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Roca Presidente. El poder nacional consolidado

Cuando Julio Argentino Roca llegó al poder fue considerado vencedor del localismo porteño y la Ciudad de Buenos Aires sintióse vencida y despojada. El clima no era el más favorable para superar los enconos, pero la mayoría de los porteños lo consideraba la consecuencia natural de los sucesos.

Cuando numerosos provincianos fueron ocupando cargos públicos, aquella sensación se difundió, mientras del otro lado los hombres del Interior veían en los Cané, Pellegrini o Del Valle sospechosos de querer reencarnar la hegemonía porteña a través del dominio del partido vencedor(1).

(1) Antonio del Viso, desde Buenos Aires, escribía a Miguel Juárez Celman en Octubre del 80: “Los amigos de aquí no serán muy devotos por algún tiempo; no nos engañemos en esto. Los Pellegrini, Cané, Del Valle y su corte en la Cámara de Diputados, dejan diseñar una oposición futura, pero poco harán si la mayoría de los diputados de las provincias se mantiene como hasta ahora”. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

- Geografía e Ideología

Roca no ignoraba las tensiones, pero su instinto político le indicaba que el litigio entre porteños y provincianos perdería fuerza. Más bien que la constante de oposición territorial, sería la constante “ideológica” la que trazaría la línea entre aliados y adversarios, serviría de común denominador a los dirigentes junto con el “status” social y demostraría cómo -desde el 37 al 80- el liberalismo había ganado a hombres del Interior tanto como de Buenos Aires.

El eslogan de Roca -“Paz y Administración”- respondía bien a una aspiración colectiva y a una necesidad operativa. Pero en la medida que una interpretación del liberalismo se había ideologizado, se definía también un núcleo de temas litigiosos.

- Controversias

Liberales positivistas y católicos, al compás del tiempo según se vio al describirse el contexto internacional de la época, tomaban posiciones que culminarían en las arduas controversias de los años 80 en torno de lo que la Iglesia llamaba las “cuestiones mixtas” -familia, educación- y en la discusión sobre el avance del materialismo que un no católico como Alejandro Korn describió, según vimos, con alarma y objetividad.

Católicos militantes como Pedro Goyena interpretaban ese avance como “una gran indigencia y un gran infortunio” y, liberales escépticos o nostálgicos como Miguel Cané añoraban tiempos pasados, porque presentía que

todo lo bueno se va; sé que las ideas elevadas no encuentran eco ya en nuestra sociedad mercachiflada; sin embargo, hay un deber sagrado de propender incesantemente al retorno de los días serenos del reinado de lo bello.
Hemos tenido esa época: cuando se peleaba en toda la América por la libertad, la lucha engendraba el patriotismo y este sentimiento, superior a todos, elevaba los espíritus y calentaba los corazones.
Nuestros padres eran soldados, poetas y artistas. Nosotros seremos tenderos, mercachifles y agiotistas. Ahora un siglo el sueño constante de la juventud era la gloria, la patria, el amor; hoy es una concesión de ferrocarril para lanzarse a venderla en el mercado de Londres...(2).

(2) Ricardo Saenz Hayes. “Miguel Cané y su Tiempo” (1955), p. 90. Ed. Editorial Kraft, Ricardo Saenz Hayes. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Pintura de una Argentina épica que contrastaba con la Argentina moderna, denunciaba -sin embargo- una percepción selectiva de los problemas por parte de algunos miembros de los sectores dirigentes que explicaría conflictos futuros. Para esos hombres, incluso el alud inmigratorio desarraigado y versátil, dispuesto a “hacer la América” pero no a fundirse espiritualmente con la tierra de adopción, era un factor favorable a la vocación materialista que, según creían, había ganado a todos los sectores sociales.

El patriciado criollo dejaba paulatinamente su lugar a la nueva oligarquía que consideraba de buen tono la ostentación, el lujo, la opulencia. El proceso era advertido por los “críticos morales”, mientras los hombres que ocupaban el poder se sentían ocupados en una obra de progreso y de transformación del país bajo la conducción firme del Gobierno Nacional.

Pero, mientras tanto, el país se politizaba; en los estratos bajos de la estructura social los obreros se organizaban y a la crítica moral se añadiría la crítica social e ideológica y, luego, la económica y propiamente política.

- El presidente

El presidente había nacido en Tucumán en 1843. Llegó a la Jefatura del Estado a los 37 años y viviría hasta 1914. Su padre había luchado en las Guerras de la Independencia y él en Pavón, a los 16 años, como artillero de los Ejércitos de la Confederación y en la Guerra de la Triple Alianza como oficial.

