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Elpidio González ("yo me he jugado por él")

Presidente: Máximo Marcelo Torcuato de Alvear
Período: Junio 1922 - Octubre 1928
Partido o Coalición: Unión Cívica Radical

Son muchos los testimonios de quienes recuerdan haberlo visto caminando por alguna calle céntrica de Buenos Aires, vistiendo un traje limpio pero gastado y portando un portafolio castigado por el paso del tiempo, o haciendo la cola para subir al tranvía.

Al reconocerlo, algunos tímidamente se acercaban a saludarlo:

- “¿Cómo es posible que usted esté pasando estas vicisitudes?”, le preguntaban.
- “Ninguna vicisitud; es lo que corresponde”, respondía él con toda naturalidad.

Este era Elpidio González.

Elpidio González nació en la Ciudad de Rosario el 1 de Agosto de 1875. Sus padres fueron el coronel Domingo González y Serafina González.

Luego de completada la escuela primaria y la secundaria en su ciudad natal, se trasladó a Córdoba. Allí ingresó en la Universidad y estudió abogacía. Cursó hasta el quinto año de la carrera y luego la abandonó.

La pasión por la política, que aparece temprano en su vida, lo lleva a militar en la Unión Cívica Radical. El primer registro de su actuación en el partido data de la insurrección radical del 4 de Febrero de 1905 que intentó derrocar al presidente Manuel Quintana. Cuando el movimiento fracasa, varios de sus participantes son encarcelados. Entre ellos, está González. Esa fue la primera vez, más no la última, que debió sufrir el castigo de la prisión.

Luego de promulgada la Ley Saenz Peña, es proclamado candidato a gobernador de la provincia de Córdoba por la UCR en las elecciones de 1912. Sin embargo, González no acepta.

En la elección presidencial de 1916 integra el Colegio Electoral que consagra a la fórmula Hipólito Yrigoyen - Pelagio Luna.

Una vez asumido el poder, Yrigoyen lo designa ministro de Guerra, cargo al que González renuncia en Septiembre de 1918. Poco después, en Enero de 1919, ocupa la Jefatura de Policía de la Capital Federal. Renuncia al cargo el 9 de Septiembre de 1921, debido a que es enviado a Córdoba, a fin de participar en el armado electoral del radicalismo con vista a la elección de gobernador y vicegobernador de la provincia.

Ante la falta de garantías que aseguraran la limpieza de esos comicios, la UCR se abstiene. Es elegida, pues, la fórmula Julio Roca (h) - Félix Sarriá, habiendo votado sólo el 20 % del padrón provincial.

Tras ese hecho, González vuelve a Buenos Aires, a solicitud del presidente, quien, el 1 de Diciembre de 1921 lo nombra otra vez al frente de la Jefatura de la Policía de la Capital Federal, cargo al que renuncia el 14 de Marzo de 1922, cuando es proclamado candidato a la vicepresidencia de la Nación en la fórmula que encabeza Marcelo T. de Alvear.

Las elecciones presidenciales tienen lugar el 2 de Abril de 1922. La Unión Cívica Radical obtiene 450. 000 votos contra 200.000 de la Concertación Nacional. Es un triunfo categórico.

La vicepresidencia de Elpidio González abarca el período en el que las diferencias en el radicalismo entre los personalistas -que apoyan a Yrigoyen- y los antipersonalistas -que se alinean con Alvear- terminan por definirse. La entrada al gabinete de Alvear de hombres del conservadorismo resiente la relación entre el presidente y el vicecepresidente, ya que González habrá de hacer una defensa permanente de Yrigoyen.

En un momento, se le pide al vicepresidente que haga uso de la fuerza pública -es decir, la policía- para ir a buscar y obligar a asistir a las sesiones de la Cámara Alta a los senadores que no lo hacían. González se niega, argumentando que “era denigrante para los propios miembros del cuerpo la persecución de unos senadores contra otros(1).

(1) Arturo Torres. “Elpidio González (Biografía de una Conducta)” (1951), p. 103. Ed. Raigal, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

La anécdota, la relata con todo detalle -en sus memorias- el dibujante y periodista parlamentario Ramón Columba.

