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RAMON S. CASTILLO, PRESIDENTE

Presidente: Roberto M. Ortiz
Período: Febrero 1938 - Junio 1942
Partido o Coalición: P. Demócrata Nacional

¡Salte, ministro, salte!”. Desde el barreminas “Drumond”, que tiene las máquinas en acción, y está listo para abandonar el muelle, dos marineros alientan a los ministros del presidente Ramón Castillo al esfuerzo físico de volar hasta la nave, literalmente.

Es el 4 de Junio de 1943 y termina una época en la Argentina, aunque pocos lo imaginan. Los ministros han llegado con el presidente Castillo y con algunos amigos. Los senadores conservadores Matías Sánchez Sorondo y Antonio Santamarina, y el escritor Gustavo Martínez Zuviría, ya están a bordo. Todos contienen la respiración cuando, siguiendo el consejo de los jóvenes marineros, el ministro Miguel Culaciatti toma distancia y pega el salto(1).

(1) Rogelio García Lupo. “La Rebelión de los Generales” (1962), p. 31. Ed. Proceso Ediciones, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Todos escapan, pero la embarcación no tiene destino. Al día siguiente, Castillo renunciará a la presidencia y todos regresarán a su vida cotidiana, en los estudios de abogados de grandes empresas, en los clubes sociales y en el césped del hipódromo de Palermo. Empezaban unas largas vacaciones.

Ramón Castillo nació en la localidad de Ancasti, provincia de Catamarca, el 20 de Septiembre de 1873. Fue inscripto por sus padres, Rafael y María, como Ramón A. Castillo. Nadie supo bien cuál era el nombre que se ocultaba tras esa A., pero lo cierto es que, ni bien ingresó a la primaria esa letra fue motivo de burla. En efecto, cada vez que la maestra pasaba lista y pronuncia su nombre -Castillo, Ramón ... A., sus compañeros de grado se reían de él. Por lo tanto, los padres de Ramón tomaron la decisión de cambiar la inicial de su segundo nombre. Así pues, de llamarse Ramón A., pasó a llamarse Ramón S. Castillo(2).

(2) En esta enciclopedia se respeta la voluntad del presidente, por lo tanto se lo llamara Ramón S. Castillo.

Ramón tuvo un hermano de nombre Rafael, diez años mayor que él, quien fue abogado, diputado nacional por la provincia de Catamarca en 1890, subsecretario del Interior durante el Gobierno de Luis Saenz Peña y ministro del Interior en el Gobierno de Manuel Quintana.

Una vez que Ramón finalizó la escuela primaria, ingresó al Colegio Nacional de Catamarca. Fue un muy buen alumno y Edmundo Gutiérrez señala en su biografía que ello le valió ser “acreedor de honrosas distinciones, como la de actuar de celador(3).

(3) Edmundo Gutiérrez. “Bosquejos biográficos del Dr. Ramón S. Castillo” (1940). Ed. Biblioteca Política Argentina, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Terminado el secundario, se trasladó a Buenos Aires para ingresar a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, de la que egresó con el título de abogado a los 23 años. Se doctoró con una tesis sobre “Bolsa y Mercado de Comercio”, por la que obtuvo una calificación de 9 puntos.

Al momento de graduarse se desempeñaba como meritorio en un juzgado de la Ciudad de Buenos Aires. Una vez recibido, se volcó de lleno a la carrera judicial. En 1896 pasó a ocupar el cargo de secretario del Juzgado de Comercio. Castillo sería considerado una autoridad en el tema quiebras y en materias referidas a las sociedades comerciales. Llegó a escribir un tratado de Derecho Comercial que fue obra de consulta para los profesionales abocados a la especialidad.

En 1904, Marcelino Ugarte, gobernador de la provincia de Buenos Aires, lo nombra juez del Crimen de San Nicolás.

Más bien delgado, de andar lento y mirada profunda, sentado en su alta silla del juzgado, disimula su baja estatura y se hace fuerte con una voz acostumbrada a la parquedad y a las sentencias graves.
El acento catamarqueño prácticamente ha desaparecido(4).

(4) Mónica Deleis, Ricardo de Titto, Diego L. Arguindeguy. “El libro de los presidentes argentinos del siglo XX” (2000), p. 162. Ed. Aguilar, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Todos sus biógrafos rescatan un episodio sucedido durante el tiempo en que ocupó ese juzgado del Crimen. En una ocasión, el caudillo conservador de la zona, muy allegado a Ugarte, tuvo una pelea en una confitería con un dirigente radical al que mató de un balazo. El asesino fue detenido y conducido a los Tribunales, en donde se le inició el correspondiente proceso. El juzgado era el del doctor Castillo a quien Ugarte, enterado de la situación, le envió carta en la que le recomendaba encarecidamente al homicida, citándole, además, que procurara “sacarlo bien del proceso”.

Según relata Carlos Ibarguren,

Castillo se apresuró a decretar la prisión preventiva del acusado y, después de firmar ese auto, envió a Ugarte la renuncia oficial al cargo con una carta confidencial en la que le agradecía el nombramiento con que lo había honrado, pero manifestaba que, como no podía acceder a sus pedidos, le enviaba dimisión para que designara otro juez más complaciente”.

Ugarte le respondió así:

Su actitud me revela que es usted un magistrado y lo felicito por ello. Yo he cumplido mi deber de político al interesarme por un correligionario en desgracia; usted ha cumplido con su deber de juez, al no escuchar mi pedido.
¡Ojalá todos los jueces fueran como usted! Merece usted un ascenso que decretaré en la primera oportunidad”.

Al año siguiente, Castillo fue promovido a Camarista en Bahía Blanca(5).

(5) Carlos Ibarguren. “La historia que he vivido” (1969). Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Su carrera judicial continúa con el cargo de vocal de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional en 1910 y, en 1913, con igual puesto, en la Cámara Comercial. En 1918 se jubila. Castillo también hace escuela en la vida política en un breve paso por la redacción de “La Nación”.

Yo también he sido periodista”, le confesó a una cronista de la alta sociedad, siendo ya presidente. El relato, de una picardía de juventud, es como sigue:

Había entonces en Buenos Aires un grupo grande de muchachos catamarqueños. Casi todos estudiantes, como yo. Unos pocos, entre ellos, éramos fervientes partidarios de Mitre, en aquellos momentos de tan encontradas y apasionadas opiniones.
Un día le llevé a Bartolito Mitre -director de “La Nación”- un suelto informativo sobre la constitución de una agrupación mitrista de la juventud catamarqueña. Bartolito me preguntó si realmente, como se decía en el suelto, la mayoría de la juventud de mi provincia era partidaria del General...
- ‘¡Claro que sí!’-, le contesté extendiéndole el papel donde llevaba escritos los nombres del presidente, vicepresidente y secretario de la agrupación, debajo de los cuales se leía un enorme etc.
- ‘Y este etc., ¿qué representa?’, me preguntó.
- Representa toda la juventud catamarqueña...-, le contesté muy satisfecho.
- Muy bien... En ese caso publicaremos el suelto, encantados...”.
- Unos días después -prosigue Don Ramón- recibí un llamado de Bartolito Mitre. Acudí a él. Pero el recibimiento no fue nada cordial. Estaba indignado.
- ‘La Nación -me dijo- es un diario muy serio. Muy serio. No puedo permitir, en modo alguno, que se publique en él un artículo en que aparece la juventud catamarqueña embarcada en una corriente de opinión que no es la que profesa...’.
- "¿Qué había sucedido?" -agrega el presidente-. "Algunos catamarqueños, enterados de la cuestión, habían protestado. Y el pastel se había descubierto...".
- '¿Qué sucedió después?'-, le pregunto.
- "Lo que ocurrió después fue lo peor -añade-. Me senté a cambiar los términos y el significado del suelto, de acuerdo a las indicaciones de Bartolito. Pero agregué que hasta del pueblo de Teoscos (un pueblo imaginario, desde luego) había recibido opiniones favorables al general Mitre... Bartolito, al leer el suelto, no pudo menos que reírse(6).

