El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

La política presidencial del doctor Castillo

Debe ser analizada la política presidencial del doctor Ramón S.Castillo en primer lugar en orden al aspecto internacional, y luego la proyección e influencia que ella trajo con referencia a las relaciones políticas partidarias en la República Argentina y, consecuentemente, en la provincia.

Sería redundante recordar que la guerra mundial estaba en su apogeo en 1942. Ella se había iniciado en 1939, durante la presidencia del doctor Roberto Marcelino Ortiz y en el transcurso de su gestión éste mantuvo una razonable neutralidad. No se habían producido hechos que justificaran otra posición. El doctor Ortiz era reconocidamente partidario de las potencias aliadas y especialmente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Cuando se ve en la obligación de delegar el mando en manos del vicepresidente Ramón S. Castillo, la situación no cambia y -por el contrario- el nuevo titular del Gobierno se aferra a esa postura. En las luchas apasionadas de la época, se tildó al doctor Castillo de ser pro-alemán por su conducta permisiva para las actividades que éstos desplegaban en la Argentina, especialmente a través de la embajada. Parecía que la oposición no tomaba nota de las actividades que, en favor de los aliados, se desplegaban en forma tan o más intensa que la de los alemanes.

Se ha llegado a acusar al doctor Castillo de ser pro-nazi, por su actitud neutralista, y muy especialmente a partir del ataque japonés a la base de Pearl Harbor de los Estados Unidos, a fines de 1941, cuando de todas formas se buscaba presionar para que los países americanos declararan la guerra al Eje o al menos rompieran relaciones diplomáticas, en cumplimiento de pactos preexistentes.

Es conocida la posición argentina en la Conferencia de Río de Janeiro, que prudentemente logró una declaración genérica que no comprometía demasiado a los países allí reunidos, contrariando los deseos e imposiciones del gran país del Norte.

Muchos de los detractores del doctor Castillo parecían ignorar la política de neutralidad que mantuvo a ultranza el presidente Hipólito Yrigoyen durante la primera guerra mundial. Por ello es interesante reproducir aquí algunas opiniones que, transcurrido un razonable lapso, han reconocido o al menos han comprendido muchas de las razones que motivaban al mandatario argentino.

Un testigo veraz de aquellos tiempos, refiriéndose a la personalidad del doctor Castillo, expresaba que al asumir la titularidad del Poder Ejecutivo tenía 66 años y, tras la apariencia de un abuelo apacible y complaciente, ocultaba una firmeza de carácter que bien recordaban quienes lo había conocido y que, en el caso de Corrientes, agregamos por nuestra parte, se manifestó en su decisión irrevocable de Intervenir la provincia contra viento y marea.

Dice este autor que, a pocos meses de su Gobierno, se produjo la entrada de Estados Unidos en la guerra, con la consiguiente conmoción mundial que tuvo estruendosa repercusión en Buenos Aires. Castillo decretó el estado de sitio y asumió firmemente su responsabilidad de dirigir las relaciones exteriores del país, pese a las presiones de los estadounidenses.

En esa oportunidad, el autor que citamos tuvo oportunidad de entrevistar personalmente al doctor Castillo, y éste le expresó textualmente:

Es cierto que el embajador de los Estados Unidos quiere que rompamos las relaciones con el Eje Roma-Berlín-Tokio, con argumentos fundados en razones teóricas y motivos no siempre valederos.
Pero ocurre que a Inglaterra no le conviene, como me ha sido sugerido, aunque no directamente por su embajador. Fíjese -agregaba- que si nosotros rompemos relaciones con el Eje nuestros barcos que llevan los alimentos que tanto necesita Gran Bretaña van a quedar expuestos a los submarinos alemanes, en el Atlántico, que los hundirán antes de llegar a destino”.

Por lo demás, le decía el presidente, la “vocinglería” se escuchaba solamente en la Ciudad de Buenos Aires, mientras el resto del país estaba con la neutralidad. Esta era -en resumen- la posición del Gobierno, dice el autor, más allá de que la neutralidad favorecía también a los paises del Eje que disponían en Buenos Aires de una extensa red de espionaje, llegando la penetración nazi a extremos increíbles(1).

(1) Félix H. Laiño. “De Yrigoyen a Alfonsín (Relato de un Testigo del Drama Argentino)” (1985), pp. 46 - 47. Ed. Plus Ultra, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Juan Francisco Torrent al doctor Blas Benjamín de la Vega. 1936-1946)” (1997). Ed. EUDENE (Editorial Universitaria de la Universidad Nacional del Nordeste), Corrientes.

Un autor correntino, analista del período que estamos tratando, dice que se imputó al Gobierno de Castillo el amparo y fomento de las actividades de espionaje germano y se lo acusó de difundir falsedades para justificar su política neutral. Sigue diciendo que Sir David Kelly -embajador británico en Buenos Aires en esa época- asegura en sus memorias que Castillo no era pro-nazi, ni siquiera germanófilo, para afirmar luego de que no hay dudas de que no sentía simpatías por los Estados Unidos, como en general no la sentía la mayor parte del conservadorismo argentino, como tampoco la hay de que ese conservadorismo era pro-británico.