Bajo la presidencia de Alvear, la mayoría del Senado está formada por los conservadores y antipersonalistas. La minoría 'opositora' es yrigoyenista.
Una tarde, ante la reiterada inasistencia de ésta última, que impide formar quórum, la Cámara resuelve que los ausentes sean traídos por la fuerza pública.
- 'Se va a votar', dice el presidente del Senado.
El secretario proclama:
- 'Afirmativo'.
Para cumplir con este requisito se pasa a cuarto intermedio. El presidente del Senado, don Elpidio González, se ausenta de la casa.
Los senadores presentes en el recinto pasan a las antesalas, en espera de los acontecimientos. Hay inquietud y dudas respecto de si la policía cumplirá o no la resolución, y si la hará cumplir don Elpidio, otros sostienen que no se encuentran en la capital los ‘ausentistas’; que don Delfor del Valle está en San Fernando y que ya han sido avisados los restantes para ponerse a salvo de la enérgica medida que acaba de tomar el Senado.
La tensión en el ambiente anticipa actitudes que nadie se siente capaz de precisar, pero que todos advierten que serán de gravedad. Y, como ocurre siempre, del salón de lectura de los senadores, el lugar de las tertulias fuera del recinto, salen en dirección a todos los rincones de la casa conjeturas y anuncios sensacionales que se difunden llegando hasta el corrillo, siempre sentencioso, de los ordenanzas(2).

(2) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 211. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

En medio de ese clima de enorme y creciente incertidumbre, Elpidio González vuelve al edificio del Congreso. Entonces, la sesión recomienza. Prosigue Columba:

El presidente hace sonar débilmente la campanilla, como señal simbólica de que la sesión se reinicia y, con voz más fuerte que de costumbre -que era siempre baja- comienza diciendo:
- ‘La presidencia no ha cumplido la resolución del Senado de traer a los ausentes por la fuerza pública’.
De todas las conjeturas anteriores, esta actitud era la más inesperada. Y menos se sospechó una confesión semejante. Por unos segundos, la sorpresa contiene la palabra de los senadores para volcarse enseguida, en tropel, hasta llegar a un gran vocerío acompañado de gestos violentos.
Cinco, seis, siete senadores ‘alvearistas’ se levantan de sus bancas y llegan hasta el alto pupitre de la presidencia para apostrofar al vicepresidente de la Nación quien, de pie, contesta con una serenidad que a mí, personalmente, me asombra.
A los denuestos y gesticulaciones, responde agitando su diestra con energía. No les tiene miedo y se siente dispuesto a contrarrestar la súbita ‘avalancha’.
Los senadores llegan a alzar el puño amenazante, mientras profieren acusaciones en términos agresivos.
- ‘¡Servil!’, oigo decir a uno.
El griterío inicial me impide oir algunas excusas dichas por el presidente después de la primera manifestación, quien habría agregado, según la versión taquigráfica:
- ‘La policía informa que los senadores ausentes no se encuentran en la capital’.
Esto, que pudo ser la mejor disculpa, lo ha dicho el presidente después de dar a entender que la presidencia ha desobedecido, deliberadamente, la resolución de la minoría, autorizada por el reglamento, de traer a los ausentes por la fuerza pública.
Termina, por fin, la batahola. Se habla de hacerle juicio político a don Elpidio González ‘por haberse alzado contra resoluciones expresas del Senado’(3).

(3) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 212. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Finalizada la sesión, el jefe de taquígrafos va a ver a Elpidio González. La intención es que, como era costumbre, el vicepresidente le pegara una leída, para ver si había alguna corrección que quisiera hacer antes de la versión definitiva para su posterior publicación, y que estuviera referida a las palabras que expresara en el debate.

“ - ‘Déjemela, director. Yo se la devuelvo en media hora’.
Don Elpidio vuelve a ausentarse de la casa y, media hora después, al regresar, me hace llamar:
- ‘Publíquela tal cual’, me dice.
Me permito hacerle notar cierta aparente contradicción en sus palabras del recinto. Comienza diciendo que ‘no ha cumplido la resolución del Senado’ y luego habla del ‘informe de la policía’. Querría decir entonces que la resolución había tenido comienzo de ejecución.
La frase puede ser distinta, según lo que se ha querido decir. Conviene aclararlo, ya que se trata de una declaración importante que no debe dejar lugar a dudas.
Si no se quiso cumplir la resolución, ¿por qué hay un informe de la policía? ¿O quiso decir el presidente (del Senado) que no se pudo cumplir la resolución del Senado por no hallarse en la capital los senadores ausentes, según la policía?
Esta es la aclaración que yo le solicité al señor González quien, con toda tranquilidad, me dice:
- ‘Vea, director. Yo me he jugado la vida por él ... ¡Cómo no voy a jugarme un puesto por más importante que sea!’
Regreso a mi oficina y, por el largo corredor que la separa de la presidencia voy pensando que don Elpidio no me ha dicho quién es ‘él’, pero no es necesario que me lo diga...
Algún tiempo después, sé que don Hipólito le dijo aquella tarde a González, cuando éste fue a consultarle el caso:
- ‘¡A los senadores no se los puede traer con vigilantes! Y usted, como presidente del Senado y vicepresidente de la Nación, no puede cometer ese atropello’.
Y don Elpidio cumplió el consejo. Si le hubiera dicho lo contrario, también lo habría cumplido. No se recuerda en política una lealtad mayor(4).

