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ROQUE SAENZ PEÑA, PRESIDENTE

Había sido embajador de la República en tierras monárquicas, allí en donde el protocolo enmarca -con rasgos de tradiciones seculares- todos los actos diplomáticos. Por eso, elegido presidente, le pareció natural instalarse con su familia en la Casa de Gobierno y ponerle, a los ordenanzas, el atuendo palatino del calzón corto, de las medias blancas y de los zapatos con hebillas... Por supuesto sobraron las sonrisas burlonas y el lápiz de los caricaturistas trazó rasgos y uso palabras que aludían a Versalles...(1).

(1) Roque Saenz Peña nació en Buenos Aires el 19 de Marzo de 1851. Ejerció la presidencia de la República desde el 12 de Octubre de 1910 hasta el 9 de Agosto de 1914, fecha de su fallecimiento. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires. Es el 13er. Presidente Constitucional de la Nación Argentina en el hecho y en el título (el apellido Saenz Peña se escribe sin acento).

Y, sin embargo, Roque Sáenz Peña iba a superar el declamar equívoco de muchos demócratas sin fe en el pueblo republicano. Con él se dio el ejemplo de una austeridad cívica documentada en la nueva ley electoral que con obstinación de soñador auténtico gestionó para el país,

A más de cien años años de esa ley, la historia ha pronunciado ya su veredicto: fue la de Saenz Peña una lección de conducta que no aprovechó más porque muchos de quienes la escucharon como discípulos vivieron renegando de ella y traicionándola en el fraude comicial...

Nieto por las líneas paterna y materna de funcionarios judiciales identificados con Juan Manuel de Rosas, era hijo del doctor Luis Sáenz Peña, que también apareció ubicado como “rosista”...

El desahogo financiero de la familia Saenz Peña se mostraba en la rica vajilla de oro y plata en la cual reflejaban sus destellos fastuosos artefactos de luz...(2). Ello explica los gestos y las palabras agresivas que “descargaron sobre Luis Saenz Peña los argentinos empobrecidos por la emigración que después de Caseros deshogaban su rencor antirrosista...”.

(2) Fermín V. Arenas Luque. “Efemérides Argentinas (1492- 1959)” (1960), Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Pero a eso lo borró la inevitable amnistía sentimental que trae el tiempo, y que en definitiva la riqueza misma es sabia en poder anticipar... Por ello es probable que Roque Saenz Peña ni supiera de esa ingrata etapa hogareña cuando asistía, como alumno, a la escuela primaria del Estado denominada Catedral al Norte.

Allí, Roque Saenz Peña fue, a los once años, protagonista de cierto episodio que la pluma de un evocador de nuestros próceres ha cincelado con evidente maestría biográfica:

El Superintendente de Escuelas visitaba una clase llena de niños. Uno de ellos preguntó en voz baja a su vecino:
- ‘¿Quién es éste?’.
- ‘Es el loco Sarmiento’, contestó el otro, que se llamaba Roque.
"El aludido, que todavía no era del todo sordo, oyó y dijo, con su simpática inmodestia:
- ‘Cuando ustedes sean hombres oirán hablar mucho de este loco’.
Cincuenta años después, aquel niño Roque presidía -al frente de la Nación- las fiestas centenarias del loco(3).

(3) Octavio R. Amadeo. “Vidas Argentinas” (Noviembre de 1957). Ed. Ciordia S. R. L., Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Ingresó en la Facultad de Derecho... Integraba, desde luego, el núcleo de la “juventud dorada” de la sociedad porteña de la época y vestía como tal: impecable levita y pantalón de paño negro, chaleco de piqué blanco, sombrero alto de felpa... Era el indumento de estudiante...

Si el ropaje correspondía a la moda, los ímpetus del varón eran los de todos los tiempos... Compartía con amigos, entre los cuales el muy íntimo Miguel Cané, esas juergas que terminan en ruidosas madrugadas: las bromas y las risas no faltaron en los días o, mejor aún, en las noches juveniles de Saenz Peña... y de su “barra”...

De ahí que cuando cierta vez la madre creyó escuchar desde las habitaciones altas una bulla demasiado ruidosa, la contestación de la mujer de servicio aclaró, con estadística precisa:

- ‘Señora, esta mañana servimos allá abajo ocho desayunos...’(4).

(4) Fermín V. Arenas Loque. “Efemérides Argentinas (1492- 1959)” (1960), Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Pero además de jaranear y de desayunarse, la barra daba exámenes... “Condición Jurídica del Expósito”, se titulaba la tesis que Roque Saenz Peña presentó en la Universidad para optar al grado de Doctor en Jurisprudencia.

