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Insurrección nacional de 1893

Desde la renuncia de Del Valle, la insurrección radical esperaba por momentos. Por fin estalló al calor de un conflicto acaecido en Tucumán.

El Colegio Electoral de esta provincia -Cuerpo permanente que se renovaba por terceras partes cada año- debía nombrar gobernador el 16 de Agosto de 1893 pero, no pudo hacerlo, porque lo prohibió el mandatario saliente, doctor Próspero García, quien consideraba que era imposible efectuar elecciones francas durante el estado de sitio.

García deseaba postergar el acto para después del 31 de Agosto, fecha en la que cesaba un tercio de los electores, entrando personas que asegurarían la designación de un pretendiente amigo. El mismo día 16, la mayoría del Colegio requirió la ayuda federal.

El 28, Quintana la denegó y expuso que el estado de sitio no impedía a los peticionantes cumplir sus tareas con igual libertad a la que disfrutaban las otras autoridades. El gobernador anuló los efectos de esta tardía respuesta, estorbando con la Policía la reunión de los Electores.

Llegado el mes de Septiembre, el tercio recién incorporado, unido a algunos colegas antiguos que asistieron por propia voluntad y a otros compelidos por la fuerza, designó gobernador al candidato de García; mientras tanto, los demás electores pedían la Intervención. El período del nuevo mandatario debía empezar el 15 de Octubre.

El 17 de Septiembre, los radicales de Tucumán se alzaron contra el Gobierno local. La lucha fue recia, porque García y sus adictos establecieron cantones en varios edificios públicos, desde donde les resultaba posible dilatar el triunfo de la sedición.

El Ejecutivo terció, envianedo un batallón de línea, con el pretexto de proteger los establecimientos nacionales. Parece ser que en medio de la pelea, el jefe de la tropa ordenó el desalojo de una posición rebelde, cuyos fuegos incomodaban a cierta oficina oficial, y facilitó armas y municiones a los gubernistas, que no podían hallarlas en ninguna parte.

Tal actitud molestó a los oficiales y soldados, que redujeron a prisión a su comandante y fueron a engrosar las filas sediciosas. El 20, los caudillos del alboroto avisaron a García que se proponían derrocar, fuera de los poderes tucumanos, a los propios federales. En el acto quedaron dueños de la provincia.

El 21, partió de Buenos Aires para Tucumán una división, fuerte de mil doscientos hombres, bajo el mando de Bosch. Acompañábalo Pellegrini, sin investir cargo alguno, fiel a su carácter fatal de leader indiscutido en los tiempos difíciles.

Fue creencia unánime la de que sólo la energía del ex presidente y el arrojo del general evitaron que los regimientos se levantasen contra las autoridades federales. La misión consistía en reprimir a los rebeldes, prescindiendo de los asuntos internos de la provincia.

Que la revuelta tomaba un cariz decididamente nacional hízose visible el 24: en la Ciudad de Santa Fe, una compañía de línea amotinada, unida a los radicales bajo la dirección de Candioti, obligó al general Bernal -comisionado provisorio- a guarecerse en el Cabildo y, en el resto de la provincia, casi todos los pueblos cayeron en poder del mismo grupo, incluso Rosario, donde Alem se proclamó presidente de la República. Subleváronse dos cañoneras surtas en el Tigre y también el monitor “Andes”, que andaba por el Paraná.

De ahí no pasaron los radicales. El 25, las fuerzas gubernistas reconquistaban a Tucumán; el 26, reforzado Bernal con contingentes llegados de Entre Ríos, Candioti tuvo que sometérsele; el 27, las cañoneras fueron dominadas por los buques de la Escuadra; y el 30, mientras se rendía el “Andes”, marchaban sobre Rosario, Bosch desde Tucumán, Arredondo desde San Luis -vuelto al servicio con el doble empleo de comisionado en esa provincia y comandante de la Circunscripción de Cuyo- y otros tres Generales desde distintos puntos de la República.

El mismo día, el ministro de Guerra colocaba a Roca al frente del Ejército, obviando las rivalidades que podrían producirse entre los cinco jefes superiores que a la sazón actuaban.

Muy satisfecho de su éxito, el general Campos se trasladó rápidamente a la Casa de Gobierno y comunicó la noticia al presidente, que la recibió con igual alborozo.
El despacho presidencial estaba lleno. Hallábanse allílos ministros, casi todos los senadores y numerosos diputados...
Campos tuvo que agradecer muchas felicitaciones, pero uno de sus mismos colegas del gabinete lo llamó aparte y le dijo:
‘ - ¿Qué has hecho, Luis María?; ¡has entregado otra vez a Roca el Gobierno del país!’(1)

(1) Vedia. “Roca”, p. 173. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIX: “El Gabinete Quintana”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La imprevista ascensión del casi olvidado político debió ser sin duda desagradable para Quintana. El 2 de Octubre, Roca tomó a Rosario sin necesidad de combatir.

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