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La caída del presidente Juárez Celman

Al promediar el 90, la conspiración era un hecho. El Gobierno no tuvo dificultades en reunir datos que luego gravitaron en el desarrollo de los acontecimientos. Un mayor Palma habría delatado el estallido de la sublevación “tres días antes del 21 de Julio, que era la fecha primeramente fijada, y el general Campos, jefe militar de la revolución, fue arrestado e incomunicado en el cuartel del batallón 10 de infantería(1).

(1) Lisandro de la Torre a Elvira Aldao de Díaz, en carta del 17 de Mayo de 1937, donde relata pormenores de la revolución. Confr. Julio A. Noble. “Cien Años, Dos Vidas” (1960), tomo I, pp. 393 a 396. Ed. Bases, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El jefe de policía Capdevila recibió información sobre los complotados. El ministro de Guerra, Nicolás Levalle, reunió a los jefes militares para sondear su disposición respecto del Gobierno. Se concentró en la capital una fuerza de siete mil hombres y se buscaba a los jefes militares de la conspiración.

Dentro de las filas del Ejército se organizó una logia militar con 33 juramentados pertenecientes a distintas unidades, constituida en casa del entonces subteniente José Félix Uriburu. La logia se dispuso actuar en favor del movimiento cívico, “para defender las libertades públicas como ciudadanos y como soldados de un pueblo libre, para quienes la Constitución era la ley suprema de la tierra”.

En los medios civiles se discutía la formación de un “gobierno provisional”. En una reunión con jefes militares, la mayoría se decidió por Leandro N. Alem para la presidencia y por Mariano Demaría, para la vicepresidencia. Hipólito Yrigoyen fue designado para la jefatura de policía.

Entre los presentes, el general Campos y el coronel Figueroa votaron por Mitre. Este dato es importante en lo relativo a Campos, pues Lisandro de la Torre evocará los sucesos muchos años después y explicará la defección del general Campos en la conducción de las operaciones del Parque desde las filas insurrectas, a partir del momento en que se habrían impuesto soluciones que impedirían un cambio pacífico y deliberado y, por lo tanto, conducirían al enfrentamiento armado hasta un punto sin retorno.

Según la interpretación de De la Torre, Campos y Roca pensaban en la candidatura de Mitre, viable mientras en el “gobierno provisional” de los revolucionarios se hubiera elegido a aquél o a Lucio V. López, e impensable al elegirse a Alem(2).

(2) Lisandro de la Torre a Elvira Aldao de Díaz, en carta del 17 de Mayo de 1937, donde relata pormenores de la revolución. Confr. Julio A. Noble. “Cien Años, Dos Vidas” (1960), tomo I, pp. 396 y 397. Ed. Bases, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La estructura del movimiento cívico-militar era, pues, heterogénea, su programa difuso y su organización deficiente. El 17 de Julio los complotados se reunieron para fijar la fecha del levantamiento. En principio se fijó el 21 de Julio. El arresto de Campos y la delación de Palma obligaron a suspender el movimiento.

Este pareció desarticularse con el traslado dispuesto por Levalle de diversos oficiales a destinos distantes, por el desplazamiento de batallones fieles sobre otros sospechosos y por la estricta vigilancia policial de la ciudad. El aparato represivo del Gobierno se puso en marcha para neutralizar la revolución. Campos, mientras tanto, recibía la visita de complotados y de amigos, que duraban cinco minutos en cada caso.

De pronto lo visitó Roca; estuvo a solas con él cerca de una hora. Visita decisiva y escrutable sólo por presunciones: Campos fue sorpresivamente liberado, la revolución se resolvió el 25 y estalló en la madrugada del 26 de Julio.

A las 4 de la mañana, pequeñas fuerzas de complotados se dirigieron hacia el Parque de Artillería -emplazado donde hoy se encuentra el Palacio de Justicia-; una columna era encabezada por el coronel Figueroa -que también había escapado de sus custodios-, por el teniente Señorans, por el subteniente Uriburu y por los civiles Del Valle, Lucio V. López e Hipólito Yrigoyen.

