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El liberalismo como ideología

La denominada generación del 80 creía o combatía en torno de una ideología liberal, es decir, de la absolutización de una interpretación del liberalismo adoptado por el grupo dominante(1).

(1) Hay diferencias sutiles pero decisivas entre el liberalismo político -y sus aportes fundamentales a la práctica y a la teoría política- y, por ejemplo, el liberalismo económico. Apenas corresponde hacer aquí la advertencia, así como señalar que las concepciones liberales y la práctica de los que se llaman o son llamados liberales cambian con el tiempo y en cada situación. Sobre la vigencia de los valores del liberalismo político, Giovanni Sartori. “Aspectos de la Democracia” (1965). Ed. Limusa-Wiley, México. Sobre las diferencias entre teorías económicas -por ejemplo, el capitalismo, el marginalismo, el keynesianismo- y “doctrinas sociales” en el sentido de que tratan de resolver la cuestión social que, por su parte, depende de la dialéctica entre lo político y lo económico, ver Julien Freund. “La Esencia de lo Político” (1968). Ed. Nacional, Madrid. En cuanto a las razones por las que la Iglesia Católica condenó al liberalismo de su tiempo por los “principios naturalistas e indiferentistas” que, a los ojos de Pío IX, eran parte de su fundamento ideológico, y del error de perspectiva de extender esa apreciación a cualquier tiempo y situación, ver Roger Aubert. “El Centenario del Syllabus” (1965),en: “Criterio”, Nros. 1.472 y 1.473, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

- El “positivismo en acción”

Alejandro Korn describió con precisión las influencias ideológicas y los excesos de la alienación cultural que padecieron protagonistas notables de la Argentina de transición. Epoca de “positivismo en acción”, se ligaba a esta influencia

el desarrollo económico del país, el predominio de los intereses materiales, la difusión de la instrucción pública, la incorporación de masas heterogéneas, la afirmación de la libertad individualista.
Se agrega como complemento el desapego de la tradición nacional, el desprecio de los principios abstractos, la indiferencia religiosa, la asimilación de usos e ideas extrañas. Así se creó una civilización cosmopolita -de cuño propio- y ningún pueblo de habla española se despojó como el nuestro, en forma tan intensa, de su carácter ingénito, so pretexto de europeizarse..."(2).

(2) Alejandro Korn. “El Pensamiento Argentino”, p. 200. Ed. Nova, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Según Korn, las clases dirigentes “se dejaron seducir por la eficacia evidente del esfuerzo interesado y aprendieron a subordinar todos los valores al valor económico, dóciles al ejemplo del meteco que incorporaba a nuestra vida nacional su actividad laboriosa y su afán materialista”.

La apreciación, entre objetiva y cáustica, amarga y crítica, concluye en que “la orientación positivista fue convertida en un credo burdamente pragmático”. No era, pues, un liberalismo romántico e idealista, sino pragmático y positivista pero, sobre todo, “sectario”. Los argentinos llegaban a él con el retraso y con la intolerancia de los conversos.

Al mismo tiempo, los notables hallaron -en cierta versión del liberalismo que adoptaron como ideología- una justificación de su poderío y del modelo de desarrollo económico que habían adoptado.

En la práctica, sin embargo, apenas respetaban los valores del liberalismo político y en cambio respondían a ciertos principios fundamentales del liberalismo económico: por una parte la división del trabajo -cada país debe concentrar sus esfuerzos en las actividades para las que tiene más recursos y está más dotado, con ventajas relativas respecto de los demás- y, por la otra, la libertad de comercio.

- El liberalismo económico

Sin saberlo y, a menudo sin quererlo, los notables estaban verificando lo que Federico List entrevió en 1857 escribiendo en torno del sistema nacional de economía política, al referirse a un comportamiento habitual de las potencias hegemónicas, que en cada tiempo difunden los principios que favorecen a su propio desarrollo y luego aplican las políticas que convienen a sus propios intereses(3).

(3) Dice List: “Es una regla general de prudencia vulgar cuando se ha llegado a la cúspide de la grandeza, la de quitar la escala con la que se alcanzó la cima, con el fin de privar a los demás de los medios para subir detrás ... Una nación que, por medio de derechos protectores y de restricciones marítimas, ha perfeccionado su industria manufacturera y su marina mercante hasta el punto de no temer ya la competencia de ninguna otra, no puede adoptar un partido más sabio que el de rechazar lejos de sí el medio de su elevación, predicar a los demás pueblos el advenimiento de la libertad de comercio, expresar en alta voz su arrepentimiento por haber marchado hasta entonces por los caminos del error y por haber llegado tan tarde al conocimiento de la verdad...”. Confr Andre Piettre. “Las Tres Edades de la Economía” (1962). Ed. Rialp, Madrid. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Porque Inglaterra, que había utilizado el proteccionismo para consolidar su poderío, se convirtió en campeona del liberalismo económico y la adopción del credo por los notables de la Argentina insertó a ésta en el esquema inglés a través de la política económica. El librecambismo como doctrina económica dominante se integraba con el positivismo, orientación político-cultural a la que adherían los sectores dirigentes decisivos.

