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La caida de un Gobierno

El segundo Gobierno de Hipólito Yrigoyen ha caído sin pena ni gloria. La sublevación ha triunfado. Dicen Sabsay y Etchepareborda que el levantamiento del 6 de Septiembre no es un eslabón perdido y aislado en el acontecer histórico argentino. En efecto; se ha dicho con acierto que es una consecuencia del proceso cívico-militar que arranca en el 90 y causa de muchas de las desgracias cívicas que afligieran al país hasta mucho después(1).

(1) Fernando L. Sabsay y Roberto Etchepareborda. “El Estado Liberal Democrático”, p. 361. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

El doctor Ricardo Harvey agrega que “los muchos procesos revolucionarios realizados antes en la Argentina no recibieron igual condenación que éste de 1930; la diferencia entre aquéllos y éste, es que el último triunfó e impuso sus objetivos, mientras los anteriores -con igual participación cívico-militar, encontraron Gobiernos capaces de afrontarlos y vencerlos, y no un grupo amorfo de políticos embarcados en sus propios proyectos que tan siquiera no pudieron o no supieron cómo mantenerse en el poder.
Y es que a aquéllos -agrega Harvey- los impulsaban sectores radicales, cuyos intelectuales se habían encargado de darle un aura romántica en profusión de trabajos, mientras éste último tuvo su inspiración en sectores de la centro-derecha, que generalmente es poco amante de crearse legendarias fundamentaciones”.

Los dos grandes rotativos porteños aparecían el día 7 con sendos comentarios acerca de la insurrección. “La Nación” decía que “en un movimiento popular, verdadera apoteosis cívica, Buenos Aires ha enterrado para siempre el régimen instaurado por el señor Yrigoyen.
Hasta pocas horas antes de su caída, parecía firmemente asentado sobre la venalidad, la sumisión y el desprecio de la inteligencia. Esas características constituían los rasgos fundamentales de su ética, que junto con los adornos grotescos de su adjetivación delirante y los descoyuntamientos de su sintaxis, dará una fisonomía especial a todo un período de la vida argentina.
El pueblo de Buenos Aires ha acabado ayer con todo eso. Y al decir así comprendemos en la designación al Ejército que, por su tradición y su contextura, no es entre nosotros una casta diferenciada, sino una de las partes más nobles y puras del pueblo mismo”.

“La Prensa” comenzaba diciendo que “no hemos deseado lo que sucede, ni hemos luchado para ver lo que vemos”. Decía que el diario "había reclamado siempre la reorganización de los viejos partidos o la fundación de nuevos organismos que vinieran a consumar la instrumentación de las ideas en el escenario nacional, y reclamó también la reorganización del llamado partido 'radical' para quedar habilitado para controlar la acción de los elementos cívicos que su esfuerzo llevase a actuar al frente del poder público y pudiese verificar la ética del partido con la que aplicasen en la vida los partidarios que aspirasen a ser funcionarios y magistrados o los que tales cargos obtuviesen...
En una palabra, se quiso que los ciudadanos agrupados en partidos, lucharan en los comicios con otros partidos y en ningún caso con el Gobierno trocado en partido armado y ayudado con las armas, los privilegios, las ventajas y los recursos del poder público”.

Terminaba expresando que “nunca antes en la Argentina quiso mostrarse y se mostró más prepotente, más omnisciente, ni llegó a dejar mayor constancia de su incapacidad de actuar, respetar y ser respetable.
El epílogo que resume toda la acción de un Gobierno de prepotencia, está aquí en este fragor de armas que produce gran dolor y a la vez hace germinar grandes esperanzas en el espíritu y en el corazón de este pueblo que, como última palabra de los desaparecidos gobernantes, vio ametrallar a mansalva a sus niños y a sus jóvenes en las calles de la gran ciudad histórica de los argentinos(2).