Otra columna de cuatrocientos civiles llevaba a la cabeza a Leandro N. Alem. A la columna de Figueroa se incorporó el general Campos, con el 10 de infantería, a la altura de la Recoleta. Cerca de mil hombres iban hacia el Parque, donde pronto reinaría cierta nerviosa algazara de gente cubierta con un símbolo provisorio adquirido en una tienda cercana: boinas blancas. Pero el movimiento insurreccional -recuerda De la Torre- se paralizó una vez llegado al Parque, “error que determinó la derrota”:

La suspicacia es odiosa -escribe Lisandro de la Torre- pero no es posible aceptar, así no más, que lo inexplicable sea casual y que los historiadores en vez de explicarlo lo desdeñen.
No se trata tampoco de excluir los móviles elevados y desinteresados. Podría haber tenido allí comienzo lo que seis meses después se exteriorizó con el nombre de ‘solución nacional para suprimir la lucha’.
El hecho es que ... el jefe militar resolvió apartarse del plan convenido que consistía en atacar a las fuerzas del Gobierno apenas estuviera terminada la concentración de las tropas revolucionarias en la plaza Lavalle. En vez de hacerlo, se dispuso intimarles rendición por medio de notas que llevaron a los respectivos cuarteles emisarios civiles.
Se ordenó enseguida que la tropa ‘churrasqueara’ y mientras llegaba la carne se tocó el himno nacional. Y esas vacilaciones no tenían su origen, sin duda, en que al general Campos le faltara valor para atacar...(3).

(3) Lisandro de la Torre a Elvira Aldao de Díaz, en carta del 17 de Mayo de 1937, donde relata pormenores de la revolución. Confr. Julio A. Noble. “Cien Años, Dos Vidas” (1960), tomo I, p. 395. Ed. Bases, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Las fuerzas del Gobierno, mientras tanto, contaban con la conducción enérgica y eficaz de Levalle y Pellegrini, buena información sobre los sucesos y la mano férrea del jefe de Policía Capdevila. Mientras en el Parque, el jefe militar del movimiento esperaba del otro lado “algo que no sucedió” y surgían desinteligencias y disputas entre los conductores civiles y militares, el Gobierno actúa con frialdad y cada uno asume su papel: Juárez Celman es enviado a Campana; en Retiro, con la presencia de Roca y del vicepresidente Pellegrini, se celebra un acuerdo de ministros.

En el momento de las decisiones. Roca aparece al frente del grupo y Pellegrini con Levalle a la cabeza de la represión. El vicepresidente tomó el mando político y el ministro de Guerra el mando militar. Aprueban un plan de ataque del coronel Garmendia. Al anochecer se cuentan ciento cincuenta muertos y más de trescientos heridos.

- “El triunfo y la victoria lloran” (Byron)

El presidente vuelve a la Casa de Gobierno y comisiones mediadoras que integran Roca, Pellegrini, Rocha, Alem y Del Valle pactan una tregua para posibilitar un acuerdo. La sublevación, perdida la ocasión de la sorpresa, había fracasado, pero el Gobierno estaba -según la gráfica expresión del senador Pizarro- muerto; había perdido toda “autoridad moral”.

Pizarro, senador oficialista pero no incondicional, realiza aún el gesto con que culmina su crítica demoledora: renuncia a su banca en el Senado. El Congreso es el epicentro de los sucesos posteriores a la que después será bautizada como la "Revolución del Parque". El 3 de Agosto, Pellegrini y Levalle se reúnen en la Casa de Gobierno con el presidente. El sector autonomista nacional preparaba, mientras tanto, una presentación al presidente: “su renuncia es el único camino constitucional para salvar al país del peligro que lo amenaza...”.

Cuando se reunían las firmas para remitir la carta a Juárez Celman, llega su renuncia(4). El 6 de Agosto de 1890, la renuncia es aceptada por 61 votos contra 22. Las calles porteñas celebran la caída del presidente: “¡Ya se fue, ya se fue, el burrito cordobés!” Un triste final para una autocracia soberbia e impopular.

