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La Argentina en el mundo a fines del siglo XIX

Para la mayoría de los argentinos la vida americana no pasaba por el centro de su interés. En realidad, si la mayoría apenas participaba en el sistema político interno y si la información sobre los demás países americanos era tanto o más deficiente que en la actualidad, aquella comprobación no es sorprendente.

Los hombres que tenían el dominio de la política y de la economía argentina eran muy pocos, y eran los mismos que conducían la política exterior. El arte de la diplomacia era para ellos un segmento de su vida pública y una prolongación de sus intereses y de sus hábitos sociales. Sólo ellos podían percibir la “dimensión internacional” de la Argentina.

En cambio, ésta era inaccesible a la masa de la población criolla y a los inmigrantes, asediados por sus necesidades cotidianas. “Después de 1880, sólo la clase social más elevada entrevió la creciente importancia internacional de la República”, escribe McGann. Percibió esa importancia por “razones materiales(1), pues la nación vivía ligada al mundo mercantil europeo.

(1) Thomas F. McGann. “Argentina, Estados Unidos y el Sistema Interamericano. 1880 - 1914” (1960), pp. 106 y sigtes. Ed. Eudeba, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Y también por razones culturales, pues la oligarquía vivía en una suerte de “alienación cultural”, tributaria de los movimientos ideológicos e intelectuales europeos, sobre todo de Francia. Los lazos económicos y culturales con América Latina eran insignificantes y de ahí otro motivo de desinterés.

Durante casi todo el siglo, luego de las Guerras de la Independencia, “la foja de servicios argentina revela ausentismo y oposición”. Esta actitud se fundaba -según McGann- en una cautelosa apreciación de las inseguridades de la vida política sudamericana y se alimentaba con el deseo de mantener intacta la soberanía de la nación, duramente conquistada. Aunque no es desdeñable otro ingrediente: la soberbia cultural de los argentinos, que se extendía incluso a sus relaciones con los Estados Unidos de América, mezclada con cierto prudente nacionalismo frente al peligro del caos internacional.

Cuando hacia 1880, Colombia invitó a los países latinoamericanos a reunirse en Panamá para arbitrar medios de arreglo pacífico de los conflictos regionales, la Argentina no aceptó ni rehusó la invitación. Pasaba por momentos críticos a raíz de la “cuestión capital” y Julio A. Roca había asumido poco tiempo atrás el Gobierno.

Bernardo de Irigoyen se encargó de redactar la respuesta a Colombia. En resumen, la Argentina tenía su propia “doctrina de paz”, apropiada al desarrollo de sus propios recursos y ninguna prevención respecto de Europa, cuyos capitales y gente necesitaba. De todos modos, la reunión no se realizó a raíz de la guerra entre Chile y Perú.

La retórica de la política exterior argentina no descuidaba, sin embargo, los temas de la unidad americana. Y en 1888, incluso, la acción diplomática conjunta con el Uruguay permitió la convocatoria de un congreso -el Congreso Sudamericano de Derecho Internacional Privado-, al que asistieron en Montevideo los países organizadores y Brasil, Bolivia, Perú, Paraguay y Chile.

Fue una reunión “sudamericana”, que constituyó una buena demostración de capacidad diplomática para la delegación argentina en la que lucieron sus habilidades Quirno Costa, Quintana y Roque Saenz Peña, mientras afirmaban sus prevenciones respecto de los Estados Unidos. Eran los tiempos del “industrialismo triunfante” norteamericano, de su dinámica expansionista.

Vicente G. Quesada -embajador en Washington- censuraba a los proteccionistas del partido republicano, mientras en la misma época, Roca era huésped de honor de los ingleses y “la Argentina -Buenos Aires- había llegado a depender de Europa en casi todo: dinero, gente, tecnología, modas, noticias”.

En los Estados Unidos, pese a todo, aumentaba la estimación por la Argentina. En ésta, las perspectivas no habían cambiado. En oportunidad de la I Conferencia Panamericana -a la que concurrieron Roque Saenz Peña, Quintana y Quesada-, los delegados argentinos boicotearon la reunión. Por cuestiones aparentemente formales, se negaron a concurrir a la sesión de apertura, se “vistieron de levita con sombrero de copa y salieron a pasear por las calles de Washington en un carruaje abierto, para que el público no tuviera duda alguna respecto al verdadero motivo de la ausencia”, que no era sino la elección del secretario de Estado norteamericano como presidente de la asamblea.