Combatió a Ricardo López Jordán (h), alzado en armas contra el poder nacional, y fue ascendido a Coronel en ese año de 1872. Establecido su comando en Río Cuarto, como Jefatura de Frontera en la lucha contra el indio, contrajo enlace con la cordobesa Clara Funes y accedió a una sociedad aristocrática, hermética para los marginados y fiel a los que admitía, que en el futuro sería la base de partida para su influencia política.

En 1874 ganó los galones de General combatiendo la insurrección que Bartolomé Mitre perdía en Buenos Aires mientras él derrotaba a José Miguel Arredondo en Santa Rosa. Un hilo conductor no desdeñable se ve con claridad: Roca aparece siempre del lado del poder nacional.

Su carrera militar le dio prestigio. General a los 31 años, desde la Comandancia de la Frontera del Interior criticó el plan del ministro Adolfo Alsina para luchar contra los indios y adelantó las bases de lo que sería su plan de campaña para “conquistar el desierto” en 1878-79: “A mi juicio -escribe al ministro- el mejor sistema de concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del río Negro, es el de la guerra ofensiva”.

Muerto Alsina en 1877, Avellaneda designó a Roca ministro de Guerra y Marina. Era un paso decisivo para su carrera política, una base de operaciones para su prestigio militar y un punto estratégico para sus relaciones con los elementos liberales del Interior.

- Desierto y política

El prestigio militar del presidente se había consolidado con la campaña del desierto, precedida por operaciones secundarias que quebraron el poderío indígena. La campaña decisiva -dirigida personalmente por Roca- siguió a una operación que terminó con cuatro mil indígenas y varios caciques prisioneros -entre ellos los famosos Pincén, Catriel y Epumer.

Entre Abril y Mayo de 1879, el Ejército ocupó la margen norte del río Negro. Poco antes se había creado la Gobernación de la Patagonia y se había designado primer gobernador al coronel Alvaro Barros.

El poder nacional extendióse hasta los confines del territorio -en la medida que lo permitían los recursos de entonces- y al mismo tiempo se adelantaron medidas que tendrían relación con cuestiones internacionales en potencia; específicamente, posibles conflictos con Chile que harían eclosión meses después. La campaña del desierto significó la definición de la cuestión india como amenaza constante y el dominio de territorios al margen del ejercicio de la soberanía estatal.

Favoreció la consolidación de las fronteras patagónicas e incorporó veinte mil leguas cuadradas de tierras aptas para la agricultura y la ganadería. Liberó a centenares de cautivos, disminuyó a dimensiones despreciables el servicio de fronteras y el presupuesto para sostenerlo, pero también brindó la tierra pública como recurso político y sirvió al prestigio militar y político del entonces candidato presidencial.

- Las bases del régimen

El presidente Roca era un caudillo pragmático, un hábil político, un conservador inteligente y un conocedor sagaz de las debilidades ajenas. La gente se acostumbró a llamarlo “el Zorro”.

Pero en el inventario de adjetivos zoológicos de la política argentina, habría de ser zorro y león a un tiempo, como quería Maquiavelo. Las bases del Régimen fueron consolidadas a partir de los caracteres psicológicos y de las aptitudes personales del presidente.

El Partido Autonomista Nacional -el famoso P. A. N.- sirvió al presidente como plataforma, canal de reclutamiento de los dirigentes y medio de comunicación política. La Liga de Gobernadores, alianza táctica que usaron las oligarquías liberales del Interior para imponer su candidato a los localistas porteños, era también parte de la estructura de poder del régimen y permanecía como una suerte de trama que permitía el dominio de las situaciones del Interior.

El Ejército de línea, que Roca conocía bien y en el que había ganado justo prestigio, sería otra de las bases del sistema. Y el dominio paulatino de la Administración serviría como correa de trasmisión de las directivas y aun de la filosofía pública del grupo dominante.

Burocracia política, burocracia administrativa e incipiente burocracia militar. Si se añade a eso la coincidencia del poder económico con los postulados del presidente y la “moral común” de la clase dirigente que señala Matienzo, se comprende la vigencia del sistema político roquista durante toda su gestión constitucional.

El “príncipe nuevo” echaría las bases de un poder nacional centralizado con una ideología de pretensiones homogeneizantes y la subordinación de la fuerza militar. Esto último imponía la desvinculación del Ejército de la acción política. Roca y Pellegrini cuidaron que esa desvinculación fuera efectiva.

