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Fernández Blanco, Angel

BIOGRAFIA I

Nació en la ciudad de Corrientes, el 2 de Agosto de 1769, siendo sus padres José Fernández Blanco y Catalina Aguirre y Avendaño, de noble estirpe(1).

(1) Citado por el capitán de fragata Jacinto R. Yabén. “Biografías Argentinas y Sudamericanas” (1940).

Siendo muy joven comenzó sus actividades comerciales en Misiones y en Corrientes, estableciendo en esta última ciudad una gran curtiembre, que fue una de las mejores del virreinato, gozando sus cueros de buen nombre en el mercado de Buenos Aires, al cual enviaba los productos agrarios y ganaderos de aquellas regiones y en cambio conducía de la capital comestibles y demás artículos que expendía en Corrientes.

Pero la Revolución de Mayo cambió totalmente las actividades de este patriota de Corrientes, poniendo al servicio de la causa emancipadora sus grandes capitales y todo el influjo de su expectable posición: el hombre de negocios desapareció para dar lugar al patriota.

Ya había desempeñado en la época virreinal el cargo de diputado del Consulado y Alcalde del 1ro. y 2do. voto en distintas ocasiones, desempeñando tales puestos con verdadero sacrificio de su carácter.

Cuando la escuadrilla del Paraguay mandada por José Antonio Zabala y Delgadillo se apoderó del puerto de Corrientes y buques en él detenidos, en Octubre de 1810, Fernández Blanco convocó al vecindario y formó dos compañías de voluntarios que llamó “Milicias Patrióticas Correntinas”, cargando Fernández Blanco con los gastos de uniformar, armas y socorrer con dinero a aquella tropa, agregando a aquel importante desembolso su contracción personal, abandonando sus intereses para dedicarse a la instrucción de aquellos soldados en el manejo del fusil y en los ejercicios militares, tropa de la cual una parte pudo acompañar al general Belgrano en su expedición al Paraguay.

A este ilustre general, Fernández Blanco prestó eminentes servicios en el cumplimiento de su mandato militar: bajo su garantía personal adquiría en plaza los artículos que aquél le solicitaba y de su propio peculio proveía a la caja del ejército para sus necesidades más apremiantes.

Igualmente, auxiliaba al teniente gobernador Galván, especialmente ante la opinión de los correntinos, pues no obstante serlo también, había vivido mucho tiempo alejado de su ciudad natal, en la cual era un verdadero extraño en aquella época. Fernández Blanco fue elegido en 1811 Alcalde del 1er. voto, desempeñando la tenencia de gobernación de Corrientes desde el 17 de Abril de aquel año, hasta el 16 de Mayo, fecha en que se pronunció a favor de la Junta de Buenos Aires el comandante Blas de Rojas, desarmando a los realistas que se habían apoderado de la ciudad, la cual quedó en esta forma nuevamente bajo la dependencia del Gobierno patriota.

Se pronunció igualmente, por este último, Joaquín Legal y Córdoba, que los españoles habían puesto en el mando de Corrientes. En aquel intervalo, Galván había encargado a Fernández Blanco permaneciera en la ciudad.

Fernández Blanco organizó una compañía de 80 pardos artilleros, e influenció en la remisión de las milicias de la campaña, servicios que el general Belgrano compensó otorgándole el empleo de capitán y en su Memoria de la expedición al Paraguay tiene el siguiente elogio para el patriota correntino: “El muy benemérito Dn. Angel Fernández Blanco, a quien la Patria debe grandes servicios”.

En el breve período de la dominación de los españoles en Corrientes, Fernández Blanco en colaboración con José Ignacio Añasco, logró reunir 300 milicianos en la campaña, los que hizo trasladar a la Capital, después del pronunciamiento del comandante Rojas el 16 de Mayo, para contar con este apoyo militar en caso de que los realistas del Paraguay reaccionaran y volvieran a dirigir sus esfuerzos sobre Corrientes, pero el pronunciamiento de Fulgencio Yegros en Itapúa, en aquella fecha, con sus consecuencias inmediatas en Asunción, quitó este temor del ánimo de Fernández Blanco y sus compañeros de lucha.

