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Las negociaciones de paz: un nuevo episodio en la disputa argentino-brasileña por el dominio regional

La conclusión de la Guerra del Paraguay, cuando las operaciones bélicas llegaron a su término, no significó -desgraciadamente- el fin de los problemas creados, por la contienda.

Contraviniendo los compromisos contraídos por el Tratado de la Triple Alianza, que impedían hacerlo por separado, el Brasil firmó la paz con el Paraguay. La Argentina generosamente había proclamado, por el ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento, que “la victoria no da derechos”, para significar que el país seguiría reclamando los límites territoriales que juzgaba legítimos antes del triunfo y que éste no entrañaría despojos injustos al vencido.

La actitud de la cancillería de Río de Janeiro hizo que Sarmiento enviara a Asunción al doctor Manuel Quintana (fines de 1871), quien regresó sin lograr una solución. El enfrentamiento con el Brasil, cuya cancillería gravitaba también en las decisiones del otro aliado, el Uruguay, provocó una tirantez diplomática que bordeó la guerra.

Esta vez, Sarmiento recurrió a Mitre para buscar una solución pacífica y Mitre logró en Río de Janeiro mejorar la situación y alejar las posibilidades de una lucha bélica. Pero cuando el mismo Mitre es enviado luego al Paraguay, la situación interna de ese país, al dificultar las negociaciones, impidieron que la paz entre la Argentina y el Paraguay pudiera concretarse entonces...

La disputa por ganar espacios de poder e influencia en la política y economía paraguayas, tras la Guerra del Paraguay, entre argentinos y brasileños fue por demás intensa. Esta tensión, y los intereses contrapuestos que de ella se derivaban, halló probablemente su mejor expresión en las negociaciones de paz que involucraron a estas dos naciones con el país vencido, a través de las cuales cada una de ellas intentó hacer prevalecer sus intereses por sobre los de su ex aliado en la guerra, ahora devenido en competidor.

Como descripción general del período, resulta útil el análisis de Moniz Bandeira, quien sostiene que, tras la Guerra de la Triple Alianza, las relaciones entre la Argentina y Brasil se caracterizaron cada vez más por su fuerte rivalidad y por generar tensiones y graves crisis, que se entremezclaban con esfuerzos de entendimiento y cooperación para apartar la amenaza de conflicto armado.

La superación de las diferencias en torno de los acuerdos de paz, condujo al ex presidente Bartolomé Mitre a creer, en 1880, que se acentuaba la “buena inteligencia” de su país con el Brasil. Dos años después, en 1882, el presidente Julio A. Roca consideraba “inevitable” la guerra con Brasil, una “guerra fatal” a la que ambos países estarían destinados por “contraposición de intereses” y “choque de civilizaciones”, a pesar de que él se empeñase en evitar su estallido.

El Barón de Cotegipe, mientras tanto, mediante discursos en el Parlamento y artículos en la prensa, defendía la necesidad de la “paz armada”, excitando a la opinión pública, que creía cada vez más en lo inevitable de la guerra (Moniz Bandeira, 2004:43-44).

Para despejar todo tipo de dudas, y antes de pasar al análisis concreto de las negociaciones de paz, resulta ilustrativo ver hasta qué punto verdaderamente, la posibilidad de una guerra entre el Imperio del Brasil y la República Argentina fue una posibilidad real y latente durante aquellos años.

Siguiendo a Etchepareborda, puede decirse que el tenso clima reinante en las respectivas cancillerías se traspasó pronto a las páginas de los diarios, cuya polémica contribuía a exacerbar aún más los ánimos. Se configuró, de ese modo, un clima agresivo, que hizo temer -a los más prudentes- la proximidad de un desenlace bélico.

Tanto en Buenos Aires como en Río de Janeiro, los principales periódicos prevenían a sus lectores de las aviesas intenciones del respectivo contrincante (Etchepareborda, 1978:53). Para citar algunos ejemplos,

el Diario de Río, afirmaba, en Junio de 1872: (...) ‘Nuestros soldados ambicionaban una oportunidad en que puedan probar al mundo que nuestros aliados argentinos ninguna parte tuvieron en nuestros triunfos en Paraguay.
‘Una publicación, a pesar de haber sido escrita unos años más tarde, refleja admirablemente el tenso clima existente: ‘una República ambiciosa, inquieta, progresista, que como enemiga irreconciliable ha tratado y tratará siempre que pueda y tenga ocasión de hacer el mayor mal posible (...).
‘Esa República es la Argentina que, desde 1875 en adelante, se ha esforzado de todas maneras en adquirir una escuadra de guerra a la moderna, organizada a la europea y darle instrucción y los medios de acción necesarios. Ella quiere ser el árbitro y la potencia dominadora de la América del Sud, dictándole la ley.
‘Se ve, por tanto, con rabia y envidia, obligada a no salir de sus límites de potencia de tercer orden (...) si sus vecinos se conservan indiferentes y desprevenidos harán de breve y fácil realización’ (ese ensueño).
En síntesis, en el Brasil existía en la década del 70 un real deseo de enfrentamiento y predominio, alentado por todos los órganos de expresión. Tanto en A Reforma, vocero liberal, como por el Jornal do Commercio, conservador, y hasta por el A República, órgano de los republicanos” (Etchepareborda, 1978:61).