Aquél era la ideología comercial -aunque no necesariamente la práctica constante- de las potencias hegemónicas y, en la medida que los demás Estados se comportasen de acuerdo con sus postulados, se transformaba en un factor favorable para el desarrollo y la expansión de las potencias difusoras.

De todos modos, no era fácil advertir las consecuencias. La economía de la Europa dominante significaba el desarrollo de la producción, del crédito y del comercio, y el mejoramiento de ciertas condiciones de vida en algunos países periféricos. Europa, en un siglo, pasaría de ciento sesenta a 400.000.000 de habitantes, mientras la iniciativa privada parecía haber logrado domesticar al trágico Thomas Robert Malthus.

Los hechos y los factores internacionales condicionaban -como se ve- el comportamiento de los argentinos. Y la llamada generación del 80 fue solamente en un sentido “agente” de los cambios que promovió. En gran medida, fue paciente traductora de procesos que forzaron opciones de la política nacional.

Sin embargo, los argentinos parecían, en muchos casos, más principistas y formalistas que los autores de las teorías que aceptaban. Si se mira bien, en la Argentina nunca funcionó de manera absoluta el librecambismo -como en rigor, no funcionó en ningún lado en estado químicamente puro-, pero los argentinos que adherían a las teorías librecambistas eran más dogmáticos e intransigentes en su prédica que los propios ingleses.

- El proceso de laicización

La experiencia francesa era, por otra parte, un buen ejemplo de otra faceta del liberalismo ideológico. Con la instalación de los de republicanos de espíritu laico en la dirección del nuevo régimen, abrióse en Francia un período de neta laicización y separación entre el Estado y la Iglesia que duró casi cuarenta y cinco años (1879 - 1924).

Hubo, sin duda, períodos de conflicto agudo y de apaciguamiento, pero la ofensiva contra el “clericalismo” fue muy fuerte entre 1879 y 1886 y luego entre 1896 v 1907. La persecución, como la llamaban los defensores de la Iglesia, no procedía de una crisis general del Estado y de la sociedad, como aconteciera entre 1792 y 1799. Era una burguesía de abogados, de legistas, de hombres de negocios, de intelectuales, que perpetuaban en el poder dinastías que ellos representaban.

Esa burguesía gobernante profesaba una filosofía que aceptaba el principio de igualdad de los ciudadanos, recomendaba el trabajo, el ahorro y la frugalidad, creía en la ascensión por el mérito, prohibía la intervención del Estado en las relaciones entre los grupos de interés y desafiaba a la Iglesia Católica, a la que veían como una sobrevivencia del antiguo régimen vencido por sus mayores.

Por convicción o por táctica, esa burguesía limitaba constantemente la influencia eclesiástica mientras proponía objetivos generales aceptables: la defensa de la República, el desarrollo de la educación, el progreso de una moral cívica independiente. La “cuestión religiosa” estaba cíclicamente en el centro de los debates políticos de la Francia de la década del 80.

Discutida con pasión y con lujo de argumentos, si no tuvo consecuencias dramáticas se debió a la situación de prosperidad económica y a la marginación del proletariado. El ejemplo francés se exponía entonces como el de una nación avanzando sistemáticamente por la vía de una laicización creciente hacia la separación entre la Iglesia y el Estado.

La lucha ideológica y la “cuestión religiosa” eran facetas, pues, de la cuestión política según los términos en que se desarrollaba en tiempos del pontificado de León XIII, y del liderazgo laicista del francmasón republicano Jules Ferry.

Entre 1879 y 1886 y a través de la batalla por la escuela laica, se producía la paulatina secularización de la vida social francesa. No era ya el Estado laico, sino el laicismo como ideología militante y el anticlericalismo como postura de combate lo que traducían la cultura francesa y los emigrantes que portaban las banderas del risorgimento italiano(4).

(4) Cf. A. Latreille y R. Rémond. “Histoire du Catholicisme en France (la Période Contemporaine)” (1962), pp. 419 - 481. Ed. Spes, París, donde se hallará una descripción objetiva y sugerente a propósito de los debates de la cuestión en Francia, comparable con las controversias del 80 en la Argentina. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Sea porque los argentinos miraban hacia Londres y París o porque los inmigrantes trasladaban sus temas y sus polémicas al Río de la Plata -o por ambas cosas a la vez- la generación del 80 expresó el proceso de secularización de la vida argentina muy a la europea.

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