Lo de abogado como ejercicio de una profesión no entraba en los planes de Roque Saenz Peña. Pensaba en la política y en ese terreno lo de Doctor en Derecho era casi indispensable; había que proyectar leyes y, en los debates -para lucimiento- venía bien conocer algo de historia romana, citar a los tratadistas de constituciones extranjeras o señalar las semejanzas y diferencias de los códigos que el país ensayaba, con la experiencia de los códigos más veteranos en recovecos leguleyos...

Apenas recibido, Roque Saenz Peña se incorporó, en 1876, a la Cámara de Diputados de Buenos Aires. El escalafón de la política nacional tenía, para empezar, geografía provinciana...

No tardó en ser elegido presidente de ese cuerpo; en curiosa coincidencia cronológica, el padre, el doctor Luis Sáenz Peña, presidía la otra Cámara, la de Senadores de la provincia... No corresponde sin embargo imaginar por esto, que pueda hablarse de “vidas paralelas...”.

Viéndole llegar así, a la presidencia de la Cámara de Diputados provincial, se pensará que Roque Saenz Peña subía demasiado rápido: no tenía sino veinticinco años... Pronto mostró que subía, pero no “trepaba”; de ahí que, testimonio de una sensibilidad política que le acompañó toda la vida, bajara los peldaños, y hasta dejara la escalera, con señorial desinterés... Renunció -en efecto- al cargo porque la mayoría de los diputados votó contra una interpretación del reglamento, según lo había resuelto Roque Saenz Peña. Y él entendió que esa votación entrañaba una desautorización inaceptable...

Para proyectarse y avanzar en la vida pública, el diploma universitario y la actuación parlamentaria eran requisitos poco menos que indispensables en la sociabilidad argentina de la época. Pero ellos no bastaban. Era preciso tener -además- un certificado de coraje y éste sólo se obtenía en los campos de batalla: el coraje civil -el de todos los días- no contaba para el caso...

Nacido meses antes de Caseros, Roque Saenz Peña era todavía un chiquillo cuando Cepeda y Pavón enfrentó a Buenos Aires y a la Confederación; y apenas tenía catorce años, en 1865, al producirse la invasión de Corrientes ordenada por Francisco Solano López, el dictador del Paraguay...

De ahí que su madurez de 1879 envidiara los laureles que de las trincheras de la guerra de la Triple Alianza trajeran hombres jóvenes que, poco mayores que él, ya habían tenido la posibilidad de volver con esa constancia hecha de cansancios y de hambres, de balas y de mutilaciones, de uniformes y de medallas...

Por una fatalidad cronológica, Roque Saenz Peña se había desencontrado con esa oportunidad y ahora, aunque las bendiciones de la paz son tan evidentes, ¿cómo ocultar la desazón por esa deplorable ausencia del coraje guerrero en su incompleta foja de servicios..?

Es verdad que a fines de 1874, tirando sus libros del último curso de Derecho, había tomado un fusil y marchado a defender sus ideales “alsinistas”, peleando contra Mitre en la insurrección que éste dirigió dicho año... Pero ese resultó un enfrentamiento breve y deslucido, que mal podía generar laureles de importancia...

Los acontecimientos bélicos desatados por la Guerra del Pacífico envolvieron a Perú y Bolivia en una lucha armada contra Chile... Roque Saenz Peña marchó entonces a Lima como voluntario... ¿Se sumó a esa inquietud, una crisis sentimental provocada por algún corazón femenino..? Tal vez... El mismo Saenz Peña, aludiendo a ese momento de su vida, diría más tarde

Yo era dueño de mi libertad...”. Y es sabido que los más libres para buscar la muerte son los que se creen ya muertos para el amor...

Lo cierto es que inesperadamente, ahorrando inevitables explicaciones, Roque Saenz Peña abandonó cierta madrugada la casa paterna dejando, por toda despedida, una carta... Velarían su ausencia una madre a quien adoraba y un padre al que siempre respetó...

Llegó a Lima en Junio de 1879. Al contestar -en el banquete que se le ofreció- el brindis pronunciado por el alcalde de esa capital, explicó el sentido de su actitud:

... No he venido, señores, envuelto en la capa del aventurero, preguntando donde haya un ejército para brindar mi espada; yo he dejado mi patria para batirme a la sombra de la bandera peruana, cediendo a ideas más altas y a convicciones más profundas de mi espíritu; cediendo a las inspiraciones espontáneas del sentimiento americano.
Porque la causa de Bolivia y el Perú es, en estos momentos, la causa de América...”.
Un decreto del Ministerio de Guerra del Perú lo incorpora al Ejército de esa nación hermana con el grado de Teniente Coronel y lo designa ayudante del general Buendía, jefe del Ejército del Sur... Pero no sería un militar para desfiles u oficinas; en Tarapacá primero, en Arica después, vivió las contingencias descarnadas de la guerra...".

