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MIGUEL JUAREZ CELMAN, 6to. PRESIDENTE

¿Cómo era la Argentina cuya Presidencia, mediante procedimientos electorales fraudulentos, alcanzaba Miguel Juárez Celman en 1886?

En 1886 votaron 61.900 personas (el 2 % de la población total). El Colegio Electoral estaba constituido por 213 Electores, de los cuales el 79 % votó por Juárez Celman, el 15 % por Ocampo y el 6 % por Irigoyen.

Provincia Juárez Celman Ocampo  Irigoyen
Buenos Aires 31
Capital Federal 22
Catamarca 12
Córdoba 26
Corrientes 15
Entre Ríos 18
 Jujuy  8
 La Rioja 8
 Mendoza  10
San Juan 10
San Luis 10
Santa Fe 11
Santiago 18
Tucumán 1 13
TOTAL 168 32 13

(1) Fuente: Biblioteca del Congreso de la Nación. Dirección de Referencia Legislativa.

Desde 1880, con la federalización de Buenos Aires, con la unidad monetaria, con el convergente trazado de la red ferroviaria en función de la absorbente actividad comercial del puerto de la Capital, etcétera, se había favorecido una política que deformaba las tradicionales autonomías provinciales y facilitó la aparición del “unicato”.

Así se denominó a un sistema que centralizaba en el Presidente de la República -además de este cargo- la jefatura del partido; respetando las formas legales, el Unicato había creado una autoridad que -en la práctica- reducía a muy poco los otros poderes del Estado.

En el orden económico, una creciente inmigración, acompañada de una creciente inversión de capitales extranjeros, había desatado en el país una euforia que desbordaba realidades...

Sobre las tierras quitadas al indio, después de la Campaña del Desierto, se planeaban ferrocarriles, cuya concesión se otorgaba con irresponsables facilidades, alentando la especulación...

En la Capital, la ciudad mostraba una fiebre de construcciones, una urgencia de fastuosidad que, ejemplo concreto, echaba abajo -en 1887- el Teatro Colón, edificado hacía apenas treinta años...

El lujo por lo suntuario se evidenciaba en los palacetes levantados en la Avenida Alvear, en los rubros de la importación: carruajes atalajados con “troncos” de caballos finos a la parisiense, joyas, vestidos... En la servidumbre doméstica se consideraba de indispensable “buen tono”, el portero “gallego” y el “chef” de cocina con ayudantes franceses para preparar un “menú”, que había desterrado al clásico puchero...

El lujo desembocó en la codicia y ésta en el juego; parecieron lentas las ganancias que pudieran lograrse con proyectos... y la Bolsa de Comercio, instalada en un palacio edificado en 1885, y ampliado en 1887, pronto resultó insuficiente...

En la Bolsa se centralizaban las cotizaciones de las Cédulas Hipotecarias, acciones del Banco Nacional y, especialmente, las que reflejaban el valor de la moneda en comparación con el oro...

Pero no solamente se juega en la Bolsa, apostando a los altibajos de los valores mencionados; se juega en las casas particulares y en multiplicados garitos aristocráticos y plebeyos; se juega en los dos hipódromos (el de Palermo y el de Belgrano); se juega en los Cuarteles, en las festividades religiosas celebradas en Luján, en honor de la Virgen Patrona de esa ciudad; se juega apostando en los frontones, en oportunidad de los juegos de la pelota vasca, el deporte más “popular” de entonces, estimulado con frecuencia por el arribo -para participar en él- de jugadores llegados desde Europa...

El juego y el lujo fueron, así, en la Argentina de ese final de la década iniciada el 80, como la latitud y la longitud que permiten ubicar exactamente un barco para, en caso de naufragio, enterarnos de dónde partió el pedido de salvación...

¿Qué factores concretos parecían justificar semejante tipo de vida que expresaba con su ritmo a una sociedad en la cual era muy difícil deslindar las posibles metas de progreso de aquellas otras que sólo serían alucinaciones y quimeras..?

La conquista del desierto había resultado algo así como romper el molde geográfico dentro del cual creciera la Nación...

En pocos años, extensas llanuras se incorporaban cual campos de pastoreo destinados a animales que se refinaban, pues las nuevas técnicas del frío posibilitaban las cámaras frigoríficas y que Europa calculara, para su mesa, las carnes argentinas... La expansión de la agricultura permitía al país, desde 1881, no importar el trigo destinado al pan...

El desierto empezaba a no ser tal: a fines de 1889 se hallaban en explotación y construcción, 11.600 kilómetros de vías férreas, pero ya estaban concedidas autorizaciones legales, para construir 38.000 kilómetros más...

Y a la afluencia de las inversiones ferroviarias se sumaba la respirante de las densas caravanas humanas; en 1889, Buenos Aires -provisto de un puerto que mejoraba la recepción de los navíos- veía llegar 200.000 inmigrantes, cifra que casi duplicaba la de los arribados en 1888.

La electricidad hecha luz en la calle Florida deslumbraba, desde 1888, a los porteños... Ya repiqueteaban en los domicilios las campanillas de los primeros teléfonos que acortaban las siestas, pero facilitaban apurar los negocios... En este Buenos Aires dinamizado por las transacciones comerciales, la sección oferta de terrenos para edificar era la más leída en los periódicos...

Nadie se creía inhibido, por razones éticas, de participar en las especulaciones programadas. En Enero de 1888, el Registro Público anota la formación de una sociedad que, con fines de colonización, explotará ocho leguas y media cuadradas de tierra en la provincia de Córdoba; integran la nómina de los principales accionistas el propio presidente de la República, doctor Juárez Celman, y el doctor Angel Sastre, este último a cargo del Juzgado Comercial en el cual se inscribe la flamante sociedad(2).

(2) Diario “La Nación”, (Buenos Aires), edición del 26 de Enero de 1888. Las tierras a colonizarse estaban situadas en Cruz Alta, Departamento de la Unión, provincia de Córdoba. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Un contemporáneo de él y de la época, describe a Juárez Celman:

Más joven por el carácter que por la edad que rayaba en los cuarenta años; barbirrubio, gastando perilla triangular, de estatura mediana y aspecto simpático...”; “... sin empaques ni arrogancias; celoso de aparecer, más que de ser prepotente; ni bastante duro para hacerse temer, ni bastante recto para hacerse respetar; hábil para hacerse querer...
La adulación, asidua compañera de gobernantes, le había infiltrado las deleitosas ponzoñas del optimismo y la molicie; políticos y comerciantes, diestros en mañas remunerables, montaron la brecha. Se aseguró que le regalaron un terreno que ambicionaba, adyacente a su casa.
Se creyó el iniciador de una nueva era en que la austeridad fuera tenida per egoísmo y la prodigalidad por virtud. Su casa, edificada a manera de departamentos para renta, en los tiempos de dureza provinciana, se trocó en palacio; su comitiva, en corte, y el día de su Santo, en besamanos, con obsequios de cuadros, bronces, mármoles y joyas que la vanagloria de los obsequiantes, la exageración de los opositores y la rapacidad de los comerciantes hacían ascender a millones(3).

(3) Juan Balestra. “El Noventa (una Evolución Política Argentina)” (1959), tercera edición. Ed. Fariña Ediciones, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Cuadros, mármoles y bronces provocarían, en la hora del derrumbamiento, la afirmación atribuida a un magistrado austero, de que bastaría esa casa para enjuiciar a un presidente.

La adulonería de las gentes no se limitaba al mandatario. Los hijos eran frecuentemente halagados y obsequiados por quienes buscaban, a través de ellos, ganarse la buena voluntad de Juárez Celman...

Estos niños van a corromperse con tales amigos y agasajos”, sentenció un día doña Elisa. “Es preciso arrancarlos de nuestro lado. Aunque como madre pueda sentir acaso más que tú esa separación...”.

