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RESUCITA EL RADICALISMO PERSONALISTA

- Las contradicciones de una insurrección

El año 1931 trajo acontecimientos de tal significación que modificaron muchos de los caminos pensados o proyectados para dar una salida a la cuestión institucional y fueron presentando en su conjunto las contradicciones -aparentes o reales- de la política del Gobierno de facto en relación con la de los partidos políticos que lo acompañaron desde el inicio del movimiento septembrino.

Ya se ha reseñado con anterioridad los propósitos y aspiraciones que guiaban al presidente de facto, general José Félix Uriburu, y como muchos de esos proyectos quedaron eliminados en la preparación misma del golpe insurreccional, por exigencia de una parte de la oficialidad comprometida que aspiraba a una salida orientada hacia el camino del reconocimiento del accionar de los partidos que actuaron en la oposición al Gobierno del doctor Yrigoyen.

Ese grupo de partidos opositores quería una vuelta a la normalidad constitucional, con el llamado a elecciones inmediato para todas las categorías de los poderes del Estado, mientras el Ejecutivo provisional se manifestaba partidario de una previa reforma constitucional ligada fundamentalmente a la transformación del sistema representativo que regía, a formas no bien definidas de representación corporativa, modificando el alcance popular de la Ley Saenz Peña.

El objetivo de Uriburu -dice Potash- era la adopción de reformas constitucionales que, en su opinión, impedirían la repetición de un Gobierno tipo Yrigoyen. Además de otras disposiciones, la esencia era la modificación del sistema electoral vigente de sufragio masculino universal y representación geográfica, orientándose los proyectos a cierto tipo de voto limitado, procurando establecer la representación directa de grupos funcionales, aunque nunca se explicaron los detalles(1).

(1) Robert Potash. “El Ejército y la Política en Argentina. 1928 - 1945 (de Yrigoyen a Perón)” (1985), p. 101. Ed. Hyspamérica, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

Pero ajustado por propia determinación y el juramento prestado -al asumir- a la Constitución Nacional, advertía que no era posible reformarla sin la elección previa de los miembros del Congreso, único órgano que podía declarar la necesidad de la reforma constitucional, para lo que debía convocar al pueblo a la elección directa de los diputados nacionales y constituir también previamente a las Legislaturas provinciales para que éstas pudieran elegir a los respectivos senadores nacionales.

Esto lo llevaba inevitablemente a la necesidad de contar con el apoyo de los partidos existentes y colaboradores del Gobierno de facto -a los que en el fondo parecía despreciar- o propiciar la formación de un nuevo partido de alcance nacional, como lo había sugerido en su discurso del 1 de Octubre del año anterior.

Los partidos amigos del movimiento se habían nucleado en la Federación Nacional Democrática, organismo transitorio aliado para cumplir los fines de volver a la normalidad constitucional, con ideas y programas casi antagónicos y con un pasado de enfrentamientos, pero ahora unidos por el común denominador de haber sido la oposición antiyrigoyenista, que también estaban comenzando a encontrar coincidencias en una común actitud contraria a los planes corporativistas sugeridos por José Félix Uriburu.

Esto iba generando una evidente tensión entre el Gobierno sedicioso y los partidos, que comenzaron a reducirle su apoyo político, al extremo de advertirse una coincidencia, al menos en la posición contraria a la reforma constitucional, con el pensamiento del radicalismo personalista.

Ante esta situación, el ministro del Interior, doctor Matías Sánchez Sorondo, prestigioso dirigente conservador bonaerense y profesor de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, puso en marcha un plan político.

- El plan de Sánchez Sorondo

El plan del doctor Matías Sánchez Sorondo estaba encaminado a lograr en forma gradual el apoyo institucional y político que permitiera al Gobierno de facto continuar con las ideas esbozadas por Uriburu, y que eran reflejo del pensamiento de sus colaboradores de orientación nacionalista.

El plan consistiría en el llamado a elecciones en forma gradual, de tal manera que fuera asegurando la obtención del Gobierno de aquellas provincias que, a su juicio, no ofrecían problemas mayores. Se iría eligiendo así en tales provincias sus poderes Ejecutivo y Legislativo, sin necesidad de jugarse en una elección general en toda la República cuyo resultado pudiera ser dudoso, si no se contaba con el apoyo de la maquinaria política antiyrigoyenista que parecía resultar adversa de acuerdo con las últimas manifestaciones de éstos.

