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Buenos Aires, capital federal

Con frecuencia se expone la época de la Organización Nacional y del llamado régimen liberal como un lapso prolongado de estabilidad constitucional y de relativa paz política. La realidad fue más difícil y conflictiva, aunque exhibiese -entre otros experimentos singulares- la vigencia de un régimen político característico que se extiende hasta los tiempos próximos al Centenario.

El ciclo 1874 - 1880, ya descripto, comenzó con una insurrección mitrista y terminó con una rebelión bonaerense que, al ser derrotada por el Gobierno Nacional, dio paso a una consecuencia decisiva: la federalización de Buenos Aires. En términos de entonces, “la nación orgánica con su capital definitiva”.

Pero dicho objetivo, situado al final de la denominada “Cuestión Capital”, no se logró sin lucha y sin el riesgo de un nuevo estado de anarquía análogo al de sesenta años antes. Con el fin de la lucha, sobrevino “la República consolidada en 1880 con la Ciudad de Buenos Aires por Capital”, como reza el título de la última obra importante de Juan Bautista Alberdi.

- La “Cuestión Capital”

Los contemporáneos juzgaron de manera diversa tanto el proceso como el resultado. Alberdi y Alem -desde posiciones opuestas- fueron representantes de dos maneras de ver la cuestión que contenían errores y verdades parciales, como que la “Cuestión Capital” era uno de los problemas nacionales más complejos y constantes desde la época de la independencia.

Juan Bautista Alberdi, el viejo liberal confederado, doctrinario polémico y adversario temible de la “ilustración” porteña, llegó a ver el resultado del conflicto después de cuarenta y un años de proscripción relativamente voluntaria. Desembarcó un día de Septiembre de 1879 y encontró un Buenos Aires diferente. Tucumano -como Avellaneda y Roca- Alberdi sabía del asedio hostil de los liberales porteños y de los provincianos liberales que adherían a la política de Buenos Aires.

El viejo doctrinario del 37, el constitucionalista de las “Bases”, contempló desde el barco una ciudad que

se había transformado. La aldea romántica con ribetes ingleses que había dejado en 1838 se había convertido en una abigarrada ciudad de 300.000 habitantes; una ‘Macédoine’ iluminada a gas y las nuevas corrientes migratorias habían invadido todos los círculos; abundaban las casas de dos pisos, los ‘palazzi' con escaleras de mármol, pisos de mosaicos, edificadas por arquitectos italianos para los nuevos ricos en su mayoría también italianos.
Las calles estaban pavimentadas con gruesas piedras chatas. Se había levantado la Bolsa, el Banco Hipotecario, el Teatro Colón, sobre la Plaza de Mayo a donde llegaban los cantantes más famosos de Europa; se había abierto el Café de París, los restaurantes con sus ‘dames de comptoir’, Le Globe, el Hotel Universal, los ‘skating rinks’.
Los criollos se reunían en el Club del Progreso y el Club de los Residentes Extranjeros era siempre reducto de los dirigentes de las finanzas y del alto comercio(1).

(1) Jorge M. Mayer. “Alberdi y su Tiempo” (1963), p. 864. Ed. Eudeba, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Estaba por dirimirse la “Cuestión Capital” y, estrechamente vinculada con ella, la sucesión presidencial. La situación económica era difícil. Se había llegado a proponer una deducción del cinco por ciento en los sueldos de la Administración; la pobreza aumentaba, no había suficientes fuentes de trabajo y el comercio padecía las consecuencias de la crisis política.

Cuatro provincias litorales estaban bajo el estado de sitio y la mayoría de las otras bajo la influencia de jefes militares dependientes del Gobierno Nacional(2).

(2) Lía E. M. Sanucci. “La Renovación Presidencial de 1880” (1959), pp. 13 y 14. Ed. Universiraria, La Plata. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Nacionalistas de Bartolomé Mitre y autonomistas de Adolfo Alsina eran todavía rivales excluyentes de otras fuerzas políticas ponderables, pero los alsinistas habían sufrido dos golpes muy rudos: en 1877 se produce el desprendimiento de los “republicanos” -encabezados por Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle- seguidos por la mayoría de la juventud autonomista; y en ese mismo año, la muerte de su gran caudillo, Adolfo Alsina.