(6) Entrevista de Victoria Pueyrredón Saavedra, en revista “Fuerza Viva”, Octubre de 1941. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

En paralelo a su carrera judicial, Castillo desarrolla su carrera docente en la Universidad. En 1907 es nombrado profesor suplente de Legislación Comercial en la Facultad de Derecho. En 1916 llega a ser profesor titular. En Julio de 1918 se desempeña como consejero y en Noviembre de 1923 es designado decano. Ejercerá ese cargo hasta 1928. En esa condición debe enfrentar la oposición de los estudiantes fuertemente influenciados por la corriente “reformista” de aquellos años. Así, relata Ibarguren:

Era una época en la cual, frente a los profesores ‘reaccionarios’, Castillo era calificado de tal por los muchachos, la estudiantina ‘reformista’, que no se limitaba a expresar sus aspiraciones con voces ásperas y rechiflas urticantes...
Ocasión hubo en la que el tumulto de los jóvenes, hecho tropel, se coló en el despacho de Castillo, llevando una renuncia al decanato y calculando obtener así, ejecutivamente, la firma del interesado, único detalle que faltaba.
Castillo los recibió inmutable, los dejó gritar un poco, pidió ver el texto del documento, puesto que nadie firma sin leer antes... Y cuando lo hubo hecho sin apuros, puesto que no hacerlo de ese modo puede dar lugar a malos entendidos, rompió desafiante la renuncia en la cara misma de los subversivos...
El tranquilo coraje de Castillo se explicó bien pronto: en esos momentos, llamada con previsora anticipación ... llegaba la policía; los estudiantes estaban en infracción legal y Castillo, indulgente, solicitaba a la institución que cuidara el orden... ‘reaccionario’ ... que no se detuviera a nadie...
Los muchachos que oían las clases eruditas del profesor, se habían olvidado de que Castillo, como buen juez, se las sabía todas. Y un buen juez no lo es siempre en plenitud sino gracias a la policía(7).

(7) Carlos Ibarguren. “La historia que he vivido” (1969). Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Además de vicepresidente de la Academia Argentina del Derecho y del Comité Argentino de la Comisión de Arbitraje (1938), Castillo fue miembro de la Academia Española de Jurisprudencia y doctor Honoris Causa de las Universidad de Río de Janeiro y de la Universidad de Heidelberg.

Se casó con Delia Luzuriaga y de su matrimonio nacieron seis hijos: Ramón, Horacio, Delia, María del Carmen, Jorge y Héctor.

Retirado ya de la función judicial, abrió su estudio de abogado en 1928. Vivía en un piso ubicado en Callao y Juncal y tenía su oficina en Sarmiento 643.

Con la insurrección de 1930 ingresa a la política. El ministro del Interior del Gobierno de facto del general José Félix Uriburu, lo hace designar Interventor Federal de la provincia de Tucumán. Desde allí tendrá a su cargo la organización de las elecciones presidenciales del 8 de Noviembre de 1931, en las que la U.C.R. estará proscripta y en las que el fraude será escandaloso.

El Gobierno así elegido del general Agustín Pedro Justo no olvidaría la actuación del doctor Castillo. Su recompensa fue una banca de senador nacional por Catamarca, su provincia natal. Debido a que se venía de un Gobierno de facto, la instalación de una Cámara totalmente nueva obligó a sortear la duración de los mandatos a cumplir, a fin de generar las instancias de renovación parcial previstas por la Constitución. A Castillo la suerte le fue esquiva y, por ende, su mandato fue sólo de tres años (1932 - 1935). Durante ese tiempo, presidió la Comisión de Negocios Constitucionales y formó parte de la de Códigos.

De su tarea legislativa se rescatan proyectos referidos a la organización de los juzgados ordinarios de la Ciudad de Buenos Aires, en los fueros Civil y Comercial; a la Justicia de Paz en la Capital Federal; y otro sobre reformas a la Ley de Quiebras.

También se ocupa de la creación de escuelas-granja, del tema de los depósitos fiscales para el almacenaje de tabaco, de hospitales regionales para la atención de pacientes con afecciones neumonológicas; de la creación del Centro de Investigaciones Tisiológicas; y de la calificación de monumento nacional para la casa de Piedra Blanca en la que nació fray Mamerto Esquiú, hijo dilecto de Catamarca.

A la finalización de su mandato de senador, el presidente Justo tiene reservado para él otros destinos dentro del ámbito del Poder Ejecutivo. Es así que, primero, es nombrado ministro de Instrucción Pública y, poco tiempo después, ministro del Interior.

Es desde ese cargo donde se cruzará en el camino de la vicepresidencia de la Nación, luego de luchas palaciegas feroces de impensadas consecuencias para la vida política de la Argentina.

Decidida la nominación del doctor Roberto Marcelino Ortiz como candidato a la presidencia por el partido oficialista -en representación del ala radical- la Concordancia se aboca a la consideración de la persona sobre la que recaerá la candidatura a la vicepresidencia. Como Ortiz provenía del radicalismo, su compañero de fórmula debía pertenecer al conservadorismo.

El primer nombre que aparece es el del caudillo conservador salteño Robustiano Patrón Costas, quien era senador por su provincia y el dueño del ingenio azucarero más importante de la región, por lo que tenía un dominio pleno de los resortes políticos del Norte argentino.

Ante la primera sugerencia, el presidente Justo no pone objeciones a la fórmula Ortiz-Patrón Costas. Sin embargo, en forma inesperada, un rumor comienza a crecer con fuerza: a último momento, el general Justo ha cambiado de opinión; está en desacuerdo con la candidatura de Patrón Costas y propone en su lugar al ministro de Agricultura de su Gobierno, Miguel Angel Cárcano. ¿Qué fue lo que indujo a Justo a tomar, finalmente, esta decisión? Recuerda José Heriberto Martínez, senador nacional conservador por Córdoba:

... Cuando Justo se dio cuenta de que Ortiz estaba enfermo, quiso asegurarse un segundo que le permitiera volver a la presidencia en 1944. Entonces decidió eliminar la candidatura de Patrón Costas y suscitó la de Cárcano(8).

(8) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), p. 27. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Justo apoyó la candidatura de Patrón Costas a vicepresidente pero luego se opuso. No me lo explico sino como una consecuencia de haber sabido que la salud de Ortiz era mala. Probablemente no quiso que Patrón Costas llegara a ser presidente y entonces propició la candidatura de Miguel Angel Cárcano. Los conservadores de Mendoza nos opusimos terminantemente e insistimos en la postulación de Patrón Costas; en una reunión con Justo, éste me insinuó que Mendoza podría ser intervenida si no deponíamos nuestra actitud...(9).

