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La generación del 80 y una nueva “cultura política”

Alrededor del año 1880 hállanse signos de cambios profundos, tanto en el contexto internacional como en el contorno regional latinoamericano y en la sociedad argentina. Algunos hombres de ese tiempo percibieron esos cambios o bien se sintieron responsables de haber puesto en movimiento factores que modificarían radicalmente la “cultura política” de los argentinos.

Asisten, promueven o aceptan -o bien resisten- el cambio de una sociedad “tradicional” por una sociedad “moderna”. Al cabo, se estaba trastornando todo un sistema de creencias empíricas, de símbolos expresivos y de valores que hasta entonces habían definido la situación dentro de la cual se daba la acción política(1).

(1) La expresión “cultura política” alude a ese sistema de creencias, símbolos y valores mencionado en el texto, que al cabo sirve de orientación subjetiva de la política, en el sentido empleado por Gabriel Almond -desde un artículo publicado en 1956 con el título “Comparative Political Systems”- y por Sidney Verba en “El Estudio de la Ciencia Política desde la Cultura Política” (1964), en “Revista de Estudios Políticos”, Nro. 138, pp. 5 a 51, Madrid. También en el interesante ensayo de Joseph Hodara. “Científicos vs. Políticos” (1969). Ed. Universidad Autónoma de México, México. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Signos de cambio eran tanto las manifestaciones en favor de una mayor participación política como la formación de fuerzas políticas nuevas. Pero también el naturalismo que hizo eclosión en la literatura y en el teatro y en la generación de escritores del 95(2).

(2) El llamado “naturalismo del 80” reunió a escritores como Eduardo Gutiérrez, Lucio V. López, Miguel Cané, Lucio V. Mansilla, Julián Martel, Fray Mocho, J. A. García, Joaquín V. González. Entre los del 95 estaban Florencio Sánchez, Horacio Quiroga, Gregorio de Laferrère. Políticos, literatos, cuentistas, ensayistas, autores de teatro... // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La escuela era -por su parte- vehículo de las nuevas corrientes ideológicas y cientificistas, lugar o tema de querellas, pero también instrumento para la nacionalización cultural de un país de inmigración.

Tanto por el predominio ideológico del liberalismo laicista como por el propósito manifiesto de “educar al soberano”, el sistema educativo servirá a una política de nacionalización cultural, la enseñanza será obligatoria en el nivel primario, sus contenidos uniformes, la gratuidad permitirá el acceso del mayor número y la conducción será centralizada por el Estado(3).

(3) Gustavo J. Cirigliano. “Educación y Política (el Paradojal Sistema de la Educación Argentina)” (1969). Ed. Librería del Colegio, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La política exterior se adecua, por su lado, a la Argentina concebida como “granero del mundo” y como frontera cultural de Europa en América. La economía se encuentra aún en la etapa “primaria exportadora” pero se “preacondiciona” para el desarrollo económico(4), mientras el desarrollo cultural tiende a institucionalizarse en academias e institutos orientados por maestros y artesanos italianos y españoles.

(4) Cf. Aldo Ferrer. “La Economía Argentina (Etapas de su Desarrollo y Problemas Actuales)” (1963). Ed. FCE, México; y Guido Di Tella y Manuel Zymelman. “Las Etapas del Desarrollo Económico Argentino”, en: “Argentina, Sociedad de Masas” (1965). Ed. Eudeba, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

- La identidad nacional en cuestión

Signos de cambio de la Argentina, pero también de las actitudes y de las creencias de la gente respecto de la realidad que la circunda. La misma forma de operar de los sectores dirigentes iba siendo interpretada de manera distinta y se planteaba, una vez más, aunque en otro nivel de análisis, la cuestión crucial de la “identidad nacional”.

En Buenos Aires y en el Litoral, la gente padece el impacto inmigratorio que no llega a trastornar, en cambio, las costumbres y las creencias de los hombres del Interior. Si la identidad nacional es algo así como la “versión político-cultural del problema personal básico de la propia identidad”, como indica Verba, se comprende que se la busque, que se sienta su necesidad expresada en términos en cierto modo místicos o que se tema perderla.

Y en el paso de la sociedad tradicional a la sociedad moderna -paso que no toda la Argentina, como tampoco toda América dio a un mismo compás-, ocurrió que muchos argentinos padecieron el tránsito como una crisis de identidad y que muchos otros temieron perder lo que creían haber conquistado definitivamente.

