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LOS MILITARES EN EL PODER. LA GESTION LONARDI

El derrocamiento de Juan Domingo Perón en Septiembre de 1955 señaló el retorno de la Argentina a un control militar directo, después de nueve años de Gobierno constitucional. La disolución del Congreso, de los Gobiernos provinciales y de los cuerpos municipales electos, concentraron todo el poder en las manos de las nuevas autoridades y los funcionarios designados por ellas(1).

(1) El 16, 17 y 18 de Septiembre de 1955 se registra un nuevo movimiento militar contra Juan Domingo Perón, encabezado por Eduardo E. Lonardi, desde Córdoba. El 18, Perón ofreció entregar el mando a una Junta de Oficiales, compuesta por 17 generales en actividad. El 19, Perón pareció dar un paso atrás, intentado retomar el poder, pero entonces la Junta resolvió forzarlo a alejarse. El día 20, la Junta anunció la renuncia de Perón y se mantuvo en el poder hasta el 23 de Septiembre, cuando Lonardi prestó juramento. // Citado por Gabriel Enrique del Valle. “Los Hombres que Gobernaron Corrientes (Compendio de Historia Política)” (2007). Edición del Autor.

Durante los 33 meses subsiguientes, primero bajo la presidencia del general Eduardo Ernesto Lonardi(2) y después del general Pedro Eugenio Aramburu, el autotitulado Gobierno de la “Revolución Libertadora” debió enfrentar los problemas que surgieron de la naturaleza misma de su origen. Debió definir su propia orientación -interna y externa- ante la ausencia de entendimientos preinsurgentes, y desarrollar políticas en medio de las presiones competitivas de grupos rivales, cada uno de ellos tratando de llenar el vacío dejado por la partida de Juan Domingo Perón.

(2) Eduardo Ernesto Lonardi nació en Buenos Aires el 15 de Septiembre de 1896. Ejerció de facto la presidencia de la República desde el 23 de Septiembre de 1955 hasta el 13 de Noviembre de 1955. Falleció en Buenos Aires el 22 de Marzo de 1956. // Citado por Gabriel Enrique del Valle. “Los Hombres que Gobernaron Corrientes (Compendio de Historia Política)” (2007). Edición del Autor.

Pero no eran sólo los grupos civiles los que preocupaban al gobierno. Como Gobierno, cuyos poderes provenían del ejercicio de la fuerza, debía estar seguro de su control sobre la institución militar, gravemente afectada por los hechos de Septiembre de 1955.

Esto se debió a que después de la revuelta, cada una de las Fuerzas Armadas emprendió la tarea de revisar la situación de su personal, decidiendo el futuro de quienes no habían demostrado lealtad hacia los vencedores y estudiando -con vistas a la reincorporación- los casos de los oficiales que habían sido dados de baja o se habían retirado por razones políticas.

El empleo de un criterio político para tomar decisiones que afectaban al cuerpo de oficiales no podía sino afectar también el control jerárquico y la calidad de la disciplina en los tres servicios.

La Marina, a causa de su apoyo casi unánime al levantamiento de Septiembre, resultó menos afectada que el Ejército, salvo en sus más altos niveles. El consejo especial asesor revolucionario creado el 7 de Octubre consideró conveniente recomendar el retiro de sólo 114 oficiales pero, entre ellos, figuraban todos los almirantes, excepto Isaac Rojas y 45 capitanes de navío. Para cubrir sus puestos, se nombraron oficiales más jóvenes que normalmente no hubieran asumido tales responsabilidades hasta tanto no tuvieran más edad y mayor experiencia(3).

(3) “Memorias” del almirante Jorge Perren, p. 314. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

En el Ejército, la purga del personal cuestionado se inició por el general León Bengoa, el primer ministro de Guerra designado por el presidente de facto Lonardi. En consulta con el presidente, pero sin la participación de un consejo asesor, el general Bengoa concentró su atención en los más altos rangos. Su opinión era que los generales, en virtud de su alta responsabilidad, hubiesen debido reaccionar oportunamente ante los excesos de Perón y que quienes no habían procedido, así ya no merecían pertenecer al servicio activo.

