “con sus bastones e insignias”. Cada pueblo poseía su armería, ubicada generalmente en una de las habitaciones del primer patio de la Casa Grande.

Además de las armas tradicionales, lanzas, flechas y garrotes, se guardaban mosquetes y escopetas, machetes y espadas. Esas milicias salían a campaña cada vez que los gobernadores lo requerían a los Padres provinciales, para cumplir misiones en conflictos externos o internos, como ocurrió repetidas veces con los portugueses o los comuneros del Paraguay.

Cada pueblo aprontaba un número de hombres, que salían armados y aviados con caballos, mulas y acopio de yerba, tabaco y reses para el consumo, acompañados de sus capellanes. Marchaban a su cometido al son de tambores, flautas y clarines, haciendo flamear sus banderas y estandartes y acompañados de las imágenes de sus santos tutelares.

El servicio del culto y las devociones constituían un aspecto central en la vida de los pueblos. Dado que la finalidad de las misiones era la predicación de la fe y la consolidación de una sociedad indígena cristiana, no ha de extrañar la importancia que los misioneros le asignaron a estas prácticas en la vida cotidiana.

Los guaraníes, pueblo de clara sensibilidad religiosa, hizo suyas estas enseñanzas, y participó devotamente de las mismas. Celebraciones diarias del culto, revestidas de la mayor solemnidad en las fiestas principales; enseñanza diaria del catecismo; práctica regular de los sacramentos y, de modo singular, del bautismo, matrimonio y extremaunción; formación de cofradías para aquellos más celosos de su vida espiritual; rosario y devociones en ciertos momentos del día y del trabajo, pautados por el tañido de las campanas de la iglesia, constituyen un indicador de la dimensión que ello tomaba en la vida diaria de los pueblos.

Algunas actividades especiales, como las danzas, representaciones teatrales y sobre todo la música y el canto coral, se hacían en función del culto, con el objeto de conocer mejor los misterios de la fe o de honrar con la solemnidad debida los actos y funciones religiosas.

En la imposibilidad de describir todos estos aspectos, parece al menos necesario detenerse en el papel cumplido por la música en la formación de los coros y orquestas de los guaraníes. Hubo en todos los pueblos escuelas de música, destinadas a la formación de niños y jóvenes en el canto y la ejecución de piezas musicales. Uno de los misioneros, el Padre Strobel, refiere que fue el Padre Antonio Sepp “el que primero introdujo, en Yapeyú, las arpas, trompetas, trombones, zampoñas, clarines y el órgano”, y agrega más adelante:

El 5 de Junio de 1723 hemos escuchado a los músicos de sólo la reducción de Yapeyú, que es la más cercana y que cantan a varias voces. Había dos tiples, dos contraltos, dos tenores, acompañados de dos arpas, dos fagotes, dos panderetas, cuatro violines, varios violoncelos y otros instrumentos análogos. Canta aquí las vísperas, la Misa y las letanías con otros cánticos, de tal suerte y con toda gracia y arte, que quien no los está viendo, creería que eran músicos de alguna de las mejores ciudades de Europa y que hubieran venido a América”.

El mismo Padre Sepp se complace en señalar la aptitud de los indios para la música y la construcción de los instrumentos:

No se puede concebir a dónde llega la industria de estos indios. Tengo entre mis neófitos a uno llamado Paica, que hace todo género de instrumentos músicos (sic) y los toca con admirable destreza. Lo característico del genio de los indios está, en general, en la música”.

La mayor parte de estos ejccutantcs, cantores y luthiers, ha quedado en el anonimato. Alguno, como Cristóbal Piriobí, indio de San Carlos, alcanzó notoriedad en Buenos Aires, ya en la época virreinal.

Otro aspecto que merece destacarse es la autosuficiencia que alcanzaron los pueblos en la provisión de muchísimos bienes. Ello fue el fruto de sus bien organizados talleres, la mayor parte de los cuales trabajaba en el segundo patio de la casa grande. El Padre José Sánchez Labrador dejó un preciso relato de dichas actividades:

