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Fallece Domingo Faustino Sarmiento en Paraguay

Terminada la Presidencia, es electo Senador por San Juan. Al informar, como miembro de la Comisión de Negocios Constitucionales, un proyecto de amnistía para los sediciosos de 1874, que otorga la misma muy restrictivamente, la barra del Congreso se expresa con una hostilidad sin precedentes en los anales parlamentarios.

La hostilidad se renueva esa tarde en la calle y se acompaña, en los días siguientes, de artículos periodísticos tan agraviantes, “que no existe dentro y fuera del diccionario insulto que no expresen contra Sarmiento”. La oposición no le perdonaba la indomable altivez de su Gobierno. Simultáneamente, acepta desempeñar la Dirección de Escuelas de la provincia de Buenos Aires.

El 1 de Septiembre de 1880, el presidente Avellaneda le ofrece el Ministerio del Interior; con tal motivo abandona su banca de senador y la Dirección de Escuelas. Son momentos difíciles; en la renovación presidencial aparecen enfrentados Roca y Tejedor.

El primero ha conseguido el apoyo de casi todos los mandatarios de las provincias del Interior; el segundo es gobernador de Buenos Aires y ha recibido la adhesión de Mitre. El enfrentamiento supone reiterar la vieja querella entre provincianos y porteños y su posible derivación en la guerra civil.

Sarmiento encara una serie de medidas que tienden a objetivar la cuestión y alejarla del terreno de la violencia, pero su acción no conforma a ninguno de los dos bandos y debió abandonar el Ministerio que no llegó a ocupar sino cuarenta días. Para su biografía, acaso lo más importante de tan fugaz actuación, fue el recibir y abrazar a Alberdi, que regresaba a la Argentina después de una ausencia de cuatro décadas en el extranjero.

Sin embargo, como el proceso de la renovación presidencial sigue sin resolverse, en Marzo de 1880 se piensa en Sarmiento como candidato de transacción. La candidatura de Sarmiento merece el auspicio de importantes núcleos de la juventud porteña, encabezados por Aristóbulo del Valle y Miguel Cané.

Pero no llegará a concretarse porque los sectores que sostienen a Roca -por una parte- y a Tejedor por otra, se obstinan en sus respectivas posibilidades, y el país desemboca en la insurrección del 80, encabezada por Mitre y Tejedor, movimiento que intenta desconocer la mayoría obtenida por Roca.

Al abandonar el Ministerio del Interior, Sarmiento vuelve a la Dirección de Escuelas de la provincia. Federalizada la Ciudad de Buenos Aires, declarada Capital de la Nación, desempeñará por un año (de Enero de 1880 a Enero de 1881), la Superintendencia General de Escuelas. Renuncia al cargo en conflicto con los miembros del Consejo que integran ese Organismo.

La disidencia, aparentemente administrativa, es en realidad, doctrinaria. Se trata de la orientación laica que a juicio de Sarmiento debe adoptarse, entendiendo por tal no a la escuela atea que combate todas las religiones, sino a la que frente a los diversos credos religiosos debe permanecer neutral.

Cuando se ensancha la disidencia y ella se debate por los periódicos, Sarmiento es abanderado de la escuela laica. La sanción, en 1884, de la ley Nro. 1420, consagra el triunfo de esta orientación.

Las actividades someramente reseñadas no le han quitado a Sarmiento su preocupación por los temas sociológicos que ya evidenciara en el “Facundo”. En 1883 publica el primer volumen de una obra: “Conflictos y Armonías de las Razas en América”, cuyo segundo volumen no llegaría a aparecer. En ella aborda un tema de innegable hondura: es el de la mestización que en América ha resultado de la fusión de la raza blanca con la india y con la negra.

La mestización habría tenido -según Sarmiento- consecuencias negativas, pues aun la blanca originaria de España no tenía una tradición democrática ni hábitos de pensamiento que en la metrópoli habrían sido sofocados por la Inquisición.

En 1884 visita Chile, donde es cordialmente agasajado; a su regreso, al pasar por San Juan, la provincia natal lo conmueve con una recepción nunca vista en cantidad y entusiasmo popular.