Y tanto ello es así que el comercio con Alemania era prácticamente nulo, casi había cesado, mientras que el comercio con Gran Bretaña aumentaba incesantemente desde 1939. En realidad, la neutralidad correspondia a los intereses de los ganaderos argentinos y de su gran consumidor, Gran Bretaña, y el mismo autor cita a Alain Rouquié quien, en su libro “Poder Militar y Sociedad Política en la Argentina”, expresaba que:

Es también cierto la vehemencia de las críticas norteamericanas contra la actitud antidemocrática del Gobierno argentino, que en los hechos favorece al Reino Unido, reforzando la intención de los economistas norteamericanos que aprovechan la guerra para tratar de suplantar a la antigua metrópoli y hacer de la Argentina un país dependiente de los Estados Unidos”, situación similar a la ocurrida en el transcurso de la primera guerra mundial.

No hay dudas -dice- de que de esta solapada guerra de intereses económicos provenía del vivo deseo estadounidense de que la Argentina entrara en guerra y también la preocupación real británica -aunque convenientemente disimulada- para que esto no ocurriera(2).

(2) Antonio Emilio Castello. “Historia Contemporánea de los Argentinos” (1987), tomo I: “La Reacción Conservadora”, pp. 147 - 148. Ed. Abaco, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Juan Francisco Torrent al doctor Blas Benjamín de la Vega. 1936-1946)” (1997). Ed. EUDENE (Editorial Universitaria de la Universidad Nacional del Nordeste), Corrientes.

El nacionalismo vernáculo, en líneas generales contrario a las potencias aliadas, se movían en apoyo de la política exterior de Castillo y por medio de una Comisión del Plebiscito por la Paz le hacía entrega de un manifiesto firmado por casi un millón de argentinos solidarizándose con la posición asumida por el presidente luego de la Conferencia de Río, mientras la oposición -por su lado- lograba aprobar en la Cámara de Diputados de la Nación una moción por la que se declaraba la necesidad de la ruptura de relaciones con el Eje, la que fue desoída por el presidente, significándoles que la dirección de la política exterior estaba a su cargo.

- La política interna

El vicepresidente Castillo había sido nominado para ese cargo un tanto imprevistamente. Recordemos que Agustín Pedro Justo había impuesto como candidato presidencial al doctor Roberto Martcelino Ortiz, y era su aspiración que se consagrara para el segundo término al doctor Miguel Angel Cárcano, mientras que los conservadores se debatían en la búsqueda de otro candidato, entre los que pudo figurar el doctor Juan Ramón Vidal, pero en aquella oportunidad el presidente del partido Demócrata Nacional, doctor Robustiano Patrón Costas, había logrado imponer al doctor Castillo.

Desaparecido Ortiz, ya afirmado Castillo en la presidencia de la nación, comenzó a madurar su propio plan político que pasaba por su inquebrantable decisión de nominar a un hombre de su confianza y, en lo posible, perteneciente al partido Demócrata Nacional, para sucederlo.

Hay que recordar que en el transcurso del año 1942 las elecciones fueron una sorpresa para todo el país, ya que en distritos gobernados por los radicales, el partido Demócrata obtuvo triunfos rotundos y, por primera vez, la Concordancia disputó palmo a palmo los votos de la Ciudad de Buenos Aires con socialistas y radicales.

Para muchos, el pueblo no quería saber nada de guerra e identificaba a los radicales como partidarios de embarcar al país en ella, a lo que debía agregarse los escándalos de diversa índole en los que estuvieron involucrados algunos dirigentes de esa fuerza política(3).

(3) Carlos Aguinaga y Roberto Azaretto. “Ni Década ni Infame (del 30 al 43)” (1991), p. 255. Ed. Jorge Baudino, Buenos Aires. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Juan Francisco Torrent al doctor Blas Benjamín de la Vega. 1936-1946)” (1997). Ed. EUDENE (Editorial Universitaria de la Universidad Nacional del Nordeste), Corrientes.

Pero el principal obstáculo que se oponía en sus planes estaba en la fuerte personalidad del general Agustín Pedro Justo, que aspiraba a la reelección presidencial y movía sus piezas en el Gobierno y entre los militares, para lograr aquel objetivo. Justo se había declarado pro-aliado y no ocultaba sus preferencias en tal sentido, al extremo de ofrecer al Brasil su colaboración como militar, ya que durante su presidencia había sido investido del grado de General del Ejército brasileño.

Su viaje a aquel país, que recién había declarado la guerra al Eje, generó un recibimiento apoteótico por parte de la nación hermana y, en su regreso a Buenos Aires, tuvo características semejantes. Comenzó entonces a desplegarse toda una estrategia por parte de sus simpatizantes tendiente a llevarlo nuevamente al primer sitial de la nación.