A principios de Junio el comandante Rojas recibió orden de Asunción de evacuar la ciudad de Corrientes y regresar al Paraguay. La vuelta de Galván al Gobierno de la Provincia significó para éste una serie de perturbaciones domésticas: muertes, robos, asaltos a las casas particulares, anarquía completa, tales eran los hechos que mantenían alarmados a los correntinos y que Fernández Blanco se apresuró a poner en conocimiento del Gobierno de Buenos Aires; dirigiéndose igualmente ante Manuel de Sarratea, que desempeñaba las funciones de general del ejército que operaba en la Banda Oriental.

El coronel Eusebio Valdenegro fue enviado para ejercer la tenencia de gobernación de la Provincia.

Durante los años 1812 y 1813 Fernández Blanco desempeñó trabajos y comisiones de interés general. Su patriotismo, rectitud y carácter hacían de él un ciudadano de confianza para el gobierno de Buenos Aires.

En persona capturó y condujo a la capital a los correntinos sublevados en el Arroyo de la China, sin otra ayuda que la del teniente Miguel Gramajo.

Cuando el coronel José León Domínguez, nombrado teniente de gobernador de Corrientes, tuvo la habilidad de atraerse la mala voluntad del pueblo por su desacierto en el desempeño de sus funciones, se contrarrestó esta situación con la elección de Fernández Blanco como alcalde del 1er. voto.

Depuesto Domínguez, el 10 de Mayo de 1814, por el teniente de Dragones Juan Bautista Méndez, que mandaba la guarnición de la ciudad, este último, traicionando las esperanzas de los que le habían ayudado en aquella medida necesaria por el comportamiento de Domínguez, se afianzó en el poder buscando el apoyo de Artigas para lograrlo.

El pronunciamiento de Perugorría, obligó a Méndez a escapar de la ciudad y refugiarse en la campaña. Perugorría, en realidad, actuaba como representante de Artigas, pero su ánimo era libertar a Corrientes del opresor, idea que únicamente comunicó a Fernández Blanco, y ambos preparaban la reacción.

Sin embargo, el Gobierno directorial no les prestó el apoyo necesario, y solos, ante un enemigo superior, fueron vencidos a pesar de sus esfuerzos; Perugorría pagó con su vida su singular patriotismo y Fernández Blanco, con sus martirios y su miseria. El caudillo oriental sofocó la reacción, y Fernández Blanco, que había huido de la capital con los demás miembros del Cabildo y otros comprometidos -después del triunfo de Basualdo en los campos de Colodrero- fue capturado a bordo del buque en que marchaba a Buenos Aires.

Confiscados y saqueados todos sus bienes, conjuntamente con Perugorría, fue enviado a Artigas, para que los juzgase. Al cabo de cuatro meses escapó con vida después de incontables padecimientos: su hermano, el doctor José Vicente Fernández Blanco, pagó 4.000 duros por su rescate, porque él ya no tenía con qué pagar su libertad, a pesar de haber sido uno de los capitalistas más fuertes de la Provincia de Corrientes.

Vuelto a su ciudad natal y rodeado de la miseria, resolvió trasladarse a Buenos Aires con carácter definitivo. Desde entonces dejó de figurar su nombre en el servicio de la Patria, a la que había sacrificado todo lo que poseía y se contrajo nuevamente y con ardor a la tarea de asegurar el porvenir de sus hijos.

En la ciudad de Buenos Aires restableció en parte su fortuna, pero en la época de Rosas fue perseguido, acusado de “lomo negro”, confiscándoseles sus bienes.

Falleció en Buenos Aires el 27 de Marzo de 1851. Fue casado con María de Rodrigo y Espinosa, porteña; hija de Francisco de Rodrigo y Pérez, coronel de los Reales Ejércitos, y de María Josefa Espinosa de la Quintana.

El Director Supremo general Pueyrredón dispuso llevar adelante el proyecto del coronel Pedro Andrés García para establecer la línea militar cubierta por las nuevas guardias en el Tandil, Volcán, Sauce Grande y Colorado, pero la sucesión de acontecimientos desgraciados impidió cumplir aquel propósito.