El resultado de esta política fue que terminó la carrera de 63 de los 86 generales en servicio en el momento del estallido de la revuelta. La purga de oficiales en los niveles inferiores, que comenzó de manera limitada, se extendió bajo el sucesor de Bengoa en el Ministerio de Guerra, el general Ossorio Arana, quien resolvió incluir otros 12 generales en la lista de retiros.

No ha sido posible obtener los totales exactos, pero es evidente que a principios de 1956 cientos de oficiales resultaron afectados y que tal vez unos 1.000 fueron obligados al retiro. Los suboficiales, cuya lealtad a Perón se había demostrado en el pasado, también debieron abandonar el servicio en grandes cantidades(4).

(4) “Escalafón del Ejército Argentino... hasta 31 de Diciembre de 1954” (1955), Buenos Aires, primera parte; “Boletín Militar. Reservado”, Nro. 3562-76, Octubre 1955 - Enero 1956; decretos-leyes Nros. 2545, 2546, 2757, 3758-60, de fechas 10 y 17 de Febrero de 1956; decretos-leyes Nros. 6616-18, 6655, todos del 13 de Abril de 1956. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Aunque el retiro forzoso del personal del Ejército en cantidades tan elevadas creaba la posibilidad de movimientos contrainsurgentes, surgió una amenaza más inmediata a la unidad y disciplina del Ejército con la reincorporación de personal militar que había interrumpido sus carreras a causa de los fallidos movimientos contra Perón en 1951 y 1952.

Como partícipe directo en esas conspiraciones, el presidente Lonardi estaba ansioso por compensar a sus ex camaradas por los años pasados en la cárcel, el exilio o en el retiro prematuro, reintegrándoles su condición militar con promociones y sueldos retroactivos. El retorno de unos 170 oficiales, aproximadamente -la mayoría de ellos pertenecientes a los grados de jefes y oficiales superiores- significó que los militares que habían estado fuera de servicio durante tres o cuatro años, ahora podían ser elegidos para nuevas designaciones y promociones ulteriores, en abierta competencia con los oficiales que habían permanecido en la profesión sin interrupción(5).

(5) “Boletín Militar Público”, Nros. 2728, 2729, 2734, 2741-49; también “Boletín Militar Reservado”, Nro. 3570, para el escalafón modificado de los reincorporados. Veinte de esos oficiales fueron reincorporados como generales, 25 como coroneles, 16 como teniente coroneles y 43 como mayores. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Quizá fuera inevitable que estos últimos se resintieran ante las ventajas otorgadas a colegas con menos experiencia profesional o, que quienes regresaban, consideraran la corrección política más importante en las decisiones personales que la antigüedad en el cargo. Sea como fuere, la subsiguiente lucha entre oficiales rivales afectó materialmente la disciplina del Ejército y a veces hasta amenazó la estabilidad misma del Gobierno.

Las luchas intestinas en el Ejército también eran, en cierta medida, un reflejo de las controversias políticas, económicas e ideológicas que afectaban a toda la comunidad argentina después de la caída de Perón. El gran problema del momento era cómo manejar la herencia de Perón: el apoyo de las masas, las instituciones, las políticas puestas en vigor durante la última década.

¿Qué debía hacerse con el partido Peronista? ¿Con el poderoso movimiento laboral centralizado en la CGT? ¿Con las publicaciones y radioemisoras que estaban en manos de peronistas? ¿Con las universidades? ¿Qué debía hacerse con la economía? ¿Con los controles y subsidios que favorecían a ciertos grupos a expensas de otros? ¿Con las empresas de propiedad estatal y sus sueldos superfluos? ¿Qué orientación internacional debía adoptar el país? Interrogantes como estos suscitaban hondas divisiones en la comunidad argentina y sometieron al general Lonardi a presiones contradictorias desde el comienzo mismo de su Gobierno.