En la Argentina, por su parte, y por citar sólo un ejemplo, el órgano del partido de Manuel Quintana, La República, llegó a predicar -por ese entonces- la configuración de una “Santa Alianza” contra el Imperio brasileño (Etchepareborda, 1978:31).

Ahora bien, llegados a este punto, se hace necesario señalar que estas acusaciones cruzadas en la prensa de ambas partes tenían una base real de sustento y no eran meras invenciones de los editores de los respectivos periódicos. Para dar una idea de cuál era la situación imperante, basta con ilustrar algunos de los episodios que tiñeron el período.

Por ejemplo, ya durante la Guerra del Paraguay, había indicios del temor y la desconfianza que se profesaban ambas partes y que harían su eclosión en el período postbélico: los jefes navales brasileños se negaron a ejecutar el plan de Mitre de cercar Humaitá por tierra y aislarla totalmente. Según ese plan, la Escuadra debía forzar el paso de la fortaleza, bajo un inevitable duelo de artillería, para encontrarse luego con las tropas aliadas río arriba.

Tamandaré e Inhaúma sospechaban que Mitre ansiaba que los cañones de Humaitá destruyesen a la Escuadra, debilitando ese instrumento de poder del Imperio en el Plata que era la Marina imperial y, de ese modo conseguir que la Argentina quedara en una posición ventajosa en la posguerra (Doratioto, 2006:460).

Ya en el período posterior a la guerra, a comienzos de 1874, tuvo lugar otro episodio que dio cuenta de cuál era el clima reinante cuando el Vizconde de Caravellas, canciller del Imperio, mantuvo una conversación con el ministro de los Estados Unidos, en la que denunció la intención de la Argentina de fortificar la isla de Martín García, al tiempo que solicitaba la colaboración de la Unión para impedirlo.

La respuesta norteamericana fue terminante: consideraba que la Argentina ejercitaba un derecho inherente a su soberanía y ninguna otra nación podía legítimamente impedírselo. El Imperio insistiría al año siguiente, dirigiendo sus reclamos a las principales potencias europeas, con idéntica suerte (Etchepareborda, 1978:62-63).

Como se advierte, en los más altos círculos imperiales realmente preocupaban los intentos argentinos por militarizarse. Sin embargo, según Doratioto,

A Argentina não tinha condições militares para enfrentar o Império, pois não dispunha de uma Marinha de Guerra, enquanto seu Exército encontra-se ocupado, enfrentando um levante na provincia de Entre Ríos.
Ademais, no plano internacional, essa república encontra-se isolada em relação a seus vizinhos. Os bolivianos reivindicam a posse do Chaco até o rio Bermejo e concentravamtropas na frontera; o Chile, por sua vez, reclamar a posse da Patagônia e ameaçava ocupá-la.
Para superar a inferioridade naval, o'presidente Sarmiento encomendou, na Inglaterra, a construção de oito belonaves de maior porte e uma flotilha de pequeñastorpedeiras.
No plano diplomático, tratou de pôr fim ao isolamento argentino, reaproximando-se de seus vizinhos” (Doratioto, 2004:216-217).

Argentina no tenía las condiciones militares para enfrentar al Imperio, porque no tenía una Marina de Guerra, mientras su Ejército está ocupado, enfrentando un levantamiento en la provincia de Entre Ríos.
Además, a nivel internacional, esta República está aislada de sus vecinos. Los bolivianos reclaman la propiedad del Chaco hasta el río Bermejo y concentran a sus familias en la frontera; Chile, por su parte, reclamó la propiedad de la Patagonia y amenazó con ocuparla.
Para superar la inferioridad naval, el presidente Sarmiento ordenó en Inglaterra, la construcción de ocho barcos más grandes y una flotilla de pequeños torpedos.
A nivel diplomático, trató de poner fin al aislamiento argentino, acercándose a sus vecinos”.

Es decir, pues, que, al menos en apariencia, la Argentina, consciente de su inferioridad, estaba haciendo todo lo posible por armarse, en vistas de una posible guerra con el Imperio. Y tal posibilidad era, por cierto, probable.

Según palabras del ministro español Dionisio Roberts, el canciller argentino Carlos Tejedor envió una nota insultante al Imperio, la cual dio lugar a la opinión generalizada de que indefectiblemente habría guerra, a menos que el Gobierno argentino la retirase. El propio ministro de Relaciones Exteriores del Brasil le habría confirmado a Roberts que, en su opinión, la guerra era inevitable y sólo cuestión de tiempo.

Por último, el diplomático español añade que, al ser enviado Mitre para zanjar las diferencias, éste no sería recibido en la Corte en virtud de que su diario, La Nación, estaba infiriendo insultos al Brasil, a su monarca y a sus representantes (Pomer, 1984:253-254). Ante este panorama,

por precaução, a legação brasileira no Paraguai requisitou ao presidente de Mato Grosso o envio para Assunção do 2° Batalhão de Artilharia (...).
Reforçava-se, assim, a tropa imperial de ocupação que, excluídos os doentes, dispunha até então de 1.200 soldados em condições de combate para se contrapor a uma tentativa de tomada pela força, conforme rumores que corriam, da ilha de Atajo pela Argentina.
Comentava-se que o reforço de Villa Occidental, com mais de mil homens, tinha como objetivo viabilizar essa tomada” (Doratioto, 2004:228).

como precaución, la delegación brasileña en Paraguay le preguntó al gobernador de Mato Grosso, el despacho a Asunción del 2do. Batallón de Artillería.
Por lo tanto, la fuerza de ocupación imperial que, pacientes excluidos, hasta el momento había 1.200 soldados en condiciones de combate para contrarrestar un intento de toma de fuerza, según los rumores que corrían, de la isla de Atajo por Argentina.
Se decía que el refuerzo de Villa Occidental, con más de mil hombres, pretendía hacer esto”.

