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PRESIDENCIA DE JUAREZ CELMAN

Miguel Juárez Celman ejerció a la vez la dirección del Gobierno y del grupo oficial, de manera todavía más absorbente y visible que Julio Argentino Roca. Los parciales añadieron una calificación excluyente al título que señalaba la jerarquía de aquél dentro del partido, convirtiéndolo en el “jefe único”, de donde nació el nombre de unicato que se aplicó al sistema.

El concepto se tradujo en una intolerancia que no sólo impidió la resurrección de las agrupaciones rivales, sino que llegó hasta aventar del escenario -conforme se verá- a las afines que no resultaban gratas.

El ideal político parecía cifrarse en una mansa unanimidad. Tan uniforme era este deseo, que el propio presidente no tuvo empacho en decir que el apartamiento de los gobernantes bonaerenses -los únicos alejados de su influencia- se debía a simple merced suya.

En 1887, al referir que Buenos Aires y otras provincias habían elegido nuevos gobernadores, empleó palabras inequívocas: “a pesar de la vecindad de la primera, de sus grandes vinculaciones con la capital, de su poderosa importancia en el orden político y económico de la nación y de no ser para nadie un problema que el apoyo acordado por la autoridad que invisto a uno de los partidos en lucha habría dado por resultado la formación de un Gobierno local sujeto, en cierto modo -por los antecedentes de su origen- a la actualidad nacional, mi prescindencia en la política electoral de la provincia ha sido absoluta(1).

(1) Juárez Celman. Mensaje al Congreso (Mayo 9 de 1887), en: H. Magrabaña, “Los mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo IV, p. 176. Buenos Aires, Comisión general del Centenario, 1910, (5 volúmenes). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XVI: “El Unicato”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El presidente conservó a su lado -junto a los nuevos ministros, doctores Norberto Quirno Costa y Filemón Posse y general Eduardo Racedo- dos de los colaboradores de Roca, los doctores Eduardo Wilde y Wenceslao Pacheco, a quienes entregó las carteras que serían las más espinosas, o sea, las del Interior y Hacienda.

Esto no fue óbice para que se separara de su antecesor el cual, empero, se resistía a formalizar la ruptura, rehusando astutamente los combates sin provecho en gracia a la máxima de “desensillar hasta que aclare(2).

(2) Mariano de Vedia. “Roca (París, Cabaut y Compañía)” (1928), p. 160. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XVI: “El Unicato”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

De distinto modo se condujeron los católicos militantes que jamás perdonaron al gobernador que había implantado la enseñanza laica en Córdoba ni al senador actuando que, actuando de leader en el Congreso, había conseguido extenderla a toda la República. El presidente acentuó esta divergencia en 1888, cuando gestionó y obtuvo la ley de matrimonio civil.

Contrastaba la calma política con la profunda crisis económica que se diseñaba. El delirio de la especulación y del derroche trascendía en los presupuestos con déficit, la deuda pública aumentada y las exportaciones disminuidas. El Gobierno pensaba que la vitalidad del país soportaría todos los excesos y el pueblo participaba del desbarajuste, dejando que el materialismo reinante adormeciese la inquietud cívica.

Acaso -reconocía Juárez Celman- “el bienestar que la actualidad produce haya convencido a la gran mayoría de los argentinos de que no existen por el momento necesidades premiosas que les obliguen a organizarse(3).

(3) Juárez Celman. Mensaje al Congreso (Mayo de 1889), en: H. Magrabaña, “Los mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo IV, p. 341. Buenos Aires, Comisión general del Centenario, 1910, (5 volúmenes). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XVI: “El Unicato”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Llegada la hora de la liquidación, Estrada pintó con tonos sombríos el estado de la República:

Veo bandas rapaces -dijo- movidas de codicia, la más vil de todas las pasiones, enseñorearse del país, dilapidar sus finanzas, pervertir su Administración, chupar su sustancia, pavonearse insolentemente en las más cínicas ostentaciones del fausto, comprarlo y venderlo todo, hasta comprarse y venderse unos a otros a la luz del día. Veo más.
Veo un pueblo indolente y dormido que abdica sus derechos, olvida sus tradiciones, sus deberes y su porvenir, lo que debe a la honra de sus progenitores y al bien de la posteridad, a su estirpe, a sí mismo y a Dios, y se atropella en las Bolsas, pulula en los teatros, bulle en los paseos, en los regocijos y en los juegos, pero ha olvidado la senda del fin y va a todas partes, menos donde  van los pueblos animosos cuyas instituciones amenazan desmoronarsae, carcomidas por la corrupción y los vicios.
La concuspicencia arriba y la concuspicencia abajo(4).

(4) José Manuel Estrada. Discurso en el frontón Buenos Aires (Abril 13 de 1890), en “Unión Cívica (su Origen, Organización y Tendencias)” (1890), p. 92. Ed. Landenberger y Conte, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XVI: “El Unicato”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

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