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Perón en el exilio

El conflicto con la Iglesia Católica fue el principio del ocaso del Gobierno peronista. Aglutinó a la oposición. Los templos se transformaron en tribunas de crítica moral y política en donde se congregaban, incluso, anticlericales que no los habían visitado antes.

El antiperonismo desafió al régimen desfilando por las calles de Buenos Aires a propósito de la celebración de Corpus Christi. El Gobierno envió al exilio al obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Manuel Tato, y a un canónigo de la Catedral, Ramón Novoa. Acusó a los católicos de haber quemado una bandera argentina y éstos acusaron a la policía. El 15 de Junio, la Santa Sede excomulgó a Juan Domingo Perón.

El 16 de Junio de 1955, una escuadrilla aeronaval que debía rendir homenaje a Eva Perón, atacó la Casa Rosada. La primera bomba cayó a las 12:40 de ese día triste, en el que muchos inocentes murieron y la rebelión fracasó. La noche llegó en medio de la luz de los incendios de templos católicos, realizados por bandas armadas que actuaban en la impunidad. El odio se manifestó entre los argentinos.

Perón advirtió que todo había llegado demasiado lejos e intentó una “política de pacificación” apelando a la oposición. Pero las cartas estaban echadas. El régimen había perdido el apoyo del poder moral, tanto ideológico como religioso, carecía de la adhesión del poder económico y contaba ahora con un poder militar dividido y asediado por la presión de la opinión pública antiperonista, exasperada y militante.

La Argentina peronista era fuerte y fiel, pero quedó desconcertada ante el comportamiento de su líder. Este juega, sin embargo, una carta que hubiera sido decisiva en la etapa de su ascenso político: presenta su renuncia -no ante el Congreso, sino ante el partido- y la C. G. T. moviliza a sus organizaciones para exigir a su líder que la retire.

En la fría tarde del 31 de Agosto de 1955, día de la renuncia, Perón arenga a la multitud en la Plaza de Mayo. Pronuncia el discurso más violento que haya dicho jamás y promete “responder a toda acción violenta con otra más violenta todavía”. Algunos observadores advierten que, antes de finalizar el discurso, algunos ministros habían abandonado el balcón.

La noche cae y reina la calma en la ciudad, patrullada por fuerzas militares. El líder no había mostrado la tolerancia de los fuertes.

- Hacia el golpe de estado de 1955. La renuncia

La Marina de Guerra era el epicentro militar de la conspiración y el capitán de navío Arturo Rial, uno de los principales organizadores. En el Ejército, los planificadores fueron el coronel Señorans y el mayor Guevara. La aviación se iría plegando a medida que los aparatos despegasen de bases aparentemente leales. Un intento aislado del general Videla Balaguer fue sofocado y el movimiento sedicioso se detuvo. Contactos con el general Justo León Bengoa fueron abandonados.

Surgió un jefe revolucionario en los cuadros superiores de la Marina -el contralmirante Isaac Rojas- y otro en el Ejército -el general Pedro Eugenio Aramburu-, pero la decisión del levantamiento militar pertenece a un general de origen nacionalista, que había actuado en el 51: el general Eduardo Ernesto Lonardi.

El 16 de Septiembre, a la una de la mañana, el general Lonardi y un grupo de oficiales, acompañados por el coronel Ossorio Arana, tomaron la Escuela de Artillería, en Córdoba. La situación militar era, sin embargo, angustiosa para los sublevados, aunque lograron convencer al jefe de la Escuela de Infantería cuando ésta no podía ser rendida por las armas. La acción de la aeronáutica militar no era suficiente para detener a las tropas leales que convergían sobre el foco rebelde.

El 19 de Septiembre, Lonardi estaba copado y sin infantería; el general Lagos, alistado en Cuyo, pero sin salir de Mendoza; en el Litoral, los conspiradores habían fracasado y la Marina no podía ayudar a los rebeldes mediterráneos.

Según los protagonistas, fue el ánimo resuelto y la capacidad de mando del general Lonardi lo que permitió a los rebeldes sobrellevar horas críticas en las que el sitio de las tropas leales -de haber atacado- hubiera terminado con la rebelión(1).

(1) Las versiones sobre los sucesos de la revolución de 1955 se encuentran dispersas en ensayos, libros y artículos periodísticos. Pocos documentos han salido a la luz, aunque los acontecimientos principales son conocidos con bastante aproximación. Pueden leerse libros de protagonistas, como “Dios es Justo”, de Ernesto Lonardi y “Crónica interna de la Revolución Libertadora” de Bonifacio del Carril; y los artículos de “Historia del Peronismo”, de “Primera Plana” -Mayo de 1969-; de “Atlántida” -año 48, Nro. 1.183, Septiembre de 1965-; de “Leoplán” -“Cómo cayó el Peronismo” (1965), Nro. 744-; de “Extra”, “Revolución Libertadora, su proceso”, por Jorge M. Lozano; etc. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

De pronto, llegó desde Buenos Aires la orden de tregua. Eso sorprendió a todos e indignó a los militares leales. En la capital, mientras tanto, se producen los hechos decisivos. La Flota de Mar bombardea las destilerías de Mar del Plata, amenaza La Plata y lanza un ultimátum al Gobierno Nacional.