A este tenso clima prevaleciente, habría que añadir una serie de maniobras de espionaje que el Imperio estaba llevando adelante en la Argentina. Siguiendo a Etchepareborda, cabe hacer mención a una serie de informes militares, dirigidos al ministro de Guerra del Imperio entre Enero y Abril de 1874, por un militar de origen italiano, Roberto Armenio, quien arribó a Buenos Aires en Marzo de ese año de incógnito, previo paso por la isla de Martín García.

Los relatos de este personaje solían caracterizarse por sugerencias al Gobierno Imperial a partir de su análisis de la situación interna argentina. Entre tales sugerencias, cabe destacar algunas, tales como agitar a los partidos políticos paraguayos para impedir una posible alianza del país guaraní con la Argentina; el aprovechar la situación explosiva en la que se encontraba la provincia de Entre Ríos, a partir de acercar una fuerza de observación a sus límites; la conveniencia o no para el Brasil del triunfo de una u otra fracción política en el país del Plata(1); y hasta el desarrollo de proyectos de ataque a la República Argentina, a fin de evitar darle la ventaja de escoger el momento oportuno de iniciar el conflicto, antes que la nueva escuadrilla de ese país tuviese oportunidad de artillarse yequiparse, pues Armenio contaba con la información de que el Gobierno de Buenos Aires habría resuelto, en sesión secreta, destinar gran parte de un empréstito colocado en Londres a la adquisición de nuevos buques de guerra (Etchepareborda, 1978:54-55 y 67 a 70).

(1) “Si los alsinistas resultan triunfantes, la guerra -dice- será inmediata; lo contrario, si fueran los mitristas (...) (sin embargo) es evidente que si el general Mitre resultase victorioso en la elección presidencial, la guerra será postergada (...) para prepararse seriamente y declararla luego que el Brasil se halle en el estado de asegurarse anticipadamente la victoria” (Armenio, citado en Etchepareborda, 1978:68).

Según este mismo autor, el clima de guerra reinante sólo se vio aventado por la enérgica política y de reorganización militar emprendida por Sarmiento(2), por la política de espera que llevó adelante el Brasil, esperando que se desatase una guerra civil en Argentina entre mitristas y alsinistas, lo cual debilitaría enormemente al eventual adversario; y por el cambio de actitud en ciertos sectores políticos en Argentina, tras la asunción de Avellaneda, que prefirieron centrarse en cuestiones de política interna antes que en fomentar el espíritu belicista para con el vecino del Norte (Etchepareborda, 1978:54).

(2) “en cuanto al armamentismo argentino, corresponde decir que fue una política firme del presidente Sarmiento, una verdadera clarividencia, ya que de seguro logró impedir la concreción de los planes imperiales” (Etchepareborda,1978:58).

Para comprender cómo es que se llegó a esta situación de incertidumbre y tensión entre la Argentina y Brasil -especialmente en las décadas de 1870 y 1880- es necesario adentrarse en el análisis de las negociaciones de paz entre estos dos países y el derrotado Paraguay, tras la Guerra de la Triple Alianza.

Al iniciarse las mismas, el delegado argentino, Manuel Quintana, provocó una brusca ruptura en el frente unido cuando solicitó la totalidad del Gran Chaco, ante lo cual el representante brasileño dio su apoyo a la negativa del Paraguay. Esto condujo a la retirada de Quintana de la negociación, dejando la puerta abierta al Brasil para firmar una paz por separado (Peterson, 1970:227).

Dada esta situación, conviene en este punto poner de relieve cuál era la intención manifiesta del Brasil en las negociaciones de paz, en lo que se refiere a la Argentina. Como bien señala Doratioto y se desprende de la situación descrita anteriormente, la política exterior posterior al conflicto, que puso en práctica el Gobierno Imperial, fue la de tratar de evitar que la Argentina se apoderase de todo el Chaco, como estaba determinado en el Tratado de la Triple Alianza.

Con ello, los gobernantes conservadores trataban de evitar que se ampliase la frontera argentino-brasileña, pues consideraban que en algún momento habría una guerra entre los dos países. Así, entre 1870 y 1876, la diplomacia imperial orientó -en la práctica- la política exterior de los débiles Gobiernos paraguayos para que resistieran la pretensión argentina sobre el Chaco (Doratioto, 2006:442).

Coherentemente con esta lógica, a la hora de las negociaciones de paz con el Paraguay, según las instrucciones que recibió el enviado del Imperio, Paranhos, el Tratado de la Triple Alianza signado en 1865 por Argentina, Brasil y Uruguay, debería ser cumplido íntegramente, excepto por, “cualquier modificación que, en el propio interés del Paraguay, se estipule en el Tratado de Paz por mutuo consentimiento de los aliados y del mismo Gobierno paraguayo”.

