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MIGUEL JUAREZ CELMAN, PRESIDENTE

- “Converse menos y piense más”, habría aconsejado a Juárez, siendo estudiante, su profesor de filosofía...
- “Es que solamente conversando me voy conociendo y pongo en claro mis ideas”, respondió el muchacho...

Cuando llegó a la presidencia, le sobraron -claro está- interlocutores complacientes en escucharlo... Pero en verdad ellos no le ayudaron a Juárez Celman a clarificar sus decisiones de gobernante.

Y es posible que buena parte de su fracaso en la Primera Magistratura se debiera a no haber recordado esa advertencia de aquel profesor de la Universidad cordobesa...

Tempranamente huérfano de padre, Miguel fue con su madre y los hermanos a vivir con don José Celman, el abuelo materno que, gallego de origen, pero adherido a la revolución de Mayo de 1810 era, en Río Cuarto, fuerte propietario de tierras y ganados. Don José Celman poseía además los mejores caballos de raza de la provincia.

Y Miguel, el nieto favorito, no desdeñaría comprobarlo cuando, jinete en ellos, gozó del alborozo de las carreras cuadreras...

En la Córdoba natal se incorporó al Colegio de Monserrat, cuyos muros no llegaban a impedir las resonancias que las luchas de la organización nacional despertaban en la juventud. Tenía Juárez Celman quince años cuando vio llegar apresuradamente a la ciudad al doctor Santiago Derqui, que buscaba allí los elementos que pudieran proporcionar a la Confederación el desquite de la derrota sufrida en 1861 cuando la batalla de Pavón...

Dos años después, es Angel Vicente Peñaloza, el “Chacho” quien, al mando de cuatrocientos montoneros, ocupaba Córdoba y recibía de la ciudad embanderada en su honor, el homenaje de las campanas y el nombramiento de Capitán General... En 1867, serán los montoneros del “puntano” Juan Saa, los dueños trashumantes de la mediterránea población...

Pero el estrépito de los bélicos sucesos y de sus consiguientes altibajos no parecían influir en la Córdoba de siempre y la tradición seguía imponiendo sus costumbres.

Juan del Campillo, ilustre congresal de 1853, al regresar de Roma, en 1864, donde había sido ministro argentino ante la Santa Sede, trajo una hermosa obra de arte que representaba un gladiador olímpico desnudo. Desencajonado el mármol ante un grupo de damas y caballeros, aquéllas se horrorizaron en su presencia y, un sacerdote, allí testigo, maldijo el mármol sin aguardar las explicaciones de su dueño.
Fue necesario privar de sus fundamentales atributos y vestirle con la convencional hoja de parra de nuestras primeras vergüenzas. La estatua quedó olvidada en un corredor del Colegio Monserrat(1).

(1) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

No sólo los montoneros perturbaban la paz de Córdoba. La provincia conoció también estallidos violentos, algo así como “revoluciones de bolsillo”, a las cuales recurrían con frecuencia los grupos de familias tradicionales, haciendo de ellas un procedimiento común en la renovación de los gobernantes...

La Guerra del Paraguay, impopular en Córdoba del mismo modo que en casi todo el país, al desguarnecer los fortines que en el sur custodiaban las fronteras interiores, posibilitó la calamidad de los malones. Estos asaltaban a Río Cuarto, Villa María, etc.; detenían las mensajerías y las galeras y proveían a los indios de ganado y de cautivos...

Miguel Juárez Celman estaba ya en la Universidad, próximo a terminar su carrera de abogado, cuando estalló en Córdoba -a fines de 1867- una epidemia de cólera. Se la juzgó traída por los combatientes que regresaban de la guerra del Paraguay y ella azotó a la población hasta mediados de 1868.

Víctimas del cólera sucumbieron el abuelo, la madre y un hermano menor de Juárez Celman. Pero de la desgracia que, con tan multiplicado duelo, lo afectaba, el joven no se enteró sino meses después. El descansaba en la estancia “La Paz”, una residencia veraniega de Jesús María, cuyo propietario, don Tomás Funes, previendo que el joven deseara llegarse hasta Córdoba mientras duraba la epidemia, le ocultó lo sucedido.

La cremación de los cadáveres, impuesta cual defensa ante la peste, explica que de sus entrañables afectos hogareños, Miguel Juárez Celman únicamente hallara a su regreso el saldo incierto y gris de unas cenizas arrojadas al osario común...

A fines de 1869 obtenía el título de abogado; recién en 1874 alcanzaría el doctorado en jurisprudencia. Entre esas dos fechas acontecen en su vida sucesos importantes: se casa, en Abril de 1872, con Elisa Funes, de 19 años, hija del dueño de “La Paz”, la residencia veraniega de Jesús María; ejerce la profesión e inicia su vida pública al ser elegido, en Julio de 1872, miembro de la Municipalidad de Córdoba.

Acaso más importante que todo eso, al menos para la razón de ser de esta biografía, Miguel Juárez Celman ha trabado amistad con Julio Argentino Roca, teniente coronel que, luego de combatir a las montoneras de “el Chacho” en 1863, participar de la Guerra del Paraguay y llegar nuevamente en 1868 para pelear a las montoneras de Juan Saa, va también a matrimoniar en Jesús María con Clara Funes, otra de las hijas de don Tomás Funes...

El abogado Miguel Juárez Celman y el teniente coronel Julio Argentino Roca, resultarán encontrando en la misma familia a sus esposas. Y en las mismas comunes ambiciones de gloria, la coincidencia para un plan político. Por la constante solidaridad con que estos dos hombres lo elaboraron y cumplieron, semejante asociación es excepcional en nuestro pasado ...

¿Cómo era psicológicamente Juárez Celman..? Es fácil la respuesta, porque él no sabía disimular y porque además de lo que transparenta en su correspondencia, lo que de él han dejado escrito quienes lo conocieron en su juventud y antes de ser una gran figura política, siguió teniendo validez por muchos años...

Dado al trato diario de los amigos, a las tertulias de sociedad, a las diversiones en común, gustaba del baile y de la música. El minué, las polcas, valses y lanceros le contaron entre sus cultores. Socio dirigente de la ‘La Filarmónica’, que organizaba fiestas y representaciones teatrales con elementos de la mejor sociedad cordobesa, su simpatía personal conquistaba a todos..."(2).

(2) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Vehemente irremediable, entrégase a sus amigos con toda efusión y escribe cartas de quince y veinte carillas. Su letra, pequeña, rápida, no resultó nunca fácil de leer; ‘... se necesita quererle a usted mucho para entender su escritura ...’, le dijo uno de los hombres que más íntimamente lo tratara...(3).

(3) Se trata de Eduardo Wilde. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Desde luego, en esta “sociedad política” que formaron en base a su parentesco de concuñados y de sus comunes intenciones para actuar en la vida ciudadana, Juárez Celman fue el “socio menor” ... La personalidad de Roca ha trascendido ya al país especialmente desde que, partidario de Sarmiento, después de haber adherido en 1867 a la candidatura presidencial del autor del “Facundo”, ha contribuido en Ñaembé (Enero de 1871) a derrotar a López Jordán y Sarmiento lo ha ascendido a Coronel en el campo de batalla.

Juárez Celman, a quien en Junio de 1873 le ha nacido la primera hija y reelecto miembro de la munipalidad cordobesa, sigue en esas funciones, aspira a ocupar en Córdoba la Fiscalía Federal, próxima a vacar.

Le solicita a Roca interponga su influencia para obtenerla: “Tengo tanto interés como usted en verlo desempeñar ese puesto”, le respondió Roca desde Río Cuarto, sede de su cargo de jefe de las tropas de Córdoba. Y, en efecto, Roca interesó a un amigo, para que en su nombre se pidiera ese cargo al presidente. Pero la gestión no marchó satisfactoriamente y designado otro candidato, Juárez Celman le escribe a Roca:

No sería franco si no le confesara la desagradable impresión que me han producido sus últimas noticias respecto a mi fiscalía... Me pesa en el alma haber tenido tal pretensión y jamás aspiraré a nada que dependa de voluntades ajenas.
Tengo un genio maldito que me hace sufrir lo que usted no puede imaginarse con contrariedades de este género. Comprendo, también, su disgusto y le apruebo que en adelante no escriba ni se empeñe con nadie por ninguna de mis recomendaciones(4).

(4) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Y también le ha escrito a Roca comunicándole las gestiones de algunos amigos que piensan ofrecerle la posibilidad de un breve interinato como ministro de Gobierno, para presidir los próximos comicios de renovación gubernativa:

... yo deseo y hago lo que puedo para que no se lleve adelante arreglo alguno que me obligue a desatender mi profesión, pues vivo de ella y apenas me alcanza para vivir, ganando el doble del sueldo de ministro y adquiriendo cada día más clientela(5).

(5) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La respuesta de Roca es categórica:

Si usted trata de lanzarse de lleno por el camino de la política y de los altos puestos públicos, tiene usted que hacer a un lado sus intereses particulares y no fijarse si ganará menos de ministro que de abogado.
Créame que yo tal vez he quedado más mortificado que usted al no conseguirle la Fiscalía, pues hasta cierto punto tengo la culpa; sabiendo que tarde o temprano quedaría vacante, debí habérmela asegurado con tiempo.
Dela por perdida y no se acuerde más de esto; y déjeme a mí, que aunque tengo un alma tan impresionable como la suya y me afecta vivamente cualquiera contrariedad, estoy más habituado a dominarme y a no desesperanzar tan fácilmente de las cosas y de los hombres(6).

(6) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Cuando a fines de 1875 el nombre de Juárez Celman parece auspiciado por algunos grupos cordobeses para la gobernación, aunque no llegó a ocupar el interinato de ministro antes mencionado, Roca le escribía:

Me felicito de que no haya aceptado su candidatura para gobernador si no se la presentan bien asegurada contra incendios, lo que conceptúo difícil dada la situación de Córdoba.
Manténgase a la capa y dígales que antes de pensar en candidatos deben tratar de organizarse y, cuando se sientan con fuerzas, entonces pensar en designarlo. En el principio de la carrera política, que fatalmente tiene uno que seguirla en nuestro país (sea cuál fuera la profesión que ejerza) más que nunca debe manifestar que tiene calma y serenidad para apreciar las cosas...”.

La carrera política de Juárez Gelman sería favorecida porque, ejerciendo su profesión de abogado en el estudio del doctor Antonio del Viso y elegido este vicegobernador, la muerte súbita del gobernador electo doce días antes de asumir el cargo, transformaba a Del Viso en el Primer Mandatario provincial. Meses después, Juárez Calman entraba a desempeñarse como ministro de Gobierno de Córdoba.

Estamos en 1877. También la muerte va a favorecer a Roca, llevándose a Adolfo Alsina, el ministro de Guerra de Avellaneda. Y Roca, ya General desde que en Santa Rosa (Diciembre de 1874) había derrotado al general José Miguel Arredondo -uno de los jefes de la insurrección “mitrista”- es designado para reemplazar a Alsina.

Tiene fecha 4 de Enero de 1878 su nombramiento de ministro de Guerra y Marina en el gabinete de Nicolás Avellaneda.

Algunos meses antes, Roca le había escrito a Juárez Celman:

Si queremos ser fuerza y poder en el porvenir, conviene nos mantengamos unidos y que todos nuestros actos lleven ese sello. Sobre todo los referentes a senadurías y diputaciones nacionales. Nosotros debemos marchar mudos como el destino, hasta el momento decisivo, que aún me parece está distante(7).

(7) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Pero, como acabamos de ver, el “momento decisivo” se había anticipado: ¿el Ministerio de Guerra, alcanzado por el “socio mayor”, no era acaso inmejorable síntesis de "poder y de fuerza" para servir a esta asociación política..? ¿Qué ideas afines habían vinculado a Julio Argentino Roca y Miguel Juárez Celman en esta solidaria empresa..?

Las ambiciones personales no bastarían a explicarla; es precisamente en política donde lo personal carece de exclusividad definitoria... Esas ambiciones deben asentarse calculando sentimientos e intereses colectivos...

Desde luego que las expresiones ciudadanía o pueblo, cuando se refieren a la época en que estos hombres actuaron -hace más de un siglo- deben entenderse con las limitaciones que entonces se les asignaba... De la política participaban, activamente, los núcleos tradicionales, dueños de bienes: campos, ganados, comercios, etcétera. El resto, era sólo espectador pasivo o instrumento...

Aclarado ésto, digamos que Roca, tucumano, y Juárez Celman, cordobés, se sintieron atraídos por una común defensa del federalismo...

Repudiaban el “federalismo” de las montoneras que, encabezadas por los caudillos, aparecían como rebeliones lugareñas y rurales, defensoras de un pasado colonial y por tanto inoperante ya... El federalismo de Roca y de Juárez Celman suponía expresar una aspiración de los núcleos ciudadanos de propietarios dispuestos a incorporarse los nuevos tiempos de los ferrocarriles, del telégrafo y de los barcos de vapor...

Creían en esa filosofía del progreso, tan simbólicamente expresada por Sarmiento en el desarrollo de la educación -multiplicando escuelas- y en el fomento de la inmigración para poblar el desierto...

Y en “yunta” con este federalismo, Roca y Juárez Celman, coincidían en su aversión a Buenos Aires, la provincia hegemónica que trataba a las otras provincias de la nación cual “cenicientas”... En escala personal, esa aversión a lo porteño, podía medirse en el rencor que les inspiraba Mitre y los “mitristas”...

La solidaria actividad de Roca y Juárez Celman supone -desde 1877- la necesaria colaboración del gobernador Del Viso. Córdoba es, después de Buenos Aires, la primera provincia por su población y goza del excepcional privilegio geográfico que hacía de ella territorio imprescindible para comunicar a Buenos Aires con la región de Cuyo y con las provincias del Norte del país.

Eficazmente secundado por Juárez Celman, la gestión gubernativa de Del Viso se caracterizaría por un afán renovador. En noble emulación con la de Santa Fe y advertido de los progresos que esa provincia vecina está cumpliendo por la expansión de la agricultura, verificada por los inmigrantes, Juárez Celman le escribe a Roca

... Para poblar nuestras tierras es preciso desalojar a los indios. Usted ha hecho mucho, pero debe hacer más. Las colonias vendrán cuando no haya más rastros de toldos ni de salvajes...”.

Es una incitación para que Córdoba no aparezca ausente de interés en la campaña para la conquista definitiva del desierto, que será la tarea más importante a cumplir por Roca desde el Ministerio de Guerra. Sobre este punto, Roca le informará algún tiempo después:

... La comisión que estudia el proyecto de fronteras va a resolver la cuestión más difícil: determinar los límites...”; “... así se concilian todas las pretensiones, y Córdoba, Buenos Aires, San Luis y Mendoza tendrán más tierra de la que creían en derecho poseer.
Córdoba debe ganar como mil leguas...”.