En el pasado había ocurrido con frecuencia que los ocupantes del poder aspirasen a un Ejército subordinado y la oposición a un Ejército rebelde. Un indicador expresivo de la nueva situación fue la Orden General que el ministro Carlos Pellegrini dirigió al Jefe del Estado Mayor del Ejército, en la que expuso la doctrina del sistema:

Si bien en cada militar hav un ciudadano -decía la Orden-, éste, al aceptar el honor de vestir el uniforme y ceñir la espada del soldado, sabía que el honor que aceptaba voluntariamente le daba derechos y le imponía deberes especiales; el primero y más serio es la sujeción estricta a los preceptos de la disciplina que, para el Ejército, es el secreto de su fuerza y para la sociedad la garantía de orden y de su propia seguridad.
La base de la disciplina es la subordinación y respeto hacia el superior en toda jerarquía militar”.

La orden general prohibía a los militares en servicio activo formar parte de centros políticos o concurrir a reuniones de ese carácter; criticar públicamente al Gobierno o a los superiores o publicar bajo su nombre o seudónimo críticas a los actos que se relacionasen con el servicio(3).

(3) Agustín Rivera Astengo. “Ensayo Biográfico de Carlos Pellegrini”, en: “Obras” (1941), tomo II, pp. 156 - 158. Ed. Coni, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Ni Roca ni Pellegrini dejarían de insistir en esos conceptos, que no sólo se adecuaban a la lógica interna de la institución militar sino a la estabilidad del régimen político.

- La oposición

La oposición era permitida, pero no había fuerzas políticas articuladas en el orden nacional que pudieran rivalizar con un partido hegemónico como el P. A. N. Las manifestaciones de una oposición extraña al sistema, como la que comenzaba a perfilarse en pequeñas organizaciones obreras, eran entonces fácilmente neutralizadas, mientras que la oposición propiamente política no contradecía las bases formales del régimen.

Carente de recursos, de cohesión y de capacidad de dominio de las principales situaciones del Interior o asediada por el fraude -que era una práctica no desdeñada en el pasado por los actuales opositores- éstos no hicieron peligrar la estabilidad del régimen durante el período roquista.

Por eso, éste no fue pródigo en Intervenciones Federales. La mayoría de los gobernadores pertenecía a las filas del P. A. N. o regulaba el acuerdo con el partido oficial y con la voluntad presidencial para resolver los problemas de transferencia del poder local.

Durante los seis años de Gobierno de Roca sólo fueron Intervenidas Santiago del Estero y Salta. En rigor, ni siquiera el conflicto con la Iglesia y el litigio educativo trastornaron seriamente la estabilidad del régimen. Y ésta era la impresión del presidente en carta a Cané al promediar su mandato:

Creo yo también que, por fin, tenemos Gobierno dotado de todos los instrumentos necesarios para conservar el orden y la paz, sin menoscabo de la libertad y derechos legítimos de todos.
Este ha sido mi principal objetivo desde los primeros días. La revolución, el motín o el levantamiento, fraudes máximos, ya no son ni serán un derecho sagrado de los pueblos, como hemos tenido por evangelio, por quítame esas pajas.
De Buenos Aires a Jujuy la autoridad nacional es acatada y respetada como nunca. Tejedor ha sido el último mohicano. Nuestras instituciones reciben la última mano sin peligro de cambios de sistemas, reelecciones ni dictaduras.
El mando lo transmitiré en paz, de buena gana, como quien se alivia de un gran peso, conforme a los principios constitucionales. Y ojalá perdone la inmodestia: que mi sucesor se parezca en desinterés y templanza...(4).

(4) Ricardo Saenz Hayes. “Miguel Cané y su Tiempo” (1955), pp. 299 y 300. Ed. Editorial Kraft, Ricardo Saenz Hayes. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

No se sabe si Miguel Cané compartía los calificativos que el presidente se atribuía con alguna generosidad. Pero sin duda pudo pensar que Roca reunía habilidad, constancia y capacidad de mando para imponer un poder nacional dentro del sistema constitucional y, sobre todo, transferir el Gobierno sin los “fraudes máximos” al sucesor designado.

Y habría acertado, pues, el último mensaje de Roca al Congreso -el 1 de Mayo de 1886- decía de la conclusión feliz de un Gobierno que no había informado de guerras civiles ni había decretado “un sólo día el estado de sitio, ni condenado a un solo ciudadano a la proscripción pública”.