Juárez Celman aceptó este punto de vista y en definitiva se decidió que los dos hijos mayores partieran al mes siguiente para Londres, en compañía del ingeniero Agustín González, nombrado días antes director de la oficina de propaganda de la emigración en la capital inglesa.

En Enero de 1887, en compañía de la familia González, dejaron el país, Miguel Angel y Tomás, de once y diez años respectivamente. Allí los muchachos aprendieron idiomas, música, letras. Permanecieron cuatro años en Londres, pero en las vacaciones recorrieron otros países de Europa.

En Londres fue a visitarlos Roca, que entonces (Mayo de 1887) paseaba por el Viejo Mundo. Una carta de Roca a Juárez Celman le informaba que había llevado a los sobrinos a París, con la intención de luego viajar con ellos a Berlín... Y contento de que se cultivaran los afectos de familia, le contaba: “Miguel Angel se ha hecho excelente compañero de mi Julito”. Se trataba del hijo de Roca, de catorce años...

Esa Argentina “embalada” en proyectos de especulación, y en un tipo de vida en el cual la codicia desdibujaba realidades y sólo calculaba lo suntuario y la molicie, no había advertido que “esa grandeza” se financiaba, en lo fundamental, mediante empréstitos provenientes del exterior... Esto suponía ligar íntimamente nuestro destino a la marcha del capitalismo internacional y por supuesto al riesgo solidario de sus cíclicas crisis...

Cuando una de esas crisis se hizo presente -hacia 1889- ella repercutió terriblemente en el país... Los capitales se repatriaban; en vez de afluir al Plata, se marchaban y, desde luego, se iban llevando, en oro, las ganancias...

La crisis textil inglesa, al paralizar las demandas de la lana argentina, principal rubro de nuestros envíos al extranjero (casi un 70 % del total de nuestras exportaciones) agravó el crónico déficit de nuestra balanza comercial. La bancarrota de la firma Baring Brothers, que actuaba como agente financiero del Gobierno de nuestro país, complicó la situación(4).

(4) A su vez, y testimonio concreto de la íntima vinculación internacional que entonces ya predominaba en la economía capitalista, ha podido señalarse el grave impacto de la crisis argentina en el mercado de Londres. Véase: Aldo Ferrer. “La Economía Argentina” (1963). Ed. Fondo de Cultura Económica, México. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Las principales causas de la crisis económica fueron, pues, de carácter externo. Sin embargo, casi nadie la explicó de esa manera. Cuando la desvalorización de la moneda nacional mostró a todos que en vez de 130 pesos moneda nacional -equivalentes a 100 pesos oro, según la cotización corriente hasta 1888- eran necesarios, en Marzo de 1890, doscientos sesenta pesos moneda nacional, la gente, olvidada de las propias locuras cometidas en forma de “razonables especulaciones”; la gente, olvidada de sus horas invertidas en el juego; la gente, olvidada de sus lujos increíbles; se había ya absuelto de todos sus pecados y encontrado, muy “criollamente”, que el culpable debía ser el Gobierno... ¿Qué hacía el Gobierno que no arreglaba todo de una vez?

Resultó tan cómodo el planteo que, en el afán de simplificarlo, ni siquiera se vaciló en la necesaria individualización: el culpable debía ser el Presidente de la República. La politización de la muchedumbre semejó una epidemia. La crisis era económica y moral pero, buscando recuperar su dinero, la ciudadanía advertía ahora que vivía en una democracia de cuyo digno funcionamiento institucional no se había preocupado antes.

El remedio era la pureza del sufragio o la insurrección. Como la primera exigía tiempo y paciencia, el camino más expeditivo pareció la insurrección. ¿Contra quién? ¡Vaya la pregunta..! Si el culpable era el Presidente de la República, la respuesta resultaba innecesaria...

Si así dijeron en su hora las voces de innúmeros fiscales, se impone señalar, con la perspectiva más tranquila de la historia, las culpas -que las hubo- en el quehacer presidencial de Juárez Celman. Pueden ellas clasificarse en financieras, económicas y políticas. No convendría exagerar, sin embargo, el valor de esta separación que sólo vale a los fines de una mejor exposición.

Más que el encarar obras públicas costosas (el Teatro Colón, el Palacio de Justicia, el edificio para Obras Sanitarias, etc.), el grave error financiero del Gobierno de Juárez Celman fue la cración, por una ley del 3 de Noviembre de 1887, de los llamados Bancos Nacionales Garantidos.

En 1881, una ley había asegurado aparentemente la unidad monetaria del país al hacer desaparecer las diversificadas viñetas lugareñas de los billetes de provincias. Pero hasta el año 1887 varias de ellas -las de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Salta, Tucumán y Entre Ríos- emitían moneda cuya circulación se limitaba al territorio de la respectiva provincia.

Se habían unificado las características tipográficas de los billetes; se mantenía, come se ve, la soberanía financiera de algunas provincias y esto, a tal punto, que se verificaban entre estas monedas provinciales operaciones de cambio como si se tratara de países extranjeros.

Sin embargo, los Bancos Provinciales disponían de una reserva metálica en oro que garantizaba tales emisiones de papel moneda y procedieron con una austeridad que se tradujo en un sistema de créditos sin inconvenientes.

Fue la aparición de los Bancos Garantidos lo que modificó, y desfavorablemente, esta situación. Se unificó por primera vez la circulación monetaria en la República; no se trataba de la ya verificada unificación tipográfica, sino de la adopción de un sistema según el cual los Bancos existentes o a crearse emitirían billetes que tendrían la garantía de la nación y fuerza cancelatoria en todo el territorio.

La ley multiplicó los Bancos y estos multiplicaron las emisiones sin retirar los viejos billetes que ya no tenían la garantía de la Nación. Así, el Banco de Córdoba, que en 1886 sólo tenía una circulación de 800 mil pesos, tres años después había llegado hasta los 35 millones de circulación y de estos, 20 millones sin garantía.

En las provincias se improvisaron directores bancarios con hombres -comerciantes retirados, abogados sin pleitos y estancieros mansos- que nunca sospecharon el estricto y áspero arte de banquear. La primera clientela fueron los políticos.

Así, al impulso de la megalomanía reinante, tales Bancos “comprometieron imprudentemente toda la emisión, todo su capital y hasta casi la totalidad de sus depósitos en operaciones de descuentos, hasta quedar imposibilitados de continuar prestando sus servicios(5).

(5) Diario “La Prensa”, (Buenos Aires), edición del 24 de Mayo de 1890. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En síntesis; los Bancos Garantidos “alimentaron” con créditos insolventes especulaciones particulares irresponsables, multiplicando con sus resultados negativos las deudas de la Nación.

Más trascendentes serían los errores económicos cumplidos por el Gobierno de Juárez Celman.

Con capitales y empresarios argentinos se habían instalado el primer frigorífico y la primera fábrica de electricidad; habíanse integrado las inversiones para los primeros ferrocarriles; habíanse construido las obras sanitarias y de gas; etc.

Renunciando al sacrificio cumplido y a la altivez que consiguientemente supone que un país controle aspectos tan fundamentales para su auténtica soberanía, la presidencia de Juárez Celman inicia una inconcebible rectificación de esa política.

El Estado liberal dejará de ser -a partir de entonces- el que auspicia un cada ver mayor avance de las libertades ciudadanas y democráticas, según el significado de la palabra respetando su raíz histórica, cuando liberalismo fue expresión de oposición al absolutismo típico de la Santa Alianza y de Fernando VII. Estado liberal significará, en efecto -según esta nueva concepción- el que abandona a intereses particulares el dominio de las grandes empresas de servicios públicos.

Conviene advertir que, dado el momento de la economía universal en que este viraje se planteó, los intereses particulares antes aludidos no serían intereses argentinos sino de capitales extranjeros.

