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Particularidades de la Administración Juárez Celman

Cuando el primer período presidencial de Roca llegaba a su fin, el problema de la sucesión dividió al partido Autonomista Nacional. Pero un cambio sutil habíase operado en un aspecto de las prácticas políticas argentinas, en la zona de los sectores dominantes: hasta Roca, los gobernadores y los notables decidían sobre la candidatura presidencial o acotaban el número de protagonistas que habrían de discutir o luchar por la presidencia.

Desde Roca, el presidente tendría por lo menos la primera palabra -y con frecuencia también la última- en lo relativo al sucesor. Roca usó de su influencia en favor de su concuñado, el ex gobernador de Córdoba, Miguel Angel Juárez Celman.

La mayoría del partido lo apoyó siguiendo las directivas de aquél y la opinión u opción de los gobernadores y su séquito en casi todas las provincias. Los participantes en el juego por el poder presidencial eran muy pocos. La sucesión de Roca fue un torneo entre contados candidatos, algunos de los cuales creyeron poder neutralizar a último momento lo que Rivera Astengo llamó “el exequator del General”.

Roque Sáenz Peña se encargó de sondear el ánimo de Roca y de informarse sobre la opinión dominante en los círculos políticos de Buenos Aires. Escribió al cordobés Juárez Celman que, si por un lado la intención de Roca era apoyarlo como candidato, por el otro la opinión de Buenos Aires era opuesta a su candidatura.

También transmitió a Juárez Celman palabras “casi textuales” de Bartolomé Mitre en una reunión de notables de su partido:

Hay dos hechos en mi vida pública -habría dicho- que los he consumado contra el voto y la voluntad de mi partido: la idea de la nacionalidad argentina y la guerra del Paraguay. Mi adhesión a la política presidencial en estos momentos será el tercer acto que lleve a cabo contra el voto de los disidentes”.

Los disidentes cuestionaban la candidatura de Juárez Celman. Ese era un punto de posible ruptura, porque renacía la desconfianza porteña hacia los triunfadores de 1880 y las secuelas políticas de aquella revolución(1).

(1) Agustín Rivera Astengo. “Juárez Celman” (1944), pp. 378, 379 y 383. Ed. Kraft, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Entendían que se trabajaba en la misma línea: imponer a un provinciano para la sucesión presidencial. Esta línea era aceptada fuera de Buenos Aires. “El Interior”, diario de Córdoba, se adelantó a proponer un candidato porteño para la vicepresidencia, rol que en el sistema político de la época servía para la negociación, con el fin de neutralizar la resistencia de Buenos Aires: el candidato era Carlos Pellegrini.

- Articulación de la fórmula del P. A. N.

Los convencionales del P. A. N. por Buenos Aires proclamaron la candidatura de Pellegrini mientras el debate de las candidaturas se tornaba encarnizado. La prensa opositora denunció al oficialismo por “encaramar parientes”, refiriéndose no sólo a Juárez Celman sino a Máximo Paz, candidato a la gobernación de Buenos Aires y también pariente de Roca.

El 15 de Marzo de 1886, Pellegrini escribió a Juárez Celman que, si bien meses atrás había creído conveniente reservar la vicepresidencia para combinaciones con fracciones contrarias, para entonces se había convencido que tales combinaciones no eran factibles y resolvía aceptar la candidatura presidencial.

En una primera etapa, mientras tanto, un sector del P. A. N. apoyó al ex gobernador de Buenos Aires, Dardo Rocha, pero la mayoría del partido terminó por designar la fórmula que los propios protagonistas fueron definiendo: Juárez Celman - Carlos Pellegrini.

- Candidatura de Gorostiaga y B. de Irigoyen, Ocampo - García

La Asociación Católica, fundada por José Manuel Estrada para combatir a los “anticlericales”, levantó la candidatura de un viejo constituyente del 53 y presidente de la Corte Suprema: José Benjamín Gorostiaga. Este contaba con las simpatías de un importante sector del partido Nacionalista y quizás con las de Mitre, salvo lo informado por Roque Saenz Peña.

A esas candidaturas añadióse la de Bernardo de Irigoyen. Pero la multiplicación de las candidaturas opositoras a la fórmula del P. A. N. terminó por favorecer al oficialismo. Rendido Mitre a la política de Roca y conocido el acuerdo de Pellegrini, la lucha electoral se definió de antemano. La oposición realizó un último gesto desesperado en torno de las candidaturas de Manuel Ocampo y Rafael García, pero fue derrotada sin atenuantes(2).

(2) Votaron 233 electores: 168 para Juárez Celman y 32 para Manuel Ocampo, para la presidencia; y 179 para Pellegrini y 28 para Rafael García, para la vicepresidencia. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La circulación presidencial dentro del P. A. N. siguió el curso calculado por Roca, quien hizo notar a su pariente y sucesor las condiciones en que dejaba el mando:

Os transmito el poder con la República más rica, más fuerte, más vasta, con más crédito y con más amor a la estabilidad, y más serenos y halagüeños horizontes que cuando la recibí yo”.