En 1853 la población de la Argentina no llegaba al millón de habitantes. De ellos, sólo 3.200 eran extranjeros. En 1910 la población se acercaría a los siete millones pero, entre tanto, habían entrado al país casi tres millones y medio de inmigrantes.

Para muchos miembros de los sectores dirigentes, el fenómeno inmigratorio era por lo menos ambivalente. Factor dinámico y de cambio -como quiso Alberdi-, su desordenada influencia podía servir tanto a la evolución y al progreso, pensaban otros, como a la “sustitución de la sociedad argentina”(5).

(5) Expresión gráfica de Rodolfo Rivarola en “La Nacionalidad Argentina”, artículo publicado en la “Revista Athenas”, Año 1, Nro. 2, p. 108, y citado por Horacio Rivarola en su tesis “Las Transformaciones de la Sociedad Argentina y sus Consecuencias Institucionales”, publicada por Editorial Coni, en 1911. Los títulos de ambas publicaciones recogen un tema de preocupación general. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Un viajero inquieto y con habilidad descriptiva fue Emilio Daireaux. Había llegado a la Argentina en 1863 cuando -según Estanislao S. Zeballos- el país tenía 1.200.000 habitantes gauchos, de los cuales unos cien mil eran “gauchipolíticos” y una pequeña minoría intentaba su primer Gobierno “regular”. Daireaux expuso la siguiente visión impresionista del Buenos Aires de la época:

Hasta 1870, Buenos Aires no era otra cosa que una ciudad de España, reproducida en América con su Gobierno municipal y provincial, su milicia poco numerosa, un ejército cívico, una policía en embrión, sus serenos de estilo antiguo, su ausencia de tranways y otros medios de transporte, su empedrado escaso y áspero, sus calles sin cloacas, inundadas al primer aguacero, que suprimía toda comunicación; sus ambiciones de campanario, su ausencia de telégrafo y su aislamiento, que la falta de ferrocarriles y de caminos de penetración aumentaban.
El país era muy estrecho; más allá del Azul y del Pergamino se estaba fuera de las fronteras. Los cristianos combatían en esos límites para defender sus ganados. Poco agradable era entonces vivir ahí donde la vida es hoy tan apacible y donde los únicos enemigos son la langosta y las autoridades de campaña...(6).

(6) Emilio Daireaux (notas de Estanislao Zeballos). “Aristocracia de Antaño” (1898), en: “Revista de Derecho, Historia y Letras”, tomo II, p. 36, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Se vivía -según el observador- de modo patriarcal; todos se conocían, la vida era familiar, los modales campesinos. Una “aristocracia estanciera”, rodeada de compañeras elegidas en los pagos y de mestizos nacidos en ellos, convivía con otra, burguesa: la “aristocracia comercial”.

Según la original clasificación de Daireaux, la aristocracia comercial, formada tras el mostrador de la tienda o del almacén y afortunada -con la ayuda del Banco de la Provincia de Buenos Aires- coincidía con la otra aristocracia en ciertos criterios de valoración. Se formaba parte de ellas siendo “persona conocida”, porque para ella se tendían las manos y se abrían los salones.

Pero Daireaux escribía a fines del siglo y para entonces se advertía que la ciudad iba dejando de ser española y patriarcal, aunque conservase muchas de las costumbres de antaño. Como ya no bastaba ser “persona conocida” -porque pocas eran las familias que no se habían unido a extranjeros y que no se hallaban “emparentadas con todas las razas del mundo”- la fortuna, sobre todo inmobiliaria, la técnica de los negocios y de las finanzas, la fama literaria o artística, favorecían la formación de una “burguesía selecta” que tenía la apariencia de la antigua aristocracia desaparecida sin confundirse con ella.

- “Antiextranjerismo”

Se producen, también, reacciones antiextranjeras. Desde los sectores tradicionales de aquella antigua aristocracia comenzó la crítica sistemática al inmigrante -al principio dirigida especialmente a los ingleses y a los alemanes-; recrudeció el “antiitalianismo” y se manifestó el temor de que los argentinos fueran desalojados de su patria por extranjeros desinteresados en la naturalización, y desarraigados(7).

(7) Temas del nacionalismo ideológico argentino comenzaron a desarrollarse entonces. De la crisis de identidad, el argentino pasó a la exasperación. Entre 1875 y 1877 hubo agresiones a extranjeros en Buenos Aires y en Rosario. Horacio Rivarola registra la alianza agresiva de miembros de la “clase distinguida con los comisarios de campaña”. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La cuestión de la identidad nacional interesaba, pues, tanto a los argentinos criollos que padecían una suerte de proceso de desnacionalización, como a los extranjeros, muchos de los cuales se consideraban aún leales a su patria de origen antes que a la de adopción.