Con esa excepción, el gabinete conservador brasileño daba los primeros pasos para reducir las concesiones territoriales paraguayas a la Argentina. Según Cotegipe, si elenviado imperial no conseguía tener éxito en ese sentido, el tratado de paz que se firmase con el Paraguay apenas significaría una tregua a la cual le seguiría una eventual guerra con la Argentina (Doratioto,2006:402).

En lo que hace, concretamente, a los términos del acuerdo Paraguay-Brasil de posguerra, según el historiador paraguayo Efraím Cardozo, el mismo puso fin a un pleito limítrofe que llevaba tres siglos deantigüedad en tan sólo veinticuatro horas. Esta agilidad se explica por el hecho de que las fórmulas ya estaban acuñadas y hasta el acta de una supuesta discusión redactada de antemano, así como la designación del plenipotenciario paraguayo encargado de negociar los tratados corrió por cuenta de Cotegipe.

Siempre siguiendo a Cardozo, el tratado reconocía como brasileños todos los territorios que -desde 1750- primero Portugal y luego el Imperio, habían procurado por todos los medios arrebatar al Paraguay, tierras que habían sido descubiertas, conquistadas y colonizadas por este país y que el Brasil jamás había poseído (Cardozo, citado en Pomer, 1984:255).

Pese a la crítica de Cardozo, lo cierto es que

Em Fevereiro de 1872 foram assinados os tratados de paz entre Brasil e Paraguai (...) pelos quais o Império realizou objetivos históricos: a fronteira entre os dois países foi definida no rio Apa e obteve-se a garantía da libre navegação dos rios internacionais.
Esses tratados permitiram ainda a continuidade, por tempo indeterminado, da presença de tropas brasileiras em território paraguaio, isentas de controle alfandegário e de obediência às leis paraguaias (...) para precaver-se contra uma eventual reação militar argentina, a flotilha da Marinha imperial saiu do porto de Assunção (...) De Mato Grosso desceram para a capital paraguaia dois monitores (...) e (...) foi reforçada a divisão naval brasileira no rio Uruguai” (Doratioto, 2004:215-216).

En Febrero de 1872, se firmaron tratados de paz entre Brasil y Paraguay (...) para lo cual el Imperio logró objetivos históricos: la frontera entre los dos países se definió en el río Apa y se obtuvo la garantía de la libre navegación de los ríos internacionales.
Estos tratados también permitieron la continuación, por tiempo indefinido, de la presencia de tropas brasileñas en territorio paraguayo, exentos de control aduanero y cumplimiento de las leyes paraguayas (...) para protegerse contra una posible reacción militar argentina, la flotilla de la Armada Imperial salió del puerto de Asunción (...) Dos monitores descendieron de Mato Grosso a la capital paraguaya (...) y (...) se fortaleció la división naval brasileña en el río Uruguay”.

El motivo del temor brasileño a una reacción por parte de la Argentina era lógico: el Brasil, firmando la paz por separado, no sólo había violado lo acordado en el Tratado de la Triple Alianza, que establecía que las negociaciones se harían conjuntamente entre los tres aliados, sino que, además, había pasado a apoyar las pretensiones territoriales paraguayas.

Por si eso fuera poco, mediante el acuerdo, el Brasil dio un gran paso hacia el establecimiento de su hegemonía sobre el Paraguay y dejó atrás a la Argentina en la puja por el dominio de las vías fluviales internas de comunicación (Peterson, 1970:227).

Entre algunas de las medidas adoptadas por el Brasil -en sus acuerdos con el Paraguay- que perjudicaban directamente a la Argentina, cabe ser mencionado el hecho de que el Gobierno Imperial redujo intencionalmente la indemnización de guerra que debía pagarle el Paraguay. Si bien esta deuda no se cobró, tampoco fue cancelada en las décadas siguientes.

Muchos años después, el Barón de Rio Branco explicó que esa deuda garantizaba la independencia del Paraguay, pues inhibía cualquier intento de anexión de parte de la Argentina ya que, de producirse esa situación, Buenos Aires tendría que hacerse responsable por ese débito de guerra (Doratioto, 2006:444).

Las repercusiones de esta “traición” brasileña no se hicieron esperar en la Argentina. La reacción del Gobierno de Sarmiento no fue militar, como temían algunos en el Imperio, sino que fue política, designando al general Julio de Vedia como Gobernador Militar para el Chaco, con sede en Villa Occidental (Doratioto, 2004:216).

Asimismo, la prensa del país del Plata también reaccionó. Hubo críticas generalizadas contra la firma de la paz por separado entre brasileños y paraguayos. Los diarios, El Nacional y La Tribuna, coincidieron en calificar la política brasileña como “pérfida y desleal” (Doratioto, 2006:444).

Pero, en definitiva, esto no es lo principal. Lo más trascendente de la situación radica en que, como acertadamente apunta Peterson,

la conclusión de los tratados brasileños alteró drásticamente el aspecto de las relaciones diplomáticas entre los ex beligerantes. Brasil, que hasta hace poco había sido la médula de la Triple Alianza, había celebrado la paz con el Paraguay y estaba en una situación favorable que le permitía dominar la política de éste.
La Argentina, aunque había respondido a la dirección brasileña durante la guerra, se encontró con que su aliado le cerraba el camino para un arreglo de sus reclamaciones nacionales contra el antiguo enemigo.
Paraguay, que había sido la causa de la unidad aliada, se había convertido en el hueso disputado por sus vencedores” (Peterson, 1970:228).