Era el apogeo del sistema y el mejor momento político de Roca.

- La “cuestión social”

La “cuestión social” no se vivía colectivamente como tal, aunque la inmigración estaba produciendo un gran impacto y circulaban periódicos de inspiración marxista y anarquista.

En 1871 habíase creado la sección argentina de la Asociación Internacional de Trabajadores y, siete años después, la “Unión Tipográfica”, “El Perseguido”, “La Lucha Obrera”, “Le Prolétaire” difunden -en el idioma exigido por el público lector- los temas y problemas de un proletariado que carecía aún de organización y de capacidad operativa como para comprometer las bases del régimen roquista.

Cuando José Manuel Estrada denunciaba la injusticia social y política y la desigual distribución de la riqueza, la “cuestión social” parecía preocupar a los intelectuales moralistas, a los católicos sociales, a los militantes de la inmigración y a un incipiente proletariado. Pero el “gap” entre aquéllos y éstos era suficientemente grande como para impedir un cortocircuito en el sistema político vigente.

- La “cuestión religiosa”

La “cuestión religiosa’’, en cambio, constituyóse en tema de atención para la Iglesia, el Estado y los líderes de ambas partes. El litigio era previsible si se atendía al contexto internacional ya descripto y a la presencia militante del liberalismo positivista como religión secular, opuesta a la tradicional influencia de la Iglesia en ciertas cuestiones en las que ésta hallaba graves implicaciones para la fe religiosa y la vigencia de su prédica.

Por un lado pues, se trataba de una verdadera cuestión religiosa. Por el otro, de una cuestión política, en cuanto comprometía a hombres políticos y a eclesiásticos que se expresaban a menudo en términos de poder.

Con pasión, intolerancia recíproca y frecuente imprudencia, los protagonistas se enredaron en polémicas duras y a veces profundas en torno de “una serie de reformas (que) cambió la organización de instituciones fundamentales de la sociedad argentina y quebró, en aspectos íntimos, sus antiguos moldes(5).

(5) Andrés R. Allende. “Las Reformas Liberales de Roca y Juárez Celman” (1957), en: revista “Historia”, Nro. 1, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Miguel Cané lo dice a su manera en “Juvenilia”:

Eramos ateos en filosofía y muchos sosteníamos de buena fe las ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecía siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema indiferencia...”.

Consecuente con esa formación, había propuesto en la Legislatura de Buenos Aires la separación de la Iglesia y el Estado. Se trataba de un fenómeno casi universal de secularización del Estado que -como hemos visto- se había planteado tanto en la República francesa como durante el Risorgimento italiano, dos influencias que estuvieron presentes en la Argentina a través del “galicismo mental” de los dirigentes o de la trasposición de problemas y debates italianos realizada por inmigrantes venidos por razones políticas y no por motivos socio-económicos, como la mayoría.

Pero también el laicismo habíase transformado en una doctrina política agresiva que pretendía resignar la religión al papel de mera conveniencia para los menos ilustrados, como decía el mordaz Eduardo Wilde.

Los católicos militantes no se expresaban con menor vehemencia. Estrada cerró la Asamblea Nacional de los Católicos Argentinos, el 30 de Agosto de 1884, denunciando “la política predominante, con sus injusticias, su violencia, su soberbia (viendo) en ella el imperio del apetito, es decir, el imperio del naturalismo”.

Pedro Goyena -en la Cámara de Diputados- aclaraba mientras tanto que el liberalismo que se condenaba era el que representaba “la idolatría del Estado”, “el Estado ateo, sustituyéndose a Dios”, “el Estado que mata la iniciativa particular, que viola las conciencias, que se sobrepone a todo y a todos”.

En ese clima, los choques eran violentos y reiterados. Roca, alarmado, aconsejaba a Juárez Celman -que siendo ministro había tenido fricciones con monseñor Castellanos- que evitase conflictos. Si era necesario, “haga una Novena en su casa y muéstrese más católico que el Papa”.

De todos modos, Juárez Celman chocaría violentamente con el nuncio Mattera, mientras el ferviente católico y todavía ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública de Roca, Manuel D. Pizarro, le escribía para que no provocase a la opinión pública cordobesa.

La cuestión religiosa parecía a algunos algo más que un litigio bravo. Paul Groussac, al regresar de Europa, en 1883, cree presenciar una “guerra de religión”. Dos años antes, una ley sobre organización de los Tribunales de la capital que establecía la competencia de jueces laicos respecto de apelaciones contra sentencias de tribunales eclesiásticos, no sólo termina con la derrota de los católicos, sino con la relativa unidad ideológica del sector dirigente.

