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Exito del Acuerdo

Los modernistas tuvieron dos adversarios de fuste: Bartolomé Mitre, que preveía el irremediable desmoronamiento del influjo cívico; y Julio Argentino Roca, percatado del eclipse que lo amagaba.

Inmediatamente de proclamarse la candidatura de Roque Saenz Peña, ambos prohombres reanudaron el Acuerdo, verosímilmente con el designio de que polarizase el consenso general el doctor José Evaristo Uriburu quien -a fuer de diplomático alejado del país durante cerca de veinte años y de político sin partido propio- compendiaba el doble aliciente de allanar resistencias y resultar inocuo para los predominios ajenos.

Carlos Pellegrini terció otra vez en el ajuste y en Febrero de 1892 impuso el nombre del doctor Luis Saenz Peña, padre del candidato opuesto y hombre ya septuagenario, a quien hacía poco sacó de su retiro para exaltarlo a ministro de la Corte Suprema. El efecto de esta decisión fue mortífero para los modernistas.

El 19 de dicho mes, el doctor Roque Saenz Peña publicó una carta en la que expresó el deseo de que fuera la suya la primera adhesión que su padre recibiese. Las Convenciones de los cívicos y de los autonomistas nacionales erigieron oficialmente, el 6 de Marzo, las candidaturas de don Luis y Uriburu para la presidencia y vicepresidencia.

El 7 de Febrero habíanse realizado los comicios de Diputados Nacionales, ganando los acuerdistas en la Capital; el 10 de Abril debían efectuarse los de Electores. Una semana antes de esta fecha, el presidente denunció una conspiración radical, decretó el estado de sitio y detuvo a Leandro Alem y a otros ciudadanos. En tales condiciones, el triunfo del Acuerdo fue abrumador: Bernardo de Irigoyen sólo obtuvo la mitad de los votos de Mendoza.

El 24 de Mayo, ante el Congreso otra vez presidido por Roca, Pellegrini expuso su pensamiento político con la franqueza que constituía el sello de su carácter. Dijo que el país no estaba preparado aún para la lucha comicial, como lo probaron las elecciones del 7 de Febrero en la metrópoli donde, a pesar de las garantías ofrecidas por las autoridades “pudo observarse, no el movimiento de un pueblo que concurre al ejercicio tranquilo de un derecho, sino el silencio triste e imponente de una ciudad que espera por momentos ver sus calles y los atrios de sus templos convertidos en campos de batalla”.

Propuso el programa de mantener abierto el comicio en la metrópoli y abandonar las tentativas sediciosas en las provincias:

Puede asegurarse hoy -afirmó- que la Capital gozará, por mucho tiempo, de plena libertad electoral; y nadie ignora la natural y poderosa influencia que ella ejerce, en bien y en mal, sobre toda la República.
Hará más esa influencia en favor de nuestras instituciones, que todas las revoluciones y reacciones violentas, rezagos del caudillaje aún no desarraigado por completo de las costumbres e inclinaciones de nuestras masas”.

Había que cuidarse de los ideólogos:

Todas las garantías constitucionales, todas las leyes reglamentarias, serán siempre letra muerta allí donde la idea y el sentimiento que las inspira no broten de la masa y sean las que rijan suconducta.
Si hay razas que se suponen las únicas aptas para la práctica verdadera de las instituciones libres, es porque ellas vienen practicando desde hace siglos y porque las ideas y sentimientos políticos de esos pueblos se han formado y adaptado a ese molde a través de muchas generaciones.
Nosotros ni hemos tenido de quién heredar esos hábitos, pues seguramente no podían transmitirlos los audaces y bravos que descubrieron y dominaron nuestra América, ni mucho menos las razas indígenas que han servido de base a la gran masa de nuestra población”.

Si escéptico era su juicio sobre la democracia argentina, decididamente pesimista era el que abrigaba respecto de quienes querían transformarla instantáneamente:

La obra de nuestra regeneración es obra de largo aliento y paciente labor; y es necesario que hombres y partidos políticos se convenzan de que lo que nuestro país -puedo decir nuestras América- necesita, no son grandes americanos ni libertadores ni restauradores más o menos ilustres que, invocando leyes, libertades y principios, empiezan por incitar a la anarquía y la violencia y acaban, cuando triunfan, por suprimir todo Gobierno regular y reemplazarlo por su imperio personal y despótico(1).

(1) Mensaje, en: H. Magrabaña, “Los mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo V, p. 46. Buenos Aires, Comisión general del Centenario, 1910, (5 volúmenes). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XVII: “El Acuerdo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

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