En Septiembre de 1818 por orden del mismo Pueyrredón, el general Rondeau convocó una “junta extraordinaria” en el E. M. G. del Ejército para considerar las causas que impedían extender la nueva demarcación hasta el Tandil, acordándose no avanzarla más allá de la laguna de Kaquel-Huincul, donde se levantaría el fuerte “San Martín”.

Aparte del general Rondeau, concurrieron a la mencionada “Junta”: el comandante general de campaña Juan R. Balcarce; los ayudantes comandantes generales de los departamentos del E. M. G., coroneles mayores Eustaquio Díaz Vélez e Ignacio Alvarez Thomas, los coroneles Eduardo Holmberg, Pedro Nicolás de Vedia y Pedro A. García; el alcalde provincial Tristán Ñuño Valdez; el síndico procurador Rafael Lucena; los cónsules León Ortiz de Rozas y Angel Fernández Blanco; el teniente coronel José de la Peña y Zazueta; y los hacendados Joaquín Suárez y José Lastra; actuando como secretario el coronel Juan Ramón Rojas.

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BIOGRAFIA II

 

Nació en Corrientes, el 2 de Agosto de 1769, siendo sus padres José Fernández Blanco y Catalina Aguirre y Avendaño(2).

(2) Citado por Antonio Emilio Castello. “Historia Ilustrada de la provincia de Corrientes” (1999).

Muy joven estableció una importante curtiembre en su ciudad natal, que llegó a ser una de las más importantes del virreinato, llevando a cabo también un activo intercambio comercial con Misiones y Buenos Aires, de productos agrarios y ganaderos.

Durante esa época se desempeñó como diputado del Consulado y alcalde de primero y segundo voto.

Al producirse los hechos de Mayo, puso al servicio de la causa su gran fortuna formando las Milicias Patrióticas Correntinas, a las cuales vistió e instruyó, pudiendo, una parte de ellas, formar parte de la expedición de Belgrano al Paraguay.

También proveyó a la caja de ese ejército para las necesidades perentorias.

En 1811 fue elegido Alcalde de primer voto. Sus patrióticos servicios fueron premiados por Belgrano, quien le otorgó el empleo de capitán y lo citó elogiosamente en la Memoria de la expedición.

Al producirse la sublevación de los correntinos en el Arroyo de la China, capturó a los rebeldes y los condujo a la capital. Junto con Perugorría preparó el movimiento, para sacudir la influencia de Artigas en Corrientes, que fue sofocado.

Detenido, le fueron confiscados sus bienes; obtuvo la libertad gracias a la ayuda de su hermano, que pagó su rescate.

Sin fortuna volvió a Corrientes y, luego, se trasladó a Buenos Aires donde se instaló definitivamente. Con gran sacrificio pudo rehacer parte de sus bienes, pero los perdió definitivamente durante el Gobierno de Rosas, al ser perseguido y aquéllos confiscados.

Falleció en Buenos Aires, el 27 de Marzo de 1851.

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BIOGRAFIA III

I

Antes de la Revolución de Mayo, don Angel Fernandez Blanco vivía contraido al comercio. Sus distinguidas cualidades personales, la respetabilidad de su familia y su fortuna le daban -en la localidad- influjo, pero jamás se preocupó de hacerlo valer a fines políticos(3).

(3) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos” (1986). Nota preliminar de Alberto a. Rivera. Ed. Amerindia, Corrientes.

Diputado del Consulado y Alcalde de primer y segundo voto en distintas ocasiones, desempeñó dichos puestos con verdadero sacrificio de su carácter. Mientras los demás se disputaban la Tenencia de Gobierno, la mayoría de plaza, el comando de las milicias regladas, los empleos del Cabildo, ya poniendo en juego sus relaciones, ya peticionando al virrey, él, que tenía más competencia que todos y mayores medios de éxito, no comprometió jamás paso que denunciara ambición de mando. Era la demostración viva de esta verdad: “La familia hace al hombre”.

Educado en la austeridad de un hogar que nunca fue turbado por las agitaciones de la ambición política, miraba con profunda indiferencia cuanto engendraba la intriga y la competencia de la generalidad. No había perspectiva para sus sentimientos en aquel círculo de egoísmo y de miras estrechas. Estaba mas arriba. Cuántas veces fue llamado a un destino público, la elección espontánea sacóle de su casa.