- “Liberales” y “Clericales”

La cuestión religiosa introduce, por cierto tiempo, una cuña que divide a los “clericales” de los “anticlericales” o “liberales” -usada peyorativamente esta palabra por los católicos y, a partir del sentido que le atribuía Goyena- y motiva en el 82 la renuncia de Pizarro, que deja el cargo del Ministerio relacionado con el culto y la educación al agnóstico y cáustico Eduardo Wilde.

En el mismo año se realiza el Congreso Pedagógico y en él se plantea una contienda ideológico-religiosa en torno de la inclusión o exclusión de la enseñanza religiosa en las escuelas que constituye un antecedente importante para comprender la sanción de la ley 1420.

En el 83 muere el admirable Esquiú y, monseñor Clara es designado vicario capitular de Córdoba. Cuando el gobernador Gregorio Gavier designa a la señora Amstrong -de fe protestante- presidenta del Consejo Provincial de Educación de dicha provincia, el vicario Clara prohibe a los fieles enviar sus hijas a la Escuela Normal regida por aquel Consejo.

El Gobierno Nacional reacciona con violencia; considera la pastoral de Clara como un alzamiento contra sus deberes de “funcionario público” y decreta la separación del vicario del gobierno de su diócesis, ordenando su procesamiento por el juez federal de Córdoba. No fue suficiente un principio de arreglo entre autoridades eclesiásticas y las maestras protestantes de la Escuela Normal.

Clara dio otra pastoral declarando nulo el decreto de destitución; en el Senado, Pizarro y Del Valle critican al Gobierno y “La Nación” pone de relieve la excesiva vehemencia oficial. Pero las líneas de combate estaban tendidas. El Gobierno amonesta a las maestras que habían tratado de ayudar a la superación del conflicto; deja cesantes a profesores universitarios cordobeses por adherir a la posición de Clara y a José Manuel Estrada en su cátedra de Derecho Constitucional por haber defendido los derechos de la Iglesia.

Los liberales gobernantes imponían, pues, su versión ideológica como doctrina de Estado, vulnerando incluso la libertad académica. Y la Iglesia padecía el esfuerzo de adaptación a nuevos tiempos de secularización a los que no estaba acostumbrada. La “guerra religiosa” culminó con la expulsión del nuncio Mattera y con la suspensión de las relaciones oficiales entre el Estado Argentino y la Iglesia Católica, que quedaron interrumpidas por largos años.

Tocó al mismo Roca, en su segunda presidencia, reparar un exceso político que aceleró la cohesión del grupo católico, lo convirtió en partido político y llevó al periodismo -a través de “La Unión”- la prédica antioficialista de Estrada, Goyena, Miguel Navarro Viola, Emilio Lamarca, Santiago Estrada, Tristán Achával Rodríguez y Alejo Nevares.

La cuestión religiosa tendría, al cabo, serias consecuencias políticas para el oficialismo, pues daría regularidad sistemática a la crítica moral contra el régimen. La contienda ideológica había llegado a la opinión pública y el oficialismo recibió el apoyo de “El Nacional”, donde escribía Sarmiento, periódico fundado por iniciativa de Roque Saenz Peña y Carlos Pellegrini. La polémica llegó a confundir a hombres que, con el tiempo, se alistarían en posiciones distintas, superado el ofuscamiento intelectual que aquélla produjo.

- La reforma educativa. Ley 1420

Vinculada con la cuestión religiosa y con influencias del contorno internacional, aunque discernible de éstas, la reforma educativa se entreveró con el litigio ideológico hasta el punto de quedar difusos algunos propósitos de la misma que trascendían los conflictos de la época.

El Congreso Pedagógico convocado en el 81 tenía un programa exigente: determinar el estado de la educación común en el país y las causas que impedían su mejor desarrollo; hallar medios prácticos para remover tales causas; definir la acción e influencia de los poderes públicos en el desarrollo educativo, teniendo en cuenta el papel que les atribuía la Constitución y los estudios de la legislación vigente en la materia; y las reformas aconsejables.

Sus conclusiones señalaban la necesidad de que la enseñanza en las escuelas comunes fuera gratuita y obligatoria, que respondiese a un propósito nacional en armonía con las instituciones del país, que contase con rentas propias y que contemplase reformas pedagógicas apropiadas, incluso a la educación rural, a la enseñanza para los adultos, a la educación de los sordomudos y a la modificación de programas y métodos de enseñanza.