El nuevo presidente, hombre de impulsos generosos pero con experiencia política limitada, comenzó su Administración nombrando en los cargos principales a amigos y participantes de la lucha antiperonista, sin evidente interés por sus opiniones políticas. El resultado fue un Gobierno con predominio de civiles en el nivel ministerial, pero que no compartía un mismo enfoque respecto de los problemas del momento(6).

(6) Ministro de Interior y Justicia: Eduardo B. Busso; Ministro del Interior: Luis María de Pablo Pardo; Ministro de Justicia: Bernardo Velar de Irigoyen; Ministro de Relaciones Exteriores: Mario Amadeo; Ministro de Educación: Atilio Dell’ Oro Maini; Ministro de Hacienda: Eugenio José Folcini; Ministro de Finanzas: Julio Alizón García; Ministro de Comunicaciones: Luis María Ygartúa; Ministro de Industria: Horacio Morixe; Ministro de Trabajo y Previsión: Luis Benito Cerrutti Costa; Ministro de Agricultura y Ganadería: Alberto Francisco Mercier; Ministro de Asistencia Social y Salud Pública: Ernesto Alfredo Rottger; Ministros: de Ejército: Justo León Bengoa y Arturo Ossorio Arana; Ministro de Marina: Teodoro Hartung; Ministro de Aeronáutica: Ramón Amado Abrahín; Ministro de Comercio: César A. Bunge; Ministro de Obras Públicas: José Blas Paladino; Ministro de Transporte: Juan José Uranga. // Citado por Gabriel Enrique del Valle. “Los Hombres que Gobernaron Corrientes (Compendio de Historia Política)” (2007). Edición del Autor.

En un extremo estaban los autotitulados demócratas, hombres que se identificaban con las tradiciones liberales de la Argentina, la mayoría de los cuales habían sido proaliados durante la segunda guerra mundial y que se habían opuesto a Perón desde el comienzo mismo. Entre moderados y conservadores en sus concepciones socio-económicas, querían desmantelar el aparato político peronista, reducir el poder de la CGT y reconstruir la vida política sobre la base de los partidos políticos antiperonistas.

En el otro extremo estaban los católicos nacionalistas, hombres que consideraban tanto el liberalismo argentino como los partidos políticos tradicionales como traidores a los verdaderos valores nacionales. Neutrales, si no claramente partidarios del Eje durante la guerra, habían dado la bienvenida a la elección de Perón en 1946 y encontrado muchas cosas dignas de elogio en su primer Gobierno.

Fue sólo después cuando se volvieron contra él, exasperados por su hostilidad hacia la Iglesia Católica, por su viraje en la política petrolífera y por la corrupción y los excesos que caracterizaron la etapa final del peronismo. Ahora, sin Perón en el poder, esperaban atraer a sus simpatizantes mediante el mantenimiento de la estructura del partido Peronista y el establecimiento de acuerdos con los dirigentes de la CGT.

En la perspectiva de futuras elecciones, esperaban -sin duda- reorganizar la vida política argentina sobre la base de un peronismo sin Perón y de este modo asegurar la victoria de los candidatos nacionalistas.

Los principales exponentes del punto de vista nacionalista en el gabinete eran el ministro de Relaciones Exteriores, Mario Amadeo; el de Trabajo y Previsión Social, Luis Cerruti Costa; y dos generales: Juan José Uranga, ministro de Transportes; y Justo León Bengoa, de Guerra.

Pero una figura igualmente -si no más- importante era el doctor Clemente Villada Achával, cuñado del presidente, que actuaba como asesor principal en la Casa Rosada. Militante católico que había contribuido a organizar la rebelión de Córdoba, Villada Achával ocupaba una estratégica posición que le permitía influir sobre las designaciones y moldear las políticas del Gobierno(7).