Ese mismo año, por ley del Congreso (Septiembre de 1884), se ordena la publicación, a expensas del Tesoro Nacional, de las obras completas de Sarmiento.

Aunque nacido en una provincia flanqueada por la cordillera, Sarmiento no tiene devoción por lo mineral de la montaña... Una sensibilidad biológica poco común le hace buscar -en la pausa de todas sus agitaciones- la compañía de plantas y animales... Su correspondencia particular lo evidencia.

En 1854 le escribe a su gran amigo José Posse, que reside en Tucumán:

He fundado en Mendoza, contra la voluntad de todo el mundo, una quinta que cuenta ya con millares de plantas de todas las variedades... Ahora quiero hacer algo parecido en San Juan, para cuyo fin necesito que me acopies, en grandes cantidades, semillas de pacará, cedro, nogal...”.

Veinte años después, contra la oposición de muchos y la burla de casi todos, Sarmiento, desde la presidencia, crea en la capital el famoso Parque 3 de Febrero... Cosa de loco pareció hacer, tan lejos de la ciudad y con tan malos caminos, el paseo que él previó sería el favorito de Buenos Aires. Ya no era presidente pero, encargado de la ejecución del proyecto, a caballo, con su sombrero de paja, se metía entre los matorrales y pantanos a dirigir personalmente los trabajos...

En 1855, en el delta del Paraná, Sarmiento plantó el primer mimbre. Para el centenario de ese acto, cien millones de plantas de mimbre testimoniaban el acierto de la medida... En fin, si el viento fuera una voz con memoria agradecida, cada vez que sus ráfagas cruzan la llanura poblada hoy por bosques numerosos, el de Sarmiento es el nombre que primero escucharíamos.

Hace ciento diez años, después de afirmar que una “boda” debía terminar con la ancestral “soltería” de la Pampa, él apadrinó el enlace de ésta con ese novio de Australia alto, sano y veloz para empinarse, que llamamos eucalipto...

La pajarera que en un patio del último domicilio porteño Sarmiento cuidara personalmente, reiteraba, con su presencia, su enternecedora simpatía por las aves... Desde las termas de Salta, a donde a los setenta y cinco años ha ido a cuidar algo la salud, le escribe a una nieta y le informa que le han prometido un tordo de Santa Cruz de la Sierra.

Con burlona alegría alude a su sordera y le dice: “Me ahorrará el inútil trabajo de ir al teatro, pues si no es el bombo, poco oigo... En Alemania enseñan a cantar trozos de óperas populares a los pajaritos de las familias...”.

En cierta oportunidad, su viejo amigo “Pepe” Posse le anticipa el envío, desde Tucumán, de un loro hablador, tan excelente, que Posse había pagado por él 25 pesos cuando el precio corriente era de tres pesos... “Lástima -dice Posse- que te encuentres sordo para oírle sus gracias...”. Sarmiento le contesta: “El loro será recibido con la distinción que sus anunciados talentos merecen”.

El loro tucumano llega a Buenos Aires y Sarmiento no le oye decir una palabra; no se trata de su sordera; es que el loro no habla absolutamente nada... Entonces, Sarmiento, olvidado de la zoología, irritado como si se tratara de un ser humano que no le entiende o no quiere contestarle, le despacha a Posse un telegrama: “Pepe: tu loro es un animal...”.

Tenía aristas, porque tuvo ideas y voluntad para imponerlas... Pero si esas aristas le hicieron ser muchas veces tremendamente injusto, no fue innecesariamente cruel. La bilis y la sangre no mezclaron en él sus ingredientes.

Lo prueba el buen humor con que a los setenta años gozaba las alternativas del combate ideológico y, camino del periódico desde el cual devolvía los zarpazos adversarios, pudo decir con malicia: “La guerra hay que hacerla, pero hacerla alegremente...”.

La vejez no le trajo mutilaciones ni desfallecimientos penosos; hasta sus últimos días, es verdad documentada que “había vivido en éxtasis permanente del entusiasmo”.