En Arica, bloqueada por mar y sitiada por un ejército chileno cinco veces más numeroso, Saenz Peña vio el fracaso de la resistencia; las minas que debían detener el avance cuesta arriba de la colina no estallaron y la metralla se ensañó con los peruanos. Junto al argentino cayó el comandante de la plaza, el coronel Bolognesi, y las balas, raleando las filas de los otros jefes, cargaron sobre Saenz Peña la responsabilidad de la lucha.

Saenz Peña, que salvó por milagro de una descarga a quemarropa, herido en un brazo, asumió el mando de la división y en ese carácter redactó el Parte lacónico de una resistencia que mostraba, con el 70 % de sus muertos, el heroismo de la defensa.

Prisionero en Chile, regresó a la patria trayendo -en 1880- la gratitud peruana hecha condecoraciones y la jerarquía de Coronel, otorgada por ese país en Octubre de 1885.
En la presidencia de Roca -iniciada én 1880- y siendo ministro de Relaciones Exteriores Bernardo de Irigoyen, éste nombró subsecretario... Allí encontró Saenz Peña los primeros metros de su vocacional camino, acaso porque allí encontró un maestro capaz de descubrírselo...

Al lado de don Bernardo, un veterano que vivía la diplomacia desde la época de Rosas, aprendió Saenz Peña esa ciencia dificil del silencio y de las frases oportunas, del gesto y el ademán medido, de la cortesía que pone un oportuno almohadón amortiguador a las aristas de los conflictos entre países o entre hombres ... y que requiere el equilibrio para ver más allá de las propias fronteras nacionales, sin parecer entrometido...

Era la etapa argentina en que se multiplicaban los ferrocarriles, llegaban los gringos, se trazaban las avenidas, se edificaban casas suntuosas... A casi todos eso parecía bastante... Roque Saenz Peña figura en el casi y lo dice públicamente.

Aludiendo a las condiciones en que se verificaban los indiscutibles progresos materiales, este gran idealista escribió en un diario:

Tenemos pan y circo, es verdad; pero un pueblo nuevo ambiciona algo más que los romanos de la decadencia. ¡Ciudadanos, exigid la libertad!(5).

(5) Periódico “La Opinión”, de Junio de 1882. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Ante los comensales sentados a la mesa bien servida, abría Saenz Peña un ventanuco y mostraba una nube... Para poder seguirla en la búsqueda romántica, abandonó la Subsecretaría... Hizo de esa nube su brújula definitiva y de su disidencia con Roca y su sistema, una actitud ética también definitiva...

Viajó por Europa y a su regreso integró con Carlos Pellegrini, Miguel Cané, Paul Groussac y otros, la redacción del periódico “Sud América” (1884). Al término de la presidencia de Roca, apoya la candidatura de Juárez Celman y, en 1887, el mismo año de su casamiento con Rosa González Delgado -una joven de la sociedad mendocina- el presidente Juárez Celman nombra a Saenz Peña, ministro argentino ante el Uruguay.

Comienza así su carrera diplomática y bajo los mejores auspicios pues, precisamente en Montevideo, se realiza, en 1888, el I Congreso Americano de Derecho Internacional Privado, a cuya sesiones asiste, invitado por el Gobierno de la República Oriental, el propio Juárez Celman.

En 1889, Roque Saenz Peña es designado para integrar, con Manuel Quintana, la delegación argentina al I Congreso Internacional Panamericano convocado en Washington por los Estados Unidos. Este país iniciaba entonces una tentativa de expansión sobre el resto del continente; buscaba encontrar nuevos mercados para sus industrias y lograr el apoyo para el ambicioso proyecto de construir un canal interoceánico.

Las pretensiones hegemónicas de los Estados Unidos respecto de las demás naciones del continente no se disimulaban; el Secretario de Estado, James G. Blaine, había declarado que “los Estados hispanoamericanos comenzarán por entregar la llave de su comercio y concluirán por darnos la de su política”.

En la asamblea celebrada el 15 de Marzo de 1890, Roque Saenz Peña encaró la respuesta categórica. Recordó la negativa de los Estados Unidos cuando veinte años antes el Gobierno argentino se dirigió al gabinete de Washington proponiéndole la celebración de convenios que ahora se recomendaban. Al pedido norteamericano que, rectificando esa anterior actitud, gestionaba ahora tratados de reciprocidad comercial, Saenz Peña mostró la imposibilidad de ese planteamiento: “¿Cómo podremos los argentinos aceptar la reciprocidad sino gravando el pino, las máquinas y el petróleo de los Estados Unidos, con el setenta por ciento con que los Estados Unidos nos gravan nuestras lanas?