(7) Enrique Zuleta Alvarez. “El nacionalismo argentino” (1975), tomo II, pp. 548 - 549, (dos volúmenes), Buenos Aires; también entrevista con el general Juan J. Uranga, el 24 de Julio de 1971. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

El grupo rival tenía su principal exponente dentro del gabinete en el ministro de Interior y Justicia, cargo para el cual el presidente había designado a su viejo amigo y asesor legal, el doctor Eduardo Busso. Distinguido profesor de Derecho Civil, el doctor Busso confiaba plenamente -para los asuntos políticos- en su subsecretario del Interior, el doctor Carlos Muñiz, que había sido estudiante activista. Muñiz y sus colaboradores dedicaban todas sus energías a aumentar la influencia de hombres con sus mismas tendencias y a impedir la posible amenaza de que el nacionalismo dominara el Gobierno(8).

(8) Por ejemplo, trataron de que hombres de la izquierda liberal fueran nombrados como directores de los diarios incautados a los peronistas y utilizaron la prensa para denunciar a sus rivales dentro del Gobierno. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Compartían esa preocupación, aunque por razones que trascendían la esfera civil, el almirante Isaac Francisco Rojas, vicepresidente (de facto) de la Nación, el mando de la Marina, representado por el almirante (R) Teodoro Hartung, designado ministro de Marina, y el capitán de navío Arturo Rial, subsecretario del arma.

Convencidos de que si Perón había sido derrocado gracias a la Marina, estos hombres estaban resueltos a que su institución tuviera el mayor peso en las designaciones gubernamentales y las decisiones políticas. Por tradición, recelosos de los nacionalistas del Ejército, a quienes consideraban no demasiado mejores que Perón, los jefes de la Marina eran sensibles a cualquier medida que pudiera aumentar la influencia nacionalista dentro del Gobierno(9).

(9) Diario del almirante Hartung, manuscrito. Este diario manuscrito por el difunto ministro de Marina, cubre el período que va desde Noviembre de 1955 al 30 de Abril de 1958. “Expreso mi gratitud a una persona anónima por permitirme examinar una copia de esta autorizada fuente, que contiene varios documentos en su apéndice, al margen de los textos manuscritos día a día”. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Otro foco de oposición al nacionalismo podía encontrarse en la Casa Militar, el organismo encargado de la seguridad presidencial, las audiencias oficiales y el protocolo. El presidente Lonardi nombró jefe de la Casa Militar al coronel Bernardino Labayru, un viejo amigo e implicado en la conspiración frustrada de 1951. Reincorporado al servicio activo, Labayru trató de contrarrestar la influencia de los nacionalistas sobre el Ejército. En parte por influjo de Labayru sobre el presidente, otros oficiales reincorporados y de ideas afines a las suyas obtuvieron designaciones claves en el área de Buenos Aires(10).

(10) “Relatos de los acontecimientos que motivaron el cambio del Excmo. Señor Presidente de la República, general de división don Eduardo Lonardi”, en: “Diario de Teodoro Hartung”, p. 8. Entre los oficiales en esa posición se encontraban el coronel Emilio Bonnecarrere, como jefe de Despacho de la Casa de Gobierno y el mayor (más tarde teniente coronel) Alejandro Agustín Lanusse, como jefe del regimiento de custodia presidencial, los Granaderos a Caballo de San Martín. El “Boletín Militar Reservado”, Nro. 3565, del 26 de Octubre de 1955, informa los destinos de casi todos los oficiales reincorporados. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Con los nacionalistas y los liberales maniobrando hábilmente para obtener cargos de influencia -cada uno de ellos dispuesto a interpretar cada movimiento de los demás como un intento de dominar al Gobierno-, una ruptura violenta era sólo cuestión de tiempo. El estallido habría de producirse en Noviembre.