El tifus, que a comienzos de 1878 obligará a Roca a guardar cama y observar una larga convalescencia, determina que Juárez Celman baje a Buenos Aires a visitar al enfermo. En esa oportunidad comparte la tertulia que todas las tardes se hace en casa de Roca:

Vincúlase a muchos dirigentes porteños, caballeros y damas influyentes, que se sorprenden de las finas agudezas de Juárez Celman, de la elegancia, de sus ropas, de su inteligencia rápida y brillante...(8).

(8) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Las inquietudes progresistas del Gobierno de Del Viso reiteran su preocupación por la realización de obras públicas vinculadas a una posible expansión de la agricultura, “paralizada en Córdoba por falta de irrigación. Faltan canales. Tengamos el noble coraje de decir toda la verdad y declaremos que no podemos resolver en nuestro favor el problema de la colonización sino ofreciendo al inmigrante tierras baratas y que puedan ser regadas”, se lee en un mensaje del mandatario de Córdoba.

Desde Buenos Aires, Roca estimula a Del Viso y a Juárez Celman... No ha vacilado antes en afirmarles que “el país considera al actual Gobierno de Córdoba el mejor de la República...”.

En una carta que tiene membrete del Ministerio de Guerra y fechada el 24 de Julio de 1878, Roca hace un puntualizado examen de las candidaturas presidenciales para suceder, en 1880, a Nicolás Avellaneda; de las luchas de las diversas facciones y en el balance final le escribe a Juárez Celman:

Resumiendo; tenemos a Sarmiento, que no es una solución de paz para la República y que ya está bastante viejo; a Rocha, Irigoyen(9) y a mí, que no podremos ser candidatos con probabilidades de triunfo y que seríamos muy combatidos.
Quedan Tejedor y Mitre. ¿Por cuál de los dos les parece a ustedes que debemos decidirnos? Estoy seguro que, sin trepidar, me dirán que por el primero. Yo también soy del mismo parecer. Mitre será la ruina del país.
Su partido es una especie de casta o secta, que cree tener derechos divinos para gobernar a la República; Tejedor, si no es jefe de partido y tiene el mal sentido de elegir palabras como aquella de huésped para el Gobierno Nacional, es hombre recto, honrado y no tan terco ni indócil como lo condenan las exterioridades.
Sobre todo, creo que es la única carta que podríamos jugar con éxito. El ha dicho que con el único que entraría en una combinación sería conmigo...
... voy a empezar a maniobrar con el tino y prudencia que usted me conoce; que no juego mi propia suerte sino la de muchos amigos y, sobre todo, la del país, que necesita no sufrir en cada elección presidencial conmociones como la que sufrió en la elección de Avellaneda.
Daremos la presidencia, pero conservaremos la vicepresidencia para el doctor Del Viso, que de derecho le corresponden todas las Vice; que tiene tanta suerte, que todavía se le han de morir otros; y el Ministerio de la Guerra y algo más si se puede.
Guarde de todo esto mucha reserva, que aún no es tiempo de propalarlo...”.

(9) Se trata del doctor Bernardo de Irigoyen. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Esta carta de Roca desconcertó a Del Viso y a Juárez Celman... ¿Era posible que Roca admitiera que la presidencia de la República a disputar el 80, podía ser para otro que no fuera el propio Roca? ¿Podía admitirse que se adjudicara la más alta magistratura a un hombre como Tejedor, con su largo y público historial de unitario..? “El plan”, tantas veces convenido, ¿no hablaba de federalismo..?

Al desconcierto le siguió el desagrado; ... no disimula la carta de contestación de Juárez, su recriminación:

... No es posible que después de tantos años de colaboración estrecha, defeccione usted de sus antiguas esperanzas. ¿Es que lo han seducido los porteños..?

Roca se apresuró a contestar:

En mi determinación hay abnegación y cálculo al mismo tiempo. No solamente del Interior, sino aquí mismo; hombres importantes en la prensa y en las diferentes fracciones políticas me dicen que yo puedo ser un candidato serio a la presidencia; pero no me hago ilusiones y veo que no es posible ni conveniente.
Además, aún tenemos tiempo. Más seguro es andar despacio. Con Tejedor no me volví a ver, así que nada puedo decirle de nuevo...”.

Algunas semanas después es visible que la candidatura de Tejedor se desmejora en sucesivas cartas de Roca:

Tejedor es poco reservado...”; “... conmigo no se ha portado con la circunspección que debía y sus ligerezas me tienen medio frío...”; “... Hace una barbaridad y luego se asusta y retrocede. Ya está muy en duda su decantada energía, que era la calidad principal que se buscaba en él. No gana un paso su candidatura...”.

Yo me he detenido en el primer impulso dado en su favor, que usted conoce; no me arrepiento ni retrocedo, pero tampoco seguiré adelante. Ustedes deben seguir cen grandísima circunspección. Nada de impaciencias, que siempre hay tiempo para ahorcarse...”.

En otra carta, encarando el porvenir de Juárez Celman, Roca le escribe:

... Usted debe guardar calma y serenidad y no alterarse por los ataques injustos y apasionados. Tenga bien aseguradas las Cámaras y ríase de los enemigos”.

Roca se refería a la Legislatura Provincial, llamada a elegir los senadores nacionales por Córdoba. Dentro del plan de Roca y de Juárez, estaba ya descontado que una de esas senadurías la obtendría el gobernador Del Viso y, en reemplazo de éste, el futuro gobernador sería Juárez Celman:

Tiene usted para ofrecer y acabar completamente con la oposición: la vicegobernación, los ministerios y muchas otras cosas”, le señalaba Roca.

Las indicaciones de Roca respondían al sistema; en el tablero de la política provincial, ya está calculado el precio justo y personal, que permitiera obtener adhesiones complacientes...

Pero, por eso mismo, por la variante que siempre puede provocar tal sistema, no faltó -en el caso de Juárez Celman- hasta el episodio pintoresco, según se lo narra Roca:

Ayer me habló el presidente de una proposición que le habían llevado... Eliminarlo a usted como candidato. Y para probar que no me tenían mala voluntad, se nombrase futuro gobernador a nuestro suegro...
¡Ya me lo figuraba a don Tomás Funes de gobernador, teniendo la obligación de subir todos los días al Cabildo, recibir gentes de parada y echar discursos! No pude menos de reírme...
Muy poco me costó convencer al presidente de lo estúpido de semejante proposición; y para que sepa a qué atenerse, si es que alguna otra vez se presta a oír semejantes barbaridades, le dije terminante y resueltamente: todo ataque contra Juárez lo miraré más que si fuera dirigido a mi mismo y, perderé todo antes que aceptar nada que pueda menoscabar su prestigio como jefe del partido...”.

El Roca que así le habla al presidente Avellaneda y defendía a Juárez Celman como jefe del partido, era el Roca ministro de Guerra y Marina que, pocas semanas antes, había regresado a Buenos Aires, después de haber preparado y ejecutado con éxito la lucha contra los indios en la “Conquista del Desierto”...

Era el Roca que en esos días, Julio de 1879 -ya lanzada su candidatura presidencial para enfrentar a la de Tejedor, el gobernador de la provincia de Buenos Aires- le informaba a Juárez Celman que se veía apoyado por “los elementos de Unzué, Lezama y muchos otros ricachos, antiguos 'mitristas'”...
En la campaña(10) son más fuertes y numerosos nuestros elementos. Nc será difícil que también triunfemos en Buenos Aires, a pesar de todo el poder oficial de Tejedor...”.

(10) Campaña en el sentido de la zona rural de la provincia. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Es también el mismo Roca que, previendo todo, le escribe a Juárez Celman y con fecha 7 de Agosto:

... Por medio de Malbrán les mando trescientos fusiles y treinta mil cartuchos. De todo esto debe mandar a Catamarca 60 fusiles y 60 a Tucumán, con lo que tendrán de sobra; el resto quedará ahí...”.

Por lo visto, el sistema de repartir futuras posiciones públicas no era bastante; las armas seguían siendo necesarias, aunque coincidiendo con Hernández y su “Martín Fierro”, “pero naides sabe cuándo...”.

Los fusiles que Roca -según propia confesión- enviaba al Interior para ser distribuidos desde Córdoba, no eran los únicos que llegaban a las provincias... El gobernador Tejedor no carecía de recursos para obtenerlos y de partidarios del Interior para usarlos...

Hemos aludido antes a esas “revoluciones de bolsillo”, frecuentes en las renovaciones de los Gobiernos provinciales... Si una de ellas triunfaba en Córdoba y lograba impedir la asunción del cargo por Juárez Celman, el episodio trascendía los límites locales; en la cambiante marea del quehacer político se había producido una novedad importante: Roca, ya no era el ministro de Guerra de Avellaneda.

Este, deseando mostrar su neutralidad en la contienda entre Roca y Tejedor, calculando contribuir así a alejar los peligros de la guerra civil, había reemplazado a Roca con Pellegrini... (Octubre de 1879).

Son las 11:00 de la mañana del 26 de Febrero de 1880. En el despacho del gobernador, instalado en el edificio del Cabildo, dialogan Del Viso y su ministro Juárez Celman; éste debía asumir la gobernación el 17 de Mayo. Imprevistamente, diez o doce individuos, encabezados por don Lisandro Olmos y que habían llegado hasta ahí trepando audazmente por las paredes del Cabildo, le exigían a Del Viso y a Juárez Celman sus renuncias mientras les apuntaban con sendos revólveres...

Famoso por su coraje, actor en Cepeda y en Pavón, partícipe de la Guerra del Paraguay, Lisandro Olmos había sido diputado nacional por Catamarca, su provincia natal. Vinculado sin embargo a Córdoba y partidario de Tejedor, Olmos había recibido el encargo de provocar un movimiento que alterara allí la situación política; para lograrlo, se calculaba también el soborno de las fuerzas fieles al Gobierno y “argumento” debían ser veinte mil patacones(11) que llevó de Buenos Aires.

(11) Patacones era la denominación de la moneda metálica acuñada en plata. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Pero el regimiento 10 de línea con sede en Río Cuarto se negó a plegarse, pues la tropa prefirió seguir siendo fiel a Roca, su antiguo jefe... Fracasada la tentativa, el grupo tan inesperadamente introducido en el despacho de Del Viso seguía exigiendo las renuncias, cuando Olmos comprobó que acudían al Cabildo fuerzas del Ejército que cruzaban la plaza vecina y no tardarían en acabar con los sediciosos... La serenidad de Olmos lo llevó a modificar el planteo: el grupo que capitaneaba podía ultimar a Del Viso y a Juárez Celman antes que llegaran esas tropas...

A cambio de no hacerlo, se respetaría la vida de ambos, si en vez de firmar las renuncias pocos minutos antes solicitadas, Del Viso y Juárez Celman firmaban el no procesamiento de los insurrectos y les garantizaban pudieran retirarse, sin ser molestados. Unas líneas nerviosamente trazadas por Juárez Celman y Del Viso, que aceptaron la propuesta, silenciaron los revólveres...

Restablecida la tranquilidad pública, Juárez Celman -en nombre del Gobierno de Córdoba- telegrafiaba al presidente Avellaneda: “La paz de la República ha sido salvada...”.

Quizás no todo era exageración en el texto transcripto... Lo que sin duda había peligrado en el episodio fue la vida de Juárez Celman y la candidatura presidencial de Roca...

El 17 de Mayo de 1880, Juárez Celman asumía la gobernación de Córdoba. “Después de prestar juramento del cargo”, Juárez Celman advirtió a la Legislatura que “pediría a ésta leyes enérgicas que colocasen a la provincia en el rango que le corresponde, sacrificándolo todo, todo, antes que ceder un palmo en el terreno de nuestro decoro”.

Juárez Celman aludía así a la identificación que Córdoba debía a la candidatura de Roca, símbolo de la resistencia provinciana a la candidatura de Tejedor... Fracasadas las tentativas de avenimiento, el país bordeaba la guerra civil. El enfrentamiento pretendía tener el carácter de una lucha que, quitándole a la provincia de Buenos Aires la ciudad homónima y transformando ésta en ciudad capital de la República, pusiera término a la hegemonía porteña, que aparecía simbolizada por Tejedor...

Ya no era un secreto que los bandos se armaban... El 2 de Junio, el presidente Avellaneda, a raíz de un procedimiento de los partidarios de Tejedor, consideró a éste incurso en rebelión y, abandonando la ciudad, declaró que instalaba su autoridad en el vecino pueblo de Belgrano; pareció evidente la inmediata apertura de las hostilidades...

En la lucha armada, las tropas del coronel Racedo -compadre de Juárez Celman y gran amigo de Roca- derrotaban, el 17 de Junio, a orillas del río Luján, a las partidarias de Tejedor mandadas por el coronel Arias, persiguiendo a las mismas hasta Buenos Aires. Nuevos combates se producirían en Barracas, Puente Alsina y Corrales los días 20 y 21 de Junio. La ciudad no estaba en condiciones de resistir un largo asedio y se entablaron negociaciones de paz...

Córdoba apareció gravitando poderosamente en la derrota de Tejedor y contribuyendo así al triunfo de Roca. Lo reconocieron explícitamente los gobernadores de varias provincias: las de Salta y La Rioja, entre otras. El presidente Avellaneda le telegrafiaba a Juárez Celman, desde el campamento de las fuerzas leales a su autoridad:

Reconozco al pueblo de Córdoba el apoyo tan decidido y entusiasta que presta en la situación que otros han creado para la nación y que ella se ha visto obligada a afrontar”.

Juárez Celman, por su parte, diría meses después, en su primer mensaje a la Legislatura (15 de Mayo de 1881):

... Córdoba, la provincia menos militarizada de la República, la única quizá que no albergaba ni alberga en su seno la personalidad de un caudillo militar, tipo tan corriente en nuestro país, en donde las luchas civiles se han producido fatalmente; Córdoba, que no reconoce otro prestigio que el de la autoridad legalmente constituida, fue la primera en enviar sus legiones al teatro de los sucesos, con tal rapidez, tal orden y decisión que han sorprendido y merecido el aplauso de las provincias hermanas y la gratitud sincera de la nación”.

Cuando el 12 de Octubre de 1880, Roca juraba el cargo de presidente, Juárez no pudo bajar a Buenos Aires. Antonio del Viso, que ya había integrado como representante de Córdoba el Senado Nacional, pasaba a desempeñar el Ministerio del Interior.

Juárez Celman realiza en Córdoba un Gobierno renovador. Empedrará las calles, instalará las aguas corrientes; el gas reemplazará al querosén en la iluminación de la ciudad, construirá puentes... Las acequias para regar tierras -hasta entonces yermas- es también una constante preocupación de su Gobierno...