(4) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 212. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Se inicia el año 1923 y el presidente (del Senado) González es el encargado, por el reglamento, de nombrar las comisiones. En su confección y distribución de senadores, la mayoría ve la ‘mano invisible’ del alter ego innombrable (por Yrigoyen) y modifica el reglamento, por medio de un proyecto hecho a la minuta que firman Melo, Gallo, Torino, Saguier, Paz Posse. Muchos de estos, ¿no son los ‘encumbrados’ por la Unión Cívica Radical a que ha aludido Delfor del Valle?
Al irse a discutir el proyecto, veo que don Elpidio se pone de pie en el estrado de la presidencia, para decir:
- ‘Como esta iniciativa afecta mis facultades de presidente, invito al señor presidente provisorio a ocupar este sitio’.
Y, tranquilamente, sin otra reacción, deja su puesto a uno de los proponentes de la medida, el doctor Melo, que es, a su vez, presidente provisorio del Senado.
Delfor del Valle afirmó:
- ‘A mi no me asombra que los adversarios políticos usen todas las armas que crean convenientes para sus fines, pero tengo que ver con dolor que este proyecto que cercena facultades al presidente (del Senado), lleva la firma de mis propios correligionarios. En esta situación, me retiro de mi banca’.
Y así lo hizo(5).

(5) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 189. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El proyecto es finalmente sancionado y, en consecuencia, el Senado queda facultado para hacer, por su cuenta, todas las designaciones de los integrantes de sus distintas comisiones.

Ese mismo día se presenta otro proyecto tendiente a cercenar aún más las facultades del vicepresidente. El objetivo es el de privar a González de la potestad de nombrar personal administrativo de la Cámara.

Pero ocurrió que el Senado no pudo volverse a reunir para nombrar directamente las Comisiones. No había quorum debido a diversas causas. Algunos senadores ‘cañeros’ estaban atendiendo la zafia. Otros, enfermos. Y los yrigoyenistas llegan hasta las antesalas, pero se niegan a entrar en el recinto, prolongando así su protesta por el despojo de las facultades al presidente (del Senado).
La minoría se entretiene, horas enteras, buscando soluciones. Se cita por los diarios. Se amenaza con descuentos en las dietas. Nada da resultado.
Estas sesiones de la Cámara en minoría se hacen tan frecuentes que la gente empieza a tornarlas en broma. Alguien sugiere poner el aviso en ‘personas buscadas’, a ver si aparecen los senadores indispensables(6).

(6) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 189. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El episodio que habrá de marcar el enfriamiento definitivo de las relaciones entre Marcelo T. de Alvear y Elpidio González es la carta en la que éste expresa su sorpresa por la decisión del presidente de ausentarse de la capital sin cumplir con el requisito de pedir la correspondiente autorización del Congreso ni la delegación del mando en el vicepresidente.

Dice esa carta:

Sólo en resguardo del cargo que desempeño, le dirijo estas líneas para hacerle llegar una observación de extrañeza, que estimo justificada, por su alejamiento de la sede constitucional del Poder Ejecutivo sin haber delegado su ejercicio y sin anuncio previo al vicepresidente de la Nación, que únicamente se impuso de esa novedad por información de la prensa diaria.
La Constitución es clara y concluyente en su precepto del artículo 75 y debo invocarla, aun a riesgo de incurrir en una estrictez de interpretación por el respeto que ella y la opinión reclaman.
Como no es mi propósito plantear cuestión alguna ni atribuirle al caso una mayor trascendencia, me limito a esta sola manifestación y aprovecho la oportunidad para renovarle mi cordial afecto(7).

(7) Arturo Torres. “Elpidio González (Biografía de una Conducta)” (1951), p. 106. Ed. Raigal, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Esta carta y otras constituyeron la comidilla de muchos durante la presidencia de Alvear. Lo cierto es que, a partir de ellas, la relación entre el presidente y su vicepresidente ya no sería la misma.

