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Enrique Martínez ("me han traicionado")

Presidente: Hipólito Yrigoyen
Período: Octubre 1928 - Septiembre 1930
Partido o Coalición: Unión Cívica Radical

La fatiga de los años se hacía sentir sobre la humanidad de Hipólito Yrigoyen y las consecuencias las padecía su Gobierno. El desencanto que eso producía en muchos, sumado al malhumor de aquéllos que al “caudillo” no lo querían, inquietan al vicepresidente, Enrique Martínez, quien se preocupa mucho más aún después de la derrota que sufre el radicalismo en las elecciones legislativas del 2 de Marzo de 1930.

La UCR obtiene -a nivel país- 655.000 votos contra 695.000 de la oposición. Sin embargo, la caída más estrepitosa y dolorosa se verifica en la Ciudad de Buenos Aires. Allí, el radicalismo, que había logrado 127.000 votos en 1928, ahora consigue sólo 83.000 y es superado tanto por los socialistas independientes con 100.000 sufragios como por los socialistas con 84.000.

Ante tales circunstancias y aludiendo a los casos de Buenos Aires, Córdoba y la Capital Federal, Martínez sostiene que a pesar de que la Unión Cívica Radical “aumentó sus bancas ... sufrió una gran derrota. Nos derrotaba ... no una fuerza política adversa, sino un gran desconcierto en la opinión. Como tal, tenía que apreciarse el hecho y como tal, tratar de ponerle remedio”.

Señal, además, que llegó “a conversar con algunos ministros insinuándoles la oportunidad de presentar la renuncia colectiva, para conseguir -con un cambio de gobierno- inspirar de nuevo fe en la gran masa de ciudadanos que se había manifestado en contra nuestra en las urnas y esperando también que nuevos hombres aportaran nuevas ideas de moderación y economía en los gastos públicos, de gran severidad en las normas administrativas y dieran la sensación al país de un cambio de rumbo en la forma de encarar y resolver sus problemas(1).

(1) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 195. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

En el oficialismo se vive una situación de desconcierto y desaliento. Hay quienes comienzan a pensar en desplazar a Yrigoyen. Para éstos, el vicepresidente era una pieza clave a los efectos de hacerse cargo del Gobierno. Consecuentes con esta alternativa, algunos le sugieren al presidente que pida una licencia o se aleje del poder, pero éste, invariablemente, se niega.

Enrique Martínez llegó a la vicepresidencia en uno de los tantos hechos curiosos de la historia argentina. La fórmula triunfadora del radicalismo en las elecciones presidenciales del 1 de Abril de 1928 había sido la de Hipólito Yrigoyen - Francisco Beiró. Beiró era un político entrerriano, muy respetado por “el caudillo” quien, a esa altura de su vida, estaba muy enfermo. Tan enfermo estaba que falleció antes de asumir, a la edad de 51 años. Esto ocurrió el 22 de Julio.

Según testimonia Angel Beiró, durante el velatorio, Yrigoyen le expresó:

Mire, Beiró, yo necesitaba de la probidad de su padre para realizar la obra que -Dios mediante- tengo el propósito de efectuar. No siendo él, que sea cualquiera. Aunque me salga un pillo(2).

(2) Guillermo Gasió. “Yrigoyen (el Mandato Extraordinario. 1928 - 1930)”, p. 335. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Se abrió entontes un debate sobre qué hacer con la vicepresidencia.

La Unión Cívica Radical argumentaba que los Colegios Electorales debían ser convocados nuevamente a los fines de elegir al nuevo vicepresidente. El fundamento para sostener esta postura era que los Colegios Electorales sólo podían dar por terminada su labor una vez que el Congreso Nacional convalidara el escrutinio definitivo.

Otros, por el contrario, esgrimían que los Colegios Electorales ya habían finalizado su tarea y que lo que correspondía era, para unos, llamar otra vez a elecciones para cubrir la vacancia; para otros, dejar que Yrigoyen gobernara sin vicepresidente, tal como había ocurrido en los tres últimos años de su primera presidencia tras la muerte de Pelagio Luna; y, para un tercer grupo, hacer que el Congreso dictaminara sobre la situación.

Las opciones segunda y tercera abrían la posibilidad de que, por aplicación de la ley de acefalía, un político de la oposición fuera el primero en el orden sucesorio de Yrigoyen en caso que éste enfermara o falleciera. Aquí subyacía un problema, porque en el Senado el radicalismo era minoría y el presidente provisional, que había sido nombrado en la sesión del 22 de Junio, era Luis Etchevehere, de Entre Ríos, antipersonalista y, por tanto, opositor al presidente.

Al final, triunfó la postura del radicalismo cuya convención nacional eligió como candidato para ocupar la vicepresidencia a Enrique Martínez. Esto ocurrió el 2 de Agosto. Así, pues, el 6 los Colegios Electorales lo consagraron vicepresidente.