Mientras tanto, la división entre los grupos rivales iban ahondándose cada vez más a medida que avanzaban las discusiones preliminares sobre un plan de reorganización gubernamental propuesto y sobre la designación de un secretario de Prensa de la presidencia. El plan de reorganización propuesto aumentaba la autoridad de Villada Achával, al otorgarle condición de ministro y situarlo entre el gabinete y el presidente.

Al frente de un ministerio asesor del presidente, podría controlar la política decidiendo qué decretos elevados por los Ministerios debían ser sometidos al presidente para su firma y proyectando otros decretos por iniciativa propia. Para el sector liberal, era igualmente riesgoso que el asesor actuara como “intérprete del espíritu revolucionario”, el guardián ideológico -por así decirlo- de lo que a todas luces era un movimiento heterogéneo(11).

(11) Entrevista con el doctor Carlos M. Muñiz, del 29 de Marzo de 1977; para los argumentos en favor y en contra de la propuesta de reorganización, véase: Luis Ernesto Lonardi. “Dios es Justo (Lonardi y la Revolución)” (1958), pp. 265-66, 269-70, Buenos Aires. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Aunque el presidente Lonardi, físicamente agotado por las exigencias de su cargo y por la enfermedad, veía en el doctor Villada Achával a un hombre inteligente que podía aliviarlo de muchas de sus responsabilidades, abandonó el plan de reorganización e hizo pedazos el decreto ante la tenaz oposición del ministro del Interior y Justicia, Eduardo Busso.

Algunos interesados, sin embargo, recompusieron los fragmentos del decreto e hicieron circular una copia entre oficiales liberales de la Marina y la Fuerza Aérea, para que sirviera de advertencia contra otras maniobras nacionalistas. No puede sorprender, pues, la indignada reacción producida por la designación -por sugerencia de Villada Achával- de Juan C. Goyeneche como titular de la Secretaría de Prensa.

La perspectiva de que Goveneche, hábil escritor pero ultranacionalista, asumiera el control de las radioemisoras y publicaciones intervenidas, actualmente en manos de hombres designados por el ministro del Interior, alarmó a toda la opinión liberal. Como resultado de las protestas, que se concentraban en los antecedentes de Goyeneche como colaborador nazi durante la guerra, el nuevo secretario ofreció al presidente su renuncia, que fue aceptada(12).

(12) Entrevista con el doctor Carlos Muñiz; Luis Ernesto Lonardi. “Dios es Justo (Lonardi y la Revolución)” (1958), 253-54, 271-72, 302-3, Buenos Aires. Sobre las actividades de Goyeneche durante la guerra, véanse las acusaciones en el Libro Azul, pp. 43-44. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Pero había en juego cargos aún más decisivos que el de secretario de Prensa. Preocupado por informes sobre una reunión entre Bengoa -ministro de Ejército-, el doctor Villada Achával y el canciller Amadeo y, por rumores de un plan para imponer un régimen “neofascista”, el titular de la Casa Militar, coronel Labayru, junto con otros oficiales reincorporados, inició una campaña para desacreditar al ministro de Ejército.

Oficiales antiperonistas de la línea dura pertenecientes a varios regimientos acusaron a Bengoa de demoras en el reemplazo de comandantes de regimiento peronistas y de retener a oficiales peronistas en importantes puestos ministeriales. Oficiales superiores, haciéndose eco de esas acusaciones, expresaron al presidente Lonardi la necesidad de reemplazar al ministro de Ejército para conservar el orden.

El general Bengoa, por su parte, trató de justificar sus decisiones personales como coherentes con la propia política presidencial en el sentido de que no habría “vencedores ni vencidos”, pero la presión sobre Lonardi era tan fuerte que el 8 de Noviembre, cuando Bengoa prefirió renunciar antes que aprobar ciertos traslados, el presidente aceptó rápidamente la oferta.