Con el regreso al poder de Yrigoyen, tras ganar las elecciones presidenciales de 1928, Elpidio González vuelve a ocupar cargos ministeriales. El levantamiento del 6 de Septiembre de 1930 lo encontrará desempeñándose como ministro del Interior e interino de Guerra, este último en reemplazo del general Luis Dellepiane.

El general estaba al tanto de la conjura insurreccional sobre la cual alertó a Yrigoyen. Su intención era la de encarcelar a los cabecillas, pero el presidente lo desoyó y le ordenó desistir de tal propósito. Sintiéndose desautorizado, Dellepiane renunció a su cargo.

La actuación de González en las horas finales del segundo mandato de Yrigoyen, generó una gran controversia. En esa circunstancia aciaga, el ministro se desplazó hacia el Arsenal de Guerra, situado en Pozos y Garay, en compañía de los generales Toranzo, Adalid, Álvarez, Mosconi y Tomás Martínez y el coronel Lucas Rocca. Allí estuvo González por varias horas sin tomar ninguna decisión ni llevar adelante ninguna acción.

- “Yo no sé por qué Elpidió no cumplió con las instrucciones impartidas respecto del Arsenal de Guerra”, fue el reproche que Yrigoyen le repitió a Francisco Ratto en los meses posteriores a su caída(8).

(8) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen”, p. 552. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Una vez derrocado el Gobierno constitucional, el general José Félix Uriburu ordena la detención -entre otros- de González, quien era poco querido en el Ejército. Por otra parte, su figura había sido objeto de la descalificación más despiadada, como lo atestiguan estas rimas que le dedicaran en la Antología Poética del diario conservador “La Fronda”:

 

Para mi musa por Elpidio clamo
quiero poner en verso a un gran mucamo”.

 

Así es que, una tarde, mientras se dirige a pie a su casa de la calle Gorostiaga casi Cabildo, es interceptado por un agente de la policía quien le indica que tiene orden de arrestarlo. González, inmutable, le responde:

- “No se comprometa, cumpla con su deber(9).

(9) Arturo Torres. “Elpidio González (Biografía de una Conducta)” (1951), p. 110. Ed. Raigal, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Es llevado, pues, a la comisaría 33 y luego al Departamento Central de Policía. Finalmente, es trasladado al barco en el que también estaba detenido Yrigoyen. Tiempo después, es enviado a la isla Martín García. En su libro “Tras el alambrado de Martín García”, Alcides Greca dice:

Una cosa me ha llenado de satisfacción en medio de este profundo desprecio que a veces me invade hacia el género humano: es la dignidad de Elpidio González en la prisión. Este hombre, que ha sido vicepresidente de la República y ministro nacional en diversas ocasiones, no tiene hoy recursos para pagarse una pensión de tercera categoría.
Lleva ya dos años de prisión, casi continuada. Cada vez que se siente en el país un ligero ruido de armas, la policía va a buscarlo a Elpidio González. Él no se resiste. Marcha tranquilamente hacia la penitenciaría. Jamás se queja; jamás pide nada”.

Al dejar la prisión debe buscar un trabajo con el que ganarse la vida. Así es que pasa a trabajar como corredor de la empresa de anilinas “Colibrí”, propiedad de un amigo suyo.

La hipoteca que pesaba sobre su casa de la calle Gorostiaga es ejecutada.

Yo le oí decir a don Elpidio, en una ocasión, que cuando el radicalismo subió al poder en 1916, él tenía alrededor de 350.000 pesos, capital que fue puesto íntegramente al servicio de la política y de las campañas electorales. Y que el 6 de Septiembre de 1930, cuando la revolución de Uriburu se apoderó del Gobierno, lo sorprendió con 65.000 pesos de deudas(10).

(10) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 213. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

González deberá, pues, ir a vivir a una humilde pensión ubicada sobre la Diagonal Sur, a la que un día llega la orden de demolición. El ex vicepresidente, sorprendido por el hecho, sale a la calle para hablar con el capataz de la obra. Le explica la situación de los inquilinos y le plantea la necesidad de contar con algunos días para lograr reubicarse en algún otro lugar.

El director de la obra se sorprende al enterarse de quién era la persona que había realizado el pedido de prórroga del desalojo e informa de ello a sus superiores. La noticia corre como reguero de pólvora. Llega así a oídos del intendente de la ciudad y, luego, a los del presidente, el general Agustín Pedro Justo.