(9) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), testimonio de Adolfo Vicchi, p. 28. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El candidato natural a vicepresidente, y el que Ortiz hubiera deseado, era Patrón Costas, que era el conservador más importante y tenía la unanimidad del partido Conservador. Yo creo que Justo no lo hizo candidato por temor a su poder. Buscaba un hombre más maleable, más manejable y, en este sentido, eligió al que realmente le parecía, que era el amigo: Cárcano, blando, un hombre fácil de conducir(10).

(10) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El presidente Justo le hace saber su desacuerdo con la candidatura de Patrón Costas al senador por Mendoza, Suárez Lago, presidente del Comité Nacional del partido Demócrata Nacional, que era el partido conservador. Cuenta Eduardo Paz, diputado nacional conservador por Tucumán:

Lo hizo venir (a Suárez Lago) de su provincia; mandó su edecán naval a buscarlo a Retiro y lo recibió en su despacho diciéndole que los conservadores ‘debían designar un gran candidato a la vicepresidencia’.
El nombre de Ortiz no había suscitado resistencias en la Concordancia y estaba prácticamente impuesto, pero faltaba el segundo término de la fórmula. Ante este planteo, Suárez Lago le expresó que él no podía decidir nada, pero que tampoco entendía lo que intentaba insinuarle el presidente.
Finalmente, Justo deslizó el nombre de Miguel Angel Cárcano. Lo que sucedía es que ya la salud de Ortiz inspiraba preocupación y Justo quería cubrirse para la segunda presidencia a la que aspiraba. En este sentido, también había divergencia dentro del conservadorismo, porque Patrón Costas era de los que pensaba que Justo había hecho una buena Administración, pero su vida política debía terminar con ella(11).

(11) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), pp. 28 y 29. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Agrega Luis Barberis, secretario general de la presidencia y ministro de Obras Públicas de aquel Gobierno:

¡Hubiera sido tan diferente la suerte de este país si el vicepresidente de Ortiz hubiera sido Cárcano!(12).

(12) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), pp. 28 y 29. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

La puja por la designación del candidato se prolonga. Los conservadores deciden que no aceptarán ninguna imposición del presidente Justo. Se barajan distintos candidatos, pero ninguno ostenta un favoritismo claro. En su edición del 11 de Mayo de 1937, el diario “La Nación” se acerca a la que sería la verdad de los hechos.

Mostrando que manejaba buena información, especula sobre la candidatura del vicepresidente para concluir en que el único candidato que podría zanjar la disputa interna de los conservadores era el ministro del Interior, Ramón S. Castillo. Según el diario de los Mitre, “... la candidatura del doctor Ramón Castillo tiene solamente un serio adversario: el propio ministro del Interior”.

Castillo no tenía ningún conocimiento anterior con Ortiz. No se conocían, casi. Su vinculación con Justo había sido a través de Manuel de Iriondo. Este sí era muy amigo de Justo(13).

(13) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), testimonio de Luis A. Barberis, pp. 28 y 29. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

La disputa dura casi un mes y esto perturba a Ortiz, quien ve que la Unión Cívica Radical, al tener la fórmula Alvear-Mosca ya definida, va desplegando la campaña con todo su potencial a lo largo y a lo ancho del país.

Es entonces que la candidatura de Cárcano naufraga. El mismo Cárcano reconstruyó el momento:

El fracaso de mi candidatura se debió a mi inexperiencia política. Como ministro de Agricultura se me ocurrió hacer una larga gira por la Patagonia. Mis amigos me decían que no perdiera tiempo allí, que en la Patagonia no había votos...
Pero yo quería ver sobre el terreno los problemas de la colonización y adjudicación de tierras. Y me fui, nomás... Durante un mes no dormí dos veces en la misma cama ni comí dos veces en la misma mesa. Vi muchas injusticias, mucha corrupción en los funcionarios menores; pero, ¡en fin!, ésta es otra historia.
Cuando estaba promediando el viaje recibo un telegrama urgente del secretario de la presidencia, pidiéndome que regresara de inmediato a Buenos Aires. Yo no quería volver sin terminar mi gira por la costa del Atlántico, de modo que contesté que regresaría diez días después.
Nuevo telegrama, entonces, urgiendo mi retorno; en la Península de Valdés me esperaba un destróyer para traerme a Bahía Blanca. No tuve más remedio que embarcarme y el buquecito me llevó a una velocidad escalofriante.
De Bahía Blanca seguí a Buenos Aires. ¿Qué había pasado? Pues que en todos lados sonaba mi nombre como compañero de la fórmula que encabezaría Ortiz. Yo era el candidato de Justo y de Ortiz. Era muy amigo de éste; coincidíamos en casi todo.
Bueno, resulta que mi nombre ya circulaba en muchos lados, pero en mi propio partido no se pronunciaba. Me apoyaban muchos conservadores importantes como Fresco, Barceló, Juan Ramón Vidal, Adrián Escobar y otros. Pero don Antonio Santamarina y los de Mendoza, entre otros, me resistían.
Consideraban que yo era demasiado ‘radical’, demasiado amigo de Ortiz y, por esa razón, mi candidatura no acababa de concretarse. Yo debía haber renunciado en ese momento; no lo hice porque pensé que no tenía nada a qué renunciar, pues no existía más que un movimiento de opinión en torno a mi nombre.
Fue entonces que Justo quiso apurar a Suárez Lago, senador por Mendoza, hombre muy inteligente, muy hábil. Suárez Lago le dijo que no estaba de acuerdo con mi candidatura. Y Justo, en esta oportunidad, no se puso fuerte. Se ablandó.
Yo, por mi parte, no quise hacer un escándalo en mi partido; así fue como murió mi precandidatura a vicepresidente(14).

(14) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), Testimonio de Miguel Angel Cárcano, pp. 31-32. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Pero la trama no estaba terminada aún. Relata José Heriberto Martínez:

Yo era y soy muy amigo de Miguel Angel. Pero en ese momento no podíamos aceptar que por una imposición de Justo tuviéramos que cambiar el candidato: nosotros estábamos embanderados con Patrón Costas, a quien quería todo el partido.
Entonces nos mantuvimos en esa posición. Ante esta actitud, Justo, maquiavélicamente, inventó este sistema: ‘Que se reúnan los conservadores y que me traigan el nombre del candidato, por unanimidad’. La unanimidad es siempre difícil de conseguir...
Entonces, Arancibia Rodríguez nos convocó a los representantes del partido por las distintas provincias para el lunes 14 de Junio, en su casa de la calle Aráoz. Había cierta urgencia, porque Ortiz ya había notado el malestar y la inquietud que provocaba esta situación indefinida en el asunto vicepresidencial. Hasta había llegado a sus oídos que él tampoco sería candidato a presidente(15).

(15) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), pp. 31-32. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El día anterior a la mencionada reunión, en la casa de Arancibia Rodríguez, se produce otra en una embarcación amarrada en el puerto de Olivos. Eduardo Paz la recuerda así:

En el yate de Herminio Arrieta se habló del problema; entonces, el senador Patrón Costas dijo que, puesto que Cárcano era ministro y su candidatura no era aceptada por muchos dirigentes, debía neutralizársela proponiendo la candidatura de otro ministro. Es decir, uno de los dos conservadores que había en el gabinete de Justo, que eran Alvarado y Castillo.
Todos creíamos que Patrón Costas indicaría a su comprovinciano, Alvarado, pero, sorpresivamente, se pronunció por Castillo. Lo hizo -después supe- porque Alvarado ya no le respondía; se había hecho muy ‘justista’ y ni siquiera respondía a los intereses salteños(16).