Martínez era un político cordobés prohijado por Elpidio González, hombre de extrema confianza de Yrigoyen. Venía de ganar las elecciones a gobernador de su provincia, el 11 de Marzo, en las que había derrotado a Julio Roca hijo. Al ser nombrado vicepresidente, dijo:

Se me ha conferido un alto honor, del que sabré ser digno en todo momento, en la misma forma en que respondí a la confianza de que me hizo objeto el pueblo de mi provincia...
Mis propósitos en el Gobierno no son otros que los de la más absoluta solidaridad con el doctor Yrigoyen, a quien acompañaré en su segunda presidencia con la misma fidelidad y entusiasmo con que seguí desde el llano su obra de gobierno primero y su actuación ciudadana después(3).

(3) Guillermo Gasió. “Yrigoyen (el Mandato Extraordinario. 1928 - 1930)”, p. 45. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

En esas horas de euforia y encantamiento, este médico de 40 años no imaginaba lo que la vida política de la Argentina le depararía dos años después.

El lunes 1 de Septiembre de 1930, Yrigoyen, aquejado de una gripe, debe permanecer en su casa.

La inquietud política y militar es creciente. La figura de Enrique Martínez es el centro de múltiples versiones en torno a una misma eventualidad: su ascenso a la presidencia tras el desplazamiento de Yrigoyen.

Martínez señala que “muy pocos días antes de la renuncia del general Dellepiane" (ministro de Guerra) ocurrió lo siguiente:

En una reunión en la que casualmente se encontraba el senador Del Valle, el presidente de la Cámara de Diputados, doctor Ferreyra, y el doctor Guillot, les manifesté la gravedad del momento y la necesidad que tenían los radicales de salvar al país de los acontecimientos luctuosos que se avecinaban, y que, por desagracia, mi situación de vicepresidente me impedía producir actos o actitudes que se interpretarían como una deslealtad o como el deseo de asumir el Gobierno(4).

(4) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 335. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Refiriéndose a las especulaciones que giraban alrededor del vicepresidente, los diarios de esos días decían:

Las versiones circulantes le otorgan ... un papel principalísimo, más que su participación momentánea, por la posición que, en razón de su investidura, le correspondería en el futuro” (diario “La Prensa”, -Buenos Aires-, edición del 2 de Septiembre de 1930).

Díjose que en un local de la Avenida de Mayo se habían reunido para examinar el momento político varios legisladores oficialistas y algún ministro del Poder Ejecutivo.
En esa conversación habría predominado el pensamiento de aconsejar al señor Yrigoyen la adopción de algunas medidas que dieran al país la sensación de que el Gobierno desea seguir los caminos de la ley y estimular el renacimiento de la tranquilidad.
En ese plan de rectificación de rumbos tendría un papel muy importante el vicepresidente de la República a quien, por lo demás, se haría portavoz del anhelo común ante el señor Yrigoyen. Nada de esto fue posible comprobar” (diario “La Nación”, -Buenos Aires-, edición del 2 de Septiembre de 1930).

“Crítica” informó que la reunión efectivamente había tenido lugar en la sede de “La Epoca”, donde se resolvió que “la renuncia del presidente o su licencia, sería el remedio heroico a una situación insostenible”, llegándose a plantear -según dicha fuente- “la necesidad de que el vicepresidente Martínez ocupase la Primera Magistratura y, de resultas de un cambio de gabinete, fuesen designados ministros Valentín Vergara y Roberto M. Ortiz(5).

(5) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 335. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Lo cierto es que los aprontes para el golpe de Estado comienzan en la noche del 1 de Septiembre en la base aérea del El Palomar. Ante el temor de ser apresado, el general José Félix Uriburu, cabecilla de la sublevación, toma la decisión de ocultarse en domicilios alternativos. Alterna entre la casa de Alberto Viñas y la del teniente coronel Kinkelin, en la que redacta la orden de movilización de las tropas.

De la casa de Emilio Kinkelin, Uriburu -que había hecho correr la versión de que se encontraba en el Uruguay- se desplaza a la quinta de Félix Gunther. Lo curioso es que esta quinta, “Atalaya”, que había sido propiedad del coronel Martín Yrigoyen -hermano de Hipólito- le había servido a éste de escondite durante la fracasada revuelta que encabezó en 1905 con el objetivo de derrocar al presidente Manuel Quintana.

El martes 2 de Septiembre, Yrigoyen permanece en su domicilio. Está con fiebre. La gripe no cede. El presidente se reúne hacia las últimas horas del día con los ministros Luis J. Dellepiane, Tomás Zurueta y Elpidio González. Allí se determina que los jefes y oficiales de la primera y segunda división del Ejército deben permanecer en sus puestos.