(2) Juan V. Orona. “La Revolución del 6 de Septiembre” (1966), pp. 89 a 91. Ed. Imprenta López, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

Un Gobierno de raigambre eminentemente popular, un caudillo auténtico, de trascendente personalidad, eran derribados por una parada militar exitosa.
Uno de los triunfadores reflexionaba sobre lo sucedido: ‘En el espíritu de los que habíamos participado en la preparación y realización, quedaba una amarga pena; la mayor parte de los oficiales no habían intervenido porque no se los había hablado. Como consecuencia de ello, las tropas no habían salido de sus cuarteles para apoyar el movimiento sino en una proporción insignificante.
‘En cambio dos regimientos de la capital estaban francamente opuestos a la revolución y en Campo de Mayo se sabía que no podía contarse con apoyo alguno. Sólo un milagro pudo salvar la revolución. Ese milagro lo realizó el pueblo de Buenos Aires, que en forma de una avalancha humana se desbordó en las calles al grito de ‘Viva la Revolución’, que tomó la Casa de Gobierno, que decidió a las tropas en favor del movimiento y cooperó en todas formas a decidir una victoria que de otro modo hubiera sido demasiado costosa, sino imposible’(3)

(3) Fernando L. Sabsay y Roberto Etchepareborda. “El Estado Liberal Democrático”, pp. 354 - 355. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

Terminaba un ciclo histórico, iniciado en 1912, con el sufragio libre; aparecía el Ejército asumiendo por primera vez una responsabilidad política propia, en la Argentina contemporánea”.

El doctor Ricardo Harvey agrega que una parte del Ejército ya lo había intentado antes, como ahora, en 1890, en 1893 y en 1905, pero no había podido triunfar. Importante es recordarlo.

- El Gobierno de facto

El 7 de Septiembre de 1930, José Félix Uriburu designaba su gabinete, integrado por militares y civiles provenientes del sector conservador y en particular de sus vertientes más nacionalistas. Nombra vicepresidente a Antonio Santamarina, dirigente conservador de la provincia de Buenos Aires, quien renunció al cargo pocos días después, sin que se designara a nadie en su reemplazo.

En el Ministerio del Interior se designó al doctor Matías Sánchez Sorondo; en Relaciones Exteriores y Culto, al doctor Ernesto Bosch; en Hacienda, al doctor Enrique Pérez; en Justicia e Instrucción Pública, al doctor Ernesto E. Padilla; en Guerra, al general Francisco Padilla; en Marina, al almirante Abel Renard; en Agricultura, al doctor Horacio Beccar Varela; en Obras Públicas, al ingeniero Octavio S. Pico. “Un Ministerio de notabilidades, como se acaba de ver”(4).

(4) Juan V. Orona. “La Revolución del 6 de Septiembre” (1966), p. 91. Ed. Imprenta López, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

Un agudo analista de la historia política y militar argentina, el estadounidense Robert Potash(5), expresa que el Gobierno de Uriburu no fue una Junta Militar en el habitual sentido latinoamericano de un cuerpo ejecutivo en el cual las Fuerzas Armadas están representadas directamente en proporción con su fuerza o su aporte a la acción revolucionaria que les permite la conquista del poder.

(5) Robert A. Potash. “El Ejército y la Política en la Argentina. 1928 - 1945 (de Yrigoyen a Perón)” (1985), pp. 88 - 89. Ed. Hyspamérica, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

En su condición de oficial retirado, Uriburu no tenía mando militar en 1930 y el éxito que alcanzó fue consecuencia, no tanto de su posición en la jerarquía militar, como de su enorme prestigio personal tanto entre los oficiales en servicio activo como entre los retirados. Dice después que el Gobierno que se originó en este movimiento fue principalmente civil.

El gabinete constituido por Uriburu estaba formado, además de los ministros de Guerra y Marina, por hombres que habían ocupado cargos públicos antes de la época de Yrigoyen o que habían actuado en las esferas comerciales y profesionales y el predominio de los civiles es también notable en los casos de los hombres designados para los cargos de interventores provinciales y las gobernaciones de los Territorios Nacionales.

- La disolución del Congreso y la actitud de los “44”

Se había dictado, asimismo, un decreto disponiendo la disolución del Congreso. Antes de ello, y habiéndose operado ya el cambio de autoridades, fue enviado al Congreso el capitán Campero, de la plana mayor del Colegio Militar, quien fue atendido por el secretario Guerrico y, al solicitar hablar con el presidente del cuerpo, que lo era hasta ese momento el senador por Corrientes, doctor Juan Ramón Vidal, lo recibió éste acompañado de otros legisladores enemigos del Gobierno depuesto; fueron saludados por el militar, presentándole sus excusas por las molestias que hubiera podido causar y haciéndoles saber que el teniente general Uriburu les hacía llegar su saludo y que, si así lo deseaban, los esperaba en su despacho de la Casa de Gobierno.