En el nivel de la élite, el antiguo “patriciado”, formado por los notables que sucedieron a los caudillos del sistema rosista, se integró paulatinamente con una “nueva clase” política que coincidía con aquél en no aceptar la competencia pacífica por el poder, salvo entre los miembros de la élite.

- La política del “acuerdo”

Transformada la estructura social de la Argentina, el liberalismo ideológico fue, a la vez, consistentemente antidemocrático. Los riesgos de los cotejos electorales y de la participación política fueron sorteados durante un extenso período por la alianza de los notables y del viejo patriciado, aun entre los adversarios de ayer.

El método de selección de los gobernantes -la denominada “política del acuerdo”- sería consecuente con los propósitos de aquella alianza implícita.

La desconfianza hacia los opositores -y aún hacia los propios amigos- que no se sometiesen a las reglas no escritas de esa política, condujo a la oposición conspirativa, a la insurrección como comportamiento político habitual y a la intransigencia como táctica consecuente.

Los sectores dominantes pasaron a ser considerados como “oligarquías”. El régimen aparentemente sólido y estable construido por Roca vivió plenamente entre 1880 y 1890, pero fue más larga y notable su agonía.

La nueva cultura política de los argentinos habíase hecho más compleja y moderna pero, al mismo tiempo, no llegaba a consolidar creencias en valores políticos que afirmaban la obediencia a la ley, la tolerancia y la justicia políticas y, por lo tanto, a promover la adhesión colectiva hacia un sistema político competitivo.

El país se dividió entre el “Régimen” y la “oposición”. Aquél era padecido como una fuerza hostil y hermética, como el coto de caza de una oligarquía y, la oposición, como expresión de incivismo frente a la ley.

La nueva cultura política se hizo, pues, como un precipitado de experiencias históricas y de ansiedad imitativa de modelos extranjeros. Por eso, la Argentina de los años 80 contiene los factores positivos y negativos de una transición profunda y es decisiva para entender las contradicciones de una sociedad moderna por la manera en que resuelve -o deja acumular, según los casos- los grandes problemas políticos, económicos, sociales y culturales de su tiempo.

- Factores de transición

Tres factores principales de cambio producen la transición entre la Argentina tradicional y la moderna: la educación, la inmigración y la política económica. Se aludió antes al último, que se traducirá en políticas específicas de las que se dirá algo después.

- La inmigración

Los otros dos factores se asocian con nombres decisivos. La política educativa con el de Domingo Faustino Sarmiento; la política inmigratoria con el de Juan Bautista Alberdi. Es exacto que “la Argentina contemporánea no podría ser comprendida sin un análisis detenido de la inmigración masiva(8). El examen que sigue es sólo informativo.

(8) Gino Germani. “Política y Sociedad en una Epoca de Transición (de la Sociedad Tradicional a la Sociedad de Masas)” (1962), pp. 179 a 232. Ed. Paidós, Buenos Aires. Seguiremos también a Oscar Cornbilt. “Inmigrantes y Empresarios en la Política Argentina” (1966). Ed. Centro de Sociología Comparada del Instituto Di Tella, Buenos Aires; y Gustavo Beyhaut, Roberto Cortés Conde, Haydée Gorostegui y Susana Torrado. “Los Inmigrantes en el Sistema Ocupacional Argentino” (1965), en: “Argentina, Sociedad de Masas”, pp. 85 a 123. Ed. Eudeba, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El fenómeno inmigratorio señala el paso entre los dos tipos de sociedades y, como señala Gino Germani, salvo los Estados Unidos, no hay otro caso en que la proporción de extranjeros en edad adulta haya sido tan significativo: por más de setenta años, el 70 % de la población de la Ciudad de Buenos Aires y casi el 50 % de la población de las provincias de mayor peso demográfico y económico, como Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.

La “regeneración de razas” de que hablaba y escribía Sarmiento, la “europeización” de la Argentina y la modificación del carácter nacional como decisión deliberada de los ideólogos de la Argentina moderna, se tradujo en una política inmigratoria abierta pero a la postre condicionada por causas endógenas y por causas exógenas que estaban fuera de las estimaciones o de la capacidad de control de los sectores dirigentes.