El vicepresidente se hace presente en la Casa Rosada y se entrevista con el ministro del Interior, Elpidio González. Luego, en su despacho del Senado, se reúne con el nuevo presidente de la Cámara de Diputados, Andrés Ferreyra. Ya en la tarde, sostiene un largo encuentro con senadores y diputados oficialistas. En la edición del 3 de Septiembre del diario “El Mundo” se lee:

El miedo de armas, si así puede llamarse a lo que ocurre, sale netamente desde adentro del partido gobernante... El vicepresidente tiene sus partidarios; muchos oficialistas cifran todas las esperanzas de éxito en un accidente que lleve al vicepresidente al ejercicio del Poder Ejecutivo. Por eso hasta se ha hablado de conjurar el peligro pidiéndole al presidente que renuncie. Pero el presidente no renunciará(6).

(6) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 343. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Relata Horacio Oyhanarte que “Enrique Martínez me había solicitado con urgencia una conversación por intermedio de nuestro amigo común Alberto Ibarra -quien fue, además, testigo de la misma- en la cual el vicepresidente, encareciendo la gravedad del momento, trataba de persuadirme de que era necesaria, urgente, la delegación del mando y, que en tal sentido, debía hablar al doctor Yrigoyen(7).

(7) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), pp. 343 - 344. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A medida que pasan las horas, el rumor de la renuncia de Yrigoyen va in crescendo.
“La Fronda” publica en su edición del 3 de Septiembre lo siguiente:

El vicepresidente desarrolló ayer una extraordinaria actividad en su carácter de presunto heredero. El señor Martínez, mareado por el incienso, se siente presidente”.

A la una de la tarde renuncia el ministro de Defensa, general Dellepiane. En su carta de renuncia denuncia sus desinteligencias con el presidente y se queja, a su vez, de las injerencias -en su cartera- del ministro del Interior, Elpidio González.

El diario “Ultima Hora” titula en tapa: “Se considera al general Uriburu jefe del supuesto levantamiento militar”.

El miércoles 3 de Septiembre, Hipólito Yrigoyen sigue afectado por su gripe. Por su casa pasan el ministro del Interior, Elpidio González; el ministro de Relaciones Exteriores, Horacio Oyhanarte; el secretario de la presidencia, Benavides; legisladores nacionales y dirigentes partidarios. A pesar de todas las advertencias, el presidente descree de todas las informaciones que presagian un inminente golpe de Estado.

A las 11:00 de ese día se difunde el decreto por el que se le acepta la renuncia al ministro de Defensa, general Dellepiane y, designa en su lugar -en forma interina- a Elpidio González que era poco querido en la filas del Ejército. La dimisión de Dellepiane es celebrada por los conspiradores que veían en el renunciado ministro un obstáculo para sus planes.

La figura de Martínez, quien permanece toda la tarde en su despacho del Senado, sigue siendo el centro de la atención política. “La Prensa” del 4 de Septiembre, en un artículo titulado “La situación del Poder Ejecutivo ante el oficialismo”, expresa:

Existía un movimiento en las esferas ministeriales y en los círculos políticos oficialistas para convencer al señor Yrigoyen de la necesidad de que abandone el Gobierno y facilite, dentro del resorte constitucional, la solución de la aguda crisis en que se encuentra el Poder Ejecutivo”.

Se atribuye al ministro Juan de la Campa haber sido el que “se decidió a hablar con claridad al presidente de la Nación y, será ahora, según se había acordado hasta anoche, el encargado de volver a hacerlo para mostrar al señor Yrigoyen el cuadro de la política y de la situación del momento, induciéndolo a dejar el camino expedito para la actuación del vicepresidente y la organización del nuevo ministerio”.

Por su parte, en los titulares de “Ultima Hora” del 3 de Septiembre se lee: “Hoy se pedirá la renuncia del presidente Yrigoyen. Elpidio González impidió a última hora la renuncia de Yrigoyen

Al compás de Marchas Militares el Ejército entrará en la Casa Rosada”. “La Junta Militar ha terminado la preparación del Pronunciamiento Militar”. “No habrá derramamiento de sangre. ¿Cuándo estallará el movimiento?”, “Carácter de la Revolución”, “El Gobierno está entregado”.

El jueves 4 de Septiembre, Yrigoyen sigue con gripe. La crisis política tampoco se resuelve. Sin embargo, el caudillo se siente total y absolutamente confiado en la fuerza de su Gobierno. El vicepresidente lo va a ver a su casa.

El día jueves 4 de Septiembre visité al señor Yrigoyen en su casa. Lo visitaba también el doctor Bonardi, con quien hablaba acaloradamente, rebatiendo al secretario del comité nacional las afirmaciones que éste hacía respecto a la gravedad de la situación.
La circunstancia de encontrarse en cama, su estado y el cambio de ideas que acababa de oir, me hicieron sólo hablar pocos momentos. El presidente no me indicó que pensaba delegar el mando, ni me habló de ninguna medida de gobierno a adoptarse para el caso, ni para prever acontecimientos que pudieran esperarse.
Un sentimiento de dignidad de mi parte me impedía preguntarle sobre las dos cuestiones. No podía ir yo a averiguar si el mando iba a delegárseme, ni qué medidas pensaba tomar el Gobierno para la seguridad pública.
Salí de la casa del presidente acompañado del ministro De la Campa. Con este buen amigo conversamos largamente. Martínez contrasta, por último, el estado de agitación de la opinión pública porteña contra el Gobierno con la ‘gran tranquilidad’ y ‘el gran optimismo’ que reinaba en círculos oficialistas(8).