Cuando, horas después, se tuvo la impresión de que amigos de Bengoa procuraban dejar sin efecto la decisión, jóvenes oficiales que llevaban armas en sus portafolios llenaron la antesala de la presidencia para asegurarse de que la renuncia era un hecho(13).

(13) “Diario de Teodoro Hartung, pp. 8-9; entrevista con el general Juan José Uranga. Detalles adicionales sobre los pasos que condujeron a la renuncia de Bengoa, se ofrecen en un documento mimeografiado de veinte páginas que circuló a fines de 1957 con el título: “La verdad sobre los relevos de los altos mandos del Ejército”, p. 2. “Expreso mi gratitud al teniente general (R) Benjamín Rattenbach, por haberme proporcionado una copia de este documento”. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Para reemplazar a Bengoa, el presidente eligió al coronel (R) Arturo Ossorio Arana. Lonardi insistió en Ossorio Arana a pesar de la manifiesta preferencia de los oficiales superiores del Ejército por el nombramiento del general Pedro E. Aramburu y desoyendo las advertencias del general nacionalista Uranga en el sentido de que no podía confiarse en que Ossorio Arana defendería al presidente contra quienes pronto presionarían para lograr su destitución.

A pesar de todo, Lonardi prefirió depositar su confianza en su colega de artillería, el hombre que lo había invitado a hacerse cargo de la insurrección en Córdoba y que había sido su camarada de armas en los peligrosos días del movimiento de Septiembre.

Más aún, para elevar el rango de Ossorio Arana, Lonardi no vaciló en solicitar al general Justo León Bengoa -como último acto oficial antes del juramento de su sucesor- que firmara un decreto para reincorporar a Ossorio Arana al estado de servicio activo y ascenderlo -a pesar de no ser diplomado de la Escuela Superior de Guerra- al grado de General de Brigada(14).

(14) Entrevista con el general Juan José Uranga; “Diario de Teodoro Hartung”, pp. 9-11. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Cierta ironía rodea la negativa del presidente Lonardi a tomar en cuenta al general Aramburu como ministro de Ejército. Aunque los antecedentes rebeldes de Ossorio Arana y su orientación general lo hacían aceptable ante los oficiales antiperonistas, no era un profesional distinguido. Aramburu, por el contrario, era el general de división con mayor antigüedad del Ejército, hombre con foja de servicios inmaculada, así como de reconocida militancia antiperonista.

Pero Lonardi, recordando el trato poco amistoso de que había sido objeto por parte de Aramburu en Agosto, así como la frialdad casi permanente de las relaciones entre ambos, no estaba dispuesto a recompensarlo con un cargo en el gabinete y menos aún con la función de ministro de Ejército.

Pero si Lonardi hubiera procedido de esa manera, la curiosa etiqueta militar que rige en estos casos, habría impedido que Aramburu fuese elegido como sucesor de Lonardi en la presidencia cuando los militares decidieron por fin separarlo del cargo, el 13 de Noviembre de 1955. Sin embargo, lo cierto es que Lonardi debió soportar la doble humillación de tener que abandonar el cargo a petición de sus colegas militares y ver a su máximo rival prestando juramento para reemplazarlo.

La crisis que provocó el alejamiento del primer presidente de la denominada “Revolución Libertadora” fue la imprevista consecuencia de los intentos nacionalistas para compensarse de la pérdida del Ministerio de Ejército adueñándose del Ministerio del Interior.

Durante algún tiempo se había hablado en los círculos del Gobierno de la posibilidad de dividir el Ministerio del Interior y Justicia, a fin de poder separar las funciones esencialmente políticas del uno de la tarea del otro: rehabilitar el sistema judicial. Sea como fuere, resultó sorpresivo que el 10 de Noviembre, el presidente Lonardi firmara decretos que no habían sido preparados por el Ministerio, sino por Villada Achával, en los que se solicitaba la creación de dos cargos separados en el gabinete y se designaba ministro del Interior al conocido nacionalista, doctor Luis María de Pablo Pardo(15).

