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El bombardeo de Plaza de Mayo de 1955

- Un conflicto extendido a todo el país

Lo que pareció iniciarse como un enfrentamiento entre el Gobierno Nacional y la jerarquía religiosa, fue tomando cada vez mayor gravedad, extendiéndose como reguero de pólvora a todo el país, especialmente en aquellas provincias en que la religiosidad católica alcanzaba altos decibeles.

Por ejemplo, en Rosario -decía la información-, jamás vivió la ciudad una jornada de fervor católico mayor que la de Corpus Christi; en Córdoba -no obstante ser día laborable- una multitud extraordinaria concurrió a la Plaza San Martín, mientras verdaderos racimos humanos seguían, desde balcones y azoteas, el desarrollo de la procesión, realizada con franco auspicio popular; en San Luis revistió extraordinarias proporciones, pese a la falta de autorización policial; de la misma manera en Catamarca y otras provincias(1).

(1) Diario “La Nación”, (Buenos Aires), ediciones del 10 - 11 y 12 - 06 - 1955. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea (1949 - 1955). Ed. Moglia Ediciones, Corrientes.

Los acontecimientos ocurridos en Buenos Aires provocaron expresiones de repudio en todo el país por parte de ambos sectores enfrentados; el P. E. dispuso la suspensión de todos los actos religiosos que se realicen fuera de los templos, y ambas Cámaras legislativas realizaron sesiones especiales en desagravio de la bandera nacional y de la extinta Eva Perón.

Todo lo dicho y hecho hasta ahora, resultó un enfrentamiento que aún podía solucionarse. Pero lo ocurrido a partir del domingo 12 de Junio generó una ruptura imposible de enmendar. Después de la Misa vespertina, se acercó a la catedral de la Ciudad de Buenos Aires una columna de unas sesenta personas, vivando al presidente de la nación y atacando a los fíeles con piedras, huevos y cachiporras.

Los fíeles buscaron retirarse por puertas laterales, mientras los atacantes pretendían prender fuego al templo.

La participación de un magistrado de la Suprema Corte de Justicia, presente en la oportunidad, pedía la intervención de fuerzas del Regimiento 1 de infantería, mientras poco después se hacía presente un funcionario policial. La autoridad procedió a detener a una veintena de sacerdotes, y a más de cuatrocientos hombres, en su mayoría fieles católicos.

La prensa de la cadena oficial y los comunicados del Gobierno expresaron, inmediatamente, su repudio por los “vandálicos hechos” que atribuían a la “oligarquía clerical” o “turbas clericales”, a las que responsabilizaban de lo acontecido(2).

(2) Pedro Santos Martínez. “La nueva Argentina (1946 - 1955)” (1976), pp. 215 a 218. Ed. Astrea, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea (1949 - 1955). Ed. Moglia Ediciones, Corrientes.

Por radiotelefonía se dirigió a todo el país el presidente de la nación, haciendo referencia a los recientes sucesos, destacando que el problema que inquieta a algunos irreflexivos no es resorte del Gobierno ni siquiera del Congreso:

Corresponde -decía- que el pueblo, mediante la expresión libre de su voluntad, resuelva o no modificar la Constitución Nacional.
Sí -como algunos sostienen-, el pueblo está en contra de la separación de la Iglesia y el Estado, en los comicios correspondientes votarán negativamente; si, en cambio, como afirman otros, desea esta separación, votará afirmativamente”. Y terminaba preguntándose: “¿A qué entonces producir agitación y desorden?

La Confederación General del Trabajo dispuso un paro general de 24 horas, con una concentración en la Plaza del Congreso. La reunión fue propicia para que nuevamente, el general Perón hiciera escuchar su opinión y sus directivas.