(8) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 376. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires

Ese día 4, Enrique Martínez mantiene largas conversaciones que se extienden hasta las primeras horas del día siguiente con un grupo de radicales. El tema era cómo plantarse frente a Yrigoyen y hacerle entender lo imperioso que era que delegara el mando. El ministro De la Campa -junto con otros integrantes del gabinete y legisladores radicales- estaba al frente de aquéllos que tenían la intención de enfrentar al presidente y hacerle comprender la severidad de la situación.

El día 5, la gripe afecta todavía a Yrigoyen. Al mediodía es visitado en su casa por Elpidio González, a quienes acompañan De la Campa y el secretario de la presidencia, Silvio Bonardi. Tienen la intención de pedirle al presidente que delegue mando. El médico, doctor Pedro Escudero, quien se hallaba en casa de Yrigoyen, se ofrece para mediar ante él. Logra convencerlo, al fin, de que “deje por breve tiempo las tareas a su cargo y se someta a una cura de reposo absoluto”.

Martínez, quien se hallaba en su despacho del Senado en compañía de un grupo de legisladores oficialistas, se entera de la novedad por teléfono y es convocado a la Casa Rosada. Al llegar allí, simultáneamente con el ministro González, se cruza con el diputado Zavala, produciéndose el siguiente diálogo:

- “Ya se arregló todo -dice González-. El presidente ha delegado el mando”.
- “Pero, ¿y la agitación y el malestar que reinan?
- “Ya se arregló todo -repite González-. Declararemos el estado de sitio”.
- “Pero es que el estado de sitio sin otras medidas preventivas, es inoperante. ¿Y el Ejército?
- “¡Oh! Ya se fue ese loco de Dellepiane. Ahora soy yo el ministro de Guerra”.

El nuevo presidente, mudo(9).

(9) Félix Luna. “Yrigoyen (el Templario de la Libertad)” (1956), p. 468. Ed. Raigal, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Por lo tanto, a las 5 de la tarde, ya en la Casa de Gobierno, el ministro del Interior comunica la novedad a la opinión pública. Inmediatamente tiene lugar una reunión de gabinete que encabeza el vicepresidente a cargo del Poder Ejecutivo.

Recuerda Martínez:

Me informé con desagrado de que el decreto no estaba firmado por el presidente. Observé que no me haría cargo del mando si no se firmaba y mientras se llenaba esa formalidad se discutió el decreto sobre el estado de sitio.
Cuando se me entregó el mando (aceptado, ‘a fin de evitar en tan excepcionales momentos, su -la del Gobierno- total acefalía’), pensé en ejercerlo con la amplitud que el momento exigía, ya que esa delegación no era la ordinaria que hace el Jefe de Estado cuando debe ausentarse de la capital; era la delegación en un momento en que hacía falta buscar soluciones políticas, y el vicepresidente debía tratar de conseguirlas en plena tormenta, aunque fuera por el tiempo que los acontecimientos, o el presidente titular, lo dejaran frente al Gobierno del país”.

Importaba “rectificar parte del camino seguido y estaba resuelto a hacerlo ... de acuerdo a lo que entendía el cumplimiento de mi deber y con los hombres que coincidían con mi pensamiento.
"Mi afecto reconocido por el señor Yrigoyen no me habría impedido, sin embargo, rectificar de su obra de gobierno lo que patrióticamente creyera necesario, aun cuando mi permanencia en el cargo sólo hubiera sido por breves momentos(10).

(10) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), pp. 415 - 416. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Ya asumida la presidencia, el vicepresidente decreta el estado de sitio.

Otra vez Martínez:

Decidí tal medida ante el apasionamiento de los ánimos y ante la información de que se proyectaba una manifestación de estudiantes que llegaría hasta la Casa de Gobierno a pedir la renuncia del presidente y de sus ministros, lo que podía producir un choque con la policía, que hubiera manchado con sangre de la juventud universitaria las calles de Buenos Aires(11).

(11) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 417. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Martínez también piensa en un recambio integral del gabinete. Recuerda Elpidio González:

El día 5 de Septiembre, el doctor Martínez me comunicó que tenía el pensamiento de cambiar el Ministerio, adelantándome que el doctor De la Campa y yo quedaríamos formando parte del mismo (yo en Interior).
Contesté al señor vicepresidente que pensaba, con toda sinceridad, que no debía tocar absolutamente nada. Me dijo que así lo haría(12).