(16) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Se llega así a la reunión del 14 de Junio en lo de Arancibia Rodríguez. Relata José Heriberto Martínez:

Antes de la reunión lo llamé a Aguirre Cámara y le dije:
- ‘Avísele a Miguel Angel que yo soy amigo de él, aunque incidentalmente esté en contra de su candidatura. ¡Qué renuncie!.
Pero Aguirre Cámara me llamó y me informó que Cárcano había vuelto a hablar con Justo y éste le había dicho que no retirara su nombre; estaba convencido de que ganaba. A esta altura, nosotros, los sostenedores de Patrón Costas, estábamos convencidos que perdíamos porque no íbamos a conseguir más de tres cuartos de los votos. Y Justo había exigido la unanimidad(17).

(17) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A pesar de todo, el general Justo no se da por vencido. Dice Luis A. Barberis:

Estando yo con Ortiz en su escritorio, Justo lo llamó por teléfono. Ya estaba casi resuelta la candidatura de Castillo, pero el presidente le dijo: ‘Véngase, don Roberto, que si los cordobeses nos ayudan, todavía lo saco a Miguel Angel...’.
Pero los cordobeses no ayudaron"(18).

(18) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Ortiz también deseaba la candidatura de Cárcano a la vicepresidencia. Como rememora Manuel Ordóñez, “... después de ser electo el binomio Ortiz-Castillo, Ortiz tenía la oficina empapelada con el nombre de Cárcano... Siempre decía que a Castillo se lo habían impuesto(19).

(19) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Pero volvamos ahora a la reunión clave de aquel lunes 14 de Junio en la casa de Arancibia Rodríguez en la calle Aráoz. La expectativa era mucha. Sin que nadie pudiera saberlo, se jugaba mucho más que una candidatura a la vicepresidencia. Era el destino de la historia, el que estaba en juego. Cuenta José Heriberto Martínez:

Al iniciarse la reunión, tuvimos la sorpresa de que Santamarina y Barceló retiraron la candidatura de Cárcano, leyendo una declaración no muy inteligible. A continuación, se puso a votación el nombre del ciudadano que se llevaría a Justo como candidato a vicepresidente. Y entonces, Fresco comenzó la votación pronunciándose por Castillo; siguió Santamarina por el mismo y así los demás, de modo que el nombre de Castillo salió por unanimidad(20).

(20) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Una vez concluida la reunión, se nombra una comisión que tiene como objetivo visitarlo al presidente Justo para comunicarle la novedad. Sigue Martínez:

Justo se demacró. No se lo esperaba. Quiso protestar un poco, pero se dio cuenta de que ya no había más nada que hacer. Al día siguiente, o a los dos días, voy a la presidencia y me dice: ‘Por su culpa el barco sale escorado. Es culpa suya que Miguel Angel Cárcano no sea candidato a vicepresidente.
Yo me defendí, diciendo que me atribuía un poder que no tenía...
Meses más tarde, estando yo con Justo en París, un día, después de jugar al golf, fuimos al departamento donde vivía. Conversamos y nuevamente me reprochó el fracaso de su candidato:
- ‘Con Cárcano, todo hubiera sido más fácil’, me dijo. Le recordé que el mismo Justo, vetado Patrón Costas, había pedido un nombre a los conservadores y ellos se lo habían traído.
- ‘Es cierto -reconoció Justo- pero nunca pensé que se pondrían de acuerdo por unanimidad...’(21).

(21) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Para la elección de Castillo fue decisiva la actitud de los conservadores de la provincia de Buenos Aires quienes, sorpresivamente, cambiaron su postura y, dejando de lado su apoyo por Cárcano, se inclinaron por aquél. Sobre esto, comenta José Heriberto Martínez:

Tiempo después, me encontré con Barceló en una comida y le pregunté de qué modo había surgido el nombre de Castillo en el grupo de Buenos Aires, en coincidencia con el que también postuláramos los amigos de Patrón Costas.
Me contó entonces que en la noche del 13 de Junio, víspera de la reunión en lo de Aranci- bia Rodríguez, se habían reunido Fresco, Santamarina, él y otros dirigentes bonaerenses en el restaurante ‘Conte’, en la Avenida de Mayo.
Cuando estaban terminando, el maître les avisó que Ortiz también estaba cenando abajo. Lo invitaron entonces a tomar un whisky y a fumar un habano y, por supuesto, se habló del tema que les preocupaba. Entonces le preguntaron a Ortiz quién debía ser su compañero de fórmula y, según me aseguró Barceló, Ortiz, sin vacilar, dijo: ‘Castillo’.
Así fue aceptado Castillo por los conservadores. Era gente acostumbrada a obedecer la voz del amo...(22).

(22) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Paradojas del destino, el primero en comunicarle la novedad al doctor Castillo fue el mismísimo Cárcano, quien rememora así ese momento:

Yo fui el primero en comunicarle a Castillo que él era el elegido. En ese entonces, Castillo tenía una gravitación política muy limitada. Me acuerdo que, hasta días antes, el propio Castillo me preguntaba:
- ‘¿Y, doctor Cárcano?¿Quién será el vicepresidente?
Anteriormente tampoco sabía quién sería el candidato de la Concordancia a la presidencia, cuando todo el mundo sabía que el hombre indicado era Ortiz... Bueno, yo vivía a media cuadra de la casa de Castillo y, en cuanto me enteré de la decisión, fui enseguida a felicitarle.

Y, ¡fíjese qué curioso! El salón de Castillo tenía forma de L. Charlaba yo con él anoticiándolo de la novedad, cuando se levantó para recibir a alguien a quien no vi al principio, que entraba por el otro extremo del salón. Era el doctor Adrián Escobar, comprometido hasta ese momento con mi nombre, que abrazaba a Castillo y -sin saber, claro, que yo lo escuchaba- le decía: ‘¿Ha visto doctor Castillo? Carcanito no podía ser vicepresidente’(23).

(23) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El binomio Ortiz-Castillo gana, fraude mediante, las elecciones en 1937. A pesar de este pecado de origen, Ortiz tiene un objetivo en mente: el de terminar con esa práctica nefasta. Y, para que no quedaran dudas, está dispuesto a ponerle fin durante su mandato.

La ocasión aparece pronto, a fines de 1938. El 3 de Diciembre de ese año se realizan las elecciones para gobernador en la provincia de Catamarca. Este primer test, para Ortiz, sería sumamente traumático, ya que Catamarca era la provincia natal del vicepresidente Castillo.

La elección es escandalosa. Es el fraude en su mayor expresión, con violencia y hechos de sangre. Recuerda Diógenes Taboada:

Fue un episodio muy sonado, porque era la provincia del vicepresidente y el gobernador era amigo personal y político de Castillo. Tuvimos que Intervenir. Yo hice llamar a (Juan Gregorio) Cerezo, el gobernador, por indicación del presidente, un tiempo antes de las elecciones que iban a realizarse allí, y le notifiqué claramente que el Gobierno Nacional no iba a permitir que se hicieran elecciones que no fueran correctas; que era el propósito del presidente hacerlo en todas partes así.
De modo que Cerezo estaba perfectamente notificado. Realizó las elecciones, fraudulentas, y entonces se lo Intervino(24).