La manifestación popular que acompañó los restos del prestigioso líder porteño ignoraba que un nuevo líder avanzaba ya sobre las posiciones de las fuerzas tradicionales: Julio Argentino Roca. Con su ingreso en el gabinete Avellaneda, consolidaba su posición política mientras hacía la conciliación arduamente gestionada por el presidente.

- La Liga de Gobernadores

Cuando transcurre el año 1878 se perfilan las candidaturas presidenciales: Santiago Laspiur, ministro del Interior, candidato del partido Nacional; Carlos Tejedor, gobernador de Buenos Aires, candidato de los autonomistas con la adhesión transitoria de los republicanos; y aún Domingo F. Sarmiento, Bernardo de Irigoven y Dardo Rocha.

En Córdoba, Miguel Juárez Celman trabaja en la formación de una “liga” de gobernadores y levanta el nombre del joven ministro de Guerra, Julio A. Roca. San Juan, Mendoza, San Luis, Córdoba, Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero, Entre Ríos, Salta, Jujuy y Santa Fe se pronuncian en su favor. Los trabajos de Juárez Celman no permanecerían ocultos por mucho tiempo. Los denuncia el partido Nacional y el litigio por el poder nacional queda planteado.

Resurge la cuestión entre Buenos Aires y el Interior a través del tema de las candidaturas. Una cuestión lateral -el pedido de retiro de la Intervención Federal a La Rioja- provoca la renuncia del ministro Laspiur. La Liga de Gobernadores ve allanado el camino para imponer su candidato y el ascenso de Sarmiento al ministerio del Interior confirma a los nacionalistas en su interpretación de que se les cerraba una vez más el paso al poder. Allí se definen las tensiones que harán eclosión pocos meses después.

- El “poder provinciano”

La autoridad del presidente Nicolás Avellaneda se afirma mientras la crisis avanza. Roca representa el apoyo del Ejército; Sarmiento, el del Congreso; la Liga de Gobernadores, el apoyo de la mayoría del Interior, con excepción de Corrientes. Para Buenos Aires, era el “poder provinciano” en alza. Carlos Tejedor asume la representación del localismo porteño. Su figura es el signo que resume la pasión tradicional del porteñismo y la ambición personal del candidato a la presidencia.

Tejedor arma la Guardia Nacional. Queda expuesto su designio de resistir al Gobierno Nacional. Su ejemplo es imitado con objetivos diversos por Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos. Pasan los meses y sólo dos candidaturas se perfilan: Roca y Tejedor, mientras Sarmiento pretende demostrar que sólo él es indispensable.

Es difícil distinguir en el conflicto dónde terminan los motivos atribuidos a la Cuestión Capital y dónde empiezan los que corresponden a la cuestión presidencial. Avellaneda insistía -en su mensaje de clausura de las sesiones del Congreso de 1879- que

la Ciudad de Buenos Aires debe ser declarada capital de la República, señalándose al mismo tiempo en la ley un plazo adecuado para que el pueblo de esta provincia manifieste su asentimiento o su denegación, después que se haya formado una verdadera opinión pública”.

Suceden elecciones para legisladores nacionales, en comicios del 1 de Febrero de 1880, con el triunfo casi total del autonomismo, que se abstiene en Buenos Aires por “falta de garantías”, aunque el fraude era una práctica general. Grupos armados recorren las “calles porteñas y se vota seis y más veces en una sola mesa por ciudadano, en medio de las risas y la complicidad irónica de los miembros de la junta receptora de votos”, como denuncia “La Prensa”, para quien las urnas son “cinerarias de las libertades públicas(3).

(3) Lía E. M. Sanucci. “La Renovación Presidencial de 1880” (1959), pp. 96 y 97. Ed. Universiraria, La Plata. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El ambiente es de relativa tranquilidad en las provincias, donde la situación se consideraba definida, pero de guerra en Buenos Aires. La ciudad es un campamento. Dos jefes del Ejército Nacional -José I. Arias y Julio Campos- se rebelan contra el presidente. No sólo hay dos partidos: hay dos Ejércitos.

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