(12) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 417. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

En su ajetreada agenda de esas horas, Enrique Martínez recibe en Casa de Gobierno a los generales Marcilese y Alvarez. En esa entrevista, el vicepresidente manifiesta su deseo de visitar las unidades militares de Campo de Mayo, El Palomar y el Colegio Militar. Ambos jefes militares desaconsejan esas visitas por la intranquilidad que podían generar.

Recuerda Martínez:

En un aparte con el jefe de la primera división, general Marcilese, y el ministro, doctor De la Campa, aquél me manifestó:
- ‘Esta no es la solución. Debió ser la renuncia del presidente, y a ese objetivo teníamos el propósito de reunirnos un grupo de jefes para hablarle al doctor Yrigoyen. Hay que cambiar de ministerio; no debe quedar nadie, a lo más el señor ministro de Justicia’.
Le expresé que ése era mi pensamiento, pero que, dada la forma en que me había hecho cargo del Gobierno, no podía haberme adelantado a ofrecer ministerios y que al día siguiente me disponía a formarlo.
El doctor De la Campa me ofreció su renuncia y me prometió hablar con otros colegas para conseguir su dimisión(13).

(13) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 418. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El título destacado de “Ultima Hora” de ese día 5 era: “Las tropas de Campo de Mayo formularon un ultimátum” - “Yrigoyen debe renunciar antes del Lunes” - “Una versión extraordinaria y decisiva”.

A las seis y media de la mañana del sábado 6 de Septiembre suena la sirena de la base aérea de El Palomar. Era el comienzo de la insurrección. El día D había llegado.

A partir de las 7 de la mañana comienzan a despegar aviones militares comprometidos con la sublevación. A las siete y media, el general Uriburu llega al Colegio Militar de la Nación, base principal de operaciones del movimiento militar.

La columna del Colegio Militar estaba compuesta por oficiales y cadetes, entre los que se encontraban algunos que serían protagonistas de hechos de gran repercusión en la historia argentina, a saber: tenientes primeros Juan José Valle, Julio A. Lagos, José M. Sosa Molina; tenientes Francisco A. Imaz, Arturo Ossorio Arana; cadetes, Bernardino Labayru, Emilio Bonnecarrere, Alvaro Carlos Alsogaray, Rosendo M. Fraga, Manuel Reimundes, Carlos Fontán Balestra, Federico Toranzo Montero, Enrique Rauch y Julio Carlos Señorans.

Rememora Alvaro Alsogaray:

Yo había sufrido un desgarro muy fuerte en una pierna y no podía caminar. Ni remotamente habría podido marchar. Me permitieron ir en un sidecar para acompañar a mis compañeros.
Fui con la columna hasta Rivadavia y Pueyrredón. Por eso no participé del combate que se libró en el Congreso ni llegué a la Casa Rosada(14).

(14) Pablo Mendelevich y Claudio Savoia. “El Primer Golpe”, en: “Viva”, revista del diario “Clarín”, (Buenos Aires), edicióndel 6 de Septiembre de 1998. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A la una y media de la tarde, Uriburu sale del Colegio Militar para ponerse al frente de las tropas que se dirigían a la Casa de Gobierno.

En la casa de Yrigoyen reina la angustia. El regimiento de Granaderos se despliega en las inmediaciones de su vivienda para darle protección. Yrigoyen le pide al doctor Armando Meabe, su médico personal, que se dirija a la Casa Rosada para que se ordene la organización de la defensa del Gobierno y la movilización partidaria.

Recuerda Martínez:

A las 3 de la madrugada del día 6 llegó el Jefe de Policía a mi casa, para informarme de lo que ocurría en esos momentos en la Facultad de Medicina. Le recomendé tomar las providencias necesarias para evitar la alteración del orden, procurando que el personal de policía procediera con la serenidad debida, para evitar que la opinión se enardeciera aún más...
A las seis y media se me anunció que se había tomado a un grupo de civiles que se dirigía a Campo de Mayo y que se tenía rodeada la casa del diputado Fresco, donde se celebraba una reunión de personas y que se tomaban las medidas del caso para detenerlas"(15).

(15) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 476. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo expresa que es su voluntad la de producir un recambio inmediato del gabinete. Sólo permanecerían dos ministros, González y De la Campa. Las nuevas designaciones serían las de Enrique Larreta, en la Cancillería; Honorio Pueyrredón, en Hacienda; y el almirante Segundo Storni, en Marina.

El ministro Horacio Oyhanarte se opone fuertemente a esto; Elpidio González también. La confusión aumenta ya que nadie sabe bien qué es lo que está pasando en el orden militar.

Tras la reunión de gabinete, Martínez decreta la extensión del estado de sitio a todo el país y la suspensión de las elecciones a gobernador en Mendoza y San Juan fijadas para el domingo 7 de Septiembre, es decir, el día siguiente.