(4) Los escritos en torno de la crisis son numerosos. Aparte de la "publicación oficial" de la Unión Cívica, conviene leer “El Noventa”, de Juan Balestra, que representa una visión simétrica respecto de aquélla. Una excelente reseña bibliográfica, así como el aporte de intérpretes de distintas posiciones políticas e ideológicas se encuentra en el Nro. 1 de la revista “Historia”, Buenos Aires, dirigida por Enrique M. Barba, titulado: “La Crisis del 90”. Los libros citados de Ricardo Saenz Hayes y Julio A. Noble contienen correspondencia hecha pública por primera vez y de importancia singular para interpretar a los protagonistas, su comportamiento a menudo confuso y aparentemente inescrutable y las interpretaciones que los rodearon en su tiempo. Una crónica sugestiva es la de Jackal y las anotaciones que hace Demaría en un ejemplar de dicho libro y que publica Julio A. Noble (“Cien Años, Dos Vidas” (1960), tomo I, pp. 400 a 405. Ed. Bases, Buenos Aires), en las que considera -por ejemplo- a Mitre “más bien opuesto a la revolución”, mientras De la Torre muestra a Campos (revolucionario) y a Roca (oficialista) proclives a un acuerdo que llevara a Mitre a la presidencia, lo que al cabo se intentó y provocó la escisión de la U. C. El testimonio parcial, pero con una crónica de los sucesos suficientemente detallada como para merecer una prolija lectura, es “La Revolución (su Crónica Detallada, Antecedentes y Consecuencias)”, de José M. Mendia (Jackal), publicado en la imprenta de Mendía y Martínez, en el mismo año de 1890, en dos pequeños tomos. En el primer tomo consta la lista de los “jefes y oficiales de la revolución”, que incluye tres generales, ocho coroneles, cuatro tenientes coroneles, trece mayores, diecinueve capitanes, cinco ayudantes del General en Jefe (Manuel J. Campos), dieciséis tenientes, diez subtenientes, todos de distintas unidades y de la Logia y, luego, oficiales de las regimientos 1 de artillería; 1, 4, 5 y 6, 9 y 10 de infantería y batallón de ingenieros. En total, 175 oficiales del Ejército. A ellos el autor añade 44 oficiales de la Marina encabezados por el teniente de navío Eduardo O’Connor.
En el debate en torno de la renuncia del presidente Juárez Celman, Mansilla dijo en el Congreso entre otras cosas:
“Es la primera vez que el pueblo argentino, legítimamente representado, se reúne para tomar en consideración la renuncia del Primer Magistrado de la República. No es la primera vez que las revoluciones derrocan periódicamente hombres, situaciones o caos; son fechas marcadas en nuestra historia: el año 50, el año 60, el año 70, el año 80 y el año 90.
“Hay un mal crónico, hay una enfermedad nacional que no necesito apuntar pero que no escapará al espíritu trascendental de los que me escuchan. Esa enfermedad reside en la metrópoli, que no quiere resignarse a no ejercer la hegemonía política del país.
“La revolución es la que derroca al presidente de la República y nosotros, si aceptamos esta renuncia, no seremos más que los últimos derrotados de una revolución que no ha triunfado”.
Rocha contesta; Diputados vota en favor de la aceptación por 44 a 38. El 6 de Agosto, Julio A. Roca -a la sazón a cargo de la presidencia del Senado- es quien suscribe la nota de aceptación de la renuncia que se dirige a Juárez, agradeciéndole “los servicios prestados al país”. Como dato interesante: la arenga del general Levalle a las tropas a poco de terminar la lucha, critica a los que desertaron para hacer un “motín de cuartel” y aclama al “Ejército de la Constitución” que siguió fiel a las autoridades legales. El autor, por fin, relata por qué no se detuvo -como estaba planeado- a Juárez, Roca y Pellegrini y se interroga por qué estos últimos no trataron de impedir el levantamiento conociendo como conocían a sus cabecillas. La respuesta surge del texto. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

- La lección de los hechos: una insurrección frustrada

Mejor decir “la crisis del 90”, que calificar los hechos como una "revolución". La pérdida de recursos políticos por parte de Juárez Celman fue constante y sin pausa. Si se exploran los factores decisivos de la época, la comprobación de la carencia de apoyos parece clara.

- El poder político

La política soberbia de Juárez Celman y su intención de afirmar el “unicato” sorteando las reglas implícitas del grupo gobernante, le hicieron perder el apovo del P. A. N. -que respondería a Roca y Pellegrini- y de la mayoría de los gobernadores.

Roca confesaría en carta a García Merou -fechada el 23 de Septiembre de 1890 y publicada por primera vez por Saenz Hayes- lo que sospechaba Del Valle:

Ha sido una providencia y fortuna grande para la República que no haya triunfado la revolución ni quedado victorioso Juárez. Yo vi claro esta solución desde el primer instante del movimiento y me puse a trabajar en ese sentido.
El éxito más completo coronó mis esfuerzos y todo el país aplaudió el resultado, aunque no todo el mundo haya reconocido y visto al autor principal de la obra”.

Roca temía no sólo perder el dominio del partido Autonomista Nacional sino “el coronamiento de Alem”, lo que parece dar razón a la interpretación de De la Torre. Carlos Pellegrini, por su parte, quería evitar el ascenso de Cárcano y lograr el alejamiento de Juárez sin el triunfo de la rebelión.

