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La situación americana en el último cuarto del siglo XIX

En los años de la expansión colonial y de las crecientes tensiones europeas, los americanos viven los cambios con distinta suerte y humor. Ensimismados, a menudo atrapados por sus problemas internos y por las luchas entre oligarquías civiles y militares, apenas percibirán el crecimiento de un nuevo, agresivo y potente nacionalismo que competirá paulatinamente con las metrópolis europeas hasta compensar o neutralizar -según los casos- los recursos o la actitud de los sectores dirigentes, la capacidad intervencionista de aquéllas: el nacionalismo expansionista de los Estados Unidos de América.

Los Estados Unidos habían elegido nuevo presidente -James Garfield- y consolidaban una época de “industrialismo triunfante(1), en el que gravitaron cuatro factores fundamentales: la exhibición de habilidades tecnológicas que se avizoraban en las actividades productivas desde la década de 1830; la provisión continua de materias favorables a una economía joven y opulenta con expectativas de expansión más allá de las fronteras nacionales; la presencia de Gobiernos que proveían, por su parte, medidas adecuadas para el desarrollo de los negocios -tarifas proteccionistas, políticas específicas para el mundo de las finanzas, subsidios en tierra y en dinero-; y el incremento de mecanismos monopólicos dentro y fuera de las fronteras norteamericanas.

(1) Richard Current, N. Williams, T. Harry y Frank Freidel. “American History (a Survey)” (1965), pp. 488 a 491. Ed. A. A. Knopf, New York. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El “industrialismo triunfante” era interpretado con la sensación de que la nación norteamericana tenía una misión internacional que cumplir para satisfacer lo que parecía determinado por un “destino manifiesto”. La diplomacia trabajaría en el mismo sentido para proyectar a los Estados Unidos de América sobre el hemisferio e imponer su hegemonía(2).

(2) Sobre la situación americana: Tulio Halperin Donghi. “Historia Contemporánea de América Latina” (1969), especialmente pp. 280 y sigts. Ed. Alianza, Madrid. Sobre el “imperialismo americano” en la época clave que tratamos, puede leerse con provecho “American Imperialism in 1898 (Problem in American Civilization” (1955), selección de estudios. Ed. Heath, Boston. También el citado trabajo de Richard Current, N. Williams, T. Harry y Frank Freidel. “American History (a Survey)” (1965), especialmente pp. 533 a 560. Ed. A. A. Knopf, New York. La guerra con España trajo como consecuencia la anexión de las Filipinas, la ocupación de Guam (Islas Marianas), además de la de Cuba y Puerto Rico y, en 1903, la adquisición de la zona del canal (Panamá). // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El secretario de Estado, James G. Blaine, quien tenía sus propias ideas acerca del papel de los Estados Unidos en el mundo, invitó a las naciones latinoamericanas (1881) a una conferencia panamericana en Washington para discutir cuestiones de comercio internacional y de arbitraje en las disputas continentales.

Sólo ocho años después, muerto Garfield y poco antes de que se hiciera cargo de la Administración el nuevo presidente presidente Benjamin Harrison, la idea de Blaine se impuso y tuvo lugar la I Conferencia Panamericana en Washington. Los temas eran prácticamente los mismos. Sin embargo, fue la guerra de 1898 entre España y los Estados Unidos y la subsecuente anexión de las Filipinas el hecho central del proceso expansivo norteamericano -luego de la guerra civil- en una vasta región en torno del Pacífico, que marcó la aparición en la escena internacional de una de las grandes potencias del siglo XX. También planteó problemas estratégicos, políticos y económicos y, uno de los grandes debates de la historia norteamericana.

No habremos de detenernos en él, sino señalarlo, porque es uno de los ingredientes que estimularían el sentimiento “antiyanqui” en América Latina. En ese entonces, y cuando el gran debate se abría, para la opinión pública norteamericana la guerra contra España debíase a la defensa “de la libertad y los derechos humanos”, como se sostuvo aún en la convención republicana de 1900.

Al estallar la rebelión de los boxers en China, en Junio de ese año, Francia, Italia, Japón, Inglaterra y Rusia se enterarían que también era parte de la política exterior de los Estados Unidos “salvaguardar la integridad territorial y administrativa de China”. La cuestión imperial sería, desde entonces, un tema americano.

En el Brasil vivíase la agonía del Imperio, la destrucción del antiguo orden. El positivismo había entrado en la enseñanza y en la política, dominaba a la juventud intelectual y sería todavía el Imperio el que aceptase la introducción del sufragio universal y, paradójicamente, el que inaugurase un período de representación política relativamente ampliada. A la postre, cultivo de la revolución social, política y militar.