Comidas, agasajos, recepciones y muy especialmente la ofrecida por la Cámara de Comercio Británica, a la que asistieron una serie de embajadores de distintos países como los Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Uruguay, Paraguay y Grecia, y los dirigentes conservadores, senadores nacionales Antonio Santamarina y Alberto Barceló -dos “grandes” de la política bonaerense- y los diputados nacionales Bernardo Rocha, Hernando Prat Gay y el doctor José Aguirre Cámara, de gran influencia en la provincia de Córdoba(4).

(4) Diario “La Prensa”, (Buenos Aires), edición del 4 de Noviembre de 1942. // Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Historia Política Contemporánea de Corrientes (del doctor Juan Francisco Torrent al doctor Blas Benjamín de la Vega. 1936-1946)” (1997). Ed. EUDENE (Editorial Universitaria de la Universidad Nacional del Nordeste), Corrientes.

El doctor Castillo había sido ministro del general Justo, y éste, durante la gestión de Ortiz y gran parte de la de Castillo los había apoyado a través de su influencia y de los amigos que actuaban en la maquinaria del Estado y, especialmente, en las Fuerzas Armadas con miras al logro de su propia reelección. Pero Justo era radical y Castillo estaba decidido a quebrar la influencia de esta fuerza, cualquiera fuese el signo que la caracterizara. Y si era necesario estaba dispuesto a enfrentar al general Justo, del cual no quería ser mero instrumento.

Tal vez el paso más audaz dado por Castillo fue la eliminación del general Juan M. Tonazzi, ministro de Guerra de su gabinete. Tonazzi era hombre del general Justo, a través del cual seguía controlando importantes sectores del Ejército. Pero esa decisión, a la larga, significó su caída irremisible.

Mientras Castillo trataba de consolidar su posición, el radicalismo personalista que había perdido a su líder, el doctor Alvear a principios de ese año, se debatía en la búsqueda de una figura de prestigio que pudiera oponer a las aspiraciones de ubicar en el sillón presidencial a un candidato conservador. Y no faltaban radicales que pensaran en la posibilidad de que el general Justo pudiera llegar a ser ese hombre.

Pero no eran sólo los radicales los que pensaban en Justo pues, además de sus seguidores antipersonalistas, se manifestaban en su favor muchos dirigentes del conservadorismo.

Debe recordarse que en este periodo se estaba gestando, por acción del socialismo y con el apoyo de “Acción Argentina”, una coalición de partidos opositores que integrarían además los demócrata progresistas y los radicales personalistas, a los que se habían unido los comunistas, que adoptaron una posición pro-aliada a partir de la invasión alemana a la Unión Soviética. Esta coalición llevaría el nombre de “Unión Democrática”.

Dentro del partido Demócrata Nacional -la agrupación del presidente- se manifestaban diversas corrientes: unos eran partidarios de mantener los compromisos contraidos con el radicalismo antipersonalista, que dieron lugar a la Concordancia gobernante desde 1932. Pero ello significaría tener que aceptar a Justo como candidato o perder el apoyo de los antipersonalistas.

Otros pensaban que el conservadorismo había dado pruebas inequívocas de ser una mayoría en el país y reclamaban el primer término de la fórmula, cediendo el segundo lugar a los antipersonalistas; y, finalmente, estaban los que reclamaban ambos cargos para los conservadores, lo que no significaba una ruptura, ya que el sector antipersonalista tendría presencia en el futuro Gobierno en proporción a su realidad electoral.

Para fines de 1942, los cálculos acerca de las posibilidades electorales de cada una de las fuerzas políticas actuantes hacía presumir que, en caso de no arribarse a una solución “concordancista”, ninguna tendría mayoría propia para consagrar la formula presidencial en el Colegio Electoral.

Debemos recordar aquí que, conforme a la ley electoral vigente, el partido que ganaba en una provincia llevaba la totalidad de los electores correspondientes al distrito. Así, se pensaba que la distribución de fuerzas podría quedar de esta manera: los demócrata nacionales tendrían asegurada la provincia de Buenos Aires, con 88 electores; la de Corrientes y Mendoza, con 18 electores cada una; Salta, San Luis y San Juan, con 10 electores cada una; y La Rioja, Jujuy y Catamarca, con 8 electores cada una, lo que hacía un total de 176 electores.

Los radicales del Comité Nacional contaban con la Ciudad de Buenos Aires, con 68 electores; Córdoba, con 34; y Entre Ríos con 22, con un total de 124. Y los antipersonalistas -con la candidatura del general Justo- se atribuían Santa Fe, con 42 electores; y las provincias de Tucumán, con 18; y Santiago del Estero, con 16, lo que hacía un total de 76.

El Colegio Electoral estaba compuesto de 376 electores, necesitándose para consagrar al binomio presidencial una mayoría absoluta de 189 electores. De allí que cualquier combinación podría salir de un Colegio con tales probables resultados.

Pero el hecho fortuito de la muerte del general Agustín Pedro Justo, ocurrida en Enero de 1943, vino a cambiar totalmente el escenario político nacional y a fortalecer la posición del presidente Castillo. A partir de aquí no tendrá obstáculos para imponer su plan continuista, que ya se manifestó con la Intervención a Corrientes, donde había comenzado a desarticular un seguro apoyo para la fórmula concordancista.

Información adicional