Pero la obra pública extraordinaria, testimonio del más alto espíritu transformador, es el dique San Roque, concluido en el tiempo récord de veinte meses y el más grande en su género de los hasta entonces existentes en América del Sur. El beneficio más inmediato fue el evitar a Córdoba las periódicas y catastróficas inundacicnes... Pero varias décadas más tarde, la pluma de Leopoldo Lugones, en balance justiciero, enunciaría todo lo que el dique San Roque posibilitó:

... Los que conocimos los antiguos Altos de Córdoba, bajo su primitivo manto de pajonal estéril, y la conventual ciudad donde no había más industria que el pan sobado a mano y los confites de las monjas, podemos juzgar de los beneficios del dique.
Todo, hasta el estado intelectual y moral del pueblo, cambió favorablemente merced a esa obra. La luz, la civilización de la luz, digamos así, que destaca a Córdoba como si fuese una ciudad de primer orden(12), el manejo científico de la energía eléctrica, el mejoramiento de la salubridad con la extensión del área cultivada y la consiguiente supresión de las polvaredas debidas a vientos rasantes, que eran los demonios de la muerte repentina; la amabilidad de la flor en el comercio urbano (bajo este aspecto era la ciudad austera hasta la hurañía); la formación de parques y jardines como el zoológico, que muchas ciudades europeas querrían para suyo, lo trajo la obra del dique...”.

(12) Corresponde esto a un artículo de Lugones aparecido en el diario “La Nación”, en 1917. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En otro orden de cosas, Juárez Calman multiplicó las escuelas y no descuidó promover la inmigración. Respecto de esto último, confiaba optimista en esa transfusión de sangre de una Europa excedida en gentes laboriosas.

En un telegrama a Roca, al saber que ha llegado a Buenos Aires un vapor italiano que traía, en Octubre de 1880, varios cientos de inmigrantes procedentes de Génova, le ruega haga gestiones para que parte de ellos vayan a radicarse en Córdoba:

Mi provincia -le dice al presidente- hállase en el estado virginal que tenía antes de la llegada de los conquistadores españoles. Necesita de brazos trabajadores que produzcan la riqueza que potencialmente encierra...”; “... y Córdoba se ofrece generosamente a ellos...”.

Al empuje renovador de Juárez Celman en su afán de realizaciones, lo molestan las trabas legales y trata, muchas veces, de sortearlas... Por apurar una licitación de durmientes, suscita un episodio que la oposición a Roca utiliza arrojando sospechas infundadas de negociado...

Otras veces reclama para su provincia trescientas leguas, y lo hace en un tono tal de reproche por la demora, que Roca, en carta del 10 de Enero de 1881, le contesta:

No tiene usted razón para enojarse conmigo ni para tirar el arpa al diablo. La vida pública está sembrada de contrariedades y uno no debe pensar en suicidarse a las primeras que encuentre, sobre todo cuando ya se han vencido tantas como usted ha vencido...”; “... usted no debe dudar de mi buena fe para usted y para Córdoba.
Desgraciadamente no todo se puede salvar con buena voluntad, como sucede con las trescientas leguas que usted pide. El Poder Ejecutivo Nacional no puede, por su cuenta, hacer esa cesión. Es materia de ley.
Dentro de cuatro meses estará reunido el Congreso y su asunto será de los primeros...”.

Juárez reclamaba para su Córdoba esa extensión sin adjudicarse, porque no estaban definidos todavía los límites interprovinciales resultantes de la conquista del desierto y de la consiguiente eliminación de las fronteras interiores.

También en lo institucional, que es como decir por los cauces que el nuevo espíritu deseaba hacer marchar las normas de la sociabilidad de la provincia, los cambios no ocultaban su importancia... El 13 de Agosto de 1880 se creaba el Registro Civil, que resultaba así el primero en funcionar en la República. Las anotaciones de nacimientos, casamientos y defunciones quedaban, por el Registro Civil, sustraídos a la jurisdicción de la Iglesia...

Como si eso fuera poco, la obligatoriedad de enterrar únicamente en el cementerio civil decretada luego, al no aceptar a los templos católicos para ello según era lo tradicional, conmovió a la Córdoba monacal... ¿No eran ya bastantes cambios, eso del dique y las acequias, del gas y de los gringos..?

Y mientras la juventud universitaria y liberal aplaudía, Juárez Celman y sus colaboradores supieron de ataques nada evangélicos. En la lucha se extralimitaron los adjetivos, evidenciando una pasión que ya tenía antecedentes.

Cuando el rector de la Universidad, don Manuel Lucero, creó durante su gestión amplios y modernos gabinetes de física y química, instaló bibliotecas y adornó con estatuas y jardines la tradicional Casa de Trejo, los adversarios, protestando contra los innovadores, exclamaron: “¡Hace pagana a la Universidad..!” Y el rector Lucero, apodado por quienes lo combatían de “El Lutero de Córdoba”, en una agria polémica con el doctor Rafael García -un prestigioso profesor de Derecho Civil, católico ultramontano- escribía: “Los hombres de escapulario no quieren luces para que no se descubra su miseria...(13).

(13) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Buen católico, Juárez Celman tenía, como la generalidad de los liberales de su tiempo, esas puntas de escepticismo que le permitían enrolarse en las filas de quienes preferían una Iglesia libre en un Estado libre... Mantuvo, con afectuosa y sincera estimación, trato cordial con el obispo de Córdoba, fray Mamerto Esquiú.

Juárez Celman había concurrido a la ceremonia, verificada en Enero de 1881, celebrada cuando Esquiú se hiciera cargo del Obispado. Y Esquiú, agradeciendo el gesto, le escribía: “Yo espero tranquilo que no me faltará su poderoso auxilio, habiéndome dado ya V. E. tan señaladas pruebas de consideración y bondad”.

Ha quedado documentado que ese auxilio no le faltaría a Esquiú:

He recibido los cien pesos que el Gobierno de la provincia ha destinado a la grande e interesantísima obra de redimir de una triste deuda a la bella iglesia de Nuestra Señora del Pilar.
En esa erogación, siento la mano generosa que la ha promovido...”, expresan unas líneas de Esquiú, dirigidas a Juárez Celman el 16 de Marzo de 1881.

En otras del 14 de Diciembre: “Con la partida de hoy asciende lo que tengo recibido de V. E. a la suma de 1.670 pesos bolivianos para la rifa de los muebles. Todo es debido a la suma bondad de V. E...”.

El obispo Esquiú también le solicita indulto de presos y, con más empeño sentimental, le pide a Juárez Celman apoyo para profesionales catamarqueños, deseosos de un cargo en la Administración cordobesa, o becas para estudiantes pobres... Hasta su muerte, ocurrida en Enero de 1883, el obispo Esquiú actuó en Córdoba, en buena armonía con Juárez Celman y el Gobierno de la provincia.

Pero el sector ultramontano no lo imitaba en su tolerante comprensión y Roca le comenta a Juárez Celman cuando éste le informa:

... Respecto a esos energúmenos, yo les tengo tanta tirria como usted, pero las atenciones debidas a la virtud del Padre Esquiú, y el chasco que me he pegado con mi ministro Pizarro, amigo bueno, inteligente y decidido, que me ha salido más frailuno y fanático de lo que me imaginaba, me han contrariado los planes...”.

Juárez Celman gobernó a Córdoba de cara a esos vientos de la intolerancia... ¿Podía ser de otra manera? Se trataba de gentes tan reacias a cambiar, tan predispuestas a hallar sombras no sólo en los diques, o en el gas, o en los gringos, que cuando Juárez Celman contrata la construcción y colocación de un reloj público en la torre del Cabildo y el artesano encargado de la obra “da a las campanas un sonido reposado y grave, sobraron quienes interpretaron que parecería que el señor gobernador se gozase en recordarnos, por cada campanada, que nos acercamos a la muerte...(14).

(14) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Ajeno a esos enfoques agoreros, Juárez Celman gustaba en cambio de la compañía de esa clase de hombres que, imaginación mediante, multiplican la vida... Agasajaba a los hombres de letras; sentía, se ha dicho, debilidad por los poetas y escritores. Sin mayores pruebas, ha podido pensarse que él deseara serlo...

Lo cierto es que el 1 de Octubre de 1880, Juárez Celman fue distinguido con el título de miembro honorario de la sociedad “Vélez Sársfield”, de Córdoba, constituida por literatos, jurisconsultos, poetas, médicos, etcétera. Al enterarse Roca de la designación, le escribió burlonamente:

Me parece bien se atraiga la voluntad de esos hombres inteligentes y ruidosos. Al fin y al cabo ellos terminan por formar la opinión general y esto es importante para el que manda.
No olvide el consejo del cardenal Richelieu: ‘Hablar poco, escuchar mucho, fingir interés en la necesidad de los otros, sin dejar por eso de hacerse temer...’”.

Juárez Celman no escucharía el consejo... Acaso por una tendencia psicológica, a elegir lo que más podía halagarlo, no buscó que lo temieran, sino todo lo contrario...

... Gasta una bondad que no clasifica al sujeto sobre quien se ejercita, de ahí que su generosa amistad sea muchas veces explotada por los cortesanos y los pillos...”, afirmó de Juárez Celman uno de los hombres que más y mejor pudo tratarlo y conocerlo: Ramón J. Cárcano.

En Mayo de 1883, Juárez Celman concluirá su mandato constitucional de tres años como gobernador de Córdoba... ¡Oh, no será por ello un desocupado..! Con la mejor anticipación se han hecho ya las “jugadas” que preparan el porvenir... En Febrero de 1882, Roca le había escrito: “... En el Senado estamos así nomás. Si vienen usted e Iriondo(15) a tiempo, apenas tendremos quince votos seguros”.

(15) Simón de Iriondo era, entonces, gobernador de Santa Fe. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Le aconsejaba bajase a Buenos Aires para ambientarse en el clima político de la capital y conquistar amistades útiles en el futuro; previendo los inconvenientes hogareños que esa invitación pudiera entrañar, concluía la carta:

Elisa debe resignarse a dejarlo venir siquiera por dos o tres meses; las mujeres de los hombres públicos deben ser menos apegadas a sus maridos. A usted no le conviene quedarse ahí, en la inacción”.

En 1882, en uso de licencia y acompañado de su familia, Juárez visita Buenos Aires, alojándose en la casa de Roca; en el domicilio de éste le nacería el primer hijo porteño(16). En largas pláticas con Roca y en múltiples tertulias compartidas con los asiduos visitantes del presidente, Juárez Celman haría buen acopio informativo...

(16) El matrimonio tendría, posteriormente, otros tres hijos porteños. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Su regreso a Córdoba se festejó con un baile de tanta alegría y entusiasmo que Roca, sabedor del éxito del mismo, le telegrafió:

Mucho lo felicito por el espléndido resultado del baile, a pesar de los trabajos de confesionario y de los medios que los fanáticos ponen siempre en juego en estos casos.
Es una protesta elocuente contra el espíritu monacal, que se quiere atribuir siempre a Córdoba”.

Antonio del Viso que, como gobernador de Córdoba primero y luego como senador, tan vinculado estuviera a Roca y Juárez Celman, designado -ya dijimos- ministro del Interior, sólo permanecería en este cargo algo más de un año. Abandonó el Ministerio por razones de salud y se lo envió a Italia como representante diplomático argentino en ese país.

Eso sí, para asegurarse la senaduría por Córdoba, a Juárez Celman le pareció conveniente modificar la Constitución Provincial y una reforma, fechada en Enero de 1883, estableció la renovación anual de la tercera parte de los diputados cuyo mandato había sido hasta entonces de tres años... Elecciones tan frecuentes ayudaban a prevenir que se debilitaran algunas gratitudes y permitía encender las esperanzas de quienes todavía se creían con derecho a los favores oficiales...

Reforzando sus contactos, después de la reforma mencionada, Juárez Celman realizó una gira por regiones poco accesibles de la provincia y, Roca, en Marzo de 1883, le escribía:

... He visto con gusto su paseo triunfal por los Departamentos tras la sierra. Debe haber pasado buenos ratos y comido buenos bocados de cura; bocados de sabor campestre, al natural, sin condimentos ni ingredientes indigestos y empalagosos de las ciudades.
La religión y el poder, sobre todo cuando éste está representado por un hombre joven, agradable y buen mozo (no se ruborice) tienen en estos pueblos semidormidos de los valles y fuera de los caminos reales, un prestigio inmenso...(17).

(17) Agustín Rivero Astengo: “Juárez Celman (Estudio Histórico y Documental de una Epoca Argentina)” (1944). Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Elegido senador nacional por Córdoba -el 31 de Julio de 1883- y después de prestar el juramento de ley, Miguel Juárez Celman se incorporaba a la Alta Cámara ... Ya estaban allí sentados, entre otros, Nicolás Avellaneda, Simón de Iriondo y Aristóbulo del Valle.

Juárez Celman vino solo a Buenos Aires; en Córdoba quedaron su esposa, doña Elisa Funes y sus siete hijos, el menor de los cuales acababa de nacer... Era un matrimonio feliz y la fecundidad señalada -que no pararía ahí- probaba que Juárez no confiaba solamente en la inmigración para aumentar el porvenir demográfico del país...

Como era la primera vez que una separación prolongada los alejaba, la esposa no dejó de sufrirla en su salud. El médico de la familia le escribía a Juárez Celman:

A doña Elisa la noto menos valiente que de costumbre. Está muy encerrada y será bueno que usted le aconseje que salga y se distraiga. Yo se le indico, pero no me hace caso.
A doña Elisa le sobrevino un dolor neurálgico en la cara, que duró el domingo y parte del lunes, en que desapareció totalmente al leer sus cartas, llegadas ese día por la noche (no vaya a creer que es lisonja; ya sabe que las emociones agradables son excelentes remedios para los dolores nerviosos)”, escribía veinte días después el mencionado profesional.

El propio gobernador de Córdoba, sucesor en el cargo de Juárez Celman, le informaba: “... la enfermedad de doña Elisa es ocasionada por su ausencia...”. Por su parte, Ramón J, Cárcano, un joven cordobés cuyo talento había inspirado a Juárez Celman la mejor simpatía, que oficiaba de secretario del gobernador y tenía misión de informar a Juárez Celman sobre las novedades que se produjeran en el hogar, le telegrafiaba el 27 de Septiembre:

La señora está con fiebre. La causa: no haber recibido hoy carta suya. El remedio: un telegrama, inmediatamente, explicando este delito de leso amor conyugal...”.

El mejor consuelo para la señora de Juárez Celman era acaso el recordar que la Constitución de 1853, sancionada en época de galeras y mensajerías, apreciando las distancias a recorrer por los legisladores, fijaba en sólo cinco meses el período ordinario de sesiones del Congreso... Bien es verdad que los sueldos de los senadores nacionales, de setecientos pesos mensuales, sólo se abonaban mientras funcionaba el Congreso(18).