En su discurso, les pedía a los trabajadores que dejaran en sus manos jugar este partido, y que en los asuntos que se están suscitando en estos días, lo dejen actuar y no lo hagan ellos:

Sé por experiencia -decía- los valores que encierran los corazones de nuestros hombres de trabajo; por eso es que está decidido a todo, en defensa y cumplimiento de la ley, y pide al pueblo tranquilidad y paciencia.
No ha llegado el momento de hacer nada todavía -seguía diciendo-. Si llegase, yo he de dar oportunamente la orden. Producir ahora cualquier alteración o disturbio sería gastar pólvora en chimangos, cosa que no queremos hacer, reclamando en consecuencia serenidad y prudencia”.

Al concluir el acto, se produjeron ataques contra algunos diarios y tuvo lugar el sonado episodio de la quema de la bandera.

Por decreto del Poder Ejecutivo, se exoneró a los monseñores Tato, en su cargo de Provisor y Vicario General, obispo auxiliar y canónico, y Novoa, de canónico diácono, atribuyéndoseles participación en los recientes hechos, especialmente por su intervención en los sucesos del 11 de Junio, ceremonias vespertinas presididas por dichas jerarquías.

Con motivo de las violencias contra monseñor Tato, y su posterior expulsión del país, la Santa Sede dispuso la excomunión, “contra todos aquéllos que han cometido tales delitos”.

Por su parte, la curia eclesiástica, rechazando las imputaciones que se le formulaban respecto del atentado al símbolo patrio (enseña que ideó el gran católico general Manuel Belgrano, que los fieles siempre han respetado y venerado y tienen permanentemente junto a sus altares), terminaba repudiando todo acto de violencia y vandalismo, cualquiera fuera su autor, y todo lo que importara una incitación a la violencia y, asimismo, solicitaba se individualice a quién cometió ese incalificable agravio a la Bandera Nacional(3).

(3) Diario “La Nación”, (Buenos Aires), ediciones del 13; 14; y 15 - 06 - 1955. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea (1949 - 1955). Ed. Moglia Ediciones, Corrientes.

Las reacciones, desde distintos ángulos, no tardaron en producirse: En Rosario, monseñor Caggiano publicó una declaración, dirigida a todos los católicos del país, repudiando el agravio,

sean quiénes fueran los que hubieran podido cometerlo”, y que “mientras no haya constancia formal y prueba fehaciente... se negaba a admitir que un católico pueda haber cometido semejante torpeza y felonía.
Pero si ello llegara a demostrarse, lo condenaríamos por doble motivo: faltar gravemente a sus deberes de ciudadano y a sus deberes de católico”.

Mientras, en Corrientes, se efectuaba una gran concentración popular en la plaza "Juan Bautista Cabral", en desagravio de la bandera y de la figura de Eva Perón. Por el lado de los fíeles católicos, no hubo demostraciones, aunque no puede negarse el generalizado rechazo que produjo el infame atentado, y la confusión de muchos, ante las diversas versiones que corrieron.

- El bombardeo fatídico de Plaza de Mayo

Desde mucho tiempo atrás se venía preparando la posibilidad de que un sector de las Fuerzas Armadas realizara un golpe de Estado, para poner fin a lo que veían como un destino negativo para el país.

Los últimos acontecimientos, que enfrentaron a la Iglesia con el Gobierno, dieron pie a que se movilizara un ataque contra la cabeza, que consideraban responsable de la situación creada, esto es, el presidente de la nación.

El viernes 16 de Junio de 1955 se inició el plan que, básicamente, consistía en que la aviación bombardearía la Casa de Gobierno durante tres minutos. Después, entrarían en acción los grupos civiles, especialmente distribuidos, que se lanzarían a un ataque coordinado desde los cuatro costados de la Plaza de Mayo, y cuya misión consistía en neutralizar la acción del Regimiento de Granaderos a caballo.

Las posiciones obtenidas serían consolidadas por la infantería de Marina. Cumplido este paso, se contaba con la llegada de la III División, a las órdenes del general Justo León Bengoa, y la cooperación de la Flota de Río. "Los oficiales de la Marina tendían a identificarse, en su gran mayoría, con las clases sociales que Perón denunciaba sin cesar como la oligarquía y miraban con mal disimulada hostilidad sus programas sociales, así como su persona misma"(4).