En el clima de conflicto del momento, el Congreso se prestó para que sus debates derivasen hacia la discusión de la enseñanza religiosa en las escuelas y para que la fórmula que luego usaría la ley 1420 -que no impedía la enseñanza religiosa aunque la hacía optativa- le atribuyese el signo de bandera del liberalismo decimonónico en el orden cultural y la denominación excesiva de “ley de la enseñanza laica”.

En cambio, las pasiones derivadas de la polémica oscurecieron la importancia de dicho instrumento legal en orden a la “nacionalización” de una sociedad transformada por la inmigración y a la difusión de valores comunes en medio de la crisis de identidad nacional antes descripta.

Cuando en 1883 se realizó el censo escolar nacional, comprobóse que sobre casi medio millón de niños en edad escolar había 124.558 analfabetos, 51.001 semianalfabetos y 322.390 alfabetos. La ley 1420 fue una de las bases sobre las que se construyó un sistema educativo que situó a la enseñanza primaria argentina entre las de mejor nivel en el mundo.

A los diez años de su aplicación, el índice nacional de analfabetismo había descendido al 53,5 % y en 1914 se hallaba en el 35 %. Con el tiempo y, sin minimizar la sinceridad de los defensores doctrinarios de las posiciones de cada parte, quizás deba merecer la atención del historiador una confesión deslizada por el diputado Lagos García en medio de los debates del Congreso:

Debo decirlo con franqueza: la cuestión que se debate no es cuestión de escuela atea; no es tampoco cuestión religiosa siquiera ... es simplemente una cuestión de dominación(6).

(6) Horacio Rivarola y César A. García Belsunce. “Presidencia de Roca. 1880 - 1886”, en “Historia de la Argentina” (1962), dirigida por Roberto Levillier. Ed. Plaza y Janes, Barcelona. Durante la presidencia de Roca, Avellaneda asumió el rectorado de la Universidad de Buenos Aires y presentó el proyecto sancionado como ley 1597, sobre bases de funcionamiento y organización de las universidades nacionales. La ley 1565 sobre Registro Civil y la ley 2393 sobre el Matrimonio Civil completaron las principales reformas liberales de la década iniciada con el Gobierno de Roca. La segunda se sancionó poco después de asumir Juárez Celman. Conviene mencionar -en otro orden de cosas- la ley 1532, de organización de los Territorios Nacionales (1884); la ley 1804, creando el Banco Hipotecario Nacional, promulgada el 24 de Septiembre de 1886. La ley 1420, del 8 de Julio de 1884, establece que la “escuela primaria tiene por único objeto favorecer y dirigir simultáneamente el desarrollo moral, intelectual y físico de todo niño de seis a catorce años de edad” (artículo 1); la instrucción primaria “debe ser obligatoria, gratuita, gradual y dada conforme a los preceptos de la higiene” (artículo 2), pudiéndose cumplir la obligación escolar en las escuelas públicas, en las escuelas particulares o en el hogar de los niños, incluyendo la posibilidad de emplearse la fuerza pública “para conducir los niños a la escuela”. Establece el “mínimum” de instrucción obligatoria, normas para la actuación de maestros, inspectores y otras jerarquías escolares y la creación del Consejo Nacional de Educación, en 82 artículos. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

- La sociedad económica

La sociedad económica no vivió zozobras ideológicas, porque el liberalismo de los gobernantes era consecuente con los postulados del liberalismo económico casi tanto como en la práctica sería inconsecuente con los del liberalismo político.

El equilibrio del presupuesto significó un progreso respecto de Administraciones anteriores, pero la balanza comercial de pagos pasó de un superávit de trece millones de pesos en 1880 a un déficit de cincuenta y cinco millones en 1885.

El historiador canadiense H. S. Ferns atribuye esta situación no tanto a la declinación de los precios de los frutos del país, como a las fuertes inversiones en equipos y en bienes de capital. Las inversiones permitieron cubrir la brecha pero, entre los inversores extranjeros, comenzó a cundir alarma frente a un Estado cargado de empréstitos y, por lo tanto, de servicios que gravaban de manera creciente la economía nacional.

Esto retrajo la inversión al promediar el Gobierno roquista. Dejaron de entrar oro y divisas del exterior y el endeudamiento del Estado Nacional provocó el aumento del circulante y una fuerte inflación monetaria a fines del 84.