Si, “quien era el jefe del P. A. N., era el único en condiciones de repartirlo”, lo que había transmitido Roca, era en realidad la titularidad del Gobierno, pero no el poder sobre el partido. Y esta sutil distinción, que implicaba condiciones para el apoyo político de Roca y sus seguidores, llevó consigo el germen de una crisis abonada por factores complejos y ajenos al sistema interno del autonomismo nacional.

- El Unicato

Con el triunfo de Miguel Juárez Celman sobrevino el desalojo de los “viejos” de importantes posiciones oficiales. El presidente asumió la jefatura del partido Autonomista Nacional como “jefe único”, dio lugar al desarrollo del “juarismo” y discutió a los otros notables el dominio de todos los hilos de la situación.

El régimen de clausura política de esta nueva oligarquía dentro del sistema dominante llegó a tener su propio nombre: el “Unicato”. Se habían alterado seriamente las reglas de juego dentro del P. A. N. reorganizado por el roquismo. La discordia produjo una fisura sin la cual no se podrían interpretar los factores actuantes y los sinuosos desplazamientos que culminaron en la crisis del 90.

Para los porteños, además, la presencia de Juárez Celman significó que el centro del poder se había desplazado nuevamente hacia Córdoba, merced a la acción del “ungido”. Se sumaban factores de conflicto dentro y fuera del partido hegemónico.

- Una autocracia liberal

Los hombres del régimen eran liberales, pero no eran demócratas. Integraban la sociedad de notables cuya fisonomía se ha descripto, pero las creencias públicas en sus prácticas y en sus valores estaban ya en crisis. Juárez Celman representó el punto crítico del tránsito. Frente al cambio del ambiente político, Juárez Celman se recluía en definiciones consoladoras y trataba de establecer diferencias y marcar distancias:

El político se diferencia sustancialmente del politiquero -escribe entonces-. El primero se prepara para la vida pública como se prepara todo hombre para la profesión que ha escogido...
El politiquero, por el contrario, emprende su carrera con bagaje liviano, imitando al corredor antiguo que se despojaba de todo peso inútil al emprender su hazaña. El politiquero no necesita sino agradar a la mayoría de sus electores, ni precisa profesar principios, pues sabe que la mitad más uno tiene razón siempre...”.

¿Era una descripción o una autojustificación? Advertía la existencia de una nueva clase política que operaba en un lugar diferente del club, del círculo, del lugar arcano donde se designaban por acuerdo los candidatos. Sin deliberación, pero con no disimulado desprecio, estaba describiendo el ambiente y el modo de operar de fuerzas políticas en formación.

La “clase de los politiqueros” -como él la llamaba- se mantenía “en contacto diario con el pueblo por medio de los comités electorales -su campo de acción- y forma un ejército que marcha a la victoria y se prepara, si no nos ponemos en guardia, a apoderarse de la República”. Los comités eran “el cuarto poder de la República(3). Había algo de profético en el análisis, si se eliminan los juicios de valor.

(3) Agustín Rivera Astengo. “Juárez Celman” (1944), p. 460. Ed. Kraft, Buenos Aires. El gabinete se formó al principio con Eduardo Wilde, en Interior; Norberto Quirno Costa, en Relaciones Exteriores; Wenceslao Pacheco, en Hacienda; Filemón Posse, en Justicia e Instrucción Pública; y el general Eduardo Racedo, en Guerra y Marina. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Autócrata y liberal, Juárez Celman expresó con igual franqueza sus creencias económicas:

¿Qué mi Administración es mercantilista? ¿Qué otra cosa corresponde hacer al Gobierno en las actuales condiciones?
A Alberdi, el teórico de nuestras positivas grandezas, se le despreció y vive amargado en el destierro. Roca y yo realizamos la prédica inspirada del autor de las Bases... ¡Seré el Presidente de la Inmigración!
Las clases conservadoras, las viejas familias patricias, esos núcleos que han vivido en una paz colonial, gozando plácidamente de normas sociales en desuso, me combaten porque no me entienden. Acaso les esté salvando el patrimonio de sus nietos. Sus tierras estériles serán por la colonización, por los ferrocarriles, por las obras hidráulicas, por los puentes y las carreteras, predios de producción”.

Conservador liberal, en el estilo de la época, en cuanto al papel del Estado estaba convencido que “la industria privada construye y explota sus obras con más prontitud y economía que los Gobiernos, porque no se encuentra trabada como éstos por la limitación de los presupuestos y por las formalidades legales que impiden aprovechar los momentos oportunos y tomar con rapidez disposiciones convenientes”.

El cuadro económico y social del país, descripto en sus rasgos principales, más definidos desde la Administración de Roca, mostraba los cambios operados en la demografía, las modificaciones en la ganadería -diversificaba la producción del campo, cría del ovino con lana de calidad-, el surgimiento de una agricultura extensiva en el Litoral -al filo del 90 la agricultura cubrió el 14,1 % de las exportaciones-, el problema de la tierra agravado por el latifundio, el nacimiento de las industrias de transformación, la desordenada y dinámica política ferroviaria, la presencia dominante del capital extranjero. Datos relevantes, pero también polivalentes.

