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HIPOLITO YRIGOYEN, PRESIDENTE (SEGUNDO MANDATO)

A partir de la transmisión del mando, el 12 de Octubre de 1922 y, desde su domicilio particular, Hipólito Yrigoyen siguió gravitando en la política del país. Cuando un sector del radicalismo buscó el apoyo del presidente Marcelo Torcuato de Alvear para -unido con las fuerzas conservadoras- enfrentar la influencia de Yrigoyen, la realidad mostró que la mayoría del partido seguía las directivas de su viejo caudillo.

No puede extrañar que al acercarse el término del período constitucional de Alvear, la candidatura de Yrigoyen para una nueva presidencia resultara expresión de la masa del radicalismo... En elecciones correctas, verificadas en Abril de 1928, el triunfo resultó obtenido por una votación ciudadana de impresionante resonancia...

Cabía imaginar que en las tareas que inició el 12 de Octubre de 1928, Yrigoyen aprovechara su experiencia anterior y superara la tarea cumplida... No fue así y el fracaso truncó -en un epílogo inesperado, esta segunda gestión gubernativa...

Le tocó actuar cuando, a partir de 1929, la más seria crisis del sistema capitalista hasta entonces conocida, luego de iniciarse en los Estados Unidos, difundía, por todas las latitudes, el desconcierto de una pavorosa desocupación industrial y de una consiguiente paralización del comercio internacional...

Sobre esa generalizada depresión económica planearon las consignas equívocas del fascismo que pretendía usufructuar el descontento de las masas y exhibía una pretendida crítica del capitalismo, al cual sin embargo venía a apuntalar...

Como el fascismo condenaba la democracia representativa y, puesto que al fascismo lo inspiraba una filosofía que exaltaba la fuerza, no extrañe que en 1924, Leopoldo Lugones señalara que en la vida de los pueblos había “sonado la hora de la espada...(1).

(1) La posición profascista de Lugones se expresó en Diciembre de 1924, en oportunidad de celebrarse el centenario de la batalla de Ayacucho. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Grupos de la Argentina aristocratizante organizaron entidades que empezaron a actuar de manera novedosa; no serían multitudes en las calles o comités partidarios, sino grupos reducidos pero disciplinados y bulliciosos... Silbar impunemente a un ministro en un acto público daría pronto más prestigio que ganar una elección... La propaganda fascista fue penetrando exitosa en el Ejército y en la Iglesia, las dos instituciones más tradicionales del país...

A las dificultades señaladas, no hubo -por parte de Yrigoyen y del radicalismo- la necesaria respuesta actualizada... Es posible que la inminencia de tratarse en el Congreso un proyecto de nacionalizar la explotación del petróleo haya sido el concreto motivo que, al perturbar intereses de los grandes consorcios vinculados a ese combustible, desencadenara el clima de subversión que precedió a la subversión misma...

Se facilitó ese clima creando, alrededor de Yrigoyen, la imagen del hombre con declinadas energías físicas y cuya morosidad para resolver hasta los más simples trámites perturbaba la marcha administrativa del Gobierno. Respecto de esta cuestión, el embajador estadounidense en la Argentina enviaba al Gobierno de Washington un despacho, fechado el 31 de Julio de 1929, en el cual expresaba:

Los problemas gubernamentales y económicos están acercándose a una situación de parálisis. No veo cómo puedan seguir mucho más tiempo en el mismo estado sin que se produzca un estallido -violento o pasivo- para retrotraerlos a las condiciones de desarrollo normal y sano que merecen en este fértil y rico país.
Un cambio de actitud de último momento podría salvar la posición del presidente Yrigoyen, pero creo que se trata de una concesión imposible en vista de su edad y su deterioro mental, de modo que temo que este Gobierno continuará su marcha hacia lo inevitable(2).