Los 44 ex legisladores que suscribieron el célebre manifiesto del 8 de Agosto expresaron su conformidad con la decisión de clausurar el Congreso y dieron a conocer un manifiesto, en el que se explicaba al pueblo la actitud asumida. Los ex senadores Vidal, Melo, Etchevehere, Linares Guzmán, Campos, Serrey, Vallejo, Pérez Virasoro, Ruzo y De la Fuente se trasladaron a la Casa de Gobierno y entrevistaron al ministro del Interior, doctor Sánchez Sorondo, quien dio precisiones acerca del discurso-programa que había leído Uriburu al prestar el juramento de ley ante el pueblo, agregando que el Gobierno no daría un paso sin consultar a los partidos políticos, desarrollando así una tarea que sería satisfactoria para todos.

En esa oportunidad, el senador correntino, doctor Vidal, le contestó que estaba en un todo de acuerdocon esos propósitos y que además su partido publicaría un manifiesto de adhesión, lo que también manifestó el senador socialista De Tomaso.

Por su parte, otro socialista, el doctor Nicolás Matienzo, si bien hizo objeciones de principio sobre la constitucionalidad del actual Gobierno, agregó que tenía confianza en sus autoridades y les ofreció su colaboración, a lo que el ministro contestó señalando que nunca había habido más paz entre los partidos que en estos momentos.

El manifiesto dado por los senadores, suscripto -entre otros opositores- por Juan Ramón Vidal y Evaristo Pérez Virasoro, expresaba que “la actitud adoptada había sido para colaborar con el restablecimiento de las instituciones republicanas, haciendo a la vez el honor al mandato de respetarlas y practicarlas. Después de cumplido más de medio siglo de jurada la Constitución Nacional, la prepotencia de un presidente que se creía investido de poderes extraordinarios, donde había casi nulificada la función del Congreso, base esencial del Gobierno representativo y de las constituciones libres”.

Señalaba la declaración que “corría el último mes del período constitucional y no obstante que el Senado estaba constituido desde Abril, se veía impedido de iniciar su labor porque la mayoría de diputados -adicta al presidente- venía dilatando su organización y con ello la apertura del Congreso.
La República se encontraba sin presidente para el caso de acefalía; los actos de alzamiento contra la Constitución y las leyes fueron expuestos ante el pueblo por los partidos y, en el último período del Congreso, la mayoría parlamentaria del Senado votó, ante sus desmanes, las resoluciones más severas que se hayan conocido en nuestros anales, como la de haber faltado a sus deberes constitucionales y legales, conminándolo a su retorno.
Pero careciendo de la fuerza el Senado -por la complicidad de la mayoría de Diputados excluyente de un juicio político- no quedaba recurso institucional alguno que pudiera poner contención al avance de la dictadura. Ante estos hechos, el pueblo y el Ejército se han erguido para consagrar su imperio y cancelar representaciones de quienes deslealmente se colocaron fuera de la órbita del otorgamiento, ejercitándola en daño y mengua de sus mandantes”.

Por su parte, los ex diputados nacionales, entre los que se encontraban Laureano Landaburu, Ramón Alvarado, Rodolfo Moreno, Antonio Santamarina, Manuel A. Fresco (h), Manuel F. Amoedo, Edgardo J. Míguez, Miguel A. Cárcano, Nicanor Costa Méndez, José Aguirre Cámara, Federico Pinedo, Héctor González Iramain, Antonio De Tomaso, Roberto J. Noble y otros, además de los representantes correntinos Felipe C. Solari (autonomista) y Armando Meabe (liberal), dieron su opinión sobre el Congreso “al que la mayoría yrigoyenista lo degradó, primero con el abuso del número, impidiendo los debates y la acción de las minorías y, finalmente, con el abandono de toda función, retardando casi todo un período legislativo".

El rechazo de los títulos inobjetables -continuaba- y aceptación de diplomas provenientes de comicios falsos, eran los fundamentos de la disolución del Poder Legislativo por parte del Gobierno Provisional, y constituían los motivos tenidos en cuenta por los diputados opositores para actuar en la revolución, determinando deliberadamente la caducidad de sus propios títulos, que la aceptaban pese a ser legales y limpios, como que fueron obtenidos desde la oposición, para que el pueblo argentino -al amparo de la Constitución y de la Ley Saenz Peña- libre de presiones oficiales, pudiera expresar su voluntad(6).

(6) Diario “La Prensa”, (Buenos Aires), ediciones del 7, 9, 10 y 11 de Septiembre de 1930. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

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