(4) Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina (1945 - 1962)” (1980). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

A su vez, los grupos civiles, dirigidos por los generales Fort y Giovannoni, forzarían el Departamento de Policía. Al mismo tiempo, se coparía una radio y una central telefónica, para difundir la proclama insurreccional.

Se esperaba que el estado del tiempo permitiera operar a los aviones de la Marina pero, inesperadamente, el día comenzó a nublarse y los partes meteorológicos anunciaban empeoramiento del estado climático. Debido a la absoluta falta de plafond, la aviación naval no pudo operar como estaba planeado. Exactamente al mediodía, todos los distribuidos en la Plaza de Mayo recibieron orden de desconcentrarse.

Los servicios de información habían comunicado al secretario de Ejército sobre la inminencia del estallido en las primeras horas de la mañana e, inmediatamente, el general Franklin Lucero enteró de los pormenores al presidente, quien accedió a trasladarse a la secretaría de Ejército, próxima a la Casa de Gobierno. Y en ese primer subsuelo del Ministerio comenzaron a llegar los informes alarmantes(5).

(5) Pedro Santos Martínez. “La nueva Argentina (1946 - 1955)” (1976), pp. 244 a 246. Ed. Astrea, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea (1949 - 1955). Ed. Moglia Ediciones, Corrientes.

Ha sido sofocada una intentona subversiva”, decía el diario “La Nación”, en grandes titulares, explicando cómo se habían desarrollado los acontecimientos. Expresaba, que se había anunciado para ese día un desfile aeronáutico militar, en desagravio a la memoria del Libertador y como adhesión al Gobierno del general Perón.

La gente que se encontraba en Plaza de Mayo escuchó, sin sorpresa, a las 13:45, el roncar de los motores en el aire. La demora de tres cuartos de hora era explicable, por las condiciones atmosféricas de la jornada.

El hecho de que, en vez de los “Gloster Meteor”, de la Fuerza Aérea, fueran los “Glenn Martin” y “Catalina” de la aviación naval, pocos eran los que sabían diferenciarlos(6). Desde las colas que esperaban los ómnibus, hasta los grupos estacionados frente a la Catedral o a la Casa de Gobierno, se alzaron los ojos al cielo con la curiosidad admirativa que siempre despiertan los pájaros de acero.

(6) Muchos de los aviones que participaron en el bombardeo de Plaza de Mayo habían sido pintados con el signo de "Cristo Vence", una cruz dibujada dentro de una letra V. Tras el exilio de Perón, sus partidarios modificaron este símbolo: agregándole un arco curvo al sector superior derecho de la cruz, se formaba el signo de "Perón Vuelve" (o, según otros, "Perón Vence", "Perón Vive", "Perón Viene").

Pero bien pronto esa admiración placentera, se trocó en horror y espanto. Los tres aparatos de la Marina de Guerra que volaban sobre la Casa de Gobierno y el Ministerio de Ejército, arrojaron mortíferas bombas sobre la sede gubernamental y sobre la plaza que rodea al Ministerio. Una de las bombas cayó de pleno sobre la Casa de Gobierno, mientras otra alcanzó a un trolebús, repleto de pasajeros, que llegaba por Paseo Colón y, una tercera, rozó la arista nordeste del edificio del Ministerio de Hacienda, desprendiendo pedazos de mampostería.

Fue un momento de indescriptible y violenta sorpresa; los cronistas que se hallaban en la Casa de Gobierno vieron desplomarse el techo de la amplia Sala de Periodistas; cayeron arañas sobre las mesas de trabajo, y las máquinas de escribir fueron acribilladas con trozos de mampostería y vidrios(7)

(7) Diario “La Nación”, (Buenos Aires), edición del 17 de Junio de 1955. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea (1949 - 1955). Ed. Moglia Ediciones, Corrientes.