(2) Roberto A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1928 - 1945 (de Yrigoyen a Perón)” (1971). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Esta información, ¿era totalmente objetiva? Aún señalándole reservas, era innegable que el Yrigoyen de la segunda presidencia no era ya el hombre que había sido antes... Pronto dos camarillas ministeriales -adscriptas cada una a los dos médicos particulares del presidente- lo tironearían para sí y se disputarían sus favores... Entre esas camarillas surgieron y crecieron quienes luego lo traicionarían... Los setenta y siete inviernos de Yrigoyen estaban presentes...

Porque en definitiva fue la excesiva sobreestimación de sus energías lo que erróneamente llevó a Yrigoyen a desear una nueva presidencia... Hubiera debido comprender que empezar a los setenta y seis años de edad un período de seis años de Gobierno, con un partido donde los dirigentes se habían acostumbrado a delegar en él las decisiones, era arriesgar demasiado contra los cansancios, las declinaciones fisiológicas y las enfermedades previsibles...

Los ejemplos de estadistas ancianos que en otros países han actuado con felicidad no sirven para el caso; la presidencia es, en la Argentina, un cargo de excepcional desgaste humano por la suma de responsabilidades que en ella se realiza: a las de índole protocolar, decorativa, se agregan las efectivamente ejecutivas del Gobierno.

En otras latitudes estas dos actividades la cumplen dos personas: el rey y el primer ministro en las monarquías (Inglaterra, Suecia, etc. por ejemplo); el presidente y el primer ministro en las repúblicas (Francia, Italia, por ejemplo).

A fines de 1928, Herbert Clark Hoover, presidente electo de los Estados Unidos, llegaba en gira continental a Buenos Aires. En el banquete ofrecido en la Casa Rosada, Yrigoyen le manifiesta:

La Argentina espera que vuestra nación, ya en el cenit de su engrandecimiento, en la cumbre misma de su pujanza y de su expansión, irradie altos valores espirituales y pacifistas, como el que llevara a vuestro insigne presidente desaparecido(3), a convocar en Ginebra, después de la trágica hecatombe de la civilización contemporánea, a todos los pueblos para que, como bajo el santuario de una enorme basílica, reafirmaran para las naciones el precepto eterno y luminoso que el Divino Maestro promulgó: amaos los unos a los otros.
Tales son los anhelos de los pueblos sudamericanos, los cuales aspiran a avanzar siempre por el sendero del perfeccionamiento hacia la misión que en la historia le han deparado los designios de la Providencia, realizándose como entidades regidas por normas éticas tan elevadas que su poderío no pueda ser un riesgo para la Justicia ni siquiera una sombra proyectada sobre la soberanía de los demás Estados”.

(3) Yrigoyen alude a Woodrow Wilson, el mandatario norteamericano que auspició -después de la guerra europea del 14- la creación de una Sociedad de las Naciones. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Meses después, el presidente Hoover, en oportunidad de inaugurarse las comunicaciones telefónicas entre su país y el nuestro, aludía a la importancia de esa vinculación para aproximar -mediante ella- a países distantes.

Yrigoyen. aunque reconoce la verdad de lo afirmado por el mandatario estadounidense, no dejará de puntualizarle que “la uniformidad del pensar y del sentir humanos no ha de afirmarse tanto en los adelantos de las ciencias exactas y positivas, sino en los conceptos que, como inspiraciones celestiales, deben constituir la realidad de la vida, puesto que, cuando creímos que la Humanidad estaba completamente asegurada bajo sus propias garantías morales, fuimos sorprendidos por una hecatombe tal, que nada ni nadie podría referirla en toda su magnitud”.

Y reiterando su fe de que renacería una vida más espiritual, le agregaba “que los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos sagrados para los pueblos y, en común concierto, reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y una civilización más ideal, de más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia...”.

Los trabajos preparatorios de una insurrección contra Yrigoyen estaban maduros desde 1929... Los realizaba un grupo muy reducido de jefes y oficiales y, el Gobierno, facilitó la tarea de esa minoría al cometer infracciones legales a las normas militares otorgando, a algunos miembros de la Institución, incorporaciones y ascensos que relajaban la disciplina y perturbaban la marcha regular de la profesión castrense...