(24) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Luego de pasados diez días de los comicios, y ante la inacción de los poderes provinciales, el ministro del Interior envía una notificación fuertemente crítica al gobernador Cerezo. En ella, el Poder Ejecutivo le comunica que, en vista de las irregularidades detectadas, se considera a esas elecciones como nulas y se advierte sobre la inminencia de la Intervención Federal si la situación persistiere.

Ante esto, el partido Conservador emite una declaración solidarizándose con el gobernador catamarqueño en la que, además, se critica la advertencia sobre una posible Intervención hecha por el Gobierno Nacional.

Las consecuencias de la medida habrían de generar una herida profunda en la Concordancia; herida que nunca cerrará. Adolfo Mugica lo expresa así:

La Intervención a Catamarca fue tomada como una directa agresión de Ortiz contra Castillo(25).

(25) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Diógenes Taboada recuerda que:

Castillo no hizo presión alguna para que no se Interviniera su provincia, pero enfrió su relación con el presidente; se disgustó. Era un buen hombre, pero muy obstinado(26).

(26) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Ante el curso de los acontecimientos, Castillo es llamado con urgencia a la presidencia. Allí lo aguarda Ortiz. Su intención es la de leerle los fundamentos del decreto de Intervención a Catamarca. De acuerdo con el testimonio de Ramón Columba, la narración que Castillo hizo de ese momento fue la siguiente:

Yo, al oír eso, me puse de pie y me negué a escuchar la lectura que me anunciaba. Le manifesté que esa actitud suya significaba, lisa y llanamente, una traición a la política que a él y a mí nos había llevado al Gobierno, y me levanté para retirarme.
El presidente, visiblemente sorprendido por mis palabras, quiso tranquilizarme, pero yo no le aceptaba razones de ninguna clase. Al despedirme de él, en la puerta de su despacho, me pareció oírle algo como que ‘esto se va a arreglar’. Pero como le digo, mi estado de ánimo no era como para escuchar nada(27).

(27) Ramón Columba. “El Congreso que yo he visto” (1988). Ed. Columba, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Afirma Luis A. Barberis:

Después de la Intervención a Catamarca, Ortiz y Castillo ya no se veían. Entonces, el puente de unión de los dos era yo, como secretario general de la presidencia. Yo había sido alumno de Castillo, de modo que el vicepresidente me hacía a mí los pedidos para su provincia que debía formular al presidente"(28).

(28) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A la par de los avatares de la vida del país, la diabetes de Ortiz no le da tregua ni a su salud física ni a su salud política. Por eso es que, a pesar de que el Congreso rechaza su renuncia, presentada como estrategia para hacer frente a la maniobra política que pretende desgatarlo tras el escándalo suscitado por las sospechas de corrupción en la venta de tierras de El Palomar, el presidente entiende que su ceguera hace imposible su continuidad en el ejercicio de la Primera Magistratura.

Decide, pues, pedir una licencia y delegar el mando en el vicepresidente. Al hacerlo, Ortiz, que intuye que su alejamiento del ejercicio pleno del poder no será breve, comprende que no es posible que Ramón Castillo deba gobernar con un gabinete que no le sea propio. Consecuentemente, y tras reunión entre el presidente y su vicepresidente, el 26 de Agosto de 1940 se anuncia la renuncia del gabinete nacional. El doctor Castillo es conciente de su debilidad política, que queda reflejada en la mixtura de su elenco ministerial, cuyos integrantes eran:

- Ministro del Interior: Miguel Culaciatti, radical antipersonalista de Rosario y ex abogado de Bunge y Born.
- Ministro de Hacienda: Federico Pinedo.
- Ministro de Justicia e Instrucción Pública: Guillermo Rothe, conservador de Córdoba.
- Ministro de Relaciones Exteriores: Julio Roca, conservador.
- Ministro de Agricultura: Daniel Amadeo y Videla, conservador de Buenos Aires.
- Ministro de Marina: almirante Mario Fincati.
- Ministro de Guerra: general Juan S. Tonazzi

De estas designaciones, las de Pinedo, Roca y Tonazzi respondían a la influencia del general Justo, quien seguía manejando los hilos del poder con un único objetivo: volver a la presidencia en 1944. Los tres eran de inclinación probritánica, inclinación que no era compartida por Castillo. Pero el vicepresidente sabía que no contaba con la suficiente fortaleza política como para prescindir de ellos. No obstante, la oportunidad para sacárselos de encima llegaría pronto. Diógenes Taboada narra el siguiente episodio:

Castillo nos había pedido a todos los ministros de Ortiz que siguiéramos unos días más, hasta que él constituyera su Gobierno. Todos teníamos nuestras renuncias presentadas.
En esas circunstancias, los militares le hicieron llegar su deseo de que no se le aceptara la renuncia al general Márquez, antes de que la Cámara de Diputados decidiera si le hacía o no juicio político por el asunto de El Palomar. Se le imputaba a Márquez una participación que no había tenido, y el Ejército aspiraba a que la inocencia del ministro de Guerra quedara en evidencia antes de que se aceptara su renuncia, para que no tuviera que pasar a la Justicia ordinaria.
Pero Castillo no quiso. Dijo que iba a aceptar la renuncia de todos los ministros, sin excepción, y se empecinó en eso. Un día, estando yo en el Ministerio recogiendo mis papeles para venirme definitivamente a mi casa, llegó todo apurado el almirante Scasso, ministro de Marina, también renunciante, que además lo era interinamente en Guerra por licencia del general Márquez. Y me dice Scasso:
- ‘Vea, doctor Taboada, acabo de recibir una comunicación del Estado Mayor del Ejército: me dicen que procuremos que el doctor Castillo no acepte la renuncia de Márquez hasta el pronunciamiento de Diputados porque, de lo contrario, el Ejército impondrá la solución y hasta está dispuesto a sacarlo del Gobierno’.
Ante este hecho inusitado, yo me alarmé y le propuse entrevistarnos con Castillo. Fuimos los dos, tuvimos con el vicepresidente una conversación que duró más de una hora, hicimos una cantidad de consideraciones, le aseguramos que Márquez no se quedaría en su cartera ni un minuto más después de que Diputados lo dejara limpio. Pero Castillo no quiso saber nada. Dijo que no era posible hacer una excepción y que aceptaría la renuncia de todos.
Entonces le dije a Scasso que comunicara a los militares la decisión de Castillo. Así lo hizo. A la media hora se presentó un General, que era -me parece- Mohr. Pidió una audiencia de inmediato al vicepresidente de parte del Estado Mayor y le planteó que si aceptaba la renuncia de Márquez, el Ejército salía a la calle. Castillo tuvo que allanarse a esta exigencia. Fue la primera aflojada que tuvo con el Ejército(29).

(29) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), pp. 215-216. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

En los últimos días de Noviembre, fallece el intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Arturo Goyeneche. Se abre, pues, el debate sobre quién será su sucesor. Hay que recordar que por entonces y hasta la reforma de la Constitución Nacional en 1994, el intendente de la Ciudad de Buenos Aires era designado por el presidente de la Nación.

Recuerda Carlos Pita:

... Castillo le pidió a Ortiz un candidato para la intendencia de Buenos Aires; Ortiz le dio el nombre de Carlos Saavedra Lamas; horas más tarde, Castillo nombró al cuñado de Saavedra Lamas, el doctor Carlos Alberto Pueyrredón...
Cuando volvió a Suipacha, Ortiz le puso una excusa para no recibirlo y el vicepresidente empezó a espaciar mucho sus visitas(30).