Y eligió para esta prueba piloto a la provincia de Buenos Aires, a la que convoca a elecciones en los primeros días del año. Y para seguirlas, en forma casi inmediata, a las provincias de Santa Fe y Corrientes. Para la primera, cuenta con la estructura del partido Conservador de aquel Estado; para la segunda con los demócrata progresistas, cuyo líder es el hombre “preferido” por Uriburu para su eventual sucesión; y, en la provincia de Corrientes, con una conjunción de los partidos conservadores a los que intentará conciliar.

Esta decisión va a traer como consecuencia un cambio de actitud en la dirigencia del partido Conservador de la provincia de Buenos Aires, que hasta pocos días antes se había expresado adhiriendo a la Federación Nacional Democrática, pero que ahora entraban en el juego político del Gobierno y se convertían en el partido aliado que se necesitaba para llevar a la práctica el proyecto ministerial.

En la nota en que invitaban a los partidos integrantes de la Federación a formar un gran partido nacional, expresaban que no deseaban ni pretendían que se quebrantara la solidaridad de los grupos y de los hombres de la insurrección; queríase, por el contrario, que se afirmara, y que para llegar a ese objetivo prefería cualquier dislocación antes que continuar la marcha con el frecuente desconcierto y la deplorable falta de unidad.

Auspiciaba, en consecuencia, la formación de un partido nacional en la República, homogéneo, disciplinado y concorde con un programa de gobierno, invitando a todos los partidos adheridos a la Federación y a los que no formando parte de ésta coincidieran con las ideas expresadas, y a todos los ciudadanos que compartieran sus propósitos conformando una nueva organización(2).

(2) Diario “La Prensa”, (Buenos Aires), edición del 21 de Enero de 1931. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Benjamín S. González al doctor Pedro Numa Soto. 1925-1935)” (1999). Ed. Dunken, Buenos Aires.

Releyendo el manifiesto dado por Uriburu el 1 de Octubre del año anterior, no hace falta demasiada imaginación para advertir la existencia de una más que sugestiva coincidencia.

- Se frustra la Federación

Las consecuencias de esta actitud fueron el golpe de gracia para la recién iniciada Federación. Algunos partidos adhirieron inmediatamente a la propuesta conservadora, pero otros, como el socialismo independiente o el radicalismo antipersonalista, rechazaron la proposición, que es lo que en definitiva se proponían los autores de la iniciativa, pues no podía suponerse válidamente que existiera alguna posibilidad de integrar plataformas e idearios absolutamente antagónicos en un solo “partido homogéneo y disciplinado”.

La proyección de estas decisiones en la provincia traerán también sus consecuencias. El partido liberal ya se había manifestado en contra de la adhesión a la Federación, por medio de su convención general celebrada pocos días después del discurso de Uriburu, y allí expresó su solidaridad con el movimiento del 6 de Septiembre y aceptó la política del Gobierno de facto, pero dijo también que no creía posible cumplir ese programa con un conglomerado de agrupaciones distantes entre sí y hasta ayer adversarias, sin convicciones comunes, dispuestas algunas de ellas a unirse solo para subsistir.

Expresaba también que el partido liberal no podría coexistir con agrupaciones que no practicaran su credo esencial, gobernadas con métodos más o menos disimulados de un mismo carácter personalista y de individualidades que, al amparo de alianzas o federaciones, destacaban figuras anacrónicas y trataban de imponer sistemas caducos, sin más títulos que haber sido perseguidos por el personalismo depuesto, en obvia alusión al autonomismo.

Para terminar, coincidiendo con las palabras del presidente de facto de la Nación, expresaban que la insurrección tuvo por finalidad destruir una escuela o sistema político corrompido y que los personalismos de Mendoza, San Juan y de Corrientes habían practicado en gran escala y descaradamente, cuando estuvieron en el Gobierno, los métodos inmorales repudiados en la hora actual y que el hecho de ser opositores al yrigoyenismo no bastaba para regenerarlas ante la conciencia nacional que los había procesado y condenado y que esos personalismos que se habían adherido a la Federación, por ese solo hecho, habían desvirtuado los propósitos en ella buscados.

Los nuevos sucesos irían a colocarlo, sin lugar a dudas, en el primer plano de las preferencias gubernamentales, siendo innegable la vinculación intelectual que animaba al liberalismo con el ministro Sánchez Sorondo y con el conservadorismo bonaerense, al menos en este momento histórico, ya que con anterioridad lo había mirado siempre con poca simpatía.

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