Además, en 1929 y 1930 no se solicitó del Senado -como correspondía- el acuerdo de dicha Cámara para las promociones en los grados superiores de las Fuerzas Armadas.
Los cuarteles no resultarían insensibles a estas irregularidades y la minoría militar lanzada a la sedición, después de encontrar para dirigirla las espadas de los generales José Félix Uriburu y Agustín Pedro Justo, concretó el estallido.

Aunque la oposición a Yrigoyen había triunfado en las elecciones de la Ciudad de Buenos Aires y en Santa Fe (Marzo de 1930) y la más completa libertad de prensa y reunión amparaba a los opositores, ella desdeñó la ruta constitucional y no desanduvo el camino de los preparativos rebeldes...

Aunque la mayoría del Ejército parecía reacia a la aventura, ésta sumaba optimismo al comprobar que enfrentaría un Gobierno desvalido... Tan desvalido, que Yrigoyen ordenó la libertad de los jefes detenidos con razón por sospechosas actitudes y creyó en la palabra de honor de quienes aseguraron no andaban en cosas como ésas...

El viejo conspirador que había sido Yrigoyen, ahora en la Casa Rosada veía a la gente con la generosa fe humana que era su krausismo...

Así desautorizado, el ministro de Guerra(4) que ordenó las detenciones, renunció, y la orfandad del presidente se acentuó en horas...

(4) El general Luis Dellepiane renuncia el 2 de Septiembre de 1930. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La oposición, sensacionalista en algunos periódicos y agresiva en los núcleos “profascistas”, contagió al alumnado universitario... Las calles se llenaron de rumores, de gritos contrarios a Yrigoyen, de manifestaciones que en enfrentaban a la Policía... Las camarillas del Gobierno se recelaban entre ellas; la anarquía del oficialismo permitió que las horas decisivas corrieran sin que nadie resolviera nada...

Yrigoyen, enfermo de gripe, aceptaba, el 5 de Septiembre, delegar el mando en el vicepresidente y autorizar se declarase el estado de sitio... Los legisladores de la oposición -de acuerdo con las indicaciones de los sediciosos- se acercaron entonces a los cuarteles como para dar al movimiento el carácter de un pronunciamiento civil que el Ejército se limitaba a respaldar...

En la madrugada del 6 de Septiembre una columna rebelde, al mando de los generales Uriburu y Justo, de escasos efectivos pero que aparecía prestigiada porque en ella figuraban los cadetes del Colegio Militar, avanzó por las calles de Buenos Aires y, sin lucha, entró en la Casa de Gobierno...

Recluido en su domicilio, con gripe, febril, Yrigoyen es informado -al mediodía del 6 de Septiembre- del desarrollo de los acontecimientos, y ordena resistir... Pero, ¿quién iba a transmitir esas consignas si en el Gobierno radical el desbande conjugaba con la traición..?

En compañía de uno de sus ministros, se trasladó a La Plata. ¿Acaso la provincia de Buenos Aires no había sido siempre la pieza decisiva en su ajedrez político? En La Plata, recibido por el gobernador, Yrigoyen busca contacto con el jefe del regimiento allí destacado y éste le informa que ha recibido órdenes del Gobierno insurrecto de conseguir la renuncia de Yrigoyen, quien debe concurrir al cuartel... Así lo hace Yrigoyen: firma una renuncia y queda detenido.

El día 7 llega la orden de ponerlo en libertad... Pero explica que está enfermo, no tiene a dónde ir y solicita autorización para quedarse allí.

Días después, mejorada su salud, Yrigoyen pide le dejen trasladarse a Montevideo... El Gobierno sedicioso contesta que lo llevará a la capital uruguaya, en el “Belgrano”, de la Marina de Guerra.