(15) “Diario de Teodoro Hartung”, p. 12; también Luis Ernesto Lonardi. “Dios es Justo (Lonardi y la Revolución)” (1958), pp. 258-60; 323-28, Buenos Aires; y coronel Juan F. Guevara. “Argentina y su Sombra” (1970), pp. 97-98, Buenos Aires. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Aunque De Pablo Pardo había tomado parte activa en la insurrección del 16 de Junio de 1955 y había cooperado con oficiales navales en su preparación, su fama de militante nacionalista y colaborador de las publicaciones fascistas en las décadas de 1930 y 1940 lo hacían inaceptable como ministro del Interior para los jefes navales, así como para otros sectores liberales.

La reacción fue tratar de presionar al presidente para que retirara el nombramiento pero, a pesar de estos esfuerzos, el círculo inmediato de sus asesores -inclusive su hijo, el capitán Luis Lonardi, y su edecán, el mayor Juan Guevara- instaron a Lonardi a que refirmara su autoridad y no retrocediera. Tras una demora de dos días, el presidente decidió, por fin, seguir adelante y tomó juramento a su nuevo ministro del Interior, el sábado 12 de Noviembre, a las 13:30, con plena conciencia de la fuerte oposición provocada por esa designación.

En efecto, poco antes de la ceremonia, el ministro de Marina, al acceder al pedido del presidente y firmar el decreto de designación, le advirtió: “Señor Presidente, en este momento que firmo, se inicia la rebelión contra usted’’(16).

(16) “Diario de Hartung”, pp. 12-14; también entrevista con el capitán de navío (R) Antonio Rivolta, el 20 de Abril de 1970. Para la asociación de Pablo Pardo -en 1930- con el fascismo y el antisemitismo, véase: Enrique Zuleta Álvarez. “El nacionalismo argentino” (1975), tomo I, pp. 284-88, (dos volúmenes), Buenos Aires. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Ninguno de los militares, inclusive los jefes navales, deseaban que el general Lonardi se alejara de su cargo. Esperaban llegar a un entendimiento por el cual el presidente consentiría en eliminar tanto a Villada Achával como a De Pablo Pardo de sus respectivos cargos, adoptaría políticas más firmes con respecto al partido Peronista y autorizaría que una Junta Militar revolucionaria controlara las designaciones y los pronunciamientos políticos.

Las veinticuatro horas que siguieron al juramento de De Pablo Pardo fueron testigos de un intento para llegar a ese acuerdo(17).

(17) “Diario de Teodoro Hartung”, p. 14; entrevistas con el almirante (R) Adolfo Estévez, el 21 de Marzo de 1970, y general (R) Carlos S. Toranzo Montero, el 26 de Marzo de 1970. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Durante la noche del 12 al 13 de Noviembre, los tres ministros militares conversaron con el presidente y después un grupo de oficiales superiores de las tres Fuerzas se reunieron con él en la residencia de Olivos. Esta reunión, que se prolongó hasta las 4 de la madrugada, no llevó a un entendimiento total.

El presidente se mostró inclinado a seguir gobernando sin los servicios de Villada Achával y a aceptar la renuncia de De Pablo Pardo, si éste la ofrecía voluntariamente; pero se mostró inexorable en su insistencia de conservar al mayor Guevara como su edecán personal y se negó a compartir su autoridad con una Junta, aunque estaba dispuesto a reunirse una vez por semana con los ministros militares para intercambiar ideas.

En más de una ocasión, durante la larga, agotadora sesión, el general Lonardi, visiblemente cansado y con signos de agotamiento nervioso, propuso hacerse a un lado, pero su oferta fue rechazada(18).