Ejemplar concreción de esta política liberal, en un debate parlamentario que hubo los días 2 y 8 de Julio de 1887, el Poder Ejecutivo, por intermedio del ministro del Interior, el doctor Eduardo Wilde, defendía esa postura a prepósito de un proyecto de ley que enajenaba a capitales extranjeros las obras de salubridad de la Ciudad de Buenos Aires, iniciadas quince años atrás.

El Poder Ejecutivo fundaba su actitud en que la falta de recursos impedía la continuación de las obras y en que “era necesario defenderse contra la tendencia socialista que va penetrando en el Estado” al encargar a éste, “siempre mal administrador, el manejo de los servicios públicos”.

El adversario del proyecto sobre enajenación de las obras sanitarias y de sus fundamentos fue el Senador por la Capital, Aristóbulo del Valle. Discípulo político de Sarmiento, cuya candidatura a una nueva Presidencia sostuvo en 1880, Del Valle afrontó en el debate todos los aspectos.

Y como Wilde había llegado a afirmar que “las obras de salubridad no son inherentes al ejercicio de la soberanía” y que “como todo servicio municipal, pueden ser entregadas a los particulares”, el senador Del Valle señalaba -en burlona exageración- a dónde podía conducir semejante criterio:

Todo servicio municipal, ¿por qué no la Municipalidad misma? Podemos contratar con una empresa extranjera, sacando a licitación que nos gobierne municipalmente, fijándose de antemano el impuesto que ha de cobrar durante el período de medio siglo o de un siglo...”; “Podemos solicitar a Londres, donde los policemen son tan diestros, un empresario, que se encargue de todo el orden policial de la República, y que, mediante una suma dada, ampare nuestro derecho privado en cuanto se relacione con la Policía”.

Aludiendo a que una empresa particular iba a administrar mejor que el Estado, replicaba el Senador por la Capital que “las empresas privadas administran bien en relación a sus intereses, no así cuando administran intereses ajenos. El criterio de la empresa privada es el lucro, mientras que el del Gobierno es su deber”.

Del Valle encontraba “en nuestro propio suelo, entre los límites de nuestra propia patria”, el ejemplo confirmatorio de su tesis:

El Ferrocarril del Oeste, bajo la Administración Pública, ha sido durante 20 años el ferrocarril modelo de toda la Nación. Frente a este ferrocarril, todos los ferrocarriles particulares parecían defectuosos.
Esta situación ha cambiado. ¿Por qué? ¿Porque la Administración Pública es impotente para continuar administrándolo bien? Los antecedentes muestran lo contrario. Ha cambiado porque han cambiado los hombres que lo administraban...”.

Las razones del congresista, tan elocuentes en nuestros días, no parecen haberlo sido tanto para sus contemporáneos y no impidieron la aprobación del proyecto. Antes de tres años, y prosiguiéndose con el criterio liberal ya explicado, el Gobierno de la provincia de Buenos Aires vendía ese Ferrocarril del Oeste, citado por Del Valle como modelo...

A los errores financieros y económicos señalados, es imprescindible añadir los de carácter político, cometidos por Juárez Celman. Llegado a la Presidencia, sobreestimando su participación de “socio menor” en el plan que quince años antes concertara solidariamente con Roca, creyó que podría prescindir de éste y disolver la “sociedad...”. ¿Acaso el “Unicato” no ponía en sus manos todos los resortes del poder..?

Es posible que Juárez Celman se viera inducido a buscar independizarse de la tutela de Roca, no sólo por un vanidoso y egocéntrico afán de altivez gubernativa... Es posible que Juárez Celman se viera enfrentado, a este respecto, a un penoso problema de conciencia... ¿No estaría planeando Roca que él, Juárez Celman, lo favoreciera apoyándolo para una nueva presidencia..?

Y si bien Juárez Celman no pedía negar que había logrado alcanzar la Primera Magistratura gracias al apoyo de su concuñado, ¿hasta qué punto su gratitud lo obligaba a repetir el gesto..? ¿O es que “el plan” elaborado en las apacibles e íntimas tertulias de “La Paz” -la residencia veraniega de Jesús María- no había llegado a su lógico final..?

De cualquier manera, el error de Juárez Celman para enfrentar a Roca fue el pensar podría hacerlo auspiciando, muy tempranamente, una candidatura en exceso juvenil: la de Ramón J. Cárcano. Tan juvenil, que cuando ella fue revelada, en 1888, Cárcano con sus veintiocho años, no tenía todavía la edad fijada por la Constitución...

La hegemonía de Juárez Celman a expensas de las influencias “roquistas”, se concretó en una ofensiva política contra las “situaciones provinciales”, que no respondían de manera absoluta al nuevo mandatario. Por eso se intervino Tucumán, Córdoba, Mendoza... Las incidencias que determinaron la Intervención a esta última provincia -producidas mientras ejercía la presidencia, en un breve interinato, el vicepresidente doctor Pellegrini- motivaron públicas divergencias entre Juárez Celman y Pellegrini...

Por último, Juárez Celman olvidó que las fuerzas del Ejército, que tan importante papel desempeñaran para la ejecución del plan cumplido con Roca, podían ser otra vez necesarias para apuntalar su autoridad... ¿Y la influencia de Roca en el Ejército, había concluido cuando se terminó su presidencia..?

La primera expresión pública de manifiesto repudio al Gobierno se originó cuando un grupo de jóvenes, al celebrar un banquete en el cual expresaron su adhesión incondicional a Juárez Celman, provocó la réplica de otro grupo. Los disconformes con el “Unicato” se agruparon alrededor de Francisco A. Barroetaveña, un universitario entrerriano que publicó en el diario “La Nación” un artículo titulado: “¡Tu quoque, juventud! (en tropel al éxito)”.

El artículo, después de invocar las palabras de un pensador brasileño, según el cual “la humillación de las naciones depende de las traiciones que los hombres hacen a sus ideales de jóvenes”, condenaba la conducta de los incondicionales, imputándoles “la renuncia a la vida cívica activa” para “desaparecer absorbidos por una voluntad superior que los convierte en meros instrumentos del Jefe del Poder Ejecutivo”.

La rebeldía de Barroetaveña tiene el mérito de ser algo así como el síntoma inicial con el cual se reacciona de una enfermedad; los universitarios que lo rodearon: Tomás Alberto Le Breton, Marcelo Torcuato de Alvear, Federico Ibarguren, para sólo nombrar algunos de los que más descollaron luego en la vida pública, no habían actuado en política.

Bastaron pocos días para transformar el artículo periodístico en bandera de agitación callejera; en un mitin realizado el 1 de Septiembre en el Jardín Florida, los vítores y los aplausos dieron a la inicial actitud de los muchachos universitarios resonancias populares.

Y como saldo de la jornada quedó organizada una “Unión Cívica de la Juventud”, cuyo fin primordial sería “ejercitar libremente el sufragio, sin intimidación y sin fraude, y provocar el despertar de la vida cívica nacional”.

Aunque simpático, el gesto que sacaba a la oposición de la cómoda tertulia de sobremesa o del diálogo en clubes y cafés, es probable, sin embargo, que la vida cívica nacional hubiera seguido mucho tiempo sin despertarse si la caída del oro no hubiese engrosado el número de los opositores al Gobierno. Ese fue el factor que determinó aumentara la tensión y facilitó el éxito de una convocatoria cumplida en Abril de 1890 en El Frontón, local destinado normalmente al juego de pelota vasca.

Allí se verificó una movilización ciudadana en la cual coincidieron, en su imprecación a Juárez Celman, políticos prestigiosos, la juventud universitaria y un vasto pueblo de mujeres, comerciantes y artesanos.

En el mitin del Frontón pudo medirse, en efecto, la preocupación ciudadana por la crisis económica y financiera agudizada; tan alarmante era la situación, y tan fuertes los rumores de bancarrota, que la gente retiraba sus fondos de los Bancos y prefería guardarlos en las cajas de hierro de sus propios domicilios.