(18) A simple título informativo, puede señalarse que en ese entonces el sueldo del gobernador de Córdoba era de 350 pesos mensuales; en de un brigadier general, 225; y el de un profesor de colegio nacional, 90 pesos... // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

¿Qué actuación tuvo Juárez Celman en el Senado de la Nación..?

Desde luego, su posición de jefe del sector oficialista en esa rama del Congreso resultaría inocultable... Se le vio pues apoyar, sistemáticamente, los proyectos del Poder Ejecutivo y contribuir a la defensa que de esos proyectos realizaban los ministros. Después de casi un año de ocupar su banca, un juicio periodístico expresaba, con marcada intención de favorecerlo:

... No ha tenido aún oportunidad para mostrar todas sus cualidades como hombre de parlamento. No hay, hasta ahora, ningún discurso suyo de largo aliento y sería imposible asegurar que tenga la talla de un orador notable.
Su inteligencia es ágil, clara, rápida; su frase, suelta y con cierta elegancia... Pero tiene dos defectos que le será difícil eliminar, sobre todo uno de ellos: su excesiva susceptibilidad nerviosa y la rapidez con que se atropellan las palabras al escaparse de sus labios...
En el calor de la lucha, olvida el reglamento, al presidente y su campanilla, y sigue adelante sin importársele mucho, tampoco, de las reclamaciones que se levantan a su alrededor...(19).

(19) Periódico “Sud América”, (Buenos Aires), edición del 27 de Junio de 1884. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

... Siente el golpe y lo devuelve en el acto, sin sujeción a ninguna regla, a ningún plan y según las inspiraciones de su naturaleza ardiente y apasionada. Con esas cualidades tal vez no alcance las altas plataformas de la elocuencia parlamentaria, pero su concurso será siempre eficaz para la causa que defienda...(20).

(20) Periódico “Sud América”, (Buenos Aires), edición del 27 de Junio de 1884. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En 1884 se habían incorporado a la Cámara dos senadores, de los cuales Juárez Celman debería cuidarse muy especialmente: Dardo Rocha que, concluida la gobernación de Buenos Aires aparecía con los prestigios de la fundación de La Plata, la nueva capital de esa provincia; y Manuel Dídimo Pizarro, senador por Santa Fe, aunque comprovinciano de Juárez Celman...

Dardo Rocha no ocultaba sus aspiraciones a suceder a Roca en la presidencia... En cuanto a Pizarro, se trataba de un hombre que había merecido desde tiempos de estudiante el apodo de “el Toro Pizarro”, aludiendo a su fuerza intelectual y a la física... Católico, de una intransigencia total ante las corrientes liberales, debió abandonar el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, para el cual lo designara Roca al iniciar éste su Administración, por no comulgar con esas corrientes...

Ahora, en el Senado sería, lógicamente, adversario de la ley de educación laica que Roca y su ministro de Educación, el doctor Eduardo Wilde, presentaron al Congreso.

En una sesión(21), Pizarro denunció sus temores por la creciente autocracia del Poder Ejecutivo que, “ha llegado a suprimir el régimen federativo de nuestros pueblos”. Y acusó al presidente Roca de “promover conflictos en la conciencia religiosa de los ciudadanos, como en el caso del Cabildo Eclesiástico de Córdoba”.

(21) La del día 7 de Junio de 1884. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Juárez Celman le recordó que, siendo ministro, en 1881, Pizarro había hecho clausurar la Catedral de Buenos Aires para impedir un funeral en memoria de los caídos en la insurrección del año anterior. La conducta de monseñor Clara -sucesor de Esquiú en el obispado de Córdoba y autor de una pastoral considerada subversiva por el Poder Ejecutivo, defendida en el Senado por Pizarro- suponía, a juicio de Juárez Celman, una contradicción en el senador santafesino...

La observación irritó a Pizarro quien, airado, replicó que ocupaba una banca en el Senado para defender las libertades públicas y no para trabajar por una candidatura presidencial... La alusión, demasiado clara y personal, originó un tumulto...

Tomaba estado público lo que, puede documentarse, se preparaba ya desde muchos antes... “... No se duerma... Sería de no perdonarle jamás que dejase perder esta oportunidad que no se presenta sino una sola vez en la vida... Aquí dan a Ud. más valer que el que Ud. se imagina y es el gobernante reputado con mayores elementos y, por consiguiente, el más serio de todos.
Hablando con Roca, me dijo que la cuestión presidencial se resolvería por medio de una convención, es decir, por delegados de todas las provincias y el que resultase con más elementos merecería, en todo, el apoyo que le fuera dable dispensar...”, le escribía un comprovinciano a Juárez Celman cuando todavía éste ocupaba la gobernación de Córdoba, en 1882... Y el oficioso informante agregaba: “... le pido y ruego reserva. No quisiera que Roca supiera le he faltado a la confianza que me dispensa y a la que sólo falte en interés de Ud...”.

Juárez Celman habrá sin duda sonreído al leerla... ¿Una convención con delegados de todas las provincias para decidir la futura presidencia? ¿Y la otra “convención”, la que sin testigos e iniciada en “La Paz”, venía funcionando entre Roca y él desde hacía diez años, no había decidido ya la cuestión..? Claro que si de guardar las formas se trataba...

En cuanto a lo de dormirse... Ni Juárez Celman y mucho menos Roca, cometerían ese absurdo... En 1884, Roca le escribe a Córdoba:

... Los trabajos y movimientos de Rocha parecerían significar algo más que preparativos de elecciones; pero yo no creo llegue hasta esos extremos, ni que lo piense seriamente siquiera.
En todo caso, no le hemos de dar tiempo para que caiga en semejantes extravíos. D’Amico es el flojón más grande de la tierra y no está para estas aventuras(22). Si llegasen a formalizar algo, les he de mandar unos veinte mil fusiles a Córdoba y así dígaselo a Gavier(23).

(22) Carlos Alfredo D’Amico (1839 - 1917), ministro de Gobierno de Buenos Aires con Rocha y luego senador nacional por esa provincia, era -en el momento a que lo alude la carta de Roca- gobernador de la provincia de Buenos Aires.
(23) Gregorio Gavier era entonces el gobernador de Córdoba.
// Todo citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Y meses después, siempre en ese tema, Roca le reitera a Juárez:

... Los amigos de Rocha hablan de ir a la revolución...”; “No hay duda que Rocha comprará cuánto papelucho sucio o insignificante se publique en el país...”; “... En el Ejército, todos los días hace tentativas para seducir con el oro a los jefes y oficiales; pero todo en vano.
¡Hay mucho de Don Quijote en nuestra sangre, para que se nos gane por la corrupción! Yo meto las manos en el fuego por el Ejército, en donde no habrá uno solo -aunque haya algunos que deban al Banco- que por dinero traicione a su Gobierno, falte a sus deberes y haga fuego contra su bandera”.

En Abril de 1885, en Mendoza, en oportunidad de la inauguración del ferrocarril de San Juan a esa ciudad, en un banquete con asistencia de Roca, no se disimuló que la candidatura de Juárez Celman sería la oficial... Meses más tarde, ya proclamada en Buenos Aires la candidatura de Rocha, la de Juárez Celman cumplió también en la capital con una ceremonia semejante.

La fórmula sería completada con Carlos Pellegrini, para la vicepresidencia. Ministro de Guerra y Marina de Roca, el doctor Pellegrini había también desempeñado esa cartera en el último año de la presidencia de Avellaneda y colaborado, con los partidarios de Roca, en oportunidad de la insurrección de Tejedor y Mitre en 1880.

El 3 de Julio de 1886 Juárez Celman renunciaba a su banca de senador para dedicarse totalmente a los trabajos electorales reclamados por su candidatura. Ya desde 1885 vivía instalado definitivamente en Buenos Aires, acompañado de su familia. “La señora sufre mucho por su separación...”, le había insistido el médico que siempre atendiera a doña Elisa. La integración hogareña suponía la mejor terapéutica...

Las elecciones de diputados nacionales verificadas en el país en Febrero de 1886, señalaron, con sus episodios de violencia y fraude, lo que serían muy probablemente las presidenciales en Abril... En el deseo de enfrentar al oficialismo, las diversas agrupaciones opositoras se habían vinculado mediante una sola lista de candidatos a legisladores.

Después de esos comicios para la renovación del Congreso, se reiteró la tentativa de unificación para presentar la de don Manuel Ocampo. Esa coincidencia de los adversarios de Juárez Celman fracasó frente a la regimentada actividad de los gobernadores de provincia.

Y agravados los procedimientos de fraude y violencia para con los opositores, la fórmula Miguel Juárez Celman y Carlos Pellegrini sería proclamada como la triunfante en las elecciones presidenciales del 11 de Abril de 1886. Juárez Celman apareció con 168 electores y con 70 don Manuel Ocampo. El 12 de Octubre de 1886, Juárez Celman recibía de Roca las insignias de la Primera Magistratura(24).

(24) Miguel Juárez Gelman nace en la Ciudad de Córdoba, el 29 de Septiembre de 1844. Ejerció la presidencia de la República desde el 12 de Octubre de 1886 hasta el 6 de Agosto de 1890. Falleció en Arrecifes, provincia de Buenos Aires, el 14 de Abril de 1909. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires. Es el 6to. Presidente Constitucional de la Nación Argentina en el hecho y en el título.

¿Cómo era la Argentina cuya presidencia, mediante los procedimientos señalados, alcanzaba Juárez Celman en 1886?

Desde 1880, con la federalización de Buenos Aires, con la unidad monetaria, con el convergente trazado de la red ferroviaria en función de la absorbente actividad comercial del puerto de la capital, etcétera, se había favorecido una política que deformaba las tradicionales autonomías provinciales y facilitó la aparición del “unicato”.

Así se denominó a un sistema que centralizaba en el presidente de la República -además de este cargo- la jefatura del partido; respetando las formas legales, el unicato había creado una autoridad que en la práctica reducía a muy poco los otros poderes del Estado. En el orden económico, una creciente inmigración, acompañada de una creciente inversión de capitales extranjeros, había desatado en el país una euforia que desbordaba realidades...

Sobre las tierras quitadas al indio, después de la Campaña del Desierto, se planeaban ferrocarriles cuya concesión se otorgaba con irresponsables facilidades, alentando la especulación...

En la capital, la ciudad mostraba una fiebre de construcciones, una urgencia de fastuosidad que, ejemplo concreto, echaba abajo en 1887 el Teatro Colón, edificado hacía apenas treinta años...

El lujo por lo suntuario se evidenciaba en los palacetes levantados en la Avenida Alvear, en los rubros de la importación: carruajes atalajados con “troncos” de caballos finos a la parisiense, joyas, vestidos... En la servidumbre doméstica se consideraba de indispensable “buen tono”, el portero “gallego” y el “chef” de cocina con ayudantes franceses para preparar un “menú”, que había desterrado al clásico puchero...

El lujo desembocó en la codicia y ésta en el juego; parecieron lentas las ganancias que pudieran lograrse con proyectos ... y la Bolsa de Comercio, instalada en un palacio edificado en 1885, y ampliado en 1887, pronto resultó insuficiente...

En la Bolsa se centralizaban las cotizaciones de las cédulas hipotecarias, acciones del Banco Nacional y, especialmente, las que reflejaban el valor de la moneda en comparación con el oro... Pero no solamente se juega en la Bolsa apostando a los altibajos de los valores mencionados; se juega en las casas particulares y en multiplicados garitos aristocráticos y plebeyos; se juega en los dos hipódromos (el de Palermo y el de Belgrano); se juega en los cuarteles, en las festividades religiosas celebradas en Luján en honor de la Virgen patrona de esa ciudad; se juega apostando en los frontones, en oportunidad de los juegos de la pelota vasca, el deporte más “popular” de entonces, estimulado con frecuencia por el arribo -para participar en él- de jugadores llegados desde Europa...

El juego y el lujo fueron, así, en la Argentina de ese final de la década iniciada el 80, como la latitud y la longitud que permiten ubicar exactamente un barco para, en caso de naufragio, enterarnos de dónde partió el pedido de salvación...

¿Qué factores concretos parecían justificar semejante tipo de vida que expresaba con su ritmo a una sociedad en la cual era muy difícil deslindar las posibles metas de progreso de aquellas otras que sólo serían alucinaciones y quimeras..?

La conquista del desierto había resultado algo así como romper el molde geográfico dentro del cual creciera la nación...

En pocos años, extensas llanuras se incorporaban cual campos de pastoreo destinados a animales que se refinaban, pues las nuevas técnicas del frío posibilitaban las cámaras frigoríficas y que Europa calculara, para su mesa, las carnes argentinas ... La expansión de la agricultura permitía al país, desde 1881, no importar el trigo destinado al pan ... El desierto empezaba a no ser tal: a fines de 1889 se hallaban en explotación y construcción, 11.600 kilómetros de vías férreas, pero ya estaban concedidas autorizaciones legales, para construir 38.000 kilómetros más...

Y a la afluencia de las inversiones ferroviarias se sumaba la respirante de las densas caravanas humanas; en 1889, Buenos Aires -provisto de un puerto que mejoraba la recepción de los navíos- veía llegar 200.000 inmigrantes, cifra que casi duplicaba la de los arribados en 1888.

La electricidad hecha luz en la calle Florida deslumbraba, desde 1888, a los porteños... Ya repiqueteaban en los domicilios las campanillas de los primeros teléfonos que acortaban las siestas, pero facilitaban apurar los negocios ... En este Buenos Aires dinamizado por las transacciones comerciales, la sección oferta de terrenos para edificar era la más leída en los periódicos...

Nadie se creía inhibido, por razones éticas, de participar en las especulaciones programadas. En Enero de 1888, el Registro Público anota la formación de una sociedad que, con fines de colonización, explotará ocho leguas y media cuadradas de tierra en la provincia de Córdoba; integran la nómina de los principales accionistas el propio presidente de la República, doctor Juárez Celman, y el doctor Angel Sastre, este último a cargo del juzgado comercial en el cual se inscribe la flamante sociedad(25).

(25) Diario “La Nación”, (Buenos Aires), edición del 26 de Enero de 1888. Las tierras a colonizarse estaban situadas en Cruz Alta, Departamento de la Unión, provincia de Córdoba. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Un contemporáneo de él y de la época, describe a Juárez Celman:

Más joven por el carácter que por la edad que rayaba en los cuarenta años; barbirrubio, gastando perilla triangular, de estatura mediana y aspecto simpático...”; “... sin empaques ni arrogancias; celoso de aparecer más que de ser prepotente; ni bastante duro para hacerse temer, ni bastante recto para hacerse respetar; hábil para hacerse querer...
La adulación, asidua compañera de gobernantes, le había infiltrado las deleitosas ponzoñas del optimismo y la molicie; políticos y comerciantes, diestros en mañas remunerables, montaron la brecha. Se aseguró que le regalaron un terreno que ambicionaba, adyacente a su casa.
Se creyó el iniciador de una nueva era en que la austeridad fuera tenida per egoísmo y la prodigalidad por virtud. Su casa, edificada a manera de departamentos para renta, en los tiempos de dureza provinciana, se trocó en palacio; su comitiva, en corte, y el día de su santo, en besamanos, con obsequios de cuadros, bronces, mármoles y joyas que la vanagloria de los obsequiantes, la exageración de los opositores y la rapacidad de los comerciantes hacían ascender a millones(26).