Era tan pequeña y mísera la carrera política de entonces en una ciudad como Corrientes, que sólo buscarla y entregarse a ella significaba incapacidad y pobreza de espíritu; y quien como Blanco había llegado a las mayores alturas sin solicitarlo, no tenía objeto en perder su tiempo en ella, fuera de la tonta vanidad del mundo raquítico, que podia halagar a un Joaquín Legal y Córdoba pero que repugnaba la elevación moral de Blanco.

Más utilidad reportaba a la ciudad invirtiendo su capital y su tiempo en una industria que beneficiaba el articulo principal de exportación de toda la comarca, que procurándole mejoras institucionales imposibles por medio de una política reducida al desempeño de un puesto insignificante.

La gran curtiembre de Blanco era de las mejores del virreinato, si no la primera, y a la vez de arraigar en Corrientes un ramo de explotación industrial, que debe ser en ella el primero como provincia ganadera, dábale nombre e importancia con sus productos, preferidos en el mercado de Buenos Aires. El trabajo era su bandera.

La conmoción de Mayo cambió totalmente el objetivo de su actividad. Americano de no vulgar preparación, comprendió la trascendental importancia del movimiento en pro de los intereses positivos de los desheredados de siglos y cuánto había que hacer para imponerse a las mezquindades tiránicas de los peninsulares.

Desde entonces, el hombre de negocios desapareció para dar lugar al patriota. Soldados, armas, equipos, dinero, servicios personales, pruebas heroicas de abnegación, todo daba y todo hizo hasta rendir sus fuerzas y agotar su fortuna.

II

Corrientes era un punto avanzado sobre la resistencia española del Paraguay y estaba seriamente comprometida por la carencia absoluta de elementos de defensa. Su fuerza real constaba de once blandengues llevados por el teniente gobernador Galván en calidad de escolta.

A pesar de que Galván había sido nombrado para organizar la defensa, ninguna actividad desplegó y fue perfectamente fácil al jefe de la escuadrilla paraguaya, don José Antonio Zavala y Delgadillo, apoderarse del puerto.de la ciudad y de los buques en él detenidos e infundir terror al teniente gobernador a punto de abandonar la población.

Don Angel Fernández Blanco era un simple particular, pero al ver la desidia del mandatario, tomó a su cargo la organización de fuerzas. Previo acuerdo de Galván, convocó al vecindario criollo a una Junta Popular y formó dos compañías de voluntarios (milicias patrióticas).

La misma tropa eligió sus jefes y oficiales, siendo nombrado él Comandante de toda ella y capitán inmediato de la primera compañía. Tal fue la primitiva forma que tuvo la Guardia Nacional de Corrientes, en cuyas filas revistaban -en clase de soldado raso- capitalistas, negociantes, empleados, dependientes y ciudadanos humildes, movidos todos de verdadero sentimiento patriótico.

Aquello no fue más que el primer paso. Soldados sin armas, sin vestuario, sin pret, eran lo mismo que nada; y como la ciudad no tenía fondos ni rentas y el Gobierno General tampoco podía facilitarlos, Blanco cargó con los Gastos: la tropa fue uniformada, equipada y socorrida con dinero, sin que al Estado le costara un real.

Y al desembolso generoso agregó su contracción personal. Abandonando el cuidado de sus intereses, se dedicó a instruir los soldados en el manejo del fusil y en los ejercicios militares, con tanto afán y constancia que en un mes estaban ya adiestrados y pudo marchar una parte de ellos en auxilio del Ejército del general Belgrano.

En medio de las penosas dificultades de todo género que soportó Belgrano durante su expedición al Paraguay, don Angel Fernández Blanco fue quien siempre le prestó el contingente de su actividad y de su fortuna, llenando las órdenes que impartía para salvar el Ejército de la miseria.

Bajo su garantía personal compraba en plaza los artículos pedidos y de su propio peculio proveía la Caja del Ejército conforme a las exigencias de fondos que recibía. Prefería su sacrificio a recurrir a la imposición pública, para la que estaba facultado y, más aún, al abandono de las tropas de la patria.