- Etapas de la inmigración

Hasta 1880 se trató de “poblar el desierto” y de promover la agricultura, la ganadería y la red de transportes con las dimensiones y calidades necesarias para la posterior industrialización del país.

El promedio inferior del saldo inmigratorio fue de diez mil personas por año. En la década siguiente dicho promedio ascendió a 64.000 y en la primera del siglo XX fue de 112.000. Casi la mitad de la inmigración era italiana -sobre todo del sur de la península-, una tercera parte española y el resto se distribuía entre polacos, rusos, franceses y alemanes.

Luego de 1880 comenzó una segunda etapa. La tendencia fue la búsqueda de “mano de obra abundante para conseguir una producción masiva de productos agrícolo-ganaderos(9).

(9) Gustavo Beyhaut, Roberto Cortés Conde, Haydée Gorostegui y Susana Torrado. “Los Inmigrantes en el Sistema Ocupacional Argentino” (1965), en: “Argentina, Sociedad de Masas”, p. 94. Ed. Eudeba, Buenos Aires. Germani aclara que la Argentina mantuvo el nivel de crecimiento más alto en relación con los demás países americanos entre 1869 y 1959, en que aumentó casi doce veces su población. Los Estados Unidos aumentaron cuatro veces entre 1870 y 1960; Brasil, seis en noventa años; Chile, cuatro en 110; y Perú un poco menos en aproximadamente el mismo plazo. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Como el plan de adjudicar la tierra en propiedad no tuvo éxito y encontró resistencias que no se salvaron, el inmigrante se transformó en arrendatario o en peón asalariado y, al cabo, la mayoría buscó asilo en los centros urbanos. El desierto no pudo ser poblado.

En 1869, el 48 % de los extranjeros residía en Buenos Aires y el 42 % se distribuía entre Córdoba, la provincia de Buenos Aires, Entre Ríos, Mendoza, Santa Fe y La Pampa. El 10 % en las restantes provincias. Quince años más tarde los porcentajes eran 39, 52 y 9, respectivamente.

De tal modo, la inmigración extranjera se transformó en un fenómeno principalmente urbano, aunque una buena proporción se localizó en ciertas áreas rurales. Era predominantemente masculina y mientras se ocupó en actividades rurales -especialmente entre 1871 y 1890 en que lo hizo el 73 % de los inmigrantes, mientras en el período 1891/1910 esa proporción bajó al 48 %- favoreció el desarrollo de una economía agrícola que llegó a producir suficiente trigo como para pasar de importadora, en 1870, a principal exportadora entre los países agrícolas del mundo.

- Tierra e inmigración

El régimen de la tierra gravitó negativamente. El latifundio impidió la radicación de extranjeros en el campo y se multiplicaron las “colonias”. Pocos inmigrantes lograron ser propietarios de la tierra y de ahí las opciones que en su mayoría adoptaron: arriendo, salario, retorno a la ciudad o vuelta a su país de origen.

Si quedaba en la ciudad era jornalero o, si tenía capacidad o aptitudes, terminaba por dominar la gestión de la industria y del comercio. Los criollos se desplazaban, en cambio, hacia las actividades de tipo artesanal, hacia la burocracia estatal o hacia el servicio doméstico.

- La estructura social

El fenómeno inmigratorio significa un cambio en la estructura social de la Argentina que tendrá con el tiempo consecuencias políticas y económicas importantes. La sociedad argentina se hizo más compleja y el cambio progresivo de su cultura política en el sentido indicado antes fue acompañado por un aumento de los estratos populares y sobre todo de los “sectores medios”.

Crece el número de industriales y de comerciantes, pero la “clase alta” se cierra al inmigrante y retiene la suma de riquezas, el prestigio no pocas veces basado en la “antigüedad” del grupo y los “antepasados” y el poder político y económico asociado a la tenencia de la propiedad de la tierra(10).

(10) Gino Germani. “Estructura Social de la Argentina (Análisis Estadístico)” (1955), incluyendo cuadros anexos, en: “Biblioteca Manuel Belgrano de Estudios Económicos - Biblioteca Dimensión Argentina”. Ed. Raigal. Ed. Paidós, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La estructura de clases de la Argentina moderna puede visualizarse, pues, a través de cuatro “categorías” aproximadas: la clase alta o “aristocracia” -que aún en 1914 representaba el 1 % de la población-; la “alta clase media”, próspera pero con escaso prestigio social -que reunía el 8 %-; la “baja clase media”, un 24 %, que poseía escasa fuerza económica y virtualmente ningún poder social, pero a la que al menos podían brindársele oportunidades de ascenso; y la “clase baja”, un 67 % de la población hacia la época de la primera guerra mundial, que ocupaba la base de la pirámide social(11).