Y también pudo apreciarse en ese mitin cómo empezaba a concretarse en el espíritu público la culpabilidad del presidente. Uno de los oradores había expresado categórico:

- “¡Maldita la esperanza que tiene el país de que el oro baje, si el Presidente no baja con él..!

Informado de esta expresión, Juárez Celman habría dicho ante sus íntimos: “Si Dios y los amigos me ayudan, no le daré con el gusto...”.

Pero Juárez Celman olvidaba que el acto había sido prestigiado por la intervención de oradores como Bartolomé Mitre y que una campaña periodística violenta enjuiciaba desde hacía meses a su persona. El importante diario “La Prensa”, el 11 de Marzo de 1890, había expresado:

Jefe único de un partido, jefe único del Estado, centralizada la Administración en su persona y disponiendo en su doble carácter de la unanimidad del Congreso, el pueblo tiene que esperarlo todo de lo que quiera y piense el Presidente de la República...”.

Bajo un sol victorioso, la ciudad despertó, por fin, de su letargo, grande, potente, triunfadora”, diría “La Nación” del 14 de Abril de 1890, al día siguiente del mitin del Frontón. La crónica periodística sintió, sin duda, la influencia del número: una multitud que desbordó el local, y la sugestión de las banderas, de los estandartes, de la música.

El Jefe de Policía, coronel Capdevila, tuvo el doble mérito de la paciencia para escuchar las alusiones nada benévolas al Gobierno y a sus subordinados y el de la información honrada cuando, al caer la tarde y terminada la reunión, le dijo al presidente de la República que allí, en El Frontón, había estado todo Buenos Aires...

Barroetaveña, a cuyo alrededor se organizara la Unión Cívica de la Juventud, anunció que la entidad, madurada por los meses transcurridos, daba paso a una Unión Cívica, organizadora del mitin.

En el acto del “Frontón” inició los discursos Mitre que, prevenido contra las improvisaciones, leyó un meditado discurso:

... La misión encomendada a la nueva generación es de lucha y de labor, normalizar la vida pública, encaminando al país por las vías constitucionales, para conciliar el hecho con el derecho y fundar el Gobierno de todos y para todos...”.

Leandro N. Alem, designado presidente de la Junta Ejecutiva de la Unión Cívica, hizo de la situación institucional el centro de gravedad de su oratoria:

La vida política de un pueblo marca su nivel moral... El pueblo donde no hay vida política es un pueblo corrompido y en decadencia o es víctima de una brutal opresión...”; “No hay, no puede haber buenas finanzas, donde no hay una buena política...”.

Aristóbulo del Valle, Senador Nacional y considerado el primer orador parlamentario de esos años, aludió a los síntomas de la crisis:

El comercio en bancarrota; los títulos de crédito sin colocación; los propietarios de tierras con su fortuna reducida a la mitad; los agricultores obligados a vender sus granos al precio que les imponen unos cuantos explotadores; y millones de familias honradas y laboriosas sin medios de atender a las necesidades de la vida...”.

Finalmente, se escuchó a tres oradores católicos. Este sector tenía con Juárez Celman muchas deudas que cobrar...

En Córdoba, como gobernador, luego como senador apoyando al presidente Roca, por último en la Suprema Magistratura auspiciando en 1887 la creación del Registro Civil que, según los católicos, emparentaba el nacimiento, el casamiento y la muerte con blasfemas actitudes. La oportunidad pareció de medida para pasarle la cuenta y apurar el pago...

Mientras se verificaba el mitin del “Frontón”, el presidente y un grupo de personalidades del mundo oficial aguardaban el desarrollo de los acontecimientos; un como amistoso tono de los comentarios con referencia al acto, presidía la informal tertulia.

El vicepresidente Pellegrini recordaba con simpatía algunas coincidentes actuaciones que él tuvo con Alem... y se dice que, nostálgico de rebeldías, hasta habría manifestado: “¡Qué lástima ser Gobierno y no poder andar en estas patriadas..!

Juárez Celman, al escuchar del Jefe de Policía la sucinta información de que en El Frontón se había dado cita todo Buenos Aires, pareció satisfecho: “Por fin ahora tendremos una oposición responsable”.

En la designación que efectúa de un nuevo Gabinete, dos carteras especialmente delicadas, las de Hacienda y Guerra, son confiadas a figuras que pueden considerarse ajenas y por encima de los pequeños intereses de círculo: Francisco Uriburu, comerciante, es el ministro de Hacienda; el general Nicolás Levalle jura como ministro de Guerra y Marina.

Uriburu viene de un viaje de Londres y, realista por temperamento, no se forja ilusiones acerca de las dificultades que le esperan.

“La Prensa” del 14 de Abril no disimulaba su optimismo:

El mitin nos ha revelado que el pueblo argentino existe y que el derecho de reunión es respetado. Hubo completa libertad; todos los partidos se han unido para proclamar el propósito de volver a la vida cívica”.

Como el ministro de Hacienda ha insinuado las ventajas que resultarían de una tregua política, el día 16, en cartas dirigidas al presidente, aparecen renunciando a sus posibles candidaturas a la próxima presidencia el general Roca, el doctor Pellegrini y el doctor Ramón J. Cárcano. Este último, el benjamín del partido oficial, con su talento que rebasa la juventud de sus treinta años, era el candidato que, auspiciado por palabras tácitas y actitudes significativas, había señalado Juárez Celman como su sucesor.

En realidad, era la única candidatura cuyo retiro suponía un efectivo sacrificio; las otras dos no llegaban a ser tales y, en el caso de Pellegrini, su condición de vicepresidente le impedía semejante aspiración.

Pero, como arrepentido de conceder tanto, y rectificando su opinión del día 13 acerca del mitin, apenas diez días después de éste, en telegrama a un gobernador partidario suyo, Juárez Celman manifestaba:

No hay nada que merezca siquiera preocuparnos, como no sean las dificultades económicas, completamente ajenas a la acción de mi Gobierno, pero de las que se aprovechan los contrarios y los localistas que todavía creen que se puede hacer política nacional organizando procesiones en el Municipio de la Capital, compuestas en su gran mayoría de extranjeros, que no tienen ni voto en nuestras cuestiones.
Mientras no pasen de procesiones y proclamas, contarán siempre con nuestra absoluta tolerancia, pues nos sobran elementos de opinión y de orden dentro y fuera de la Capital”.

El presidente -educado en el “Unicato”- volvía por su fueros y aparecía concediendo, como una gracia generosa, la tolerancia hacia la oposición, que es en las democracias un obligado deber del gobernante.

En contraste con la tregua política y la consiguiente conciliación que suponía la renuncia de los presuntos presidenciables; en contraste con las esperanzas que suscitaban el nuevo Gabinete y un empréstito de 10 millones de libras esterlinas que se anunciaba como seguro; en contraste, en fin, con el oro que no seguía subiendo o, lo que es lo mismo, que la depreciación del peso parecía detenerse, la Unión Cívica -dirigida por Alem y Del Valle- había iniciado enseguida del mitin, los preparativos de una rebelión para imponer por la fuerza los fines de pureza electoral y administrativa que en El Frontón se reclamaron.

Lo que se había saludado como una prueba de pacífica y constitucional oposición, no hizo pues, sino alentar propósitos sediciosos que en el sentir de algunos acababan de encontrar en el mitin su auspiciosa maduración.

En el bufete de Aristóbulo del Valle se instaló, con relativo disimulo, el domicilio de la conspiración y, apenas cuatro días después del mitin, el doctor Del Valle recibía, en su casa particular de la Avenida Alvear, la visita de dos capitanes que, en representación de una logia de treinta oficiales jóvenes, ofrecían su apoyo al movimiento.