Se han exagerado sus jactancias. Se desconocen en cambio sus frecuentes consultas, sus sinceros pedidos de juicios críticos para sus libros, su solicitud para que le fueran señalados en sus trabajos los errores que resultara menester eliminar. No ignoraba sus limitaciones.

En una oportunidad, para justificarlas, expresó: “Empecé a ser hombre entre la navegación a vela y el vapor que comenzaba. Mis ideas participan de estos dos ambientes”.

Hizo de las apariencias un arma de educación de la ciudadanía. Para preservar la dignidad del cargo de Presidente de la República, arrugada por ciertos embates del desenfreno callejero, creyó conveniente adquirir una carroza. Se exhibió dentro de ella poniendo, entre la multitud y el decoro del cargo, una aislación que, si impidió los arrebatos, multiplicó las burlas.

Se lo creyó orgulloso; la presidencia lo mareaba, dijeron sus adversarios... No era verdad; siguió siendo, cuando dejó la más Alta Magistratura, el hombre sencillo capaz de contestar a Avellaneda, el nuevo presidente que le invitaba a solicitar lo que deseaba y pudiera remediar su pobreza:

Déjeme el edecán militar y el derecho de franquear la correspondencia”. Y fue su elección de Senador por San Juan lo que le facilitó los recursos para subsistir...

No podía ser solemne quien adornaba las paredes de su retiro campesino en el Delta próximo a Buenos Aires, con las caricaturas que lo ridiculizaban. No podía ser solemne quien desde Nueva York, en carta a un amigo y a propósito de la educación de las hijas de éste: “Estoy contentísimo de que aprendan inglés. Que toquen el piano y cultiven todos los talentos agradables. Yo me estoy poniendo viejo y necesito quien me haga dormir con una pieza de música...”.

Ha cumplido hace rato los setenta años y tras ocupar en el país todas las jerarquías de la vida pública, tiene el alboroto retozón de los nietos, el halago de amigos extranjeros y del país con quienes mantener correspondencia, buenos libros para seguir leyendo, pájaros y plantas que cuidar en su casona de la calle Cuyo...

¿Por qué no quedarse tranquilo y vivir ese sosiego rodeado del respeto patriarcal que al fin parece ha logrado inspirar, al menos a una parte de sus compatriotas..?

Pero un Sarmiento sosegado dejaría de ser Sarmiento... Desde 1885, atento a la realidad que desfila ante él, no se conforma con las luchas realizadas y no se callará... ¿Acaso lo que ocurre en esos días son los finales de la primera presidencia de Roca, no constituye un reniego de la vieja fe sarmientina en el progreso y en la justicia de la civilidad..?

Sarmiento funda “El Censor”. Y hundirá su pluma, hecha bisturí, en los focos purulentos de la economía y sociabilidad argentina... Por supuesto, el viejo luchador no usará esa anestesia de las ironías elegantes o los circunloquios que callan nombres propios para capitalizar prudencias...

Vuelve a ser el Sarmiento del “Facundo”... No está Rosas en el Gobierno, pero eso poco importa ... Sobran los males y los malandrines ... Y subido a ese mangrullo que es “El Censor”, no son molinos de viento lo que va arremeter...

Desagradado porque algunos de los jefes egresados del Colegio Militar por él fundado, se han convertido en elementos de fuerza para servir la política del presidente de la República, escribe:

... Raro destino el de las instituciones humanas. Puede el lector imaginar las ilusiones que se haría el creador de las Escuelas Militar y Naval. Llamada la República Argentina a ser -por su colocación geográfica- la segunda edición de los Estados Unidos, esperaba reducir el Ejército a las estrictas necesidades de la frontera...
Pero nosotros, los americanos del sur, hemos descubierto un modo de dar empleo a los Ejércitos sin guerra, porque no hay enemigos; y es gobernar con Ejércitos creándolos superiores a nuestros medios y sin proporción con la población...(1).