(18) “Diario de Teodoro Hartung”, pp. 14 - 15; también Luis Ernesto Lonardi. “Dios es Justo (Lonardi y la Revolución)” (1958), pp. 233-41, Buenos Aires. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Aunque muy pocos de los militares que participaron de la reunión de Olivos salieron de ella con la esperanza de llegar a un compromiso, otros pensaron, al analizar el tono de las declaraciones del presidente hechas horas después, que habría sido preferible aceptar su renuncia.

Alentados por el general Aramburu, estos oficiales convocaron a una nueva reunión de oficiales rebeldes de las tres Fuerzas Armadas que se hizo esa mañana en el Ministerio de Ejército; en su transcurso se decidió por unanimidad solicitar a Lonardi que formalizara su propuesta de renuncia e impusiera al general Aramburu como su sucesor.

Como delegados de los oficiales en asamblea, los tres ministros militares, el general Arturo Ossorio Arana, el almirante Teodoro Hartung y el vicecomodoro de Aeronáutica, Ramón Abrahín, fueron a Olivos para informar a Lonardi que había perdido la confianza de las Fuerzas Armadas y solicitarle su renuncia por escrito(19).

(19) “Diario de Teodoro Hartung”, pp. 15 - 16. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Lo que sucedió después fue una incómoda experiencia para todos los implicados. La primera reacción de Lonardi fue informar a sus visitantes que, terminada la reunión de la noche anterior, él mismo había decidido elevar su renuncia y que estaba redactando una declaración para exponer sus razones. A sugerencia suya, esta decisión fue comunicada por teléfono a los oficiales reunidos en el Ministerio de Ejército.

Tras una conversación posterior, y cuando los tres ministros estaban a punto de abandonar la residencia, dejando al edecán del almirante Hartung en espera de la renuncia, el hijo del presidente, Luis, llevó a su padre hasta una habitación vecina, donde esperaba el doctor Villada Achával.

Después de un intervalo durante el cual pudieron oírse voces airadas, el general Lonardi reapareció transformado. Mientras acompañaba a los ministros hasta los automóviles que los esperaban, les anunció con irritación que podían proceder como les pareciera conveniente, pero que él ni escribiría ni enviaría nada. Todo cuanto los ministros obtuvieron de su visita fue que Lonardi consintiera en no hacer declaraciones a la prensa, a fin de conservar la paz pública(20).

(20) “Diario de Teodoro Hartung”, pp. 17-18; Luis Ernesto Lonardi. “Dios es Justo (Lonardi y la Revolución)” (1958), pp. 241-47, Buenos Aires. Un relato jurado de los hechos del 13 de Noviembre está incorporado al “Acta de Relación de Hechos” que los tres ministros militares firmaron ante el Escribano General de la nación. Una copia de este documento se incluye en el “Diario” de Teodoro Hartung. // Citado por Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1945 - 1962 (de Perón a Frondizi)” (1984). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

La falta de una renuncia escrita no impidió que el general Pedro Eugenio Aramburu asumiera -pocas horas más tarde- como segundo presidente (de facto) de la “Revolución Libertadora”. Esto significaba que, contrariamente a la información dada al público, Lonardi no había renunciado por problemas de salud.

Víctima -en sentido directo- de una destitución militar, también era víctima de la incapacidad de sus conciudadanos para subordinar las diferencias ideológicas, las pasiones políticas y el logro de ventajas partidarias al interés general. La falta de experiencia política de Lonardi, su indecisión y, en verdad, la decencia misma que le impedía actuar sin miramientos, quizá también contribuyeran a la brevedad de su presidencia.

Si se hubiera identificado claramente con cualquiera de las facciones en pugna o, si hubiera tenido la habilidad suficiente para manejarlas a ambas en su propio beneficio, habría podido permanecer en el cargo mientras se lo permitiera su salud. Lo cierto es que su muerte, ocurrida en Marzo de 1956, libró a sus sucesores de la incomodidad de su presencia y le permitió recibir, al menos por parte de los no peronistas del país, el elogio universal que se le había negado mientras ocupó su cargo.

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