En cuanto a la llave de los mercados argentinos a que aludiera el secretario Blaine, expresó Roque Sáenz Peña: “... No la conozco, tal vez porque no tienen ninguna, porque carecen de todo instrumento de clausura, de todo engranaje monopolizador o prohibitivo; hemos vivido con las aduanas abiertas al comercio del mundo, francos nuestros ríos para todas las banderas, libres las industrias que invitan con sus provechos al trabajo del hombre y libre, ante todo, el hombre mismo, que se incorpora a nuestra vida nacional, defendido en su persona bajo la garantía del habeas corpus, respetado en su conciencia por la más amplia tolerancia religiosa y amparado en sus derechos por el principio de igualdad civil para nacionales y extranjeros...”.

Y cuando oponiéndose al sentido hegemónico que los Estados Unidos pretendían dar a la doctrina de James Monroe, Saenz Peña terminó su exposición con la expresión más tarde famosa: “Sea la América para la Humanidad...”; fue claro para la América Latina que esa frase, como un estandarte, invitaba a resistir la tutela del coloso del Norte...

Recia la planta, azul la mirada, borbónica la nariz, no cambió el tono de la voz cuando, en medio de las deliberaciones de la Conferencia Panamericana, le llegó el nombramiento de ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina que le ofrecía el presidente Juárez Celman (Abril de 1890).

En presencia del ofrecimiento de titular de la Cancillería argentina que le formulaba el presidente de la República, Saenz Peña había recibido dos opiniones contrarias entre sí: el padre, don Luis Saenz Peña, le aconsejaba declinarlo; Pellegrini, amigo de Saenz Peña y entonces vicepresidente de la Nación, le aconsejaba aceptar...

Saenz Peña contestó aceptando y luego de efectuar el inevitable rodeo de las comunicaciones de aquella época que obligaba a ir primero a Europa, se embarcó para Buenos Aires... De ahí que cuando llegara, encontrase a Juárez Celman atacado por una oposición que, escéptica en las soluciones legales, maduraba la insurrección que estalló el 26 de Julio de 1890...

Esa madrugada, Juárez Celman, creyendo debía calcular para la defensa los recursos del Interior, marchó acompañado de un núcleo de amigos, entre ellos Saenz Peña, rumbo a Rosario... Lo hacía mal aconsejado y a poco de partir el tren, rectificando esa desacertada actitud, Juárez Celman resolvió retornar a la capital, delegando en Roque Saenz Peña la autoridad presidencial para, desde Rosario, concentrar los hombres y las armas de las provincias que hicieran posible derrotar a los sediciosos...

Aunque Saenz Peña logró cumplir con la misión encomendada, la evolución de los acontecimientos hizo innecesarios esos preparativos en Rosario... Ya es sabido que, vencida militarmente, la Revolución del Parque desató alrededor de Juárez Celman un vacío político y un sentimiento de oposición popular que lo obligaron a renunciar...

Menos conocido es en cambio que en los días previos a su alejamiento del poder, queriendo prevenir la anarquía y el caos que se temían, no faltaron quienes insinuaran a Juárez Celman el nombre de Saenz Peña como el llamado a sustituirlo...(6). Si esta sugestión le fue formulada, el hecho evidente es que Juárez Celman no llegó a considerarla ... y que Roca, motor oculto de la crisis y factor público de solución constitucional ya le había dado a los acontecimientos el rumbo que más le convenía: Carlos Pellegrini llegaría a la presidencia...

(6) Fermín V. Arenas Loque. “Efemérides Argentinas (1492- 1959)” (1960), Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En una carta particular dirigida a su amigo Belisario J. Montero, que tiene fecha 10 de Noviembre de 1890, Roque Saenz Peña explica su actuación en los días de la Revolución del Parque, y expresa una opinión acerca de la realidad del país antes y después de ese movimiento. Vale la pena conocer ese documento:

La verdad es que yo vine a ocupar el Ministerio, cediendo a ese cariño por la tierra, que parece agrandarse en el extranjero cuando se la ve sufrir y decaer. Yo no concibo el cálculo en situaciones semejantes; lo único que me pregunté fue, si ocupando esa posición, podría hacer algún bien al país; creí que sí, pero me equivoqué por haber llegado tarde.
¿La revolución ha salvado al país? Eso lo dirá el porvenir; yo creo que no. La situación financiera es la misma, cuando no más grave, y la política nos ofrece un programa de anarquía que nadie sabe a dónde llevará.
En cuanto a lo que a mi persona se refiere, he quedado totalmente retirado de la política; esto es justo; el Gobierno actual cuenta con los hombres de toda la República para dirigirla; y si Roca dejara de hacer política personal, el país entraría en otra ruta y yo no te hablaría del acaso como única esperanza de salvación”.

Si Roca dejara de hacer política personal...”, se lee en la carta de Roque Saenz Peña de fines de 1890... ¿No era esperar un imposible..? El año 1891 lo mostró al “Zorro” moviendo todos les hilos con la transparente intención de ser él quien continuara de titiritero ... Se abrazó con Mitre y pareció ser el gran promotor de la candidatura del vencedor de Pavón...