En Septiembre, el Banco de la Provincia debió suspender los pagos en metálico y cuatro meses después, pese a los esfuerzos de Roca por sostener la convertibilidad, el Gobierno debió decretar la inconversión y el curso forzoso de los billetes-papel, situación que se mantuvo hasta 1899. Thomas McGann advierte que

los hacendados argentinos y sus asociados, propietarios directos y distribuidores de la riqueza nacional, no perdieron el ánimo por la inflación monetaria que comenzó a fines de 1884.
Siendo ya los beneficiarios de un aumento de la valorización de la tierra, que hubiera blanqueado la cabellera de Henry George, estos hombres también lucraron con la desvalorización del peso.
El ingreso continuo de libras inglesas y francos franceses en sus cuentas bancarias parecía aislarlos de la dura realidad, de la brecha que se iba abriendo rápidamente entre el valor del oro y el papel(7).

(7) Thomas F. McGann. “Argentina, Estados Unidos y el Sistema Interamericano. 1880 - 1914” (1960), p. 29. Ed. Eudeba, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La Administración roquista no se amilanó. Carlos Pellegrini viajó a Europa para acordar con los banqueros un préstamo que sacara al Estado de esa situación asfixiante y restableciese la confianza de los inversores. H. S. Ferns apunta que el arreglo entre Pellegrini y los banqueros parecía un tratado de derecho internacional. Las cláusulas de introducción estaban redactadas en un estilo por lo menos análogo.

El acuerdo implicaba dar -a cambio de un préstamo de 8.400.000 libras- una primera hipoteca sobre la Aduana y la promesa de que el Gobierno argentino no tomaría en préstamo más dinero sin el consentimiento de los banqueros. El acuerdo fue repudiado por la opinión y por los críticos del Gobierno, pero aprobado por Roca.

La política ferroviaria seguía un camino paralelo. Las inversiones, de esa manera, estaban bien garantizadas. Las concesiones se multiplicaban sin plan ni concierto, aunque las vías convergían sobre el puerto de Buenos Aires. El “infierno ferroviario”, según la expresión de Ferns, era alimentado por factores decisivos y por intereses comerciales y rurales que se beneficiaban con las inversiones británicas que, en su mayoría, se volcaban sobre los caminos de acero.

Según las creencias y los intereses dominantes, los argentinos no podían hacerlo mejor que el capital extranjero. Los comerciantes y los propietarios rurales habrían pedido emplear recursos para “financiar ferrocarriles y comprar bonos del Gobierno, pero ni los ferrocarriles ni los títulos públicos arrojaban suficientes beneficios para atraer la atención de esos hombres en cuyas manos estaba el capital y el poder político de la Argentina...(8).

(8) H. S. Ferns. “Gran Bretana y Argentina en el siglo XIX”, pp. 402, 403 y 405. Ed. Hachette, Buenos Aires. La fórmula comenzaba: “El doctor Carlos Pellegrini, representante del Gobierno argentino, con plenos poderes por una parte (y aquí el documento oficial sobre poderes) y la Banque de París et des Pays-Bas; el Comptoir d’Escompte, de París; los messrs., A. y B. Cohen, de Amberes; la Société Générale du Commerce et de l’Industrie; los messrs, Baring Bros. & Co. y J. S. Morgan & Co., por otra parte, de conformidad...”. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El progreso económico era, sin embargo, la imagen de una política que se creía, sencillamente, audaz, necesaria y arriesgada. En 1882 se fundaron los dos primeros frigoríficos que trajeron consigo la reforma de los planteles ganaderos. El puerto de Buenos Aires era insuficiente por la existencia de un solo muelle y por su difícil acceso.

En 1886 comenzó la construcción del Puerto Nuevo, obra singularmente compleja en cualquier lugar y para cualquier equipo ingenieril del mundo, que condujo hábilmente Eduardo Madero hasta terminarse en 1897. La ciudad acompañaba el ritmo de la política administrativa y económica creciendo y expandiéndose.

La “Gran Capital de Sud América”, como se la llamaba entonces, construía nuevos edificios públicos y privados, la nueva Avenida de Mayo, barrios residenciales de dudoso gusto que recordaban a París y a otras ciudades europeas, cuando no de estilos superados.

La ampliación de las obras sanitarias, la incorporación de los barrios de Belgrano y parte de San José de Flores darían en conjunto la fisonomía de una ciudad potente, caótica y fecunda, que se alejaba de los rasgos de “la gran aldea” para entrar en las dimensiones que más tarde la acercarían a Londres o Nueva York.