(30) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), p. 226. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Luego de eso, Castillo le pide la renuncia al jefe de la Policía Federal, funcionario que había sido nombrado por Ortiz y que respondía al general Justo. Lo suplanta un oficial de la Marina de confianza del vicepresidente.

Se realizan elecciones a gobernador en la provincia de Santa Fe. El fraude es, otra vez, bochornoso. La violencia es mucha y, como consecuencia de ello, un General retirado muere asesinado a balazos durante un tiroteo.

Un grupo de radicales, encabezados por Marcelo T. de Alvear, realiza un acto multitudinario de protesta frente al monumento de Leandro N. Alem, en Retiro. Allí habla Alvear, quien le demanda a Castillo una definición: o está favor o está en contra del fraude. Luego del acto, una columna de manifestantes se dirige a la residencia presidencial, entonces situada en la calle Suipacha, con el fin de expresar su apoyo a Ortiz:

- “¡Qué vuelva!”; “¡El país quiere a Ortiz!”, son algunas de las consignas que se escuchan en medio de la confusión y algunas corridas. Esto sucede el 21 de Diciembre de 1940.

El 22, se realizan los comicios a gobernador en la provincia de Mendoza. Otra vez, aparecen el fraude y la violencia impulsada por grupos de patoteros llegados desde Buenos Aires. Es asesinado un dirigente radical.

Esta sucesión de hechos prenuncia una crisis en ciernes.

Conciente de esto, el ministro de Hacienda, Federico Pinedo, toma el recaudo de avisarle a Castillo de una jugada ciertamente audaz: la visita, en su residencia de Villa Regina, en Mar del Plata, a Alvear, quien estaba definitivamente enfrentado al vicepresidente. La idea era establecer una tregua entre radicales y conservadores para poner fin al fraude. La gestión fracasa.

Como consecuencia de ello, Pinedo renuncia unos días después. Lo sigue, casi inmediatamente, Roca, quien tampoco estaba de acuerdo con la persistencia del fraude.

En tanto, la actividad política en torno de Ortiz se incrementa notablemente. Un rumor gana la calle: se cree inminente la reasunción del mando por parte del presidente. Esto perturba a Castillo, quien manda un mensaje al Congreso instándolo a sancionar las leyes que aseguren la gobernabilidad.

En esos mensajes, increíblemente, casi no habla del fraude en Santa Fe y Mendoza. Para el vicepresidente esos hechos no afectaban la tarea parlamentaria; para Castillo, el Poder Ejecutivo no tenía facultades para sancionar los fraudes en el ámbito de las provincias; insólita apreciación, proviniendo de un hombre del Derecho como Castillo.

Un objetivo importante para el vicepresidente es poner un hombre suyo al frente de la Intervención de la provincia de Buenos Aires. Así es que, el 31 de Enero de 1941, Octavio Amadeo, cuya gestión estaba siendo obstaculizada desde el Ministerio del Interior, presenta su dimisión al cargo de interventor en ese distrito. En su renuncia expresa lo siguiente:

Condeno enérgicamente, como una aberración de nuestra cultura cívica, los últimos actos electorales ocurridos en Santa Fe y Mendoza, y no encuentro en V. E. igual condenación.
Esto me hace temer que encontraría obstáculos insalvables al presidir comicios ejemplares en esta provincia(31).

(31) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), p. 232. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A Castillo nada de esto lo conmueve. Su respuesta así lo denota:

Mañana habrá otro interventor(32).

(32) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), p. 232. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Castillo intenta ver a Ortiz para hablar sobre el asunto, pero el presidente decide no recibirlo. Todo este “crescendo” obliga a Ortiz a hacer públicas sus diferencias con su vicepresidente. Lo hace a través de un documento que se da a conocer el 11 de Febrero de 1941. Habla allí de los objetivos planteados para la acción de su Gobierno y, entre ellos, hace alusión al de buscar la normalidad institucional y el perfeccionamiento democrático.

Pero, en lo más arduo de esta lucha... la adversidad ha detenido el desarrollo de mi tarea... Los hechos de gobierno y las orientaciones políticas que puedan haberla malogrado, no me pertenecen. De ahí que decline toda responsabilidad ante el pueblo”, expresa uno de los párrafos de la nota presidencial que, luego de aludir a los episodios de fraude en Santa Fe y Mendoza, se explaya sobre la necesidad de restaurar la fe pública, para lo cual Ortiz insta a utilizar el poder presidencial diciendo que “quien ostenta la más alta dignidad de la República, aunque fuere ocasionalmente, se halla en el deber de ejercitarla velando por todo aquéllo que sea un factor de tranquilidad en el desarrollo de la actividad nacional(33).

(33) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), pp. 233-234. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Castillo no permanece quieto ante esta movida de Ortiz. El mismo día de la aparición del documento, el vicepresidente habla con los senadores Santamarina, Arrieta, Arancibia Rodríguez y Castro. Es este último el que presenta, 48 horas después, un proyecto para investigar la salud del presidente con la idea de evitar cualquier intento de éste para volver al poder.

Se inicia así un juego de pinzas sobre el Primer Mandatario. Por un lado, el senador Castro infiere, a partir de las declaraciones de Ortiz, que éste interfería en la labor de quien en ese momento estaba a cargo del Poder Ejecutivo. Por otro lado, quien estaba a cargo del Poder Ejecutivo -Castillo- se hace el desentendido y expresa exactamente lo opuesto. Un reportaje aparecido en el diario “La Razón”, reproduce el siguiente diálogo:

- “Si el presidente no anuncia su regreso, ni pide licencia, ni renuncia, ¿qué situación se plantea?
- “Ninguna. El doctor Ortiz puede seguir como hasta ahora, atendiendo el cuidado de su salud
- “¿Es decir, señor vicepresidente, que la situación puede prolongarse varios meses más, o por un año?
- “Por uno, dos o tres años. Puede prolongarse todo el tiempo que sea necesario para el restablecimiento de su salud”.
- “Sin embargo, doctor Castillo, la situación actual crea una serie de dificultades para el normal desarrollo de la acción de gobierno”.
- “No es así. En ningún momento el Gobierno ha tenido dificultades(34).

(34) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), p. 240. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Finalmente, el juicio político no prospera y Ortiz sigue siendo presidente aunque quien gobierna es Castillo, su vicepresidente.

Como era de esperar, las diferencias entre Ortiz y Castillo se fueron ahondando con el correr del tiempo. Sus personalidades y sus concepciones políticas eran totalmente diferentes. El desarrollo de la guerra mundial contribuyó a que esas diferencias se acentuaran. Ortiz era un decidido aliadófilo. Castillo, en cambio, tenía simpatías por el “Eje” nazi-fascista.

En Marzo de 1941, por un decreto del vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo, se crea una comisión asesora “para solucionar con urgencia la falta de bodegas a fin de dar salida a la producción nacional, base de la economía del país”. Este decreto, firmado por Castillo, es considerado como el que dio nacimiento a la Marina Mercante de la Argentina.

Entre el 20 y el 23 de Septiembre hay movimientos de tropas del sector nacionalista del Ejército que intentan llevar adelante un golpe de Estado. Son neutralizadas por sectores leales al Gobierno. El general Justo tiene un papel decisivo para evitar el éxito de la asonada. Hay detenidos, a los que Castillo, sorpresivamente, habrá de indultar.