Ante esta situación reinante, la Argentina reaccionó, en una primera instancia, a través de la ocupación de Villa Occidental, ciudad enmarcada dentro de los territorios en disputa con el Paraguay.

Utilizando como pretexto la necesidad de contar con una autoridad que concediese permisos para los diversos establecimientos que cortaban madera en el Chaco, Emilio Mitre le informó a Paranhos que había ordenado la instalación de una guarnición militar argentina en dicha ciudad.

En su respuesta, Paranhos se refirió a Villa Occidental como una “antigua colonia paraguaya”, no dejando ninguna duda sobre cuál era la posición brasileña en relación a la posesión de ese lugar. Esa declaración iba en contra del texto del Tratado, que teóricamente era determinante en cuanto a las fronteras de la posguerra y no dejaba margen para la falta de apoyo brasileño.

Teniendo en cuenta que el Gobierno transitorio instalado en Paraguay dependía por completo de los aliados, no hubiera podido protestar contra la ocupación argentina de Villa Occidental de no sentirse respaldado por Brasil. Es más, la nota paraguaya enviada a Emilio Mitre seguía el modelo de los documentos diplomáticos redactados por Paranhos, con lo cual es posible conjeturar que el diplomático imperial haya colaborado en la redacción de la respuesta, si no la escribió en su totalidad.

Este hecho no sería de extrañar pues, según el propio Paranhos, él había sido el autor del decreto de organización política que creó tres ministerios del nuevo Gobierno, y ningún asunto del Gobierno interino era resuelto sin escuchar su opinión (Doratioto, 2006:415-416).

Ante la perspectiva cada vez menos alentadora de contar con el apoyo brasileño en sus reclamaciones, el Gobierno de Sarmiento intentó con otra estrategia, aunque su política exterior en lo referente al problema paraguayo y sus consecuencias directas en cuanto al equilibrio rioplatense -siguiendo a Etchepareborda- no fue por cierto acertada.

Lo menos que puede calificársela es de discontinua y plena de incertidumbres. También puede considerarse que resultó presa fácil del apasionamiento político. La misma tuvo dos fases absolutamente contrapuestas: la primera, conducida por Mariano Varela, configurada en la romántica fórmula de que “la victoria no da derechos a las naciones aliadas para declarar por sí, límites suyos los que el tratado señala”, tendía a discutir con el vencido en un pie franco de igualdad, el pendiente problema de límites. Varela despreciaba la alianza con el Imperio, de quien temía el protectorado sobre el Paraguay (Etchepareborda, 1978: 56).

De acuerdo con el futuro presidente argentino, Carlos Pellegrini, la frase de que, “la victoria no da derechos” fue lanzada por la Argentina para contrariar al Brasil, sin advertir que, en realidad, con ello la diplomacia argentina dejó de lado ventajas materiales que había conseguido con la guerra y cometió un error (Doratioto, 2006:416), puesto que, de esta manera

abandona el Paraguay al monopolio del Imperio... la invención de la teoría sobre la victoria, desnaturalizando el Pacto escrito, reconoce al Paraguay el derecho a discutir los límites del Chaco, le crea una base jurídica; y, al mismo tiempo, ocupa el Chaco militarmente (...) la deserción (argentina) de las negociaciones... produce por separado la firma del Brasil y Paraguay de los tratados definitivos y ruptura del Pacto de Alianza” (Cárcano, citado en Etchepareborda, 1978:57).

La segunda fase a la que hacía referencia Etchepareborda, en cuanto a la política de Sarmiento en relación al Paraguay, fue la acción llevada a cabo por el sucesor de Varela en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Carlos Tejedor. Detrás de este cambio de rumbo se hallaba la omnipresente figura del general Bartolomé Mitre:

O ex-presidente, Bartolomé Mitre (...) se opôs duramente à política argentina nesta questão de limites, levando Sarmiento a alterá-la. Mariano Varela foi substituído por Carlos Tejedor, o qual passou a exigir a aplicação do Tratado da Tríplice Aliança para definir oslimites argentino-paraguaios” (Doratioto, 2004:211).

El ex presidente Bartolomé Mitre (...) se opuso fuertemente a la política argentina sobre este tema de límites, llevando a Sarmiento a cambiarlo. Mariano Varela fue reemplazado por Carlos Tejedor, que comenzó a exigir la aplicación del Tratado de la Triple Alianza para definir los límites argentino-paraguayos”.

Definido por Etchepareborda como un exaltado, belicoso y patriota cabal, que se inspiraba en la ambición, el orgullo y en la susceptibilidad mejor que en la razón, la generosidad y el desinterés, Tejedor replanteó no solamente las máximas exigencias, sino que también pretendía que el Imperio apoyase, aunque sea moralmente, las mismas, acudiendo al mismo tiempo a un lenguaje duro y agresivo con el aliado de ayer, en la crítica de su actitud para con el vencido.