El episodio merece destacarse; el hecho de que militares de modesta graduación aparecieran auspiciando una insurrección resultaba inusitado, pues lo tradicional era que tales actitudes fueran resorte privativo de los jefes superiores...

Según una versión de cronología muy próxima a estos sucesos, se trataba del mismo grupo de oficiales que, ya meses antes, después del acto en el Jardín Florida (1 de Septiembre de 1889), se había acercado a Alem para ofrecerle su apoyo, pues creían los oficiales que “era hora de probar que el Ejército no era máquina de opresión, sino milicia de libertad”.

En esa oportunidad, Alem habría contestado que “no estaba dispuesto a dar vida en nuestro país al militarismo, que sería la lógica consecuencia de la revolución triunfante”.

Pero si ésta fue la respuesta de Alem en 1889, lo exacto es que Del Valle y el mismo Alem aceptaron, en Abril de 1890, el ofrecimiento y, en un viraje que modificaba sustancialmente las características del proceso en elaboración, se cambió el plan de “preparar el espíritu del pueblo para la revolución y buscar el apoyo del Ejército”, prefiriéndose la rebelión militar con limitado apoyo ciudadano.

Si el 13 de Abril habían faltado razones para explicarle a la civilidad las características y causas reales de la crisis, ahora el camino elegido para remediarla se angostaba.

Es difícil que una insurrección triunfe de verdad en sus resultados trascendentes cuando, sea cuál fuere la causa, se ha dejado al pueblo al margen del proceso.

Aunque las bases de la logia militar suponían el más absoluto hermetismo y sus métodos correspondían a los de las sociedades secretas: juramento de honor, obediencia ciega, etcétera, ciertas actividades conspirativas que se cumplían llegaron a traslucirse, y la policía, alertada, organizó una eficiente vigilancia. La información obtenida, tan concreta como elocuente, fue transmitida por el jefe, coronel Capdevila al presidente Juárez Celman.

Las noticias irritaron al general Levalle quien, juzgando a los camaradas a través de sus sentimientos de lealtad, se negó a aceptar la veracidad de las denuncias. En generosa solidaridad con todos los integrantes de la institución, Levalle afirmaba, categórico: “Señor Presidente; no ha nacido aún el soldado argentino traidor”. Y ante el énfasis con que el ministro de Guerra y Marina respondía de la disciplina, Juárez Celman había terminado por creer que el equivocado era Capdevila...

A todo esto, la conspiración, iniciada por tenientes y capitanes, buscaba un militar de alta graduación para encabezarla. De común acuerdo con Alem y Del Valle, se concretó la Jefatura del general Manuel Campos y, tanto para coordinar la acción de los oficiales que preparaban el movimiento como para saludar al jefe, se programó una reunión en un domicilio particular, situado a media cuadra del Departamento de Policía...

Tal era la confianza en que la impunidad los amparaba que, a esa reunión, verificada a mediados de Junio y a la cual asistieron Alem, Del Valle, el general Campos y entre sesenta a setenta oficiales, algunos de éstos concurrieron de uniforme...

El coronel Capdevila, perfectamente informado de esta “velada”, insistió ante Juárez Celman: “Señor Presidente: aleje al Ejército y garantizo el orden...”.

Los sediciosos estimaban en aproximadamente mil el número de efectivos de que podrían disponer para el movimiento. Calcularon el apoyo de la Escuadra para bombardear la Casa de Gobierno y provocar la rendición de las tropas que la defendían, a pesar de que el material de la Marina era tal que en las últimas maniobras no se había conseguido hundir un pontón varado ex profeso para ello.

Se pensó raptar, mediante grupos armados, a Juárez Celman, a Pellegrini y -¡casi nada!- a los generales Roca y Levalle, aprovechando la velada de gala en el Teatro de la Opera con motivo de la fiesta patria del 9 de Julio.

Y acaso por esa psicología especial que da el sentirse marchando entre las sombras, bajando la voz y cerrando cautelosamente las puertas, los insurrectos, ante las dificultades de la empresa -pues los efectivos leales al Gobierno excedían los 4.600 hombres y ningún jefe de regimiento había entrado en la conspiración- llegaron a esbozar planes que bordearon lo novelesco.

Así, se prepararon narcóticos que, media hora después de ingeridos harían dormir a los jefes leales el tiempo preciso para anularlos en su voluntad de combatir.

Mientras tanto, la situación financiera se había agravado. Una crisis parcial de gabinete, producida a mediados de Junio, ha provocado el relevo del ministro de Hacienda, Francisco Uriburu: el empréstito que iba a obtenerse en Londres y que tanto ilusionó, no se concreta; el oro sigue subiendo y en la víspera del aniversario de la Independencia se necesitan más de trescientos pesos papel para comprar cien pesos oro.

Cuando, días después, se difunden versiones de que está en marcha una insurrección; cuando, al fin, hasta Levalle se convence de que el Jefe de Policía estaba en lo cierto y se trasladan tropas y se arresta a algunos de los jefes sindicados como participantes, entre ellos el general Campos, la cotización del peso mide la postración del país y muestra su incertidumbre, cual si la moneda nacional fuera un simple papel que sigue, en el aire, los remolinos de la tormenta política que se avecina.

Como continúan llegando a la Capital regimientos que sostendrán a Juárez Celman, el diario “La Nación” del 20 de Julio, aludiendo a esa concentración de soldados con los consiguientes cañones y bayonetas, puede afirmar la metálica verdad de que “no tenemos oro, ¡pero lo que es acero..!

Y el acero va a cortar todos los puentes de la convivencia y del diálogo. Ni siquiera la fraternidad de la masonería, tan importante en 1860 para facilitar la unión definitiva de la nación, cuando ese año estrechó vínculos entre Urquiza y Derqui, por un lado, y Mitre, Sarmiento y Gelly y Obes, por el otro, servirá esta vez. El ministro de Guerra y Marina, general Levalle, es masón y defenderá al Gobierno. Alem, que también es masón, preside la Junta Revolucionaria del 90.

La insurrección va a estallar. Tiene ya la publicidad de las noticias sensacionales. De no haber existido una rebelión preparada, se la hubiera tenido que organizar para no defraudar la angustiosa expectativa. ¡Tantas veces es peor esperar lo que va a venir, que ver venir lo que se esperaba..!

Y curioso enfoque: del mismo modo que los conspiradores habían rehusado ampliar con una mayor base popular el movimiento, el Gobierno, a su vez, no le explica nada al partido que lo sostiene. Los dos bandos parecen coincidir en tratar al pueblo como a un menor de edad que sólo debe presenciar pero no intervenir en los sucesos...

La Junta que dirige el movimiento, en la cual las opiniones de Alem y Del Valle resultan decisivas, ha resuelto que sea el 26 de Julio, a las cuatro de la mañana, la fecha definitiva para iniciarlo.

En un gesto de audacia y como ha sido imposible encontrar un jefe rebelde que reemplace al general Campos, se decide sublevar al regimiento donde dicho militar está arrestado. Son las tres y media de la madrugada cuando el general Campos, gracias a la complicidad de algunos oficiales, sale en dirección al Parque, sitio de concentración de los sediciosos.

Hacia allí se encaminaron, desde los diversos y respectivos alojamientos, los regimientos sublevados, iluminándose con faroles en la marcha que se cumplía en horas previas al amanecer. Un embalaje de paja y arpillera le presta a las ruedas de los cañones insurrectos, la fantasmal sordina indispensable.

Pocas horas antes, el Jefe de Policía enviaba a un diario una carta que apareció publicada el día 20, según la cual el coronel Capdevila “desmentía la enorme impostura de que él creyera al doctor Alem un revolucionario o un conspirador”; “No lo creo capaz de producir un movimiento armado ni sin armas”.

Cuando los lectores se enteraban de la carta, esa mañana del 26 de Julio, y simultáneamente oían los tiros de una insurrección que no disimulaba el comando de Leandro N. Alem, deben de haber pensado que el Jefe de Policía era poco menos que un idiota que vivía en Babia.