En todos los pueblos, escribe, se hallaban artesanías que fabricaban lo necesario para la comunidad. Hay oficinas de doradores, que llaman kuarepotiju suvahava, esto es, los que pegan el oro. Este se compra en las ciudades españolas. Escultores primorosos, que obran en madera y en piedra. Llámanse apohava, esto es, los que hacen santos. También hay torneros, que se dividen en dos clases; unos trabajan en cosas grandes y les llaman ivira pindohava, pulidores de la madera. Otros, se emplean en la fábrica de rosarios y se les llama rosario apohava; los tornean de maderas hermosas y también de huesos. A estos últimos, suelen teñir de varios colores.
Kucha apohava llaman a los que trabajan el cuerno. Hacen peines, cucharas, cajas de tabaco, vasos de varias formas y lo que llaman mates. Estos también hacen alfileteros y plicas, para cortar el papel. Tienen un modo de bruñir el cuerno, que parece un vidrio en lo transparente y terso.
Alfareros hay en cada doctrina, que llaman ñae apohava, los que hacen platos. Trabajan toda especie de cosas propias de su oficio. También vidrian los que quiere el misionero. En algunos sitios, las mujeres trabajan ellas los utensilios de este género y venden también a otras reducciones. Curtidores. Hay tenerías y componen las pieles de todos los modos. Todo esto se emplea para zapatos para los danzantes y el Cabildo en los días de fiesta. Entre año y para el trabajo, todos andan descalzos.
Finalmente, cada reducción tiene aquellos oficios que se juzgan necesarios en ella: sastres, zapateros, tintoreros, calceteros; los que hacen cedazos muy curiosos de cerda y de caña, cestos, canastos y esteras de unas cañitas, a las cuales llaman takuarembo. También los que de cuero hacen petacas o cajas, bolsas y sacos. En muchas hay sombrereros, y en todas barberos y sangradores, panaderos, cereros.
Se omite, por sabido, los pintores, carpinteros, herreros y tejedores, relojeros y fundidores de campanas. En alguna reducción hay oficina de galones de hilo de plata y oro”.

En ese mismo escrito, Sánchez Labrador enumera algunos de los muebles que se construían en las reducciones, tales como estanterías, guardarropa de sacristía, sillas, sillones, taburetes, arcas, petacas, atriles, andas, bancos de respaldo, biombos, alacenas, armarios, confesionarios, retablos, puertas y ventanas, escaleras, torres de campanario y otras muchas cosas más.

Debe señalarse, que la dimensión demográfica de los pueblos del Uruguay acusó algunos cambios en el siglo XVIII. Yapeyú, que era de mediana población, pasó a ser la reducción más populosa del Uruguay, y también de los treinta pueblos.

Año  Yapeyú  La Cruz  Santo Tomé  San Carlos Total
 F              H   F              H   F            H   F          H   H
 1711   588   3.318   949       3.081   934      2.761   s/d
 1715   597        2.806   1.120        4.912   1.070      4.687   712      3.302   15.707
 1720  364         1.886     606            3.669   608          2.659   499        2.795    11.009
1725    1.027       4.277  691            3.615   586       2.949   575      3.065   13.906 
1731   1.416      5.666   1.022       4.573   780       3.545   595      3.388    17.172
1735  1.204     5.150  995        4.369  624      3.176  585      3.216  15.911
1740  1.324      5.687  472       2.163  400       1.892  246      1.140  10.882
1745  1.429      6.147  567        2.656  558      2.498  373      1.595  12.896
1750  1.607       6.567  650        2.434  622       2.917  417      1.663  13.581
1755  1.736       7.169  688        3.123  626      3.056  444      1.977  15.325
1761  1.681      7.618  754       2.680  636      3.300  497      2.351  15.949
1765  1.717      7.715  663       3.197  395      1.954  477      2.265  15.131

Nota: F equivale a familias y H significa habitantes. El total se remite a los cuatro pueblos.

El cuadro pone en evidencia el crecimiento de Yapeyú, que desde 1740 reunió en su pueblo la mitad de la población que poseían en conjunto los cuatro pueblos de Uruguay. Al mismo tiempo, se advierte la disminución general que se experimentó en los quinquenios 1720/1725 y 1735/1740(2).

(2) Estudios sobre la población en las misiones puede verse en Ernesto J. A. Maeder y Alfredo S. C. Bolsi, “Evolución y características de la población de las misiones jesuíticas. (1671 - 1767)”, en “Historiografía 2”, Buenos Aires (IBIZE, 1976), pp. 113-150; “La cita del Padre Antonio Sepp”, en Guillermo Furlong S.J.: “Antonio Sepp y su Gobierno temporal (1732)” (1962), p. 114. Ed. Teoría, Buenos Aires. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

Esta disminución de la población guaraní fue ocasionada por una sucesión de epidemias, escasez de alimentos por pérdida de cosechas y también por la ausencia prolongada de miles de milicianos, convocados por las autoridades, para sofocar los conflictos de los comuneros en el Paraguay.

De todos modos, la dimensión total de la población, en esta larga etapa de 1711 hasta 1765, se mantuvo en cifras semejantes a las del período anterior, de 1671 hasta 1705.

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