Hay que decir, no obstante, que cierto es que Tejedor encarnaba, en ese instante, los sentimientos de la opinión pública argentina (Etchepareborda, 1978:56). La conclusión a la que llega Cárcano, en relación a todo esto, es que

las contradicciones, confusiones, sugestiones, iniciativas, omisiones, intemperancias y complacencias producidas desde que Sarmiento inaugura su Gobierno, colocan a Brasil en el Río de la Plata y en Sudamérica en una posición de influencia predominante...
Argentina, a pesar de su doctrina de la victoria generosa, está aislada y solitaria (...) la diplomacia especulativa de Tejedor aniquila la diplomacia experimental de Mitre y ofrece con su obstinación un nuevo triunfo a la diplomacia de San Cristóbal” (Cárcano, citado en Etchepareborda, 1978:57-58).

En este contexto, la Argentina

não pode influenciar decisivamente na situação paraguaia. Sua prioridade era obter (...) o respaldo brasileiro para suas demandas territoriais contra o Paraguai. Esse foi o sentido da missão de Bartolomé Mitre à capital brasileira, em 1872, de onde saiu com promessa desse apoio” (Doratioto, 2004:219).

no puede influir decisivamente en la situación paraguaya. Su prioridad era obtener (...) apoyo brasileño para sus demandas territoriales contra Paraguay. Este fue el significado de la misión de Bartolomé Mitre a la capital brasileña, en 1872, de donde se fue con la promesa de este apoyo”.

Y de hecho, así fue. Después de cinco meses de delicadas negociaciones, el protocolo del 19 de Noviembre, obtenido por el enviado argentino, proclamó que el Tratado de la Triple Alianza seguía en pie. El éxito diplomático del general Mitre en Río de Janeiro favoreció su inmediato nombramiento para negociar el tratado definitivo con el Paraguay.

Mitre habría tenido un éxito similar en este encargo,

si sus superiores no hubieran decidido acrecentar sus demandas luego de haber iniciado las negociaciones. Después de obtener la aceptación paraguaya para la entrega del Chaco hasta el río Pilcomayo, además de la cesión del Territorio de Misiones, le llegaron también instrucciones de pedir Villa Occidental.
Esta ciudad, el único centro poblado en el Chaco, estaba situado estratégicamente sobre el río Paraguay, a unas pocas millas de Asunción. Como el Paraguay se negó a entregarla, Mitre debió volver con las manos vacías” (Peterson, 1970:229).

A estas desinteligencias, habría que agregar el hecho de que

Ao chegarem a Assunção, Mitre e o negociador brasileiro, barão de Araguaia, encontraram o governo paraguaio enfrentando uma rebelião e suspeitava-se que nela havia influencia argentina (...).
A chancelaria brasileira acreditava que os revoltosos tinham auxílio material da Argentina, ‘que não se descuida de promover a ruína do Paraguai para melhor dominá-lo’ (...).
Nesse contexto, Mitre não consegue nem avançar nas negociações de paz e definição de limites, nem obter o prometido apoio brasileiro às reivindicações territoriais argentinas (...).
A Argentina era, então, o único país da Tríplice Aliança que não havia assinado os tratados de paz com oParaguai” (Doratioto, 2004:219-221).

Al llegar a Asunción, Mitre y el negociador brasileño, Barón de Araguaia, descubrió que el Gobierno paraguayo enfrentaba una rebelión y se sospechaba que tenía influencia argentina.
La cancillería brasileña creía que los rebeldes tenían ayuda material de Argentina, 'no descuidando promover la ruina de Paraguay para dominarla mejor’ (...).
En este contexto, Mitre ni siquiera pudo avanzar en las negociaciones de paz y en la definición de límites, ni obtener el apoyo brasileño prometido para reclamos territoriales argentinos.
Argentina era, entonces, el único país de la Triple Alianza que no había firmado tratados de paz con Paraguay”.

Tras este nuevo fracaso, el Gobierno de Sarmiento decidió el envío de otra misión, esta vez a cargo del canciller Carlos Tejedor, en Abril de 1875, quien fue a Río de Janeiro a entregar a los representantes brasileños y paraguayos las propuestas de su memorándum, en el cual Villa Occidental seguía siendo la niña de los ojos del deseo argentino, aunque tanto el Brasil como el Paraguay rechazaron la propuesta (Peterson,1970:230).

Con motivo de su viaje a Riode Janeiro para negociar con Tejedor, el entonces presidente paraguayo Jovellanos, se había dirigido al enviado paraguayo, Jaime Sosa, en los siguientes términos:

lo autorizo para efectuar los tratados con la República Argentina, bajo la base de la desocupación inmediata brasileña, por más que a ello se opongan las instrucciones oficiales, que como usted sabe han sido redactadas en la legación brasileña” (Jovellanos, citado en Etchepareborda, 1978:33).

Tras firmarse dichos tratados, el 20 de Mayo de 1875, es cuando los representantes brasileños advirtieron que la maniobra perjudicaba sus intereses en el Paraguay y, en consecuencia, trataron de lograr la desautorización del enviado paraguayo. Si bien esta primera tentativa -por parte del Imperio- falló, finalmente, tras una demora en la remisión de los textos a Asunción, fue posible la acción y presión brasileñas, lo cual derivó en el rechazo del acuerdo argentino-paraguayo (ya para ese entonces, el presidente del Paraguay era Gill, el cual aún se hallaba bajo influencia brasileña)(3).

(3) “al sentirse intimidados por la presencia de las fuerzas brasileñas de ocupación que estaban acuarteladas cerca de Asunción, el Congreso y el presidente paraguayo Juan Bautista Gill, no ratificaron el acuerdo de Río de Janeiro” (Etchepareborda, 1978:33).