(1) “El Censor’’ del 25 de Febrero de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Y es que, afirmaba Sarmiento:

... El Ejército no ha servido durante la Administración de Roca sino para avasallar las libertades públicas. Desde el primer año del Gobierno del general Roca se hizo manifiesto el propósito de formar un Ejército formidable, doblando su efectivo, precisamente cuando desaparecía por completo toda amenaza de conflicto exterior, cuando las fronteras no exigían sino fuerzas muy limitadas y cuando la paz interna misma no podía ser perturbada.
El Ejército Argentino tiene otra misión que la de avasallar las libertades públicas; pero sólo sirve para asegurar el Gobierno de la familia de los Roca y pasarla a la de Juárez.
Entró Roca al Gobierno y entregó la Policía de Buenos Aires a su primo, quien pidió en el acto un aumento de 700 plazas. De civil que era y lo es en todo país civilizado, la Policía de Buenos Aires se ha hecho militar y ha sido dotada de armas de guerra(2).

(2) “El Censor” del 1 de Abril de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Severo con la irresponsable rutina de muchos de los grandes estancieros, señala estos conceptos:

... No quieren saber nada de derechos, de impuestos a la Hacienda. Quieren que el Gobierno, quieren que nosotros, que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggan, a los Cano, a los Leloir, a los Pelero y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas.
En ese estado está la cuestión, y como resulta que las Cámaras están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sombra del ombú de la pampa y a la puerta del rancho de paja(3).

(3) “El Censor” del 9 de Enero de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La industria ganadera, la única verdaderamente nacional, carece entre nosotros del gran desenvolvimiento que tiene en otros mercados más perspicaces y previsores. Nos hemos limitado a la cría de ganado sin otro horizonte que el saladero, fuera de los canales de abasto.
La cruza y mejora de razas cuenta muy pocos años en nuestros mejores establecimientos. El estanciero criollo no tiene iniciativas, obedece a la tradición colonial de las procreaciones naturales, a la explotación primitiva de cueros y lanas, que todavía se exportan tal como resultan de la esquila.
Tenemos datos sobrados para demostrar que la exportación en condiciones frigoríficas asegura la prosperidad del comercio que se consagre a ella. Pero se nos preguntará si ésta es una seguridad absoluta, por qué no se exponen los capitales interiores, los capitales excedentes de los mismos ganaderos, ricos, muy ricos, en su mayor parte.
Nuestros hacendados no entienden jota del asunto y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear, que meterse en negocios que los llenarán de aflicciones(4).

(4) ‘‘El Censor”, Enero 21 de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En otro orden de cosas, pero siempre referidas a concretos aspectos de la Argentina de entonces, Sarmiento anticipa, desde “El Censor”, los resultados de un uso ruinoso del crédito financiero, ligado a su vez al despilfarro de la tierra pública:

... Para obtener un empréstito se ha necesitado cargar a nuestros hijos 15 millones de comisión y usura, no recibiendo sino el resto de los pretendidos 42 millones, pero reales, para pagarlos por su valor nominal a los acreedores y, a más de las usuras de 15 millones tenemos que mantener un Ejército de 10.000 hombres y una Marina formidable, y a los que lo contrajeron, y en menos de un año la patria, agradecida a sus guardianes armados, ha desbaratado 100 millones de valeres en tierras públicas adjudicadas al precio de 400 nacionales cuando valen 10.000 fuertes en unas regiones y hasta 3.000 en las menos favorecidas(5).

(5) ‘‘El Censor”, Enero 1ro. de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Y en una acusación pública, acaso impar en la historia argentina por la importancia del problema y la jerarquía del remitente y del destinatario, escribe Sarmiento:

¿...En virtud de que ley el general Roca, clandestinamente, sigue enajenando la tierra pública a razón de 400 nacionales la legua que vale 3.000? El presidente Roca, haciendo caso omiso de la ley, cada tantos días remite por camadas -a las Oficinas del Crédito Público- órdenes directas, sin expedientes ni tramitaciones inútiles, para que suscriba a los agraciados, que son siempre los mismos, centenares de leguas.
Allí están los Libros del Crédito Público que cantan y en alta voz para todo el que quiera hacer la denuncia al fiscal. Al paso que vamos, dentro de poco no nos quedará un palmo de tierra en condiciones de dar al inmigrante(6).