Pero maniobró de tal manera que Mitre no pudo ser el candidato del “Acuerdo”, un pacto que soslayaba las elecciones...

De pronto, los hilos de la trama parecieron enredársele al “Zorro”; surgió, avasalladora, la candidatura presidencial -para Roca peligrosísima- de Roque Saenz Peña... Peligrosísima porque representaba a sectores más juveniles que aparecían enarbolando ideas de renovación...

En pocas semanas, el “Movimiento Modernista” -así se denominó- recibía el apoyo del gobernador de Buenos Aires y de otros mandatarios provincianos del Interior... Entonces, bajo la inspiración de Roca y con el apoyo de Mitre y de Carlos Pellegrini, apareció el nombre de Luis Saenz Peña... El padre de Roque ocupaba entonces un cargo en la Corte Suprema de la Nación y carecía de fuerza partidaria propia...

Esto era para Roca una ventaja; pero la verdadera razón de pensar en don Luis Saenz Peña, era que su candidatura haría imposible la del hijo... Y en efecto, Roque desistió de su candidatura, ante “la única que no podía combatir”.

Se apresuró a enviar a don Luis Sáenz Peña una carta en la que se lo comunicaba, pero donde también asoman consideraciones muy firmes contrarias a los métodos políticos de Roca:

Ninguna ambición pequeña me ha alentado a dar mi nombre para la lucha actual de los partidos, y al presentar a mis amigos la renuncia indeclinable de la candidatura, lo hago sin experimentar contrariedad, creyendo que ninguna consideración de orden político puede desviar el impulso de mis sentimientos, atándolos a una lucha condenada por la naturaleza y por la sangre; mis amigos se han inclinado con respeto ante esta resolución más del orden moral que del político...
Reducir el voto público a la forma aprobatoria de un pacto personal es subvertir la más alta prerrogativa de las democracias, encadenar los partidos por el acercamiento de dos hombres, fundir dos fuerzas en una sola impotencia, olvidando, en un momento de extravío, derechos y conquistas que no son patrimonio de ninguna individualidad”.

Los comicios de 1892 llevaron a Luis Saenz Peña a la presidencia de la República. Su hijo creyó -en un principio- que podría ponerle “el hombro” a ese Gobierno; electo Senador por la provincia de Buenos Aires, trató de “arrimarle” el apoyo de los amigos.

Pronto advirtió que ello no sería nada fácil y que uno de los más serios inconvenientes derivaban de la inestabilidad resolutiva del presidente: don Luis cambiaba tan fácilmente sus decisiones que bien podía ocurrir que Roque se quedara pronto sin amigos...

Roque Saenz Peña desistió de continuar interviniendo en política: renunció a la Senaduría y se fue -con su mujer y su hija- a “enterrarse” en una estancia de Entre Ríos... Alojado en una casa de madera, empleaba su tiempo en preocupaciones camperas: vacas, alambrados, pantanos y mosquitos, las energías que antes dedicara a congresos internacionales y recepciones diplomáticas, debates parlamentarios, acuerdos de gabinete, asambleas ciudadanas, tertulias de club...

La renuncia de Luis Saenz Peña a la presidencia de la República puso punto final a este voluntario destierro rural y, vuelto a Buenos Aires, Roque Saenz Peña instaló en sociedad con dos amigos (Carlos Pellegrini y Federico Pinedo), un estudio de abogado.

Alternaba estas tareas profesionales con la presidencia del aristocrático Club del Progreso cuando un invernal atardecer de 1896 le avisaron que Leandro N. Alem se había suicidado dentro de un carruaje, cuyo cochero escuchó el domicilio del Club como lugar de arribo. Colocado el cadáver en un salón de la institución,

fue Sáenz Peña quien revisó los bolsillos de la ropa del suicida, encontrando un billete en el cual había escrito:
- ¡Perdóneme el mal rato!. ¡Perdóneme, pero he querido que mi cadáver caiga en manos amigas y no en manos extrañas!’(7).

(7) Fermín V. Arenas Luque. “Efemérides Argentinas (1492- 1959)” (1960), Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Con el alma reseca por el desencanto, Alem se mataba pocos meses después que una apoplejía fulminara a Aristóbulo del Valle... La Unión Cívica Radical perdía así a los dos hombres más prestigiosos del grupo dirigente del partido... ¿Quién recogería las banderas que reclamaban pureza en el sufragio, doctrinas y no personalismos, prácticas federales y no el absorbente centralismo porteño..

El Roque Saenz Peña que se asomara antes que nadie a las últimas líneas escritas por Alem resultaría el honrado albacea de ese programa. Por eso, en 1897 se opuso, aunque inútilmente, a una segunda presidencia de Roca; por eso su idealismo le hizo asumir, al año siguiente, la defensa de España cuando, a propósito de Cuba, estalló la guerra entre ese país y los Estados Unidos.