El juicio hubiera sido injusto: el coronel Capdevila había hecho llegar antes a los comisarios una nota “reservadísima” advirtiéndolos de que “de un momento a otro estallaría una revolución”, a la que había seguido otra nota, en sobres cerrados que sólo debían abrirse en caso de que se cumpliera lo anunciado; en esta segunda nota estaban perfectamente determinados los sitios donde los vigilantes de los diversos barrios debían cumplir concentraciones parciales.

El 26 de Julio el sistema del “Unicato” demostró su inoperancia. ¿No habíamos quedado en que “Unicato” significaba concentrar en el Presidente de la República, además de las atribuciones inherentes al cargo, la jefatura del partido gobernante y, a través de éste, un avance de incuestionable hegemonía sobre el Congreso y la Justicia y, por supuesto, sobre los Gobiernos de provincia?

Una sola cabeza para decidir todo y cargar con todas las responsabilidades. Eso era lo aceptado y practicado. Y bien; el día de la insurrección la cabeza única no funcionó, y el Gobierno apareció distribuido en tres personajes: Juárez Celman, Pellegrini y Roca. Este, electo senador por la capital en 1888 era -desde Mayo de 1889- Presidente provisorio del Senado.

En efecto, cuando se inició la rebelión, el presidente, sus ministros, un grupo reducido de amigos personales y Roca y Pellegrini, deliberaron, en la estación Retiro, vecina a cuarteles de tropas leales, sobre la conducta que era preciso seguir. Se decidió declarar el estado de sitio y movilizar la Guardia Nacional. Esto se imponía. Pero, además, mal aconsejado, Juárez Celman aceptó abandonar la capital para dirigirse en tren a Rosario, y allí organizar la resistencia.

Aunque el Presidente se mantenía sereno, el error de aparecer desertando de los peligros no fue por él debidamente apreciado; tal vez en ese momento, y como buen cordobés, el provinciano que llevaba adentro le hizo pensar que, frente a la capital que se sublevaba, el Interior debía ser su palanca para sofocar el movimiento.

De cualquier modo, el ferrocarril lo alejó de los sucesos en una retirada que no lo prestigiaría, hasta el punto que cabe pensar si el consejo de que se marchara y abandonara la sede del Gobierno fue de amigo o de enemigo...

El tren no había recorrido más de sesenta kilómetros cuando la postura desairada que estaba viviendo colmó la amargura de Juárez Celman quien, después de designar a Roque Saenz Peña delegado presidencial para que continuara hasta Rosario y en dicha ciudad reuniera en su nombre elementos militares, el mismo 26, a medianoche, se apresuró a regresar a Buenos Aires.

De nuevo en la Capital, el ministro de Guerra le informó que la insurrección estaba dominada. Más exactamente, Levalle hubiera debido expresar que en ese momento la sedición estaba circunscripta a ciertos cantones, ciudadanos unos, militares otros, y al Parque de Artillería donde comenzó.

Levalle había calificado duramente a la sublevación: Un motín de cuartel que acaba de manchar la reputación del Ejército”, dijo en una proclama, en la que anticipaba la represión sin atenuantes: “Es preciso acabar con esta ignominia”.

Y al hablar así no adoptaba una vana actitud enfática pues, desde días antes, cuando se tuvo la evidencia de que la rebelión iba a estallar, Levalle, previsoramente, hizo reconocer los edificios con azoteas cercanas a ése y los demás cuarteles, para instalar las armas en lugares convenientes.

Mientras Juárez Celman, equivocando el mejor rumbo, se alejaba, Roca, vestido de civil y con pocos soldados, se instalaba en la Casa de Gobierno. ¿Lo llevaron la secreta nostalgia de los seis años de su presidencia vividos allí o la ilusión, aún más secreta, de que los sucesos le permitirían reanudar el ejercicio de la Primera Magistratura..? De cualquier modo, en la Casa Rosada volvió a evidenciar la tranquila entereza de su temple.

Recibió a los Diputados y Senadores, tomó las elementales providencias que el lugar y la hora requerían y dio, en todos los instantes, la impresión de que dominaba los sucesos. En determinado momento cunde el pánico en la Casa Rosada: se han oído gritos de gente que, entremezclando tiros a sus voces de, “¡Viva el general Campos!”, se aproxima a la residencia. Roca, impertérrito, abre una ventana y, después de asomarse a ella, afirma categórico: “Deben ser los nuestros”.

Se acababa de producir un curioso episodio: un grupo de rebeldes ha confundido al general Luis María Campos con su hermano Manuel; precisamente, Luis María hace su presentación al Gobierno para aclarar que disiente con sus hermanos Manuel y Julio Campos, ambos sediciosos. Después de conversar largamente con Roca, el general Luis María Campos se retira a su domicilio.

La superioridad técnica de los insurgentes es la artillería; disponen de cañones que arrasan desde El Parque con todo lo que se les enfrenta. Su fuerza moral deriva de la inusitada espontaneidad con que en muchos puntos de la ciudad se han apostado cantones que dan la apariencia de una gran adhesión popular al movimiento.

Sin embargo, bastaron las horas de ese día 26 para evidenciar que la insurrección no impondría, al menos por las armas, su voluntad de triunfo. ¿Pero es que hubo de parte de los dirigentes una organizada decisión de triunfar..?

Cuesta creerlo. No se aprovechó la relativa sorpresa de las primeras horas para efectuar acciones bélicas que pudieran ser definitivas; no se canalizó el entusiasmo de los civiles que acudieron a pedir armas y apoyar el estallido; no se recibieron las adhesiones de otras partes del país, lo cual reducía la sublevación al marco geográfico de la capital de la República; no se sincronizó la lucha con el apoyo que debían prestar las naves de la Escuadra y, ésta, al no observar sobre la ciudad los globos que, según estaba convenido, debían, al ascender, anunciar la iniciación de la lucha, demoró hasta el día siguiente su entrada en el combate; no hubo, en fin, y esto fue sin duda lo peor, un efectivo entendimiento entre los jefes de la sublevación.

A poco andar, resultó imposible saber quién daba órdenes en El Parque y quiénes las cumplían. En su realización, el movimiento armado pareció mostrar la borrosa hibridez que caracterizó su preparación: ni militar ni civil; los dos factores sumaron sus deficiencias respectivas, sin llegar a capitalizar los esfuerzos positivos que en toda insurrección armoniosa ellos deben aportar. Se careció de un plan con etapas previsibles; se barajaron, en cambio, credulidades que bordeaban la fantasía.

Si la rebelión pareció sin brújula para avanzar en el espacio, no anduvo mejor en lo de calcular el tiempo, piano, pianísimo de los acontecimientos por ella desencadenados: llegada la noche, las tropas encerradas en El Parque carecieron, para salvar desfallecimientos orgánicos, del abrigo y la comida necesarios. Acaso para engañar el frío y el hambre, empezaron a circular interesados rumores optimistas: la insurrección tenía miles de soldados y estaba ya palpando la victoria, pero el Gobierno, en cambio, no las tenía todas consigo...

Al día siguiente, la mañana neblinosa desdibujó las trincheras y hasta las patrullas de los dos bandos. Los combates prosiguieron. A pedido de Aristóbulo del Valle -dirigente de la sedición- los combatientes celebraron un armisticio para enterrar a los muertos y curar a los heridos. La pausa acordada iba a favorecer al Gobierno, pues le permitiría recibir el apoyo de regimientos que, provistos de cañones, marchaban hacia la capital para apoyarlo.

De pronto, quebrando el sosiego de la tregua pactada, la Escuadra, que no ha visto los globos convenidos pero que ha recibido un mensaje anterior al armisticio, está bombardeando la ciudad.