(6) ‘‘El Censor”, Diciembre 18 de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Los artículos de “El Censor” fueron el final zarpazo del viejo luchador... En el mismo periódico aparecieron después dos libros suyos: “Vida y Escritos del coronel Don Francisco J. Muñiz”, sin duda el primer hombre de ciencia argentino (paleontólogo, geólogo, médico) fallecido en 1871, víctima de la fiebre amarilla; y “Vida de Dominguito”, el último libro de Sarmiento, donde el autor de “Facundo” evoca al hijo muerto a los 21 años en Curupayty.

Desde 1886, la salud de Sarmiento flaqueaba. Una afección cardíaca, cuyo episodio inicial se remontaba a 1876, le obligó a eludir los inviernos porteños y viajar al Paraguay (mediados de 1887). Allí, sin duda, el clima lo mejoraba y por eso volvió, en Marzo de 1888, a marchar para Asunción...

No paso de este año”, habría dicho al partir. Sin embargo, en la capital del país hermano, tuvo todavía los entusiasmos de la alegría y la salud para vigilar la instalación de una casa de hierro isotérmica traída de Bélgica; plantar árboles, regar plantas; agasajar a Aurelia Vélez Sársfield que, acompañada de familiares, se llegó allí a visitarlo en el mes de Julio; buscar, mediante la perforación de un pozo, el agua necesaria para su residencia y, para inaugurar ésta, preparar una fiesta...

Pero el pronóstico irremediable no se aplazaría. En los primeros días de Septiembre, agravada la dolencia, fue necesario -para aliviarlo- sentarlo en un sillón... El 10 de Septiembre, el enfermo mismo pidió que lo acostaran y Sarmiento falleció en la madrugada del 11 de ese mes...

El Gobierno paraguayo decretó tres días de duelo para ese país... Los restos de Sarmiento, envueltos -de acuerdo a sus deseos- en las banderas de las cuatro naciones a las cuales sirviera: Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, embarcados en el vapor “Alvear”, llegaron a Buenos Aires y fueron inhumados en la Recoleta, el 21 de Septiembre. Se pronunciaron treinta y un discursos. Pellegrini, vicepresidente de la República, expresaría en el suyo: “Sarmiento fue el cerebro más poderoso que haya producido la América...

Pero acaso el más maravilloso de los homenajes tributados a Sarmiento, fue el registrado cuando, al bajar sus restos por el Paraná, poblaciones hubo que, al paso de ellos, permanecieron en la orilla del río arrodilladas y llorosas, hasta que el barco se perdía de vista...

Sarmiento es, en escala individual, alto don que el Destino le ha otorgado a la República. Pocas veces en la historia de los pueblos se da la conjunción, excepcional, de una vida con la doble virtud del pensamiento avizor y de la acción militante. Pocas veces en la historia de los pueblos, un mismo individuo es capaz de esta doble condición, sin demorarse en la marcha de las generaciones.

El hombre que avanzó codo a codo de Echeverría y de la generación del 37, es el mismo que a los setenta años acaudilla la generación del 80... Sin detenerse, su veteranía de combatiente ignoró jubilaciones. Y aludiendo a quienes vivían calumniándolo, afirmó: “A fuerza de abnegación personal, llegué a empequeñecerme tanto a los ojos de los aventureros felices, que vine a ser la piedra de esquina en que alzaban la pata todos los perros”.

La calumnia de hoy sigue alzando su pata sobre Sarmiento, aunque la piedra haya alcanzado la jerarquía del mármol hecha estatua... Pero las flechas que se disparan contra él, si a veces logran alcanzarlo, no lo detienen y sólo le llegan para golpearlo en las recias espaldas desdeñosas. Porque en la patria de los argentinos no hay honda ni arco que haya podido quitarle a la vida de Sarmiento su rumbo y su jefatura de vanguardia. 

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