Como diría más tarde, la del 90 fue “una revolución ideal en la que triunfa la autoridad y la opinión al mismo tiempo y no deja un Gobierno de fuerza, como todos los Gobiernos nacidos de una victoria...”.

Juárez Celman había cometido un pecado imperdonable para la clase dirigente de la época: detener en su persona la circulación de la “élite” del P. A. N.

A la postre, se quedó sin el apoyo de los notables de su partido y sin la fidelidad de un Congreso cuya mayoría no quería verse arrastrada por la previsible caída del presidente.

- El poder militar

Tampoco contó Juárez Celman con el poder militar. Este, representado por un hombre del prestigio y la capacidad de mando de Nicolás Levalle, permaneció subordinado en su mayoría al Gobierno constitucional, pero no a la persona del presidente.

El poder militar no fue, como tal, un poder rebelde; los complotados representaban una pequeña -aunque ponderable- parte de las Fuerzas Armadas e invocaban “la defensa de la Constitución” y, algunos de sus cabecillas militares, como el general Campos, se comportaron de modo que dieron lugar a interpretaciones por lo menos verosímiles, como la descripta por De la Torre.

- El poder económico

La crisis económica y financiera restó a Juárez Celman el apoyo del poder económico, que permaneció expectante. Dicho poder económico respondería, en cambio, al llamado de Pellegrini a poco de asumir la presidencia, más para Juárez Celman constituyóse en una permanente fuente de demandas y no de recursos de apoyo.

Una prueba de ello fue que la ineficiencia de la conducción económica juarista, unida a la heterogeneidad de los componentes del movimiento revolucionario, motivó que éste tuviera como adherentes a miembros del grupo terrateniente, como Manuel Ocampo -ex presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, aunque también candidato vencido por Juárez en el 86-; Ernesto Tornquist -banquero como Heinmendhal, cuñado de Ocampo-; Carlos Zuberbülher, Torcuato de Alvear y otros.

- El poder moral

En cuanto al poder moral, tanto el religioso como el ideológico estuvieron situados en la crítica cáustica y constante. La Iglesia Católica y los laicos militantes como Estrada, Goyena, Demaría y Nevares, mantenían la oposición insobornable de los tiempos del roquismo y, en el 90, el grupo se transformaría en un factor aglutinante y multiplicador.

La protesta cívica contó, además, con la adhesión de la prensa, que no pudo contrarrestar al oficialismo con hojas adictas como “La Argentina” -donde colaboraban Ernesto Quesada, José del Viso, José N. Matienzo y el propio presidente, que redactaba una sección de aforismos titulada “Verdades Anónimas”- y, “La República”.

Ambas fueron neutralizadas por el peso del periodismo más importante de la época y por publicaciones satíricas tan temibles como “Don Quijote” y “El Mosquito” y otras que nacieron estimuladas por la coyuntura, como “El Látigo”, “El Dr. Farándula”, “El Farol (Órgano de la Gente de Vergüenza)”, etc.(5).

(5) Roberto Etchepareborda. “La Crisis del 90”, en revista: “Historia”, p. 119. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El movimiento obrero, si bien iba adquiriendo fisonomía propia en los años 80, no tuvo participación en una rebelión que fue expresiva, sobre todo, de la burguesía porteña. En la reseña histórica de la Unión Cívica, Barroetaveña describe la composición del mitin del Jardín Florida: además de los “pro-hombres de la oposición” estaba “la juventud universitaria de la Capital y representantes numerosos de la juventud de las provincias; allí había jóvenes de las profesiones liberales, abogados, médicos, ingenieros, del alto comercio, de las diversas industrias”; y, ocupando “ciertos palcos del teatro, los hombres espectables del país...(6).

(6) “Unión Cívica (su Origen, Organización y Tendencia)” (1890), pp. XXIV y XXV, publicación “oficial”. Ed. Ladenberger y Conte, Buenos Aires; y Carlos R. Melo. “Los Partidos Políticos Argentinos”. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

La rebelión se redujo, pues, a una crisis premonitoria. La élite dirigente tenía aún capacidad de dominio sobre la situación. Cuando los gestores de la Unión Cívica creían que el régimen claudicaba, verían aún dos hechos ejemplares: la discordia interna -que culminaría en la escisión- y la transferencia del poder al vicepresidente Carlos Pellegrini.

Apenas había comenzado, en realidad, una guerra cívica de veinte años.

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