En 1875 una crisis económica puso de relieve la endeblez real de una estructura financiera aparentemente sólida y la también aparente independencia de las finanzas británicas. El republicanismo había llegado incluso al ejército y fue un golpe militar el que derribó en 1889 a la monarquía: “el ejército y las élites políticas del Brasil Central, donde se estaba elaborando la expansión del café, eran los beneficiarios principales del cambio institucional”; los señores de la tierra también participaron de la nueva alianza que, al consumar la revolución decreta, en su primer acto legislativo del 15 de Noviembre de 1891, la creación de una república federativa con el nombre de Estados Unidos del Brasil, con el lema positivista de “Orden y Progreso(3).

(3) Tulio Halperin Donghi. “Historia Contemporánea de América Latina” (1969), pp. 272 a 276. Ed. Alianza, Madrid; Ricardo Levene y Otros. “Historia de América” (1941), pp. 85 a 92. Ed. Jackson, Buenos Aires; José M. Bello. “Historia da República” (1956), San Pablo. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Las ideas del tiempo circulaban por el territorio americano casi al mismo compás, mientras los condicionamientos internacionales producían respuestas dependientes de las actitudes, posibilidades y vinculaciones de las élites dominantes.

En México, el reformismo es controlado, disciplinado y secularizado por la dictadura larga y pacífica de Porfirio Díaz, una Administración que permitió sancionar leyes como la de instrucción pública obligatoria, gratuita y laica, garantizar un progreso “ordenado” y mantener relativamente estable la estructura socio-económica que siguió a la caída del emperador Maximiliano.

En el Uruguay suceden dictaduras militares y despotismos pseudoliberales. Ecuador conoce experiencias como las del “liberalismo católico” de Antonio Borrero, la dictadura liberal de José María de Urbina y el militarismo “constitucionalista” del general Ignacio de Veintemilla y entre luchas y conflictos feroces ve llegar al poder a un Juan Antonio Flores y Jijón, que había pasado la mayor parte de su vida en Francia, precediendo una larga época de “caudillos liberales”.

En esos años se produce, incluso, un conflicto internacional significativo que sacude a la región: la Guerra del Pacífico, entre Bolivia y Perú de un lado y Chile del otro. Sin armas ni soldados, con algún buque menor sin artillería, como el monitor “Huáscar”, los peruanos -pobres y en medio de disensiones internas- se enredan al lado de Bolivia en una guerra con Chile.

Este era muy superior en recursos. Sus fuerzas aplastaron pronto a las de Bolivia y, tras una campaña larga y sangrienta, entraban en Lima. Las tratativas de paz fueron arduas y los resentimientos del conflicto -de dudosa legitimidad- dejaron heridas profundas. En esa época, un argentino inteligente fue enviado por el presidente Nicolás Avellaneda para informarse de la opinión chilena en vísperas del conflicto.

Miguel Cané terminó su misión convencido de que Chile iba “a la conquista territorial de dos provincias de sus adversarios(4).

(4) Gustavo Ferrari. “Conflicto y Paz con Chile (1898 - 1903)” (1969), pp. 2 a 4. Ed. Eudeba, Buenos Aires; Benjamín Subercaséaux. “Chile o una Loca Geografía” (1964). Ed. Eudeba, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Por una decisión personal, aventurera y, si se quiere, romántica, Cané fue al Pacífico a luchar del lado de los peruanos. Según él, los chilenos iban a la conquista y la Argentina debía insistir en su doctrina contraria al derecho de conquista entre naciones americanas.

La cuestión no era nueva. Chile sentíase asediado por su “loca geografía”, que lo impulsaba al desahogo expansionista. Logró anexiones territoriales importantes y adquirió la sensación de que podría imponer su política a la región.

Mientras los argentinos miraban hacia Europa, los chilenos observaban a la Argentina con cierta dosis de prevención. Los pactos de 1881 -realizados mientras luchaban con los peruanos y los bolivianos- se les antojaban la consecuencia de una opción forzada y, al cabo, un mal arreglo.

La actitud fue premonitoria. Anunciaba el grave conflicto que entretuvo a chilenos y argentinos durante cinco años, críticos para las relaciones entre los dos países -1898 a 1903- en los que estuvieron a punto de ir a la guerra y habría de dejar una suerte de marca psicológica en el pueblo chileno que nunca terminaría de desaparecer.

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