No estaban dispuestos, como explicaría luego el ministro de Relaciones Exteriores Estanislao S. Zeballos, “a que la conferencia internacional a que asistíamos resultara dirigida administrativamente por el Gobierno de los Estados Unidos(2).

(2) Thomas F. McGann. “Argentina, Estados Unidos y el Sistema Interamericano. 1880 - 1914” (1960), pp. 172, 202 y sigtes. Ed. Eudeba, Buenos Aires, donde se hallará una aguda descripción de las posiciones de los participantes. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El hecho es que argentinos y estadounidenses estuvieron de acuerdo en muy pocas cuestiones durante la conferencia, que la opinión porteña -o si se quiere argentina- estaba prevenida respecto de los Estados Unidos y que los delegados del país trataron por todos los medios de hacer notar que no estaban dispuestos a malograr sus buenas relaciones con Europa cediendo a pretensiones estadounidenses que interpretaban excesivas.

Roque Saenz Peña no dejó de recordar a España como “madre patria”, a Italia como “amiga” y a Francia como “hermana” y, al fin, opuso al lema “América para los americanos” aquél más amplio y adecuado a la mentalidad dirigente argentina: “América para la Humanidad”.

A fines del siglo, Carlos Pellegrini informaba a Miguel Cané el “desprecio cultural” que la clase dirigente argentina sentía hacia los norteamericanos y, al propio tiempo, la sobreestimación de sus propias cualidades:

Habrás visto cómo han tratado los Estados Unidos a España. ¡Qué niños! El día que llegaran a tener el poder de Inglaterra, si no viene una reacción en los Estados Unidos, van a acabar en la locura.
Un senador (norteamericano) acaba de pronunciar un discurso a favor del imperialismo y, hablando del porvenir, decía que el imperio yanqui llegaría a tener por límites al norte, la aurora boreal; al sur, el Ecuador; al este, el sol naciente; al oeste, la inmensidad.
¡Felizmente para nosotros, se detienen, por ahora, en el Ecuador!(3).

(3) Citado por Thomas F. McGann. “Argentina, Estados Unidos y el Sistema Interamericano. 1880 - 1914” (1960), p. 280. Ed. Eudeba, Buenos Aires. La carta es del 18 de Diciembre de 1898 y puede hallarse en: “Pellegrini. 1846 -1906 (Obras)”, tomo II, p. 512. // Referenciado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El “antiyanquismo” había nacido ya y no precisamente por razones ideológicas. Hacia América Latina la clase dirigente argentina no era menos pesimista. Años antes, Roca había escrito al mismo Cané una buena radiografía de los sentimientos que animaban a quienes atendían los acontecimientos americanos:

Mi estimado amigo:
Usted es un buen observador que no viaja impunemente, como tanto espíritu frívolo, y mejor narrador de lo que ve y observa. He leído, pues, con verdadero gusto, su carta del 7 de Octubre y no puede ser más interesante y fiel la pintura que en ella me hace del estado político, social y económico de Colombia y Venezuela que, por lo visto, recién ahora van por lo mejor de esa vía crucis, cayendo tan pronto en el despotismo más brutal como en la demagogia más desenfrenada, de que felizmente nosotros hemos salido ya sin haber descendido tanto como ellas.
Pero no hay que desesperar ni afligirse inútilmente. Esos pueblos que se revuelcan en la miseria con sus ilustres americanos, al fin se han de organizar y constituir, modificándose o (absorbidos) por la ola europea o yankee que no ha de tardar en hacer sentir su influencia...
Por aquí todo marcha bien. El país en todo sentido se abre a las corrientes del progreso con una gran confianza en la paz y la tranquilidad públicas y una fe profunda en el porvenir. Al paso que vamos, si sabemos conservar el juicio en la prosperidad, que no han sabido conservar los chilenos en sus triunfos militares, pronto hemos de ser un gran pueblo y hemos de llamar la atención del mundo...(4).

(4) Citada por Ricardo Saenz Hayes. “Miguel Cané y su Tiempo” (1955), pp. 252 y 253. Ed. Kraft, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Arrogancia, optimismo, creencia en la fatalidad del progreso, sensación de dominio de la situación y del porvenir. Ni los rumores de una posible crisis con el Brasil inquietaban a una clase dirigente confiada en que controlaba la faz agonal de la política y en una era prolongada de “paz y administración”.

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