Era también el desempeño y el resguardo de Galván ante la opinión. Si bien éste era correntino, su nombre equivalía al de un extraño por haber vivido muchos años fuera de Corrientes y carecía de las cualidades del mando necesarias en aquellos momentos. Blanco llenaba ventajosamente el vacío.

Elegido Alcalde de primer voto en 1811, tocóle ejercer la Tenencia de Gobierno en las ausencias del propietario, cargando sobre él el peso de la Administración y los apuros del Estado, mientras Galván malgastaba su tiempo en aparatos estériles.

El inició y llevó a cabo la formación de una compañía de artilleros de ochenta pardos y realizó con su influencia la reunión de las milicias de campaña. Su conducta inspiraba confianza a todos y su patriotismo servía de ejemplo alentador. Era el único con quien se contaba para los momentos difíciles y probó haber sido el único acreedor a dicha opinión. En todo empeño y en todo servicio, demostraba el mismo entusiasmo sin más preocupación que el bien de la causa.

El general Belgrano recompensó sus distinguidos servicios, confiriéndole el empleo de Capitán; y en su “Memoria” sobre la expedición al Paraguay, hace de él este elogio, que vale una corona cívica: “el muy benemérito don Angel Fernández Blanco, a quien la patria debe grandes servicios”.

III

Después de la retirada del Ejército patriota, el Gobierno del Paraguay ordenó la ocupación de la Ciudad de Corrientes a fin de impedir se reunieran en ella elementos de una segunda invasión.

Jaime Ferrer, comandante de Villa del Pilar, tomó el mando de la Escuadra paraguaya y con diez buques mayores y menores -armados a guerra- y cuatro mercantes, todos tripulados de gente de desembarco, se presentó el 17 de Abril de 1811 en el puerto de Corrientes, intimando al teniente gobernador y al Cabildo la jura del Consejo de Regencia de la Isla de León y el reconocimiento de la autoridad de Elío.

La ciudad no tenía defensa, debido al abandono de Galván pues, aunque sus infantes habían marchado con Belgrano, pudo haber guarnecido el punto con tropas de la campaña. Asi fue que a la intimación de Ferrer, abandonó la población el teniente gobernador, dejando orden a Blanco de permanecer en ella a ver si podía conquistar a los paraguayos.

El noble patriota aceptó el sacrificio, por la patria y por el vecindario. Iba a ser Cristo de redención.

Ferrer desembarcó doscientos hombres y artillería y armó luego a todos los europeos. Fernando VII, la Regencia y Elío fueron jurados por el Cabildo y el pueblo, bajo la presión de la fuerza y de los sarracenos orgullosos; se hicieron autos de fe con las comunicaciones de la Junta y el “Contrato Social” de Rousseau; Galván fue destituido y declarados traidores los que obedecieran sus órdenes y las de la Junta; en una palabra, paraguayos y sarracenos hicieron y deshicieron a su capricho.

El Cabildo fue la principal victima. Por su órgano disponía Ferrer cuánto desatino le sugería su torpeza o la patriótica exaltación de los españoles; y no podía menos de prestarse: la violencia se impone al derecho desarmado.

El mismo local de sus sesiones fue cambiado por orden de aquél, el cual destinó para Sala Capitular una de las habitaciones de la casa de Ruda, donde él vivia, en cuyo corredor oficiaba Misa para la tropa un sacerdote paraguayo alojado en el Convento de Mercedarios.

Las familias sarracenas vivian de fiestas, y era de ver la galante obsequiosidad dispensada al libertador, que apenas sabía firmar.

Aquellos españoles que jamás habían comprometido su estudiada gravedad ni el lustre de su nombre en el contacto con la gente ordinaria, patrullaban y hacían guardia al gusto de los paraguayos.

Ferrer marchóse con la Escuadra cuando dio por asegurada la ocupación de la ciudad, viendo que no se realizaban las amenazas continuas de Galván desde la campaña, dejando en calidad de Comandante de Armas y con tropas al capitán Blás José Roxas. La situación no mejoró, porque los europeos mantuvieron el estado de violencia, persuadidos de que su triunfo era definitivo.