(26) Juan Balestra. “El Noventa (una Evolución Política Argentina)” (1959), tercera edición. Ed. Fariña Ediciones, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Cuadros, mármoles y bronces provocarían, en la hora del derrumbamiento, la afirmación atribuida a un magistrado austero, de que bastaría esa casa para enjuiciar a un presidente.

La adulonería de las gentes no se limitaba al mandatario. Los hijos eran frecuentemente halagados y obsequiados por quienes buscaban, a través de ellos, ganarse la buena voluntad de Juárez Celman...

Estos niños van a corromperse con tales amigos y agasajos”, sentenció un día doña Elisa. “Es preciso arrancarlos de nuestro lado. Aunque como madre pueda sentir acaso más que tú esa separacion...”.

Juárez Celman aceptó este punto de vista y en definitiva se decidió que los dos hijos mayores partieran al mes siguiente para Londres, en compañía del ingeniero Agustín González, nombrado días antes director de la oficina de propaganda de la emigración en la capital inglesa.

En Enero de 1887, en compañía de la familia González, dejaron el país, Miguel Angel y Tomás, de once y diez años respectivamente. Allí los muchachos aprendieron idiomas, música, letras. Permanecieron cuatro años en Londres, pero en las vacaciones recorrieron otros países de Europa.

En Londres fue a visitarlos Roca, que entonces (Mayo de 1887) paseaba por el Viejo Mundo. Una carta de Roca a Juárez Celman le informaba que había llevado a los sobrinos a París, con la intención de luego viajar con ellos a Berlín ... Y contento de que se cultivaran los afectos de familia, le contaba: “Miguel Angel se ha hecho excelente compañero de mi Julito”. Se trataba del hijo de Roca, de catorce años...

Esa Argentina “embalada” en proyectos de especulación, y en un tipo de vida en el cual la codicia desdibujaba realidades y sólo calculaba lo suntuario y la molicie, no había advertido que “esa grandeza” se financiaba, en lo fundamental, mediante empréstitos provenientes del exterior... Esto suponía ligar íntimamente nuestro destino a la marcha del capitalismo internacional y por supuesto al riesgo solidario de sus cíclicas crisis...

Cuando una de esas crisis se hizo presente -hacia 1889- ella repercutió terriblemente en el país... Los capitales se repatriaban; en vez de afluir al Plata, se marchaban y, desde luego, se iban llevando, en oro, las ganancias...

La crisis textil inglesa, al paralizar las demandas de la lana argentina, principal rubro de nuestros envíos al extranjero (casi un 70 % del total de nuestras exportaciones) agravó el crónico déficit de nuestra balanza comercial. La bancarrota de la firma Baring Brothers, que actuaba como agente financiero del Gobierno de nuestro país, complicó la situación(27).

(27) A su vez, y testimonio concreto de la íntima vinculación internacional que entonces ya predominaba en la economía capitalista, ha podido señalarse el grave impacto de la crisis argentina en el mercado de Londres. Véase: Aldo Ferrer. “La Economía Argentina” (1963). Ed. Fondo de Cultura Económica, México. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Las principales causas de la crisis económica fueron, pues, de carácter externo. Sin embargo, casi nadie la explicó de esa manera. Cuando la desvalorización de la moneda nacional mostró a todos que en vez de 130 pesos moneda nacional -equivalentes a 100 pesos oro, según la cotización corriente hasta 1888- eran necesarios, en Marzo de 1890, doscientos sesenta pesos moneda nacional, la gente, olvidada de las propias locuras cometidas en forma de “razonables especulaciones”; la gente, olvidada de sus horas invertidas en el juego; la gente, olvidada de sus lujos increíbles; se había ya absuelto de todos sus pecados y encontrado, muy “criollamente”, que el culpable debía ser el Gobierno... ¿Qué hacía el Gobierno que no arreglaba todo de una vez?

Resultó tan cómodo el planteo que, en el afán de simplificarlo, ni siquiera se vaciló en la necesaria individualización: el culpable debía ser el presidente de la República. La politización de la muchedumbre semejó una epidemia. La crisis era económica y moral pero, buscando recuperar su dinero, la ciudadanía advertía ahora que vivía en una democracia de cuyo digno funcionamiento institucional no se había preocupado antes.

El remedio era la pureza del sufragio o la insurrección. Como la primera exigía tiempo y paciencia, el camino más expeditivo pareció la insurrección. ¿Contra quién? ¡Vaya la pregunta..! Si el culpable era el presidente de la República, la respuesta resultaba innecesaria...

Si así dijeron en su hora las voces de innúmeros fiscales, se impone señalar, con la perspectiva más tranquila de la historia, las culpas -que las hubo- en el quehacer presidencial de Juárez Celman. Pueden ellas clasificarse en financieras, económicas y políticas. No convendría exagerar, sin embargo, el valor de esta separación que sólo vale a los fines de una mejor exposición.

Más que el encarar obras públicas costosas (el Teatro Colón, el Palacio de Justicia, el edificio para Obras Sanitarias, etc.), el grave error financiero del Gobierno de Juárez Celman fue la cración, por una ley del 3 de Noviembre de 1887, de los llamados Bancos Nacionales Garantidos.

En 1881, una ley había asegurado aparentemente la unidad monetaria del país al hacer desaparecer las diversificadas viñetas lugareñas de los billetes de provincias. Pero hasta el año 1887 varias de ellas -las de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Salta, Tucumán y Entre Ríos- emitían moneda cuya circulación se limitaba al territorio de la respectiva provincia.

Se habían unificado las características tipográficas de los billetes; se mantenía, come se ve, la soberanía financiera de algunas provincias y esto, a tal punto, que se verificaban entre estas monedas provinciales operaciones de cambio como si se tratara de países extranjeros.

Sin embargo, los bancos provinciales disponían de una reserva metálica en oro que garantizaba tales emisiones de papel moneda y procedieron con una austeridad que se tradujo en un sistema de créditos sin inconvenientes.

Fue la aparición de los Bancos Garantidos lo que modificó, y desfavorablemente, esta situación. Se unificó por primera vez la circulación monetaria en la República; no se trataba de la ya verificada unificación tipográfica, sino de la adopción de un sistema según el cual los Bancos existentes o a crearse emitirían billetes que tendrían la garantía de la nación y fuerza cancelatoria en todo el territorio.

La ley multiplicó los Bancos y éstos multiplicaron las emisiones sin retirar los viejos billetes que ya no tenían la garantía de la nación. Así, el Banco de Córdoba, que en 1886 sólo tenía una circulación de 800 mil pesos, tres años después había llegado hasta los 35 millones de circulación y de éstos, 20 millones sin garantía.

En las provincias se improvisaron directores bancarios con hombres -comerciantes retirados, abogados sin pleitos y estancieros mansos- que nunca sospecharon el estricto y áspero arte de banquear. La primera clientela fueron los políticos. Así, al impulso de la megalomanía reinante, tales Bancos “comprometieron imprudentemente toda la emisión, todo su capital y hasta casi la totalidad de sus depósitos en operaciones de descuentos, hasta quedar imposibilitados de continuar prestando sus servicios(28).

(28) Diario “La Prensa”, (Buenos Aires), edición del 24 de Mayo de 1890. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En síntesis; los Bancos Garantidos “alimentaron” con créditos insolventes especulaciones particulares irresponsables, multiplicando con sus resultados negativos las deudas de la nación.

Más trascendentes serían los errores económicos cumplidos por el Gobierno de Juárez Celman.

Con capitales y empresarios argentinos se habían instalado el primer frigorífico y la primera fábrica de electricidad; habíanse integrado las inversiones para los primeros ferrocarriles; habíanse construido las obras sanitarias y de gas; etc. Renunciando al sacrificio cumplido y a la altivez que consiguientemente supone que un país controle aspectos tan fundamentales para su auténtica soberanía, la presidencia de Juárez Celman inicia una inconcebible rectificación de esa política.

El Estado liberal dejará de ser -a partir de entonces- el que auspicia un cada ver mayor avance de las libertades ciudadanas y democráticas, según el significado de la palabra respetando su raíz histórica, cuando liberalismo fue expresión de oposición al absolutismo típico de la Santa Alianza y de Fernando VII. Estado liberal significará, en efecto -según esta nueva concepción- el que abandona a intereses particulares el dominio de las grandes empresas de servicios públicos.

Conviene advertir que, dado el momento de la economía universal en que este viraje se planteó, los intereses particulares antes aludidos no serían intereses argentinos sino de capitales extranjeros.

Ejemplar concreción de esta política liberal, en un debate parlamentario que hubo los días 2 y 8 de Julio de 1887, el Poder Ejecutivo, por intermedio del ministro del Interior, el doctor Eduardo Wilde, defendía esa postura a prepósito de un proyecto de ley que enajenaba a capitales extranjeros las obras de salubridad de la Ciudad de Buenos Aires, iniciadas quince años atrás.

El Poder Ejecutivo fundaba su actitud en que la falta de recursos impedía la continuación de las obras y en que “era necesario defenderse contra la tendencia socialista que va penetrando en el Estado” al encargar a éste, “siempre mal administrador, el manejo de los servicios públicos”.

El adversario del proyecto sobre enajenación de las obras sanitarias y de sus fundamentos fue el senador por la capital, Aristóbulo del Valle. Discípulo político de Sarmiento, cuya candidatura a una nueva presidencia sostuvo en 1880, Del Valle afrontó en el debate todos los aspectos.

Y como Wilde había llegado a afirmar que “las obras de salubridad no son inherentes al ejercicio de la soberanía” y que “como todo servicio municipal, pueden ser entregadas a los particulares”, el senador Del Valle señalaba -en burlona exageración- a dónde podía conducir semejante criterio:

Todo servicio municipal, ¿por qué no la Municipalidad misma? Podemos contratar con una empresa extranjera, sacando a licitación que nos gobierne municipalmente, fijándose de antemano el impuesto que ha de cobrar durante el período de medio siglo o de un siglo...”; “Podemos solicitar a Londres, donde los policemen son tan diestros, un empresario, que se encargue de todo el orden policial de la República, y que, mediante una suma dada, ampare nuestro derecho privado en cuanto se relacione con la policía”.

Aludiendo a que una empresa particular iba a administrar mejor que el Estado, replicaba el senador por la capital que “las empresas privadas administran bien en relación a sus intereses, no así cuando administran intereses ajenos. El criterio de la empresa privada es el lucro, mientras que el del Gobierno es su deber”.

Del Valle encontraba “en nuestro propio suelo, entre los límites de nuestra propia patria”, el ejemplo confirmatorio de su tesis:

El Ferrocarril del Oeste, bajo la Administración Pública, ha sido durante 20 años el ferrocarril modelo de toda la nación. Frente a este ferrocarril, todos los ferrocarriles particulares parecían defectuosos.
Esta situación ha cambiado. ¿Por qué? ¿Porque la Administración Pública es impotente para continuar administrándolo bien? Los antecedentes muestran lo contrario. Ha cambiado porque han cambiado los hombres que lo administraban...”.

Las razones del congresista, tan elocuentes en nuestros días, no parecen haberlo sido tanto para sus contemporáneos y no impidieron la aprobación del proyecto. Antes de tres años, y prosiguiéndose con el criterio liberal ya explicado, el Gobierno de la provincia de Buenos Aires vendía ese Ferrocarril del Oeste, citado por Del Valle como modelo...

A los errores financieros y económicos señalados, es imprescindible añadir los de carácter político, cometidos por Juárez Celman. Llegado a la presidencia, sobreestimando su participación de “socio menor” en el plan que quince años antes concertara solidariamente con Roca, creyó que podría prescindir de éste y disolver la “sociedad”... ¿Acaso el “unicato” no ponía en sus manos todos los resortes del poder..?

Es posible que Juárez Celman se viera inducido a buscar independizarse de la tutela de Roca, no sólo por un vanidoso y egocéntrico afán de altivez gubernativa... Es posible que Juárez Celman se viera enfrentado, a este respecto, a un penoso problema de conciencia... ¿No estaría planeando Roca que él, Juárez Celman, lo favoreciera apoyándolo para una nueva presidencia..?

Y si bien Juárez Celman no pedía negar que había logrado alcanzar la Primera Magistratura gracias al apoyo de su concuñado, ¿hasta qué punto su gratitud lo obligaba a repetir el gesto..? ¿O es que “el plan” elaborado en las apacibles e íntimas tertulias de “La Paz” -la residencia veraniega de Jesús María- no había llegado a su lógico final..?

De cualquier manera, el error de Juárez Celman para enfrentar a Roca fue el pensar podría hacerlo auspiciando, muy tempranamente, una candidatura en exceso juvenil: la de Ramón J. Cárcano. Tan juvenil, que cuando ella fue revelada, en 1888, Cárcano con sus veintiocho años, no tenía todavía la edad fijada por la Constitución...

La hegemonía de Juárez Celman a expensas de las influencias “roquistas”, se concretó en una ofensiva política contra las “situaciones provinciales”, que no respondían de manera absoluta al nuevo mandatario. Por eso se intervino Tucumán, Córdoba, Mendoza... Las incidencias que determinaron la Intervención a esta última provincia -producidas mientras ejercía la presidencia, en un breve interinato, el vicepresidente doctor Pellegrini- motivaron públicas divergencias entre Juárez Celman y Pellegrini...

Por último, Juárez Celman olvidó que las fuerzas del Ejército, que tan importante papel desempeñaran para la ejecución del plan cumplido con Roca, podían ser otra vez necesarias para apuntalar su autoridad... ¿Y la influencia de Roca en el Ejército, había concluido cuando se terminó su presidencia..?

La primera expresión pública de manifiesto repudio al Gobierno se originó cuando un grupo de jóvenes, al celebrar un banquete en el cual expresaron su adhesión incondicional a Juárez Celman, provocó la réplica de otro grupo. Los disconformes con el “unicato” se agruparon alrededor de Francisco A. Barroetaveña, un universitario entrerriano que publicó en el diario “La Nación” un artículo titulado: “¡Tu quoque, juventud! (en tropel al éxito)”.

El artículo, después de invocar las palabras de un pensador brasileño, según el cual “la humillación de las naciones depende de las traiciones que los hombres hacen a sus ideales de jóvenes”, condenaba la conducta de los incondicionales, imputándoles “la renuncia a la vida cívica activa” para “desaparecer absorbidos por una voluntad superior que los convierte en meros instrumentos del jefe del Poder Ejecutivo”.