Desde el Ministerio de Marina se inició un ataque contra la Casa de Gobierno, apoyados por una avanzada de civiles desde la Plaza Colón. Ante el fracaso de la intentona, desde el Ministerio de Marina se levantó bandera de parlamento y, en el de Ejército, se dio orden de “Alto el Fuego”.

Cuando se trasladaban hacia Marina dos generales, fue bajada la bandera de parlamento y prosiguió nuevamente el tiroteo, mientras los aviones seguían bombardeando. A las 17:24 se reanudó el fuego, con ametralladoras, entre la Casa de Gobierno y el Ministerio de Ejército, por un lado; y desde el Ministerio de Marina y la estación de servicio de Y. P. F. de Plaza Colón. Posteriormente, se rindió la Marina.

Los 36 aviones participantes se refugiaron en la vecina República Oriental del Uruguay, y sus autoridades procedieron a internar a los tripulantes.

La C. G. T. dispuso un paro general de 24 horas para todas las actividades. Por su parte, el presidente Juan Domingo Perón dirigió un mensaje pidiendo calma y asegurando que la ley caería inexorablemente contra los que tiraron contra el pueblo, “que son traidores y cobardes”.

Aseguró que él habrá de hacer justicia, pero justicia enérgica, ya que el pueblo no es el encargado de hacerla; reclamaba se tuviera confianza en su palabra de soldado y de gobernante:

Prefiero que sepamos cumplir como pueblo civilizado y dejar que la ley castigue”, dijo. “Nosotros no somos los encargados de castigar(8).

(8) Diario “La Nación”, (Buenos Aires), edición del 17 de Junio de 1955. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea (1949 - 1955). Ed. Moglia Ediciones, Corrientes.

- Fue una masacre

El Bombardeo de la Plaza de Mayo, que algunos lo bautizarán como la “Masacre de Plaza de Mayo” fue un bombardeo y simultáneo ametrallamiento aéreo, cometido el 16 de Junio de 1955 en la Ciudad de Buenos Aires, un grupo de civiles y militares opuestos al Gobierno del presidente Juan Domingo Perón intentó asesinarlo y llevar adelante un golpe de Estado y, si bien fracasaron en sus propósitos, durante el mismo varios escuadrones de aviones pertenecientes a la Aviación Naval, bombardearon y ametrallaron -con munición aérea de 20 mm- la Plaza de Mayo y la Casa Rosada, así como el edificio de la CGT (Confederación General del Trabajo) y la entonces residencia presidencial, matando a más de 308 personas e hiriendo a más de 700, entre civiles y militares, en el bombardeo y los combates que siguieron(9).

(9) Jorge Luis Borges. “Obras completas. 1952-1972” (2009), p. 391. Un hombre profundamente antiperonista como Borges, escribió que “como resultado de los hechos, hubo más de doscientos muertos y ochocientos heridos, la mayoría de ellos civiles”. Recopiladores de la obra citada: Rolando Costa Picazo e Irma Zangara. Ed. Emecé, Buenos Aires.

El general Perón se había retirado al Ministerio de Guerra -ubicado a 200 metros de la Casa Rosada- por lo cual no se encontraba en ella al comenzar los ataques aéreos y el intento de asalto por fuerzas de tierra.

El ataque fue caracterizado por un alto grado de violencia y odio político-social, así como por la impunidad de los responsables decretada por el gobierno de facto autodenominado “Revolución Libertadora”, que tomó el poder tres meses después de estos hechos.

Al suceso se lo vinculará -años después- con el terrorismo de Estado.

Posteriormente, desde el Gobierno de facto se afirmará que “la principal causa de la crecida cantidad de víctimas” fue la decisión de la CGT de movilizar a sus adherentes a la Plaza de Mayo, el que será calificado como una “determinación absurda”.

En 2010, el Archivo Nacional de la Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos publicará una investigación en la que identificará a 308 muertos, aclarando que a esa cantidad debía sumarse “un número incierto de víctimas cuyos cadáveres no lograron identificarse, como consecuencia de las mutilaciones y carbonización causadas por las deflagraciones”.

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