El hecho indigna a muchos, pues escapa a las normas de la guerra bombardear una población que no puede considerarse plaza de combate. Pero en el ámbito general lo que se difunde es una curiosidad por comprobar cómo yerran los barcos el blanco prefijado...

El Gobierno, en cambio, procediendo metódicamente, ha bloqueado al enemigo. Para soslayar la superioridad que da a los insurgentes la artillería, en la tarde del 26 ha perforado dos manzanas céntricas y, por esa ruta, que no será calle en los planos, queda abierto un camino para tropas gubernativas que conquistan, en la vecindad del Parque, edificios estratégicos.

Pellegrini, que actúa en representación de Juárez Celman, aunque éste no había delegado el mando, revive sus horas de combatiente en la Guerra del Paraguay y en la insurrección del 80, cuando era ministro de Guerra. Alrededor de él, con disciplina, con orden, Levalle y los jefes prestigiosos lo consultan, y obedecen sin demorar sus indicaciones.

El coraje, parejo en los dos bandos que pelean, se exhibe hasta con alardoso desenfado. Nadie corre sino cuando se avanza; si la muerte llega, está sobrentendido que la fatalidad debe entreabrirle la puerta por el pecho y nunca por la espalda. Este coraje de los vivos está ya documentado en la noche del 26 de Julio en una macabra pila de cadáveres; la última sonrisa de los caídos se desconoce y, en todos los rostros una mueca es lo que aparece.

Juárez Celman, que a poco de retornar a la capital se ha acercado al lugar de los sucesos, no puede menos de estremecerse al contemplar tan trágica estiba. Y exclama: “No hay satisfacción del poder que compense tanto horror”.

Veinticuatro horas después, el sustantivo horror que ha usado el presidente es el que mejor cuadra al ánimo de la ciudad. Al concluir la jornada del 27, a la sorpresa del comienzo, a la curiosidad inconsciente de muchos, a la exaltación de los más violentos, sucede la angustia colectiva. Es que durante el armisticio se han inventariado los muertos y heridos y ese censo negro y rojo no puede dejar indiferente a nadie.

Hasta que empezó la revuelta, lo que caía era el peso papel; ahora, es el propio país el que está rodando cuesta abajo en el infortunio de la guerra civil. ¡Basta!, grita esa angustia que una comisión mediadora entre los bandos recoge con imperativa sensibilidad. Y cuando el armisticio está por concluirse, las negociaciones de la paz, se han abierto camino hasta los dirigentes de insurgentes y gubernistas para acordar la cesación de la lucha.

La paz se firmó sobre la base de condiciones que simultáneamente significaban la rendición de los sediciosos, garantizándoles una amplia amnistía. No se juzgaría ni procesaría ni a los civiles ni a los militares sublevados; estos últimos debían devolver las tropas a los cuarteles; los ciudadanos que en los cantones participaron de la lucha, debían igualmente entregar las armas. La terquedad de algunos jefes, militares insurgentes y la indisciplina de ciertos cantones prolongó hasta el 30 de Julio un saldo de tiros y rumores alarmistas.

Si la sublevación había sido vencida, el triunfador no era precisamente Juárez Celman; quienes habían dirigido la lucha reemplazándolo -Pellegrini y Roca- salieron agrandados del conflicto. Cuando las Cámaras del Congreso se reunieron el 30 de Julio para tratar el estado de sitio, declarado -según dijimos- el 26, Roca reemplazó a Pellegrini en la presidencia del Senado. Pellegrini sólo se hizo presente para retirar un pliego del Poder Ejecutivo que solicitaba el acuerdo que permitiera ascenderlo a Teniente General:

Los grados militares no se ganan con el sport de una batalla, sino con las continuadas penurias del cuartel y de la disciplina. No estamos en carnaval”, habría dicho con desagrado, justificando su gesto.

La Cámara de Diputados, aprobando tres proyectos en media hora, sesionó opacamente y, algo semejante se creyó que pasaría en el Senado. Esa actitud de los Diputados de no comentar lo sucedido, ¿era prudencia, cobardía o remordimiento? Tal vez todo eso junto. De cualquier modo, lo concreto es que nadie dejó en el Diario de Sesiones un rastro perdurable.

Pero, en el Senado, un miembro del Cuerpo habló con tal trascendente conciencia de lo que se vivía que, en definitiva, más que para sus contemporáneos, resultó dirigiéndose a la historia. Tuvo, por otra parte, el acierto de acuñar, acerca de la realidad de entonces, una frase que la posteridad ha recogido como síntesis feliz de sus palabras.

Manuel Dídimo Pizarro es el nombre del Senador; ministro durante la presidencia de Roca, debió dejar la cartera porque sus convicciones de católico tan sincero como ferviente le hicieron imposible continuar en el cargo. Valiente, al punto de no desmerecer nunca el apodo de “el Toro Pizarro” con que lo señalaron las asambleas y los periódicos, figuraba en el Congreso del 90 como uno de los legisladores partidarios de Juárez Celman. No hablaría, sin embargo, con enfoque oficialista:

No creo que ese proyecto de Estado de Sitio, propuesto como medida constitucional de pacificación, pueda eximirnos a los Senadores de la República de considerar el estado general de la Nación.
Antes que ese tal proyecto, me incita el deseo de buscar el modo de llegar a la verdadera pacificación, que a mi entender no puede consistir en leyes de asedio, mediante las cuales el P. E. no podría hacer nada que ya no hubiera hecho o que no pueda hacer lo mismo sin esta ley...
En presencia de esta victoria que, como miembro de las tendencias gobernantes me alcanza, siento, a pesar de todo, entristecido mi espíritu. La Providencia ha velado por los destinos del país al ahogar esta revolución, que contaba elementos tan poderosos y fuertes. ¡Pero los entusiasmos y las dianas de la victoria no acompañan al vencedor!

Y Pizarro agregó enseguida la frase que se ha hecho memorable:

¡La revolución, Señor Presidente, está vencida, pero el Gobierno está muerto! Al expresarme así, no hablo de los hombres del Gobierno, sino del Gobierno como persona moral. El Gobierno es autoridad moral, respeto a las leyes, prestigio en los que mandan y obediencia de todos, no en nombre de la fuerza, sino en nombre de lo que dignifica al hombre, en nombre del deber, del sentimiento moral, del respeto que, por sí mismo, se debe a la autoridad y a las leyes.
¡Y todo eso ha desaparecido!

Y después de puntualizar otros aspectos de la situación del país, concluyó:

Si la revolución triunfante, Señores Senadores, nos hubiera presentado la renuncia del Señor Presidente de la República, yo jamás habría suscripto la aceptación de semejante renuncia; la habría rechazado, cuando otros, quizás, se habrían apresurado a recogerla.
Pero en estos momentos, cuando es necesario ante todo, para pacificar al país, que cese la dominación que ha originado el estallido, pues es dominación y no gobierno lo que el partido oficial está haciendo en el poder, vengo a pedir, no leyes de estado de sitio, sino la renuncia patriótica en masa de los miembros del Poder Ejecutivo: presidente, vice, ministros y del mismo Presidente del Senado”.

El discurso de Pizarro conmovió al Congreso y agrietó los puntales congresistas del Gobierno. Quienes después de él hablaron esa tarde, no lograron atenuar la emoción suscitada por su elocuencia, rubricada por la renuncia a su banca que dejó ese mismo día, último de su presencia en el alto cuerpo. Y por primera vez en varios años, terminada la sesión, los Senadores no fueron a saludar al Presidente de la República, como era habitual.

Juárez Celman, por su parte, publicó un manifiesto dirigido al país, en el cual, después de aludir al carácter localista del movimiento, limitado a la capital, y de considerar injustificada la insurrección, pues su Gobierno no había suprimido las libertades de prensa o de reunión, y de juzgar sus posibles errores como los inevitables en toda actividad humana, terminaba anticipando que la más amplia garantía de libertad inspiraría la elección de su sucesor. Por lo visto, Juárez Celman no creía en la repercusión del discurso del senador Pizarro.