Fue seguido por dos más, hasta que un grupo de militares fue a parlamentar a bordo del crucero “La Argentina”. Pero antes sucedieron episodios confusos, que terminaron con la capacidad de conducción militar de la represión. El presidente, en efecto, entregó un documento que -según él- tenía por objeto habilitar al Ejército “para llegar a la terminación de las hostilidades”, pero que la Junta Militar interpretó como una renuncia.

Según versiones, el día 20 irrumpieron el general Francisco Imaz y otros militares en la sala donde estaba reunida la Junta, que vacilaba ante el documento de Perón y discutía la posibilidad de resistir el alzamiento. Armas en mano, Imaz y sus acompañantes habrían impuesto a la Junta que aceptara la renuncia de Perón.

En todo caso, la decisión de éste dejó al Comando en Jefe y a los generales sin Gobierno que defender. Mientras los generales aceptaban en el crucero la rendición incondicional, Perón se refugiaba en la embajada del Paraguay. El 23 de Septiembre de 1955 la Plaza de Mayo se llenó con una multitud tan compacta e impresionante como la del 17 de Octubre de 1945. Pero era la Argentina antiperonista.

El poder ya no era de Perón -como doce años atrás- sino, otra vez, de las Fuerzas Armadas...

- Perón se aleja del país

El 2 de Octubre de 1955, Perón arribó a Asunción; el 17, fue internado en Villarrica, a 175 kilómetros de la capital paraguaya; en Noviembre fijó su residencia en Panamá y, años después, se refugió en Caracas y en la República Dominicana, para terminar posteriormente en Madrid.

Su exilio no significó el fin del dilema peronismo-antiperonismo. Los rebeldes de 1955 vivieron una breve etapa de conciliación. En realidad, intereses, actitudes y mentalidades diversas habían coincidido sólo en un hecho: el de la ruptura de la administración peronista y la expulsión de su jefe. Luego, cada grupo, partido, mentalidad o interés procuró imponer sus designios.

En su primer discurso, el presidente Eduardo E. Lonardi, acompañado por el vicepresidente Isaac Francisco Rojas, expresó una fórmula generosa, casi un siglo después de Justo José de Urquiza: “Ni vencedores ni vencidos”. Manifestaba el espíritu del jefe insurrecto, pero desafiaba la lógica interna del conflicto existente pues, para el antiperonismo -como para el antirrosismo de otrora- había vencidos, y éstos no debían retornar al poder.

En Noviembre de 1955, un golpe de palacio dentro de la estructura del poder militar desplazó a Lonardi -quien poco después murió- y asumió el poder el general Pedro Eugenio Aramburu, quien representaba entonces al antiperonismo intransigente opuesto al nacionalismo. Su gestión se extendió hasta 1958 y significó una especie de “reversión” política, en cuanto tradujo en cierta manera la intención de restaurar el régimen y los factores decisivos operantes en la época previa al surgimiento del peronismo.

Como dijo Ortega y Gasset, el problema de permanecer en una actitud “anti” es que ésta supone un mundo en el que el enemigo no existe. Como ese mundo es precisamente el anterior a la presencia del enemigo, el “anti” hace las cosas de tal modo que recrea las condiciones que dieron vida al enemigo.

El antiperonismo no era, pues, una política, como quedó demostrado durante la gestión que siguió a la caída del general Lonardi, un nacionalista honesto, un valiente militar, pero un político inhábil.

- Isabel y un matrimonio histórico

María Estela Martínez Cartas y Juan Domingo Perón se conocieron en Panamá en 1955. Ella era bailarina y tenía 24 años. Había nacido en La Rioja, el 4 de Febrero de 1931. Crece en Buenos Aires. Su padre, bancario, se muere en el 38. Una fuerte pelea con su madre la empuja a vivir con el matrimonio Cresto (José e Isabel Zoila). Estudia danzas españolas, algo de piano, algo de francés... y don Cresto, que se jacta de ser médium, la lleva hacia el espiritismo...(2).

(2) Citado por Alfredo Serra en Nota especial para el diario digital “Infobae” del 20 de Agosto de 2017.

En 1951 entra en una compañía de baile. La primera gira la lleva al Uruguay, a Panamá y, hacia el fin de 1955, al cabaret “Pasapoga”, en la avenida Urdaneta, Caracas, Venezuela.

Ya no es María Estela; adopta “Isabel”, acaso como recuerdo de Zoila, la mujer del espiritista.

Perón y ella han viajado sin conocerse, pero sus proas llegan a un puerto común: el cabaret.