Ambos decretos fueron discutidos hasta con acaloramiento pero, en definitiva, fueron firmados. La opinión pública señalaba como verdaderos escándalos las Intervenciones a esas dos provincias (San Juan y Mendoza) y la protesta contra esos comicios se levantaba en todo el país.
Se imponía, entonces, en momentos tan graves, suspender el acto eleccionario con el propósito de analizar la conducta de las Intervenciones y, después de tener una seguridad absoluta de que los comicios serían correctos, permitir su realización.
Esta medida también había sido señalada al Jefe de Gobierno, de modo que al ejecutarla, sólo ponía en práctica mis propias opiniones(16).

(16) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 477. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

En la Casa Rosada la información sigue siendo confusa. La conducta de Martínez genera recelos y dudas. Sigue Martínez:

Pedí informes y desde ese momento empezaron las confusiones que habrían de seguir todo el día. Mientras unos me informaban que eran aviones adictos al Gobierno que pretendían dar caza a un avión que repartía volantes revolucionarios, otros aseguraban que todos eran revolucionarios(17).

(17) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 479. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A mediodía, Martínez le pide a Amancio Zimmerman que vaya a la casa de Yrigoyen a decirle que “no veía claro, porque todo estaba medio oscuro”.

Según el coronel Valotta, a esa altura de la jornada, Martínez, obsesionado por detener cualquier posibilidad de enfrentamientos y pérdida de vidas, pensaba en presentar su renuncia, no sin antes consultarlo con Yrigoyen.

Se produce entonces un altercado entre el vicepresidente y el ministro de Guerra. Martínez lo recuerda así:

Le pregunté al ministro del Interior y de Guerra si contaba con las tropas necesarias para sofocar el movimiento. Ante una respuesta ambigua del ministro, le pregunté si estaba seguro de que la tropa haría fuego contra el pueblo y las tropas sublevadas. Me contestó que creía que sí. El coronel Valotta, dirigiéndose al ministro González, le dijo:
- ‘No hay nada qué hacer; la revolución está triunfante. Esta es la consecuencia de los errores que desde hace un año le hemos vanido señalando al presidente y a usted, sin que se tomara una sola medida de las aconsejadas’.
El teniente coronel Fernández Valdés manifestó que no se podía hacer tal afirmación en términos absolutos, que había que hacer un balance de las tropas leales y de las tropas sublevadas.
Preguntado el ministro González con qué tropas contábamos, no pudo dar contestación satisfactoria(18).

(18) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 480. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Testimonia el teniente coronel Fernández Valdés haber presenciado el siguiente diálogo entre el vicepresidente y el ministro de Interior e interino de Guerra:

- “Doctor Martínez:
- ‘Este es el resultado de la política del silencio que se ha seguido ante el presidente de la Nación a quien ha rodeado un círculo impenetrable’.
- "González:
- ‘Creo que no es el momento de hacernos inculpaciones’.
- "Doctor Martínez:
- ‘Es que tengo razón para hacerlas, señor ministro, porque usted sabe muy bien que, encontrándome en ejercicio de la presidencia desde ayer a la tarde, dos de los ministros han ido a consultar a la calle Brasil (a la casa de Yrigoyen) sobre un decreto que se proyectaba dar’.
- "González:
- ‘Yo, señor presidente, no quiero estorbar su acción y y desde ya ofrezco a usted mi renuncia’.
- "Doctor Martínez:
- ‘Este no es el momento de renunciar, cuando estamos frente al enemigo’(19).
- "Sí, soy el presidente para unas cosas y no para otras. Soy el presidente pero me encuentro aislado. No sé dónde están el ministro de Guerra, ni el Jefe del Comando, ni si hay o no fuerzas leales al Gobierno de la capital(20).

(19) y (20) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), pp. 481 y 512, respectivamente. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El ministro de Obras Públicas, José Benjamín Ábalos, le sugiere a Martínez que envíe a los teniente coroneles Gregorio Pomar y Roberto Bosch a inspeccionar Campo de Mayo. Entonces, el vicepresidente responde:

- “Yo no quiero que se derrame una sola gota de sangre”.
- “Usted se preocupa por una sola gota de sangre, pero olvida que nuestro partido ha derramado a torrentes la suya en defensa de sus ideales(21), es la réplica furiosa de Abalos.

(21) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 512. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A esta altura de los acontecimientos, Martínez ya había recibido el telegrama de Uriburu en el que éste exige la renuncia suya y de Yrigoyen.

Martínez permanece en el despacho presidencial a la espera de los hechos y a las 5 de la tarde dispone izar en el mástil -ubicado frente a la Casa Rosada- una bandera de parlamento (varios testimonios dicen que fue un mantel o bien una sábana) y hacer retirar a todas las tropas que defendían la sede gubernativa.