Blanco descubrió que don Fulgencio Yegros ejercía influencia sobre Roxas y como estaba al corriente de los trabajos políticos de Belgrano con aquel jefe y Cabañas, se atrevió a fomentar en él ideas que tendían a comprometer su fidelidad, sirviéndole de excelente introducción la correspondencia constante de Yegros a Roxas.

Llegó hasta ganar su intimidad y a persuadirse de haberlo conquistado. Más, para dar un golpe a los europeos, no juzgó aquello bastante y emprendió trabajos sigilosos en la campaña por intermedio del comandante general de ella, don José Ignacio Añasco.

El éxito fue completo. Cuando Blanco supo que las milicias correntinas reunidas alcanzaban al número de tres mil, abordó directamente a Roxas, decidiéndolo a pronunciarse por la Junta Gubernativa. El 16 de Mayo, cuando menos alarmados estaban los españoles, el capitán paraguayo hizo desarmar, prender y embarcar más de cien sarracenos, declarándose luego en favor de la revolución.

El cambio estaba operado sin sacrificio de una gota de sangre. Pero Blanco no confió plenamente en la lealtad de Roxas ni tenía seguridad de que las fuerzas situadas en el territorio paraguayo no vendrían a sofocar la reacción; uno y otro hecho dependían del resultado feliz del movimiento preparado en el Paraguay y de ninguna manera quería subordinarle la libertad de Corrientes.

Su primera medida fue traer una columna de milicias a la capital:

“Luego que reciba éste -escribía al comandante Añasco, a las 8 de la noche del 16- se pondrá en marcha con 300 ó 400 hombres de los mejores para esta ciudad. No me pierda una hora. ¡Viva la Patria! No dude de mi carta; ya estoy libre y Colodrero le dará detalles”.

Añasco cumplió fielmente la orden y la ciudad tuvo en sus fuerzas una garantía verdadera.

El triunfo de la revolución paraguaya selló la obra de Blanco. Roxas tuvo aviso -el 21- del pronunciamiento de Yegros en Itapúa, poco después del cambio operado en Asunción y en los primeros dias de Junio recibió orden de evacuar la ciudad.

La noticia de la reconquista de Corrientes fue celebrada en Buenos Aires con salvas de artillería en el Fuerte y dos días de iluminación y de diversiones públicas, que se agregaron por casualidad a las fiestas cívicas del primer aniversario de la Revolución de Mayo.

El ayuntamiento de la capital felicitó especialmente al Cabildo y la Junta Gubernativa dirigió a Blanco una encomiástica Nota, “agradeciéndole su meritoria conducta en nombre de la patria”.

El sacrificio que produjo aquel resultado requería un patriotismo a prueba de los últimos extremos del sufrimiento, como decía Blanco a la Junta. Cualquiera lo puede apreciar, pero pocos son los que pueden hacerlo y entonces, sólo Blanco fue capaz de soportarlo.

IV

La vuelta del teniente gobernador Galván al ejercicio del poder inició para Corrientes un período de turbaciones domésticas y de escándalos vergonzosos. Con la actitud de los europeos durante la ocupación paraguaya, se caracterizaron entre los patriotas dos clases de elementos, que no podían confundirse aunque figuraban bajo la misma denominación y cargaban con los hechos que llevaban el nombre del conjunto.

Unos eran hombres moderados y prudentes, que anhelaban el triunfo de la causa por los medios discretos de una política firme pero justa; y otros eran exaltados, gente de barullo, atropellada y sin freno, para cuyo criterio los deberes patrios consistían en el mayor odio a los españoles y la más pronta destrucción de ellos.

El teniente gobernador estimulaba a los segundos y, como en sus manos estaba la impunidad, dominaron el escenario los vociferadores tumultuarios y amigos del desorden.