La rebeldía de Barroetaveña tiene el mérito de ser algo así como el síntoma inicial con el cual se reacciona de una enfermedad; los universitarios que lo rodearon: Tomás Alberto Le Breton, Marcelo Torcuato de Alvear, Federico Ibarguren, para sólo nombrar algunos de los que más descollaron luego en la vida pública, no habían actuado en política. Bastaron pocos días para transformar el artículo periodístico en bandera de agitación callejera; en un mitin realizado el 1 de Septiembre en el Jardín Florida, los vítores y los aplausos dieron a la inicial actitud de los muchachos universitarios resonancias populares.

Y como saldo de la jornada quedó organizada una “Unión Cívica de la Juventud”, cuyo fin primordial sería “ejercitar libremente el sufragio, sin intimidación y sin fraude, y provocar el despertar de la vida cívica nacional”.

Aunque simpático, el gesto que sacaba a la oposición de la cómoda tertulia de sobremesa o del diálogo en clubes y cafés, es probable, sin embargo, que la vida cívica nacional hubiera seguido mucho tiempo sin despertarse si la caída del oro no hubiese engrosado el número de los opositores al Gobierno. Ese fue el factor que determinó aumentara la tensión y facilitó el éxito de una convocatoria cumplida en Abril de 1890 en El Frontón, local destinado normalmente al juego de pelota vasca.

Allí se verificó una movilización ciudadana en la cual coincidieron, en su imprecación a Juárez Celman, políticos prestigiosos, la juventud universitaria y un vasto pueblo de mujeres, comerciantes y artesanos.

En el mitin del Frontón pudo medirse, en efecto, la preocupación ciudadana por la crisis económica y financiera agudizada; tan alarmante era la situación, y tan fuertes los rumores de bancarrota, que la gente retiraba sus fondos de los Bancos y prefería guardarlos en las cajas de hierro de sus propios domicilios.

Y también pudo apreciarse en ese mitin cómo empezaba a concretarse en el espíritu público la culpabilidad del presidente. Uno de los oradores había expresado categórico:

- “¡Maldita la esperanza que tiene el país de que el oro baje, si el presidente no baja con él..!

Informado de esta expresión, Juárez Celman habría dicho ante sus íntimos: “Si Dios y los amigos me ayudan, no le daré con el gusto...”.

Pero Juárez Celman olvidaba que el acto había sido prestigiado por la intervención de oradores como Bartolomé Mitre y que una campaña periodística violenta enjuiciaba desde hacía meses a su persona. El importante diario “La Prensa”, el 11 de Marzo de 1890, había expresado:

Jefe único de un partido, jefe único del Estado, centralizada la Administración en su persona y disponiendo en su doble carácter de la unanimidad del Congreso, el pueblo tiene que esperarlo todo de lo que quiera y piense el presidente de la República...”.
Bajo un sol victorioso, la ciudad despertó, por fin, de su letargo, grande, potente, triunfadora”, diría “La Nación” del 14 de Abril de 1890, al día siguiente del mitin del Frontón. La crónica periodística sintió, sin duda, la influencia del número: una multitud que desbordó el local, y la sugestión de las banderas, de los estandartes, de la música.

El Jefe de Policía, coronel Capdevila, tuvo el doble mérito de la paciencia para escuchar las alusiones nada benévolas al Gobierno y a sus subordinados y el de la información honrada cuando, al caer la tarde y terminada la reunión, le dijo al presidente de la República que allí, en El Frontón, había estado todo Buenos Aires...

Barroetaveña, a cuyo alrededor se organizara la Unión Cívica de la Juventud, anunció que la entidad, madurada por los meses transcurridos, daba paso a una Unión Cívica, organizadora del mitin.

En el acto del “Frontón” inició los discursos Mitre que, prevenido contra las improvisaciones, leyó un meditado discurso:

... La misión encomendada a la nueva generación es de lucha y de labor, normalizar la vida pública, encaminando al país por las vías constitucionales, para conciliar el hecho con el derecho y fundar el Gobierno de todos y para todos...”.

Leandro N. Alem, designado presidente de la Junta Ejecutiva de la Unión Cívica, hizo de la situación institucional el centro de gravedad de su oratoria:

La vida política de un pueblo marca su nivel moral... El pueblo donde no hay vida política es un pueblo corrompido y en decadencia o es víctima de una brutal opresión...”; “No hay, no puede haber buenas finanzas, donde no hay una buena política...”.

Aristóbulo del Valle, senador nacional y considerado el primer orador parlamentario de esos años, aludió a los síntomas de la crisis:

El comercio en bancarrota; los títulos de crédito sin colocación; los propietarios de tierras con su fortuna reducida a la mitad; los agricultores obligados a vender sus granos al precio que les imponen unos cuantos explotadores; y millones de familias honradas y laboriosas sin medios de atender a las necesidades de la vida...”.

Finalmente, se escuchó a tres oradores católicos. Este sector tenía con Juárez Celman muchas deudas que cobrar... En Córdoba, como gobernador, luego como senador apoyando al presidente Roca, por último en la Suprema Magistratura auspiciando en 1887 la creación del Registro Civil que, según los católicos, emparentaba el nacimiento, el casamiento y la muerte con blasfemas actitudes. La oportunidad pareció de medida para pasarle la cuenta y apurar el pago...

Mientras se verificaba el mitin del “Frontón”, el presidente y un grupo de personalidades del mundo oficial aguardaban el desarrollo de los acontecimientos; un como amistoso tono de los comentarios con referencia al acto, presidía la informal tertulia.

El vicepresidente Pellegrini recordaba con simpatía algunas coincidentes actuaciones que él tuvo con Alem ... y se dice que, nostálgico de rebeldías, hasta habría manifestado: “¡Qué lástima ser Gobierno y no poder andar en estas patriadas..!

Juárez Celman, al escuchar del Jefe de Policía la sucinta información de que en El Frontón se había dado cita todo Buenos Aires, pareció satisfecho: “Por fin ahora tendremos una oposición responsable”.

En la designación que efectúa de un nuevo gabinete, dos carteras especialmente delicadas, las de Hacienda y Guerra, son confiadas a figuras que pueden considerarse ajenas y por encima de los pequeños intereses de círculo: Francisco Uriburu, comerciante, es el ministro de Hacienda; el general Nicolás Levalle jura como ministro de Guerra y Marina.

Uriburu viene de un viaje de Londres y, realista por temperamento, no se forja ilusiones acerca de las dificultades que le esperan.

“La Prensa” del 14 de Abril no disimulaba su optimismo:

El mitin nos ha revelado que el pueblo argentino existe y que el derecho de reunión es respetado. Hubo completa libertad; todos los partidos se han unido para proclamar el propósito de volver a la vida cívica”.

Como el ministro de Hacienda ha insinuado las ventajas que resultarían de una tregua política, el día 16, en cartas dirigidas al presidente, aparecen renunciando a sus posibles candidaturas a la próxima presidencia el general Roca, el doctor Pellegrini y el doctor Ramón J. Cárcano. Este último, el benjamín del partido oficial, con su talento que rebasa la juventud de sus treinta años, era el candidato que, auspiciado por palabras tácitas y actitudes significativas, había señalado Juárez Celman como su sucesor.

En realidad, era la única candidatura cuyo retiro suponía un efectivo sacrificio; las otras dos no llegaban a ser tales y, en el caso de Pellegrini, su condición de vicepresidente le impedía semejante aspiración.

Pero, como arrepentido de conceder tanto, y rectificando su opinión del día 13 acerca del mitin, apenas diez días después de éste, en telegrama a un gobernador partidario suyo, Juárez Celman manifestaba:

No hay nada que merezca siquiera preocuparnos, como no sean las dificultades económicas, completamente ajenas a la acción de mi Gobierno, pero de las que se aprovechan los contrarios y los localistas que todavía creen que se puede hacer política nacional organizando procesiones en el municipio de la capital, compuestas en su gran mayoría de extranjeros, que no tienen ni voto en nuestras cuestiones.
Mientras no pasen de procesiones y proclamas, contarán siempre con nuestra absoluta tolerancia, pues nos sobran elementos de opinión y de orden dentro y fuera de la capital”.

El presidente -educado en el “unicato”- volvía por su fueros y aparecía concediendo, como una gracia generosa, la tolerancia hacia la oposición, que es en las democracias un obligado deber del gobernante.

En contraste con la tregua política y la consiguiente conciliación que suponía la renuncia de los presuntos presidenciables; en contraste con las esperanzas que suscitaban el nuevo gabinete y un empréstito de 10 millones de libras esterlinas que se anunciaba como seguro; en contraste, en fin, con el oro que no seguía subiendo o, lo que es lo mismo, que la depreciación del peso parecía detenerse, la Unión Cívica -dirigida por Alem y Del Valle- había iniciado enseguida del mitin, los preparativos de una rebelión para imponer por la fuerza los fines de pureza electoral y administrativa que en El Frontón se reclamaron.

Lo que se había saludado como una prueba de pacífica y constitucional oposición, no hizo pues, sino alentar propósitos sediciosos que en el sentir de algunos acababan de encontrar en el mitin su auspiciosa maduración.

En el bufete de Aristóbulo del Valle se instaló, con relativo disimulo, el domicilio de la conspiración y, apenas cuatro días después del mitin, el doctor Del Valle recibía, en su casa particular de la Avenida Alvear, la visita de dos capitanes que, en representación de una logia de treinta oficiales jóvenes, ofrecían su apoyo al movimiento. El episodio merece destacarse; el hecho de que militares de modesta graduación aparecieran auspiciando una insurrección resultaba inusitado, pues lo tradicional era que tales actitudes fueran resorte privativo de los jefes superiores...

Según una versión de cronología muy próxima a estos sucesos, se trataba del mismo grupo de oficiales que, ya meses antes, después del acto en el Jardín Florida (1 de Septiembre de 1889), se había acercado a Alem para ofrecerle su apoyo, pues creían los oficiales que “era hora de probar que el Ejército no era máquina de opresión, sino milicia de libertad”. En esa oportunidad, Alem habría contestado que “no estaba dispuesto a dar vida en nuestro país al militarismo, que sería la lógica consecuencia de la revolución triunfante”.

Pero si ésta fue la respuesta de Alem en 1889, lo exacto es que Del Valle y el mismo Alem aceptaron, en Abril de 1890, el ofrecimiento y, en un viraje que modificaba sustancialmente las características del proceso en elaboración, se cambió el plan de “preparar el espíritu del pueblo para la revolución y buscar el apoyo del Ejército”, prefiriéndose la rebelión militar con limitado apoyo ciudadano.

Si el 13 de Abril habían faltado razones para explicarle a la civilidad las características y causas reales de la crisis, ahora el camino elegido para remediarla se angostaba.

Es difícil que una insurrección triunfe de verdad en sus resultados trascendentes cuando, sea cuál fuere la causa, se ha dejado al pueblo al margen del proceso.

Aunque las bases de la logia militar suponían el más absoluto hermetismo y sus métodos correspondían a los de las sociedades secretas: juramento de honor, obediencia ciega, etcétera, ciertas actividades conspirativas que se cumplían llegaron a traslucirse, y la policía, alertada, organizó una eficiente vigilancia. La información obtenida, tan concreta como elocuente, fue transmitida por el jefe, coronel Capdevila al presidente Juárez Celman.

Las noticias irritaron al general Levalle quien, juzgando a los camaradas a través de sus sentimientos de lealtad, se negó a aceptar la veracidad de las denuncias. En generosa solidaridad con todos los integrantes de la institución, Levalle afirmaba, categórico: “Señor presidente; no ha nacido aún el soldado argentino traidor”. Y ante el énfasis con que el ministro de Guerra y Marina respondía de la disciplina, Juárez Celman había terminado por creer que el equivocado era Capdevila...

A todo esto, la conspiración, iniciada por tenientes y capitanes, buscaba un militar de alta graduación para encabezarla. De común acuerdo con Alem y Del Valle, se concretó la jefatura del general Manuel Campos y, tanto para coordinar la acción de los oficiales que preparaban el movimiento como para saludar al jefe, se programó una reunión en un domicilio particular, situado a media cuadra del Departamento de Policía... Tal era la confianza en que la impunidad los amparaba que, a esa reunión, verificada a mediados de Junio y a la cual asistieron Alem, Del Valle, el general Campos y entre sesenta a setenta oficiales, algunos de éstos concurrieron de uniforme...

El coronel Capdevila, perfectamente informado de esta “velada”, insistió ante Juárez Celman: “Señor presidente: aleje al Ejército y garantizo el orden...”.

Los sediciosos estimaban en aproximadamente mil el número de efectivos de que podrían disponer para el movimiento. Calcularon el apoyo de la Escuadra para bombardear la Casa de Gobierno y provocar la rendición de las tropas que la defendían, a pesar de que el material de la Marina era tal que en las últimas maniobras no se había conseguido hundir un pontón varado ex profeso para ello.

Se pensó raptar, mediante grupos armados, a Juárez Celman, a Pellegrini y -¡casi nada!- a los generales Roca y Levalle, aprovechando la velada de gala en el Teatro de la Opera con motivo de la fiesta patria del 9 de Julio. Y acaso por esa psicología especial que da el sentirse marchando entre las sombras, bajando la voz y cerrando cautelosamente las puertas, los insurrectos, ante las dificultades de la empresa -pues los efectivos leales al Gobierno excedían los 4.600 hombres y ningún jefe de regimiento había entrado en la conspiración- llegaron a esbozar planes que bordearon lo novelesco.

Así, se prepararon narcóticos que, media hora después de ingeridos harían dormir a los jefes leales el tiempo preciso para anularlos en su voluntad de combatir.

Mientras tanto, la situación financiera se había agravado. Una crisis parcial de gabinete, producida a mediados de Junio, ha provocado el relevo del ministro de Hacienda, don Francisco Uriburu: el empréstito que iba a obtenerse en Londres y que tanto ilusionó, no se concreta; el oro sigue subiendo y en la víspera del aniversario de la Independencia se necesitan más de trescientos pesos papel para comprar cien pesos oro.

Cuando, días después, se difunden versiones de que está en marcha una insurrección; cuando, al fin, hasta Levalle se convence de que el Jefe de Policía estaba en lo cierto y se trasladan tropas y se arresta a algunos de los jefes sindicados como participantes, entre ellos el general Campos, la cotización del peso mide la postración del país y muestra su incertidumbre, cual si la moneda nacional fuera un simple papel que sigue, en el aire, los remolinos de la tormenta política que se avecina.