El general no tiene prejuicios acerca de la palabra “bataclana”. Isabel es una mujer, y él nunca -propia confesión- pudo vivir sin mujeres: “Siempre necesité una a mi lado”. Confesión que -según amigos y biógrafos- no implicaba necesariamente el sexo; por lo general, la simple y cálida compañía ocupaba lo más alto del podio...

En esos días, Perón vivirá dos episodios que lo marcarán para siempre. Dos días antes de la Navidad de 1955 fue invitado a un espectáculo de danzas en la Ciudad de Panamá: el ballet dirigido por el cubano Joe Herald.

Según el historiador norteamericano Joseph Page, la troupe llegaba de una gira por los Estados Unidos y Colombia. Enrique Pavón Pereyra, el amigo y biógrafo personal de Perón, asegura que éste vio el show en el local “Happy Land”, y después invitó a todos a la Ciudad de Colón, donde vivía en esa etapa de su exilio.

Una vez todos allí, un instante cumbre, aunque el diálogo inicial no permita presumir su dimensión futura...

Perón conoció a una de las bailarinas, de nombre artístico “Isabelita”. Según los testigos, “desde el primer momento hubo intimidad” y, al cabo de unos días, ella le preguntó:

- General, ¿no necesita usted una secretaria?
- Sí, creo que voy a necesitar una secretaria.
- Yo podría ayudarle incluso como camarera, además de secretaria.
- No tengo dinero.
- Trabajaría gratis.

Lo demás sucedió por añadidura. Es decir, cayó de maduro. El líder derrocado, de 60 años, y la joven danzarina riojana, de 24, empezaron a vivir juntos a mediados de Enero de 1956, días en que su amante la bautizó como “Chabela”...

Cuando se conocieron, Perón vivía a sus anchas en el Hotel Washington..., pero su billetera se agotó, de modo que la pareja se mudó a un más que modesto departamento en la calle 38, número 252, Bella Vista, cerca de la Embajada de los Estados Unidos.

No mucho después, los días panameños del romance quedaron atrás, y luego de recalar brevemente en la República Dominicana, Perón consiguió asilo en la España del dictador Francisco Franco..., que lo acoge pero le prohibe declaraciones y actividades políticas.

Compra una mansión en Puerta de Hierro, un sereno barrio a veinte kilómetros de Madrid, y pone la escritura a nombre de Isabel, “sin profesión conocida”, según reza el documento.

Se casan el 15 de Noviembre de 1961 ¿Era necesario? Para los sentimientos de ambos, no. Pero entre otros cepos y cerrojos, la dictadura de Franco condenaba el concubinato...

Una versión de algunos íntimos de Perón jura que “fue un matrimonio de conveniencia”, justamente por el pecado mortal que la ultracatólica España franquista hacía caer como un mazazo sobre las uniones de hecho...

Sin embargo, no parece haber sido así. Se amaron, acaso a la manera de Perón: treinta y seis años de diferencia, la mente y los actos de él sumergidos en la política, ciertos achaques que abrieron dudas sobre su salud futura, y una “Chabela” que obligadamente sumó a sus roles ... también el de enfermera.

Como era de imaginar, y a pesar de Franco y su férrea limitación, la Quinta 17 de Octubre se convierte en La Meca peronista. Todos peregrinan: amigos y oportunistas, periodistas y escritores, todos en busca de algún rédito.

Y de pronto, en la quinta y por influjo de Isabel, se instala un personaje oscuro: José López Rega. Es un gris ex policía que, en armonía con Isabel, cree en horóscopos, escribe libros disparatados sobre predicciones, colores y destinos; dice que Perón es un faraón y que su misión es cuidarlo. Y, por añadidura -ya en la Argentina- será jefe de la terrible Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que dejaría un reguero de cadáveres... y un enigma: ¿Perón estaba detrás de todo esto?

Isabel lo instala en un dormitorio contiguo. No hay registros (sólo rumores) de que hayan sido amantes. Su poder crece: filtra visitas, revisa la correspondencia, maneja la casa.

Un día, alguien le pregunta a Perón por qué ese hombre tiene tanto poder y tanta influencia. La respuesta es una penosa confesión:

- Cuando usted no pueda levantarse solo del inodoro, entenderá por qué...

En 1973, la salud de Perón entra en fase terminal. Vuelve. Asume su tercera presidencia. Y, replicando lo que no pudo conseguir con Eva -que se moría- nombra vicepresidenta a Isabel..., y se muere -infarto- el primer día de Julio de 1974.

Lo demás es historia tristemente conocida. Inepta para el Sillón de Rivadavia, es pasto fácil para el golpe cívico-militar que se avecina.
Con dignidad, soporta la caída y los cinco años de cárcel. Sigue viviendo en España. Tiene 83 años.
Jamás, a pesar de las cien entrevistas que le pidieron, volvió a hablar de Perón. Su amor, si lo hubo, se transformó en dignidad. Sólo quiso ser la secretaria y la mujer de Perón. Pero la Historia le tendió una trampa...

 

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