Por carácter y por equidad no podía seguir Blanco las aguas de Galván, mezclando su nombre en el desquicio, y se distanció con prudencia del mandatario extraviado. Los resultados no tardaron en darle la razón, pues día a día crecieron los excesos. Lo que al principio fue inspirado en odio a los europeos, degeneró en perjuicio de todos; y los mismos Galván, Legal y Escobar -que formaban el triunvirato de la política del terror- se enemistaron y se dieron de golpes, acusándose de asesinos y de traidores. Muertes, robos, asaltos a las casas, anarquía completa, hacían el cuadro de la situación de la ciudad.

Blanco denunció al Gobierno General el estado de Corrientes empeñando sus merecimientos en favor del desgraciado pueblo; igual solicitud dirigió al presidente Sarratea, General en Jefe del Ejército patriota de la Banda Oriental.

El coronel Eusebio Valdenegro fue entonces enviado a restablecer el orden, con instrucción terminante de guiarse de los Informes de don Angel Fernández Blanco y del capitán Agustín Colodrero, distinción que evidencia el concepto elevado de que ambos gozaban. La mano firme del comisionado restituyó pronto la quietud al pueblo.

Aquel servicio de Blanco puede ser apreciado en vista del siguiente párrafo del Informe de Valdenegro:

“Tristísimo es el estado de esta ciudad. Expuestos sus moradores a la rapacidad de los malintencionados, torcida la justicia, desordenada la milicia; en una palabra, sirviendo este pueblo infeliz de blanco a las iniquidades.
“No he encontrado más guardia que dieciséis milicianos, tan insuficientes que, antes de mi llegada, fugaron nueve de la cárcel, sin contar los que se cometían por desidia de los judiciales; unos por temor y los otros para descrédito de sus rivales.
“La viciosidad de los mandatarios dislocó el orden y, rotos los lazos del respeto, procedieron los crímenes con publicidad y desvergüenza.
“La única tropa de que puedo disponer para el servicio de la ciudad es la compañía reducida de don Angel Fernández Blanco, porque Galván trató de disolver las milicias regladas, separando por personalidades a los oficiales aptos”.

Las cosas, como se ve, habían llegado al extremo de la desdicha y fue servicio impagable haber procurado el remedio de ellas. Si Valdenegro restableció el orden, Blanco provocó ese resultado con sus empeños celosos.

V

Durante los años de 1812 y 1813, don Angel Fernandez Blanco desempeñó comisiones y trabajos de interés general. Su patriotismo, su desprendimiento, la rectitud de sus principios y su carácter firme, a la vez que templado, hacían de él un ciudadano de confianza para el Gobierno General.

A propuesta suya fue creado un “fondo patriótico”, cuyo percibo y administración quedaron a su cargo. Por orden superior organizó con Galván el regimiento de línea “Dragones de San Juan de Vera” y proveía de zapatos, botas, mochilas y correajes al Ejército de la Banda Oriental.

En lo político desempeñaba la función de agente reservado del Gobierno General para vigilar los movimientos del Paraguay e informar sobre la conducta de los mandatarios locales. En persona capturó y condujo a Buenos Aires los sublevados correntinos de Arroyo de la China, sin otra ayuda que la del teniente Miguel Gramajo.

Actos patrióticos de esta naturaleza tenían ocupada su atención con notable perjuicio de su escasa salud y de sus intereses pero -como él decía- los intereses y la salud quebrantada no le impedían cumplir las órdenes y las comisiones del Gobierno porque había jurado sacrificar su propia existencia por la causa sagrada de la América.

Cuando se cometió la imprudencia de nombrar teniente gobernador de Corrientes a don José León Domínguez, y éste, desde su entrada al mando, tuvo la inhabilidad de enajenarse la voluntad del pueblo, Blanco fue elegido Alcalde de primer voto para el año de 1814, con el objeto de atenuar la acción del mandatario que tan mal se conducía.

Inútil precaución. Domínguez era inaccesible y fue hasta el fin el mismo hombre del primer dia. La concesión de Blanco al sentimiento que motivó su elección le produjo después una situación violenta, igual a la de 1811 en el mismo puesto; y cuando la rompió, vino su ruina completa tras del fracaso.