(11) Peter Smith. “Carne y Política en la Argentina” (1968). Ed. Paidós, Buenos Aires, quien adapta las categorías de Gino Germani. “Estructura Social de la Argentina (Análisis Estadístico)” (1955), pp. 198, 220 a 222, con cuadros anexos, en: “Biblioteca Manuel Belgrano de Estudios Económicos - Biblioteca Dimensión Argentina”. Ed. Raigal, Buenos Aires, y que aún con deficiencias -por carencia de datos- permite visualizar la estructura del poder y de las oportunidades en la Argentina del fin del siglo XIX. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Aunque la movilidad social tendía a aumentar, no sólo entre la baja y la alta clase media, sino entre ésta y la llamada aristocracia, la sociedad argentina padeció el impacto inmigratorio, sintió conmoverse su estructura, vio transformarse el carácter nacional y se hizo cuestión de la identidad nacional.

El “tipo argentino” fue cambiando. El gaucho, hábil y corajudo pero imprevisor y fácilmente irracional, se sintió acosado por la ciudad y por el extranjero y, en su ensimismamiento, fue cultivando resentimientos, soledad, individualismo, simbolizados en la vida nómada, en el cuchillo, en el caballo y la guitarra.

Si permanece como “gaucho neto” -según la aguda observación de Lucio V. Mansilla- termina en el desarraigo y, si no, se hace “paisano”, hombre del país y del paisaje, con hogar y paradero fijo, con hábitos de trabajo y respeto temeroso de la autoridad.

La literatura gauchesca aprehende parcialmente este proceso de transformación del gaucho y a menudo no aprecia la existencia de una suerte de “cultura gaucha(12), con valores y pautas de comportamiento que algunos creen orgánicos y articulados.

(12) Sobre la presunta existencia de una “cultura gaucha” y diferentes perspectivas sobre el “hombre argentino”, ver la reseña de Raúl Puigbó. “Teorías sobre el Hombre Argentino”, en: “Revista Criterio” (Diciembre de 1966), Buenos Aires. Sobre el desarraigo argentino y el inmigrante, ver -entre otros- Julio Mafud. “El Desarraigo Argentino” (1959). Ed. Americalee, Buenos Aires, sin omitir los notables ensayos de José Ortega y Gasset sobre el argentino. “Obras completas”, volumen II, pp. 130 y 348 y, especialmente 649 y sgts.; sobre la criolla, volumen VI, pp. 374 y sgts.; y también “Meditación de un Pueblo Joven”, etc. Fundación Ortega y Gasset. Ed. Taurus, Madrid. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

En todo caso, es cierto que la literatura gauchesca no siempre describe tipos humanos vigentes en la época, sino más bien tipos correspondientes a la época del ocaso del gaucho.

La sociedad en la formación de la Argentina moderna se fue haciendo -decíamos- más compleja, dato que los sectores dirigentes de entonces tratan de aprehender para no perder el dominio de la situación. La “clase dominante” -como la llama McGann- constituida por estancieros, grandes terratenientes, ganaderos, grandes comerciantes, especuladores, abogados de grandes sociedades, intelectuales con prestigio, pero también por hábiles políticos, reflejan las características contradictorias de una generación cuyos valores, atributos y defectos se confunden: riqueza, sabiduría, sordidez, arrogancia, superficialidad, valentía, sectarismo, prudencia y optimismo.

Las “clases medias”, alta y baja, llegaban a constituir la tercera parte de la población e iban fraguándose con la integración paulatina del inmigrante a través de la penosa pero constante adaptación personal de éste, de su participación limitada en la sociedad económica, del proceso de aculturación, que produce una hibridación, sin embargo, dinámica y modernizante.

Las “clases bajas”, ajenas todavía al proceso de modernización de la Argentina, se hallaban no sólo en las grandes ciudades, sino en el Interior, que marcaba la persistencia de un indicador de la complejidad del país: la dualidad regional.

Para gobernar la Argentina moderna, la clase dominante debía apelar a la ambivalencia: predicar el liberalismo sin añadir una democracia efectiva; integrar a los inmigrantes sin arriesgar la identidad nacional; centralizar el sistema político mientras el Estado llegaba hasta los confines de su territorio; incorporar gentes e intereses sin ceder el poder político.

Pero la fórmula fundamental es la alianza de los notables.

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