- Economías y políticas específicas

El Gobierno juarista acentuó el claroscuro. Hacia 1888 se cultivaban casi 2.400.000 hectáreas y había en los campos 23 millones de cabezas de ganado vacuno, 70 de lanares y 4 y medio de equinos.

Sin embargo, la especulación con la tierra y en la Bolsa de Comercio hacía trepidar las bases financieras, la balanza de pagos era francamente desfavorable y las transacciones con bienes raíces, que en 1885 habían sumado 85 millones de pesos, llegaron a 300 millones cuatro años más tarde. La deuda pública, que llegaba a más de 117 millones de pesos oro en 1886, se triplicó casi hacia el 90, con cerca de 356 millones.

- Política ferroviaria y Bancos garantidos

Dos temas concentraron la crítica opositora y las advertencias de algunos técnicos en relación con la economía: la ley de bancos garantidos y la política ferroviaria. La primera, proyectada por Pacheco, establecía en su artículo primero que “toda corporación o toda sociedad constituida para hacer operaciones bancarias podrá establecer en cualquier ciudad o pueblo de la República bancos de depósitos o descuentos, con facultad para emitir billetes, garantidos con fondos públicos nacionales”.

La fórmula elegida para hacer frente al desordenado crecimiento económico era vulnerable; como algunos previeron, se instalaron Bancos en todos los centros urbanos de grande o relativa importancia. Bancos nacionales y privados emitieron moneda, el circulante se duplicó en poco tiempo y el signo monetario -191 clases de monedas diferentes entre 1887 y 1894- expresó a su modo el desconcierto de la conducción económica.

El otro tema crítico fue la política ferroviaria. Fiel a sus concepciones económicas y a una suerte de simplificación spenceriana(4), Juárez Celman permitió la venta indiscriminada de los ferrocarriles y la distribución de concesiones a empresas privadas a fin de evitar que el Estado tuviese otra intervención que la mera vigilancia de la economía y las vías férreas se extendiesen.

(4) Horacio Juan Cuccorese. “Historia de los Ferrocarriles Argentinos” (1969), pp. 71, 77 y 88. Ed. Macchi, Buenos Aires. Ver también -entre otros-, Raúl Scalabrini Ortiz. “Historia de los Ferrocarriles Argentinos” (1957), Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La venta del ferrocarril andino fue justificada no sólo por razones de conveniencia económica, sino de coherencia doctrinaria, según surge del mensaje al Congreso de 1887. El criterio de Juárez Celman era la “privatización” allí donde pudiera darse. Los cuyanos emprendieron una crítica cáustica contra lo que llamaron la “explotación descarada” de “The Great Western Argentine Railway” a través de sus tarifas. “El Debate” en Mendoza y “El Nacional” en Buenos Aires llevaron adelante una campaña antibritánica a raíz de los abusos.

Las concesiones ferroviarias se otorgaron a granel, especialmente en el período 1886 - 1888. Tanto la política de los “Bancos garantidos” como la de los “ferrocarriles garantidos” fue atacada y Aristóbulo del Valle puso de relieve en qué medida gravaba el tesoro nacional, favorecía con exceso los intereses privados y contribuía a la corrupción.

La expresión “infierno ferroviario” que emplea Ferns se entiende, a su vez, mejor en ese contexto. Surgió a raíz de una intención loable -cubrir el país de vías férreas que lo comunicaran y favorecieran el desarrollo económico- pero, sin orden ni concierto, entró en el caos y el negociado, posibilitó la especulación con las tierras vecinas a las vías férreas y permitió que el desarrollo económico apareciese como “una excusa para autorizar la construcción de ferrocarriles donde los amigos de la Administración deseaban que se construyeran”.

Un año después de aquel mensaje, el propio Juárez Celman se quejaba de las “exacciones” que el Estado padecía y contra el fraude en los libros de contabilidad de muchas empresas garantidas. Buenas intenciones, aplicación dogmática de doctrinas importadas sin adecuación a nuestra realidad, culpa y dolo se confundían.

Juárez Celman se equivocó al sostener que la “no intervención del Estado” en los asuntos económicos -mientras, en cambio, intervenía sin límites en el orden de lo político- no traería consecuencias socio-económicas y a la postre políticas. También la omisión era una forma de decisión. Y si las autoridades nacionales y provinciales hicieron muy poco para dirigir la economía en tiempos de prosperidad, la carencia de planes o de conducción positiva deliberada alentaron condiciones negativas cuando llegaron tiempos de crisis.

Incluso se afirmaron los rasgos de la dualidad regional argentina. La conquista del desierto y la inmigración favorecieron una suerte de “revolución en las pampas” -en términos económicos- pero, desde el punto de vista social, aquéllas se mantuvieron fuera de la Nación “como una región explotada pero no poseída(5).

(5) James R. Scobie. “Revolución en las Pampas (Historia Social del Trigo Argentino. 1860 - 1910”. Ed. Solar - Hachette, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El agricultor tuvo poca o ninguna influencia política y sólo los grandes terratenientes con intereses agropecuarios se organizaron en un grupo de presión significativo: la Sociedad Rural.

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