Sin embargo, se hizo claro el retraimiento del presidente ante los visitantes obligados o circunstanciales; se multiplicaron los acuerdos de gabinete; se lanzaron versiones de que habría un cambio de ministros...

Pero el vacío político alrededor de Juárez se acentuaba y, a medida que pasaban las horas, la atención pública parecía cada vez más atraída por lo que hacían o decían Roca y Pellegrini; el rumor tan impreciso como adivinatorio ubicaba a la espera de la renuncia de Juárez Celman a quienes, sin darse por aludidos, debían -según Pizarro- también marcharse.

El rumor recogía una verdad. Llamados a un acuerdo de gobierno -después de aparecida la proclama del presidente- y consultados sobre la posibilidad de iniciar una política de conciliación nacional que superara la situación e informados de que si esta política de concialiación fracasaba el presidente renunciaría, Roca y Pellegrini habían expresado su incredulidad acerca de la tentativa de conciliación, lo cual permitía deducir que calculaban la renuncia...

En ese ambiente de incertidumbre de lo inmediato, los miembros del Congreso, invitados a una reunión en la Casa Rosada y recibidos por los ministros, escucharon estupefactos la revelación de la real situación financiera del Gobierno. Los combates habían hecho olvidar por unos días el alza del oro y la caída del peso papel, motor de la crisis que trajo la insurrección.

Vencida ésta, acallado el acero de los cañones y de las bayonetas, resultaba que, según explicó el ministro de Relaciones Exteriores, doctor Roque Saenz Peña, “interrogado por varias de nuestras legaciones sobre la garantía real de los millones de bonos hipotecarios que el Gobierno está tratando de negociar en Europa para salvar las urgencias actuales, he debido responder que no existe ninguna garantía.
Estimo preferible para el país aparecer como insolvente antes que como fraudulento...” y, sin ninguna pausa, el ministro de Hacienda, como empalmando sus palabras con las pronunciadas por su colega de Relaciones Exteriores, agregaba:

Pues es preciso que sepan ustedes que el 15 del corriente tenemos que pagar en Europa 500 mil libras esterlinas por el servicio de la deuda externa y la garantía de los ferrocarriles y no disponemos en total de más de 35 mil pesos moneda nacional...”.

Era la madrugada del 4 de Agosto cuando los miembros del Congreso, tan pródigo siempre para votar empréstitos y acordar garantías a las concesiones ferroviarias, se asomaban aterrados a ese arqueo de la Caja del Estado y encontraban que unas monedas era todo lo existente en la columna del haber financiero. La otra columna, la del debe, atravesada en el camino, interrumpía la marcha y lo aplastaba todo.

Pues si es difícil defender a un Gobierno conmovido por una insurrección que había costado cientos de muertos y heridos, resultaba una locura inconcebible alegar en su favor cuando ese mismo Gobierno estaba sin recursos y acribillado de deudas.

Lo que no habían logrado los tiros y la sangre derramada, lo que no habían logrado los editoriales de los periódicos ni la elocuencia de Pizarro, se cumpliría sin dilaciones ahora que la quiebra hacía flamear, sobre el presidente de la República, la bandera desdorosa del remate.

Sobre el Presidente, porque, claro está, en esos momentos el Congreso se sentía Pilatos, y el “Unicato” reaparecía para hallar en Juárez Celman la necesaria víctima expiatoria.

Concretando ese estado de ánimo, legisladores -hasta pocos días antes partidarios incondicionales del Primer Mandatario, le hicieron llegar una nota:

Los que sucriben, Senadores y Diputados al Congreso Nacional, sobreponiéndose a sentimientos de amistad personal nunca desmentidos y animados de un propósito de conservación pública en momentos difíciles y solemnes, cumplen con un deber de conciencia y patriotismo al declarar al Señor Presidente que su renuncia es el único camino constitucional para salvar al país del peligro que lo amenaza”.

El peligro era el resultado de una inquetud popular que no se calmaba y de proyectos dictatoriales que empezaban a elaborarse.

Una reunión conjunta de las dos Cámaras sesionando en Asamblea Legislativa, presidida por el general Roca en su carácter de vicepresidente del Senado, trató el 6 de Agosto la renuncia de Juárez Celman:

He desempeñado durante cuatro años el cargo de Presidente de la República con lealtad y patriotismo, y había consagrado todo mi espíritu y todos mis anhelos a mejorar la difícil situación financiera porque atraviesa el país, inspirándome en los más elevados sentimientos de bienestar común y escuchando el consejo de los primeros hombres de la Nación, cuando un motín de cuartel...”.

Juárez Celman, que no era -desde luego- el único culpable, se había equivocado al gobernar jaqueado por un círculo y se equivocaba en su renuncia al afirmar que había escuchado el consejo de los prohombres y al calificar de motín de cuartel a la “Revolución del Parque”.

Mis nobles esfuerzos han sido inútiles, y dejo a otros la tarea, confiando en que serán más felices que yo, y presento a Vuestra Honorabilidad la renuncia de presidente de la Nación, haciendo con satisfacción el sacrificio de mi persona...”.

Algunos discursos que no agregaron nada positivo al trámite, y luego 61 votos por la aceptación de la renuncia y 22 por su rechazo, proporcionaron la aritmética indispensable para fundar la nueva etapa.

El bisturí de la amputación política había funcionado con la prevista regulación que Roca deseara; en reemplazo de Juárez Celman, Pellegrini ocuparía la Primera Magistratura y, el Congreso, que había sido juarista, seguiría funcionando...

Las elecciones se eludían y el pueblo debía encontrar en el alejamiento de Juárez Celman suficientes motivos de alegría...

Así ocurrió, en efecto. La emoción popular había identificado a tal punto las penurias que se sufrían con el presidente que mandaba, que la renuncia de Juárez Celman se interpretó, ingenuamente, como el final de todas las preocupaciones.

Un desborde generoso de entusiasmos hacía buscar en las estrofas del Himno, en el abrazo con desconocidos transeúntes, en las voces enronquecidas, en las lágrimas, en las fogatas encendidas, en los cohetes disparados, el cauce ciudadano de un fervor elemental.

La euforia llegó a lo inconcebible cuando algunos comerciantes desdeñaron cobrar a circunstanciales parroquianos la consumición y cuando, en ciertos escaparates se vieron cartelitos con esta inverosímil leyenda: “El oro a la par”.

Inducida a suponer que desaparecido “el culpable”, la crisis había terminado, la multitud no tardaría en medir con desengaños, la dura adversidad que le esperaba ... La evolución de los hechos económicos y financieros demostró claramente cómo la caída de Juárez Celman no había sido, en ese sentido, solución alguna. En realidad, el verdadero período de crisis quedó iniciado al concluir la “Revolución del Parque”.

El oro, el más sensible termómetro para la ansiedad colectiva, que antes de los sucesos insurreccionales se cotizaba a 317, es decir que en lugar de 100 pesos papel para igual suma en oro se necesitaban 317, alcanzó, en Noviembre de 1890, la cifra récord hasta entonces de 350 ... En 1891, entraban en liquidación el Banco Nacional y el Banco de la Provincia ... El oro subía, en Mayo de 1891, a más de 400...

En lo que atañe al propio Juárez Celman, nunca se dio el menor indicio de que él se hubiese beneficiado con algunas de las medidas de gobierno(6).

(6) Ricardo Caillet-Bois. “Presidencia de Juárez Celman’’ (1963), capítulo VI de la “Historia de las Presidencias”, volumen I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Prefiero ser engañado a desconfiar...”, había dicho repetidas veces Juárez Celman, quien llegó a hacer de esa expresión una divisa... Quedan así explicados muchos de sus errores psicológicos y el que su caída le tomara de sorpresa...

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