- La política exterior

Dentro de las pautas de la política exterior de la Argentina del 80 que ya señaláramos, la conducción política de Roca llegaba hasta los confines de un territorio en el que la acción del Estado pretendía consolidarse.

La disputa más seria estaba latente en el Sur, en torno de los límites de la región patagónica. Con la mediación de los embajadores norteamericanos en Santiago y en Buenos Aires, se negoció con Chile la firma de un acuerdo de límites que se perfeccionó en 1881. Las cumbres más elevadas de la Cordillera de los Andes -que dividen las aguas- dieron un hilo conductor para la definición fronteriza, derivando a peritos las cuestiones litigiosas.

Solución al cabo precaria, según se advertiría al comenzar el siglo XX, estableció también la frontera en el Estrecho de Magallanes y se repartió la Tierra del Fuego. El estrecho quedó librado a la navegación y la soberanía argentina sobre la Patagonia aparentemente fuera de cuestión.

La creación de la Gobernación de Misiones -en 1882- impulsó las negociaciones con el Brasil para definir la frontera en la zona, que era motivo de fricciones. Y frente a Bolivia, respecto de los territorios del Chaco, la cancillería argentina reiteró principios de derecho internacional en materia de límites y ocupación señalados por Bernardo de Irigoyen años antes(9).

(9) Horacio Rivarola y César A. García Belsunce. “Presidencia de Roca. 1880 - 1886”, en “Historia de la Argentina” (1962), dirigida por Roberto Levillier. Ed. Plaza y Janes, Barcelona. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

- El poder nacional consolidado

Roca logró organizar el Estado Nacional. Alentó una legislación abundante y trabada según la ideología dominante. Impuso una “paz” que disciplinó un partido hegemónico, subordinó al Ejército y definió las fronteras nacionales.

La “década de la rápida expansión” había sido precedida y acompañada por la conmoción del aluvión inmigratorio. El régimen político soportó -articulado en torno de un poder nacional centralizado- incluso la deserción parcial de dirigentes importantes a raíz de la cuestión religiosa.

El pragmatismo sepultó la “Argentina heroica” que recordaba, nostálgico, Cané. Y por primera vez en muchos años la transferencia del poder, aun entre miembros de una misma “clase dirigente”, fue ordenada. El periódico “La Patria” tuvo que hacer un breve “racconto” para poner en evidencia la novedad política, a propósito del cambio de mando:

El presidente que viene tendrá el honor y la gloria de ser el primer presidente que en su discurso inaugural no se vea obligado a recordar días de lágrimas y luto. El general Mitre daba su programa de gobierno partiendo de la victoria armada de Pavón; el señor Sarmiento se detenía ante las imperiosas necesidades de la guerra internacional; el doctor Avellaneda ascendía al mando en medio de una revolución y la palabra del general Roca se hacía sentir cuando aún resonaba en nuestros oídos el estampido del cañón en los combates de Corrales...(10).

(10) Agustín Rivera Astengo. “Ensayo Biográfico de Carlos Pellegrini”, en: “Obras” (1941), tomo II, p. 174. Ed. Coni, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El “zorro” Roca, nuevo Hobbes, había sido el artífice, el político que había dominado la “subitaneidad del tránsito” según quisiera Mirabeau, y había echado las bases del régimen. En todo caso, de un régimen que contaba con el acuerdo o el consenso de los factores decisivos de la Argentina moderna que comenzaba su peligrosa y notable expansión.

Por lo pronto, Roca no haría sus valijas para viajar a Europa -“que no conocía todavía, no obstante sus 43 años”- hasta delegar el mando en su sucesor.

No sólo por las obligaciones propias del cargo, sino por las derivadas de su jefatura política, porque quien dominaba el P. A. N. -como se decía entonces- daba de comer a quienes aspiraban a llevarse la mejor parte en la distribución del poder. Y la cuestión presidencial había comenzado ya, con candidatos definidos, que insinúan los dísticos del famoso semanario humorístico “El Quijote”:

En Córdoba con afán
han proclamado a Celman.
A don Bernardo en San Luis
y a Pellegrini en París(11).

(11) “El Quijote” del 29 de Marzo de 1885 (citado por Agustín Rivera Astengo. “Ensayo Biográfico de Carlos Pellegrini”, en: “Obras” (1941), tomo II, p. 125. Ed. Coni, Buenos Aires). // Referenciado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Eran los prolegómenos de la lucha por la presidencia. Para la política de Roca, la hora de la verdad.

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