Entretanto, Tejedor se retiró de Río de Janeiro sin despedirse oficialmente, irritando aún más los ánimos (Etchepareborda, 1978:33). De este modo, una vez más, el Brasil obstaculizaba los planes argentinos.

Pero pronto el panorama cambiaría nuevamente. A mediados de 1875, Bernardo de Irigoyen asumió la cancillería argentina, convencido de que su país debía actuar para sustraer al Paraguay de la influencia brasileña. Para ello, se debía lograr la retirada de las tropas imperiales de Asunción, solucionar la cuestión de límites argentino-paraguaya y vincular el Paraguay a la Argentina (Doratioto, 2006:446-447).

Para llevar acabo tal cometido, Irigoyen llevaría adelante una política similar a la que en su momento acuñó Varela, al afirmar que la Argentina rechazaba la idea de aprovecharse de las dificultades y perturbaciones de las Repúblicas vecinas para resolver las cuestiones con ellas pendientes.

Esto posibilitó que se retomaran las negociaciones con el Paraguay desde otro punto de vista.

Facundo Machaín, enviado por Gil como ministro extraordinário e plenipotenciário para negociar os tratados de paz com aArgentina, chegou a Buenos Aires em 15 de Dezembro.
Dias depois, em 21, o governo imperial respondeu positivamente ao convitedo governo de Avellaneda para tomar parte nessas negociações (...).
Os tratados assinados entre as duas Repúblicas consagraram todos os objetivos da diplomacia imperial. De fato, eles estabeleceram a desocupação simultânea, pelas tropas brasileiras eargentinas, de Assunção e Villa Occidental, respectivamente; reconheceram a dívida de guerra; e ainda deram a solução desejada peloRio de Janeiro para a questão de limites (...) (além de) manter a independência paraguaia e a soberanía de Assunção sobre oteerritório do Chaco, entre o rio Pilcomaio e a fronteira com o Brasil.
Esses objetivos foram alcançados pela hábil ação diplomática do Império -em contraste com os erros diplomáticos argentinos- respaldada na superioridade mlitar do Império sobre a Argentina” (Doratioto, 2004:231-234).

Facundo Machaín, enviado por Gill como ministro extraordinario y plenipotenciario para negociar tratados de paz con Argentina, llegó a Buenos Aires el 15 de Diciembre.
Días después, el 21, el Gobierno Imperial respondió positivamente al Gobierno invitado de Avellaneda, para participar en estas negociaciones.
Los tratados firmados entre las dos Repúblicas, consagraron todos los objetivos de la diplomacia imperial. De hecho, establecieron el desalojo simultáneo, por parte de las tropas brasileñas, de Asunción y Villa Occidental, respectivamente; reconoció la deuda de guerra; y todavía dio la solución deseada por Río de Janeiro para el tema de los límites (...) (además de) mantener la independencia paraguaya y la soberanía de Asunción sobre el territorio del Chaco, entre el río Pilcomayo y la frontera con Brasil.
Estos objetivos fueron alcanzados por la hábil acción diplomática del Imperio -en contraste con los errores diplomáticos argentinos-, respaldados por la superioridad del Imperio sobre Argentina”.

Imposible no coincidir la última afirmación de Doratioto en relación a los errores diplomáticos argentinos pues, ¿cuál fue el motivo por el cual la Argentina “invitó” al Brasil a participar y tener voz en sus negociaciones con el Paraguay, a desarrollarse en Buenos Aires, siendo que el Brasil, sin consultar a la Argentina y violando los términos del Tratado de la Triple Alianza, había negociado los términos con el vencido en forma separada y anticipada?

La cuestión, en definitiva, es que, después de seis años de tensa rivalidad, la Argentina y el Paraguay terminaron por resolver sus diferencias. El 3 de Febrero de 1876 firmaron tratados de paz, de amistad, comercio y navegación, y de límites. Paraguay cedió sin reservas la Isla del Cerrito, situada estratégicamente en la confluencia del Paraná y del Paraguay, y abandonó su interés en el Territorio de Misiones, ocupado desde hacía ya mucho por la Argentina.

Los litigantes dividieron al Gran Chaco en tres zonas, con límites Este-Oeste, que habrían de seguir el curso de los ríos Verde y Pilcomayo. Paraguay retuvo la zona septentrional, entre Bahía Negra y el río Verde. La Argentina recibió la parte meridional, limitada por el Bermejo y el Pilcomayo.

La cuestión de la propiedad de la zona central, extendida entre el Verde y el Pilcomayo, fue sometida al arbitraje del presidente de los Estados Unidos, Rutherford B. Hayes, quien quedó convencido de la justicia de la causa del Paraguay, acordando -el 12 de Noviembre de 1878- la totalidad de la zona bajo arbitrio al país guaraní, aceptando la Argentina el juicio del presidente norteamericano sin disentir (Peterson,1970:230 y 233).