En un mitin ciudadano, enfrentando a las declaraciones del presidente estadounidense William Mc Kinley, afirmó Roque Saenz Peña:

... Los principios de Derecho Público, los mensajes y doctrinas con que el gabinete de Washington conmueve la tranquilidad de las naciones, autorizan esta franca conclusión: la felicidad de los Estados Unidos es la institución más onerosa que pesa sobre el mundo(8).

(8) El 2 de Mayo de 1898. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En 1901, en momentos en que el conflicto de límites con Chile adquiría caracteres graves y la paz pareció amenazada, Saenz Peña superaba sus disidencias con Roca y consideró la necesidad de que el país se uniera para la defensa de sus derechos.

La “ruptura” política entre Roca y Pellegrini -sobrevenida en 1901- repercutiría favorablemente en el destino de Roque Saenz Peña, identificado con “el gringo”.

Derrotada su candidatura a diputado nacional por la Capital en 1902 (en elecciones consideradas fraudulentas), Roque Saenz Peña empezó a gustar, a partir de 1905, del prestigio consiguiente a la designación por el Perú de General de Brigada y de la invitación formulada por el Gobierno de ese país para asistir a la inauguración del monumento al coronel Bolognessi(9).

(9) A propuesta del presidente peruano José Pardo Barreda (1904 - 1908), el Congreso de ese país ascendió a Saenz Peña a General, el 28 de Agosto de 1905. El 5 de Octubre de ese año, el Congreso argentino promulgaba la ley que lo autorizaba para aceptar ese grado.

El año 1906 -ya en Buenos Aires- en elecciones disputadas por la oposición, acaudillada por Pellegrini, ésta triunfaba en la Capital y Roque Saenz Peña se incorporaba a la Cámara de Diputados.

El fallecimiento de Quintana el 12 de Marzo de 1906, permitía a Figueroa Alcorta alcanzar la presidencia de la República. Y prueba de la cordial estimación de Figueroa Alcorta por Roque Saenz Peña, fue la designación sorpresiva de éste para representar a la Argentina en las fiestas a cumplirse en Madrid, con motivo de las bodas del rey Alfonso XIII... Tan imprevista la embajada, que no habiendo ya posibilidad de cumplirla en los barcos de pasajeros, se alistó un crucero y a bordo de él debió partir Saenz Peña

De regreso de esa misión diplomática, Sáenz Peña presenció las primeras manifestaciones del crepúsculo “roquista”... “El Zorro”, el tradicional adversario de Saenz Peña, era combatido con firmeza inocultable por el poder presidencial de Figueroa Alcorta que, sin vacilaciones apretaba el “torniquete” a las oligarquías provincianas, el gran reducto de Roca.

Se volvían contra éste las armas que muchos años manejara él... Saenz Peña vio que amanecía esa etapa que desde hacía tiempo venía reclamando... Y Figueroa Alcorta, calculando previsoramente el futuro, se desprendió de la importante colaboración parlamentaria de Saenz Peña, más importante desde el fallecimiento de Pellegrini, en Julio de 1906, y le dio a las horas de Saenz Peña el destino diplomático que le evitaba los desgastes de la política militante y le posibilitaba agrandarse más allá de las fronteras...

Ministro Plenipotenciario en Italia y Suiza, integrante de la Corte de Justicia Internacional de La Haya, en un viaje efectuado en Agosto de 1909 a Buenos Aires se concretó por un grupo de amigos y partidarios su candidatura presidencial.

Es la hora de Roque Saenz Peña y de sus ideales democráticos; tiene lógica que ella sea, por contraste, la hora del crepúsculo de Roca... Recapitulemos.

En 1882, siendo Roca presidente de la República, Saenz Peña, disconforme con los simples progresos materiales, clamando contra “el pan y el circo” como únicos horizontes colectivos; había dicho: “Ciudadanos: exigid la libertad...”.

En 1892, para destruir la renovadora y pujante candidatura presidencial de Roque Saenz Peña, el “Zorro” había recurrido a la oblicua maniobra de levantar -como adversaria- la candidatura del padre... Diez años más tarde, siendo Roca presidente por segunda vez, Roque Saenz Peña declaraba que los argentinos debíamos reprocharnos dos actitudes: haber desterrado a Rivadavia y haberlo reelegido a Roca...

Ahora, en 1910, la derrota de Roca era tan evidente que no sólo se le había cerrado -por obra de la política de Figueroa Alcorta- el camino a una tercera presidencia que en 1907 el “Zorro” calculaba segura: previniendo desaires, el “hombre fuerte” de la Argentina de las tres últimas décadas creía prudente ausentarse del país y no compartir, ni como testigo, las fiestas del Centenario de la revolución de Mayo...