La mañana del desalojo forzoso, don Elpidio ve acercársele al secretario de la presidencia de la nación, quien deposita en sus manos un sobre cerrado.
- ‘Se lo dejo. Es la orden que tengo del general Justo, quien le envía, además, un saludo afectuoso.
- ‘Abro el sobre y se me llenan las manos de billetes nuevos. Yo no sé cuánto sería, pero eran muchos papeles de mil pesos. Felizmente -me aclara González- lo alcancé al señor que me lo había dejado y se lo devolví. No lo quería recibir de vuelta, y tuve que ponerme firme y muy serio y decirle que no iba a permitir que me ofendiera el presidente ni nadie, por más buena voluntad que hubiera de por medio’(11).

(11) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 213. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Esa noche, Elpidio González debió dormir en el viejo y desvencijado Hotel de Inmigrantes.

Toca ahora hablar de la iniciativa del diputado conservador Adrián Escobar, quien presenta un proyecto de ley por el cual se establece la pensión vitalicia para los ex presidentes y vicepresidentes de la Nación. En sus fundamentos surge, claramente, la alusión al caso de Elpidio González. El hecho de que el ex vicepresidente debiera ganarse la vida haciendo corretajes de venta de anilinas, impacta a los legisladores.

- “‘¡Don Elpidio, felicitaciones! Ya no tendrá que andar por esas calles ganándose la vida. Tiene una jubilación como ex vicepresidente. ¡Dos mil pesos mensuales! ¡Dos mil pesos!’.
Es la noticia que le da un amigo mientras lo abraza con efusión en el vestíbulo de un hotelito de ‘cinco pesos, pieza y pensión’, donde él (González) se hospeda, en la calle Carlos Pellegrini.
Pero don Elpidio responde ofendido:
- ‘No. ¡Yo no puedo aceptar eso! No, no’, sigue repitiendo, como si acabaran de proponerle un negocio deshonesto".

Pasado el primer instante de confusa emoción, le explica al amigo de buena voluntad:

- ‘Hay que servir a la Nación con desinterés personal y, después, de disfrutar el honor de haber sido presidente o vice; no se le puede exigir al Estado que nos mantenga con altos sueldos vitalicios’(12).

(12) Arturo Torres. “Elpidio González (Biografía de una Conducta)” (1951), p. 115. Ed. Raigal, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Para que no quedaran dudas de su actitud, envía una carta al presidente de la Nación, cuyo texto es el siguiente:

Habiendo sido promulgada la ley que concede una asignación vitalicia a los ex presidentes y vicepresidentes de la Nación, cúmpleme dejar constancia ante el señor Presidente, en su carácter de Jefe supremo de la nación, que tiene a su cargo la administración general del país, mi decisión irrevocable de no acogerme a los beneficios de dicha ley.
Al adoptar esta actitud, cumplo con íntimas convicciones de mi espíritu.
Entregado desde los albores de mi vida a las inspiraciones de la Unión Cívica Radical, teniendo anhelos de bien público, jamás me puse a meditar en la larga trayectoria recorrida, acerca de las contingencias adversas o beneficiosas que los acontecimientos me pudieran deparar.
No esperaba pues, esta recompensa, ni la deseo, y al renunciar a ella, me complace comprobar que estoy de acuerdo con mis ideales más arraigados.
Confío en que, Dios mediante, he de poder sobrellevar la vida con mi trabajo, sin acogerme a la ayuda de la República, por cuya grandeza he luchado, y si alguna vez he recogido amarguras y sinsabores, me siento reconfortado con creces por la fortuna de haberlo dado todo por la felicidad de mi patria(13).

(13) Ramón Columba. “El Congreso que yo he Visto” (1955), tomo II, p. 213. Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Su última participación en la vida pública habrá de ser en la campaña electoral de 1945/46. Allí apoyará a la fórmula de la Unión Democrática Tamborini - Mosca, que será derrotada por Perón.

En los primeros meses de 1951, González enferma gravemente. Es operado de su dolencia en el Hospital Italiano. Permanecerá internado allí durante seis meses. Lo que sucede en realidad, es que no tiene a dónde ir. Pobre y sin una familia que lo cuide, muere rodeado de unos pocos amigos, a las 04:25 del 18 de Octubre.

En su testamento se lee “... suplico con amor de Dios la limosna del hábito franciscano como mortaja y la plegaria de todos mis hermanos en perdón de mis pecados y en sufragio de mi alma”.

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