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La situación política correntina en tiempos de Robert

El escenario nacional en el año 1925 difería bastante al que presidía la actividad política de Corrientes. En esta provincia, la mayoría electoral estaba en manos de un acuerdo o Pacto que unía a dos tradicionales fuerzas: autonomistas y liberales. En ese año terminaba su gestión gubernativa el doctor José Eudoro Robert, de filiación liberal, a quien acompañaba como vicegobernador el doctor Pedro Díaz Colodrero, miembro del partido autonomista, ambos elegidos en el año 1921. Puede decirse que este Gobierno se cumplió sin mayores inconvenientes, con una Administración ordenada pero sin exhibir nada de significación en materia de obras públicas(1).

(1) Federico Palma. “Gobierno de José E. Robert”. “Historia de las Provincias y sus Pueblos - Corrientes. 1862 - 1930” (1967), p. 300, en: “Historia Argentina Contemporánea”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

Los partidos coligados podían inscribirse en lo que se llamaba el Conservadorismo Nacional, aunque entre ellas existieran matices diferenciales muy acentuados, contando ambas con más de medio siglo de existencia. El partido liberal estaba presidido por el senador nacional electo, Dn. Evaristo Pérez Virasoro, y contaba con una plana mayor enraizada en las expresiones más selectas de la sociabilidad correntina, herederos -muchos de sus integrantes- de las viejas tradiciones unitarias de la Nación.

Sus aliados eran los autonomistas, férreamente dirigidos y agrupados tras la figura patricia del senador nacional, doctor Juán Ramón Vidal, partido que contaba también con un núcelo ponderable de dirigentes, pero su característica era el mayor acercamiento hacia las bases populares, podiendo identificárselos como más cercanos a los núcleos federales del país.

El partido radical correntino, a partir de la escisión operada en la Ciudad de Buenos Aires -que era el espejo en que se reflejaban muchas situaciones provinciales- también se había dividido entre radicales “nacionales” o yrigoyenistas o personalistas -por un lado- y, por el otro, los antipersonalistas, contrarios al doctor Yrigoyen, a quienes se identificaba con la figura presidencial del doctor Alvear.

Dirigían a los yrigoyenistas un grupo de personalidades, entre los que se destacaban los doctores Julio Guastavino, Luciano Acuña, Miguel S. Andreau, Raúl Arballo, Juan B. Fleitas, Eudoro Vargas Gómez, Blas B. de la Vega, entre otros, mientras los antipersonalistas eran orientados por no menos expectables ciudadanos, entre los que descollaban los doctores Manuel Mora y Araujo, Pedro Numa Soto, Martín Goitia, J. Bernardino Acosta, Miguel Sussini, J. Hortensio Quijano, José Antonio González y otros.

Una tercera fracción -ligada al personalismo- estaba orientada por el doctor Héctor Lomónaco, quien aspiraba a ser un factor gravitante en la reunificación de las fuerzas radicales, como base necesaria para que el partido pudiese acariciar alguna aspiración electoral.

- Proceso interno del liberalismo: los jóvenes y los profesionales. Se trabaja en el seno del autonomismo

El historiador Hernán F. Gómez señala califica de "manejo desleal" por parte del Poder Ejecutivo correntino con las fuerzas políticas que lo habían creado, ya que tenía como clave una situación curiosa del liberalismo: la influencia de los hombres viejos del partido -de los que habían venido actuando desde 1893- que eran profesionales de la política, habituados a sustituirse en las funciones públicas logradas por la agrupación, venía recibiendo golpes contundentes.

"Una nueva generación brillante, inclinada -por atracciones espirituales- al doctor Leopoldo Sosa, y en la que descollaba por sus calidades el doctor Raimundo Meabe, estaba conquistando la voluntad de la masa partidaria y anticipaba su triunfo en las convenciones que tenía el gobierno del liberalismo", dice Gómez

El ministro Bermúdez puso en la defensa del grupo de los “viejos” o “profesionales”, todo el peso de la autoridad oficial y las regalías que podía dispensar desde la secretaría de Gobierno y, paralelamente, buscó soldar intereses con grupos del autonomismo.

El motivo ocasional de esta definición de situaciones fue la designación del candidato a diputado nacional que, junto con un autonomista, debían sostener los partidos conservadores en los comicios de 1924.

Al nombre del ministro Bermúdez -aspirante- se opuso el de Meabe, y los trabajos se hicieron con entusiasmo por los partidarios del último, que quedaban -con respecto al Poder Ejecutivo, donde el ministro candidato era omnipotente- en situación de simples opositores.

Algo análogo ocurrió en el seno del partido autonomista, donde los intereses creados por la intriga ministerial plantearon una candidatura en términos absolutos, como para que sirviera de causal justificativa de división. Era ésta la del doctor Luciano Romero, de larga figuración partidaria pero sin el auspicio de las fuerzas vivas del autonomismo de ese momento, en que vientos de fronda exigían la renovación de valores en el cartel de la política.

- "Prepotencia" del círculo del gobernante

En la convención del partido liberal triunfó la candidatura del doctor Meabe y cuando todo indicaba la derrota de la del doctor Romero -en la del partido autonomista- se vio claro en el manejo ministerial. Frente a la candidatura que resultase, que pudo ser la del doctor Hernán Félix Gómez, y a la del doctor Meabe, habrían sido proclamadas las de Bermúdez y Romero, con el apoyo de las situaciones oficiales y con la seguridad de que el Poder Ejecutivo no caería porque buscaría su caución en las fuerzas del radicalismo antipersonalista y la presidencia de la República.

Ante las oscuras perspectivas de división, de crisis de la política de pacto y de pérdida de Corrientes para los partidos conservadores de la República, la convención autonomista presidida por el doctor Juan Ramón Vidal, dio el triunfo a la candidatura Romero, y todo el andamiaje del ministro Bermúdez se vino a tierra.

El doctor Vidal ya no era un simple jefe de la democracia correntina; su personalidad -actualizada por la organización de bloques parlamentarios de la derecha en las Cámaras nacionales- aparecía robusta con su intervención en debates memorables en que había interpretado los intereses del país con desinterés y patriotismo.

Había estado con el presidente en su gestión de respetabilizar las fuerzas militares y navales del país, y sus palabras decidieron el voto de senadores y diputados; y había estado, en contra del mismo, pero junto al trabajo y al capital argentino, en la cuestión de la ganadería y la colocación de sus productos.

El manejo Bermúdez atentaba a esa obra dignificadora de la provincia, grata a sus hijos, simpática al pueblo que vitoreaba al doctor Vidal y, afectuosamente apoyada por el partido que estaba en posesión de la grandeza del momento. Tal vez hubo amarguras; los hombres del Poder Ejecutivo vencidos acentuaron la gestión personalista y los actos de prepotencia, pero la palabra de orden era callar.

El vicegobernador de la provincia, doctor Pedro Díaz Colodrero, tuvo en las ausencias forzadas del doctor Vidal -que se destacaba en el Senado de la Nación- la responsabilidad de esa labor silenciosa de contener las reacciones poliformes del electorado autonomista.

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