Las astucias y “vivezas” del “Zorro” habían demorado, pero no derrotado, al idealismo de Roque Saenz Peña, Y éste llegaba con el penacho intacto; para alcanzar la cima no había hecho de sus plumas menudo canje en sucesivas transacciones...

Al aceptar su candidatura pronunció un discurso que se consideró su programa de gobierno. Aludiendo al problema demográfico de una nación que en tres millones de kilómetros cuadrados sólo albergaba seis millones de habitantes, expresó: “Hemos vencido al indio pero no al desierto”; anticipó que en materia internacional, orientaría su acción en una norma: “Amistad para Europa; fraternidad para América”; y en materia económica dijo su intención de que los canales y los diques irrigaran las provincias del Interior y las transformaran en tierras mediterráneas en zonas del litoral...

Para vencer el vacío fraudulento en que se apoyaba el andamiaje institucional de la Argentina, prometía el voto secreto y obligatorio. Deseando vencer el escepticismo ciudadano respecto de asunto tan fundamental, y comprendiendo que esa actitud se nutría de la seguridad de los intereses tradicionales de que no se innovaría en la materia, afirmó, enérgicamente: “Declaro no tener más compromiso con los hombres o con los partidos que los que en este momento contraigo con mi país”.

Tan resuelto se manifestó en preservar su independencia que, estando en Europa, al conocer un rumor según el cual el presidente Figueroa Alcorta parecía decidido a sostener determinada candidatura para completar la fórmula que encabezaba Roque Saenz Peña, éste viajó a Buenos Aires dispuesto, de ser eso cierto, a renunciar a su candidatura.

Informado que la noticia carecía de veracidad y que, por el contrario, se dejaba a su entera libertad la elección del posible vicepresidente, Roque Saenz Peña, entre los tres posibles candidatos, se decidió -con toda franqueza- por Victorino de la Plaza:

Coloco al doctor De la Plaza en primer término, porque entiendo que condensa la mayor suma de opinión, quizá porque sus funciones, extrañas a la política interna, lo han preservado contra ciertas resistencias que son el lote penoso de los hombres políticos...
Al expresar esta opinión, me interesa declarar que si bien se halla ilustrada por una vasta información, ella no es el resultado de ningún acuerdo ni de complacencia alguna con individualidades determinadas. Me pertenece exclusivamente y asumo, ante el comité y ante mis partidarios, las responsabilidades que comporta esta neta expresión de la verdad.
El país está atacado de indecisión, y es menester curarlo con la franqueza; por eso tengo anunciado un Gobierno de discusión y de examen que no genere obediencias sino debates y convencimientos...(10).

(10) Jorge A. Mitre. “Presidencia de Victorino de la Plaza”, capítulo XIV, en “Historia Argentina Contemporánea. 1862 - 1939” - “Historia de las Presidencias”, volumen 1, segunda sección. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Epílogo risueño de esta disputa acerca de la vicepresidencia habría sido la explicación de Roque Saenz Peña dirigida a los partidarios del doctor Manuel de Iriondo, muy joven y muy apuesto candidato al cargo: “¿No les parece que a los fines de la propaganda, mi fotografía va a quedar mejor al lado de don Victorino?(11); “Y Saenz Peña aludía así al bajo y regordete físico del doctor De la Plaza”.

(11) Jorge A. Mitre. “Presidencia de Victorino de la Plaza”, capítulo XIV, en “Historia Argentina Contemporánea. 1862 - 1939” - “Historia de las Presidencias”, volumen 1, segunda sección. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La elección de Roque Saenz Peña se verificó sin candidatura de oposición y con la ausencia en el extranjero del propio Saenz Peña que siguió su normal actividad diplomática de ministro en Italia.

Luego de los comicios recibió -como presidente electo- el homenaje de varios países europeos y, en el viaje de retorno al país cumplió, al pasar por Río de Janeiro y Montevideo, una exitosa labor de acercamiento con Brasil y Uruguay. En Río de Janeiro, disipando tensiones derivadas de una recíproca malquerencia entre los cancilleres Estanislao Zeballos y el barón de Río Branco, afirmó categórico: “Todo nos une, nada nos separa”.

Estaba precisamente en Río de Janeiro cuando le llegaron de Buenos Aires noticias que le “aguaron” la fiesta... El presidente Figueroa Alcorta le enviaba, a bordo del crucero “9 de Julio”, a un miembro del gabinete para informarle de la intranquilidad suscitada en el país por los rumores de una insurrección que estaría preparando Hipólito Yrigoyen, cuya repentina desaparición había alarmado a los servicios de seguridad encargados regularmente de su vigilancia...

Por lo pronto se le invitaba a Roque Saenz Peña a regresar en el barco de guerra, y desembarcar eludiendo toda recepción pública para amparar, en las sombras de la noche y en los sables del Ejército, su flamante investidura. La realidad le imponía a Roque Saenz Peña una cuota de amargura para su equipaje de trascendentes mejoras institucionales...