Tras ello, busca un entendimiento directo con los sectores que habían querido deponerlo. Como resultado de ese entendimiento, Castillo se compromete a limitar, de una vez por todas, la influencia de Justo en el Ejército. También promete el estado de sitio y la disolución del Congreso o, por lo menos, la del Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires.

Esto se concreta en Octubre, tras descubrirse un caso de pago de coimas por la concesión de los servicios de transporte público. Si bien el hecho no involucraba a la totalidad de los concejales, el desprestigio que le acarrea al Concejo, da el pretexto justo para que el presidente lo disuelva.

El gabinete se va armando a la medida de Castillo. En el Ministerio de Economía sale Pinedo y entra Carlos Alberto Acevedo y en el de Relaciones Exteriores, Roca es reemplazado por Enrique Ruiz Guiñazú.

La gestión de gobierno lo encuentra a Castillo activo. Se nacionaliza el gas. Se da por concluida la concesión del puerto de Rosario. Como por causa del conflicto bélico había escasez de caucho y nafta, se produce su incautación. Se empieza a considerar, además, la adquisición, por parte del Estado Nacional, de los ferrocarriles. Este era un tema que interesaba mucho al Gobierno inglés, ya que costaba sostener el servicio ferroviario de pasajeros.

En realidad, el gran negocio de los ferrocarriles estaba basado en el transporte de carga, por el cual se pagaban tarifas que reportaban enormes ganancias a los concesionarios. En cambio, el servicio de pasajeros se daba a modo de contraprestación que, en sí, era deficitaria. Hubo, por lo tanto, un plan para que los ferrocarriles pasaran a manos del Gobierno argentino que fue encargado por los ingleses a Federico Pinedo quien, por su trabajo, cobró 10.000 libras esterlinas. Cuando esto se supo públicamente, Pinedo se desempeñaba como ministro de Economía de Castillo quien, ni lerdo ni perezoso, aprovechó el episodio para deshacerse de aquél.

En Agosto se decidió la compra de dieciséis barcos italianos que, por causas de la guerra, habían quedado anclados en el puerto de Buenos Aires. Eran barcos viejos y deteriorados que luego de ser refaccionados quedaron en condiciones de uso. A ellos se sumaron tres barcos dinamarqueses y cuatro alemanes. Así fue como nació la Flota Mercante de la Argentina que permitiría, debido a la condición de neutralidad adoptada por el país en ese momento de la guerra, la salida de la producción agrícola-ganadera con destino a Europa. Uno de los grandes beneficiarios fue Gran Bretaña.

En ese año, Castillo inauguró la avenida General Paz.

Es el año de las investigaciones de la Comisión Investigadora de Actividades Antiargentinas que denunció las acciones de la Alianza de la Juventud Nacionalista y su participación en las actividades del espionaje nazi, así como también de las denuncias de otros casos de corrupción referidos a los servicios de transporte público, de provisión de electricidad y la de los sorteos, arreglados con los “niños cantores”, de la lotería.

Mientras tanto, Castillo sigue en pos de un objetivo: hacer que las provincias que habían sido Intervenidas por Ortiz vuelvan al redil del conservadorismo. El turno es ahora de Catamarca, San Juan y Buenos Aires.

En Catamarca se vota con alguna normalidad. En San Juan se roban mesas y se consigue así que el bloquismo no gane. El episodio más escandaloso de todos es, sin embargo, el de la provincia de Buenos Aires.

Como se mencionó más arriba, Octavio Amadeo, el interventor designado por Ortiz, renuncia en Febrero de 1941. Lo reemplaza un oficial de la Marina que trata de continuar la labor de Amadeo. En vistas de las elecciones a gobernador, los conservadores acuerdan postular al doctor Rodolfo Moreno. Luego de decidida esta candidatura, que incluye un premio consuelo para Barceló -una banca de senador nacional- se busca acelerar el proceso electoral.

El interventor observa que, actuar así, implicaba violar la Constitución Provincial, lo cual llevaba -inexorablemente- a aplicar una ley que abría las puertas al fraude. Castillo se muestra disconforme con la postura del interventor, a quien fuerza a renunciar, reemplazándolo por el decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, quien actúa de igual manera que su predecesor. Por lo tanto, también debe alejarse del cargo.

Finalmente, Castillo nombra a Enrique Rottjer, un militar retirado, que cumpliría a rajatabla los deseos del vicepresidente, siendo recompensado con una banca de diputado nacional.

La elección tiene lugar el 7 de Diciembre de 1941. Gana Moreno tras un fraude fenomenal. El hecho pasa casi desapercibido, ya que ese día coincide con el ataque aeronaval de Japón a Pearl Harbour. Debido a eso, “los porteños comentarán que Moreno había hecho un pacto secreto con el Mikado para que el escándalo de ese día pasara inadvertido(35).

(35) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), p. 252. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

A los pocos días de la elección en la provincia de Buenos Aires, Castillo decreta el estado de sitio, que habría de ser levantado recién durante la primera presidencia del general Juan Domingo Perón, el 24 de Mayo de 1946. Entre los fundamentos del decreto se expresa que los Estados Unidos han entrado en guerra y se aspira a que “nadie hable mal de nadie”.

Las consecuencias de esta medida las sufren principalmente los medios de prensa, que tenían una clara posición aliadófila. Así es que se clausuran “Argentina Libre”, dos veces, y “La Vanguardia”, cuatro veces.

En la Conferencia Internacional de Río de Janeiro, la Argentina sostiene la posición de neutralidad. Esto a pesar de que dos buques del país, el “Río Tercero” y el “Victoria”, habían sido hundidos por submarinos alemanes.

El Gobierno de los Estados Unidos decide comenzar una tarea de presión y hostigamiento contra los dos únicos países latinoamericanos que no habían dejado de lado su neutralidad: la Argentina y Chile. En vistas de esto, Chile modifica rápidamente su postura y le declara la guerra al Eje. Argentina, en cambio, demorará dos años más en adoptar igual actitud, cuando ya la contienda bélica esté llegando a su fin.

En las elecciones legislativas de Marzo del 42 el lema es: “Apoye a Castillo y asegure la paz”(36).

(36) Mónica Deleis, Ricardo deTitto, Diego L. Arguindeguy. “Historia de los presidentes argentinos del siglo XX” (2000), p. 168. Ed. Aguilar, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El general Justo y sus aliados conservadores, la U.C.R. y el Socialismo se inclinan fuertemente por el apoyo a los Aliados. Nada de esto conmueve a Castillo, quien persiste en sus contactos con la Alianza de la Juventud Nacionalista y sectores militares pro-nazi fascistas.

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, juega una carta final para lograr la vuelta de Ortiz al poder, y decide enviar al famoso médico oftalmólogo español Ramón Castroviejo a fin de evaluar la posibilidad de operar al presidente argentino. El Gobierno estadounidense tenía simpatía por Ortiz pero, en la decisión de Roosevelt, a quien la poliomielitis estuvo a punto de dejar fuera de la carrera política, pesó mucho la comprensión del drama humano del mandatario argentino.

La venida de Castroviejo a Buenos Aires constituyó uno de los episodios más dramáticos de la historia política del país. Castroviejo debió luchar contra la incomprensión y el ambiente hostil de los médicos argentinos que atendían a Ortiz -con excepción del doctor Enrique Malbrán- molestos por la consulta al eminente especialista, la que fue tomada como una ofensa. Al margen de esto, la realidad era que la deteriorada situación de su paciente hacía inviable cualquier tratamiento de los disponibles en aquellos años.