Como continúan llegando a la capital regimientos que sostendrán a Juárez Celman, el diario “La Nación” del 20 de Julio, aludiendo a esa concentración de soldados con los consiguientes cañones y bayonetas, puede afirmar la metálica verdad de que “no tenemos oro, ¡pero lo que es acero..!

Y el acero va a cortar todos los puentes de la convivencia y del diálogo. Ni siquiera la fraternidad de la masonería, tan importante en 1860 para facilitar la unión definitiva de la nación, cuando ese año estrechó vínculos entre Urquiza y Derqui, por un lado, y Mitre, Sarmiento y Gelly y Obes, por el otro, servirá esta vez. El ministro de Guerra y Marina, general Levalle, es masón y defenderá al Gobierno. Alem, que también es masón, preside la Junta Revolucionaria del 90.

La insurrección va a estallar. Tiene ya la publicidad de las noticias sensacionales. De no haber existido una rebelión preparada, se la hubiera tenido que organizar para no defraudar la angustiosa expectativa. ¡Tantas veces es peor esperar lo que va a venir, que ver venir lo que se esperaba..! Y curioso enfoque: del mismo modo que los conspiradores habían rehusado ampliar con una mayor base popular el movimiento, el Gobierno, a su vez, no le explica nada al partido que lo sostiene. Los dos bandos parecen coincidir en tratar al pueblo como a un menor de edad que sólo debe presenciar pero no intervenir en los sucesos...

La junta que dirige el movimiento, en la cual las opiniones de Alem y Del Valle resultan decisivas, ha resuelto que sea el 26 de Julio, a las cuatro de la mañana, la fecha definitiva para iniciarlo.

En un gesto de audacia y como ha sido imposible encontrar un jefe rebelde que reemplace al general Campos, se decide sublevar al regimiento donde dicho militar está arrestado. Son las tres y media de la madrugada cuando el general Campos, gracias a la complicidad de algunos oficiales, sale en dirección al Parque, sitio de concentración de los sediciosos.

Hacia allí se encaminaron, desde los diversos y respectivos alojamientos, los regimientos sublevados, iluminándose con faroles en la marcha que se cumplía en horas previas al amanecer. Un embalaje de paja y arpillera le presta a las ruedas de los cañones insurrectos, la fantasmal sordina indispensable.

Pocas horas antes, el Jefe de Policía enviaba a un diario una carta que apareció publicada el día 20, según la cual el coronel Capdevila “desmentía la enorme impostura de que él creyera al doctor Alem un revolucionario o un conspirador”; “No lo creo capaz de producir un movimiento armado ni sin armas”.

Cuando los lectores se enteraban de la carta, esa mañana del 26 de Julio, y simultáneamente oían los tiros de una insurrección que no disimulaba el comando de Leandro N. Alem, deben de haber pensado que el Jefe de Policía era poco menos que un idiota que vivía en Babia. El juicio hubiera sido injusto: el coronel Capdevila había hecho llegar antes a los comisarios una nota “reservadísima” advirtiéndolos de que “de un momento a otro estallaría una revolución”, a la que había seguido otra nota, en sobres cerrados que sólo debían abrirse en caso de que se cumpliera lo anunciado; en esta segunda nota estaban perfectamente determinados los sitios donde los vigilantes de los diversos barrios debían cumplir concentraciones parciales.

El 26 de Julio el sistema del “unicato” demostró su inoperancia. ¿No habíamos quedado en que “unicato” significaba concentrar en el presidente de la República, además de las atribuciones inherentes al cargo, la jefatura del partido gobernante y, a través de éste, un avance de incuestionable hegemonía sobre el Congreso y la Justicia y, por supuesto, sobre los Gobiernos de provincia?

Una sola cabeza para decidir todo y cargar con todas las responsabilidades. Eso era lo aceptado y practicado. Y bien; el día de la insurrección la cabeza única no funcionó, y el Gobierno apareció distribuido en tres personajes: Juárez Celman, Pellegrini y Roca. Este, electo senador por la capital en 1888 era -desde Mayo de 1889- presidente provisorio del Senado.

En efecto, cuando se inició la rebelión, el presidente, sus ministros, un grupo reducido de amigos personales y Roca y Pellegrini, deliberaron, en la estación Retiro, vecina a cuarteles de tropas leales, sobre la conducta que era preciso seguir. Se decidió declarar el estado de sitio y movilizar la Guardia Nacional. Esto se imponía. Pero, además, mal aconsejado, Juárez Celman aceptó abandonar la capital para dirigirse en tren a Rosario, y allí organizar la resistencia.

Aunque el presidente se mantenía sereno, el error de aparecer desertando de los peligros no fue por él debidamente apreciado; tal vez en ese momento, y como buen cordobés, el provinciano que llevaba adentro le hizo pensar que, frente a la capital que se sublevaba, el Interior debía ser su palanca para sofocar el movimiento.

De cualquier modo, el ferrocarril lo alejó de los sucesos en una retirada que no lo prestigiaría, hasta el punto que cabe pensar si el consejo de que se marchara y abandonara la sede del Gobierno fue de amigo o de enemigo...

El tren no había recorrido más de sesenta kilómetros cuando la postura desairada que estaba viviendo colmó la amargura de Juárez Celman quien, después de designar a Roque Saenz Peña delegado presidencial para que continuara hasta Rosario y en dicha ciudad reuniera en su nombre elementos militares, el mismo 26, a medianoche, se apresuró a regresar a Buenos Aires.

De nuevo en la capital, el ministro de Guerra le informó que la insurrección estaba dominada. Más exactamente, Levalle hubiera debido expresar que en ese momento la sedición estaba circunscripta a ciertos cantones, ciudadanos unos, militares otros, y al Parque de Artillería donde comenzó.

Levalle había calificado duramente a la sublevación: “Un motín de cuartel que acaba de manchar la reputación del Ejército”, dijo en una proclama, en la que anticipaba la represión sin atenuantes: “Es preciso acabar con esta ignominia”. Y al hablar así no adoptaba una vana actitud enfática pues, desde días antes, cuando se tuvo la evidencia de que la rebelión iba a estallar, Levalle, previsoramente, hizo reconocer los edificios con azoteas cercanas a ése y los demás cuarteles, para instalar las armas en lugares convenientes.

Mientras Juárez Celman, equivocando el mejor rumbo, se alejaba, Roca, vestido de civil y con pocos soldados, se instalaba en la Casa de Gobierno. ¿Lo llevaron la secreta nostalgia de los seis años de su presidencia vividos allí o la ilusión, aún más secreta, de que los sucesos le permitirían reanudar el ejercicio de la Primera Magistratura..? De cualquier modo, en la Casa Rosada volvió a evidenciar la tranquila entereza de su temple.

Recibió a los diputados y senadores, tomó las elementales providencias que el lugar y la hora requerían y dio, en todos los instantes, la impresión de que dominaba los sucesos. En determinado momento cunde el pánico en la Casa Rosada: se han oído gritos de gente que, entremezclando tiros a sus voces de “¡Viva el general Campos!”, se aproxima a la residencia. Roca, impertérrito, abre una ventana y, después de asomarse a ella, afirma categórico: “Deben ser los nuestros”.

Se acababa de producir un curioso episodio: un grupo de rebeldes ha confundido al general Luis María Campos con su hermano Manuel; precisamente, Luis María hace su presentación al Gobierno para aclarar que disiente con sus hermanos Manuel y Julio Campos, ambos sediciosos. Después de conversar largamente con Roca, el general Luis María Campos se retira a su domicilio.

La superioridad técnica de los insurgentes es la artillería; disponen de cañones que arrasan desde El Parque con todo lo que se les enfrenta. Su fuerza moral deriva de la inusitada espontaneidad con que en muchos puntos de la ciudad se han apostado cantones que dan la apariencia de una gran adhesión popular al movimiento.

Sin embargo, bastaron las horas de ese día 26 para evidenciar que la insurrección no impondría, al menos por las armas, su voluntad de triunfo. ¿Pero es que hubo de parte de los dirigentes una organizada decisión de triunfar..?

Cuesta creerlo. No se aprovechó la relativa sorpresa de las primeras horas para efectuar acciones bélicas que pudieran ser definitivas; no se canalizó el entusiasmo de los civiles que acudieron a pedir armas y apoyar el estallido; no se recibieron las adhesiones de otras partes del país, lo cual reducía la sublevación al marco geográfico de la capital de la República; no se sincronizó la lucha con el apoyo que debían prestar las naves de la Escuadra y, ésta, al no observar sobre la ciudad los globos que, según estaba convenido, debían, al ascender, anunciar la iniciación de la lucha, demoró hasta el día siguiente su entrada en el combate; no hubo, en fin, y esto fue sin duda lo peor, un efectivo entendimiento entre los jefes de la sublevación.

A poco andar, resultó imposible saber quién daba órdenes en El Parque y quiénes las cumplían. En su realización, el movimiento armado pareció mostrar la borrosa hibridez que caracterizó su preparación: ni militar ni civil; los dos factores sumaron sus deficiencias respectivas, sin llegar a capitalizar los esfuerzos positivos que en toda insurrección armoniosa ellos deben aportar. Se careció de un plan con etapas previsibles; se barajaron, en cambio, credulidades que bordeaban la fantasía.

Si la rebelión pareció sin brújula para avanzar en el espacio, no anduvo mejor en lo de calcular el tiempo, piano, pianísimo de los acontecimientos por ella desencadenados: llegada la noche, las tropas encerradas en El Parque carecieron, para salvar desfallecimientos orgánicos, del abrigo y la comida necesarios. Acaso para engañar el frío y el hambre, empezaron a circular interesados rumores optimistas: la insurrección tenía miles de soldados y estaba ya palpando la victoria, pero el Gobierno, en cambio, no las tenía todas consigo...

Al día siguiente, la mañana neblinosa desdibujó las trincheras y hasta las patrullas de los dos bandos. Los combates prosiguieron. A pedido de Aristóbulo del Valle -dirigente de la sedición- los combatientes celebraron un armisticio para enterrar a los muertos y curar a los heridos. La pausa acordada iba a favorecer al Gobierno, pues le permitiría recibir el apoyo de regimientos que, provistos de cañones, marchaban hacia la capital para apoyarlo.

De pronto, quebrando el sosiego de la tregua pactada, la Escuadra, que no ha visto los globos convenidos pero que ha recibido un mensaje anterior al armisticio, está bombardeando la ciudad. El hecho indigna a muchos, pues escapa a las normas de la guerra bombardear una población que no puede considerarse plaza de combate. Pero en el ámbito general lo que se difunde es una curiosidad por comprobar cómo yerran los barcos el blanco prefijado...

El Gobierno, en cambio, procediendo metódicamente, ha bloqueado al enemigo. Para soslayar la superioridad que da a los insurgentes la artillería, en la tarde del 26 ha perforado dos manzanas céntricas y, por esa ruta, que no será calle en los planos, queda abierto un camino para tropas gubernativas que conquistan, en la vecindad del Parque, edificios estratégicos.

Pellegrini, que actúa en representación de Juárez Celman, aunque éste no había delegado el mando, revive sus horas de combatiente en la Guerra del Paraguay y en la insurrección del 80, cuando era ministro de Guerra. Alrededor de él, con disciplina, con orden, Levalle y los jefes prestigiosos lo consultan, y obedecen sin demorar sus indicaciones.

El coraje, parejo en los dos bandos que pelean, se exhibe hasta con alardoso desenfado. Nadie corre sino cuando se avanza; si la muerte llega, está sobrentendido que la fatalidad debe entreabrirle la puerta por el pecho y nunca por la espalda. Este coraje de los vivos está ya documentado en la noche del 26 de Julio en una macabra pila de cadáveres; la última sonrisa de los caídos se desconoce y, en todos los rostros una mueca es lo que aparece.

Juárez Celman, que a poco de retornar a la capital se ha acercado al lugar de los sucesos, no puede menos de estremecerse al contemplar tan trágica estiba. Y exclama: “No hay satisfacción del poder que compense tanto horror”.

Veinticuatro horas después, el sustantivo horror que ha usado el presidente es el que mejor cuadra al ánimo de la ciudad. Al concluir la jornada del 27, a la sorpresa del comienzo, a la curiosidad inconsciente de muchos, a la exaltación de los más violentos, sucede la angustia colectiva. Es que durante el armisticio se han inventariado los muertos y heridos y ese censo negro y rojo no puede dejar indiferente a nadie.

Hasta que empezó la revuelta, lo que caía era el peso papel; ahora, es el propio país el que está rodando cuesta abajo en el infortunio de la guerra civil. ¡Basta!, grita esa angustia que una comisión mediadora entre los bandos recoge con imperativa sensibilidad. Y cuando el armisticio está por concluirse, las negociaciones de la paz, se han abierto camino hasta los dirigentes de insurgentes y gubernistas para acordar la cesación de la lucha.

La paz se firmó sobre la base de condiciones que simultáneamente significaban la rendición de los sediciosos, garantizándoles una amplia amnistía. No se juzgaría ni procesaría ni a los civiles ni a los militares sublevados; estos últimos debían devolver las tropas a los cuarteles; los ciudadanos que en los cantones participaron de la lucha, debían igualmente entregar las armas. La terquedad de algunos jefes, militares insurgentes y la indisciplina de ciertos cantones prolongó hasta el 30 de Julio un saldo de tiros y rumores alarmistas.

Si la sublevación había sido vencida, el triunfador no era precisamente Juárez Celman; quienes habían dirigido la lucha reemplazándolo -Pellegrini y Roca- salieron agrandados del conflicto. Cuando las Cámaras del Congreso se reunieron el 30 de Julio para tratar el estado de sitio, declarado -según dijimos- el 26, Roca reemplazó a Pellegrini en la presidencia del Senado. Pellegrini sólo se hizo presente para retirar un pliego del Poder Ejecutivo que solicitaba el acuerdo que permitiera ascenderlo a Teniente General:

Los grados militares no se ganan con el sport de una batalla, sino con las continuadas penurias del cuartel y de la disciplina. No estamos en carnaval”, habría dicho con desagrado, justificando su gesto.

La Cámara de Diputados, aprobando tres proyectos en media hora, sesionó opacamente y, algo semejante se creyó que pasaría en el Senado. Esa actitud de los diputados de no comentar lo sucedido, ¿era prudencia, cobardía o remordimiento? Tal vez todo eso junto. De cualquier modo, lo concreto es que nadie dejó en el Diario de Sesiones un rastro perdurable.

Pero, en el Senado, un miembro del cuerpo habló con tal trascendente conciencia de lo que se vivía que, en definitiva, más que para sus contemporáneos, resultó dirigiéndose a la historia. Tuvo, por otra parte, el acierto de acuñar, acerca de la realidad de entonces, una frase que la posteridad ha recogido como síntesis feliz de sus palabras.