VI

Domínguez fue depuesto el 10 de Marzo de 1814 por el teniente de dragones Juan Bautista Méndez, oficial en servicio activo. Había dado motivos fundados a la revolución. De carácter adusto, reservado y sombrío, excesivamente autoritario, como todo militar ignorante, extraño a la localidad y provocando en ella el descontento en vez de procurarse relaciones, mandaba con vejatoria altanería y caprichosa terquedad.

El pueblo lo destestaba cordialmente. Derrocarlo era empresa facilísima, porque sólo el respeto a la autoridad lo sostenía. Los patriotas verdaderos preferían, sin embargo, el sufrimiento a un trastorno quizá grave en presencia de las enemistades civiles ya pronunciadas en el país; más, como nunca faltan quienes por ambición personal sacrifican los intereses públicos más importantes, el teniente Méndez fue sobornado y la revolución quedó hecha.

El oficial traidor burló a sus instigadores, reemplazando en un todo al jefe traicionado, apoyado en sus dragones y las milicias armadas para aumentarlos. Los patriotas esperaron vanamente tropas nacionales contra su levantamiento escandaloso pero, no habiéndole disputado nadie la presa, Méndez se afianzó en el mando bajo el protectorado de Artigas, a cuyos piés postró la dignidad de la provincia.

Amarrados así todos a una situación de fuerza los que, como Blanco, investían carácter público, tuvieron que aparecer fatalmente envueltos en los actos oficiales posteriores a la reacción detestable. El Cabildo tenía encima la tropa de Méndez y, detrás de éste, el poder de Artigas, de modo que, sin libertad de ningún género decidía sus actos la imposición.

La violencia no escucha. Pero ese mismo Cabildo y el alcalde Blanco probaron más tarde con hechos elocuentísimos que sólo habían cedido a la opresión inevitable.

Cuando Genaro Perugorría llegó a Corrientes en representación de Artigas, pero con el pensamiento hecho de libertarla, Blanco fue el único a quien comunicó su idea y ambos prepararon la reacción. El uno con la espada y el otro con su inquebrantable fe se pusieron a la cabeza del movimiento resueltos a perecer o a triunfar.

El Gobierno Directorial no les prestó la protección necesaria. Solos ante un poderoso enemigo, fueron vencidos a pesar de sus esfuerzos. Ganaron honores y gloria pero no lograron la libertad anhelada. Perugorría pagó su patriotismo con la vida y Blanco con sus martirios y su miseria.

Artigas sofocó la reacción. Blanco que habia huido de la capital con los demás miembros del Cabildo y otros comprometidos -después del triunfo de Basualdo en los campos de Colodrero- fue capturado a bordo del buque en que marchaba a Buenos Aires.

Confiscados y saqueados todos sus bienes, fué remitido -como Perugorría- al Protector, para ser juzgado por su justicia. Escapó, sin embargo, la vida al cabo de cuatro meses de padecimientos incontables.

Su hermano, el doctor don José Vicente Fernández Blanco, pagó su rescate de cuatro mil duros porque él no tenia cómo comprar su vida, habiendo sido uno de los capitalistas más fuertes de Corrientes.

Vuelto a la ciudad y rodeado de miseria, resolvió trasladarse para siempre a Buenos Aires, y lo hizo asi. Desde entonces su nombre dejó de sonar en servicio de la patria, para contraerse a su hogar sacrificado a ella y, con ardor en el trabajo, pudo asegurar nuevamente el porvenir de sus hijos.

VII

Sintetisémos su vida.

La personalidad de don Angel Fernandez Blanco no descolló en la guerra ni en el gabinete del hombre de Estado ni en la intriga política de su época. Más modesto, aunque también más honroso, título cívico le recomienda al recuerdo de la posteridad.

Fue un patriota abnegado que consagró su persona y su fortuna al servicio de la nacionalidad. Tal vez por eso yace su nombre en el olvido; pero deber es descorrer el velo que lo cubre, porque su vida puede servir de ejemplo en cualquier época.

No es el brillo deslumbrador del genio o de la fortuna lo que deben tener los pueblos ante su vista para modelo de su marcha; es la virtud humilde de los ciudadanos puros, porque la grandeza no existe sin la virtud.

Blanco tenía fundida el alma en ella y por eso fue su vida una inmolación continua. ¡Gloria a los buenos como él! 

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