La promesa no se cumple pues, una vez en esa nave, ésta se inmoviliza en la rada. Lo cambiarán de barco y -luego de otros trasbordos- a fines de Noviembre de 1930 lo alojan, detenido, en la isla de Martín García. Allí permaneció quince meses, hasta Febrero de 1932; a pocas horas de terminar su período el “gobierno de facto”, se le declara en libertad, porque es indultado...

Yrigoyen rechaza el indulto y se va a vivir en la casa de un sobrino que se domicilia en una cuadra céntrica de la calle Sarmiento...

Tiene buen aspecto; no parece haber afectado su salud la adversidad descolgada sobre sus ochenta años... Recibe pocas visitas; no comenta lo ocurrido... Se le informa de la marcha del partido pero, es evidente que ha declinado en Alvear la jefatura... Sale en contadas ocasiones a dar -en automóvil- una vuelta por la ciudad...

En la emoción ciudadana con que las gentes lo saludan al verlo, parece se estuviera zurciendo su viejo magnetismo de caudillo...

En Diciembre de 1932 el descubrimiento de un complot radical determina la detención de numerosos dirigentes del partido, inclusive la de Yrigoyen... Lo llevan nuevamente a Martín García y en la isla -convertida en cárcel-, alejado de los familiares, pasa en completa soledad la noche del día último del año...

Esta vez la prisión lo ha "shockeado"; a la depresión nerviosa se añade una pertinaz afonía y su estado de postración alarma al Gobierno a tal punto que, en el deseo de evitar posibles ulterioridades, se resuelve reintegrarlo a su casa porteña donde, a partir de mediados de Enero de 1933 sólo podrán verlo las visitas debidamente autorizadas por el Poder Ejecutivo...

Está demacrado, sigue afónico, cuando por unos días se marcha a Montevideo, en busca de una mejoría que no llega... Se acentúan en cambio los signos visibles de su decaimiento... A fines de Junio, una bronconeumonía limita los recursos terapéuticos médicos y las esperanzas de los familiares...

El domicilio de la calle Sarmiento es una cita tácita para la expectativa de vastos sectores apenas se difunde la noticia de que Yrigoyen agoniza... Son las 19:21 del 3 de Julio de 1933. Un día gris. Se abre una ventana de la casa y alguien dá, desde ella, la noticia: Yrigoyen acaba de fallecer...

La multitud cae de rodillas... Una llovizna persistente amplía su caudal al encontrar, en los rostros, las lágrimas de un gran dolor colectivo...

A medianoche, ya embalsamado el cadáver de Yrigoyen, revestido el cuerpo con el hábito de Santo Domingo, de cuya Orden era protector, se instala la capilla ardiente...

Un desfile interminable probará, durante las sesenta y tantas horas que dura el velatorio, la medida del duelo que ha suscitado esta muerte...

Si la pena por la pérdida deprime, el recuerdo de las innecesarias torpezas cometidas contra Yrigoyen por las autoridades instaladas en el poder desde Septiembre de 1930, provoca por momentos, arrebatos de ira que el público desahoga en gritos y gestos amenazadores... La hija ha rechazado los homenajes oficiales “porque el Gobierno ha negado la autorización para que el velatorio se verificara en un lugar público, donde tenga fácil acceso el pueblo que tanto amó él...”.

Al anochecer del 5 se realiza el funeral de las antorchas. Cirios y hachones encendidos, empuñados por miles y miles de personas, ahuyentan las sombras y montan, frente al domicilio donde yace Yrigoyen, alucinante escenografía... Una orquesta ejecuta música sacra. Los compases del Himno Nacional le dan luego pentagrama de eternidad a las voces que lo cantan...

Como si la historia, al conjuro de esa multitud, hubiera anticipado su fallo y no pudiera demorarlo, esa noche no parece tratarse de una muerte... Al día siguiente, la caravana del mar humano que llevó en hombros el ataúd, una caravana infinitamente más numerosa que en cualquier otra ceremonia análoga, prueba -en efecto- que se está asistiendo, no a una ausencia previsible, sino a una sorpresiva resurrección...

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