Al respecto, recuerda Martínez:

Ordené levantar bandera de parlamento y dí instrucciones de no hacer fuego contra el pueblo y las tropas que llegaban a la Casa de Gobierno. Asumo toda la responsabilidad de esa medida. Tengo plena fe de que cumplí con mi deber evitando el sacrificio inútil de un puñado de valientes con su digno jefe a la cabeza, que hacía guardia en la Casa de Gobierno, y del pueblo, que olvidando su tradición cívica y la enseñanza de que los comicios es la única y mejor arma para librarse de los malos Gobiernos, acompañaba delirante al general revolucionario, que al día siguiente habría de convertirse en el conculcador de sus libertades(22).

(22) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 536. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Atilio Larco, allí presente, da su versión:

Me acerqué a Martínez en esos momentos y le dije:
- ‘Vea presidente; si se necesita un hombre leal y decidido, aquí estoy yo. Usted no tiene derecho de entregar a los radicales como a cobardes; no tememos las revoluciones; esto es indigno de hombres que han luchado más de cuarenta años por un ideal’.
Martínez me contestó:
- ‘No quiero que se derrame una sola gota de sangre, aunque después me llamen traidor’(23).

(23) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 537. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Muchos años más tarde, el historiador y consejero del presidente Kennedy, Arthur M. Schlesinger (Jr.), observó, ante una crisis parecida que “el político que espera demasiado para estar seguro de sus actos, corre el riesgo de perder la oportunidad de dominar el curso de los acontecimientos”.

Martínez concuerda con la iniciativa de algunos oficiales de salir al encuentro de Uriburu, para hacerle saber que el vicepresidente lo invitaba a entrevistarse con él en la Casa Rosada, en la que ya flameaba la bandera de parlamento. Quien logra ese cometido es el capitán Casamayor, edecán naval, que lo alcanza a Uriburu en Córdoba y Callao.

La respuesta del cabecilla de la insurrección es contundentee: lo único que le quedaba por hacer al doctor Martínez, era entregarle su renuncia.

Cuando la columna de avanzada de la sublevación llega al Congreso, se registra el único enfrentamiento. Su saldo es de 23 muertos y 154 heridos.

Finalmente, las tropas llegan a la Plaza de Mayo y el general Uriburu hace su entrada en la Casa de Gobierno a las 6 de la tarde, dirigiéndose hacia donde estaba el vicepresidente.

El momento decisivo había llegado. Martínez y Uriburu se encuentran en el salón comedor de la presidencia.

- “¡Me han traicionado!’’, exclama el vicepresidente, una frase que dará mucho que hablar.

En efecto, algunos creyeron que esa expresión reflejaba el incumplimiento de un acuerdo entre Uriburu y Martínez por el cual, una vez derrocado Yrigoyen, el vicepresidente se haría cargo del Gobierno. Esto obligó a Martínez a negar esta especie y aclarar que

la frase era la expresión de un sentimiento nacido al calor de las horas vividas ese día. Informaciones contradictorias cuando no intencionalmente falsas; el incumplimiento de las órdenes que se daban, que no llegaban a destino, y que si llegaban no eran cumplidas; la falta de asistencia de los organismos que eran los llamados a prestarla; la circunstancia en que se me había entregado el Gobierno; el desquicio absoluto de todo mecanismo gubernativo; la ausencia de los ministros con la sola excepción del doctor Abalos; el abandono de todos los elementos responsables de la situación creada; el convencimiento de la falta de solidaridad tenida con quien nada podría reprochársele y que había demostrado ampliamente su consecuencia con el partido y con la persona del presidente, me inspiraron esa frase...(24).

(24) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 548. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Pero volvamos a lo sucedido en el comedor presidencial; Félix Luna reproduce así aquella circunstancia crucial:

El salón estaba lleno. A un lado, Uriburu y los suyos. Al otro, Martínez y Abalos, Lorenzo Torres y los tenientes coroneles Pomar y Noble.
Expeditivo, Uriburu dice:
- ‘Doctor Martínez, buenas tardes. Vengo a exigirle su renuncia de vicepresidente en ejercicio’.
Pomar y Abalos le soplan desesperadamente:
- ‘¡No renuncie, doctor! Campo de Mayo no se ha movido y tenemos el Arsenal y la Policía... ¡No renuncie!’
Con un tono sorprendentemente enérgico, Martínez replica:
- ‘¡Yo no renuncio!’
Sorpresa y despecho en los sublevados. Uriburu insiste:
- ‘Piense en su responsabilidad y en el derramamiento inútil de sangre...’.
Más débilmente, alega Martínez:
- ‘¡Yo no puedo renunciar!’
- ‘El pueblo exige su renuncia’.
Varios de los presentes se hacen eco de estas palabras. Un civil grita fuertemente:
- ‘¡Que renuncie!’
Uriburu expresa en tono perentorio:
- ‘Doctor Martínez, necesito su última palabra. Y dese cuenta de la gravedad de la situación’.
Cada vez más débilmente, Martínez musita:
- ‘Me doy cuenta pero no renuncio. Hágame fisilar, si quiere...’.
- ‘No me crea tan zonzo como para transformarlo en mártir’.
Un momento de silencio. Sánchez Sorondo comenta:
- ‘No renunciará mientras esos estén con él’.
Entonces, con gesto teatral, Uriburu ordena tomar preso a Martínez y al mayor Kinkelin, su alter ego, que bombardee el Arsenal y el Departamento de Policía. Ante la absurda orden se alzan unas voces blancas de protesta entre el auditorio.
En tono melodramático un jovencito del público comienza a declamar:
- ‘En nombre del estudiantado argentino, me opongo al derramamiento de sangre y exijo...’.
Pero Uriburu corta el versito del efebo, desenfunda nerviosamente un revólver de bandido mexicano que llevaba encima y pega el onsabido grito de los pronunciamientos sudamericanos:
- ‘¡Aquí mando yo, carajo!’
En ese momento interviene Justo:
- ‘Calma Pepe’, pontifica. Y pide autorización, junto con Sánchez Sorondo, para hablar con Martínez. Se alejan con él a un salón contiguo, junto con Abalos y don Luis Colombo.
Después de un rato de conversación a solas, sin consultar con sus amigos ni aclarar el sentido de su actitud, firma mansamente un texto que alguien le alcanza, sin poder conseguir Abalos alcanzarle una renuncia -que había hecho redactar de prisa al señor Eduardo Colom- resignando el mando en la Corte Suprema”.