Manuel Dídimo Pizarro es el nombre del senador; ministro durante la presidencia de Roca, debió dejar la cartera porque sus convicciones de católico tan sincero como ferviente le hicieron imposible continuar en el cargo. Valiente, al punto de no desmerecer nunca el apodo de “el Toro Pizarro” con que lo señalaron las asambleas y los periódicos, figuraba en el Congreso del 90 como uno de los legisladores partidarios de Juárez Celman. No hablaría, sin embargo, con enfoque oficialista:

No creo que ese proyecto de estado de sitio, propuesto como medida constitucional de pacificación, pueda eximirnos a los senadores de la República de considerar el estado general de la Nación.
Antes que ese tal proyecto, me incita el deseo de buscar el modo de llegar a la verdadera pacificación, que a mi entender no puede consistir en leyes de asedio, mediante las cuales el P. E. no podría hacer nada que ya no hubiera hecho o que no pueda hacer lo mismo sin esta ley...
En presencia de esta victoria que, como miembro de las tendencias gobernantes me alcanza, siento, a pesar de todo, entristecido mi espíritu. La Providencia ha velado por los destinos del país al ahogar esta revolución, que contaba elementos tan poderosos y fuertes. ¡Pero los entusiasmos y las dianas de la victoria no acompañan al vencedor!

Y Pizarro agregó enseguida la frase que se ha hecho memorable:

¡La revolución, señor presidente, está vencida, pero el Gobierno está muerto! Al expresarme así, no hablo de los hombres del Gobierno, sino del Gobierno como persona moral. El Gobierno es autoridad moral, respeto a las leyes, prestigio en los que mandan y obediencia de todos, no en nombre de la fuerza, sino en nombre de lo que dignifica al hombre, en nombre del deber, del sentimiento moral, del respeto que, por sí mismo, se debe a la autoridad y a las leyes.
¡Y todo eso ha desaparecido!

Y después de puntualizar otros aspectos de la situación del país, concluyó:

Si la revolución triunfante, señores senadores, nos hubiera presentado la renuncia del señor presidente de la República, yo jamás habría suscripto la aceptación de semejante renuncia; la habría rechazado, cuando otros, quizás, se habrían apresurado a recogerla.
Pero en estos momentos, cuando es necesario ante todo, para pacificar al país, que cese la dominación que ha originado el estallido, pues es dominación y no gobierno lo que el partido oficial está haciendo en el poder, vengo a pedir, no leyes de estado de sitio, sino la renuncia patriótica en masa de los miembros del Poder Ejecutivo: presidente, vice, ministros y del mismo presidente del Senado”.

El discurso de Pizarro conmovió al Congreso y agrietó los puntales congresistas del Gobierno. Quienes después de él hablaron esa tarde, no lograron atenuar la emoción suscitada por su elocuencia, rubricada por la renuncia a su banca que dejó ese mismo día, último de su presencia en el alto cuerpo. Y por primera vez en varios años, terminada la sesión, los senadores no fueron a saludar al presidente de la República, como era habitual.

Juárez Celman, por su parte, publicó un manifiesto dirigido al país, en el cual, después de aludir al carácter localista del movimiento, limitado a la capital, y de considerar injustificada la insurrección, pues su Gobierno no había suprimido las libertades de prensa o de reunión, y de juzgar sus posibles errores como los inevitables en toda actividad humana, terminaba anticipando que la más amplia garantía de libertad inspiraría la elección de su sucesor. Por lo visto, Juárez Celman no creía en la repercusión del discurso del senador Pizarro.

Sin embargo, se hizo claro el retraimiento del presidente ante los visitantes obligados o circunstanciales; se multiplicaron los acuerdos de gabinete; se lanzaron versiones de que habría un cambio de ministros ... Pero el vacío político alrededor de Juárez se acentuaba y, a medida que pasaban las horas, la atención pública parecía cada vez más atraída por lo que hacían o decían Roca y Pellegrini; el rumor tan impreciso como adivinatorio ubicaba a la espera de la renuncia de Juárez Celman a quienes, sin darse por aludidos, debían -según Pizarro- también marcharse.

El rumor recogía una verdad. Llamados a un acuerdo de gobierno -después de aparecida la proclama del presidente- y consultados sobre la posibilidad de iniciar una política de conciliación nacional que superara la situación e informados de que si esta política de concialiación fracasaba el presidente renunciaría, Roca y Pellegrini habían expresado su incredulidad acerca de la tentativa de conciliación, lo cual permitía deducir que calculaban la renuncia...

En ese ambiente de incertidumbre de lo inmediato, los miembros del Congreso, invitados a una reunión en la Casa Rosada y recibidos por los ministros, escucharon estupefactos la revelación de la real situación financiera del Gobierno. Los combates habían hecho olvidar por unos días el alza del oro y la caída del peso papel, motor de la crisis que trajo la insurrección.

Vencida ésta, acallado el acero de los cañones y de las bayonetas, resultaba que, según explicó el ministro de Relaciones Exteriores, doctor Roque Saenz Peña, “interrogado por varias de nuestras legaciones sobre la garantía real de los millones de bonos hipotecarios que el Gobierno está tratando de negociar en Europa para salvar las urgencias actuales, he debido responder que no existe ninguna garantía.
Estimo preferible para el país aparecer como insolvente antes que como fraudulento...” y, sin ninguna pausa, el ministro de Hacienda, como empalmando sus palabras con las pronunciadas por su colega de Relaciones Exteriores, agregaba:

Pues es preciso que sepan ustedes que el 15 del corriente tenemos que pagar en Europa 500 mil libras esterlinas por el servicio de la deuda externa y la garantía de los ferrocarriles y no disponemos en total de más de 35 mil pesos moneda nacional...”.

Era la madrugada del 4 de Agosto cuando los miembros del Congreso, tan pródigo siempre para votar empréstitos y acordar garantías a las concesiones ferroviarias, se asomaban aterrados a ese arqueo de la Caja del Estado y encontraban que unas monedas era todo lo existente en la columna del haber financiero. La otra columna, la del debe, atravesada en el camino, interrumpía la marcha y lo aplastaba todo.

Pues si es difícil defender a un Gobierno conmovido por una insurrección que había costado cientos de muertos y heridos, resultaba una locura inconcebible alegar en su favor cuando ese mismo Gobierno estaba sin recursos y acribillado de deudas.

Lo que no habían logrado los tiros y la sangre derramada, lo que no habían logrado los editoriales de los periódicos ni la elocuencia de Pizarro, se cumpliría sin dilaciones ahora que la quiebra hacía flamear, sobre el presidente de la República, la bandera desdorosa del remate.

Sobre el presidente, porque, claro está, en esos momentos el Congreso se sentía Pilatos, y el “unicato” reaparecía para hallar en Juárez Celman la necesaria víctima expiatoria.

Concretando ese estado de ánimo, legisladores -hasta pocos días antes partidarios incondicionales del Primer Mandatario, le hicieron llegar una nota:

Los que sucriben, senadores y diputados al Congreso Nacional, sobreponiéndose a sentimientos de amistad personal nunca desmentidos y animados de un propósito de conservación pública en momentos difíciles y solemnes, cumplen con un deber de conciencia y patriotismo al declarar al señor presidente que su renuncia es el único camino constitucional para salvar al país del peligro que lo amenaza”.

El peligro era el resultado de una inquetud popular que no se calmaba y de proyectos dictatoriales que empezaban a elaborarse.

Una reunión conjunta de las dos Cámaras sesionando en Asamblea Legislativa, presidida por el general Roca en su carácter de vicepresidente del Senado, trató el 6 de Agosto la renuncia de Juárez Celman:

He desempeñado durante cuatro años el cargo de presidente de la República con lealtad y patriotismo, y había consagrado todo mi espíritu y todos mis anhelos a mejorar la difícil situación financiera porque atraviesa el país, inspirándome en los más elevados sentimientos de bienestar común y escuchando el consejo de los primeros hombres de la nación, cuando un motín de cuartel...”.

Juárez Celman, que no era -desde luego- el único culpable, se había equivocado al gobernar jaqueado por un círculo y se equivocaba en su renuncia al afirmar que había escuchado el consejo de los prohombres y al calificar de motín de cuartel a la “Revolución del Parque”. “Mis nobles esfuerzos han sido inútiles, y dejo a otros la tarea, confiando en que serán más felices que yo, y presento a Vuestra Honorabilidad la renuncia de presidente de la Nación, haciendo con satisfacción el sacrificio de mi persona...”.

Algunos discursos que no agregaron nada positivo al trámite, y luego 61 votos por la aceptación de la renuncia y 22 por su rechazo, proporcionaron la aritmética indispensable para fundar la nueva etapa. El bisturí de la amputación política había funcionado con la prevista regulación que Roca deseara; en reemplazo de Juárez Celman, Pellegrini ocuparía la Primera Magistratura y, el Congreso, que había sido juarista, seguiría funcionando...

Las elecciones se eludían y el pueblo debía encontrar en el alejamiento de Juárez Celman suficientes motivos de alegría...

Así ocurrió, en efecto. La emoción popular había identificado a tal punto las penurias que se sufrían con el presidente que mandaba, que la renuncia de Juárez Celman se interpretó, ingenuamente, como el final de todas las preocupaciones. Un desborde generoso de entusiasmos hacía buscar en las estrofas del Himno, en el abrazo con desconocidos transeúntes, en las voces enronquecidas, en las lágrimas, en las fogatas encendidas, en los cohetes disparados, el cauce ciudadano de un fervor elemental.

La euforia llegó a lo inconcebible cuando algunos comerciantes desdeñaron cobrar a circunstanciales parroquianos la consumición y cuando, en ciertos escaparates se vieron cartelitos con esta inverosímil leyenda: “El oro a la par”.

Inducida a suponer que desaparecido “el culpable”, la crisis había terminado, la multitud no tardaría en medir con desengaños, la dura adversidad que le esperaba ... La evolución de los hechos económicos y financieros demostró claramente cómo la caída de Juárez Celman no había sido, en ese sentido, solución alguna. En realidad, el verdadero período de crisis quedó iniciado al concluir la “Revolución del Parque”.

El oro, el más sensible termómetro para la ansiedad colectiva, que antes de los sucesos insurreccionales se cotizaba a 317, es decir que en lugar de 100 pesos papel para igual suma en oro se necesitaban 317, alcanzó, en Noviembre de 1890, la cifra récord hasta entonces de 350 ... En 1891, entraban en liquidación el Banco Nacional y el Banco de la Provincia ... El oro subía, en Mayo de 1891, a más de 400...

En lo que atañe al propio Juárez Celman, nunca se dio el menor indicio de que él se hubiese beneficiado con algunas de las medidas de gobierno(28).

(28) Ricardo Caillet-Bois. “Presidencia de Juárez Celman’’ (1963), capítulo VI de la “Historia de las Presidencias”, volumen I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Prefiero ser engañado a desconfiar...”, había dicho repetidas veces Juárez Celman, quien llegó a hacer de esa expresión una divisa ... Quedan así explicados muchos de sus errores psicológicos y el que su caída le tomara de sorpresa...

Trató de disimular el desencanto y la amargura de los sucesos de esos días de fines de Julio y comienzos de Agosto de 1890... Dejó de ser, a partir de entonces, hombre público y se desentendió, definitivamente, de la acción política...

Instado varias veces a hablar y escribir sobre los actos de su Administración, se negó a hacerlo... En cambio, habíale insinuado a Wilde la necesidad de que éste redactara, con absoluta objetividad, la crónica o historia del Gobierno que habían realizado ambos: uno como presidente; el otro como ministro.

El cuadro a que usted se refiere -le observó Wilde- será trazado, si no me muero antes, en su oportunidad, cuando se enfríen más los ánimos, se vean mejor las injusticias, se repartan equitativamente las responsabilidades y caiga de los oídos el algodón empapado de odio que los tapa...”.

Pero Wilde, que sobrevivió veinte años a esta promesa, se marchó sin haber encontrado las horas para realizarla...

Creemos que has acertado. Ya no tendrás que romperte la cabeza con los asuntos del Gobierno”. Tal el texto del telegrama que horas después de su renuncia a la presidencia le enviaron a Juárez Celman los dos hijos adolescentes que, en compañía del preceptor, el ingeniero Agustín González, estaban en ese momento viajando por Noruega y regresarían de Europa algunos meses después...

Hombre de hogar, en él refugió Juárez el resto de su vida ... Pero hasta allí le buscaría el infortunio y en Mayo de 1891 falleció la hija mayor de 17 años.

Hace un año perdimos a Clara Funes, la mujer de Roca, a quien quise como a una hermana. ¡Ahora es Rosarito! Todos los desastres políticos que he sufrido no me han abrumado tanto como estas dos pérdidas”, confesó Juárez a un amigo...

Alternaría largas permanencias en la estancia “La Elisa”, de Capitán Sarmiento, en la provincia de Buenos Aires, con los inviernos en su casa porteña... En “La Elisa” volcaba entusiasmos en la construcción de un parque; deseoso de repasar “antiguas lecturas de mi juventud”, escribe pidiendo las obras de Cicerón, Herodoto, Polibio ... y también, “Los Comentarios”, de Julio César... “Me parece que ahora me deleitarán más. Estoy en la edad en que es más sabrosa la posada que el camino, como dice Cervantes...”.

Releyendo “La Divina Comedia”, anotaba: “El Dante supo lo que era vivir desterrado dentro de la misma patria. Es el peor de los destierros”.

Trataba, refugiándose en “la posada”, de olvidar los “pantanos del camino...”. Y aunque declaraba haber llegado a la vejez sin odiar a nadie, es verdad que dejó, escrita con su propia letra, esta confesión: “La ley divina nos manda perdonar a nuestros enemigos, pero no a nuestros amigos”. Y, claro está, que debía referirse a quienes pensó habían traicionado su amistad...

Identificados desde su juventud por el “plan político” que sabemos, la “Revolución de 1890” separó a Roca y Juárez Celman. También se distanciaron en su condición de parientes y la separación afectó a las dos familias. Cuando años después la suegra de Juárez Celman intentó reconciliarlos, aunque las hijas de Roca fueron a saludar a Juárez Celman y la reconciliación entre los concuñados pareció posible, el hecho de que en 1897 se hablaba de una nueva presidencia de Roca provocó la negativa de Juárez: “No quiero que Roca piense que deseo acercarme a él por su futura situación” y, durante los seis años de esa segunda presidencia, siguieron distanciados...

Juárez Celman permaneció inflexible: “Roca tiene ahora demasiado quehacer en el Gobierno... Además, ¿tendríamos algo que decirnos?

Y Roca sólo volvió a encontrarse con Juárez Celman en el sepelio de éste, luego que la familia declinó el ofrecimiento de velar los restos en la Casa de Gobierno que formulara, con el decreto de honores respectivo, el entonces presidente de la República, José Figueroa Alcorta, comprovinciano, amigo y partidario del extinto.

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