Perdida toda esperanza de cura, el 24 de Junio, Ortiz envía al Congreso el texto de su renuncia indeclinable a la presidencia de la Nación. Hace conocer también su “Manifiesto al País” y envía una nota al doctor Castillo, en la que expresa que:

Al resignar mi investidura, declaro que las disidencias que pude tener con V. E. en el modo de apreciar y resolver problemas de política interna e internacional, nunca ha afectado la alta e invariable consideración personal que tengo y debo al señor vicepresidente(37).

(37) Félix Luna. “Ortiz (Reportaje a la Argentina Opulenta)” (1978), p. 292. Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

El sábado 27 de Junio, la Asamblea Legislativa acepta la renuncia de Ortiz en menos de una hora. A partir de ese momento, Ramón S. Castillo deja de ser vicepresidente en ejercicio de la presidencia y pasa a ser presidente de la Nación(38).

(38) Ramón S. Castillo nació en Ancasti, provincia de Catamarca, el 20 de Noviembre de 1873. Ejerció la presidencia de la República en forma interina desde el 3 de Julio de 1940 y como titular desde el 27 de Junio de 1942 hasta el 5 de Junio de 1943. Falleció en Buenos Aires, el 12 de Octubre de 1944. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires. Es el 20mo. Presidente Constitucional de la Nación Argentina en el hecho y en el título.

Su gestión habrá de llevar rumbo de colisión. El próximo desvelo de Castillo será el general Justo y su indisimulable deseo de volver a la presidencia. Ese es uno de los motivos fundamentales para desplazar del cargo de ministro de Defensa al general Tonazzi, a quien reemplaza el general Pedro Pablo Ramírez. En ese momento Castillo no imagina que, poco tiempo después, Ramírez será su verdugo político.

La muerte de Justo, en Enero de 1943, pareció quitarle a Castillo otro problema. A partir de esa circunstancia se sintió sin atadura alguna para digitar a quien aspiraba que fuera su sucesor: Robustiano Patrón Costas.

Liberado ya de la sombra del general Justo, el presidente toma la iniciativa de organizar comidas con los altos mandos militares. Cree así que asegurará la lealtad y el apoyo de las Fuerzas Armadas. Se realizan dos de estos encuentros: uno el 4 de Febrero y otro el 2 de Marzo de 1943. Craso error. Castillo no advierte que, muerto Justo, el sector nacionalista del Ejército comienza a tramar su derrocamiento.

El hombre clave para esto habrá de ser el general Pedro Pablo Ramírez, quien juega una partida doble: por un lado encabeza las reuniones del G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos), integrado por oficiales de las Fuerzas Armadas de clara afinidad con el fascismo, en las que se va armando la trama del golpe de Estado; por otro lado, es visitado por dirigentes del radicalismo quienes, creyendo que Ramírez es el hombre ideal para poner freno al fraude, deciden ofrecerle la candidatura presidencial por el partido.

Cuando esto trasciende, Ramírez produce una declaración en la que desmiente esas versiones. Esa declaración, hecha a pedido de Castillo, aparece en los diarios del 1 de Junio. Sin embargo, el presidente no queda conforme; desconfía de Ramírez. Sospecha que algo extraño e inquietante está sucediendo, aun cuando no puede saber a ciencia cierta qué es. Esta falta de información no es casual: el jefe de Policía es un general subordinado de Ramírez y el del Servicio de Inteligencia responde al G.O.U.

El 3 de Junio, Castillo insiste y le exige a Ramírez un pronunciamiento más contundente en relación a su no aceptación de la mentada candidatura. En plena madrugada del 4 de Junio, Ramírez presenta su renuncia y, al hacerlo, le informa al presidente que un movimiento militar está en marcha para desplazarlo del poder. Es el comienzo del fin.

Efectivamente, la guarnición de Campo de Mayo, con el general Arturo Rawson a su mando, se levanta en armas contra el orden constitucional. Luego de sortear un breve enfrentamiento a su paso por la Escuela de Mecánica de la Armada, en la que mueren algunos efectivos militares, las tropas rebeldes llegan a la Plaza de Mayo.

Las pocas unidades del Interior -que parecen aprestarse a defender la Constitución- deponen rápidamente su actitud. Castillo queda solo. No había cultivado el amor del pueblo, olvidando el consejo de Maquiavelo, para quien “el cariño del pueblo es para el Príncipe absolutamente necesario por ser en la adversidad su único recurso(39).

(39) Maquiavelo. “El Príncipe”, capítulo IX. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Desengañado del Ejército, el presidente deja la Casa Rosada acompañado por algunos ministros, entre los que está el de Marina. Se refugia en una modesta embarcación: el rastreador “Drummond”. Desde allí envía un telegrama al Correo Central. Está dirigido al presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Su texto es el siguiente:

Comunico a V. E. que mi Gobierno ha trasladado su sede a la Escuadra de Río, donde he izado la insignia de Comandante en Jefe ante la rebelión que tendrá digno castigo. Hago saber a ese Supremo Tribunal que desde aquí se resguarda la autoridad nacional para restablecer el orden.
Saludo a V. E.(40).

(40) Gustavo Gabriel Levene. “Historia de los Presidentes Argentinos”, segunda parte, p. 219. Ed. STE, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

La Corte Suprema guarda el telegrama y se limita a esperar el regreso a Buenos Aires de su presidente, quien se encuentra en Mar del Plata. Así, para el presidente, las horas pasan con pena y sin gloria a bordo de esa embarcación que se desplaza sin destino por las aguas del Río de la Plata. La renuncia es irremediable. La presenta el 5 de Junio

La Plata, Junio de 1943.
Señor Comandante de las Fuerzas Militares.
Presento al señor comandante mi renuncia al cargo que desempeño.
Salúdalo: Ramón S. Castillo”.

Mientras lo firmaba expresó: “Hace trece años que no tengo un día de reposo. Al fin ahora voy a descansar(41).

(41) Gustavo Gabriel Levene. “Historia de los Presidentes Argentinos”, segunda parte, p. 220. Ed. STE, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

Entonces, el presidente de la Corte invocó el orden de sucesión presidencial para hacerse cargo del gobierno. Pero ya era tarde; la suerte estaba echada; las Fuerzas Armadas habían asumido, una vez más, el poder político de la nación.

Ramón S. Castillo murió el 12 de Octubre de 1944, día en el que, de haberse mantenido el orden constitucional, tendría que haber traspasado el bastón de mando a su sucesor.

Sus necrológicas fueron escuetas y críticas. La de “La Nación”, el diario donde en su juventud se había asomado al periodismo, dijo:

Del juez digno y del informado profesor universitario que fuera años antes, el propio Castillo había renegado cuando, beneficiario del sistema, aceptó colaborar activamente en el fraude electoral hecho norma por los generales José Félix Uriburu y Agustín P. Justo(42).

(42) Gustavo Gabriel Levene. “Historia de los Presidentes Argentinos”, segunda parte, p. 221. Ed. STE, Buenos Aires. // Citado por Nelson Castro. “La Sorprendente Historia de los Vicepresidentes Argentinos” (2009), prólogo de Joaquín Morales Solá. Ed. Vergara, Buenos Aires.

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