Así analiza este desenlace, Roberto Etchepareborda, “argumentando que Sosa había hecho concesiones para las cuales no estaba autorizado por su Gobierno” (Doratioto, 2006:446).

pronto se obtiene pleno éxito, aceptándose el arbitraje propuesto por el enviado paraguayo, que satisface nuestra política, al equiparar al vencido con el vencedor, en la defensa de sus derechos.
La Argentina renuncia, espontáneamente, a toda pretensión sobre el territorio comprendido entre la Bahía Negra y el Río Verde. Sólo quedó pendiente del arbitraje el territorio entre el Río Verde y el brazo principal del Pilcomayo, incluyéndose Villa Occidental.
Otra cosa hubiera sido imposible, por el hecho de las suspicacias brasileñas y dado que la Memoria de 1874 de nuestra cancillería, había publicado la opinión de Mitre en favor de la línea del Pilcomayo y, en consecuencia, Paraguay se mantenía irreductible en cuanto a sus pretensiones (...).
La República salía perdidosa, pero satisfecha en su honor y habiendo fijado, para su gloria, principios básicos de carácter internacional” (Etchepareborda, 1978:34-35).

Maximiliano Zuccarino, autor de este escrito, disiente con el autor en el hecho de que nunca tildaría de exitosa una política en la cual el propio país -en palabras de Etchepareborda- saliera “perdidoso”. Y menos aún si ello implicaba la realización de los objetivos de política exterior en la región del histórico competidor brasileño...

Y así es como, con la firma del acuerdo argentino-paraguayo, concluyó lo más arduo de la disputa entre brasileños y argentinos en torno al Paraguay, lo cual habría llevado, siguiendo el análisis de Doratioto, a un relativo desentendimiento por parte de las dos principales potencias sudamericanas respecto de la nación guaraní:

Luego de alcanzar sus objetivos principales en relación con el Paraguay, el Imperio cambió su política en relación a ese país. A partir de 1876 y hasta el fin de la monarquía, en 1889, la vecina República dejó de ser prioritaria para la diplomacia imperial, aunque continuó siendo importante.
La menor presencia brasileña en el Paraguay no sólo fue consecuencia de esa realización de objetivos, sino también del agravamiento de la crisis del régimen monárquico brasileño, que impedía mantener una política externa en el Plata en los moldes de aquélla que se había ejercido en el pasado.
No obstante, Río de Janeiro continuó teniendo lo que se podría calificar como atención preventiva sobre el Paraguay, la que no pretendía alcanzar objetivos bilaterales sino mantenerse alerta ante una posible influencia de la Argentina que, eventualmente, amenazase la independencia guaraní.
A su vez, en esa época, el Gobierno argentino no tenía una política premeditada para absorber al vecino paraguayo. Aunque las relaciones con el Paraguay también continuasen siendo importantes para Buenos Aires, igualmente dejaron de ser prioritarias.
La Argentina tenía sus recursos y atenciones volcados hacia la economía agro-exportadora y al estrechamiento de las relaciones con los países europeos” (Doratioto, 2006:448).

Las apreciaciones de Doratioto, a modo de conclusión de este apartado, resultan parcialmente ciertas. Si bien es un hecho que la atención de la Argentina estaría, de ahí en más, fijada en el mercado europeo y que, siguiendo a Paradiso, la dicotomía entre mercado y fronteras ya no sería tal, atendiendo a la finiquitación de las cuestiones limítrofes pendientes en el Norte del país, también es cierto que las relaciones con el Paraguay nunca fueron “prioritarias” para la Argentina, aunque sí -como señala el autor- continuaron siendo importantes.

Las cifras proporcionadas por Solveira, respecto a la vinculación económico-comercial entre ambos países hacia comienzos del siglo XX y el dominio de la escena política paraguaya por parte de grupos liberales y pro-argentinos hasta 1936, constituyen una prueba cabal de ello.

BIBLIOGRAFIA

* Moniz Bandeira, Luiz Alberto (2004), Argentina, Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al Mercosur. Conflicto e integración en América del Sur, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma.
* Etchepareborda, Roberto (1978), Historia de las relaciones internacionales argentinas, Buenos Aires, Pleamar.
* Doratioto, Francisco (2006), Maldita Guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Emecé.
* Doratioto, Francisco (2004), A ocupação político-militar brasileira do Paraguai (1869-76), en: Castro, Celso; Izecksohn, Vitor; y Kraay, Hendrik, Nova história militar brasileira, Río de Janeiro, Bom Texto.
* Pomer, León (1984), Conflictos en la Cuenca del Plata en el siglo XIX, Buenos Aires, Río Inmóvil Ediciones.
* Peterson, Harold (1970), La Argentina y los Estados Unidos. 1810-1960, Buenos Aires, Eudeba.
* Efraím Cardozo. Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870 (1968-1982), publicadas en La Tribuna, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción.
* Pomer, León (1984), Conflictos en la Cuenca del Plata en el siglo XIX, Buenos Aires, Río Inmóvil Ediciones.
* Paradiso, José (1996), El poder de la norma y la política del poder. 1880-1916, en: Jalabe, Silvia Ruth (comp.), La política exterior argentina y sus protagonistas. 1880-1995, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano.
* Solveira, Beatriz (1995), Las relaciones argentino-paraguayas a comienzos del siglo XX, Córdoba, Centro de Estudios Históricos.

// Todo citado por Maximiliano Zuccarino en https://www.researchgate.net/publication/318402653_La_Argentina_y_Brasil_entre_la_Guerra_del_Triple_Alianza_y_la_Guerra_del_Chaco_el_Paraguay_como_foco_de_disputas_por_la_supremacia_regional

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