El después fue ingrato y hostil para Enrique Martínez, acusado por sus correligionarios como uno de los responsables de la caída de aquel Gobierno.

En respuesta a esas acusaciones difundió, en 1932, un largo testimonio en el que intentó explicar su conducta. El título del citado documento era: “Ante el Tribunal de la Opinión” que consta de seis capítulos: “Ante el tribunal de la opinión pública”, “Mi radicalismo”, “El ambiente revolucionario", “Delegación del mando”, “Estado de Sitio”, “La Revolución”, “Palabras Finales”.

Al concluir, expresa Martínez que

... la verdad, la austera verdad que reafirmará la historia, dirá siempre que la revolución fue hecha contra un Gobierno que no ejercí, y que fue vencedora porque fallaron los medios para impedirla.
Me tocó -en un momento grave de la historia- resignar el más alto honor a que un argentino puede aspirar. Lo hice de frente y de cara al triunfador... Si en esos dramáticos momentos, rodeado de muy pocos, presenté mi renuncia, permítaseme que declare que al salvar mi decoro, evité al partido el espectáculo de la fuga total(25).

(25) Félix Luna. “Yrigoyen (el Templario de la Libertad)” (1956), pp. 479 - 480. Ed. Raigal, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El ex ministro Abalos, quien acompañaba a Martínez en el momento de su renuncia lo refutó duramente:

Usted no salvó su decoro, ni evitó el espectáculo de la fuga total. Usted se quedó sujeto del brazo, como un niño azorado que ve la tormenta detrás de los vidrios y pestañea a cada relámpago...
En aquellas horas menos trágicas que ridículas que nos hizo vivir, usted no pensó sino en que no debía verterse una sola gota de sangre; era su única frase, la cantilena indigna que le dictaba su incurable miedo(26).

(26) Félix Luna. “Yrigoyen (el Templario de la Libertad)” (1956), pp. 479 - 480. Ed. Raigal, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Martínez no se queda callado ante esto, y vuelve a la carga con otra nota en la que, tras llamar a Abalos “tilingo con ridículas pretensiones”, expresa que:

No se dan cuenta de que cuanto más se uniformen para herirme y más se comploten para exhibirme como el único culpable, más absurda resultará la imputación y más clara a la conciencia pública la maniobra...
Frente a la jauría desatada, quien no quiso derramar sangre ajena inútilmente para pintarse de valiente, está dispuesto a defender su honor con la propia, si es que hay un hombre detrás del farsante, que pretende aparecer como el héroe de Septiembre(27).

(27) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 556. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

La disputa entre el ex vicepresidente y el ex ministro dio origen a un duelo que tuvo lugar en Josefina, provincia de Santa Fe, el 28 de Marzo de 1932. Según reza el acta:

Se realizó un solo asalto de seis segundos de duración, recibiendo el doctor Martínez heridas que, al obstaculizar la visión, los facultativos estimaron suficientes para la terminación del lance, por colocar al doctor Martínez en absoluta inferioridad de condiciones.
Se trató de una herida de pómulo a pómulo que pasaba por la nariz(28).

(28) Guillermo Gasió. “La Caída de Yrigoyen” (2006), p. 556. Ed. Corregidor, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Cuando Yrigoycn recuperó su libertad, Martínez intentó entrevistarse con él. Sin embargo, y a pesar de las gestiones que hicieron varios dirigentes radicales, no lo logró. Hasta el final de sus días, “el Peludo” les expresó a quienes intentaron mediar para concretar ese encuentro, que a su ex vicepresidente no lo quería ver nunca más. Y así fue.

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