La intervención de un común amigo permitió que Roque Saenz Peña e Hipólito Yrigoyen mantuvieran un prolongado y discreto intercambio de opiniones, entrevistándose antes de que el primero asumiera la presidencia. Saenz Peña reiteró su decisión de encarar la reforma del sistema electoral y poner su autoridad de gobernante por encima de las banderías partidistas... Hipólito Yrigoyen declinó los cargos que se le ofrecieron al radicalismo y prometió dar por terminada la abstención revolucionaria y concurrir a las elecciones si éstas mostraban un efectivo respeto por el voto ciudadano.

Los dos hombres cumplieron y no es disminuir a Yrigoyen señalar que a Saenz Peña le correspondió la parte más difícil: había que convencer a quienes proclamaron su candidatura y apoyaban su Gobierno que éste no daría dividendos de provecho personal y sólo iban a recoger una anónima cuota de la gratitud que les acordara la posteridad...

Saenz Peña realizó la faena, sin alardes vanidosos, sin las vacilaciones que destiñen las sístoles... Ya antes de concluir el año “‘del Centenario”, en un primer Mensaje al Congreso, Saenz Peña proponía la confección de un padrón electoral a cargo del Ministerio de Guerra; el padrón permitiría la identificación del votante mediante las impresiones digitales y la fotografía del ciudadano.

Afianzando la pureza de este registro electoral, se encomendaba al Poder Judicial la designación de los empleados y funcionarios que debían organizar las elecciones. Por último, en un tercer proyecto, adoptaba el sistema totalmente novedoso del voto secreto y obligatorio...

El presidente tuvo, para la redacción de estos proyectos y se defensa en los consiguientes debates parlamentarios, aliados que cerraron filas tras su fe... Pero él, que había dicho que gobernaría “bajo la presión directa de la historia”, ignoró todos los cálculos...

La energía que era costumbre usar para agitar “el cubilete presidencial”, él la volcó en el megáfono cuando desde la Casa de Gobierno hecha puente de mando, en la víspera de la primera aplicación de la nueva ley electoral, terminaba su manifiesto al pueblo de la República afirmando

He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su Primer Mandatario. Quiera votar”.

Saenz Peña se jugó en corazonada... Y ganó...

Una carta a Mariano de Vedia, a pocos días de verificada esa elección, resulta reveladora radiografía psicológica de Saenz Peña:

... He amado siempre el arrojo personal que se lanza a la refriega sin contar a los enemigos...”; “... ¿Serán reverdecimientos de antiguo soldado..? ¿O será el romanticismo que no recoge paños en ninguna edad..?
Lo que usted quiera... Yo renunciaría al primero, pero no al segundo; desde luego, porque es un generador de los ideales y una fuerza perenne que los anima; después, porque a tan largo y denso positivismo conviene un sentido espiritual que contrapese el realismo abrumador(12).

(12) La carta, fechada el 23 de Abril de 1912, figura en Fermín V. Arenas Loque. “Efemérides Argentinas (1492- 1959)” (1960), Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Como si el destino le hubiera tasado avaramente sus energías, ya a mediados de 1912 la salud de Saenz Peña inició una irreversible declinación. La diabetes que minaba su organismo lo obligó a dosificar su presencia en los actos públicos, a dedicar jornadas más breves a las cuestiones de gobierno, a multiplicar las ausencias en el despacho oficial, a solicitar en el cargo licencias cada vez más largas y cada vez más frecuentes...

Trasmutando la recia vitalidad de antes, mostraban ahora su huella los surcos de los tejidos laxos, la piel pálida, las ojeras insomnes... Como si la muerte trabajara con un escoplo sin urgencias, pero también sin pausas...

En la hora del derrumbe fisiológico; no hubo piedad política para las dolencias del gobernante; los desalojados por los nuevos rumbos del civismo democrático rondaron -con agoreras impaciencias- las escasas esperanzas de mejoría...

El Senado fue el reducto desde el cual, invocando la necesidad de terminar con los interinatos del vicepresidente De la Plaza e impacientes muchos de los senadores por convertir en titularidad para De la Plaza la autoridad presidencial, se le mezquinaron a Saenz Peña las licencias por enfermedad... No faltaron senadores que se creyeron con derecho a asomarse al secreto de las juntas médicas y enterarse de las consultas...(13).

(13) Véase la puntualizada información acerca de este asunto en Carlos Ibarguren Uriburu. “Estampas de Argentinos” (1935). // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Con licencia en el cargo desde Octubre de 1913, parecía mejorar en los primeros días de Agosto de 1914 cuando el estallido de la guerra europea golpeó, tristemente, sus ideales de internacionalista... Intentó refugiarse en la ilusión de poder inaugurar la estatua de Carlos Pellegrini, pero la muerte dejó en borrador el discurso que imaginó podría pronunciar...

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